XLetra capitalSentáronseen la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no rebullía nadie.—¿Una breva de recibo?—Mil gracias...Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á importante y confidencial diálogo.—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta?Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona tan inteligente...Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y desterrando su reserva habitual.—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano, no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una papeleta de entrada en cualquier oficina.—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado, que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine, no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprietoen que se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha de ser por arte de encantamiento...—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis aspiraciones.—Sepamos.Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó sus recelos.—Quiero seguir la carrera de las letras.El hombre político paró de mecerse y de fumar.—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y de estos pueblos así?—No, señor.—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á... ¿Y V. qué escribe?—Versos.—¿Prosa, no?—Algún artículo ó suelto... Casi nada.—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria... Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en pleno romanticismo.Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No gozan de gran popularidad?—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin, crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso... Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila, chicos queriman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en unaRevistatrasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo.—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V. pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en brazos de la política... ¡Ah!Oía Segundo sin despegar los labios, con los ojos bajos y la mirada errante por los nudos de la madera del piso, aquella voz persuasiva que parecía arrancarle una por una las hojas de rosa de sus ilusiones, con el mismo chasquido estridente de la uña que dispersaba la ceniza del puro. Al fin alzó el rostro contraído y miró al hombre político, murmurando no sin alguna ironía en el acento:—Pues de la política, señor D. Victoriano, creo que no debe V. hablar tan mal... Á V. leha tratado con cariño; no tendrá V. queja de ella. Para V. no fué madrastra.Se descompuso el semblante de D. Victoriano, dejando salir á la superficie los estragos de la enfermedad... y levantándose de nuevo y tirando el cigarro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á hablar apasionadamente, con frases que brotaban en oleadas súbitas, en chorros impetuosos y desiguales, como el caño de sangre por la cortada arteria.—No me toque V. ese punto... cállese usted, criatura... ¡qué sabe V., qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que son esas cosas, hasta que cae en ellas de cabeza y queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase á V.... ¡Pero es imposible contar la vida entera, día por día, referir una batalla que dura años, sin tregua ni reposo! Combatir para que le empiecen á conocer á uno, seguir combatiendo para que no le olviden, pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchillos á una cama de ascuas, lidiar en el foro, en el Congreso, sin fe, sin convicción, porque sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquista; y á todo esto, ni una hora libre, ni un minuto sosegado, ni tiempo para nada... Logra uno fortuna cuando ya le falta humor para gozarla; se casa y forma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á su mujer al teatro...No me hable V.... El infierno, el infierno en abreviatura es la política... Querrá V. creer... (y aquí soltó redonda la interjección) que cuando mi chiquitina empezó á andar, intenté yo un día tener el gusto de llevarla á paseo de la mano... Un capricho, una rareza... Pues iba muy satisfecho bajando la escalera con la pequeñilla en brazos, y cátate que me encuentro al marqués de Cameros y un aspirante á diputado cunero por Galicia, que venía á pedirme quince ó veinte cartas de mi puño y letra para mayor eficacia... ¡Y fuí tan bestia, hombre, fuí tan bestia, que en vez de tirar al marqués por las escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, dí la chiquilla á la niñera y me encerré en el despacho á preparar la elección! Y así, toda la vida; conque dígame V., ¿tengo ó no tengo razón en abominar de tanta estupidez y tanta farsa? ¡Ah! ¡Qué trabajo nos tomamos para hacernos infelices!No cabía duda. En la voz del hombre político temblaban lágrimas reprimidas; en su laringe se revolvían, ahogándose, imprecaciones y blasfemias. Segundo, por hacer algo, abrió de par en par la vidriera del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor era menos pesado.—¡Y lo peor de todo... la cola! prosiguió don Victoriano deteniéndose. V. lucha y brega sincalcular, sin entretenerse en observar el estado de sus fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros antiguos, con la visera calada. Pero como no es V. de hierro, sino de carne, cuando menos lo piensa ¡zás! se encuentra enfermo, enfermo, herido sin saber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V. el jugo... lo propio que un limón cuando lo exprimen...—Y el ex-ministro se reía amargamente.—Y quiere usted pararse, reponerse, comprar á peso de oro la salud... y ya no es tiempo... ya no tiene usted gota de agua en su cuerpo todo... ¡Ea, fastidiarse, secarse y reventar! ¡Pues ya se ha lucido V. con sus trabajos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está V. aviado!Decíalo accionando, metiendo las manos en los bolsillos, en un paroxismo de confianza, expresándose igual que si estuviese solo. Y en realidad, consigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, traducción en alta voz de los pensamientos negros que D. Victoriano ocultaba, merced á esfuerzos de heroismo. La extraña enfermedad que padecía le causaba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se volvía pilón de azúcar, y que la inteligencia, la sangre y la vida se le escapaban por un canal muy hondo, muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto, su mente rechazaba, como se rechaza laignominia, tan peregrino mal. Debía equivocarse Sánchez del Abrojo: aquello era un desorden fisiológico y pasajero, un achaque usual y corriente, consecuencia de la vida sedentaria, yTropiezoy su rutina vencerían acaso á la ciencia. ¿Y si no vencían?... El hombre político sentía pasar por los bulbos capilares un soplo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir á los cuarenta y pico de años, con la inteligencia firme y con tantas cosas emprendidas y logradas! Y síntomas de muerte debían ser sin duda aquella sed abrasadora, aquella bulimia nunca saciada, aquella sensación enervante de derretimiento, de fusión, aquel liquidarse continuo.De repente recordó D. Victoriano la presencia de Segundo, que había olvidado casi. Y apoyándole otra vez ambas manos en los hombros, y fijando en los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un llanto contenido, exclamó:—¿Quiere V. oír la verdad y recibir un buen consejo? ¿Tiene V. ambición, aspiraciones y esperanzas? Pues yo tengo desengaños, y quiero hacerle á V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. tonto; quédese V. aquí toda su vida; ayude á su padre, herédele el bufete, y cásese con esa muchacha tan frescota de Agonde... No abandone nunca este país de fruta, de viñas, de clima tan dulce... ¡Cuánto daría yoahora por no haberme movido de él! ¡Si se pudiese ver la vida futura en cuadros, como un panorama! Nada, hijo... Quieto aquí; eche usted aquí raíces; viva muchos años con prole numerosa... ¿Ha reparado V. qué sano está su padre? Da gusto verle con aquella dentadura tan fuerte y tan entera... Yo no tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los síntomas de mi achaque... ¡Ah! ¡si su madre de V. viviese, ahora le estarían naciendo á V. hermanitos!Segundo sonreía.—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V., en lugar de vivir... vegetaríamos.—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos árboles?Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino, precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y sapos.Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado, como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía desceñido, hecho una calamidad.—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron... Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos... Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.! Nunca pensé que se atreviesen...Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando por el salón:—¡Primo! ¡Primo!Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cruces muy de prisa:—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D. Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabilidad:—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado brisa.—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla del caballo, camino de Vilamorta.El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:—Á no ser que V. me mandara quedarme.Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estandolos dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa forzada, pronunció una frase ambigua:—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra visita?...—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con mi padre para todo.Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo intervino.—Hija, va á morderte... mira que muerde...Luego, en tono festivo, añadió:—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia delseno impúber. Victorina, muy pálida, gritaba:—¡Mamá... mamá!Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy cariñoso.
XLetra capitalSentáronseen la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no rebullía nadie.—¿Una breva de recibo?—Mil gracias...Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á importante y confidencial diálogo.—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta?Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona tan inteligente...Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y desterrando su reserva habitual.—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano, no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una papeleta de entrada en cualquier oficina.—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado, que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine, no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprietoen que se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha de ser por arte de encantamiento...—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis aspiraciones.—Sepamos.Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó sus recelos.—Quiero seguir la carrera de las letras.El hombre político paró de mecerse y de fumar.—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y de estos pueblos así?—No, señor.—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á... ¿Y V. qué escribe?—Versos.—¿Prosa, no?—Algún artículo ó suelto... Casi nada.—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria... Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en pleno romanticismo.Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No gozan de gran popularidad?—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin, crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso... Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila, chicos queriman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en unaRevistatrasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo.—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V. pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en brazos de la política... ¡Ah!Oía Segundo sin despegar los labios, con los ojos bajos y la mirada errante por los nudos de la madera del piso, aquella voz persuasiva que parecía arrancarle una por una las hojas de rosa de sus ilusiones, con el mismo chasquido estridente de la uña que dispersaba la ceniza del puro. Al fin alzó el rostro contraído y miró al hombre político, murmurando no sin alguna ironía en el acento:—Pues de la política, señor D. Victoriano, creo que no debe V. hablar tan mal... Á V. leha tratado con cariño; no tendrá V. queja de ella. Para V. no fué madrastra.Se descompuso el semblante de D. Victoriano, dejando salir á la superficie los estragos de la enfermedad... y levantándose de nuevo y tirando el cigarro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á hablar apasionadamente, con frases que brotaban en oleadas súbitas, en chorros impetuosos y desiguales, como el caño de sangre por la cortada arteria.—No me toque V. ese punto... cállese usted, criatura... ¡qué sabe V., qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que son esas cosas, hasta que cae en ellas de cabeza y queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase á V.... ¡Pero es imposible contar la vida entera, día por día, referir una batalla que dura años, sin tregua ni reposo! Combatir para que le empiecen á conocer á uno, seguir combatiendo para que no le olviden, pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchillos á una cama de ascuas, lidiar en el foro, en el Congreso, sin fe, sin convicción, porque sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquista; y á todo esto, ni una hora libre, ni un minuto sosegado, ni tiempo para nada... Logra uno fortuna cuando ya le falta humor para gozarla; se casa y forma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á su mujer al teatro...No me hable V.... El infierno, el infierno en abreviatura es la política... Querrá V. creer... (y aquí soltó redonda la interjección) que cuando mi chiquitina empezó á andar, intenté yo un día tener el gusto de llevarla á paseo de la mano... Un capricho, una rareza... Pues iba muy satisfecho bajando la escalera con la pequeñilla en brazos, y cátate que me encuentro al marqués de Cameros y un aspirante á diputado cunero por Galicia, que venía á pedirme quince ó veinte cartas de mi puño y letra para mayor eficacia... ¡Y fuí tan bestia, hombre, fuí tan bestia, que en vez de tirar al marqués por las escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, dí la chiquilla á la niñera y me encerré en el despacho á preparar la elección! Y así, toda la vida; conque dígame V., ¿tengo ó no tengo razón en abominar de tanta estupidez y tanta farsa? ¡Ah! ¡Qué trabajo nos tomamos para hacernos infelices!No cabía duda. En la voz del hombre político temblaban lágrimas reprimidas; en su laringe se revolvían, ahogándose, imprecaciones y blasfemias. Segundo, por hacer algo, abrió de par en par la vidriera del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor era menos pesado.—¡Y lo peor de todo... la cola! prosiguió don Victoriano deteniéndose. V. lucha y brega sincalcular, sin entretenerse en observar el estado de sus fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros antiguos, con la visera calada. Pero como no es V. de hierro, sino de carne, cuando menos lo piensa ¡zás! se encuentra enfermo, enfermo, herido sin saber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V. el jugo... lo propio que un limón cuando lo exprimen...—Y el ex-ministro se reía amargamente.—Y quiere usted pararse, reponerse, comprar á peso de oro la salud... y ya no es tiempo... ya no tiene usted gota de agua en su cuerpo todo... ¡Ea, fastidiarse, secarse y reventar! ¡Pues ya se ha lucido V. con sus trabajos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está V. aviado!Decíalo accionando, metiendo las manos en los bolsillos, en un paroxismo de confianza, expresándose igual que si estuviese solo. Y en realidad, consigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, traducción en alta voz de los pensamientos negros que D. Victoriano ocultaba, merced á esfuerzos de heroismo. La extraña enfermedad que padecía le causaba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se volvía pilón de azúcar, y que la inteligencia, la sangre y la vida se le escapaban por un canal muy hondo, muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto, su mente rechazaba, como se rechaza laignominia, tan peregrino mal. Debía equivocarse Sánchez del Abrojo: aquello era un desorden fisiológico y pasajero, un achaque usual y corriente, consecuencia de la vida sedentaria, yTropiezoy su rutina vencerían acaso á la ciencia. ¿Y si no vencían?... El hombre político sentía pasar por los bulbos capilares un soplo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir á los cuarenta y pico de años, con la inteligencia firme y con tantas cosas emprendidas y logradas! Y síntomas de muerte debían ser sin duda aquella sed abrasadora, aquella bulimia nunca saciada, aquella sensación enervante de derretimiento, de fusión, aquel liquidarse continuo.De repente recordó D. Victoriano la presencia de Segundo, que había olvidado casi. Y apoyándole otra vez ambas manos en los hombros, y fijando en los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un llanto contenido, exclamó:—¿Quiere V. oír la verdad y recibir un buen consejo? ¿Tiene V. ambición, aspiraciones y esperanzas? Pues yo tengo desengaños, y quiero hacerle á V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. tonto; quédese V. aquí toda su vida; ayude á su padre, herédele el bufete, y cásese con esa muchacha tan frescota de Agonde... No abandone nunca este país de fruta, de viñas, de clima tan dulce... ¡Cuánto daría yoahora por no haberme movido de él! ¡Si se pudiese ver la vida futura en cuadros, como un panorama! Nada, hijo... Quieto aquí; eche usted aquí raíces; viva muchos años con prole numerosa... ¿Ha reparado V. qué sano está su padre? Da gusto verle con aquella dentadura tan fuerte y tan entera... Yo no tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los síntomas de mi achaque... ¡Ah! ¡si su madre de V. viviese, ahora le estarían naciendo á V. hermanitos!Segundo sonreía.—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V., en lugar de vivir... vegetaríamos.—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos árboles?Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino, precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y sapos.Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado, como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía desceñido, hecho una calamidad.—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron... Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos... Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.! Nunca pensé que se atreviesen...Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando por el salón:—¡Primo! ¡Primo!Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cruces muy de prisa:—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D. Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabilidad:—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado brisa.—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla del caballo, camino de Vilamorta.El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:—Á no ser que V. me mandara quedarme.Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estandolos dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa forzada, pronunció una frase ambigua:—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra visita?...—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con mi padre para todo.Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo intervino.—Hija, va á morderte... mira que muerde...Luego, en tono festivo, añadió:—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia delseno impúber. Victorina, muy pálida, gritaba:—¡Mamá... mamá!Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy cariñoso.
Letra capital
Sentáronseen la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no rebullía nadie.
—¿Una breva de recibo?
—Mil gracias...
Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á importante y confidencial diálogo.
—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta?Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona tan inteligente...
Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y desterrando su reserva habitual.
—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano, no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una papeleta de entrada en cualquier oficina.
—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado, que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine, no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprietoen que se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha de ser por arte de encantamiento...
—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis aspiraciones.
—Sepamos.
Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó sus recelos.
—Quiero seguir la carrera de las letras.
El hombre político paró de mecerse y de fumar.
—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y de estos pueblos así?
—No, señor.
—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á... ¿Y V. qué escribe?
—Versos.
—¿Prosa, no?
—Algún artículo ó suelto... Casi nada.
—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria... Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en pleno romanticismo.
Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:
—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No gozan de gran popularidad?
—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin, crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso... Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila, chicos queriman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en unaRevistatrasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.
Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.
—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo.
—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...
Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:
—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!
Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:
—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V. pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en brazos de la política... ¡Ah!
Oía Segundo sin despegar los labios, con los ojos bajos y la mirada errante por los nudos de la madera del piso, aquella voz persuasiva que parecía arrancarle una por una las hojas de rosa de sus ilusiones, con el mismo chasquido estridente de la uña que dispersaba la ceniza del puro. Al fin alzó el rostro contraído y miró al hombre político, murmurando no sin alguna ironía en el acento:
—Pues de la política, señor D. Victoriano, creo que no debe V. hablar tan mal... Á V. leha tratado con cariño; no tendrá V. queja de ella. Para V. no fué madrastra.
Se descompuso el semblante de D. Victoriano, dejando salir á la superficie los estragos de la enfermedad... y levantándose de nuevo y tirando el cigarro y midiendo á pasos agitados el salón, rompió á hablar apasionadamente, con frases que brotaban en oleadas súbitas, en chorros impetuosos y desiguales, como el caño de sangre por la cortada arteria.
—No me toque V. ese punto... cállese usted, criatura... ¡qué sabe V., qué sabe V. ni qué sabe nadie lo que son esas cosas, hasta que cae en ellas de cabeza y queda sujeto y no puede salir ya! Si yo le contase á V.... ¡Pero es imposible contar la vida entera, día por día, referir una batalla que dura años, sin tregua ni reposo! Combatir para que le empiecen á conocer á uno, seguir combatiendo para que no le olviden, pasar del bufete á la política, de una rueda de cuchillos á una cama de ascuas, lidiar en el foro, en el Congreso, sin fe, sin convicción, porque sí, por no dejar vacante el puesto que uno se conquista; y á todo esto, ni una hora libre, ni un minuto sosegado, ni tiempo para nada... Logra uno fortuna cuando ya le falta humor para gozarla; se casa y forma familia, y... casi no es uno dueño de acompañar á su mujer al teatro...No me hable V.... El infierno, el infierno en abreviatura es la política... Querrá V. creer... (y aquí soltó redonda la interjección) que cuando mi chiquitina empezó á andar, intenté yo un día tener el gusto de llevarla á paseo de la mano... Un capricho, una rareza... Pues iba muy satisfecho bajando la escalera con la pequeñilla en brazos, y cátate que me encuentro al marqués de Cameros y un aspirante á diputado cunero por Galicia, que venía á pedirme quince ó veinte cartas de mi puño y letra para mayor eficacia... ¡Y fuí tan bestia, hombre, fuí tan bestia, que en vez de tirar al marqués por las escaleras abajo, subí de nuevo mis dos pisos, dí la chiquilla á la niñera y me encerré en el despacho á preparar la elección! Y así, toda la vida; conque dígame V., ¿tengo ó no tengo razón en abominar de tanta estupidez y tanta farsa? ¡Ah! ¡Qué trabajo nos tomamos para hacernos infelices!
No cabía duda. En la voz del hombre político temblaban lágrimas reprimidas; en su laringe se revolvían, ahogándose, imprecaciones y blasfemias. Segundo, por hacer algo, abrió de par en par la vidriera del balcón. El sol estaba distante del zenit, el calor era menos pesado.
—¡Y lo peor de todo... la cola! prosiguió don Victoriano deteniéndose. V. lucha y brega sincalcular, sin entretenerse en observar el estado de sus fuerzas... Combate V. al modo de aquellos caballeros antiguos, con la visera calada. Pero como no es V. de hierro, sino de carne, cuando menos lo piensa ¡zás! se encuentra enfermo, enfermo, herido sin saber dónde... No pierde V. sangre, pero pierde V. el jugo... lo propio que un limón cuando lo exprimen...—Y el ex-ministro se reía amargamente.—Y quiere usted pararse, reponerse, comprar á peso de oro la salud... y ya no es tiempo... ya no tiene usted gota de agua en su cuerpo todo... ¡Ea, fastidiarse, secarse y reventar! ¡Pues ya se ha lucido V. con sus trabajos y sus victorias! ¡Está usted fresco... está V. aviado!
Decíalo accionando, metiendo las manos en los bolsillos, en un paroxismo de confianza, expresándose igual que si estuviese solo. Y en realidad, consigo mismo hablaba. Era aquel un monólogo, traducción en alta voz de los pensamientos negros que D. Victoriano ocultaba, merced á esfuerzos de heroismo. La extraña enfermedad que padecía le causaba horribles pesadillas nocturnas; soñaba que se volvía pilón de azúcar, y que la inteligencia, la sangre y la vida se le escapaban por un canal muy hondo, muy hondo, convertidas en almíbar puro. Despierto, su mente rechazaba, como se rechaza laignominia, tan peregrino mal. Debía equivocarse Sánchez del Abrojo: aquello era un desorden fisiológico y pasajero, un achaque usual y corriente, consecuencia de la vida sedentaria, yTropiezoy su rutina vencerían acaso á la ciencia. ¿Y si no vencían?... El hombre político sentía pasar por los bulbos capilares un soplo glacial que le encogía el corazón. ¡Morir á los cuarenta y pico de años, con la inteligencia firme y con tantas cosas emprendidas y logradas! Y síntomas de muerte debían ser sin duda aquella sed abrasadora, aquella bulimia nunca saciada, aquella sensación enervante de derretimiento, de fusión, aquel liquidarse continuo.
De repente recordó D. Victoriano la presencia de Segundo, que había olvidado casi. Y apoyándole otra vez ambas manos en los hombros, y fijando en los del poeta sus ojos áridos, que requemaba un llanto contenido, exclamó:
—¿Quiere V. oír la verdad y recibir un buen consejo? ¿Tiene V. ambición, aspiraciones y esperanzas? Pues yo tengo desengaños, y quiero hacerle á V. un favor comunicándoselos ahora. No sea V. tonto; quédese V. aquí toda su vida; ayude á su padre, herédele el bufete, y cásese con esa muchacha tan frescota de Agonde... No abandone nunca este país de fruta, de viñas, de clima tan dulce... ¡Cuánto daría yoahora por no haberme movido de él! ¡Si se pudiese ver la vida futura en cuadros, como un panorama! Nada, hijo... Quieto aquí; eche usted aquí raíces; viva muchos años con prole numerosa... ¿Ha reparado V. qué sano está su padre? Da gusto verle con aquella dentadura tan fuerte y tan entera... Yo no tengo un diente por dañar: dicen que es uno de los síntomas de mi achaque... ¡Ah! ¡si su madre de V. viviese, ahora le estarían naciendo á V. hermanitos!
Segundo sonreía.
—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V., en lugar de vivir... vegetaríamos.
—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos árboles?
Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino, precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y sapos.
Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:
—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.
Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado, como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía desceñido, hecho una calamidad.
—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron... Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos... Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?
—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.! Nunca pensé que se atreviesen...
Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando por el salón:
—¡Primo! ¡Primo!
Á poco rato vió Segundo que los dos hermanos y el ex-ministro recorrían el huerto, departiendo y gesticulando acaloradamente. Clodio acusaba, defendíase Primo, y conciliaba don Victoriano. En su furia, Clodio metía á Primo los puños en la cara, le desabrochaba el chaleco, mientras el inculpado sólo acertaba á contestar tartajosamente, haciéndose cruces muy de prisa:
—Jesús, Jesús, Jesús... ¡Avemaría de gracia!
El poeta les miraba pasar, observando la transformación de D. Victoriano. Al retirarse del balcón, vió enfrente de sí á Nieves que le decía con afabilidad:
—¿Y esos señores? ¿Le dejan á V. solito? Á estas horas ya deben cantar los pinos. Se ha levantado brisa.
—De fijo cantan ahora, contestó el poeta. Yo los oiré desde la silla del caballo, camino de Vilamorta.
El movimiento de sorpresa de Nieves no pasó inadvertido para Segundo, que clavando los ojos en ella, añadió con soberbia y frialdad:
—Á no ser que V. me mandara quedarme.
Nieves enmudeció. Por cortesía, figurábase que era preciso detener al huésped; y al mismo tiempo, eso de decirle,—quédese V.—, estandolos dos solos, le pareció cosa rara y grave compromiso. Al fin, con risa forzada, pronunció una frase ambigua:
—¿Pero qué prisa tiene V.? Y... ¿volverá usted á hacernos otra visita?...
—Ya nos veremos en Vilamorta... Adiós, Nieves... No quiero interrumpir á D. Victoriano... Salúdele V. de mi parte y que cuente conmigo y con mi padre para todo.
Sin tomar la mano que Nieves le tendía y sin volver la cara, bajó al patio. Sentaba el pie en el estribo, cuando una figurilla menuda saltó allí cerca. Era Victorina que traía las manos llenas de terrones de azúcar y venía á ofrecérselos al jaco. Este alargaba ansiosamente sus belfos, con ondulaciones inteligentes de trompa de elefante. Segundo intervino.
—Hija, va á morderte... mira que muerde...
Luego, en tono festivo, añadió:
—¿Quieres que te aupe aquí? ¿No? ¡Á que sí te aupo!
La cogió y la sentó en el borren delantero de la silla. Forcejeaba la niña para escaparse, y su hermoso pelo envolvía la cara y hombros de Segundo, que la sujetaba por debajo de los brazos y por el talle. No sin sorpresa reparó que el corazón de la niña palpitaba fuerte y desordenadamente, bajo la imperceptible turgencia delseno impúber. Victorina, muy pálida, gritaba:
—¡Mamá... mamá!
Al fin logró desasirse, y echó á correr hacia Nieves, que se reía á carcajadas del suceso. Á medio camino se detuvo, retrocedió, anudó los brazos al cuello del caballo, y le dió, en el mismo hocico, un beso muy cariñoso.