XXV

XXVEL ALMA DE JUDAS

EL ALMA DE JUDAS

A

¡Al fin, dí la campanada!—exclama en la calle.—Fortuna que Solita no me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas calles como por las de mi barrio.

Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.

Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está haciendo.

—Esto es—dice para sí,—ni más ni menosque una explosión de celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndoladespuésloca por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor propio. No nos duele lapérdidade la mujer poseída; nos duele que se vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada que yo traigo!

Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la rodilla le va doliendo cada vez más.

Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que por la mañana con Herodes en el portal de Solita.

El transeunte es el sempiterno tío Judas.

Gedeón se estremece al conocerle.

—¡Hijo de mis entrañas!—exclama el zapatero al encontrarse con él.

—¡Mal rayo te parta!—contesta el otro.

—Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...

—¡Al infierno, remendón infame!

Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á complacerle.

El zapatero se le pone al costado.

Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos. No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con gravísimo riesgo para el apaleador.

El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara de supariente, quereluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa diciéndole:

—Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no llevo prisa...

Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro remedio que oir,devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.

Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:

—Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni «lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la que nos esperaba!

En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.

—¡Adiós!—le dice éste á gritos.—Dispensa que no te acompañe... voy con mi hijo político.

El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el estómago.

Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:

—Tú y Solita, los emperadores de aquellasínfulas; yo, el rey consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...

Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al público:—«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, como pudo pegarse á ustedes.»

Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del atribulado se prolonga.

En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve á decir á media voz al zapatero:

—¡He de verte las entrañas, miserable!

—¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te consolarán esas desaguaduras!

Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:

—¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen;y le niegan tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!

Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la muerte.

Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le mata en el camino!

En tanto, continúa vociferando el otro:

—¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy, sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!

Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello. Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las calles con más de cuatro inocentes.

Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal sucediera.

Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista, porque es la gente de su barrio.

Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su desesperación.

El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; quelas piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus angustias.

Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle; las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.

Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al mismo exterminador de los filisteos.

Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.

—¡Vamos, hombre!—le vocea trémulo y como si tratara de animarle con una sonrisa que más parece gesto de agonizante,—¿por qué te quedas ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.

—¡Nequanquis!—responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, señal de que huele la madera desde allí.

—¡Con franqueza!

—Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que te gustó la platicación.

—¡Mucho!

—Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!

—¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!

Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba, y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de vencerlas.

Al llegar á la puerta de su habitación, seencuentra con el médico de marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.

—¡Feliz hallazgo!

—¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!

—El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?

—¡Tan guapamente!

—¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?

—¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!

—Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.

—¿Tan risueña la traigo?

—Como unas castañuelas.

—Yo soy así.

—De modo que va usted llenando aquel vacío...

—Hasta los bordes, Doctor.

—Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...

—¡Eso, jamás!

—¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.

—Mucho que sí.

—Adiós, amigo mío.

—Agur, mi buen Doctor.

Y mientras éste continúa bajando, el otro semete en casa, donde le esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.

Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.

—¡Y dicen queel buey suelto bien se lame!—exclama después que ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de soltero.—¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances ignominiosos y otro gallo me cantara,si yo me hubiera casado á tiempo!

ÚLTIMA JORNADA


Back to IndexNext