2 de octubre.
Me encuentro en Saint-Point desde ayer, en compañía de Alfonso, Cecilia y Eugenia; durante el viaje los niños se han divertido mucho. Alfonso, particularmente, estaba embriagado de alegría al verse caballero en una mula.
Hemos cogido las uvas del emparrado, de las cuales sacaremos dos toneles de vino. Mi esposo ha comprado unas fincas con el dinero que su hermano le ha prestado. Estas fincas le han costado diez mil pesos. ¡Dios quiera que hagamos fortuna para poder legar a nuestros hijos una pequeña posición que les permita vivir sin privaciones!
Tengo en mi poder lasConfesiones de San Agustín, libro que estimo muchísimo; esta mañana he visto con placer que Alfonso lo estaba leyendo.
28 de octubre.
Con la mayor tristeza he vuelto a acompañar a mi Alfonso a Lyón. Mi madre me ruega, en todas las cartas que me escribe, que vaya a consolarla: se encuentra en Rieux, pequeño pueblo junto a Mont-Mirail. A su regreso ha encontrado todos sus asuntos tan embrollados, que la pobre está disgustadísima. Iré sola, porque no quisiera agravar sus gastos; fuera muy mal hecho el que yo favoreciera mis comodidades mientras mi madre sufre acaso la pérdida de sus bienes.
Con el objeto de emprender el viaje con entera libertad, he dado a criar mi pequeñita a una robusta aldeana de Milly. El viaje que voy a emprender es largo, pero me siento tan ágil como si tuviera quince años. Ayer fui a oír misa a Bussiers e hice el camino a pie, aunque el trayecto es largo y malo y el tiempo estaba lluvioso, no sentí molestia alguna. Recuerdo mis buenos tiempos de niña y los paseos que hacía en compañía de mi padre y de mi hermana desde el castillo de Saint-Cloud al de Meudon.
Ha muerto mi pobre tía, mi institutriz durante los años de mi infancia. Estoy preocupada por la suerte de la anciana Jacquelina, su camarera y mi segunda madre: temo habrá de encontrarse, después de le muerte de mi tía, completamente sola y en la indigencia acaso.
Yo desearía recogerla en mi casa, pero la familia se opone a ello, y mi marido teme, con sobrada razón, agraviar a sus hermanos, de quienes dependemos, pero me ha propuesto que podemos pagar secretamente una pensión a la pobre Jacquelina, con la cual podrá la viejecita estar al abrigo de la miseria y la soledad. Yo bien quisiera atender a esta mujer como ella seguramente me atendería a mí si me encontrase en su lugar; pero haré cuanto pueda en su favor, librándola desde luego de la indigencia y proporcionándole cuantas comodidades permitan mis pocos recursos.
17 de diciembre de 1802.
Alfonso se ha fugado del colegio con dos de sus compañeros. A unas seis leguas de Lyón los han alcanzado.
Comprendo que la sujeción del colegio se le hace insoportable, y esto me tiene disgustadísima. La independencia de carácter de mi hijo me espanta. Procuraré que escriba a su padre pidiéndole perdón por la falta que ha cometido.
Todos los días leo lasConfesiones, que procuro imitar en lo posible: trataré de hacer como Santa Mónica, rogando sin cesar por mis hijos.
14 de enero de 1803.
He llegado ayer a Rieux, después de un viaje muy penoso y de haberme detenido en París algunos días. Desde Coulomiers a Rieux he tenido necesidad de hacer el viaje montada en un caballo de alquiler, conducido por un muchacho. Hacía un viento norte muy frío, y no creo que en Siberia pueda sufrirse tanto como yo he sufrido al atravesar aquellos montes nevados.
¡Qué alegría ha tenido mi pobre madre al verme!
Ya estoy instalada en mi querida casita de Rieux, donde he pasado tantos veranos durante mi infancia, pero en estos lugares no se encuentra aquello que en otros tiempos los vivificaba. Al lado de mi madre olvido todas las penas. La pobre está muy desfigurada, efecto sin duda de los disgustos que ha sufrido en viajes y destierros. Ella disfruta contándome muchas veces cosas interesantes que se refieren a nuestra familia y a los viajes que ha hecho acompañando a las princesas. Me admira su resolución, su prudencia ante los grandes peligros y su cautela y firmeza en los actos que realiza. Está muy vieja ciertamente, pero conserva en su espíritu la juvenil frescura de otros tiempos. Es muy sensible encontrarse a su edad en la precaria situación que ella se encuentra. Yo quisiera ser bastante rica para restablecer su fortuna; pero es muy poco lo que puedo distraer de las atenciones de mis hijos. Deseo consignar en estediariocuanto ella me cuente de notable.
Ayer me dijo que nuestra familia desciende de Vivarais, y que una joven de Roys tiene aún como heredera de la rama principal de la casa el feudo de Rubec, en Montfaucon. Después de la actual poseedora, este feudo debe pasar a mi madre: acaso entonces pueda vivir con más desahogo. Por falta de recursos se ha visto obligada a suprimir la camarera, y a su edad esto es muy penoso. Siempre me acuerdo de sus privaciones cuando pretendo quejarme de mi suerte.
¡Que Dios auxilie a esta pobre anciana!
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Mi madre me ha contado esta noche muchas cosas referentes a Mme. de Reyniere, viuda de su arrendador y algo parienta nuestra.
M. de Orsay, también pariente nuestro, contrajo matrimonio con una princesa alemana, parienta del rey de Prusia: un hijo de este matrimonio se ha casado con una princesa italiana.
Durante estas conversaciones sostenidas junto al hogar, recuerdo las personas con quienes he vivido durante mi infancia, y de las cuales quedan muy pocas, después de la terrible sacudida revolucionaria.
Quiero dejar aquí consignada una anécdota muy original, relacionada con Juan Jacobo Rousseau y la mariscala de Luxemburgo, con la cual mi madre estaba unida muy íntimamente.
Era la mariscala de Luxemburgo amiga de Rousseau: por casualidad supo aquélla que la mujer con quien éste vivía estaba en cinta; sin duda, creyendo que Rousseau quería mandar este nuevo hijo a la Inclusa, como había hecho con otros, dirigiose a M. Trouchin, de Génova, amigo de Rousseau, y le encargó que tan pronto la criatura viniera al mundo, hiciera los posibles por mandársela, para ella encargarse de su cuidado. M. Trouchin habló de este asunto con su amigo Rousseau, quien al parecer consintió en que la mariscala fuera satisfecha en sus deseos, los cuales fueron muy del agrado de la madre de la futura criatura. Tan luego esta buena mujer dio a luz, avisó a M. Trouchin, el cual presentose en seguida en la casa, donde le mostraron un hermoso niño. Quedaron convenidos para el día siguiente en hacerse cargo de la criatura, pero tan pronto hubo salido M. Trouchin, su amigo Rousseau, embozado en un capote de paño oscuro, se aproximó al lecho de la recién parida, y a pesar de sus lágrimas, cogió él mismo a su hijo y se lo llevó al Hospicio, perdiéndolo para siempre, pues ni siquiera le puso al entregarlo marca de reconocimiento.
Aquí tienes, hija mía—dijo mi madre,—el hombre sensible como dicen las gentes.
¡Insensato, le llamo yo, cuya enfermedad cerebral le ha destrozado el corazón!
Si el genio no es acompañado del buen sentido, no es genio, es locura; buena prueba de ello son el Tasso y Rousseau.
Si Dios nos envía el genio, bien venido sea, pero una madre solamente debe desear para sus hijos el buen sentido.
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Está nevando copiosamente y hace un frío intensísimo. La campiña se halla cubierta de nieve. Paso el rato leyendo a Tácito y otros historiadores de la antigüedad que tanto gustan a mi madre.
Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a consecuencia de su trato con los filósofos y literatos que, en otro tiempo, frecuentaban sus salones.
Mi madre tiene en compañía un sacerdote; llámase este venerable abate Chauveau y es hombre de mucho mérito. Esta mañana nos ha dicho misa. En el templo había un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos: los bautizos me enternecen siempre.
He visitado hoy a una pobre mujer recién parida, enferma y sin recursos. Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba rodeada, he tomado la resolución de no regatear nada, alimentos, ropas, leñas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economías a esta pobre mujer.
¡Cuánto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta más eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazón a corazón. ¡Que Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que olvide el cumplimiento de mis deberes!
La noche pasada he leído a Tácito. Este historiador me entretiene y casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen. Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no hay ni siquiera una novela.
Mi madre ha escrito hoy una carta a la señorita de Orleans, que se encuentra en España, y ha querido que yo también le escriba dos renglones. Después de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este pueblo nos han hablado muy bien de los señores de Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aquí un castillo en el cual reparten abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos días que estos señores han perdido la única hija que tenían; solamente les queda un hijo que, según dicen, es un guapo mozo de dieciocho años (hoy duque de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los aldeanos de estas cercanías.
Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre. Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendará a los príncipes de Orleans, que estoy segura harán por él cuanto puedan.
Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en sudiariola alegría que experimentó al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Después pasa a Lyón para informarse de los motivos que tuvo su hijo para escaparse del colegio, tomando después de esto la resolución de que termine sus estudios en otra casa algo más religiosa y paternal que la que en la actualidad se encontraba.
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Sigue eldiario:
Ayer hice en Lyón algunas compras de telas para arreglar mi cama; he gastado poco, pues no quiero gastar lo superfluo mientras hay quien carece de lo necesario.
Estos días se habla mucho de la guerra con Inglaterra: mi hermano me ha escrito desde allí diciéndome que está muy bien colocado; pero si la guerra se declara, ¡quién sabe cuál será su suerte!
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Hoy he comprado un libro nuevo que he leído esta noche; se titulaGenio del Cristianismo; está escrito por M. de Chateaubriand. Yo no sé si seré competente para juzgar esta nueva obra, pero me encanta su lectura.
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Siguen tres meses cuyas fechas llenan eldiariocon detalles domésticos y exámenes de sus faltas.
Belley, 23 de octubre de 1803.
He podido conseguir de mi marido y de mis hermanos permiso para trasladar a mi Alfonso del colegio de Lyón al de los Jesuitas establecido en Belley, al lado de la frontera de la Saboya. Yo misma le he acompañado; y después de haberlo dejado bajo la confianza de los padres, he llorado mucho.
27 de octubre.
Esta mañana he visto a mi hijo desde las rendijas que hay en la cerca del patio del colegio. ¡Pobrecito! Estaba allí en medio de sus compañeros y a pesar de esto lo he distinguido en seguida. El también me ha visto y ha venido a decirme que estaba muy contento con sus nuevos maestros y condiscípulos.
He visitado al abate Montuzer, antiguo prior del capítulo de canonesas de Salles.
Al anochecer he partido hacia Mâcón y al pasar por frente al colegio de los Jesuitas, he visto a los colegiales y oído sus gritos alegres: por fortuna, mi hijo no ha salido a la verja para ver pasar el coche; yo me alegro mucho, porque hubiéramos tenido un disgusto grande y no conviene enternecer demasiado el corazón de estos niños que mañana serán hombres y necesitarán en ocasiones dureza de corazón para sufrir las adversidades de la suerte.
Yo he llorado mucho durante el día de hoy.
29 de octubre.
A mi llegada a Mâcón he recibido tristes noticias de mi pobre madre. Mi hermano se ha visto obligado a dejar el empleo que tenía en Inglaterra, con motivo de la guerra, y otra vez vuelve a ser una pesada carga para mi madre, que está vendiendo lo que resta de nuestra posesión de Rieux para pagar las deudas contraídas durante sus viajes.
Mi hermana me escribe también diciéndome que está muy contenta porque la señorita de Villars la ha prestado sin interés alguno y a devolver cuando pueda, mil escudos; esto le ayudará en sus apuros; la señorita de Villars cumple sus votos de pobreza a pesar de haberle relevado de ellos la Revolución y el Papa al abolir el capítulo. Ella reparte su numerosa fortuna entre su familia y las antiguas compañeras pobres del capítulo de Salles y pasa pensiones vitalicias a seis o siete de ellas que se encuentran en la mayor necesidad. No falta quien critica la economía en que vive, pero Dios y los pobres la bendicen diariamente.
6 de marzo de 1804.
Hoy hace catorce años que tuve la suerte de casarme con un hombre cuyo corazón es el de un ángel. Siempre me figuré que era generoso y caballero, pero ignoraba que estas condiciones llegaran a la perfección. Solamente vive para mí y para sus hijos, aunque algo inquieto por las dificultades que le ofrece nuestra escasa fortuna para sostener una familia tan numerosa. Yo rogaré a la Providencia que nos asista, y procuraré por mi parte aliviar su pena. Confío en Dios, y esta es sin duda mi única virtud; pues reconozco, por lo demás, las imperfecciones que tengo.
Para solemnizar el aniversario de mi matrimonio, he mandado a mi hermano doscientos pesos; para ello he hecho un sacrificio, pero estoy muy satisfecha de haberlo verificado.
16 de marzo.
Hoy he visto en el cementerio de Bussieres un cuerpo de mujer muy bien conservado, a pesar de haber transcurrido muchos años desde su enterramiento. Debió ser una hermosísima mujer a juzgar por las apariencias. Tiene en el dedo un anillo nupcial y un rosario engarzado en las manos. Parece que está dormida, y espera de este modo el eterno despertar. Tengo para mí que debe ser una santa, cuyo cuerpo ha querido Dios conservar intacto para diferenciarle de los demás.
20 de marzo.
¡Triste de mí! ¡Qué día tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer! Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy autorizada), y ¡oh, Dios mío!... he leído en ella que mi hermano ha muerto de una manera trágica. ¿Qué será de mi madre ante esta horrible desgracia? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con él misericordioso.
Después de recibir tan infausta noticia, sólo he salido de casa para ir a la iglesia. Yo espero que mi hermano estará en el cielo, porque mi hermana me dice que ha muerto en el seno de la religión cristiana.
Estoy muy desconsolada, y mi alma sólo encuentra alivio en aquello que la aproxima a la Divinidad.
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Estos días hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma de mi hermano. Me han acompañado a la iglesia cuatro de mis hijas. He llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, según costumbre en estos casos, entonando cánticos fúnebres, y muchos jóvenes orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habrá oído las plegarias de estas buenas gentes, y se apiadará de nosotros y de mi hermano.
He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en París se ha creído que mi hermano estaba complicado en una conspiración contra Bonaparte. Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tenía para estas cosas. Sin duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este error, porque después de muerto han ido a registrar su domicilio, y sólo han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.
21 de marzo.
Esta mañana he leído una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la señorita de La Valliere. La novela tiene algo de histórico y está bien escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por mi parte, me ha sugerido únicamente reflexiones sobre lo pasajero de las cosas humanas y la insuficiencia del poderío de la tierra para hacer feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y sólo en Dios encuentra reposo a sus agitaciones.
¡Oh, Dios mío! Cada día siento mayor necesidad de consagrarme a Vos únicamente y de sacrificároslo todo. Mi alma, emanación de la vuestra es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio y fin.
¡Perdón, Señor!... Esta mañana he cometido un pecado. A una pobre muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y me impongo la obligación de servir y complacer en cuanto pueda a esta pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligación que me impongo, debiera hacerla cien veces cada día.
24 de marzo.
Empiezan a encanecer mis cabellos. El tiempo se va y yo ignoro lo que he hecho de mi juventud. La eternidad me advierte que debo emplear los días que me restan de estar en la tierra en hacer bien al prójimo.
Milly, 17 junio de 1804.
Estoy tranquila; he recibido carta de mi hermana, en la que me da mejores noticias de mi madre. Creo que está ya en completa convalecencia; habla asimismo de ir a vivir a Mont-Mirail. Ayer mi marido recibió otra carta de mi hermana que me ha llenado de inquietud. Dice que en dos días la enfermedad de nuestra madre se ha agravado seriamente. Temo un fatal desenlace.
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Esta triste confirmación ha venido en el preciso momento en que la señorita de Monceau y mis hijos iban a regalarme un ramillete. Tan infausta nueva ha envenenado el placer que semejante agasajo nos preparaba. Debía ir yo, por lo tanto, a comer a Monceau, pero no he querido ir, mandando sólo a mis hijos con su padre.
¡Dios tenga compasión de mi madre! su gran caridad, sus bondades y otras mil virtudes que ha practicado durante su vida, pueden haberla tranquilizado en estos momentos. Pero ¡ay! ¡era tan triste su situación! Muchas inquietudes y penas son otros tantos motivos de consuelo. Ha sucumbido a sus penas mejor que a sus años. La triste idea de que no he de volverla a ver en este mundo, me asusta cuando fijo mis ojos en la tierra.
Mi abuela vivió hasta los noventa y dos años, yo esperaba igual longevidad para mi madre. Parece que en su testamento, que no ha podido firmar, ha favorecido a mi hermana. Mi conciencia no estaría tranquila si se dejase de acatar semejante voluntad, manifestada por ella, aunque no escrita. No ha de haber dificultad alguna para que se cumpla, puesto que mi marido piensa como yo sobre este particular.
Escribo esta mañana a la señorita de Orleans esta triste noticia, rogándola se sirva comunicársela cautelosamente a la señora duquesa, su madre.
Mi marido acaba de suscribir la renuncia que yo deseaba en favor de mi hermana. Esta va a comprar la finca de Rieux, donde pasamos tan alegres días durante nuestra niñez.
14 de septiembre de 1804.
Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan pálido, que llegué a creer que iba a desvanecerse. ¡Ah! ¡Cómo nos hemos abrazado los dos! ¡Pobre hijo mío!
Mañana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en público los adelantos de sus mejores discípulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien debiese hablar.
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Hay aquí una larga interrupción.
5 de febrero de 1805.
Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.
Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido, sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues, nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para cumplirlos exactamente.
Domingo de Ramos de 1805.
Reina por estos contornos un extraordinario bullicio con motivo de la próxima llegada del Emperador. Mi hermana se encuentra todavía a mi lado; ambas estamos muy inquietas porque se nos ha dicho que debemos dar alojamiento a Monseñor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del Emperador, y más tarde arzobispo de Malines, tan célebre por su adulación y por su ingratitud con Napoleón, después de su caída. Me desagrada tener que hospedar a semejante personaje.
Lyón, 26 de abril de 1805.
Mi venida a Lyón ha tenido por objeto ver al Papa.
Estoy aquí en compañía de mi hermana. He visto al santo padre cuando paseaba por el jardín del palacio del obispo. Ayer estuve a oír la misa del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las ceremonias, pero me costó mucho trabajo poder llegar hasta su trono para besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfacción. Este anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como también algunos de los prelados que le acompañan.
12 de mayo de 1805.
Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para habitarla este verano, Dios mediante.
Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y pagar el colegio de Alfonso, lo cual es más que suficiente. Cada día admiro más las prodigalidades de la divina Providencia para con nosotros.
Mi cuartito está muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo mayores bienes de los que me pertenecen. He leído un tratado místico sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial.
20 de agosto de 1805.
El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, será probablemente el último cambio de habitación que yo haga; en él moriré, sin duda. (En él murió efectivamente.)
Alfonso llegó ayer. Me preocupo mucho por él y por sus hermanas, pues no veo medio de educarlos fácilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a Dios me dé las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis obligaciones con respecto a mis hijos.
9 de noviembre de 1805.
Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars, nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias. Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta débil mujer.
Milly, 6 de julio de 1806.
Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo más en paz con mi especial manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero también amo el recogimiento que me proporcionan mi jardín y mi cuartito.
Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursión a las ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface. Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable el cariño de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo empleado en hacer el bien y en adquirir simpatías.
7 de septiembre.
Mi marido ha vuelto de la posesión que su hermano tiene en Dijón. Nos hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un retiro moral aún más profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro corazón en la soledad y en el silencio.
Domingo, 24 de septiembre.
Estos días los he pasado completamente retirada; únicamente el señor cura nos ha acompañado a comer algún día que otro.
El día no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber.
Voy todos los días a misa a eso de las siete, como me propuse en un principio. Mis hijas me acompañan. Después de la misa nos desayunamos y comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la Biblia; después y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de gramática e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos corto. Después de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre, procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces recitamos de memoria algunos párrafos de la historia o de la gramática. Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete; paseamos después hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego al ajedrez con mi marido, las niñas se entretienen aprendiendo de memoria algunas de las fábulas de La Fontaine.
Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que exigen las diversas estaciones del año; mi principal objeto es inspirarles mucha piedad, ocupándolas siempre en cosas útiles.
Ayer recibí carta de mi Alfonso; está bien de salud; me parece un sabio en la manera de escribir.
Milly, 25 de septiembre.
Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos. El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.
Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación.
Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios! Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de bronce.
Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón. Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades; ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés, versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que puede hacerle feliz!
Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón.
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Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia. ¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él.
Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.
Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.—He aquí lo que se lee en sudiariodel 2 de enero de 1807:
2 de enero.
Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la eternidad.
Las virtudes en que yo pienso fijar especialmente la atención este año, son la dulzura y la humildad. Me parece que son las principales. Quiero hablar poco de mí, sobrellevar con paciencia las contrariedades y las humillaciones que pueda soportar sin menoscabo de la dignidad humana, no rebuscar en mi tocado vanidad alguna, no reprender a mis hijos y a otras personas con acritud ni enredarme nunca en discusiones; quiero asimismo no decir jamás una palabra que pueda molestar al prójimo, presente o ausente. Estos son mis proyectos durante este año; si puedo cumplirlos fielmente, habré empleado bien el tiempo.
No hay nada de particular en las anotaciones de este año hasta el mes de septiembre, en el cual se lee:
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Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta. He dado esta tarde un gran paseo por la montaña de Craz, situada detrás de nuestra casa, sobre nuestras viñas. Estoy sola; gusto mucho, durante las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoño y los largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; éstas son grandes como el horizonte y llenas del espíritu de Dios. La Naturaleza conmueve mi corazón bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza que me fascina; no sé lo que es, pero siento una especie de armonía secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios. Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaña la luz que brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma.
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Todos los días, por la tarde, digo una oración de muy pocas palabras: un cántico interior que ninguna persona llegaría a entender; pero vos, Dios mío, vos lo comprendéis muy bien, como entendéis el zumbar de los insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja seca, juguete del viento.
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En el año 1807 sólo contiene eldiariomisteriosos exámenes de una conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y una parte de 1809 faltan. Véase, no obstante, lo que sucedió entonces a mi familia.
Había por aquel tiempo en Mâcón una bellísima joven perteneciente a cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espíritu recto y cultivado, quien inspiró a su hijo una de aquellas inclinaciones infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de edad, temían entrambas familias pudiera traer aquella simpatía consecuencias que no entraban en sus cálculos.
Por este motivo, acordaron alejar de allí por algún tiempo al joven bajo el pretexto de un viaje a Italia. Creíase, no sin razón, que el aire de los Alpes desvanecería aquella fantástica imaginación.
Veamos el manuscrito.
Aquellos pensamientos prudentísimos casi no existen en él: su imaginación se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo.
Domingo, 26 de noviembre de 1809.
Me ocupo en leer lasMemoriasde Mme. Roland, cuyo marido fue ministro al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada. Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la guillotina.
Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante mal. No he querido que mi hijo leyera dichasMemorias, a pesar de que lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos.
He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la conservación de las sanas creencias.
Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado, dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se convierte en veneración.
Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando, poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.
Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su edad.
Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría completamente a Dios.
Mi esposo se halla en Mâcón, en el consejo general del departamento, presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven de ingenio. Este señor ha estado con nosotros unos días y nos ha contado sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseñaba las batallas durante los combates.
Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podría encontrarse, si llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefería, por lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y nombradía que lleva consigo un cargo semejante.
7 de enero de 1810.
La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta. En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que siempre he solicitado.
Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón, fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte, estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo, como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército.
Milly, 11 de abril de 1810.
Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es magnífico; he querido venir a gozar de una hermosa mañana de primavera, y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he estado en mi jardín por espacio de más de tres horas leyendo, rezando, reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los árboles están cargados de flores y capullos que perfuman el aire.
Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a zumbar los insectos. Es esta la época en que resucita la Naturaleza de su muerte aparente durante el invierno, y en que más se disfruta de ella en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a la ciudad, donde he de permanecer algún tiempo. Será la voluntad de Dios el que yo me aleje de estos sitios; cúmplase, pues, su santa voluntad.
El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y buen músico; es él quien ha trazado la mayor parte de los jardines ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de París. Ha venido aquí para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He tenido ocasión de hablarle y me ha dicho que había sido muy amigo de mi madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegría grande; en su consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfacción de entrar en relaciones con él. Es ya muy viejo, pero conserva perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus ochenta y cuatro años, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que jamás ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propósito que yo tengo hecho de no beberlo nunca.
Creo ver mañana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella ceremonia tan magnífica, según dicen todos; las iluminaciones parecen haber excedido a todo cuanto se había visto hasta hoy en su género. He aquí una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste en reunir algunos centenares de candilejas colocándolas unas junto a otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente:¡Vanitas, vanitatum!un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; ¡esta es la gloria a que todos aspiramos! ¡Y pensar que yo la deseo para mi hijo!
Milly, 17 de abril de 1810.
He pasado sola, en Milly, un día delicioso. Hace un tiempo precioso. Nunca he paseado tanto. He leído el primer volumen de un libro interesantísimo; se titulaItinerario de París a Jerusalén, por M. de Chateaubriand. Es una obra excelente.
Ayer fui a Changrenon a hacer una visita a madame Rambuteau, en compañía de la cual se encuentran actualmente M. de Narbonne, su padre, su marido y su hermana. Tenía curiosidad de volver a ver a M. de Narbonne, quien había sido en otra época muy amigo de mi hermano mayor (secretario en la embajada de Holanda y hombre distinguido). He hablado con él, y parece persona muy amable; dicen que goza de la consideración del Emperador. Se habla de él para el ministerio de Relaciones Exteriores. Ha hecho una grande acogida a Alfonso, y le ha comprometido a que vaya a visitarle cuando esté en París; pero tengo para mí que esto puede acarrear más daño que utilidad. Yo no pido para mis hijos las grandezas de este mundo; únicamente deseo para ellos un modesto y tranquilo bienestar, adquirido en el cumplimiento estricto de sus deberes.
11 de octubre de 1811.
Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas.
Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad en algunas circunstancias.
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En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero en su fondo, tituladoGraziella. (Véase el primer volumen de lasConfidencias).
Hay aquí una grande interrupción.
Eldiariono continúa hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24 de julio de 1812.
24 de julio.
Más de quince días hace que me encuentro aquí; fue el 7 de julio el día que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia. Los primeros días creí disgustarme porque no experimentaba el placer ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he ido acostumbrándome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos solitarios, el trabajo y la lectura en compañía de mis hijas y el cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para mí su interés ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo. Solamente Dios sabe cuán escasos son mis merecimientos. Pero esta tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia.
10 de agosto de 1812.
Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine, en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes, incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez, esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida.
17 de diciembre de 1812.
Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de París que conocimos durante nuestra juventud.
31 de enero de 1813.
Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es muy bella y más joven que él.
A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé, y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años, de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer la felicidad de mi Cecilia.
Alfonso está en París; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey, consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casación. La prima de Alfonso, madame de Pré, quien vive en compañía de M. de Pansey, es una persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las postrimerías de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece a este bajo mundo, seamos todavía sensibles a la ambición...
He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado elEmilio, de J. J. Rousseau; me he permitido leer algunas páginas; no me pesa, porque, los párrafos que he visto me han parecido magníficos, y me han hecho un gran bien, tanto, que voy por mí misma a copiar alguno. Es bien sensible que semejante libro esté envenenado por tantas extravagancias, buenas únicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jóvenes. Quemaré este libro, y sobre todo, laNueva Eloísa, más peligroso todavía, porque éste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita el espíritu. ¡Qué lástima que un talento tan grande como el de Rousseau enloquezca de este modo!
Yo no temo nada por mí, puesto que mi fe está bien cimentada y es superior a toda tentación; ¿pero y mis hijos, Dios mío?...
Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyón y de Italia a sus tíos y tías gran número de notas por las muchas deudas que ha contraído durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este sentido muchos cargos, por lo que he derramado lágrimas de amargura. ¡Ah! efectivamente: ¡las faltas de mi hijo son mis faltas! ¿Por qué no hube de ser yo más severa para él desde un principio? El hubiera temido el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amaría, tal vez con la misma pasión, y que después, por circunstancias más graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para él como una segunda conciencia. ¡Todo se pagará; pero antes pagaré yo en reproches fundados y lágrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo!
Ahora se encuentra en París; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio distinguido, vive en el mismo hotel y es íntimo amigo de mi cuñado, quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la que se le advierte que su sobrino está en peligro, porque, arrastrado por sus amigos, se deja dominar por la pasión del juego; que pasa las noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fácilmente toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del día con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden quebrantar su salud, si no lo alejan de París a todo trance.
Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para París, en compañía de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente. He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dejó en ella cuando salió para Borgoña, donde se encuentra en casa del abate Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuñado, M. de Lamartine, y mis cuñadas, me proporcionarán más. He escrito a mi esposo para prevenirle y evitar al mismo tiempo la escena de reproches que él dirigirá naturalmente a nuestro hijo al saber el género de vida que hace.
Al llegar a París no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja Alfonso para no causarle una emoción de sorpresa demasiado fuerte y dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de Larnaud, ante el temor de que mi hijo estaría muy cambiado, y que semejante cambio podría afectarme de una manera muy visible a sus ojos, al encontrarme frente a frente sin ningún preparativo anterior.
Determiné, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente. Descendí, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la que él habita; era aún de día. ¡Dios mío! ¡cuánto sufría al retardar hasta el día siguiente el placer de abrazarle, después de visitar a M. y Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando sentada en un canapé, con los balcones abiertos. Eugenia se asomó a ellos para ver pasar los coches que se dirigían a la Opera o al teatro Francés; de pronto lanzó Eugenia un grito, diciendo: «¡Mamá, ven, creo que veo a Alfonso!» Corrí a la ventana y le reconocí efectivamente: iba en un elegante cabriolé que él mismo guiaba, acompañado de otro joven: su aire era alegre y animado, lo cual me quitó gran parte del pesar que me oprimía; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su diversión de aquella noche.
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Al día siguiente me levanté temprano, con la impaciencia de ver a mi hijo, y preocupada por el efecto que le había de producir mi visita, y el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o acaso enredado en algún mal negocio. Por fin le escribí dándole cuenta de mi viaje y de las razones que lo habían motivado: se presentó inmediatamente y pareció como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo y deplorando la conducta que habíamos observado. Su salud me pareció menos mala de lo que yo temía; me dijo que por ser yo quien había ido a buscarle, se vendría a Mâcón, pero que con ninguna otra persona se hubiera venido; me ha pedido algunos días para arreglar sus negocios, y yo le he concedido ocho: estos días los aprovecharé enseñando a Eugenia todo lo más notable que París encierra.
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Sigue eldiariocon una extensa reseña de París, sus museos y edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia.
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Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas.
He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las deudas adquiridas en el juego.
Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo? ¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres! ¡hombres!...
Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro, fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo.
He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.
El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí, como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!
Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos vendido nuestro caballo.
31 de diciembre de 1813.
Estamos refugiados en Mâcón; todos los días corre la noticia de que los enemigos van a venir; hay quien asegura ya que han pasado por Génova. He ido a Milly para esconder un poco de trigo por lo que pueda ocurrir, que me parece será de importancia. ¡El año que hoy acaba, ha parecido un sueño sangriento de Bonaparte! ¡Qué será, Dios mío, el que empieza mañana! Tengo esperanza de que caerá...
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Estos puntos suspensivos indican bien claro su deseo de la caída de Bonaparte y de la vuelta de los Borbones, los reyes queridos de su niñez.
9 de enero de 1814.
Han llegado los enemigos hasta Besançon junto a Lyón; se espera en este sitio una batalla: no sé si deba preocuparme o no por este esperado acontecimiento: el peligro produce sangre fría y concentra en el corazón todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios.
Las gentes están agitadísimas, y cada cual se deja llevar por sus opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espíritu de paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar de mi excesiva moderación soy criticada. No importa, tengo fuerza de voluntad para sufrirlo todo.
Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poquísimo dinero, puesto que mi viaje me arruinó, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos.
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Hasta el día 10 de marzo de 1814 eldiariono es más que un confuso relato de maniobras de los ejércitos austriacos y franceses, que toman y vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mâcón y demás poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la población, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia.
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El día 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en número de doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate ha durado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde con igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los franceses. Las pérdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el número de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No hemos estado un momento sin oír cañonazos ni ver pasar heridos. ¡Qué horrorosa jornada!
Después de la batalla, la noche que ha precedido al día siguiente, han sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mâcón y muchas de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aquí el resultado de esta guerra cien veces maldita. ¡Qué inmensa responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres que ignoráis en este momento la muerte de vuestros hijos, ¡cuál será vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia!
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Muchas señoras, el señor cura y yo nos hemos presentado al general Bianchi, rogándole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy cortésmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueño de dominar por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo patrullas de soldados a caballo.
17 de marzo de 1814.
Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo del Franco-Condado; el día 9 de marzo alumbró entre el tronar de los cañones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un general en casa, y damos de comer a los que le acompañan, en número de veintiocho. Nos tienen arruinados.
Alfonso está en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres; cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes. Se están temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irán alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanías.
Mi hijo Alfonso salió el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrás de una montaña. La velocidad de sus caballos les salvó; sin embargo, algunas balas atravesaron sus vestidos y uno de los caballos quedó herido. A pesar de este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya estos pueblos por el enemigo.
Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses fueron rechazados; se dice que las pérdidas han sido grandes por ambas partes. Han entrado gran número de heridos. ¡Dios mío! ¿cuándo se apaciguará vuestra cólera? ¡Perdonad nuestras faltas y haced que nuestros males terminen!
Domingo, 20 de marzo de 1814.
Toda, la noche hemos tenido alojados algunos oficiales y algunos soldados; cuerpo de guardia y centinelas en toda la casa. Por fin se han marchado. Todo esto nos cuesta grandes tesoros, además de las cantidades que ellos nos exigen en calidad de contribución.
Jueves Santo, 7 de abril de 1814.
El domingo, día 20, fue tomada la ciudad de Lyón. El general Angereau, que mandaba las tropas francesas, cesó el tiroteo junto a las mismas puertas de la ciudad; el alcalde capituló, dejando tiempo bastante a las tropas francesas para retirarse, lo cual verificaron por la puerta de la Guillotiere, al mediodía de la ciudad. Ni el menor desorden hubo en Lyón.
Este hecho nos ha causado gran alegría, porque de seguir mucho tiempo este continuo alojamiento de tropas, quedaríamos completamente arruinados.
Ha venido a vernos nuestro hijo Alfonso, que se encuentra en Milly, administrando nuestras propiedades y los pueblos que lo han nombrado alcalde. Los aldeanos lo quieren mucho. Les ha enseñado los medios de hacer economías y contribuido él mismo para realizarlas. Todos dicen que se ha portado muy bien durante su gestión administrativa. Estoy de ello muy satisfecha.
Según se dice, nuestra querida Francia, muerta en la actualidad, resucitará, saliendo de la tiránica opresión en que está sumida dos años hace.
10 de abril, día de Pascua.
Lyón, Burdeos y París han levantado bandera blanca, y se han puesto la escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del trono que no ha sabido sostener, y dicen que irá a la isla deElba, que le ha sido concedida en soberanía, además de seis millones de renta anual.
Llega en este momento un correo de Lyón con bandera blanca; el Ayuntamiento de aquí se ha reunido para resolver si se declararía la caída de Bonaparte y la soberanía de los Borbones. Mi marido, mi yerno M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les animé cuanto pude, porque para Francia no hay más salvación que la conciliación con Europa, bajo la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados. No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor con que yo defiendo lo que creo justo, me está produciendo serias desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos aún de positivo sobre los acontecimientos actuales; se dice que París fue tomado el 31 de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todavía noticias oficiales. Se temía igualmente que hubiera algún trastorno con motivo de los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque anoche hubo en el paseo una intentona.
Hoy hemos pasado sin saber noticias de París, el pueblo estaba excitadísimo, cuando allá sobre las seis de la tarde llegó un correo portador delSenatus consulto, que declaraba la caída del imperio. El gozo fue grande. Este aumentó por la noche con las noticias que se recibieron de la abdicación de Napoleón y la exaltación de los Borbones. Todo el mundo estaba en el paseo; éste parecía atestado materialmente, el tiempo era magnífico; hablábanse las gentes sin conocerse apenas. Se reunían, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestación general de entusiasmo. Hubo luego iluminación y se prolongó el paseo hasta la madrugada.
Al día siguiente tuvo lugar la solemne proclamación del nuevo orden de cosas, con músicas y luminarias; se dieron gritos de «viva el rey.» He tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial, que han llegado de Mâcón, donde han sido convocados por el gobernador de la provincia.
He salido para Milly con mis tres pequeñitas. Estoy contenta y necesito pasar aquí algunos días de reposo para ordenar en calma las ideas que agitan mi cerebro.
Mañana procuraré escribir algunas reflexiones que me han sugerido los acontecimientos ocurridos.
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En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly, se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la madre de familia abrigaba contra la dominación militar de Bonaparte, y los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno más pacífico, que ella creía de buena fe había de ser el de los Borbones, a cuya familia amaba desde su niñez. Esta página viene a ser el lirismo de la esperanza, después de la desesperación. Un régimen tan odiado por las mujeres no podía ser por ningún estilo todo lo popular que los historiadores del partido quieren hacernos creer.
Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantísima.
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Milly, viernes 15 de abril.
Señor, jamás hubo en el mundo una criatura más colmada de vuestros beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en edad, me encuentro rodeada cada día de una protección particular de vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran todos a mi lado. Conservo a mi único varón, cuando tantos otros padres han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que puede decirse ya que está del todo restablecido. Todo lo que os pido, Dios mío, es que le hagáis un buen cristiano. Combato, por mi parte, todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambición pretende encender en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero al pedir en bien del alma (y no deseando realmente más que eso), siento una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este será un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas; será que se me advierte la pérdida de los goces verdaderos; yo así lo creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y sentía una inexplicable alegría, pero en la actualidad no puedo, sin esfuerzo, alcanzar este entusiasmo celestial. ¿Será que mis sentidos se entorpecen al peso de los años? Sin embargo, mi salud es buena y mejor que otras veces, lo cual es todavía otro de los favores por que debo dar gracias a Dios. Mis hijas están igualmente buenas, creciendo a mi lado en virtud y hermosura, porque sus figuras son simpáticas y su piedad grande: tanto es así, que yo misma, algunas veces, he notado escrúpulos excesivos en ellas que me he visto obligada a combatir. Cecilia y su marido están todavía con nosotros; su hijo, mi nietecito, se está haciendo cada día más hermoso; su madre se lo cría, y hace en esto muy bien; nunca me ha gustado dar los niños a manos mercenarias.