III

IIILOS VECINOS DE GEDEÓN

LOS VECINOS DE GEDEÓN

S

Sucédelemuy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.

Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.

«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»

Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.

En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la atmósfera saturada de olores debálsamo tranquilo, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.

Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen, y comen y cenanen familia. Alguna vez que otra, asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.

En el segundo piso habita un abogado decierta edad, esposo de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.—«¡Hijo mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!—¿Tienes celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... ¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»

Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato libre.

En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los hombros, á modo de San Cristóbal.

Á pesar de tanprosáicospormenores, la casa está limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no esraroy se cree feliz, ylos niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas lossantosde algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.

Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las amarguras del inválido, cuya paciencia no es tangrande como el amor y la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.

En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.

Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño y al descanso.

Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de caudales, de infortunios y de alegrías.

Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación y el heroísmo en necesario y grato deber.

—¡Esto es la familia!—piensa Gedeón, interrumpiendo sus exploraciones;—algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento y el desencanto de los vicios.

¡Pero en cambio eslibre!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.


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