La habitación.
Permítase á un ignorante que, sin embargo, ha adquirido cierta experiencia á costa suya, dar algunos consejos sobre los puntos que no citan los libros, y que hasta el presente han preocupado muy poco á los hombres de la facultad médica. Para que esos consejos no sean tan difusos, los doy á una persona enferma que me pide informes. ¿Es un ser ficticio? No. La persona á quien me dirijo, hela realmente encontrado, y más de una vez, en el transcurso de mi vida.
He aquí á una señora joven, debilitada, enferma ó muy cercana á estarlo, y un niño más débil todavía que la madre. El invierno se ha pasado así, así; la primavera con más dificultad. Sin embargo, no hay lesión grave. Debilidad, anemia; esto es todo: sólo dificultad para vivir. Se les prescribe pasar el verano á orillas del mar.
Gasto exorbitante para una persona de medianos recursos y poco acomodada. Penoso viaje para una ama de casa. Ruda separación, sobre todo, tratándose de dos esposos que se quieren. Entrase en negociaciones: se desearía dulcificar la sentencia. ¿No será bastante un mes? Empero el muy entendido doctor insiste. Cree que una estancia demasiado corta hace más daño que bien. La impresión brusca, violenta, de los baños, sin preparativo de ninguna clase, es más bien propia para trastornar la salud, aun la más robusta. Las personas razonables, al llegar al puerto de mar, lo primero que deben hacer es aclimatarse, respirar: el mes de junio es excelente para el caso—julio y agosto para tomar los baños;—septiembre, y á veces octubre, procuran el descanso de los fuertes calores, dulcifican la excitación producida por la acritud salina, consolidan los resultados, y aun con sus frescos ventarrones acostumbran á los fríos invernales.
Pocos hombres hay libres durante todo el verano: y mucho será si el marido puede pasar junto á su cara mitad uno ó dos meses—agosto y septiembre, por ejemplo.—Por poco dispuesto que se encuentre á sacrificarla los intereses secundarios, en bien de su misma esposa debe quedarse en casa. Hay en la restringida existencia del hombre laborioso cadenas que no puede romper sin gran detrimento de la familia. Así, pues, la señora ha de partir sola. Ya los tenemos divorciados.
¿Partir sola? Nunca lo ha estado. Más tranquila iría si marchaba en compañía de una familia de amigos ricos, que parte sin faltar uno, marido, mujer, niños, criados.—Si me atreviera á dar mi opinión, diría: «Que parta sola.»
La partida en compañía, divertida y agradable al principio, suele tener consecuencias bien distintas. Hay incomódos, pendencias, y los que partieron amigos vuelven enemigos, ó (y esto es peor aún) demasiado amigos. La ociosidad de los baños produce con harta frecuencia resultados imprevistos que hay que lamentar toda la vida. El más pequeño de los inconvenientes que puede resultar (y yo no lo encuentro pequeño), es que gentes que, separadas, habrían sentido mejor el influjo del mar, trayendo muy buena impresión de su viaje, si han de vivir juntas proseguirán el sistema de vida de las grandes ciudades (frivolidad, vulgaridad, falsa alegría, etc.) Cuando uno está solo, se ocupa en algo, medita; en tertulia, se charla, se murmura. Esos amigos ricos y gentes de mundo arrastrarán la joven señora á sus diversiones; de suerte que se sentirá agitada y llevará una vida más intranquila y antimedical que en París. Su misión es enteramente distinta. Reflexione usted lo que la digo, señora; tenga ánimo y sea prudente. Rodeada de soledad, sin más distracciones que las que le procure su hijo, vida inocente, infantil si usted quiere, pero pura, noble, poética, sólo haciendo este género de vida recobrará las fuerzas y la salud perdidas. La justicia delicada y tierna que la hace á usted temer los placeres, mientras otra persona que ha quedado en casa trabaja para la familia, le será tenida en cuenta, no lo dude. El mar la estimará más si no quiere otro amigo que él mientras esté á su lado; y en dicho sitio de reposo la prodigará su tesoro de vida, de juventud. El niño crecerá como un precioso árbol y usted florecerá en la gracia, volviendo á su hogar joven, adorada.
Resígnase y parte. La estación es indicada y hasta conocida. Se aprecia por el análisis químico el valor real de las aguas. Empero hay un sinnúmero de circunstancias locales, que no pueden adivinarse á gran distancia, y raras veces las conoce el médico. El hombre de las grandes ciudades, tan ocupado siempre, no tiene ocasión ni tiempo para estudiar aquellas localidades.
De las más importantes han sido publicadas guías que no carecen de mérito. Por ellas se sabe el gran número de enfermedades que pueden curarse en la estación recomendada. Mas, pocas, poquísimas, dicen nada sobre lo más esencial que allí se va á buscar, la originalidad del sitio; no atreviéndose á declarar abiertamente lo malo y lo bueno, el lugar que dicho sitio ocupa en la escala de las estaciones. El libro es un elogio general, tan general, que muy poco instruye.
¿Cuál es la situación exacta? Si examinamos el plano, veremos que la costa hace una ligera inflexión al Mediodía. Pero esto no enseña nada. Podrá suceder que tal ó cual curva del terreno coloque la habitación que usted ocupe bajo una influencia demasiado fría; que, por ejemplo, un torrente desembocando en la costa, un valle oculto, pérfido, la traiga el viento del Norte, ó que, merced á un repliegue del terreno, el viento del Oeste se engolfe y la ahogue con su soplo.
¿Hay pantanos en las cercanías? La respuesta es fácil: diciendo sí, casi siempre se acertará. Mas la diferencia es grande si éstos son salados, renovados, saneados por el mar, ó pantanos adormecidos de agua dulce que, después de las sequías, producen emanaciones febrosas.
¿Es puro el mar ó mezclado? ¿Y en qué proporción? Gran misterio que uno no se atreve á esclarecer. Pero para las personas nerviosas, para los novatos que empiezan la serie de baños de mar, los más suaves son los mejores. Un mar un poco mezclado, el aire no muy salado ni acre, una playa risueña que ofrezca las perspectivas del campo, son las mejores circunstancias.
Un punto grave y capital es la elección de vivienda. ¿Quién va á dirigir á usted? Nadie. Preciso es ver, observar por sí mismo. Muy poca luz se saca de los que han visitado la comarca, aunque hayan vivido en ella, pues la elogian ó critican, no según su verdadero mérito, sino conforme á lo que se divirtieron ó á las amistades contraídas. La recomendarán á algún amigo que la recibirá con los brazos abiertos, y al cabo de algunos días palpa usted los inconvenientes. Ve que vive en la casa menos cómoda, y á veces malsana y peligrosa. No importa, está usted ligada; ofendería á la persona que la recomendó y á la amable, excelente y hospitalaria familia que la ha recibido bajo su techo.
«Bueno; no me ligaré. Mas al llegar, si encuentro un médico honrado, querido, suplicaréle me guíe.»—¡Honrado! No basta esto; debería ser también intrépido, heroico, para poder hablar con franqueza sobre punto tan capital. Se pondría mal con todos los habitantes del lugar; sería hombre al agua. Todo el mundo le rechazaría, viéndose precisado á vivir como una fiera, y podría darse por muy contento si alguna noche no encontraba quien le jugara una mala pasada.
Detesto las construcciones ligeras hasta lo absurdo que levanta la especulación para climas tan variables. Como uno llega en la época de los grandes calores, acéptase sin titubear tal vivac: pero con frecuencia se prolonga la estancia durante septiembre y aun todo el octubre, expuestos á la furia de los vientos y las lluvias.
Los propietarios del país que gozan de buena salud, constrúyense para ellos buenas y sólidas casas, perfectamente resguardadas. Y para nosotros, pobres enfermos, edifican albergues de tablas, absurdoschalets(no rellenados de musgo cual los de Suiza, sino abiertos y con las junturas despegadas). Esto sí que se llama burlarse del prójimo.
En esas quintas, de apariencia lujosa, si bien miserables en el fondo, nada ha sido previsto. Salones, piezas de aparato con vistas al mar, pero nada de interior agradable; nada de esas dulces comodidades de que tanto necesita la mujer. La pobre no sabe do guarecerse, viviendo allí como en una semitempestad continua, sufriendo á cada momento bruscas transiciones de temperatura.
Por otro lado, la sólida casa del pescador, y aun del hombre de la clase media, suele ser baja y húmeda, incómoda, inconveniente para ciertas disposiciones. Muchas veces no sólo carece de doble y grueso techo, sino que tiene un sencillo envigado por donde penetra y sube á las habitaciones superiores el aire frío de los bajos. De ahí los constipados y reumatismos, las gastritis y cien otras enfermedades.
Cualquiera de aquellas dos habitaciones que escoja usted, señora, ¿sabe lo que deseo contenga ante todas cosas? Ríase cuanto quiera, no importa. Lo que deseo contenga es, á pesar de hallarnos en el mes de junio, una buena chimenea á prueba de viento. En nuestra hermosa Francia con su frío Noroeste, y lluvioso Suroeste, que en el año que corre ha reinado nueve meses, es preciso poder encender fuego en todo tiempo. En medio de una velada húmeda, cuando su hijo de usted se presenta tiritando y no puede entrar en calor antes de acostarse, debe encenderse un buen fuego.
Dos cosas hay que han de estar previstas anticipadamente en toda habitación: el fuego y el agua—agua potable, cosa bastante rara junto al mar.—Caso de que no pueda beberse, trate usted de suplirla con cerveza ú otra bebida de las usadas en el país.
¡Cuánto daría por poder levantar con la palabra la quinta del porvenir tal como se presenta en mi ánimo! No me refiero á la casa fastuosa, al palacio que quisieran los ricos erigir orillas del mar: hablo de la modesta casa de las fortunas medianas. Es un arte que está por crear todavía, y todos parecen ignorarlo. Los ensayos hechos hasta ahora son copia de tipos en contradicción con nuestros climas y la vida de las costas. Esos kioscos, accidentados de ligeros adornos, son á propósito para lugares abrigados, pero en los nuestros dan miedo: parece que el viento va á llevárselos. Loschaletsque, en Suiza, ostentan grandes cobertizos para resguardarse de las nieves y encerrar el heno, tienen el grave inconveniente de quitar mucha luz. El sol (en nuestros mares del Norte) no debe ser desterrado, sino acogido con gran cuidado. Y en cuanto á las imitaciones de capillas, de iglesias góticas tan incómodas para vivienda, dejemos á un lado esas monadas ridículas.
Orillas del mar, el primer problema es una gran solidez, firmeza, espesor de las paredes á prueba de los temblores y conmociones que se sienten cuando uno está metido en una frágil vivienda, fundamentos, en fin, que inspiren confianza; de suerte que en medio de la más horrorosa tempestad tenga la mujer tímida la seguridad de que no hay peligro para ella ni para cuanto la rodea, y pueda dibujarse en su rostro la sonrisa y esa felicidad del contraste que hace exclamar: «¡Qué bien se está aquí!»
El segundo punto es que la pared de la casa que mira á la tierra esté tan bien abrigada, que haga olvidar el mar, y que al lado de aquel continuo torbellino puedan los moradores encontrar el descanso.
Para responder á esas dos necesidades, preferiría la forma que da menos asidero al viento, la semicircular ó de media luna, cuya parte convexa procuraríame por el lado del mar un panorama variado, viniendo el sol á dar la vuelta de una á otra ventana y recibiéndolo á todas horas.
La concavidad de ese semicírculo, el interior, estaría protegido por los picos de la media luna, para que abrazara el lindo parterre del ama de casa. A partir de ese parterre, la inclinación progresiva del suelo permitiría formar un jardín de alguna extensión, resguardado de los vientos marinos. Con frecuencia basta un repliegue del terreno para neutralizar su influencia.
«Flora aborrece el mar,» dícennos. Lo que aborrece es la negligencia del hombre. Desde aquí estoy viendo Etretat, y ante un mar muy enfurecido, en lo más elevado de la costa brava, expuesta á la furia de los vientos, una granja con un vergel y árboles admirables. ¿Qué precauciones han tomado sus dueños? Un sencillo terraplén de cinco pies de alto, dejando crecer encima todo género de vegetación fortuita, un zarzal. Detrás de ese terraplén ha brotado una hilera de olmos bastante robustos que dieron abrigo á los demás. Asimismo hubiese podido tomar ejemplo de otras localidades de Bretaña. ¿Quién ignora la gran cantidad de frutas y de legumbres que produce Roscoff, las cuales llegan á venderse á vil precio hasta en la misma Normandía?
Volviendo á nuestro edificio, lo quiero no muy alto. Bajos y un piso para los dormitorios. Nada de granero arriba, sino alguna pieza baja ó desván que aisle el primer piso del techo.
Luego, la casa pequeña. En cambio, que sea sólida, con dos hileras de cuartos, una habitación mirando al mar y otra á la tierra.
Los bajos, de cara á la tierra, deberían estar abrigados un tanto por el primer piso que sobresaldría sólo unos cuatro ó cinco pies: esto constituiría en esa media luna interior una especie de galería para abrigarse durante el mal tiempo. Los cuartos bajos servirán de comedor, otra piececita, si se quiere, para la biblioteca (viajes, historia natural) y otra para baños. No se habla aquí de una verdadera biblioteca ni una lujosa sala de baños. Lo más esencial, muy sencillo, cómodo, y es todo.
Me gustaría, en los momentos en que la playa es inabordable para los pechos delicados, me gustaría, digo, ver al ama de casa, sentada y bien abrigada, leyendo, trabajando en elparterre. Debería estar rodeada de alguna cosa que recordare la vida, flores, pajarera, una conchita llena de agua de mar donde podría llevar todos los días sus descubrimientos, las pequeñas curiosidades que la proporcionarían los pescadores.
Por lo tocante á la pajarera, preferiría fuese la pajarera libre que he aconsejado en uno de mis libros, aquélla en que los pájaros vienen á buscar un albergue para pasar la noche y un poco de alimento. Se cierra al anochecer para preservarlos de los mochuelos, y se abre de mañanita. Los pájaros no faltan á hora fija. Y aun creo que si aquélla fuese grande y se colocara en medio el árbol que les es común, fácilmente harían en él sus crías, bajo su protección, señora, confiándola á usted sus pequeñuelos.
Existencia seria, encantadora. ¡Qué soledad tan agradable en este intermedio de la vida, mientras dura esa rápida viudez! La situación es enteramente nueva: nada de tráfago casero, nada de negocios. Con el hijo al lado, la soledad de la madre es más grande que si estuviese separada de él. Si no tuviese consigo aquel compañerito, ofreceríasele otra compañía, los ensueños, engolfándola en la vida de las vanas visiones. Empero ese inocente guardián, el niño, lo impide: él la entretiene, la hace charlar. Recuerda el hogar doméstico. Junto á su hijo no se borra de su memoria el sentimiento de que es preciso trabajar, y recuerda que en otro punto hay alguien que trabaja para ellos y cuenta también las horas que transcurren.
Floreced, pura, agradable flor. Hoy más rejuvenecida que nunca, se encontrará usted como cuando era niña libre, y con bien dulce libertad, bajo la salvaguardia de su hijo.
Primera aspiración del mar.
Es dar un paso muy grande y brusco el que abandona á París en tan bello momento dirigiéndose á la desierta playa; París, resplandeciente entonces con sus magníficos jardines y sus floridos castaños. Junio se deslizara de un modo encantador en la costa si se encontraban dos personas solas, antes de invadirla la muchedumbre. Mas, cuando uno llega solo, la conversación con el mar y la noble sociedad de aquel gran solitario no dejan de producir cierta tristeza.
En las primeras visitas que hacemos á la playa, la impresión que nos causa es poco favorable: la hallamos monótona, agreste, árida. La inusitada grandeza del espectáculo nos hace sentir, por contraste, nuestra debilidad y pequeñez: el corazón se oprime. El pecho delicado que respiraba dentro de una mala habitación y se encuentra repentinamente en el anchuroso cuarto del Universo, expuesto al sol y el viento, siéntese oprimido. El niño juega, va, viene, corre. La enferma se sienta, é inmóvil, comienza á temblar á impulsos de aquel aire frío, y acude á su memoria la templada atmósfera del abandonado nido. Sin embargo, el hijo se divierte y esto la consuela un tanto.
Todo cambiará, señora. Fortalézcase usted. La impresión será bien distinta cuando, conociendo mejor el mar, lo vea tan poblado. La penosa constricción que usted siente en el pecho desaparecerá por el hábito: debe acostumbrarse á ese aire fresco, pero salado y acre, que lo menos que hace es refrescar. Hay que habituarse á él con lentitud, no querer aspirarlo expresamente. Poco á poco, sin apercibirse de ello, en los abrigados repliegues del terreno, jugando con su hijo, respirará usted libremente y sus pulmones se ensancharán. Empero, al principio, no permanezcan mucho tiempo en la playa, antes bien dirija sus pasos al interior de la comarca.
La tierra, su amiga habitual, la llama á usted. Los pinares rivalizan con el mar en emanaciones saludables: las que le son propias, resinosas, son tonificantes como las que despide el mar, y carecen de acritud. Ellas penetran nuestro ser, se introducen por todos los poros, modifican la sangre, la salubrifican perfumándonos con un aroma sutil. En las landas, detrás de los pinos, los simples y las hierbas un poco fuertes que huella usted, la prodigan su fragancia, no sosa y embriagadora como la que despide la peligrosa rosa, sino agradablemente amarga. Siéntese usted en medio é imítelos, abrigándose en ese suave repliegue que forma el terreno. ¿No se diría que nos encontramos á cien leguas del mar? Aspire usted esos puros espíritus, alma de estas flores silvestres, sus hermanas en pureza. Cójalas usted, si le place, señora: no desean otra cosa las pobres. Son un poco agrestes, no hay duda; mas, ¡tienen tal suavidad! En su virginal perfume se encierra el raro misterio de calmar y consolidar. No tema colocarlas sobre su regazo, al lado del corazón.
Debemos hacer notar que esas abrigadas landas son ardientísimas á ciertas horas del día, puesto que absorben, concentran los rayos solares. La mujer débil se agostaría; y la joven, rica de vida, se inflamaría, herviría, sentiría fiebres temibles. Su cabeza se perdería por los sorprendentes y peligrosos efectos de espejismo que llegaría á ver. Para pasearse por aquellos sitios han de elegirse los días nublados, húmedos y apacibles, ó bien levantarse temprano, á la hora del fresco matutino; cuando el tomillo conserva aún un poco de rocío, cuando el ágil conejo corre errante por los campos dando saltos y tumbos.
Pero ya es hora de que volvamos á nuestro Océano. Durante la resaca, pone de manifiesto y ofrece en cierto modo la rica vida que sustenta. Seguirle hemos paso á paso, avanzando sobre la húmeda arena, que todavía no se hunde mucho bajo nuestras plantas. Nada tema usted. A lo sumo, la mansa ola vendrá á bañar sus pies. Si observa bien, verá que esa arena no carece de vida, puesto que aquí y allá agítanse buen número de rezagados sorprendidos por el reflujo. Algunas playas esconden ciertos pececillos, y en la embocadura de los ríos se agita la anguila debajo produciendo pequeños terremotos. El cangrejo, muy encarnizado en sus festines así como en la lucha, ha querido, si bien un poco tarde, alcanzar el mar. Al correr, deja en la superficie un extraño mosaico, las torcidas líneas de su marcha oblicua, y donde terminan las líneas veislo encogido que aguarda la pleamar. El solen (mango de cuchillo) se ha zambullido, empero su retirada vese traicionada por el embudo que se reserva para respirar. La Venus esto por un fuco pegado á su concha que sale á la superficie y revela su albergue. Las ondulaciones del terreno os indican las galerías de los anélidos guerreros; su arsenal es una maravilla, y el iris (visto al microscopio) es admirable por sus cambiantes colores.
El espectáculo más sublime se efectúa durante la gran marea. El Océano retrocede tanto más en el reflujo cuanta mayor fué su elevación durante el flujo, dejando entonces á descubierto espacios inmensos, desconocidos. El misterioso fondo del mar, producto de tantos ensueños, se aparece; y allí, sorprendentes, llenas de movimiento, de vida, en el secreto de sus hogares, vense sorprendidas tribus que se creían muy abrigadas y que nunca, casi nunca vieran el sol ni mucho menos habían estado expuestas á la indiscreta mirada del hombre.
Tranquilízate, pueblo tímido. Te están contemplando los ojos curiosos, pero compasivos, de una mujer: no es la mano del pescador, no. ¿Qué quiere aquélla? Sólo veros, saludaros y que os contemple su hijo, dejándoos disfrutar de vuestro elemento natural, y deseándoos salud y prosperidades.
A veces no hay necesidad de errar á mucha distancia: todo lo encontramos en un mismo sitio. Diviértese el Océano fabricando en el hueco de una roca océanos en miniatura que no por ser pequeños dejan de estar completos; esto es, un mundo de algunos pies en cuadro. Uno se sienta y contempla. Cuanto más miramos más existencias descubrimos, primero imperceptibles y que luego se destacan. No nos moveríamos de aquel sitio, si el amo, el imperioso soberano de la playa no nos expulsara por medio del flujo.
Al día siguiente, uno se encamina al mismo punto. Es aquello la escuela, el museo, el insaciable divertimiento para el hijo y la madre. Allí el ojo avizor de la mujer á la par que su tierno corazón, adivinan cuanto pasa sin escapárseles el menor detalle. La maternidad indícale cómo se va creando la vida, formándose. ¿Queréis saber ahora por qué su instinto le revela tan rápidamente la Creación, por qué penetra con paso llano (como entraría Pedro por su casa) en el misterio de la Naturaleza? Porque la mujer es la misma Naturaleza.
En el fondo del agua untuosa vense pequeñas algas, pequeñas sí, pero sustanciosas y nutritivas, y otras plantas liliputienses de finos y apreciados dibujos: pradera paciente para alimentar sus ganados, los moluscos, que ramonean por encima. Lepadas y bocinas, rombos, almejas violadas, telinas rosadas ó color lila, gente tranquila toda, esperarán. Mejor resguardados los balanos merced á su ciudad fortificada, cierran sus cuádruples ventanales. Mañana les veréis todavía en aquel sitio. ¿Acaso en medio de su inercia no sueñan con el movimiento? ¿No tienen una idea confusa y el amor de lo desconocido? ¿Ignoran que algún ser benéfico se aparecerá en ciertos momentos á refrescarles y alimentarles?... ¡Oh, no! piensan en todo esto, y aguardan. Viudas dichas conchas del gran esposo, el Océano, saben que volverá en dirección á la tierra para acariciarlas. Y anticipadamente miran hacia él, y las que tienen casas fijas cuidan muy bien de que la puerta esté en aquella dirección y pronta á abrirse. Si se muestra un tanto violento su regenerador, mejor que mejor, así las mece más cariñosamente.
«Vé, hijo mío, cómo al acercarnos, esos inmóviles se han quedado solos; otros más activos huyeron al oir nuestros pasos, pero ya se tranquilizan. El bullicioso langostino irisa el agua con sus palpos delgados, encargándose de producir las olas y la tempestad á medida de un tal Océano. La araña del mar, lenta é insegura, líbrase por su tímida audacia; sube hacia la luz, á la tibia superficie. Un personaje prudente, agazapado en el fondo del fuco, bajo las violadas coralinas—el cangrejo,—avanza curioso, y después de lanzar una mirada furtiva, se zambulle en su selva.
«Pero ¿qué veo?, ¿qué es esto?: una concha enorme, inmóvil hasta este momento, recobra la vida, prueba á andar... ¡Oh! esto no es natural. ¡Vaya un fraude más grosero! El intruso se vende, gracias á los singulares tumbos que da... ¿Quién queréis que deje de conoceros, preciosa máscara, sir Bernardo el Ermitaño, taimado cangrejo que tratabais de haceros pasar por un inocente molusco? Los peces que cargáis sobre vuestra conciencia os perturban y agitan demasiado.»
Orillas de nuestro Océano, extrañas á esos movimientos, las flores animadas despliegan sus corolas. Junto á la pesada anémona se ostentan y reflejan á los rayos del sol deliciosas hechiceras (los anélidos). De un tortuoso tubo surge un disco, una umbrela blanca ó color lila y á veces color carne. Un tanto ladeada ha desprendido de sí misma cierto objeto que no tiene igual en el mundo vegetal: no hay ninguna que se asemeje á su hermana, siendo inimitables por la delicadeza de su aterciopelado matiz.
He aquí una sin parasol, que deja flotar al viento una nube de tenues hilitos, coposos, teñidos apenas de un gris plateado. Cinco hilitos se desprenden más largos que los otros y de color de cereza; ondulan, anúdanse y se desanudan, y enlazándose á los cabellos de plata, producen en el agua encantador efecto. Esto nada dice á nuestros sentidos groseros; pero habla muy alto para aquella que vive una existencia nerviosa, para el sutil ingenio de la mujer enferma á quien cualquier cosa electriza. A sus rojos y lánguidos colores, paulatinamente se reconoce, siente el soplo vital que se enciende, brilla y vuelve á apagarse. ¡Visión tiernísima! Y otra vez fija su mirada en aquel delicioso océano en miniatura, y entonces penetra mejor la Naturaleza, madre fecunda, pero tan severa, que parece encontrar un áspero gozo en devorarse á sí misma.
Nuestra heroína permaneció sumida en éxtasis, oprimido el corazón por aquella idea. La mujer no sería mujer, es decir, el encanto del Universo, si no poseía ese don precioso:La ternura que no la deja hasta el sepulcro, la piedad y sus lágrimas, más valiosas que las más ricas perlas de los mares.
La que nos ha dado tema para este capítulo y algunos otros, no lloraba; pero ¡estaba tan próxima á hacerlo! El niño lo vió, y estando dotado, como todos los niños, de una penetración muy rápida, no despegó los labios, de suerte que el regreso al hogar fué silencioso.
Era el primer día en que aquella mujer, para dar gusto á su hijo, comenzó á deletrear con el alma el idioma de la Naturaleza; y de improviso habíale dirigido aquel idioma palabras tan misteriosamente conmovedoras que penetraron al fondo de su corazón.
Declinaba la tarde: el ave marina rezagada aguzaba sus remos, ansiosa de llegar á tierra y á su nido. Subiendo por la costa tajada y por el ya obscuro jardín, dejóse oir un primer chillido siniestro, estridente, de ave nocturna. Pero la pajarera de refugio estaba perfectamente cerrada, durmiendo los pajaritos la cabeza bajo el ala. No obstante, quiso asegurarse por sí misma la señora y vió que no había peligro. Entonces, escapóse un suspiro de lo hondo de su pecho y abrazó fuertemente á su hijo.
Baños.—La belleza renace.
Si, como afirman algunos médicos franceses, los baños de mar sólo tienen una acción mecánica, y no dan á la sangre ningún principio nuevo,siendo simplemente una rama de la hidroterapia, preciso es confesar que de todas las formas de la hidroterapia, ésta es la más ruda, la más aventurada. Desde el momento en que esa agua, tan rica de vida, no hace más efecto que el agua clara, es una locura practicar tales experimentos al aire libre, expuestos á los azares del viento, del sol y de otros mil accidentes.
Cualquiera, al ver salir del agua á la pobre criatura que toma los primeros baños, pálida, descarnada, atemorizada, con un temblor mortal, presiente lo rudo que ha de ser tal ensayo y el peligro que corren ciertas constituciones. Estad persuadidos que nadie irá á afrontar tan terrible suplicio si puede suplirlo en su propia casa y sin riesgo por medio de una suave y prudente hidroterapia.
Añadid que la impresión, como si no fuera bastante fuerte, se agrava para la mujer nerviosa con la presencia de la muchedumbre. Es una exhibición cruel ante un mundo crítico, ante las rivales encantadas de encontrarla fea una vez siquiera, ante hombres poco circunspectos que de todo hacen burla, observando, gemelos en mano, las tristes peripecias de tocado de una pobre mujer humillada.
Para soportar todo esto, preciso es que la enferma tenga una fe, pero una gran fe en el mar, que crea que no hay otro remedio que pueda curarla, que quiera á toda costaempaparsede las virtudes de sus aguas.
«¿Por qué no?—dicen los alemanes.—Si la primera impresión del baño oscontraey cierra vuestros poros, después se abren por medio de la reacción de calor que se sigue; la piel se dilata y se hace muy susceptible deabsorberla vida del mar.»
Estas dos operaciones, son obra casi siempre de cinco ó seis minutos. Un baño más largo suele perjudicar.
Por otra parte, no debe llegarse á la violenta emoción de los baños fríos, sino después de prepararse con el uso de baños tibios que facilitan la absorción. Nuestra piel, formada enteramente de boquitas, y que á su modo absorbe y digiere como el estómago, necesita acostumbrarse á tan fuerte alimento, á beber elmucusdel mar, esa leche salada que constituye su vida, con la que hace y rehace los seres. En la sucesión graduada de los baños calientes, tibios y casi fríos, la piel tomará ese hábito, esa necesidad: experimentando sed, beberá más y más todos los días.
Durante la ruda ceremonia de los primeros baños fríos debe evitarse al menos la odiosa indiscreción de las muchedumbres. Que se verifique en sitio seguro, sin más testigo que el indispensable, una persona adicta para auxiliar en caso de necesidad, vigilar, sostener, dar friegas con paños de lana bien calientes, propinar un ligero cordial de un líquido templado en el que se pondrán algunas gotas de enérgico elíxir.
«Pero—se me objetará,—el peligro es menor cuando uno se baña á la vista de todo el mundo. Ya pasaron los tiempos de Virginia que, en un trance extremo, prefirió ahogarse mejor que tomar un baño.»—Error. Somos ahora mucho más nerviosos que nunca, y la impresión á que me refiero es tan viva é irritante (hablo para ciertas personas), que puede producir efectos mortales, por ejemplo un aneurisma, un ataque apoplético.
Estimo el brazo popular, mas aborrezco las muchedumbres, y sobre todo, las bulliciosas muchedumbres de vividores, que entristecen las orillas del mar con sus risotadas, sus modas, sus ridiculeces. ¡Cómo! ¿No hay bastante espacio tierra adentro, que habéis de venir aquí á hacer la guerra á los pobres enfermos, vulgarizar toda la majestad del mar, la salvaje y la verdadera grandeza?
La maldita casualidad me llevó un día del Havre á Honfleur, á bordo de una embarcación que rebosaba de esos imbéciles. A pesar de lo corto de la travesía, como los señoritos se fastidiaban, organizaron un sarao. Ignoro cuál de ellos (¿algún maestro de baile?) llevaba un pequeño violín en la faltriquera y comenzó á tocar contradanzas á presencia del Océano. Verdad es que no se oían los acordes de su instrumento, pues, la profunda voz del mar, que solemne, formidable, bramaba á nuestro alrededor, ahogaba aquellos débiles sonidos.
Concibo muy bien la tristeza que se apodera de la señora que en el mes de julio, ve turbada la soledad de su retiro por ese enjambre de presumidos, descreídos, confidentas, curiosas, etc. Desde aquel momento cesa la libertad. La más tranquila y apartada mansión pierde su calma nocturna con la algazara que promueven todos aquellos seres, en cafés y casinos. De día, bandadas de petimetres de guante amarillo y bota de charol, hormigueaban en la playa. Han visto á alguna persona que estaba sola. ¿Sola? ¿Por qué lo está? Y empiezan los cuchicheos. Acércanse y tratan de entablar conversación por medio del niño, al cual regalan algunas conchas. En una palabra, la señora, sin saber qué hacer, importunada, permanece en casa ó sólo sale de mañanita. Entonces, todo son comentarios malévolos, llegando á oídos de la madre una que otra frase. Esto no deja de inquietarla. Aquellos importunos, á quienes trata de desviar de su lado, son á veces gentes de influjo que podrían perjudicar á su esposo.
En ninguna parte trabaja tanto la imaginación como en los baños de mar. Las noches de julio y agosto, ardientes, y que se prestan poco al sueño, suelen pasarse agitadas, pensando en esas quimeras. Si la señora se levanta tarde, esto ocasiona más molestia que de costumbre, pues en tal caso, el baño, en vez de refrescar, añade la irritación salina al calor canicular. De manera que no ha recobrado la fuerza de la juventud, sino el hervidero. Débil todavía y en estado nervioso, vese turbada al propio tiempo por esa tempestad interior.
Interior, pero no oculta. El mar, el impertérrito mar, trae y descubre á la piel aquella agitación que no quisiera descubrirse á nadie, vendiéndola por medio de granitos, de ligeras eflorescencias. Todas esas miserias humanas, más comunes en los niños, y que sus madres toman por signo de salud, las afligen y humillan cuando son ellas quienes las sufren, temiendo verse privadas del cariño de sus compañeros. ¡Cuán poco conocen al hombre! Las pobres ignoran que el gran atractivo, el más vivo aguijón del amor, son los percances de la vida y no la belleza.
«Pero ¡y si me encontrara fea!» Esto dice cada mañanita al mirarse en el espejo. La esposa teme, á la par que la desea, la llegada de su bien amado: con todo, encuéntrase muy sola, tiene miedo sin saber por qué, en medio de tanta gente. No se atreve á alejarse, á pasear á cierta distancia. Su agitación crece por momentos. Apodérase la fiebre de todo su ser, métese en cama... Al cabo de veinticuatro horas encuéntrase el esposo á su lado.
—¿Quién le ha avisado? Ella no. Una manecita, con caracteres muy gruesos, ha escrito lo que sigue: «Querido papá: venid cuanto antes. Mamá está en cama. El otro día la oí decir: ¡Si le tuviese á mi lado!»
Helo aquí: ya está buena. ¡Hombre feliz! Feliz de verla restablecida, feliz de ser necesario, feliz de encontrarla tan bella. Verdad es que el sol ha tostado su cutis, pero ¡qué joven está! ¡Qué vida respira su mirada encantadora! ¡Qué dulce reflejo de salud en sus sedosos y magníficos cabellos que ondulan al viento!
¿Es fábula lo que se acaba de leer? Ese súbito renacimiento de vida, de belleza, de ternura, esa deliciosa aventura de encontrar á su mujer convertida en una joven querida llena de emoción, y tan dichosa de verse al lado de su compañero, ese milagro ¿es ficción acaso? No, sino el agradable espectáculo que se ve muy á menudo. Y si es raro entre los ricos, frecuentemente acontece á las familias laboriosas y esclavas de sus deberes. Sus forzosas separaciones son penosas; las escapatorias que permiten reunirse tienen un encanto que el arte no puede ocultar, ni los esposos se avergüenzan de demostrar su felicidad.
Conocida como es la tirantez prodigiosa de la vida moderna para los hombres del trabajo (es decir, para todo el mundo, excepción hecha de algunos ociosos), causan gran satisfacción estas alegres escenas, en que la familia reunida da expansión, por un momento, á los impulsos de su corazón. Los que lo tienen gastado, dirán que esto es propio de gentecilla, que es muy prosaico. Poco importa la forma, cuando el fondo es tan conmovedor. El negociante cuidadoso que de vencimiento en vencimiento ha logrado salvar la nave do guarda el porvenir de la familia, la víctima administrativa, el empleado que gasta su salud con la injusticia y tiranía de las oficinas, todos esos cautivos han roto sus cadenas, y en tan fugaz descanso, su adorada y tierna familia quisiera resacirles de los trabajos pasados, á fuerza de solicitudes. Gran talento demuestran para ello así la madre como el hijo. Con su alegría, sus caricias y las distracciones que procura el mar, apodéranse del ánimo fatigado, despertando en él otras ideas. Este triunfo les corresponde de derecho: llévanlo á todas partes, á ver su playa, á que contemple su mar, disfrutando con la admiración que producen estos objetos al recién venido. Si se les oye, todo aquello essuyo. Hanse posesionado del Océano en que se bañaron y se complacen en ofrecérselo.
La esposa vuelve á presentarse amable, benévola, ante la muchedumbre que hasta hace pocos momentos tanto la inquietaba. ¡Encuéntrase tan bien á su lado; tan en su centro! Siéntese más que segura, muy valiente: está familiarizada con el mar, con las olas, y afirma que va á nadar: «quiere domar el mar.» Ambición un tanto elevada. Primero vese postergada por su hijo, algo más listo y atrevido que su madre. Creyéndose sostenida, nada; en otro caso tiene miedo y se va al fondo.
Ahora se resarcirá á fuerza de baños, pues hase enamorado del mar, lo adora. Y la verdad es que el mar no comprende las pasiones á medias. No sé qué embriaguez eléctrica se encierra en él, que quisiéramos absorber cuanto contiene.
Renacimiento del alma y de la fraternidad.
Tres formas de la Naturaleza dilatan y engrandecen nuestra alma, sácanla de quicio y la hacen bogar en el infinito.
El variable Océano de la atmósfera, con su festín de luces, sus vapores y su claroscuro, su movible fantasmagoría de creaciones caprichosas, con tanta rapidez disipadas.
El Océano fijo de la tierra, su ondulación que seguimos de lo alto de las grandes montañas, los levantamientos, testimonio de su antigua movilidad, la sublimidad de sus cimas, de sus nieves eternas.
Por último, el Océano de las aguas, no tan movible como el primero y menos fijo que el segundo, dócil á los movimientos celestes en su balance regular.
Estas tres cosas forman la gama con que habla á nuestra alma el infinito. Con todo, notemos su diferencia:
Es tan móvil la primera, que apenas la observamos; engaña, embauca, divierte; disipa y esparce nuestras ideas. En ciertos momentos truécanse en esperanza inmensa, creyendo vernos transportados al infinito, estar en presencia de Dios... No, no, todo huye; el alma se entristece, está turbada y empieza á dudar. ¿Por qué haberme hecho entrever ese sublime ensueño de luz? No puedo desecharlo de mi mente, mientras á mi alrededor sólo veo tinieblas.
El Océano fijo de las montañas no huye así de nuestras miradas. Al contrario: á cada paso nos detiene, imponiéndonos muy ruda pero salutífera gimnasia. Compramos su contemplación con la más violenta acción. Sin embargo, la opacidad de la tierra así como la transparencia de la atmósfera, suelen engañarnos y extraviarnos. ¿Quién ignora que Ramond estuvo buscando inútilmente por espacio de diez años el Monte Perdido, el cual, aunque se ve, nadie ha podido llegar hasta su cúspide?
Grande, muy grande es la diferencia entre los dos elementos: la tierra es muda mientras que el Océano habla. El Océano es voz que habla á los lejanos astros, contesta á su movimiento en su idioma grave y solemne. Habla á la tierra, á la playa, con patético acento; dialoga con sus ecos: plañidero unas veces, amenazador otras, ruge ó suspira. Y á quien se dirige, sobre todo, es al hombre. Siendo el crisol fecundo donde empieza y continúa la Creación en todo su auge, posee la viva elocuencia de ésta: es la vida hablando á la vida. Los seres que por miles de millones nacen en su seno, son sus palabras: el mar de leche que los produce, la fecunda gelatina marina, aun, antes de organizarse, blanca, espumosa como es, habla también. Y todo junto es lo que llamamos la gran voz del Océano.
¿Qué es lo que dice?Dice la vida, la metamorfosis eterna; dice la existencia flúida. Avergüenza á las ambiciones petrificadas de la vida terrestre.
¿Qué más dice?Inmortalidad.En el último tramo de la Naturaleza existe una fuerza indomable de vida. ¡Cuál no será en el más alto, en el alma!
¿Y qué otra cosa dice?Solidaridad.Aceptemos el rápido cambio que, en el individuo, existe entre sus diversos elementos; aceptemos la ley superior que enlaza los miembros vivos de un mismo cuerpo: humanidad. Y, sobre esto, la ley suprema que nos hace cooperar, crear, con la grande alma, asociados (en nuestra medida) á la amorosa armonía del Universo, solidarios en la vida del Creador.
Por medio de sus sonidos que se creen confusos, articula muy claramente el mar sus suaves palabras. Mas, el hombre no oye fácilmente al llegar á la playa, ensordecido como está por los ruidos vulgares, aburrido, reventado, despoetizado. El sentido de la alta vida ha disminuido hasta en el mejor de todos, estando prevenido contra ella. ¿Quién tendrá asidero sobre él? ¿La Naturaleza? Todavía no. Suavizado por la familia, por la inocencia del niño, por la ternura de la mujer, el hombre se interesa primero en las cosas de la humanidad: vese entonces que las almas tienen su sexo y sienten muy diversamente. Ella, ella enternécese más con el mar, con la poesía del infinito; en cambio, el esposo fíjase en el hombre de mar, en los peligros que corre, en el drama de todos los días, en el flotante destino de su familia. Aunque la mujer se conmueva ante las desdichas individuales, sin embargo, no presta tan serio interés á las clases. El hombre laborioso, al llegar á la costa, fija predilectamente su atención en la vida de los seres del trabajo, pescadores, marinos, en esa existencia ruda, llena de contingencias, muy peligrosa y con poco lucro.
Lo estoy viendo mientras se arregla su mujer y visten al niño, pasearse por la playa. Es una mañana fría, y como ha llovido copiosamente toda la noche, una tras otra van regresando las barcas: todo está empapado, yerto; las ropas de aquellas gentes chorrean. Los tiernos niños también han pasado la noche en el mar. ¿Qué traen? Poca cosa. Sin embargo, se ha salvado la vida. Durante el gran ventarrón, las olas invadían la débil embarcación; la muerte ha mostrado su lívida faz. Magnífica ocasión para el hombre que tanto se lamentaba el día anterior, que puede meditar y decir: «Mi suerte es más suave.»
Al anochecer, cuando los dorados rayos del sol desaparecen de sobre la tierra y vuelven bastante siniestro el aspecto del mar unas nubes cobrizas que recorren el espacio, aquellos hombres abandonan de nuevo la playa internándose mar adentro. ¿Tendremos mal tiempo?—les pregunta el forastero.—«Señor, hay que vivir.» Y parten acompañados de sus hijos. Sus mujeres, gravemente serias, les siguen con la vista, y más de una pronuncia en voz baja alguna oración. ¿Quién no ruega en tales casos? El mismo extraño hace votos por aquellos seres, diciendo: «Mala será la noche: sus deudos quisieran verlos ya de vuelta.»
Así es como el mar ensancha el corazón, enterneciendo aun á los seres más rudos. Hágase lo que se quiera, siente uno hervir la sangre en sus venas. ¡Ah! ¡Motivo hay para ello! El infortunio en todas sus formas rebosa entre esas gentes intrépidas, inteligentes, honradas, que son sin ningún género de duda las mejores de nuestro suelo. He vivido largo tiempo en la costa: en ella son comunes las virtudes heroicas que en el interior se tienen por una rareza. Y lo más curioso es que no se conoce el orgullo. En Francia todo el orgullo está concentrado en la vida militar: fuera de eso, los mayores peligros no se tienen en cuenta; créese cosa muy sencilla afrontarlos todos los días sin jactarse de lo que se hace. Jamás he visto hombres más modestos (iba á escribir tímidos) que nuestros pilotos de Gironde, los cuales desafían intrépidamente y sin cesar el gran combate de Cordouan, partiendo de Royan, de Saint-Georges. Allí, como en Granville (y por todos lados), sólo las mujeres hablaban, vociferaban, cuidábanse de todo, negociaban. Los bravos marinos, al poner el pie en tierra, no despegaban los labios, manteniéndose tan pacíficos como eran bulliciosas y magníficas sus esposas, y ejerciendo la autoridad paternal sobre sus hijos. El marido seguía al pie de la letra la sentencia del poeta romano: «Afortunado de no ser nada en mi casa.»
Sus caras mitades, asaz interesadas con el forastero y en todos los tránsitos de la vida ordinaria, en las grandes ocasiones, preciso es confesarlo, demostraban un corazón de rey, magnánimo y generoso. Las de Saint-Georges suministraban cuantos trapos poseían para las hilas de los heridos de Solferino. Habiéndose estrellado cerca de la costa de Etretat tres ingleses, en un sitio inaccesible, todo el pueblo acudió á su socorro, y mientras peligraron sus vidas la ansiedad fué general; así hombres como mujeres dieron muestras de una violenta sensibilidad. Salvados, recibióseles con aclamaciones y lágrimas de gozo, y fueron albergados, provistos de ropas, colmados de regalos y de pruebas de simpatía (abril de 1859).
¡Bien por el pueblo francés! Y, sin embargo, ¡qué vida tan triste y dura no pasa! En el régimen de lasclases(tan útil por otra parte y que nos da tanta fuerza), debe abandonar á cada momento las ventajas del comercio por la marina del Estado, cada día más severa. Hace cuarenta años se practicaba la maniobra cantando; hoy es muda. (Jal,Arch., II, 522). De la marina mercante han desaparecido las grandes pescas. Las primas de la ballena sólo aprovechaban á los armadores. (Boitard,Dicc., art.Cetáceos,Ballena). El abadejo no es tan abundante, va desapareciendo el escombro y el arenque se aleja. Un libro de pocas páginas, pero preciosísimo (Histoire de Rose Duchemin par elle-même) hace un cuadro conmovedor de ese infortunio. El ingenioso Alfonso Karr, que escribió la historia recién salida de los labios de aquella mujer, tuvo el exquisito tacto de no cambiar ni una sola palabra de su narración.
Etretat no es precisamente lo que llamamos un puerto. Asaz bajo, al nivel del mar, defiéndelo únicamente de él una montaña de morrillos, barrera cuyo ingeniero es la tempestad, la cual va amontonando continuamente nuevas capas de guijarros. Nada de abrigo. Por lo tanto, hay necesidad, según la antigua y ruda costumbre celta, de subir todas las barcas que llegan al malecón por medio de una cuerda que se enrolla á un cabrestante. Este, que consta de cuatro barras, tiene que ser movido con harta pena por la familia del pescador, su mujer, sus hijas y sus amigos, pues los muchachos están en el mar. Compréndese lo dificultosa que es esta operación. Al subir la pesada barca choca de morrillo en morrillo, de obstáculo en obstáculo, salvándolos á saltos, cada uno de los cuales y cada sacudida resuena en los pechos de aquellas mujeres, y no es emplear una figura el decir que tan dura ascensión se practica á costa de sus carnes magulladas, de su delicado seno, de su propio corazón.
La primera vez que presencié esta escena quédeme triste, herido en el alma, y tuve impulsos de agarrar una de las barras del cabrestante y ayudar á aquellas gentes. Esto las hubiese extrañado; no sé qué falsa vergüenza me detuvo. Pero, cada día, tomaba parte en la operación, á lo menos con mis votos. Colocábame á su lado y las contemplaba. Esas jóvenes y deliciosas muchachas (rara es la bonita, pero son todas encantadoras) no llevaban el corto jubón colorado, prenda del antiguo traje de las costas, sino vestidos largos; la mayor parte estaban refinadas en raza y en ingenio, y habíalas bastante delicadas, teniendo algo de la señorita. Encorvadas por el peso de aquel trabajo tan rudo (filial y, no obstante, elevado), no carecían de gracia ni de fiereza: su tierno corazón, en medio de tan penoso esfuerzo no dejaba escapar una queja ni un suspiro por do pudiese acusárselas de debilidad.
Aquel maleconcito de morrillos, diminuto como es, tiene, con todo, demasiado espacio. Vi en él algunas barcas abandonadas, inútiles. Hoy día la pesca hase vuelto estéril, pues el pescado huye. Etretat languidece, perece, junto á Dieppe macilento. Cada día ve cortados sus recursos sin que le quede más que el de los baños: lo espera todo de los bañistas, del azar de las habitaciones que, unas veces alquiladas, otras vacías, un día producen y el otro empobrecen. Esa mezcla con París, el París mundano, por caros que éste pague sus goces, es una plaga para el país.
Nuestros pueblos normandos, descubridores de la América, que desde el siglo XIV conquistaron la costa de Africa, cada día van cobrando más aversión al mar. Muchos de ellos dan la espalda á la costa y fijan sus miradas al interior. El descendiente de aquel que en otro tiempo lanzó el arpón, se resigna á las faenas mujeriles, hácese un macilento algodonero de Montville ó de Bolbec.
A la ciencia, á la ley, tocan detener tamaña decadencia. La primera, por medio de su hábil dirección, si se sigue con firmeza, creará la economía del mar y reconstituirá la pesca, escuela de la marina; la segunda, no estando tan exclusivamente influida del interés de la tierra, conservará en la marina á la flor de la nación, mundo aparte, en ninguna manera comparable á las grandes masas de que sacamos nuestros soldados para el ejército terrestre, y que será el verdadero soldado en circunstancias que cortarían el nudo gordiano del orbe.
Estos eran mis ensueños hallándome en el pequeño malecón de Etretat durante el sombrío verano de 1860, mientras la lluvia caía á torrentes y chirriaba el duro cabrestante, y la cuerda gemía y subía lentamente la nave.
La del siglo también se arrastra y sube con pena. Hay lentitud, cansancio, como en 1730. Bueno fuera empujarla y empuñar el barrote. Empero muchos y muchos pierden el tiempo miserablemente, jugando como los niños á conchas, á morrillos.
Cuéntase que Escipión, el vencedor de Cartago, y Terencio, cautivo escapado del naufragio de un mundo, recogían conchas en la playa, amigos excelentes en la indiferencia y abandono del pasado. Ocupados de aquella suerte disfrutaban la dicha de olvidar, de borrar los años transcurridos volviendo á la edad de la niñez. Roma ingrata, Cartago destruida, sus patrias respectivas, poco, muy poco pesaban á su conciencia, no dejando ninguna traza en su corazón, como no la deja el rizo de la onda.
Nosotros no pensamos así: no queremos ser niños, ni tampoco olvidar, sino que con perseverante ardor deseamos auxiliar la penosa maniobra de ese gran siglo fatigado. Queremos hacer remontar la barca, empujando con mano fuerte el cabrestante del porvenir.
«Vita nuova» de las naciones.
Mientras estoy terminando el presente libro (diciembre de 1860), la resucitada Italia, la gloriosa madre de todos, me envía un magnífico aguinaldo. Acabo de recibir una novela, un folleto de Florencia.
Este país suele mandarnos grandes novelas: en 1300, la de Dante; en 1500, la de Amerigo; en 1600, Galileo. ¿Cuál es, pues, ahora la que viene de Florencia?
¡Oh! Aparentemente muy insignificante; pero ¿quién sabe? Inmensa por los resultados. Es un discurso de pocas páginas, un opúsculo médico. No atrae por su título; más bien es repulsivo. Y no obstante, hay allí un germen de consecuencia incalculable, destinado tal vez á revolucionar el mundo.
Frente de la portada veo el retrato de dos niños, muerto el uno y expirante el otro en un hospital de Florencia. El autor del libro es el médico, quien (caso raro) cobró tal cariño á sus enfermos, pobres muchachos desconocidos, que ha querido narrar sus dolores y pesares.
El primero (tendría siete ú ocho años), de rostro bien perfilado y noblemente austero, en el que lleva impresa la huella de un gran destino malogrado, ostenta una flor sobre su almohada, que su madre, demasiado pobre para darle otra cosa, le trajo al visitarlo: la pobre criatura conservaba con tanto esmero y tan religiosamente las flores, regalo de la autora de sus días, que después de muerto le han dejado una por compañera.
El otro, más pequeño, y respirando ternura todo él gracias á su corta edad (cuatro ó cinco años), visiblemente está á las puertas de la muerte, notando sus ojos en el último ensueño. Estas criaturas se habían manifestado mutua simpatía. A pesar de no poder hablar, les agradaba verse, mirarse, y el compasivo médico habíalos mandado colocar frente el uno del otro. En el grabado los ha acercado cual estaban al morir.
Escena es ésta verdaderamente italiana: en otra parte se tendría buen cuidado de mostrarse débil y tierno, pues habría el temor de ponerse en ridículo. En Italia no es así: el doctor escribe ante el público como si estuviese solo; expláyase sin reserva con una superabundancia, una sensibilidad femenina, que hace asomar la sonrisa á los labios y llorar al mismo tiempo. Preciso es confesar, sin embargo, que el idioma contribuye en gran manera á este resultado, idioma delicioso, propio de mujeres y niños, tan tierno y con todo brillante, y bello hasta para expresar el dolor. Es una lluvia de lágrimas y de flores.
Luego, el doctor se detiene y se sincera. Si ha hablado así, no es sin motivo. «Aquellos niños no hubieran muertosi se hubiese podido mandarlos á bañarse al mar.» Conclusión: debería establecerse en la costa un hospital de niños.
Esto se llama ser hábil: el doctor ha sabido tocar las fibras del corazón. La observación no pasará desapercibida: los hombres comienzan á reflexionar y se conmueven; las mujeres lloran; rogando, queriendo, exigiendo. Y como no es posible negárselas nada, sin aguardar la iniciativa oficial una sociedad libre funda en el acto losBaños para niñosen Viareggio.
Conocido es el lindo camino; el encantador semicírculo que forma el Mediterráneo después de haber abandonado la aspereza de Génova, dejado atrás la magnífica rada de la Spezzia y que se engolfa uno bajo los virgilianos olivares de la Toscana. A mitad del camino de Liorna, una costa conquistada al mar ofrece el solitario puertecito que consagra en adelante la encantadora fundación.
Florencia tomó la iniciativa de la caridad sobre la Europa, creando hospicios antes de la Era 1000. En 1287, cuando la divina Beatriz inspiró al Dante, fundaba su padre el de Santa María Nuova. Lutero, en su excursión, poco favorable á Italia, no puede menos de admirar sus hospitales y las lindas señoras italianas que, sin curarse de la gloria, asistían en ellos á los enfermos.
La nueva fundación servirá de modelo á Europa, y esto debémoslo á los niños. La vida arrastrada que llevamos, esa vida de horribles trabajos y de excesos todavía más mortíferos, sobre ellos viene á recaer.
No es dado ocultar la profunda alteración de que están visiblemente atacadas nuestras razas del Occidente. Las causas de esto son muchas: la más notable de todas, es lo inmenso, la rapidez siempre creciente de nuestro trabajo. El hombre casi siempre vese forzado, subyugado por el oficio; y aun aquellos á quienes no sojuzgan sus quehaceres, se libran raras veces de la furia general. No sé qué ardor para ir más y más aprisa se ha apoderado de nuestro temperamento, del humor, de la acritud de nuestra sangre. Comparados al actual, todos los siglos fueron perezosos, estériles. Nuestros resultados son inmensos. De nuestro cerebro se derrama infinito raudal de ciencias, artes, inventos, ideas, producciones con que inundamos el globo, el presente, y hasta el porvenir. Mas, ¿á qué precio hacemos esto? Al precio de una efusión espantosa de fuerza, de un despilfarro cerebral que enerva más y más la actual generación. Son prodigiosas nuestras obras y nuestros hijos enclenques.
Notad que ese gran esfuerzo, esa excesiva producción, es obra de un corto número. La América da poco, el Asia nada. Y, aun en la misma Europa, todo es producto de algunos millones de hombres del extremo Occidente. Los demás, al ver cómo se gastan aquéllos, piensan poder reemplazarlos algún día. ¡Ignorantes! ¿Creéis acaso que tal ó cual ruso ó emigrante de los Estados Unidos del Oeste será mañana un artista, un maquinista de Inglaterra ó un óptico de París? Esto sólo lo hemos alcanzado merced al refinamiento y educación de los siglos. Existe en nosotros una dilatada tradición. ¿Qué sucederá si llegamos á fenecer? No han nacido aún los que deben reemplazarnos.
Ese trabajo exterminador, ese suicidio de fecundidad, si nos place aceptarlo en interés del género humano, en conciencia no podemos querer perder por causa suya nuestros hijos y enterrarlos con nosotros. Y, sin embargo, es lo que sucede. Nacen dispuestos para el caso, pues tienen inoculadas nuestras artes en la sangre, y también nuestro cansancio. Dotados de maravillosa precocidad, saben, pueden, harían. Pero nada hacen, puesto que se mueren.
La infancia del hombre, así como la de las plantas y de todo lo criado, necesita descanso, aire, libertad suave. Aquí, todo es lo contrario, lo mismo nuestros méritos que nuestros vicios. Todo parece combinarse para asfixiar á la adolescencia. ¿Estimamos nuestros hijos? Sí, no hay duda; y á pesar de eso los asesinamos. Una sociedad tan agitada, tan violenta como la nuestra, es (no importa si lo sabe ó lo ignora), una verdadera guerra que se hace á la infancia.
Hay momentos, sobre todo en su desarrollo, crisis en que ella pende de un hilo. La vida parece titubear y preguntarse: ¿Duraré mucho? En aquellos instantes decisivos, nuestro contacto, la estancia en las ciudades y la vida de las muchedumbres es la muerte para aquellas criaturas vacilantes. O lo que es peor, conviértese en principio de una dilatada carrera de enfermedades. Un mísero ser cae, se levanta, vuelve á caer, y las tres cuartas partes de su existencia tendrán que deslizarse al cuidado de la caridad pública.
Es preciso acabar de una vez con semejante estado de cosas. Hay que prever. Débese sacar á la criatura de ese centro funesto, quitársela al hombre, darla á la Naturaleza, hacerle aspirar la vida envuelta por el hálito del mar. El niño enfermo sanaría; desarrollaríase el expósito. Robustecido, ágil, más de uno y más de dos se dedicarían á la Marina; y en vez de un débil obrero, de un parroquiano del hospital, tendría el Estado un robusto y atrevido marino.
Por otro lado, ¿por qué ha de dejarse todo á la iniciativa del Estado? Florencia nos ha demostrado que un corazón real vale tanto como la realeza. La mujer es reina; de consiguiente, á ella toca mandar.
Si yo fuese una señora joven y bella, sé muy bien lo que haría. Viviría rodeada de magnificencia, de lujo, y algún día, en uno de esos momentos en que el amor atestigua, protesta, jura, siente la necesidad de dar, diría á un galán: «Os cojo la palabra. Empero no creáis halagarme con los presentes acostumbrados. Detesto vuestros preciosos cachemires fabricados en la India con dibujos de Londres; poco me importan los diamantes, pues cercano está el día en que irán tirados por la calle. M. Berthelot, que rehace la Naturaleza por partida doble, y tantas cosas vivas crea, con mayor facilidad que todo esto prodigarános los diamantes.
»Me gusta lo sólido. Quiero, pues, una buena casa en la costa algo abrigada y que la dé el sol, para alojar en ella cuarenta ó cincuenta niños. No se necesita gran mobiliario. Una vez establecidas allí las criaturas, su subsistencia está asegurada. No habrá una sola señora de cuantas acuden á los baños de mar que no auxilie mi empresa de todo corazón. Si las Beatrices de Florencia han fundado asilos parecidos, ¿por qué hemos de ser menos las de Francia? ¿Acaso nos ganan en belleza y son nuestros galanes menos enamorados?
»Si el mar me ha embellecido, como oigo deciros á todas horas, debéisle un recuerdo á su playa. Y, si me amáis, supongo que os sentiréis dichoso de ir á medias conmigo, empezando juntos una cosa, creando mancomunados ese pequeño mundo de niños al lado de la gran nodriza. ¡Que conserve una prenda duradera de ternura y de amor purísimo! ¡Que dé testimonio, por medio de una obra viva, que ante el infinito estuvimos unidos con una idea santa!»
Bastaría que empezara una mujer esa obra para que otra, madre común (la Francia), la continuara.
Ninguna institución más útil; ningún sacrificio mejor empleado. Y no se requeriría gran cosa, bastando con trasladar á la playa algunos establecimientos del interior; y habiéndolos que acarrean enormes gastos sin ningún beneficio, sería conveniente convertirlos en fábrica para enfermos que, de otra suerte tendrán que mendigar, mientras vivan, nuevos socorros.
Los romanos no sabían escatimar nada por lo que toca á la salud pública y á la vida de los ciudadanos. Cuando se ve su munificencia, las obras emprendidas para traer aguas saludables aun á las poblaciones secundarias, sus prodigiosos acueductos, sus Pont-du-Gard, etc., sus inmensas termas, donde el pueblo tenía derecho á bañarse gratis (á lo sumo por un óbolo), reconócese su alta sabiduría. También tenían piscinas de agua de mar para nadar. Y lo que hicieron ellos para una plebe ociosa ó improductiva, ¿titubearemos en hacerlo nosotros cuando se trata de salvar la raza de criaturas sin segundo que constituyen el progreso del orbe?
No me refiero aquí sólo á los niños, sino á todo el mundo. Cada ciudad tiene hoy en su seno otra ciudad siempre repleta (el hospital), en la que entra y sale continuamente el desfallecido obrero. Esto ocasiona un gasto enorme; y ¿quién lo paga? Los otros obreros que en último resultado son los llamados á sufragar las cargas de la cosa pública. El obrero muere joven, dejando por obligación á sus compañeros mantener á su familia. Mucho más conveniente y económico sería, pues, preservar que curar. Más debe hacerse por el sano próximo á caer enfermo, agotadas ya sus fuerzas, que por el enfermo. Diez días de reposo á orillas del mar le reharían, dándole robustez y fuerzas para el trabajo. El viaje, el sencillísimo abrigo de tan corta temporada veraniega, una mesa pública á bajo precio costarían muchísimo menos que una larga estancia en el hospital. Y el hombre se salvaría, así como la familia y los hijos: pérdida á menudo irreparable, pues, lo he dicho y lo repito, cada uno de esos hombres es la tardía producción de una prolongada tradición de industria; siendo en sí una obra artística, de arte humano, tan poco conocido, donde la humanidad va elevándose, formándose, como potencia de creación.
¡Qué placer tan grande sería para mí ver á esa flor de la tierra, á esa muchedumbre de pueblo inventor, creador y fabricante que suda y se gasta para el mundo, recobrar inmediatamente sus fuerzas en la gran piscina del Creador! Toda la humanidad se aprovecharía de ello, ya que florece con la labor enorme de la clase obrera. A ésta debe sus goces, su elegancia, todas sus luces; y prospera con sus utilidades, y vive de su médula y de su sangre. Por lo tanto, el dar á esos seres la renovación de la naturaleza, un poco de aire, el mar, un día de descanso, sería justicia y nada más que justicia, un beneficio para todo el género humano, á quien son tan necesarias y que mañana, á causa de su muerte, encontraráse en la orfandad.
Compadeceos de vosotros mismos, pobres hombres de Occidente; pensad seriamente en ayudaros, en contribuir á la común salvación. La tierra os pide que viváis, ofreciéndoos lo mejor que posee, el mar, para rehabilitaros. Ella se perdería si llegase á perderos, pues sois su genio, su alma inventora. Vive nuestra propia vida, y al moriros la arrastraréis á la muerte.
FIN
«El gran animal la Tierra, cuyo corazón es imán, posee en su superficie un ser dudoso, eléctrico y fosforescente, más sensible que él mismo, é infinitamente más fecundo.
«Este ser, llamado Mar, ¿es, acaso, un parásito del gran animal? No. El mar no tiene una personalidad distinta y hostil: fecundiza, vivifica la Tierra con sus vapores; parece ser la misma Tierra en lo que tiene de más productivo, por otro nombre, su órgano principal de fecundidad.»
Diráseme: ensueños alemanes. ¿Quiero decir esto que todo ello son ensueños? Más de un hombre de gran talento, sin ir tan lejos, parece admitir para la Tierra y el Mar una especie de personalidad obscura. Riter y Lyell han dicho: «La Tierra se atormenta á sí misma. ¿Sería impotente para organizarse? ¿Cómo suponer que la fuerza creadora que existe en todo ser del globo haya sido rehusada al globo mismo?»
Mas, ¿cómo obra el globo? ¿De qué manera crece al presente? Por medio del Mar y de la vida marina.
La solución de tan elevadas cuestiones supondría un estudio profundo de fisiología, que aun está por hacer. No obstante, desde hace veinte años, las cosas gravitan de este lado.
1.º Se ha estudiado la parte irregular, exterior, de los movimientos del mar, y buscado laley de las tempestades.
2.º Hanse profundizado los movimientos propios del mar,sus corrientes, el juego de sus arterias y de sus venas, lanzando las primeras el agua salada del Ecuador á los polos, y las segundas tráenla desalada del polo al Ecuador.
3.º La tercera cuestión, la más interna, que esclarecerá sin duda la moderna química, es la de la naturaleza propia delmucusmarino, esa liga gelatinosa que por doquiera ofrece el agua de mar, siendo al parecer un líquido con vida.
Hasta hace poco desconocíase elfondodel mar, y ahora se sabe algo gracias á la sonda de Brooke y especialmente á los sondajes del cable trasatlántico.
¿Está pobladoen sus profundidades? Negábase el hecho: Forbes y James Ross encontraron vida por todas partes.
Antes de estos magníficos descubrimientos, que no datan de veinte años, nadie era osado á escribir el libro del Mar. El primer ensayo fué el de M. Hartwig.
En cuanto á mí, lejos estaba de pensar en tamaña empresa, cuando, en 1845, mientras preparaba los materiales para mi libro,El Pueblo, comencé en Normandía el estudio de la población de las costas. En los últimos quince años ese asunto vasto y difícil fué ensanchándose á mis ojos y me ha acompañado de playa en playa.
El libro primero,Ojeada á los mares, es, como indica su título, un paseo previo. Todas las materias importantes serán pasadas en revista en los libros siguientes.
Hago excepción de dos de éstas, lasMareasy losFaros. Aquí, mi principal guía ha sido M. Chazallon, ó sea su importanteAnuario, que hoy día forma veintiocho volúmenes. El primero apareció en 1839. Si se diese una corona cívica á todo el que salva la vida á un ser humano, ¡cuántas no hubiera recibido el autor delAnuario! Hasta su aparición, los errores sobre las mareas eran enormes; y merced á un trabajo inmenso, M. Chazallon ha rectificado las observaciones para unos quinientos puertos desde el Adour hasta el Elba.—Los más exactos informes sobre los faros encuéntranse en suAnuario. Reunid á éste la exposición clara y agradable que M. de Quatrefages (Recuerdos) ha hecho del sistema de alumbrado de Fresnel y Arago. El admirable invento de los faros á eclipse se debe á Descroirilles y á Lemoine, ambos hijos de Dieppe (V. M. Ferey.).
Para los distintos nombres del mar (cap.i, p. 7), véase Ad. Pictec,Orígenes indo-europeos.—Respecto del agua, Introducción delAnuario de las aguas de Francia(por Deville); Aimé,Anales de química, II, V, XII, XIII, XV; Morren,ibidem, I, y Acad. de Bruselas, XIV, etc.—Tocante á la salobridad del mar, Chapmann, citado por TricautAn. de hidrografía, XIII, 1857, y ThomassyBoletín de la Sociedad geográfica, 4 junio 1860.
Página 18.S. Michel-en-Grève.No me hice cargo como es debido de esta playa y de los asuntos á ella anejos sino después de haber leído en laRevue des Deux Mondeslos magníficos artículos de M. Baude, tan instructivos, llenos de detalles, y de ideas elevadas. En otro sitio me he ocupado de sus excelentes conocimientos sobre la pesca.
Al hablar de la Bretaña (cap. III, p. 23), hubiera debido encomiar el libro de Cambry, al que debo mis primeras impresiones sobre aquel país. Ha de leerse la edición que Souvestre ha enriquecido (y doblado su valor, no hay que dudarlo) con notas y comentarios excelentes que hicieron prever desde aquel momentoLos últimos Bretones, del mismo autor. En varias novelitas, de una exactitud admirable, nos ha dado Souvestre los mejores cuadros que se poseen de nuestras costas del Oeste, especialmente tocante al Finisterre y á las comarcas inmediatas al Loire. Gran satisfacción hubiera tenido en citar algún pasaje de escritor tan galano é inolvidable amigo; empero hice el propósito de no hacer ninguna cita literaria en mi obrita.
La notable frase de Elías de Beaumont (capiv, p. 26) se encuentra á la cabeza de un artículo que constituye un gran libro, su artículoTerrenos, en el Diccionario de M. d'Orbigny.
Cap. vii, p. 51. Lo que digo de Royan y Saint-Georges, encontraráse más elegantemente expresado en los eruditos libros de Pelletan,Nacimiento de una poblacióny elPastor del Desierto. Sábese que ese pastor es el abuelo de Pelletan, el ministro Jarousseau, admirable y heroico para salvar á sus enemigos. La casita que aun existe es un templo de la humanidad.
NOTAS DEL LIBRO SEGUNDO.Génesis del mar.—Cap. i.—Fecundidad.—Sobre el arenque, véanse el anónimo holandés traducido por De Resto, tomoi; Noël de la Morinière, en sus excelentes obras, impresas é inéditas: Valenciennes, Peces; etc.
Cap. ii.Mar de leche.—Bory de Saint-Vincent.Dic. clásico, artículosMar y Materia; Zimmermann,el Mundo antes de la creación del hombre. Este precioso libro popular corre en manos de todos.—En la pág. 87 sigo la obra de M. Bronn, premiada por la Academia de Ciencias.—Sobre la innocuidad de las plantas del mar, véase la Botánica de Pouchet, libro de primer orden. Para las plantas metamorfoseadas en animales, Vaucher,Confervas, 1803; Decaisne y Thuret,Anales de las ciencias naturales, 1845, tomosiii,xiv,xviyCómputos de la Academia, 1853, tomoxxxvi; artículos de Montagne, Dic. d'Orbigny.—Sobre los volcanes, véanse Humboldt,Cosmos, parteiv, y Ritter, traducción de Elíseo Reclus,Revista germánica, 30 noviembre 1859.
Cap. iii.El Atomo.—He citado en el texto los maestros, Ehrenberg, Dujardin, Pouchet (Heterogenia). A la larga, vencerá la generación espontánea.
Caps,iv,v,vi, etc. Para remontarme en todo este libro á la vida superior, he tomado por hilo conductor la hipótesis de la metamorfosis, sin intentar construir seriamente unacadena de seres. La idea de metamorfosis ascendente es natural al ánimo, siéndonos impuesta en algún modo por la fatalidad. El mismo Cuvier confiesa (fin de su introducción á los Peces), que si esta teoría carece de valor histórico, á lo menos «es lógica.»—Sobre laesponja, véanse Pablo Gervais. Dic. d'Orbigny, V, 325; Grant. en Chenu, 307, etc.—Sobre lospólipos,corales,madréporas(capítulosivyv), además de Forster, Perón, Darwin, consúltense asimismo Quoy y Gaimard; Lamouroux, Pólipos flexibles; Milne Edwards, Pólipos y ascidias de la Mancha, etc. Véase también sobre el calizo las dos geologías de Lyell.
Cap. vi.Medusas,fisalios, etc.—Léanse Ehrenberg, Lesson, Dujardin, etc. Forbes demuestra por medio de las analogías vegetales que esas metamorfosis animales son un fenómeno muy sencillo;Anales de Historia natural(en inglés), diciembre de 1844. Véanse asimismo sus excelentes disertaciones:Medusæ, en 4.º, 1848.
Cap. vii.El Esquino.—Véanse en primer término las curiosas disertaciones donde M. Caillaud ha consignado su descubrimiento.