III.

III.

Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.

Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá había una mesita.

La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.

Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.

En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así éste daba menos que hacer; había cesado por completo dearreglar el cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el joven despertó.

—Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te, ¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!

El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia, le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.

—¿Me lo envía la patrona?

—No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.

La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la mesa dos terroncitos de azúcar morena.

—Anastasia, toma este dinero—dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)—, y haz el favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería y tráete un poco de embutido barato.

—En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no sería mejor que tomases un poco dechatchi? Se hizo ayer y está muy rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy bueno.

Fué a buscar elchatchi, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo que era, como una campesina.

—Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.

El rostro del joven se alteró.

—¡A la policía! ¿Por qué?

—Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.

—¡Demonio, no me faltaba más que esto!—dijo entre dientes—. No podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta—añadió en alta voz—. Iré a verla y le hablaré.

—Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué ahora no haces nada?

—Sí que hago—respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.

—¿Qué es lo que haces?

—Cierto trabajo...

—¿Qué trabajo?

—Medito—respondió seriamente después de una pausa.

Anastasia se echó a reír.

Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.

—¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?—preguntó cuando pudo hablar.

—No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse. Además, desprecio ese dinero.

—Quizás algún día te pese.

—Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos cuantos kopeks?—siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien a sí mismo que a su interlocutora.

—¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?

Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante algunos momentos.

—Sí, una fortuna—dijo luego con energía.

—¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?

—Como quieras.

—¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.

—¡Una carta para mí! ¿De quién?

—No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He hecho bien, ¿no es cierto?

—¡Tráela, por amor de Dios, tráela!—exclamó Raskolnikoff muy agitado—. ¡Señor!

Un minuto después la carta estaba en sus manos.

No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía violentamente el corazón en aquel momento.

—Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor de Dios!, vete en seguida.

La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas por ambos lados.

«Mi querido Rodia—decíale su madre—. Dos meses ha que no te escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.

»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año! Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara de lo que me había prestado.

»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero; por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.

»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos, lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la deuda.

»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón que tiene.

»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente, puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.

»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir la discordia en la familia.

»El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha. Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y, finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin dejarle tiempo aun para hacer la maleta.

»Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y siete verstas en compañía de unmujik[8], en un carro sin toldo. Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido. Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras, murmuraba la gente con aire despreciativo.

»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!

»La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia. Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.

»Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.

»Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosaque me apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder, a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no podías juzgar con conocimiento de causa.

»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin, un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera que no puede perder tiempo.

»Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas apariencias pueden ser engañosas.

»Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre, si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se rectifican difícilmente.

»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.

»Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado, por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque de escasa instrucción—me ha dicho—, es inteligente, y parece bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará como un deber el corresponderle.

»Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote, y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido un bienhechor.

»No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación; evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación, Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana que había tomado su resolución.

»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás, bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se realizase!

»Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor especial de la divina Providencia.

»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz! A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más, cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.

»A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo, su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.

»Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado, es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.

»Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final. Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos, y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días. Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría te estrecharé entre mis brazos!

»Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte; y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella, demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable, y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.

»Te mandaré, pues, dentro de unosdías 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a esa capital sin ningún kopek.

»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.

»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.

»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.

»Tuya hasta la muerte.

Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo. Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último, se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.

Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero, según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aunmonologueabaen alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos lo creían borracho.


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