III.

III.

Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas: ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo; querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación; todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su enfermedad habían ocurrido en un solo día; peroaquello,aquellolo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por completo el uso de sus sentidos.

Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser unartelchtchit[13].

Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó un poco.

—¿Quién es, Anastasia?—preguntó, señalando al joven.

—¡Ha vuelto en sí!—dijo la criada.

—¡Ha vuelto en sí!—repitió elartelchtchit.

Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones. Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros, curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era, además, excesivamente pudorosa.

—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff dirigiéndose alartelchtchit.

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta estatura.

—¡Vaya un camarote de barco!—exclamó al entrar—. Siempre doy con la cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama unahabitación! ¡Vamos, amigo mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!

—Sí, ha recobrado el sentido—repitió como un eco el dependiente, sonriéndose.

—¿Quién es usted?—interrogó bruscamente Razumikin—. Yo me llamo Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!

—Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para cierto asunto...

—Siéntese usted en esta silla—dijo Razumikin ocupando él otra al lado opuesto de la mesa—. Has hecho muy bien en recobrar el conocimiento—añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff—. Cuatro días hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente, y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste gravedad ninguna.

—¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero abusar de su tiempo—añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al empleado—. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte, Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?

—El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la casa.

—Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?

—Sí. Es un hombre de más capacidad.

—¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.

—Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle—dijo el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff—. Si posee usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del envío de esa cantidad.

—Sí; me acuerdo... Vakruchin...—dijo Raskolnikoff, procurando hacer memoria.

—¿Quiere usted firmarme el recibo?

—Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?—dijo Razumikin.

—Sí, aquí está.

—Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el dinero es la miel de la humanidad.

—Yo no tengo necesidad de dinero—dijo Raskolnikoff, rechazando la pluma.

—¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?

—No firmo.

—¡Pero si tienes que dar un recibo!

—No tengo necesidad de dinero.

—¿No tienes necesidad de dinero?—repitió Razumikin—. Amigo mío, faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto... Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará. Vamos, ayúdeme usted.

—No; puedo volver otra vez.

—De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este señor... ya ves que te espera.

Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.

—Deja; lo haré yo solo—dijo éste.

Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y se marchó.

—¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?

—Sí—respondió Raskolnikoff.

—¿Hay sopa?

—Algo queda de ayer—respondió Anastasia que no había salido de la habitación durante toda esta escena.

—¿Sopa de arroz con patatas?

—Sí.

—Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.

—Bueno.

Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido. Resolvió callarse y esperar.

—Me parece que no deliro—pensaba—; todo esto es muy real.

Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía largo tiempo; hasta el mantel era limpio.

—Anastasia—dijo Razumikin—, Praskovia Pavlovna no haría mal en enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni gota.

—De nada te privas—murmuró la criada y fué a hacer el encargo.

El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención. Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas; pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.

En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.

—¿Quieres te?

—Sí.

—Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está la cerveza.

Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.

—Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa—murmuró con la boca llena—. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey; me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha. Anastasia, ¿quieres cerveza?

—¿Te burlas de mí?

—¿Pero un poco de te sí tomarás?

—Eso sí.

—Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.

Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de preocuparle.

—Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para preparar la bebida a Raskolnikoff—dijo Razumikin volviendo a sentarse en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.

—¿Y dónde va a buscar la frambuesa?—preguntó Anastasia que, teniendo el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través del azúcar».

—Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían olvidado tus nuevas señas, porla sencilla razón de que no las había sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación de tu domicilio. Estás inscrito allí.

—¿Que estoy inscrito?

—¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con eldvornik, con Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin, con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a Anastasia.

—Por fuerza la has embrujado—murmuró la criada con una sonrisa maliciosa.

—Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres? ¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?

—Sí—balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.

No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.

—¿Verdad que sí?—exclamó Razumikin—. ¿No es una mujer muy inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan. Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual, porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y, naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que tu madre pagaría...

—He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida—dijo Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.

—Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar. Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a eseTchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise, para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora, no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.

—¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?—preguntó Raskolnikoff, después de una pausa.

—Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre todo cuando he venido con Zametoff.

—¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó los ojos en Razumikin.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío; maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio. ¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...

—¿He disparatado mucho durante mi delirio?

—Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.

—¿Qué es lo que decía?

—¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para ocuparnos en nuestros asuntos.

Y así diciendo se levantó tomando su gorra.

—¿Qué es lo que decía?

—¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto? tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la cuestión, pero has hablado mucho de unbulldog, de pendientes, de cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de undvornik... ¡qué sé yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas... Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas! Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto. Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.

—¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?—dijo la sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el estudiante.

Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados, pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté restablecido paraquitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace un minuto.»

Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad. Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff no había podido notar nada.

—¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?—murmuraba Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá—. ¿Qué pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas. Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...? También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.

Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se quedó profundamente dormido.

Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y permanecía de pie en el umbral.

Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de un hombre que trata de recordar algo.

—Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el paquete—gritó Razumikin a la criada que estaba abajo—; voy a darte mis cuentas.

—¿Qué hora es?—preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una mirada inquieta.

—¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.

—¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!

—¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casade Zametoff; había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?

—Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí, Razumikin?

—Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te despertases.

—No hablo de ahora sino de antes.

—¿Cómo de antes?

—¿Desde cuándo vienes a esta casa?

—Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?

Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.

—¡Hum!—dijo éste—; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido amigo—y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto de todas sus preocupaciones—. Esto, amigo mío, es lo que más me interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por arriba. ¿Ves esta gorra?—dijo, sacando del envoltorio una muy decente, aunque ordinaria y de poco valor—. ¿Me dejas que te la pruebe?

—No, ahora no, más tarde—contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo con un gesto de impaciencia.

—Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!—exclamó con aire de triunfo después de haberle probado la gorra—. Cualquiera diría que te la han hecho a la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?—dijo encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.

—¿Dos grivnas?—respondió Anastasia.

—¡Dos grivnas! ¿Estás loca?—gritó Razumikin—. Ahora por dos grivnas no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy orgulloso de él—y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza de ligera tela de verano—. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano. Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de balde.

—Pero acaso no le vengan—observó Anastasia.

—¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?—replicó Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y agujereada—. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca, porque tu enfermedad está en tu camisa...

—Déjame, no quiero—respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.

—Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles? Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame—y a pesar de la resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.

El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante dos minutos.

—¿No me dejarán tranquilo?—pensaba—. ¿Y con qué dinero se ha comprado todo esto?—preguntó en seguida, mirando a la pared.

—¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?

—Sí, ya me acuerdo—dijo Raskolnikoff después de haberse quedado pensativo y sombrío.

Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.

—¡Zosimoff! ¡Por fin!—gritó alegremente Razumikin.


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