XV

XVEL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA

EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA

P

Pongael lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.

Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que falta decir de nuestro personaje.

Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres gastan medias altas todavía.

Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.

En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.

Á sus pesadumbresde carácter, hay que añadir que le duele bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco pelo que le queda, como elpan de cucolas heredades; y, por último (esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, aunque negros y desconcertados.

Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.

Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está resuelto á meter la pata entre ellas.

Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de despedida.

Y como no tiene sueño, quiere dedicar unahora, antes de acostarse, á despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un poco.

Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á la puerta.

Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.

—Perdone el señor—dice recatándose mucho;—creyéndole acostado, me acosté yo también y me dormí.

—¿Qué he de perdonar?—responde Gedeón mientras fija su mirada devoradora en lo que se ve de su criada.

—Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, iré á vestirme...

—¡De ninguna manera!—exclama Gedeón, condolido sin duda de la situación angustiosadel perro, pero sin apartar su vista de la criada.—Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...

Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.

Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.

—Es un cólico—dice Regla.—¡Pobrecito!

Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los hombros abajo.

—¡Lo mismo que yo me había figurado!—exclama entonces Gedeón, con el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.

—¡Alumbre usted más!—dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no ve bastante todavía.

Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que turban el silencio de la casa,

mientras el mundo sin cesar navegapor el piélago inmenso del vacío,

mientras el mundo sin cesar navegapor el piélago inmenso del vacío,

mientras el mundo sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío,

como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.


Back to IndexNext