Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal.
Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas de unaIliadaó de unEvangelio; pero se afirma que también es santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven eternos en suDivina Comedia, en suNovum Organumó en suOrigen de las Especies. Si esdifícil mirar un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia.
La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.