IXIN ARTÍCULO MORTIS
IN ARTÍCULO MORTIS
E
Estamosotra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es cuerpo.
Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca, desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire infecto de aquella triste habitación.
Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella balumba dehumores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del sepulcro.
En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de la línea, y sitió al corazón por todas partes.
Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse en remilgos ni en contemplaciones, díjole:
—Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra enemigos de tanto empuje.
—Pues ¿cuántos son los enemigos?—preguntó Gedeón ahogándose.
—Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo:dividir es vencer, decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica?
—Haga usted cuanto guste—respondió Gedeón,—y tenga entendido, para su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma posible de tormentos.
Dos horas después entraba en el gabinete,acompañado del Doctor, el mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad.
No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.
No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.
En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.
—Pero bien mirado—exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas y discretas reflexiones de su confesor,—¿qué más me da ya? ¿De qué me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.
En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista del lector al principio de este cuadro.
Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.
El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á la santa Ley y le absolvió en su nombre.
Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle sin tardanza; y á eso espera impaciente.
Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de sus caudales.
Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue. Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.
—¿Acaba de llegar esa gente?—pregunta Gedeón á Regla con voz apagada y fatigosa.
—No puede tardar mucho ya,—responde Regla.
—Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el otro recado ¿han vuelto á hacerle?
—Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa...esa señora.
Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos, crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran en el cuarto.
Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes, diciendo con desgarro al propio tiempo:
—Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!
Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y les dice en tono melodramático:
—¡Hijos míos: ese es vuestro padre!
Á lo cual los rapaces, después de mirar alaludido por Solita, míranse uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las narices con las manos, por todo disimulo.
Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no tienen desperdicio.
En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella aparecióla otra.
—Señor cura, Doctor...—exclama el enfermo al distinguirlos en la estancia.—Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues bien—continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,—así y todo, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios me lo tome en descargo de mis culpas!
Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza con que ha procedido con élescudándose con la pasada resistencia, y disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeónin artículo mortis, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoceá todo trance, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que están.
—Ahora usted, señor notario—dice á éste, terminada la otra ceremonia,—y pronto, porque esta luz se apaga.
En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el pulso del enfermo síntomas de mal agüero.
Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender, jamás se pondrá en claro.
Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar desde aquel día, sobre lasMiserias de la vida del solterón, siendo los jueces del certamenque se abra al efecto, el Doctor y el señor cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya en la población.
También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á ser declarada de texto en las escuelas de la nación.
El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en beneficio de su viuda.
Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.
Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido, parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.
Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la escena desde la puerta del gabinete.
Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque á él. Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza imponente.
—Me muero, Doctor—le dice con voz lenta y apagada.—La poca vida que tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...
El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote para que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí ya.
El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le bendice y le consuela.
—Acercaos todos—dice luégo el moribundo,—ya que Dios ha permitido que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento... fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo... para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la ley, sino en el bien que reporta eltrabajo... de cumplir con sus preceptos... Por huir de ellos, me alejé de Dios y de los hombres... y merecí, como otros muchos insensatos, hundirme en las sombras de la muerte... como el ave triste de los páramos... entre el frío de la soledad... y sin huellas de mi paso por el mundo.
Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... Á usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres... fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted... toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!... tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...
Dice, besa un Crucifijo, y espira.