XXIV

XXIVLetra capitalNovaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya el camino y fué derecha á casa del abogado. Éste la recibió con el entrecejo fruncido. ¿Pensaban que fabricaba moneda? Leocadia ya no tenía bienes que empeñar; los que llevaba valían tan poca cosa... Si se resolvía á hipotecar la casa, él hablaría con su cuñado Clodio que tenía ahorros y ganas de una finca así... Leocadia exhaló un suspiro de pena. Sucedíale lo contrario que á los campesinos: ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ¡Tan limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto!—Psh... con abonar el importe de la hipoteca... la recobra usted en seguida.Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeadocon la esperanza de adquirir por la mitad de su valor un nido tan cuco, donde acabar su vida solterona. De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase el cuaderno de sus poesías y le leyese algunas. Hablábase mucho allí, con reticencias y alusiones trasparentes, de ciertas flores azules, de las voces de un pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que tenían su clave en pasados y para ella misteriosos acontecimientos. La maestra adivinó una historia de amor, cuya heroína sólo podía ser Nieves Méndez. Pero lo que no podía entender ni explicarse, era cómo estando ya la señora de Comba viuda y libre parar premiar el amor de Segundo, no lo hacía inmediatamente... Los versos revelaban profundo desaliento, ardiente delirio amoroso y amargura muy honda... ¡Ahora comprendía Leocadia las tristezas de Segundo, su decaimiento, su pasión de ánimo! ¡Cuánto padecería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, deben sufrir más y con más crueles torturas que el resto de los humanos... No cabía duda: aquella ausencia, aquellos recuerdos estaban matando á Segundo lentamente... Leocadia no sabía por dónde empezar la conversación.—Mira, oye... Esos versos son preciosos y merecen que los impriman con letritas doradas...Casualmente, chico, estos días he recogido unos cuartos de Orense... ¿Sabes qué he pensado la otra noche, mientras tú dormías en la camita que te armé? Que era mejor irlos tú á imprimir en persona... Allá... á Madrid...Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segundo. ¡Ir él á Madrid ahora! Imposible: era preciso antes saber algo de Nieves... La trágica escena final de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez, todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar... Nieves era rica... y hoy Segundo, al presentarse en su casa, al caer á sus pies, no sería el enamorado que pide pasión, sino el aspirante á marido... que alega derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á reemplazar al difunto... Y Segundo, que había aceptado dinero de Leocadia, sentía que su orgullo se sublevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle por un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre... ¿Pero no le amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? Entonces ¿cómo no trataba de saber de él? Es verdad que tampoco él intentaba comunicarse con la bella viuda, ni refrescar sus recuerdos... Es que temía hacerlo sin arte, sin oportunidad, y abrir la herida causada por el fallecimiento del esposo...El tomo de versos... ¡Excelente idea! El tomo de versos era el único medio de volver á la memoriade Nieves en bella forma, llevado en alas del aplauso público... Si aquel tomo se leía, se elogiaba, gustaba, conquistaba á su autor una reputación, desaparecería entre él y Nieves toda diferencia social que pudiese hacer absurdas sus pretensiones... ¡Casarse!... pensaba Segundo... Lo del casamiento le parecía secundario... Que Nieves le amase... No bodas, amor pedía él. En la misma mesita de Leocadia escribió á Roberto Blánquez dándole instrucciones, y preparó el manuscrito para certificarlo y le puso el índice y la portada, con el impaciente júbilo del que, olfateando la suerte, compra un billete de lotería...Así que él se retiró, quedóse Leocadia profundamente preocupada. ¡Segundo no quería irallá! Entonces... El relámpago de ventura que cruzó ante sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que Segundo allí se secaría de tedio; otro, que ella no podría facilitarle mucho tiempo ya lo que necesitara... Hipotecar la casa, era quemar el último cartucho... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia persona? Y sonrió con tristeza.En el corredor resonaban los gruesos zapatos del olvidado jorobadito, que iba en busca del lecho, donde Flores tardaría poco en arrullarlecon sus solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y aquel ser, aquel ser que no tenía más sostén que ella? ¿De qué viviría? Cuando su madre, arruinada del todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué mudo y continuo reproche sería para ella la presencia del infeliz? Y ¿cómo le hacía trabajar?...¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio... Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega, contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se riesen de él!Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora, la soluciónde hacer de él un dependientito de comercio le parecía tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero de los cajones, ¿verdad?Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible: armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido llevar á Minguitossin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa, murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento, situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito suyo...Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y, arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia le preguntó:—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:—Ya estamos...Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito, resumen de todas sus quejas y afectos:—¡Maaamá... maaamá!...Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso á Vilamorta, vióá Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda, borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona... si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con perdigones!Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica, murmurando en voz sorda:—Nunca bien te ha de querer Dios, loba...Dios te castigará y la Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.

XXIVLetra capitalNovaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya el camino y fué derecha á casa del abogado. Éste la recibió con el entrecejo fruncido. ¿Pensaban que fabricaba moneda? Leocadia ya no tenía bienes que empeñar; los que llevaba valían tan poca cosa... Si se resolvía á hipotecar la casa, él hablaría con su cuñado Clodio que tenía ahorros y ganas de una finca así... Leocadia exhaló un suspiro de pena. Sucedíale lo contrario que á los campesinos: ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ¡Tan limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto!—Psh... con abonar el importe de la hipoteca... la recobra usted en seguida.Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeadocon la esperanza de adquirir por la mitad de su valor un nido tan cuco, donde acabar su vida solterona. De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase el cuaderno de sus poesías y le leyese algunas. Hablábase mucho allí, con reticencias y alusiones trasparentes, de ciertas flores azules, de las voces de un pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que tenían su clave en pasados y para ella misteriosos acontecimientos. La maestra adivinó una historia de amor, cuya heroína sólo podía ser Nieves Méndez. Pero lo que no podía entender ni explicarse, era cómo estando ya la señora de Comba viuda y libre parar premiar el amor de Segundo, no lo hacía inmediatamente... Los versos revelaban profundo desaliento, ardiente delirio amoroso y amargura muy honda... ¡Ahora comprendía Leocadia las tristezas de Segundo, su decaimiento, su pasión de ánimo! ¡Cuánto padecería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, deben sufrir más y con más crueles torturas que el resto de los humanos... No cabía duda: aquella ausencia, aquellos recuerdos estaban matando á Segundo lentamente... Leocadia no sabía por dónde empezar la conversación.—Mira, oye... Esos versos son preciosos y merecen que los impriman con letritas doradas...Casualmente, chico, estos días he recogido unos cuartos de Orense... ¿Sabes qué he pensado la otra noche, mientras tú dormías en la camita que te armé? Que era mejor irlos tú á imprimir en persona... Allá... á Madrid...Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segundo. ¡Ir él á Madrid ahora! Imposible: era preciso antes saber algo de Nieves... La trágica escena final de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez, todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar... Nieves era rica... y hoy Segundo, al presentarse en su casa, al caer á sus pies, no sería el enamorado que pide pasión, sino el aspirante á marido... que alega derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á reemplazar al difunto... Y Segundo, que había aceptado dinero de Leocadia, sentía que su orgullo se sublevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle por un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre... ¿Pero no le amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? Entonces ¿cómo no trataba de saber de él? Es verdad que tampoco él intentaba comunicarse con la bella viuda, ni refrescar sus recuerdos... Es que temía hacerlo sin arte, sin oportunidad, y abrir la herida causada por el fallecimiento del esposo...El tomo de versos... ¡Excelente idea! El tomo de versos era el único medio de volver á la memoriade Nieves en bella forma, llevado en alas del aplauso público... Si aquel tomo se leía, se elogiaba, gustaba, conquistaba á su autor una reputación, desaparecería entre él y Nieves toda diferencia social que pudiese hacer absurdas sus pretensiones... ¡Casarse!... pensaba Segundo... Lo del casamiento le parecía secundario... Que Nieves le amase... No bodas, amor pedía él. En la misma mesita de Leocadia escribió á Roberto Blánquez dándole instrucciones, y preparó el manuscrito para certificarlo y le puso el índice y la portada, con el impaciente júbilo del que, olfateando la suerte, compra un billete de lotería...Así que él se retiró, quedóse Leocadia profundamente preocupada. ¡Segundo no quería irallá! Entonces... El relámpago de ventura que cruzó ante sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que Segundo allí se secaría de tedio; otro, que ella no podría facilitarle mucho tiempo ya lo que necesitara... Hipotecar la casa, era quemar el último cartucho... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia persona? Y sonrió con tristeza.En el corredor resonaban los gruesos zapatos del olvidado jorobadito, que iba en busca del lecho, donde Flores tardaría poco en arrullarlecon sus solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y aquel ser, aquel ser que no tenía más sostén que ella? ¿De qué viviría? Cuando su madre, arruinada del todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué mudo y continuo reproche sería para ella la presencia del infeliz? Y ¿cómo le hacía trabajar?...¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio... Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega, contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se riesen de él!Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora, la soluciónde hacer de él un dependientito de comercio le parecía tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero de los cajones, ¿verdad?Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible: armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido llevar á Minguitossin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa, murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento, situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito suyo...Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y, arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia le preguntó:—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:—Ya estamos...Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito, resumen de todas sus quejas y afectos:—¡Maaamá... maaamá!...Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso á Vilamorta, vióá Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda, borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona... si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con perdigones!Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica, murmurando en voz sorda:—Nunca bien te ha de querer Dios, loba...Dios te castigará y la Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.

Letra capital

Novaciló Leocadia al día siguiente. Sabía ya el camino y fué derecha á casa del abogado. Éste la recibió con el entrecejo fruncido. ¿Pensaban que fabricaba moneda? Leocadia ya no tenía bienes que empeñar; los que llevaba valían tan poca cosa... Si se resolvía á hipotecar la casa, él hablaría con su cuñado Clodio que tenía ahorros y ganas de una finca así... Leocadia exhaló un suspiro de pena. Sucedíale lo contrario que á los campesinos: ningún apego á los terrones; ¡pero la casita! ¡Tan limpia, tan mona, tan cómoda, hecha á su gusto!

—Psh... con abonar el importe de la hipoteca... la recobra usted en seguida.

Dicho y hecho. Clodio aflojó la mosca, lisonjeadocon la esperanza de adquirir por la mitad de su valor un nido tan cuco, donde acabar su vida solterona. De noche, Leocadia pidió á Segundo que le enseñase el cuaderno de sus poesías y le leyese algunas. Hablábase mucho allí, con reticencias y alusiones trasparentes, de ciertas flores azules, de las voces de un pinar, de un precipicio y de otras varias cosas que bien entendía Leocadia no eran inventadas, sino que tenían su clave en pasados y para ella misteriosos acontecimientos. La maestra adivinó una historia de amor, cuya heroína sólo podía ser Nieves Méndez. Pero lo que no podía entender ni explicarse, era cómo estando ya la señora de Comba viuda y libre parar premiar el amor de Segundo, no lo hacía inmediatamente... Los versos revelaban profundo desaliento, ardiente delirio amoroso y amargura muy honda... ¡Ahora comprendía Leocadia las tristezas de Segundo, su decaimiento, su pasión de ánimo! ¡Cuánto padecería allá por dentro! Los poetas, á fuer de tales, deben sufrir más y con más crueles torturas que el resto de los humanos... No cabía duda: aquella ausencia, aquellos recuerdos estaban matando á Segundo lentamente... Leocadia no sabía por dónde empezar la conversación.

—Mira, oye... Esos versos son preciosos y merecen que los impriman con letritas doradas...Casualmente, chico, estos días he recogido unos cuartos de Orense... ¿Sabes qué he pensado la otra noche, mientras tú dormías en la camita que te armé? Que era mejor irlos tú á imprimir en persona... Allá... á Madrid...

Con gran sorpresa vió nublarse el rostro de Segundo. ¡Ir él á Madrid ahora! Imposible: era preciso antes saber algo de Nieves... La trágica escena final de sus amoríos, el desenlace de la repentina viudez, todo alzaba entre los dos una valla difícil de salvar... Nieves era rica... y hoy Segundo, al presentarse en su casa, al caer á sus pies, no sería el enamorado que pide pasión, sino el aspirante á marido... que alega derechos anteriores, y fundado en ellos aspira á reemplazar al difunto... Y Segundo, que había aceptado dinero de Leocadia, sentía que su orgullo se sublevaba á la idea de que Nieves pudiese tomarle por un especulador, ó desdeñarle por oscuro y pobre... ¿Pero no le amaba Nieves? ¿No se lo había dicho? Entonces ¿cómo no trataba de saber de él? Es verdad que tampoco él intentaba comunicarse con la bella viuda, ni refrescar sus recuerdos... Es que temía hacerlo sin arte, sin oportunidad, y abrir la herida causada por el fallecimiento del esposo...

El tomo de versos... ¡Excelente idea! El tomo de versos era el único medio de volver á la memoriade Nieves en bella forma, llevado en alas del aplauso público... Si aquel tomo se leía, se elogiaba, gustaba, conquistaba á su autor una reputación, desaparecería entre él y Nieves toda diferencia social que pudiese hacer absurdas sus pretensiones... ¡Casarse!... pensaba Segundo... Lo del casamiento le parecía secundario... Que Nieves le amase... No bodas, amor pedía él. En la misma mesita de Leocadia escribió á Roberto Blánquez dándole instrucciones, y preparó el manuscrito para certificarlo y le puso el índice y la portada, con el impaciente júbilo del que, olfateando la suerte, compra un billete de lotería...

Así que él se retiró, quedóse Leocadia profundamente preocupada. ¡Segundo no quería irallá! Entonces... El relámpago de ventura que cruzó ante sus ojos con la idea de que Segundo echase raíces en Vilamorta, lo apagaron dos pensamientos: uno, que Segundo allí se secaría de tedio; otro, que ella no podría facilitarle mucho tiempo ya lo que necesitara... Hipotecar la casa, era quemar el último cartucho... ¿Qué hipotecaría después? ¿Su propia persona? Y sonrió con tristeza.

En el corredor resonaban los gruesos zapatos del olvidado jorobadito, que iba en busca del lecho, donde Flores tardaría poco en arrullarlecon sus solecismos y letanías bárbaras. La madre suspiró. ¿Y aquel ser, aquel ser que no tenía más sostén que ella? ¿De qué viviría? Cuando su madre, arruinada del todo, no le pudiese dar ni cama, ni alimento ¿qué mudo y continuo reproche sería para ella la presencia del infeliz? Y ¿cómo le hacía trabajar?...

¡Trabajar! Esta palabra le recordó algunos planes, ya madurados en esas noches de desesperación é insomnio en que pasamos revista á nuestra vida entera y trazamos nuevas combinaciones y recorremos mentalmente todos los caminos posibles... Claro está que Minguitos no servía para el trabajo material de la tierra, ni para hacer zapatos, ni para moler chocolate como aquel buen mozo de Ramón; pero sabía leer y escribir, y en cuentas, con poco que Leocadia le repasase, sería un prodigio... Estar detrás de un mostrador no mata á nadie: atender al que llega, contestarle, cobrar, apuntar lo vendido, más son ocupaciones divertidas y que espacían el ánimo, que labores molestas... ¡Así se distraería el jorobadito, y perdería un poco el horror á la gente, el miedo á que se riesen de él!

Dos años antes, Leocadia habría insultado á quien le propusiese apartarse de su niño, robarle el calor de sus brazos amantes. ¡Ahora, la soluciónde hacer de él un dependientito de comercio le parecía tan sencilla y natural! Algo, sin embargo, latía aún en el fondo de su corazón de madre; unas fibrillas muy pegadas todavía al alma, que sangraban, que dolían... Á arrancarlas pronto. Todo era por bien del chico, por hacerle hombre, para que hoy ó mañana...

Celebró Leocadia dos ó tres conferencias con Cansín, que tenía en Orense un primo, dueño de un establecimiento de paños; y Cansín, encareciendo mucho su alta influencia y la importancia del favor, dió á la maestra una carta de recomendación eficaz. Fué Leocadia á la capital, vió al patrón, y estipularon las condiciones de la admisión de Minguitos. Le mantendrían, le lavarían la ropa, y le harían algún traje de los retales de paño que quedasen por el almacén... Pagar no le pagarían nada, hasta que supiese bien el oficio, allá á la vuelta de un par de años... ¿Y era muy jorobado? porque eso le gusta poco á la clientela... ¿Y era honradito? Nunca le había cogido á su madre dinero de los cajones, ¿verdad?

Leocadia volvió con el alma empapada en acíbar. ¿Cómo se lo decía á Minguitos y á Flores? ¡Sobre todo á Flores! Imposible, imposible: armaría un escándalo que alborotase á la vecindad... Y había prometido llevar á Minguitossin falta á su puesto el lunes próximo... Ideó una estratagema. Afirmó que estaba en Orense una parienta suya, y que le llevaba el niño para que le conociese: pintó la expedición con risueños colores, á fin de que Minguitos creyese que iba á divertirse... ¿No tenía ganas de ver otra vez á Orense? Pues es un pueblo magnífico: ella le enseñaría las Burgas, la Catedral... El niño, con su horror instintivo á los sitios públicos, al trato con hombres, meneaba tristemente la cabeza; y en cuanto á la vieja criada, como si algo rastrease, estuvo furiosa toda la semana. Cuando llegó el domingo y se metieron madre é hijo en el coche, al subir al estribo, Flores se arrojó al cuello de Minguitos y le dió un abrazo trémulo y senil de abuela chocha, babándole el rostro con el besuqueo de sus arrugados labios... Después se pasó el día sentada en el umbral de la casa, murmurando en alta voz palabras de sorda cólera ó de cariñosa lástima, apretándose la frente con ambas manos, en desesperado ademán.

Leocadia, ya en el coche, trató de convencer á su hijo y le describió la buena vida que le esperaba en aquel precioso establecimiento, situado en lo más céntrico de Orense, tan entretenido, donde tendría poco trabajo y la esperanza de ganar, hoy ó mañana, algún dinerito suyo...Á las primeras palabras, el niño fijó en su madre los ojos atónitos, en los cuales, poco á poco, la inteligencia se abrió paso... Minguitos solía comprender á media palabra. Bajó la cabeza y, arrimándose á su madre, se recostó en su regazo. Como callaba, Leocadia le preguntó:

—¿Qué tienes? ¿Te duele la cabeza?

—No... déjame dormir así... un poquito... hasta Orense.

Permaneció, en efecto, quieto y callado y al parecer, dormido, acunado por el traqueteo del coche y el ruido ensordecedor de los cristales. Al llegar á la ciudad, Leocadia le tocó en el hombro:

—Ya estamos...

Saltaron del coche y sólo entonces notó Leocadia que tenía el regazo húmedo y que allí donde se había apoyado la frente del niño, resbalaban sobre el merino negro dos ó tres irisadas gotas de agua... Pero al verse entre gente desconocida, en el lóbrego almacén, abarrotado de piezas de paño oscuro, la actitud del jorobado dejó de ser resignada: cogióse á su madre con desesperado impulso, exhalando un solo grito, resumen de todas sus quejas y afectos:

—¡Maaamá... maaamá!...

Aquel grito aún lo oía dentro de su corazón Leocadia cuando, de regreso á Vilamorta, vióá Flores que la acechaba en la puerta. Acechar es la palabra exacta, pues Flores se lanzó sobre ella como un perro de presa, como una fiera que reclama y exige su cría. Y lo mismo que el hombre furioso arroja contra su adversario cuanto á mano encuentra, así Flores derramó sobre Leocadia toda clase de denuestos, de bárbaras y desatinadas injurias, gritándole con su voz balbuciente de vejez y odio:

—¡Ladrona, ladrona, infame! ¿Dónde tienes á tu hijo, ladrona? ¡Anda, borracha, mala mujer, anda á beber licores... y tu hijo puede ser que se esté muriendo de hambre! Perdida, loba, falsa, ¿y el chiquillo? ¿Dónde está, ángel de Dios? ¿Dónde lo tienes, bribona, que rabiabas por librarte de él para quedarte con el otro señorito de morondanga? ¡Loba, loba, que aun las lobas quieren á los hijos! ¡Loba, lobona... si tuviese un fusil, tan cierto como estoy aquí que te cazaba con perdigones!

Pálida, con los ojos enrojecidos, Leocadia extendió las manos para tapar la boca á la frenética vieja: pero ésta, con sus desdentadas encías, apretó aquellas manos, dejando en ellas la baba de su cólera; y mientras la maestra subía la escalera, la vieja iba detrás, fatídica, murmurando en voz sorda:

—Nunca bien te ha de querer Dios, loba...Dios te castigará y la Virgen Santísima... Anda, anda, regodéate porque hiciste tu voluntad... Maldita seas, maldita seas... maldita, maldita...

La maldición estremeció á Leocadia... La casa, con la ausencia de Minguitos, parecía un cementerio: Flores no había preparado comida, ni encendido luz... Leocadia, sin ánimos para hacerlo, se echó en la cama vestida, y más tarde se desnudó y acostó sin probar bocado.


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