XVIII

XVIIILA GRAN BATALLA

LA GRAN BATALLA

A

Asílas cosas, va rodando el tiempo.

Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va perdiendo en el cariño de éste.

Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.

Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.

Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la alimaña.

Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.

Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su gusto.

Y la ocasión, al fin, se le presenta.

Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse de allí.

Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»

Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavíapor dentro, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le convenga.

Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.

¡La paliza sobre todo!

En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha visto?

Hay que aclarar este misterio á todo trance.

Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas lo permite, el desarmar elbarómetro y el filtro del comedor, la maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras maravillas que hay en el gabinete.

El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo quedebe, obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse con desembarazo.

Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el ánimo para continuar la tarea.

Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia!allá dentrohay una como hebillita que se menea á un lado y á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á sumano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un chasquido metálico; luego unrischssssinterminable, como ruido de puchero quese vasobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los cadáveres.

Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, comosupone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de puntillas al gabinete.

Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria ha derramado por el mundo.

Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los estuches de carey, el barquito, ójuncofilipino, de especias ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos candelabros de alabastro y metal dorado.

Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. Puede, impunemente, partirle de un varazo.

Entra y cierra la vidriera.

El ratonero no se mueve.

El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda describir sin tropiezo el arco necesario.

La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás del cogote, y... ¡zás!

Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.

Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada ardiente y rechinantes los colmillos.

Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y uno en Adonis.

Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la vara y hacerpresa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado arriba libros y papeles.

Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace prorrumpir en una interjección brutal.

Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta quese pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.

El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no ya una interjección, sino una blasfemia.

Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime tembloroso, como niño después de una azotina.


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