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IEL PRIMER PASO

EL PRIMER PASO

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Ya sabeel lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice así:

Libre Gedeón demalas tentaciones, es decir, exento de los cuidados en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar enorientarsey enestablecerse.

Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero inalterable que se ha trazado.

Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si dijéramos, encampo libre?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le movieron el intento del asalto, pues eracaballo de buena boca, y todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo le sentaba bien, porque era elhijo de familia, holgado y disoluto y sin pizca de responsabilidad.

¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque ahora es elamo de su casa, elhombre formal, independiente, rico, y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino quedebedar á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con cierta solemnidad ycompostura atractivas y debuen tono... ¡Qué vida le espera!

Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?

La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó lavida airada, el deber de adoptar hábitos decarácter, como otro doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más adelante las campañas de prueba.

Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de vivir entre gentes civilizadas.

Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con ellos no puede unoir á ninguna parte; pero exponerlos en teatros y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llamasociedad culta, y marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!

Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamarnostalgia de la familia, es un efecto lógico de su nueva situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano seestablezca á su gusto, metodice su vida ylleneel desierto hogar.

Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no es difícil.

Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue de las menudencias domésticas; una mujerde edad, en quien el juicio corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven debuen very adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una buena mujer que continuará desempeñándole.

No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la fiscalización intransigente de la señora de la casa.

Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.

Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo, aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no quiere,ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.

El nombre no es enteramente simpático: se llamala señoraBraulia; pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales: su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre, y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza; pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.

Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la señora Braulia.

Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la taberna.

Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.

Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las inmediaciones.

En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte porlas generales de la ley, siquiera por preguntar algo; y como Solita es ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no la hay en decir laverdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las redondas caderas.


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