CAPITULO XV

CAPITULO XV

Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia á la propagación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que, para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se ofrecía á su vista, el primer cuidado había de dirigirse á exponer el error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó á esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas dan las doctrinas de Jesucristo. No fué la Iglesia sólo unaescuela grande y fecunda, fué una asociación regeneradora; no esparció sus doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas sus relaciones, las aplicó á todos los objetos, procuró inculcarlas á las costumbres y á las leyes, y realizarlas en instituciones que sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseñanza á las generaciones venideras. Veíase desconocida la dignidad del hombre, reinando por doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veíase, por fin, coronando el edificio social, rodeada de satélites y cubierta de hierro, la odiosa tiranía, mirando con despreciador desdén á los infelices pueblos que yacían á sus plantas, amarrados con remachadas cadenas.

En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error, reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los vicios de la legislación, enfrenar el poder y harmonizarle con los intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la Iglesia.

Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden excitar la curiosidad de la ciencia, é interesar los sentimientos del corazón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud? ¿Fué el Cristianismo? ¿y fué él solo, con sus ideas grandiosas sobre la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y caridad, y, además, con su conducta prudente, suave y benéfica? Me lisonjeo de poder manifestar que sí.

Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia católica ha tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es una verdad demasiado clara, salta á los ojos con sobrada evidencia, para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado social, dice: «Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los vicios de aquel estado, la esclavitud por ejemplo.» Pero á renglón seguido, y como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho que por necesidad había de excitar á favor de la Iglesia católica las simpatías de la humanidad entera, continúa: «Mil veces se ha dicho y repetido que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida enteramente á las máximas del Cristianismo. Esto es, á mi entender, adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese ó irritase mucho.» Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud, porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad cristiana. Si se quería proceder con buena lógica, era necesario mirar antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el espíritu de orden y de paz que anima á la Iglesia, podía permitir que se arrojase á una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo, sin alcanzar el objeto que se proponía. El número de los esclavos era inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales: sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se extendían á largo trecho debajo de las entrañas de la tierra.

Contáronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron á los enemigos nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides. El mismo autor nos dice que en Chío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la defección de éstos, pasándose á los atenienses, puso en apuros á sus dueños; y, en general, era tan grande su número en todas partes, que no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pública. Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran concertarse. «Es muy conveniente, dice Platón (Diál. 6. De las leyes), que los esclavos no sean de un mismo país, y que, en cuanto fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que repetidas experiencias han enseñado en las frecuentes defecciones que se han visto entre los mesenios, y en las demás ciudades que tienen muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto resultar.»

Aristóteles en suEconomía(1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide con Platón, advirtiendo expresamente: «que no se han de tener muchos esclavos de un mismo país». En suPolítica(l. 2, c. 7) nos dice que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio á los lacedemonios, de parte de los ilotas. «Con frecuencia ha sucedido, dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios, siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por las conspiraciones de los ilotas.» Ésta era una dificultad que llamaba seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los inconvenientes que consigo traía esa inmensa muchedumbre de esclavos. Laméntase Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho cuidado. Transcribiré sus propias palabras: «Á la verdad, que el modo con que se debe tratar á esa clase de hombres es tarea trabajosa y llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes y quieren igualarse con los dueños: y, si se los trata con dureza, conciben odio y maquinan asechanzas.»

En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose propuesto el darles un traje distintivo, se opuso á esta medida el Senado, temeroso de que, si ellos llegaban á conocer su número, peligrase el orden público: y á buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables trastornos en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda que «los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la piratería y el latrocinio»; y en tiempos más recientes, Espartaco, á la cabeza de un ejército de esclavos, fué por algún tiempo el terror de Italia, y dió mucho que entender á distinguidos generales romanos.

Había llegado á tal exceso en Roma el número de losesclavos, que muchos dueños los tenían á centenares. Cuando fué asesinado el prefecto de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados á muerte 400 esclavos suyos (Tácit.,Ann., l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tenía en tal abundancia, que dió á sus hijos nada menos que 400. Esto había llegado á ser un objeto de lujo, y á competencia se esforzaban los romanos en distinguirse por el número de sus esclavos. Querían que, al hacerse la pregunta deQuot pascit servos, cuántos esclavos mantiene, según expresión de Juvenal (Satyr.3, v. 140), pudiesen ostentarlos en grande abundancia; llegando la cosa á tal extremo, que, según nos asegura Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían á un verdadero ejército.

No era solamente en Grecia é Italia donde era tan crecido el número de los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y, favorecidos por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado, que los degollaron á todos. Pasando á pueblos bárbaros, y prescindiendo de otros más conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose forzados los dueños á cederles el terreno, abandonando su patria; y César en sus comentarios (De Bello Gall., lib. 6) nos atestigua lo abundantes que eran los esclavos en la Galia.

Siendo tan crecido en todas partes el número de esclavos, ya se ve que era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en conflagración el mundo. Desgraciadamente, queda todavía en los tiempos modernos un punto de comparación, que, si bien en una escala muy inferior, no deja de cumplir á nuestro propósito. En una colonia donde los esclavos negros sean muy numerosos, ¿quién se arroja de golpe á ponerlos en libertad? ¿Y cuánto se agrandan las dificultades, qué dimensión tan colosal adquiere el peligro, tratándose, no de una colonia, sino del universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los hacía incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de lasociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y por el deseo de venganza nutridos en sus pechos con el mal tratamiento que se les daba, hubieran reproducido en grande las sangrientas escenas con que dejaran ya manchadas en tiempos anteriores las páginas de la historia. ¿Y qué hubiera acontecido entonces? Que, amenazada la sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto en vela contra los principios favorecedores de la libertad, hubiéralos en adelante mirado con prevención y suspicaz desconfianza, y, lejos de aflojar las cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahinco y tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos, puestos sin preparación en libertad y movimiento, era imposible que brotase una organización social: porque una organización social no se improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y, en tal caso, habiéndose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del orden social, el instinto de conservación que anima á la sociedad, como á todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duración de la esclavitud allí donde hubiese permanecido todavía, y su restablecimiento allí donde se la hubiese destruído.

Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera más pronto en la abolición de la esclavitud, debían recordar que, aun cuando supongamos posible una emancipación repentina ó muy rápida, aun cuando queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad habrían resultado, la sola fuerza de las cosas, saliendo al paso con sus obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida. Demos de mano á todas las consideraciones sociales y políticas, y fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era necesario alterar todas las relaciones de la propiedad: porque, figurando en ella los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras, ejerciendo los oficios mecánicos, en una palabra, estando distribuído entre ellos lo que se llama trabajo,y hecha esta distribución en el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una dislocación tal, que la mente no alcanza á comprender sus últimas consecuencias.

Quiero suponer que se hubiese procedido á despojos violentos, que se hubiese intentado un reparto, una nivelación de propiedades; que se hubiesen distribuído tierras á los emancipados, y que á los más opulentos señores se les hubiese forzado á manejar el azadón y el arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos sueños de un delirante: ni aun así, se habría salido del paso: porque es menester no olvidar que la producción de los medios de subsistencia ha de estar en proporción con las necesidades de los que han de subsistir; y esto era imposible, supuesta la emancipación de los esclavos. La producción estaba regulada, no suponiendo precisamente el número de individuos que á la sazón existían, sino también que la mayor parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son alguna cosa más que las necesidades de un esclavo.

Si ahora, después de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas, suavizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos y los gobiernos, fundados tantos establecimientos públicos para el socorro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena distribución del trabajo, repartidas de un modo más equitativo las riquezas, hay todavía tantas dificultades para que un número inmenso de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal terrible que atormenta á la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como un sueño funesto, ¿qué hubiera sucedido con la emancipación universal al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos en el derecho comopersonas, sino comocosas; cuando su unión conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los frutos de esa unión era declarada por las mismas reglas que rigen con respecto á los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado, atormentado, vendido, y aun muerto, conforme á los caprichos de su dueño? ¿No salta á los ojos que el curar males semejantes era obra de siglos? ¿No es esto lo que nos están enseñando las consideraciones de humanidad, de política y de economía?

Si se hubiesen hecho insensatas tentativas, á no tardar mucho, los mismos esclavos habrían protestado contra ellas, reclamando una esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de la naturaleza: el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No es necesario recorrer á ejemplos de particulares, que se nos ofrecieran con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba patente de esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difícil es que no traiga consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos más generosos, desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro corazón las palabras de independencia y libertad. «La plebe, dice César, hablando de los galos (Bello Gallico, lib. 6), está casi en el lugar de los esclavos, y de sí misma ni se atreve á nada, ni es contado su voto para nada; y muchos hay que, agobiados de deudas y de tributos, ú oprimidos por los poderosos,se entregan á los nobles en esclavitud: habiendo sobre éstos así entregados, todos los mismos derechos que sobre los esclavos.» En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos ó sus padres no se vieron capaces de proveer á su subsistencia.

Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podrá contestar, manifiestan hasta la evidencia la profunda sabiduría del Cristianismo en proceder con tanto miramiento en la abolición de la esclavitud. Hízose todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre; no se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía ejecutarse sin malograr la empresa,sin poner gravísimos obstáculos á la deseada emancipación. He aquí el resultado que, al fin, vienen á dar siempre los cargos que se hacen á algún procedimiento de la Iglesia: se le examina á la luz de la razón, se le coteja con los hechos, viniéndose á parar á que el procedimiento de que se la culpa, está muy conforme con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los consejos de la más exquisita prudencia.

¿Qué quiere decirnos, pues, M. Guizot cuando, después de haber confesado que el Cristianismo trabajó con ahinco en la abolición de la esclavitud, le echa en cara el que consintiese por largo tiempo su duración? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es verdad que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio dispensado á la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su duración fué sólo la necesaria para que el beneficio se realizase sin violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua conservación. Y de estos siglos en que duró, débese todavía cercenar una parte muy considerable, á causa de que, en los tres primeros, se halló la Iglesia proscripta á menudo, mirada siempre con aversión, y enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organización social. Débese también descontar mucho de los siglos posteriores, porque había transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia ejercía su influencia directa y pública, cuando sobrevino la irrupción de los bárbaros del Norte, que, combinada con la disolución de que se hallaba atacado el imperio, y que cundía de un modo espantoso, acarreó un trastorno tal, una mezcolanza tan informe de lenguas, de usos, de costumbres y de leyes, que no era casi posible ejercer con mucho fruto una acción reguladora. Si en tiempos más cercanos ha costado tanto trabajo el destruir el feudalismo, si después de siglos de combates quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si el tráfico de los negros, á pesar de ser limitado á determinados países, á peculiares circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de reprobación que contra semejante infamia se levanta de los cuatro ángulos del mundo, ¿cómo hay quien se atreva á manifestar extrañeza, é inculpar al Cristianismo, porque la esclavitud duró algunos siglos, después de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres, y su igualdad ante Dios?


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