IVEL DEMONIO CONSEJERO
EL DEMONIO CONSEJERO
A
Aspirandocon ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu,
—¿Cómo vas con tu nueva vida?—le pregunta en crudo el recién hallado.
—Pues, así, así,—responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.
—Al principio se extraña un poco.
—Efectivamente, algo se extraña.
—Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...
—He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.
Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe de sus amarguras domésticas.
—Mal anda, en efecto, ese ramo—dice el otro;—pero todo consiste en acostumbrarse.
—Ya.
—En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...
—Pshe...
—Vamos, sé franco.
—Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!
—Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.
—Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honestoá perpetuidad, como las sepulturas de los ricos.
—No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la espalda.
—Me parece que más echada...
—Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?
—Efectivamente.
—De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas pechugas...
—Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que roer!
—¡Tú á huesos, Gedeón?
—Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...
—¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que tienes para aspirar á la más delicada!
—Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque después que llega unoá cierta edad, fatigan mucho las cuestas arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, yla picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la conversación.
—Es decir que te vas haciendo filósofo.
—No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.
—De todos modos, rindes las armas.
—Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo yme establezco á mi gustoen él.
—Por lo visto, esa es tu manía.
—¿Cuál?
—Establecerte á tu gusto.
—Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la cama.
—Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia más ó menos.
—No las tendrás.
—¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»
—Pues cree que te admiro y te envidio.
—Resueltamente te ahogas en poca agua.
—Podrá ser.
—Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.
—No te diré que no.
—¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio cuando el diablo te tentó?
—No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.
—Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.
—¿Para qué?
—Para librarte del mayor enemigo que te persigue.
—¿Y cuál es?
—La manía del hogar doméstico.
—¡Bah!
—Créeme; es más fuerte que tú.
—¿Y qué debo hacer, en tu opinión?
—Si admites mi tutela por un instante...
—Si con ella me das paz y sosiego...
—Te lo prometo.
—Ya te escucho.
—Huye del enemigo.
—¿De mi casa, en la cual nací?...
—De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres propietario.
—Razón de más para que la mire con tanto cariño.
—Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á renta, como los demás pisos; sácale el jugo.
—¿Y mis recuerdos?
—También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.
—¿Qué crees que debo hacer?
—Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no te quejes de ellas... ¿Dudas?
—De dudar es el caso.
—Medítalo bien.
—Pienso hacerlo.
—Pues adiós te queda, ya que estás advertido.
Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.