Esto es lo que resta aquí en la tierra del alma pura de aquella santa y encantadora mujer.
Lo demás está escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la humilde aldea en que vivió por espacio de cuarenta años, y en los recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad verdaderamente ática de Mâcón, donde su recuerdo cuenta tantos amigos como mujeres contemporáneas suyas existen.
El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene interés ninguno para la tercera generación de sus descendientes; son bagatelas de su virtud. Cualquiera de los pequeñuelos de hoy, que sienta curiosidad de conocerlas, las encontrará escritas de su puño, entre los dieciocho pequeños cuadernos originales, que les trasmitiré tal como los he recibido, de un inventario de los afectos del corazón. Allí la encontrarán a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de la mujer piadosa, derramando los más íntimos misterios de sus escrúpulos y de sus humillaciones ante Dios.
Aquí se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; allá las asistencias a las ceremonias religiosas, sus exámenes de conciencia la víspera de los días en que debía acercarse purificada a la mesa eucarística; acullá, las diarias y numerosas economías domésticas, hechas para ejercer la caridad que debía sostener con el trigo de sus graneros, el vino de sus viñas, los sarmientos de sus cepas, la leche de sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca, el azúcar, las legumbres durante este o aquel mes del año; el cálculo continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que proporcionaba a su hijo; más lejos, se encuentran recetas cuidadosamente registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejercía a cualquier hora del día y en particular en la entrada de la casa de Milly, siempre llena (sobre todo por la mañana), de imposibilitados, viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y entendida atraía de más de veinte aldeas cercanas, y que venían como en romería a visitar aquella santa; en fin, están también allí las noches pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la aldea, y las apuntaciones técnicas que tomaba durante sus horas de vela de los experimentos y cálculos que hacía sobre los síntomas, los accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas que producía la enfermedad en el paciente.
¡Cuántas veces, hasta las mismas sábanas de su cama, que tomaba de su armario y rasgaba a medida de la necesidad, servían para vendar las llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos! Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera se acercaba al lecho de muerte, que servía las más débiles necesidades del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energía de su carácter, y por su gran fuerza de voluntad.
Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos sus ojos de las lágrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido de seda gris por otro elegante y sencillo, volvía otra vez entre la sociedad, suelto el espíritu, abierto el corazón, con la graciosa expresión de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones, expansionando el corazón ajeno, llevándose con su serenidad las penas y sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba, sin que ella hubiese pensado jamás en hacerse adorar, en todas las irradiaciones de su carácter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos que la veían pasar, acompañada de sus hijas, para ir al templo o viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresión tierna y grave a la par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.
Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida parecían haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible horizonte se extendía a su vista. La vejez robusta y varonil de su esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales, viéndose que el Cielo le reservaba para más largos días que a los demás miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazón ni de espíritu, hasta la edad de noventa años. Su hijo, que había sido por mucho tiempo el tormento de su espíritu, se había ya vuelto juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin tocar aún el mediodía de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento conforme a su corazón, viviendo en Italia, su país predilecto, por razón de su empleo en la diplomacia, en el lugar más risueño de Europa, satisfecho del rango secundario, pero honorífico que ocupaba; cubierto, además, antes de tiempo, de cierta aureola poética, que solamente refluía en el corazón de su madre, sin excitar la cólera de los envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en París, llegando a ser nombrado (sin ningún género de intrigas), miembro de la Academia Francesa: gloria oficial de las letras que jamás le alucinó ni engañó a él, pero sí alucinó y engañó agradablemente el corazón de su anciano padre. Este, que se había acostumbrado a mirar desde su provincia el título de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie de consagración de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un sacramento de la fama legítima y contra la cual la posteridad no osaría protestar jamás, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozábase, por fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estáis viendo cómo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera, como decíais vosotros; ya veis como yo tenía razón cuando os pedía paciencia y perdón por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.
Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepción, que debía por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria, desde la cual ardía él en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna política, blanco constante de todas sus aspiraciones.
El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y de M. Lainé, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el ídolo de su padre, y la constitución liberal, satisfacción entonces de su espíritu. Quería él defender las instituciones y sus principios contra las reacciones de la monarquía y contra los impacientes de la república, cuyas aspiraciones habían de empezar a cumplirse después de la revolución de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no había sonado aún con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas revoluciones.
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Nos encontramos a fines de otoño del año 1829.
Así en las esferas gubernamentales, como en los partidos políticos que ansían el poder, existe una pasión que con frecuencia degenera en odio de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los espíritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.
El primer ministro, que lo era a la sazón el príncipe de Polignac, habíase propuesto hacer que yo fuese a París a ocupar la dirección de los Negocios extranjeros; continuamente recibía yo cartas amistosas en las que insistía en sus deseos; al fin, sucumbí, pero no para aceptar el cargo que se me ofrecía, sino para explicar franca y terminantemente los motivos que tenía para renunciar el empleo con tanta obstinación ofrecido.
Amaba yo al príncipe, es cierto, pero su política me hacía temblar; hubiera yo querido, cuando hablaba con él, separar a un lado el hombre, al otro el ministro divorciado de la opinión pública.
Bien claramente había yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la Academia Francesa, mi resuelta oposición al golpe de Estado contra laCartay los proyectos que el Gobierno había manifestado tener contra la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe poseer para elegir sus representantes.
No se esperaba de mí ciertamente aquel discurso político.
Los periódicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lainé y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discípulo.
Al abandonar la sala del Instituto, ocupada aún por la inmensa muchedumbre que había concurrido a la recepción, mi antiguo amigo el duque de Rohan me salió al encuentro diciéndome al oído: «Abandonad toda esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habéis defraudado nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos políticos.» ¿Qué me importaban a mí los ascensos en mi carrera cuando veía vacilar a Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba tragárselo?
Había el príncipe de Polignac puesto en mí sus esperanzas, y me distinguía con una familiaridad política que acaso no mereciera. En las confidencias con este grande hombre, entreveía un alma real, un espíritu dispuesto ya para la emigración y un corazón alarmado por la conciencia.
Debo hacer constar en honor de Carlos X y del príncipe de Polignac, que las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y después de haber discutido conmigo larga e inútilmente sobre los motivos, poco fundados según ellos, de mi negativa y de la impremeditación de un golpe de Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.
Ocurría esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo aquella pujanza artificial, germen o ruina de no sé qué grandeza. Participaba yo entonces de la ilusión que todos los liberales tenían sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el gobierno.
Las potencias occidentales habían designado para rey de Grecia, al príncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de Inglaterra. Este príncipe se encontraba en París: yo le conocí en Italia durante el tiempo de su viudez, y adquirí con él una amistad tan íntima como sincera. El príncipe de Polignac me presentó a él y le indicó que yo era el francés más simpático a Grecia que, como ministro, podía ofrecerle.
Alegrábame yo de asistir con semejante título y en tan elevadas funciones, a la resurrección de aquel imperio, en el país de los grandes recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de resurrección tan gloriosa.
La justa previsión de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que saliera de París una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en él se le prometía.
Al día siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unánimemente aquella huida del siguiente modo: El príncipe de Cabourg no tiene cabeza suficiente para sostener esta corona; ocúpese la diplomacia en buscar otra frente y sea cauta en la elección para no verse burlada de nuevo. Así se hizo en efecto, y mientras esto ocurría, yo continué de ministro plenipotenciario en situación expectante, recibiendo del príncipe de Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeño de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.
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Entusiasmada mi madre por los rápidos ascensos obtenidos en mi carrera diplomática, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y por mi elección para la Academia Francesa, no podía menos de sonreír ante la realización de sus aspiraciones de siempre, del sueño dorado de toda su vida.
Disponíame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que creía permanecer en Francia, y me hallaba en París con el objeto de ir preparando los regalos que tenía por costumbre llevar a mi madre y a mis hermanas siempre que las visitaba, después de un largo tiempo de ausencia.
¡Pobre madre! ¡qué poco te daba en cambio de tantas privaciones como por mi causa habías sufrido; de las joyas que habías vendido o empeñado para satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la severidad siempre justa de mi padre!
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Todo estaba dispuesto: los muebles todos que había en la habitación ocupada por mí en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches, paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con sorpresas para mis hermanas, un pequeño bazar, en fin, que yo me complacía en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de alegría y reconocimiento que había de oír en la humilde casita de mi madre. Yo me complacía anticipadamente en las sinceras demostraciones de cariño y de satisfacción que había de recibir en su presencia.
Un día (séame permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel de***, con mi cabriolé atestado de cajitas y muebles propios para el uso femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que había de partir al siguiente día; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera grada del vestíbulo observé, que, junto a la habitación del portero, se hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon de Virieu: parecía que la Providencia había destinado a este hombre para que compartiera conmigo la vida.
Juntos habíamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas alegrías en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas rutas en nuestras excursiones, idénticas relaciones sociales, y últimamente pertenecíamos los dos al cuerpo diplomático.
Al día siguiente, debía él también salir de París con destino a Alemania, y por esta razón habíamos acordado comer juntos y pasar la velada en mi habitación, con objeto de poder prolongar así nuestra conversación y despedirnos con entera libertad.
Cuando al descender de mi carruaje me disponía a estrechar su mano, noté en su expresiva fisonomía una palidez y una consternación que me dejaron suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecían iluminados por dos chispas salidas de su espíritu un tanto sarcástico, aparecían por vez primera velados por una nube de tristeza.
Después que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo género, sus ojos procuraron no encontrarse con los míos, y entonces pude observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que estaba poseído. Parecía que aquella tristeza aumentaba al verme a mí tan tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba horriblemente; quería censurar mi felicidad sin haberme él dicho antes el motivo por el cual debiera estar yo triste.
De pronto, desapareció de mis ojos la alegría, y huyó la sonrisa de mis labios: «Entremos en tu cuarto—me dijo con voz entrecortada;—necesito hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables. Procura tener valor para oírme, concentra todas tus fuerzas morales: subamos.»
Conducido maquinalmente por mi amigo, subí la escalera y llegué hasta mi cuarto: el golpe recibido en medio del corazón me había aturdido; ya en la habitación, me senté sobre el borde de mi cama; mi pobre perro saltaba de alegría al verme; ignoraba el fiel animalito el por qué sus caricias, siempre contestadas con cariño, eran entonces esquivadas con rudeza.
«Habla—le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos y preparándome a recibir el golpe fatal.—Habla—repetí,—que este silencio es para mí el peor de los suplicios.»
Entonces, usando de todos los miramientos, vacilaciones y rodeos, tímidos unas veces, enérgicos otras, propios del hombre encargado de dar una noticia inesperada y triste que ha de herir el corazón, me dijo, recibiéndome en sus brazos: «¡Ya no tienes madre!» Me pareció que el suelo se hundía bajo mis pies, que mi existencia vacilaba por encontrarse sin base; mi alma elevose rápidamente al cielo como queriendo buscar la de aquélla que fue vida de mi vida aquí en la tierra. ¡Jamás hubiera creído que pudiese vivir sin ella un solo día! La idea de la eterna separación, jamás se me había presentado sino allí lejos, y aun dulcificada por la brevedad del tiempo que yo mismo debo permanecer en este mundo. Yo la había visto tan hermosa y llena de vida, que parecía alentar en lo mejor de su edad, y de súbito, me dicen que ha desaparecido de mi vista para siempre: y precisamente cuando me preparaba a recibirla en mis brazos, cuando iba a proporcionarle la dicha de tenerme a su lado, después de haber cumplido a satisfacción mis deberes de hijo... ¡Ah!... ¡La separación era un hecho y un hecho terrible porque ni siquiera pude despedirme de ella! ¡Cuánto sufrí en aquellos días! Por la mañana alimentaban mi vida dos corazones, y por la tarde sólo me quedaba uno para llorar y gemir.
Mi desesperación llegó a ser mayor por encontrarme en París solo. La que hubiera podido tomar una parte casi igual en mi dolor mezclando sus lágrimas con las mías no se encontraba conmigo. ¡Yo solo en el vacío! Sin esposa, sin hijos y sin madre. La suerte me deparó a un fiel amigo que cubrió con su ternura aquel abismo de luto y de lamentos; acaso sin él me hubiese precipitado en aquella horrible negrura.
Durante toda la noche, permanecí anonadado, no pude conciliar el sueño y me acosté vestido. Aun recuerdo aquella noche cuyos minutos tengo todavía presentes uno a uno, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde entonces, que pasé arrancando al sensible corazón de mi amigo, los detalles todos de aquella muerte, más sentida por haber ocurrido tan inesperadamente. Estos detalles los recuerdo perfectamente, pues quedaron grabados en mi imaginación de tal suerte que pudiera recitarlos con muy poca diferencia, tal como salieron de los labios de mi amigo. M. Virieu, no se separó de mi lado hasta que amaneció: llegada esta hora, se marchó a preparar lo necesario para mi partida a Mâcón. ¡Triste de mí! Ya era demasiado tarde; ya no podría abrazar, antes de encerrarlos en el sepulcro, los restos queridos de aquella mujer que durante nueve meses me había llevado en sus entrañas, y en su corazón hasta el último instante de su vida.
He aquí lo que mi amigo me contó acerca de aquella muerte; esta relación está aumentada con las noticias que después adquirí, y que me facilitaron los parientes y los amigos que presenciaron aquella horrorosa y a la par dulce agonía de mi madre.
Llena de impaciencia y de alegría, esperaba diariamente mi llegada. Mi elevación a la Academia, mi nombramiento de ministro de Grecia, y las emociones que por otras causas sufriera, habían, al parecer, enardecido ligeramente su sangre.
Era el 27 de noviembre; después de haber oído misa, se dirigió desde la iglesia a los baños que había en el hospital y que estaban servidos por hermanas de la Caridad. Mientras le preparaban el baño, estuvo hablando con la superiora de asuntos religiosos: esta conversación la sostuvo con la jovialidad y la gracia propias de su juventud.
Cuando la bañera estuvo dispuesta, mi madre entró en la celda sin acompañamiento alguno, siguiendo la costumbre adquirida en elcapítulo, costumbre que siempre había conservado; nunca empleó camarera para su servicio particular; sola se vestía, se desnudaba y apagaba la luz al acostarse, en memoria (según ella decía), de la humildad y de la pobreza de los primeros cristianos.
No hacía mucho que se hallaba en el baño, cuando la superiora, que atravesaba el corredor en el cual estaban los cuartos de baño, creyó oír gritos y gemidos ahogados cada vez más apagados. Inmediatamente la superiora entró en la celda que mi madre ocupaba, y vio que el agua caliente se derramaba por el suelo rebosando del baño; la espita abierta, lanzaba a borbotones sobre el cuerpo desnudo de mi madre, aquel hirviente líquido, parecido a un manantial de fuego, que abrasándole pecho y espaldas la había privado del conocimiento. La propia superiora y una sirviente, la separaron de la bañera.
Indudablemente ocurrió, que deseando refrescar el baño, debió abrir por equivocación el grifo del agua caliente, y que aquel ardiente chorro hirió de pronto su pecho y sus manos sin darle tiempo para cerrar la espita. Después de un buen rato volvió al conocimiento, y entonces abrazó a la superiora, quien también se encontraba herida de la mano y del brazo; efecto de las quemaduras. Vuelta al conocimiento, acostáronla sobre uno de los colchones del hospicio; en esta posición, la trasladaron a su casa en brazos de cuatro mujeres pobres, de aquellas incurables que ella había, en otro tiempo, auxiliado con alimentos, ropas y medicinas, y curado las llagas con sus propias manos.
Pronto el rumor de la desgracia ocurrida habíase extendido por la ciudad, y las gentes madrugadoras, o sea las sirvientes y las mujeres devotas que salían del templo, la siguieron llorando y rezando en voz alta hasta la puerta de su casa.
Al ver la dolorosa impresión que esta desgracia produjo en los habitantes de la ciudad, hubiérase dicho que cada uno de ellos había perdido a su madre como yo a la mía.
A los médicos no les pareció mortal el accidente, pero cuando se levantaron las vendas de la primera cura, el mal apareció con toda la gravedad que revestía.
Después de la fiebre, el delirio; pero un delirio especial, una especie de sueño dulce y sonriente como su carácter mismo.
Había momentos en que parecía dejar su desvanecimiento, para dar las gracias a las buenas mujeres que la servían y para alentar a nuestro pobre padre, que permanecía a la cabecera del lecho, aterrado completamente por el terrible golpe que acababa de recibir.
En aquella angustiosa situación, no cesaba de entregar las afecciones de su alma a las personas a quien amaba y, especialmente, a Dios, con el que quiso unirse por medio del Sacramento de la Eucaristía, tomando, según su creencia, anticipada posesión de la Divinidad, o al contrario, posesionándose la Divinidad de su persona. Entonces, inflamado su hermoso rostro por el calor que da la convicción y beatificado por aquella unión mística, iluminaba la beatificación, más que los cirios que los pobres niños del hospicio sostenían en sus tiernas manecitas mientras permanecían arrodillados en torno del lecho.
Después de la ceremonia religiosa, quedose profundamente dormida, y esto hizo creer a los que la rodeaban que la mejoría se había iniciado; pero, ¡falsa creencia!... Su despertar fue el último, porque momentos después, exhaló el postrer suspiro, tranquila y sonriente.
La mujer que la asistió durante su agonía, me ha repetido después, una por una, todas aquellas palabras que pronunció continuamente: «Esposo mío... Hijos míos... Alfonso, Mariana, Cecilia, Eugenia, Sofía, Dios os bendiga. ¿Por qué no venís aquí para bendeciros yo también? ¡Alfonso! Pobre hijo mío... ¡Qué disgusto tendrás por no haber podido estar a mi lado en este trance supremo!... Dirás a todos que no sufro... Que ya estoy en un lugar delicioso, desde el cual veo el cielo desde donde bendicen a mis hijos...»
Después, sus labios sonreían dulcemente, balbuceaba algunas palabras y nuevamente quedaba rendida por la fatiga. Así pasó toda la noche: y al amanecer, en un momento de lucidez, dijo:—«¡Qué dichosa soy, Dios mío! ¡Oh! ¡Qué dichosa, qué dichosa!... No me había engañado, no, ahora lo comprendo, cuánta felicidad...» Y al terminar esta frase, entregó su alma a Dios.
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Tal fue su muerte, palabra por palabra. Todos los testigos viven aún para repetirlo, excepto nuestro padre y la pobre Filiberta, quien al perder a su señora perdió también las ganas de vivir, y no existió luego sino el tiempo indispensable para continuar con su señor los servicios que había prestado a nuestra madre por cariño solamente. ¡Oh! ¡Este lazo de la domesticidad es un noble y santo cambio entre el criado que se une por amor a la familia, que retribuye, en cambio, sus servicios con reconocimiento, ternura e igualdad ante el corazón! Este parentesco de condiciones sobre la tierra, puede ser desigual por la fortuna, pero se nivela siempre, cuando existe, por el cariño.
Tres días habían transcurrido desde que yo perdí a mi madre, cuando llegué a Mâcón para ver, al menos, su querido rostro bajo el sudario. Acompañábame un buen amigo verdadero «Samaritano», quien se encontraba siempre allí en todas mis horas de dolor: Amadeo de Perseval, que yo nombro, aunque ya se le alude en el manuscrito, por haberse consagrado piadosamente a nuestra madre, y que había pretendido contarse en el número de sus hijos. Sin embargo de no ser así, fue por bastante tiempo estimado como tal.
El ataúd reposaba ya bajo montes de nieve dentro la tierra helada del cementerio de la ciudad. Durante la ausencia de mi pobre padre, arrancado casi moribundo de su casa, en el momento de morir mi madre, y ausentes además sus hijos, se olvidaron de que la difunta había manifestado varias veces su preferencia por el cementerio de Saint-Point, a la sombra de la pequeña iglesia de la aldea, en aquel valle tranquilo y delicioso donde gustaba tanto su piedad de recogerse durante sus residencias veraniegas. No encontré para besar más que las crudas tablas de su vacío lecho de muerte, el suelo de su cuarto, el umbral de la puerta por la que su ataúd había pasado al salir entre los tristes ecos de llanto general de la población, para ir a descansar en el campo de la muerte. De súbito, rebelose mi corazón por la idea de un deseo no cumplido de aquella santa mujer después de su transfiguración, e igualmente contra la idea de no poder ver aquellos sagrados restos más que al través de la multitud de muertos desconocidos o indiferentes. Resolví, pues, ya que todavía era tiempo, reparar, en lo que dependiese de mí, aquella negligencia que me demandaba una secreta voz, exhumando aquellos restos para conducirlos al lugar de su predilección. Creía yo que la eterna distancia había de acortarse entre aquella alma y la mía si sus restos descansaban a la sombra de nuestra morada, en el vecino cementerio junto a la iglesia de Saint-Point. Si he de decirlo todo, había también en aquella pretendida exhumación un pretexto para aprovechar la ocasión de mirar por última vez aquel rostro querido, antes de que se volviera polvo con el transcurso del tiempo.
El ataúd no tenía signo distintivo de ninguna especie que le diferenciase de los demás, así como tampoco había el sepulturero señalado el sitio donde se hallaba sepultada mi madre; debía ser abierta nuevamente la fosa, a fin de asegurar que nuestra piadosa intención no fuese burlada, y no nos llevásemos unos restos desconocidos en lugar de los de mi madre.
¡Olvidemos aquellos lúgubres detalles! Durante la noche se realizó todo como era mi deseo. Separose la nieve amontonada sobre el surco de la muerte, y encontramos a tientas, entre otros, el ataúd que buscábamos. Filiberta, que era quien había amortajado a su querida señora, la reconoció. Ella misma abrió el ataúd a la luz de unos cirios para que pudiera yo entrever aquel rostro dormido. Era mi madre en toda su belleza, menos la de los ojos, pero flotando su mirada al través de la eternidad; mis labios tocaron con cariño y horror aquella frente, ¡aquel ataúd, al volverse a cerrar, guardaba ya mis lágrimas! Yo velé solo, y después con Filiberta, esperando la hora de la noche en la cual los aldeanos de Milly debían ir llegando uno a uno y sin ruido, para llevar sobre sus hombros, a través de cuatro horas de marcha, el cuerpo de su señora. Al punto emprendimos a pie nuestro camino, sobre una inmensa y gruesa sábana de nieve helada, al través del prolongado arrabal que va de la ciudad a las primeras colinas de nuestro horizonte de montañas. Aquel lúgubre cortejo estaba rigurosamente limitado a mí, ¡a mí únicamente entre todos los miembros de la familia!... a los quinteros y cultivadores de las tierras de Milly y a las mujeres y niños de aquellos buenos hombres, que bajo sus pobres vestidos de luto habían creído, por derecho de ternura, poder seguir al jefe de la familia, prolongando sobre el camino la negra fila de plañideras cuyas lágrimas no era preciso comprar. Ni una voz, ni un cuchicheo salió, durante el largo trayecto, de aquella multitud. Nada se oía sobre la endurecida nieve, más que el chocar de los zuecos de madera de las mujeres que llevaban a sus hijos de la mano y, de cuando en cuando, el ruido sordo y cavernoso del ataúd de encina, recibiendo una ligera sacudida, al cambiar de sitio sobre los hombros de los portadores que se relevaban a porfía bajo la carga para nosotros sagrada.
A dos horas y media de camino de la ciudad, dejamos la carretera principal, para internarnos por una senda empedrada de témpanos, que sigue la empinada colina que conduce al pueblo de Milly. En todas las casas sus moradores estaban en vela y esperándonos; veíase en el umbral de todas las chozas, algún viejo o algún niño teniendo en la mano un velón de cobre, alumbrando temblorosos sus rostros pálidos y llenos de lágrimas, tiritando de frío en aquella helada noche de diciembre.
Al llegar al patio de la casa, los portadores, seguidos de toda la gente de la aldea, subieron las cinco gradas de piedra, colocando a la entrada el ataúd; allí mismo, donde ella tenía costumbre de recibir todas las mañanas a los pobres y a los enfermos, distribuyendo alimentos, caldo, medicinas, ungüentos, trapos y vestidos, curando de rodillas las llagas de los heridos. Aquellos mismos bancos de nogal, sobre los cuales extendían sus piernas deformes o mutiladas, los pobres heridos o enfermos, servían en aquel entonces para sostener el ataúd. Así, puede decirse, que aun después de muerta se apoyó sobre los propios instrumentos de su caridad. Un llanto general surgió en aquel momento de los mil comprimidos corazones de todo aquel pueblo de aldeanos.
Cada uno de ellos se iba acercando a la pila de agua bendita de su lecho, para mojar una rama de boj y esparcir aquella agua, mezclada con sus lágrimas, sobre el ataúd. Durante esta parada, bajo el modesto techo de su juventud y de sus amores, retiréme, yo solo, dentro de su cuarto, sumergiendo mi rostro entre las almohadas de aquel lecho vacío, desde donde escuchaba el prolongado choque de los zuecos de los hombres y mujeres que subían y bajaban sin cesar, las gradas de piedra de la entrada, para ir a su turno a arrodillarse y orar junto al vestíbulo. Así estuvimos esperando los primeros resplandores del alba, antes de emprender nuestra ruta por los elevados desfiladeros de la montaña, cubierta de nieve en polvo, revuelta por el viento norte, allanando los senderos y llenando los surcos. Aquellos senderos podían resultar por la noche peligrosos para el reducido cortejo que debía trasladar el cuerpo, desde la casa de Milly, al cementerio de Saint-Point.
Tan luego el alba apareció por las lejanas cumbres de los Alpes, volvimos a emprender nuestra marcha, escoltados hasta la altura de la primera colina que domina el jardín y las viñas, por todos los habitantes de la aldea. Nos despedimos de toda aquella gente, a la que parecía que arrancábamos su providencia, a la entrada del valle, internándonos nosotros con un pequeño grupo de ocho aldeanos vigorosos, por el escabroso y estrecho desfiladero que sube hasta el pico de aquellas montañas llamado «La cruz de las señales.»
Iban delante cuatro hombres explorando el camino y separando la nieve, y otros cuatro conducían el féretro. Yo seguía solo a mi madre, por las huellas que mis conductores dejaban sobre la nieve que en algunos puntos nos llegaba hasta la rodilla. Sólo el silbido producido por el viento norte se dejaba oír en aquellas soledades. Dos pajaritos extraviados, tiritando de frío, sin ver ningún punto sólido en que posarse, vinieron a descansar un momento sobre el paño de luto que cubría el féretro y que los portadores habían dejado en la saliente de una torrentera, mientras rompían con su cuchillo la nieve helada en sus zuecos de madera. ¡No sé por qué aquellos pobres pájaros extraviados, buscando asilo y socorro sobre un ataúd, me hicieron derramar lágrimas abundantes! ¡Aquello me recordó, sin duda, cuántas miserias y cuántas tristezas habían encontrado asilo en aquel corazón mientras tuvo vida! Los tristes pajarillos gorjearon durante algunos minutos uno o dos trinos plañideros, emprendiendo luego el vuelo hacia la parte de Saint-Point, delante de nosotros. Pensé en aquel momento en las dos almas de Cesarina y Susana, llegando a figurarme que habían venido bajo aquel símbolo alado, para recoger la de su madre, precediéndola en el lugar de su descanso eterno. ¡Cómo se explica uno las supersticiones del corazón cuando se encuentra éste emocionado y lejos de la influencia de la razón! Hay momentos en los que todo hombre es mujer, en los que toda virilidad es apagada por las lágrimas.
Nuestro viaje, cuya distancia se recorre durante la primavera en un par de horas, duró siete, en medio de aquel océano de nieve, cuyas grandes oleadas parecía que iban a tragarnos a cada instante. Había sitios entre las torrenteras, tan profundos y peligrosos, y en los cuales sólo nos guiábamos por los negros y gigantescos esqueletos de los castaños inclinados sobre el abismo, que en ellos nos hubiéramos precipitado y perecido, sin la destreza y el vigor de los sufridos aldeanos de Milly.
El peso de su preciosa carga les infundía sin duda confianza y valor. Llegábamos a Saint-Point al caer de la tarde. Depositamos (como habíamos hecho en Milly), el ataúd en el cuarto y sobre el lecho de mi madre, el cual, después de algunos años, vino a ser el mío. Yo me encerré en un aposento que une al gabinete con el dormitorio, y extendiendo un colchón sobre el suelo, empecé allí la vela, teniendo abierta la puertecilla de comunicación: era la postrera noche que aquellos sagrados restos debían pasar bajo su antiguo techo. ¡No sé por qué me figuraba yo que prolongaba su presencia a mi lado al prolongar yo al suyo mi vigilancia! ¡Sólo Dios sabe las lágrimas, las invocaciones, las bendiciones y revelaciones de aquella noche! Falto de fuerzas, me quedé dormido al amanecer, cuando la campana llamaba ya las gentes de los lejanos caseríos situado en las dos altas cadenas de montañas, a la ceremonia de la segunda sepultura. No fue ésta todavía su sepultura última, porque por una extraña coincidencia de circunstancias no premeditadas, parecía que la tierra tomaba, devolviendo y volviendo a tomar a su vez, aquellos restos tan venerados y queridos, que parecía no haber medio de desasirnos de ellos, disputándolos hasta la misma tumba. Al dirigir sus miradas desde la ventana, sobre las dos inmensas pendientes de nieve que formaban el valle, pude observar cómo descendían unas como nubes negras por ambas pendientes, dirigiéndose a la iglesia y al castillo; aquellas manchas eran formadas por la agrupación de cuantas gentes viven en aquellas colinas. Toda la comarca congregada en duelo, enviaba, en alas del viento, un prolongado y general gemido.
Nada había dispuesto en el cementerio para una sepultura definitiva. La muerte nos había sorprendido sin tumba. Si a nuestra madre se le hubiese consultado (como se consultó después a nuestro padre), sobre el modo y el lugar de su reposo eterno, su humildad y su desprendimiento por cuidados semejantes, la hubieran, sin duda alguna, hecho pedir en su testamento el sitio que los pobres ocupan en la fosa común. Pero no tuvo tiempo de hacerlo; solamente había indicado vagamente alguna vez el deseo de ser enterrada en Saint-Point. Yo no podía decidirme a dejar perder por mí, por mis hermanas y por la innumerable familia de aldeanos, tan parientes por el corazón como nosotros por la sangre, el vestigio de aquellas venerables reliquias bajo un poco de hierba o de musgo roído continuamente por los carneros en el cementerio de la aldea. Era indispensable para semejantes reliquias un relicario adecuado. Determiné, por lo tanto, elevar un modesto panteón de familia donde poder reunirnos, si Dios quiere dejarnos morir, donde juntos habíamos vivido, sufrido y amado tanto.
El sitio y la disposición del jardín de Saint-Point se prestaban perfectamente a la realización de mi idea. Hay una colina elevada, como el pedestal de un templo antiguo, en medio del valle que conduce a la iglesia y al castillo. La iglesia está situada en el terraplén y dentro del recinto el castillo, lo cual indica a primera vista haber sido en otros tiempos una dependencia y que, durante las pasadas edades, no era otra cosa que la capilla de la mansión feudal. Hoy día, los jardines de aquella mansión no están separados del rústico cementerio más que por una cerca de bosques y avellanos y por algunos viejos nogales, cuyas nueces, a merced de los pastores, como de todo el mundo, caen sobre las tumbas de los muertos. Los negros muros y el romántico campanario de la iglesia, unen en verano el umbrío fresco de su sombra a la sombra de la cerca de avellanos, dando a aquella parte del jardín un aspecto especial de oscuridad y recogimiento como la melancolía de un santuario. Este era el lugar predilecto de nuestra madre durante las cálidas horas del mediodía en la estación de las recolecciones. Veíala yo desde las ventanas de mi cuarto, sentada, con el libro o el rosario en la mano, sobre un poyo de madera adosado a un cerezo que domina el zarzal, cuyas negras ramas, cuajados de fruto, se inclinaban sobre su cabeza.
En medio de mi desesperación, experimentaba yo un dulce consuelo pensando en que mi madre iba a descansar para siempre en aquel lugar de su predilección en vida; en la misma sombra y bajo el mismo césped cubierto de hierba, de hojas y de frutos; en aquel jardín donde tantas veces había rezado, leído o meditado sobre el porvenir de sus hijos.
Acordé construir allí mismo y sobre un terreno de propiedad particular el sepulcro que había de ser en lo sucesivo el objeto más estimado por nosotros. Pero como nadie puede responder hoy de inmovilizar ninguna propiedad, aunque se trate de la sepultura de una familia, y como la adversidad puede traspasar una tumba, lo mismo que otra propiedad cualquiera, de una familia a otra, me asusta el caso de que puedan entrar un día los acreedores u otras personas indiferentes en posesión del castillo y de sus jardines, y no quiero yo, de ninguna manera, que nuestros hijos ni nuestros nietos resulten desposeídos por expropiación o venta, de los restos de una madre como de una cosa mundana y sin importancia, pasando el mejor día de mano en mano. Semejante profanación, próxima o lejana, llenaba de escrúpulos mi corazón. Medité, pues, y resolví luego lo que cumplí más tarde y fue: hacer donación al pueblo de la parte de nuestro jardín sobre el cual se elevara el sepulcro, con la obligación de impedir la profanación o la enajenación de ellos; y porque esta carga no resultase jamás onerosa a la parroquia, yo me encargaba en cambio de concederle sobre la colina, al lado de la iglesia, el terreno para construir una casa rectoral que le hacía falta. Encargándome yo mismo de costear el edificio. Esta ley no podía ser negada por el Municipio: aceptó el contrato tan ventajoso para él y que yo le propuse, y fueron a su tiempo firmadas las concesiones sin dificultad alguna.
No queriendo yo que durante mi vida o la de las personas de la misma sangre que después que yo poseyeran aquella morada, el sepulcro, enclavado igualmente dentro del cementerio y del jardín, fuese substraído a nuestros ojos y a nuestro culto doméstico, proyecté (y puse en práctica este proyecto en el más breve tiempo), un simple muro a la altura conveniente, tapizado de hiedra, al objeto de que dicho muro sirviese de límite entre el jardín y el cementerio, y que también nos permitiese apoyarnos desde dentro sobre el sepulcro y elevar nuestras recuerdos, nuestras oraciones y nuestras lágrimas sin ser vistos de nadie. Durante aquella lúgubre noche, junto al féretro, del que por la mañana debía separarme, el instinto de ternura que residía en mí ante la última separación, me hizo concebir y combinar maquinalmente la creación de semejante sepultura; ya había yo empezado a entreverla allá en Mâcón, y ya había también obtenido del Gobierno autorización de colocar el ataúd bajo las losas de la iglesia, dentro de la vasta sepultura de los antiguos señores de Saint-Point, de la ilustre casa de los Rochefort. ¡Cuánto yo hubiera dado entonces para que el milagro que se produjo un siglo antes en aquella misma sepultura, se hubiese reproducido ante mi vista y la de mi padre!
He aquí lo sucedido: Una joven marquesa de Saint-Point, a la que se creyó muerta a causa de un prolongado desvanecimiento, acababa de ser enterrada en una fosa abierta en la bóveda de la sepultura; ya la piedra que debía cerrarse bajo los pies del sacerdote estaba colocada sobre el sepulcro. La noche del enterramiento, al bajar el campanero de tocar elAngelus, le pareció oír gemidos bajo las losas sepulcrales. Lleno de espanto fuese en seguida el campanero a dar cuenta a las gentes del castillo de lo que había oído. Acudieron inmediatamente así el marido como sus desconsolados deudos y sirvientes y oyeron en verdad la voz subterránea. Levantose la piedra sellada desde la mañana, bajose a la tumba y encontrose viva a la que creían muerta. Volviéronla en brazos de todos y trocado el llanto en regocijo a su morada; y la joven y bella condesa dio prolongados años de felicidad a su esposo antes de descender, verdaderamente muerta, al sepulcro.
Yo había oído contar frecuentemente durante mi niñez al mismo campanero y a su vieja esposa semejantemilagro, del que habían sido testigos y del cual se acordaban como ellos, los viejos. Pero ¡ay! ¡no se repiten los prodigios tan fácilmente!
Al despertar el alba, fue transportado el ataúd de su lecho a la iglesia; seguidos por el llanto y el duelo de doce aldeas, atravesaron los restos de mi madre el jardín por el mismo sendero de los avellanos, donde yo había visto frecuentemente volver de la iglesia a aquella virtuosa mujer, radiante o compungido su rostro de dicha y de piedad. Mis propias manos ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de mi madre en su eterna mansión.
Después de esta triste operación, me dirigí solo a la casa y me encerré en mi cuarto. Las lágrimas tienen su pudor como tantos otros sentimientos encerrados en lo más profundo del alma humana. Me dejé caer sobre una silla, la mano derecha sobre la cabeza y fijos los ojos en la iglesia, oía involuntariamente el toque melancólico de la campana, de cuyas vibraciones tanto gustaba, y que, llorando entonces, llevaba mi llanto entre sus sonidos a todas las colinas, penetrando en las cabañas de mis buenos amigos los campesinos.
Recuerdo solamente que los pensamientos que tuve aquella noche, hijos de la debilidad y de la fiebre producida por tantos días de emoción y de insomnios se producían en mi cabeza vacía de ideas, al ruido del badajo de hierro sobre el bronce, mientras lloraba el cadencioso unísono de la campana.
Y no recuerdo más...
Breve sueño adormeció mis sentidos al venir la mañana. Después emprendí de nuevo, acompañado de mis guías, bajo un sol glacial de invierno, que parecía un sarcasmo a la estación y al dolor, los nevados senderos de la montaña, en los que, a cada paso, corríamos un nuevo peligro de ser sepultados. Tenía necesidad de ir corriendo a consolar a mi padre. Nuestro invierno fue algo más que un simple y frío invierno...
¡Así perdimos nosotros nuestra madre, y nuestra pequeña comarca su providencia, su santidad y su gracia!
¡Conservemos para nosotros aquella memoria! Por eso he copiado su manuscrito. Nosotros desapareceremos de la tierra uno a uno, acaso no tardando mucho, y llevaremos con nosotros el recuerdo de tanta ternura y tanto dolor.
Conservarán por algún tiempo estas páginas las huellas de la familia; pero después, también se trocarán en ceniza como nosotros. A esto queda reducido el libro; a esto queda reducida una generación.
FIN