IV.
Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El joven encontró, no sin trabajo, aldvornik, y obtuvo de él vagas indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento maquinal.
—¿Quién hay aquí?—preguntó una voz de mujer.
—Soy yo. Vengo a ver a usted—replicó Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.
Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado candelero de cobre.
—¡Es usted! ¡Dios mío!—dijo débilmente Sonia, que parecía no tener fuerzas para moverse de su sitio.
—¿Es éste su cuarto?—y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la estancia.
Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, como si se hallase delante del árbitro de su destino.
—Vengo a casa de usted por última vez—dijo tristemente Raskolnikoff como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la joven—. Quizás no nos volveremos a ver.
—¿Va usted a marcharse?
—No sé... mañana, todo...
—¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?—dijo Sonia con voz temblorosa.
—No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido para decirle dos palabras.
Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado mientras que ella permanecía derecha.
—¿Por qué está usted en pie? Siéntese—dijo con voz dulce y acariciadora.
La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos y casi enternecidos.
—¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
Le tomó la mano.
Sonia se sonrió débilmente.
—Siempre he sido así—dijo.
—¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
—Sí.
—Es claro—dijo bruscamente.
Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en el sonido de su voz.
Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
—¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
—Sí.
—¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
—Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
—¿No tienen más que una sala para todos?
—Nada más.
—Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche—observó el joven con aire sombrío.
—Mis patrones son buenas personas, muy amables—respondió Sonia, que parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu—, y todo el mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos son tartamudos.
—¿Son tartamudos?
—Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan claro.
—Lo sabía.
—¿Que lo sabía usted?—exclamó Sonia sorprendida.
—Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de rodillas delante de la cama de usted.
Sonia se turbó.
—Creo haberle visto hoy—dijo titubeando.
—¿A quién?
—A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
—¿Paseaba usted?
—Sí...—murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
—¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre?
—¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No—exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto.
—¿De modo que usted la quiere?
—¿Cómo no?—repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad—. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera!
Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.
—¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría usted, y ella no haría nada de injusto.
—Y usted, ¿qué va a hacer?
Sonia le interrogó con la mirada.
—Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
—No sé—respondió la joven tristemente.
—¿Van a quedarse donde están?
—No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha de permanecer un momento más en aquella casa.
—¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
—¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros intereses son los mismos—replicó vivamente Sonia, cuya irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un pajarillo—. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?—añadió, animándose cada vez más—. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! ¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
—Vamos, se comprende después de esto que usted viva así—dijo Raskolnikoff con amarga sonrisa.
—Y usted, ¿no tiene piedad de ella?—exclamó Sonia—. Usted mismo, lo sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío!¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
—¿Ha sido usted dura con ella?
—Sí; yo, yo. Fuí a verla—continuó llorando—y mi padre me dijo: «Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme», le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel, la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos, con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía, no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no le interesa.
—¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
—Sí... ¿La conocía usted también?—preguntó Sonia un poco asombrada.
—Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto—dijo Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
—¡Oh, no, no!
Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven, como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
—Sería mejor que se muriese.
—No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
—¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede tenerlos a su lado?
—¡Oh, no sé!—exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la cabeza con las manos.
Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
—Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué sucederá entonces?—prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
—¿Cree usted que es imposible?—repuso él con sonrisa sarcástica—. Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños quedarán sin amparo.
—¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!—exclamó Sonia con voz ahogada.
Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la desgracia que el joven predecía.
Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.
—¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando lleguen los días tristes?—preguntó deteniéndose delante de ella.
—No—murmuró Sonia.
—No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?—añadió con cierta ironía.
—Sí.
—¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es preguntarlo.
Y volvió a pasearse por la habitación.
—Y... ¿no gana usted dinero todos los días?—preguntó al cabo de otro minuto de silencio.
Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
—No—respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
—La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted—dijo el joven bruscamente.
—No, no; ¡eso es imposible!—exclamó Sonia, herida en el corazón por aquellas palabras como por una puñalada—. Dios... Dios no permitirá semejante abominación.
—Otras permite.
—No, Dios la protegerá—repitió enfáticamente Sonia.
—¿Y si no hay Dios?—replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se echó a reír mirando a la muchacha.
La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en sollozos, tapándose la cara con las manos.
—¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de usted lo está también—dijo Raskolnikoff después de una pausa.
Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose, de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel momento parecía, en efecto, la de un demente.
—¿Qué hace usted? ¡A mí!—balbució Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente oprimido.
El joven se levantó en seguida.
—No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el sufrimiento humano—dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos en la ventana—. Escucha—prosiguió, acercándose a ella un momento después—; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a tu lado.
—¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!—exclamó Sonia asombrada—. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
—Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable—continuó diciendo Raskolnikoff con emoción creciente—; pero lo eres, sobre todo, por haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo (puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero dime—añadió exaltándose cada vez más—, ¿cómo con las delicadezas de tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua y acabar de una vez!
—¿Y qué sería de ellos?—preguntó débilmente Sonia, levantando hasta él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno asombrada del consejo que se le daba.
Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación, había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna, la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional; pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual, relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el manicomio o el embrutecimiento.»
Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible», exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer un pecado y el interés que tiene porellos. Si aun no se ha vuelto loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
—¿De modo que ruegas mucho a Dios?
Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
—¿Qué sería de mí sin Dios?—dijo en voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le estrechó la mano con fuerza.
«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
—Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?—preguntó, deseoso de esclarecer por completo sus dudas.
Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le dilataba el pecho con la emoción.
—¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!—exclamó, mirándole con cólera.
«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
—El lo hace todo—murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está loca!», repetía para sí.
Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
—¿Quién te ha dado esto?—preguntó a Sonia desde el otro lado de la habitación.
La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
—Me lo han prestado.
—¿Quién?
—Isabel; se lo pedí yo.
«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
Todo en casa de Sonia tomaba a susojos un aspecto más extraordinario. Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
—¿En qué parte habla de Lázaro?—preguntó bruscamente.
Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. Se había separado un poco de la mesa.
—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
—No está ahí... Está en el cuarto Evangelio—dijo secamente sin moverse de su sitio.
—Busca ese pasaje y léemelo—dijo, y después se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire sombrío, se dispuso a escuchar.
Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó el libro.
—¿Acaso no lo ha leído usted nunca?—preguntó, mirando al joven de soslayo.
—Sí... en mi niñez.
—¿No lo ha oído usted en la iglesia?
—Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
—No—balbució Sonia.
Raskolnikoff sonrió.
—Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
—Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa deRequiem.
—¿Por quién?
—Por Isabel; la mataron a hachazos.
Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza se le iba.
—¿Tratabas a Isabel?
—Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?
«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la locura»—pensó—. ¡Lee!—gritó de repente con acento irritado.
Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la pobre «loca».
—¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?—murmuró con voz ahogada.
—Quiero que leas—insistió él—; bien le leías a Isabel...
Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de leer y no pudo articular la primera sílaba.
«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido.
Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía, sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos, no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer, sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.
«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús—: Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»
La joven hizo aquí una pausa paratriunfar de la emoción que hacía temblar de nuevo su voz...
«Dícele Jesús—: Tu hermano resucitará. Marta dijo—: Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús:Yo soy la resurrección y la vida; el que crea en Mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»
(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)
«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo.»
Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear, apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó leyendo hasta el versículo 32.
«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le dijo—: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y turbóse y dijo—: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron—: Señor, ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces—: Mirad cómo le amaba; y algunos dijeron—: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriese?»
Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también, dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.
«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús—: Quitad la piedra. Marta, hermana del muerto, le dice—: Señor, hiede ya, que es de cuatro días.»
Sonia subrayó la palabra cuatro.
«Jesús la respondió—: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta—: ¡Padre mío, gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz—: ¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús—: Desatadle y dejadle ir.
»Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El.»
La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se levantó.
—Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro—dijo en voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.
Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se levantó y se acercó a Sonia.
—He venido para hablarte de una cosa—dijo en alta voz, frunciendo el entrecejo.
La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza particular, expresaba una resolución feroz.
—Hoy—prosiguió—, he renunciado a todo género de relaciones con mi madrey con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre los míos y yo está ya consumada.
—¿Por qué?—preguntó asombrada Sonia.
Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una especie de terror.
—Ahora no tengo en el mundo más que a ti—respondió él—. Partamos juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos juntos.
Le relampagueaban los ojos.
«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.
—¿A dónde iremos?—preguntó espantada, e involuntariamente se interrumpió.
—¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.
Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente desgraciado.
—Nadie te comprenderá si tú le hablas—prosiguió él—; pero yo te he comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.
—No comprendo...—balbució Sonia.
—Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso, pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.
—¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?—repuso Sonia extrañamente turbada por tal lenguaje.
—¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de Poletchka, ¿no es cosa segura?
—¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?—repitió llorando Sonia y retorciéndose las manos.
—¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante, ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto. Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.
—Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?—preguntó la joven helada de espanto.
—Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco; pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le iba la cabeza.
—Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus palabras? ¡Qué extraño es!
Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.
—¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin mí... ¡Oh Señor!
Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, quepertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente, el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante una hora por lo menos.