Chapter 25

[1]Pág. 11.—La historia de las variaciones de los protestantes, de Bossuet, es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante, en que había sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: «En laHistoria de las variaciones, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, llevan el carácter del error, mientras que la nointerrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la infalible verdad: leí, aprobé, creí.» (Gibbon, Memorias.)[2]Pág. 13.—Lutero, á quien se empeñan todavía algunos en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamadode Captivitate Babilonica, y, enojado este por semejante atrevimiento, escribe al Rey, llamándolesacrílego,loco,insensato,el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombrescondenados,insensatos,blasfemos. Cuando así trataba á sus compañeros disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores de Lovainaverdaderas bestias,puercos,paganos,epicúreos,ateos; que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería fácil aducir muchas otras pruebas.No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que da á sus adversarios.Malvados,tunantes,borrachos,locos,furiosos,rabiosos,bestias,toros,puercos,asnos,perros,viles esclavos de Satanás: he aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir, si no temiese fastidiar á los lectores![3]Pág. 14.—En la dieta de Espira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio de religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse á este decreto y presentaron unaprotesta; de aquí vino que los disidentes empezaron á llamarseprotestantes. Como este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, sino á laBiblia. Llámanse también á vecesreformados, y algunos suelen apellidar al ProtestantismoReforma; pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.Revolución religiosale cuadraría mucho mejor.[4]Pág. 15.—El conde de Maistre, en su obraDel Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombrepositivoy propio, con que se llama ella á sí misma, y hace que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa:Palacio de Artemisa. La dificultad está en obligar á los demás á darnos el nombre que nosotros escogemos.»No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi esse Sinagogam.(Hieron., lib. adversus Luciferanios.) «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere.» (S. Aug.) Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello testimonio los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del sigloxviiy que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los llaman luteranos y calvinistas.Singuli volunt dici catholici et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur.» (Caramuel.) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es,que á excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes llama católicos á los romanos.» (Habitavi in haereticorum civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos.) Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que estos argumentos son algo más que sutilezas.[5]Pág 36.—Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las historia de Fleury.Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas; segunda,que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. En el mismo sentido que dijo Jesucristo que eranecesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado á darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.[6]Pág. 45.—Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos quehay aquí el dedo de Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí mismo. Helo aquí:NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPAEl muy santo Obispo de la Iglesia Católica.En el concilio de Soissons de 300 Obispos.El muy santo y muy feliz Patriarca.Ibíd., tomo 7. Concil.El muy feliz Señor.S. Agustín., Ep. 95.El Patriarca universal.S. León P, Ep. 62.El Jefe de la Iglesia del mundo.Innoc. ad PP. Concili. Milevit.El Obispo elevado á la cumbre apostólica.S. Cipr., Ep. 3 et 12.El Padre de los Padres.Concil. de Calced., ses. 3.El Soberano Pontífice de los Obispos.Ibíd. in praef.El Soberano Sacerdote.Concil. de Calced., ses. 16.El Príncipe de los Sacerdotes.Esteban Ob. de Cartago.El Prefecto de la Casa de Dios, y el Custodio y Guarda de la viña del Señor.Concil. de Cartago, Ep. ad Damasum.El Vicario de Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los cristianos.S. Jerón., praef. in Evang. ad Damasum.El Sumo Sacerdote.Valentiniano y toda la antigüedad.El Soberano Pontífice.Concil. de Calced., in Ep. ad Theod. Imper.El Príncipe de los Obispos.Ibíd.El Heredero de los apóstoles.S. Bern., lib. de Consid.Abrahán por el Patriarcado.S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.Melquisedech por el orden.Concil. de Calced., Epist. ad Leonem.Moisés por la autoridad.S. Bern., Epist. 190Samuel por la jurisdicción.Ibíd. et in lib. de Consid.Pedro por el poder.Ibíd.Cristo por la unción.Ibíd.El Pastor del aprisco de Jesucristo.Ibíd., lib. 2, Consid.El Llavero de la Casa de Dios.Idem idem, cap. 8.El Pastor de todos los pastores.Ibíd.El Pontífice llamado á la plenitud del poder.Ibíd.San Pedro fué la boca de Jesucristo.S. Crisóst., Homil. 2, in divers. serm.La Boca y el Jefe del apostolado.Orig., Hom. 55, in Matth.La Cátedra y la Iglesia principal.S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.El Origen de la unidad sacerdotal.S. Cipr., Epist. 3,2El Lazo de la unidad.Idem ibíd., 4,2.La Iglesia donde reside el poder principal.Idem ibíd., 3,8.La Iglesia Raíz y Matriz de todas las demás Iglesias.S. Anaclet. Pap., Epist. ad om. Episc. et fidel.La Sede sobre la cual ha construído el Señor la Iglesia universal.S. Dámas., Ep., ad univ. Episc.El Punto Cardinal y el Jefe de todas las Iglesias.S. Marcelin., Pap., Epist. ad Episc. Antioc.El Refugio de los Obispos.Conc. de Alex., Ep. ad Felic. P.La Suprema Sede Apostólica.S. Atanas.La Iglesia presidente.Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de SS. Trinit.La Sede Suprema que no puede ser juzgada por otra.S. León, in nat. SS. Apost.La Iglesia antepuesta á todas las demás Iglesias.Víctor de Utica, in lib. de perfect.La primera de todas las Sedes.S. Próspero, lib. de Ingrat.La Fuente apostólica.S. Ignat., Ep. ad Rom, in Suscript.El Puerto segurísimo de toda la Comunión Católica.Concil. Rom. por S. Gelasio.[7]Pág. 54.—He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos.» (Si diutius steterit mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea confugiamus.)Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, sería menester crearlos.La monarquía del Papa serviría también mucho para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina.»Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illiunumAntistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius inunitatecontinerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)«Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice,¿en qué punto de la religión convienen? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro comoimpía.» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream Duditium.)Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico. Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París, pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra tituladaDe Antichristono piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra publicada,Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; lo cierto es que en su obra póstuma,Rivetiani apologetici discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura.»La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que, estribando en el examen privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad, y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los mayores desórdenes de la impiedad.»Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana paraterminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si mismos, ydespedazarse las entrañas con sus propias manos.» (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse á luz en París laExposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es:Sistema teológico. El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos más ciertos.»Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera.»[8]Pág. 63.—Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del sigloxvi. Es Luis Vives.«Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis: ea omnia, quae universum hominum genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:scire nihil.» (Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. Lib. 4, cap. 3.)Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñarlas.Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent pervenisse.»[9]Pág. 70.—Es cierto que, al acercarse á los primeros principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre loslímites, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poneren duda su certeza y verdad; solo me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuíta españolEximenoá su amigoJuan Andrés, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es:Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium.Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí laantorcha se apagaba en sus manos, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.[10]Pág. 73.—Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más á propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que se apellidaba ellegislador de los judíos,el reparador del mundo,el Paracleto, mientras tributaba á su querida Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.[11]Pág 79.—Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro? Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasmablanco ó negro, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevoEvangelio, una inundación del Tiber, el que en Roma una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella á causa deque Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables á las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales. Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, que él llamaLa Montaña de Sión, hace llevar á sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de laMontaña de Sión,para someter, según decía,á su poder todas las naciones de la tierra; y mueren por fin en un arrojo temerario, en que se prometía que,cual nuevo Gedeón, exterminaría con un puñado de hombres elejército de los impíos. No faltó á Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las calles de Múnster gritando:El rey de Sión viene. Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel. Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarserey. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta á losjueces de Israely les habla de esta manera:He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión. Los jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación, que la había callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro profeta, era menester resignarse á subir al trono,para cumplir las órdenes del Altísimo. Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por unprofetade parte de Dios una espada desnudaen señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del mundo, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á lasantalibertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos? Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no podían también los anabaptistas decir:que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las cosas?Hermán predicando lamatanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo; David Jorge proclamando que sólo su doctrina era perfecta, quela del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y enseñando queera bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar; Macket pretendiendo que había descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las calles de Londresque el Cristo venía allí con su vaso en la mano, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el trance del suplicio: «¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?» Esos deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía á escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el cielo Juana Soutchote.[12]Pág. 86.—Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo sigloxvi, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía entre les protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello como apacible.Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (Vida de Santa Teresa, capítulo 29, n.º 11.)He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.» (Vida, cap. 28, n.º 7.)Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.»Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede representar, niver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» (Vida, capítulo 40, número 4.)En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso sistema.«Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (Vida, cap. 40, número 7.)Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su inspiración sea una realidad.Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á olvidarla.[13]Pág. 96.—He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los otros.Bendito sea Dios, respondió Lutero,pues que sucede á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me sucedía.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.» (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares.» Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. (Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc.)En el mismo sigloxvino faltaron algunos que, sin curarse de dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes, asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la condición de su propia esencia.» «Ils sont plaisants quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la condition de leur propre essence, etc.» (Montaigne Es. Tom. 2, cap. 12.)Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al menos las expresiones que sobre este particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.» «Je me plonge, la tête baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure, qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence.» (Montaigne Livr. 3, chap. 9.)Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (Je veux que la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier d'elle), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que, estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia. Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á los más hábiles.» «En matière de religion il faut s'attacher à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus habiles.»Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas, sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se encuentre. Añadiré también que, si en el sigloxviise notó que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia Católica.No me es posible, sin salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en París en 1814.[14]Pág. 143.—Para formarse idea del estado de lacienciaal tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda. Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todolo mezclan y confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de corrupción y obscenidad.Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina á confundir el desatentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban á sí mismosGnósticos, por el superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.[15]Pág 205.—He creído que no dejaría de ser útil copiar aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que carecía.

[1]Pág. 11.—La historia de las variaciones de los protestantes, de Bossuet, es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante, en que había sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: «En laHistoria de las variaciones, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, llevan el carácter del error, mientras que la nointerrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la infalible verdad: leí, aprobé, creí.» (Gibbon, Memorias.)[2]Pág. 13.—Lutero, á quien se empeñan todavía algunos en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamadode Captivitate Babilonica, y, enojado este por semejante atrevimiento, escribe al Rey, llamándolesacrílego,loco,insensato,el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombrescondenados,insensatos,blasfemos. Cuando así trataba á sus compañeros disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores de Lovainaverdaderas bestias,puercos,paganos,epicúreos,ateos; que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería fácil aducir muchas otras pruebas.No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que da á sus adversarios.Malvados,tunantes,borrachos,locos,furiosos,rabiosos,bestias,toros,puercos,asnos,perros,viles esclavos de Satanás: he aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir, si no temiese fastidiar á los lectores![3]Pág. 14.—En la dieta de Espira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio de religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse á este decreto y presentaron unaprotesta; de aquí vino que los disidentes empezaron á llamarseprotestantes. Como este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, sino á laBiblia. Llámanse también á vecesreformados, y algunos suelen apellidar al ProtestantismoReforma; pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.Revolución religiosale cuadraría mucho mejor.[4]Pág. 15.—El conde de Maistre, en su obraDel Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombrepositivoy propio, con que se llama ella á sí misma, y hace que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa:Palacio de Artemisa. La dificultad está en obligar á los demás á darnos el nombre que nosotros escogemos.»No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi esse Sinagogam.(Hieron., lib. adversus Luciferanios.) «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere.» (S. Aug.) Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello testimonio los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del sigloxviiy que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los llaman luteranos y calvinistas.Singuli volunt dici catholici et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur.» (Caramuel.) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es,que á excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes llama católicos á los romanos.» (Habitavi in haereticorum civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos.) Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que estos argumentos son algo más que sutilezas.[5]Pág 36.—Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las historia de Fleury.Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas; segunda,que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. En el mismo sentido que dijo Jesucristo que eranecesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado á darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.[6]Pág. 45.—Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos quehay aquí el dedo de Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí mismo. Helo aquí:NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPAEl muy santo Obispo de la Iglesia Católica.En el concilio de Soissons de 300 Obispos.El muy santo y muy feliz Patriarca.Ibíd., tomo 7. Concil.El muy feliz Señor.S. Agustín., Ep. 95.El Patriarca universal.S. León P, Ep. 62.El Jefe de la Iglesia del mundo.Innoc. ad PP. Concili. Milevit.El Obispo elevado á la cumbre apostólica.S. Cipr., Ep. 3 et 12.El Padre de los Padres.Concil. de Calced., ses. 3.El Soberano Pontífice de los Obispos.Ibíd. in praef.El Soberano Sacerdote.Concil. de Calced., ses. 16.El Príncipe de los Sacerdotes.Esteban Ob. de Cartago.El Prefecto de la Casa de Dios, y el Custodio y Guarda de la viña del Señor.Concil. de Cartago, Ep. ad Damasum.El Vicario de Jesucristo, y el Confirmador de la fe de los cristianos.S. Jerón., praef. in Evang. ad Damasum.El Sumo Sacerdote.Valentiniano y toda la antigüedad.El Soberano Pontífice.Concil. de Calced., in Ep. ad Theod. Imper.El Príncipe de los Obispos.Ibíd.El Heredero de los apóstoles.S. Bern., lib. de Consid.Abrahán por el Patriarcado.S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.Melquisedech por el orden.Concil. de Calced., Epist. ad Leonem.Moisés por la autoridad.S. Bern., Epist. 190Samuel por la jurisdicción.Ibíd. et in lib. de Consid.Pedro por el poder.Ibíd.Cristo por la unción.Ibíd.El Pastor del aprisco de Jesucristo.Ibíd., lib. 2, Consid.El Llavero de la Casa de Dios.Idem idem, cap. 8.El Pastor de todos los pastores.Ibíd.El Pontífice llamado á la plenitud del poder.Ibíd.San Pedro fué la boca de Jesucristo.S. Crisóst., Homil. 2, in divers. serm.La Boca y el Jefe del apostolado.Orig., Hom. 55, in Matth.La Cátedra y la Iglesia principal.S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.El Origen de la unidad sacerdotal.S. Cipr., Epist. 3,2El Lazo de la unidad.Idem ibíd., 4,2.La Iglesia donde reside el poder principal.Idem ibíd., 3,8.La Iglesia Raíz y Matriz de todas las demás Iglesias.S. Anaclet. Pap., Epist. ad om. Episc. et fidel.La Sede sobre la cual ha construído el Señor la Iglesia universal.S. Dámas., Ep., ad univ. Episc.El Punto Cardinal y el Jefe de todas las Iglesias.S. Marcelin., Pap., Epist. ad Episc. Antioc.El Refugio de los Obispos.Conc. de Alex., Ep. ad Felic. P.La Suprema Sede Apostólica.S. Atanas.La Iglesia presidente.Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de SS. Trinit.La Sede Suprema que no puede ser juzgada por otra.S. León, in nat. SS. Apost.La Iglesia antepuesta á todas las demás Iglesias.Víctor de Utica, in lib. de perfect.La primera de todas las Sedes.S. Próspero, lib. de Ingrat.La Fuente apostólica.S. Ignat., Ep. ad Rom, in Suscript.El Puerto segurísimo de toda la Comunión Católica.Concil. Rom. por S. Gelasio.[7]Pág. 54.—He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos.» (Si diutius steterit mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea confugiamus.)Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, sería menester crearlos.La monarquía del Papa serviría también mucho para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina.»Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illiunumAntistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius inunitatecontinerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)«Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice,¿en qué punto de la religión convienen? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro comoimpía.» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream Duditium.)Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico. Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París, pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra tituladaDe Antichristono piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra publicada,Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; lo cierto es que en su obra póstuma,Rivetiani apologetici discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura.»La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que, estribando en el examen privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad, y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los mayores desórdenes de la impiedad.»Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana paraterminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si mismos, ydespedazarse las entrañas con sus propias manos.» (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse á luz en París laExposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es:Sistema teológico. El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos más ciertos.»Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera.»[8]Pág. 63.—Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del sigloxvi. Es Luis Vives.«Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis: ea omnia, quae universum hominum genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:scire nihil.» (Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. Lib. 4, cap. 3.)Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñarlas.Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent pervenisse.»[9]Pág. 70.—Es cierto que, al acercarse á los primeros principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre loslímites, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poneren duda su certeza y verdad; solo me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuíta españolEximenoá su amigoJuan Andrés, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es:Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium.Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí laantorcha se apagaba en sus manos, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.[10]Pág. 73.—Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más á propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que se apellidaba ellegislador de los judíos,el reparador del mundo,el Paracleto, mientras tributaba á su querida Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.[11]Pág 79.—Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro? Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasmablanco ó negro, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevoEvangelio, una inundación del Tiber, el que en Roma una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella á causa deque Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables á las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales. Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, que él llamaLa Montaña de Sión, hace llevar á sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de laMontaña de Sión,para someter, según decía,á su poder todas las naciones de la tierra; y mueren por fin en un arrojo temerario, en que se prometía que,cual nuevo Gedeón, exterminaría con un puñado de hombres elejército de los impíos. No faltó á Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las calles de Múnster gritando:El rey de Sión viene. Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel. Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarserey. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta á losjueces de Israely les habla de esta manera:He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión. Los jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación, que la había callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro profeta, era menester resignarse á subir al trono,para cumplir las órdenes del Altísimo. Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por unprofetade parte de Dios una espada desnudaen señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del mundo, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á lasantalibertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos? Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no podían también los anabaptistas decir:que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las cosas?Hermán predicando lamatanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo; David Jorge proclamando que sólo su doctrina era perfecta, quela del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y enseñando queera bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar; Macket pretendiendo que había descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las calles de Londresque el Cristo venía allí con su vaso en la mano, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el trance del suplicio: «¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?» Esos deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía á escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el cielo Juana Soutchote.[12]Pág. 86.—Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo sigloxvi, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía entre les protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello como apacible.Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (Vida de Santa Teresa, capítulo 29, n.º 11.)He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.» (Vida, cap. 28, n.º 7.)Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.»Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede representar, niver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» (Vida, capítulo 40, número 4.)En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso sistema.«Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (Vida, cap. 40, número 7.)Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su inspiración sea una realidad.Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á olvidarla.[13]Pág. 96.—He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los otros.Bendito sea Dios, respondió Lutero,pues que sucede á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me sucedía.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.» (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares.» Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. (Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc.)En el mismo sigloxvino faltaron algunos que, sin curarse de dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes, asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la condición de su propia esencia.» «Ils sont plaisants quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la condition de leur propre essence, etc.» (Montaigne Es. Tom. 2, cap. 12.)Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al menos las expresiones que sobre este particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.» «Je me plonge, la tête baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure, qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence.» (Montaigne Livr. 3, chap. 9.)Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (Je veux que la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier d'elle), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que, estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia. Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á los más hábiles.» «En matière de religion il faut s'attacher à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus habiles.»Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas, sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se encuentre. Añadiré también que, si en el sigloxviise notó que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia Católica.No me es posible, sin salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en París en 1814.[14]Pág. 143.—Para formarse idea del estado de lacienciaal tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda. Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todolo mezclan y confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de corrupción y obscenidad.Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina á confundir el desatentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban á sí mismosGnósticos, por el superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.[15]Pág 205.—He creído que no dejaría de ser útil copiar aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que carecía.

[1]Pág. 11.—La historia de las variaciones de los protestantes, de Bossuet, es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante, en que había sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: «En laHistoria de las variaciones, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, llevan el carácter del error, mientras que la nointerrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la infalible verdad: leí, aprobé, creí.» (Gibbon, Memorias.)

[2]Pág. 13.—Lutero, á quien se empeñan todavía algunos en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamadode Captivitate Babilonica, y, enojado este por semejante atrevimiento, escribe al Rey, llamándolesacrílego,loco,insensato,el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombrescondenados,insensatos,blasfemos. Cuando así trataba á sus compañeros disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores de Lovainaverdaderas bestias,puercos,paganos,epicúreos,ateos; que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería fácil aducir muchas otras pruebas.

No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que da á sus adversarios.Malvados,tunantes,borrachos,locos,furiosos,rabiosos,bestias,toros,puercos,asnos,perros,viles esclavos de Satanás: he aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!

[3]Pág. 14.—En la dieta de Espira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio de religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse á este decreto y presentaron unaprotesta; de aquí vino que los disidentes empezaron á llamarseprotestantes. Como este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, sino á laBiblia. Llámanse también á vecesreformados, y algunos suelen apellidar al ProtestantismoReforma; pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.Revolución religiosale cuadraría mucho mejor.

[4]Pág. 15.—El conde de Maistre, en su obraDel Papa, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombrepositivoy propio, con que se llama ella á sí misma, y hace que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa:Palacio de Artemisa. La dificultad está en obligar á los demás á darnos el nombre que nosotros escogemos.»

No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi esse Sinagogam.(Hieron., lib. adversus Luciferanios.) «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere.» (S. Aug.) Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello testimonio los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del sigloxviiy que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los llaman luteranos y calvinistas.Singuli volunt dici catholici et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur.» (Caramuel.) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es,que á excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes llama católicos á los romanos.» (Habitavi in haereticorum civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos.) Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que estos argumentos son algo más que sutilezas.

[5]Pág 36.—Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las historia de Fleury.

Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas; segunda,que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. En el mismo sentido que dijo Jesucristo que eranecesario que hubiese escándalos, no porque nadie se halle forzado á darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.

[6]Pág. 45.—Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos quehay aquí el dedo de Dios, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí mismo. Helo aquí:

[7]Pág. 54.—He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos.» (Si diutius steterit mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea confugiamus.)

Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, sería menester crearlos.La monarquía del Papa serviría también mucho para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina.»

Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illiunumAntistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius inunitatecontinerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)

«Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice,¿en qué punto de la religión convienen? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro comoimpía.» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream Duditium.)

Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico. Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París, pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra tituladaDe Antichristono piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra publicada,Votum pro pace Ecclesiae, dice redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; lo cierto es que en su obra póstuma,Rivetiani apologetici discussio, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura.»

La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que, estribando en el examen privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad, y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los mayores desórdenes de la impiedad.»

Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana paraterminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si mismos, ydespedazarse las entrañas con sus propias manos.» (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)

Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse á luz en París laExposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es:Sistema teológico. El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos más ciertos.»

Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera.»

[8]Pág. 63.—Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del sigloxvi. Es Luis Vives.

«Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis: ea omnia, quae universum hominum genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:scire nihil.» (Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. Lib. 4, cap. 3.)

Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñarlas.

Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent pervenisse.»

[9]Pág. 70.—Es cierto que, al acercarse á los primeros principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre loslímites, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poneren duda su certeza y verdad; solo me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuíta españolEximenoá su amigoJuan Andrés, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es:Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium.

Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí laantorcha se apagaba en sus manos, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.

[10]Pág. 73.—Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más á propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que se apellidaba ellegislador de los judíos,el reparador del mundo,el Paracleto, mientras tributaba á su querida Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.

[11]Pág 79.—Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro? Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasmablanco ó negro, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.

¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevoEvangelio, una inundación del Tiber, el que en Roma una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella á causa deque Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables á las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales. Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.

Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, que él llamaLa Montaña de Sión, hace llevar á sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de laMontaña de Sión,para someter, según decía,á su poder todas las naciones de la tierra; y mueren por fin en un arrojo temerario, en que se prometía que,cual nuevo Gedeón, exterminaría con un puñado de hombres elejército de los impíos. No faltó á Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las calles de Múnster gritando:El rey de Sión viene. Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel. Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarserey. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta á losjueces de Israely les habla de esta manera:He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión. Los jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación, que la había callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro profeta, era menester resignarse á subir al trono,para cumplir las órdenes del Altísimo. Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por unprofetade parte de Dios una espada desnudaen señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del mundo, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á lasantalibertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos? Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no podían también los anabaptistas decir:que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las cosas?

Hermán predicando lamatanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo; David Jorge proclamando que sólo su doctrina era perfecta, quela del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y enseñando queera bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar; Macket pretendiendo que había descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las calles de Londresque el Cristo venía allí con su vaso en la mano, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el trance del suplicio: «¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?» Esos deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía á escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el cielo Juana Soutchote.

[12]Pág. 86.—Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo sigloxvi, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía entre les protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello como apacible.

Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (Vida de Santa Teresa, capítulo 29, n.º 11.)

He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.» (Vida, cap. 28, n.º 7.)

Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.

No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.

»Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede representar, niver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» (Vida, capítulo 40, número 4.)

En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso sistema.

«Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (Vida, cap. 40, número 7.)

Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su inspiración sea una realidad.

Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á olvidarla.

[13]Pág. 96.—He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.

Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los otros.Bendito sea Dios, respondió Lutero,pues que sucede á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me sucedía.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)

Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.» (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares.» Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. (Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc.)

En el mismo sigloxvino faltaron algunos que, sin curarse de dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.

Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes, asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la condición de su propia esencia.» «Ils sont plaisants quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la condition de leur propre essence, etc.» (Montaigne Es. Tom. 2, cap. 12.)

Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al menos las expresiones que sobre este particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.» «Je me plonge, la tête baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure, qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence.» (Montaigne Livr. 3, chap. 9.)

Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (Je veux que la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier d'elle), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que, estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia. Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á los más hábiles.» «En matière de religion il faut s'attacher à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus habiles.»

Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas, sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se encuentre. Añadiré también que, si en el sigloxviise notó que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia Católica.

No me es posible, sin salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en París en 1814.

[14]Pág. 143.—Para formarse idea del estado de lacienciaal tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda. Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todolo mezclan y confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de corrupción y obscenidad.

Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina á confundir el desatentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban á sí mismosGnósticos, por el superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.

[15]Pág 205.—He creído que no dejaría de ser útil copiar aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que carecía.


Back to IndexNext