V.
Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo recorriendo tabernas ytraktirs. Habiendo encontrado a Katia le pagó las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada, y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda. Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto de aquella operacióncomercial. Por último, se averiguó que el objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron asustados.
Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
—Sofía Semenovna—empezó a decir—, quizá me vaya a América, y, como según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente (Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de este modo.
—Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y conmigo—balbuceó Sonia—, que aunque apenas le haya dado a usted las gracias no crea usted que...
—Bueno, basta; basta...
—En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
—Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su interlocutor.
—No se inquiete usted—prosiguió Svidrigailoff—. Lo he oído todo de sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto. Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero. Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho. Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante. Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta; pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
—¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo tan malo?
—Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin; dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide usted.
Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un sentimiento de temor.
La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas. Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo, saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio, y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre lahigh-lifeparisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo, por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla, y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las madres.
A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz. Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la escalera; era el único disponible.
—¿Hay te?—preguntó Svidrigailoff.
—Puede hacerse.
—¿Qué hay además?
—Carne, aguardiente, entremeses.
—Tráeme carne y te.
—¿No quiere usted nada más?—preguntó con algo de vacilación el camarero.
—No.
El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel—pensó Svidrigailoff—; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino. Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura del tabique.
En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa, era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz plañidera:
—Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro, Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo «si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
«Mejor sería, por esta vez, estar bien»—se dijo sonriendo.
La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón yllenaba todo el cuarto olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera querido fijar en algo su imaginación.
«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio de la tempestad y de las tinieblas!»
Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky, había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie sobre el puente, contemplaba el río.
«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»—pensó, y de repente una idea extraña le hizo sonreír.
«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables... Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están acostados»—añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes había tenido con la joven.
«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie; jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe adónde habría llegado!»
Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de lo oprimido que tenía el corazón.
«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el viento continuaba silbando en el exterior.
«Esto es insoportable»—se dijo con cólera.
Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
«Más vale no dormir»—se dijo.
Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio... En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff, tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas, como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma, había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba, sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes, ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación, grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría noche de deshielo.
Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana. Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales, exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas; pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos, Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos cañonazos.
«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!—pensó—. Esta madrugada los barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora es?»
En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió tres campanadas.
«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar la cuenta y dejar en seguida la posada.
«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato, comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?» Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota». Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada. Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia. Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad, y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada, tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos, tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco. Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha. La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado, Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
«¿Qué me importa a mí eso?—se dijo con un movimiento de cólera—.¡Qué tontería!»
En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes el hotel.
«¡Bah! ¡una granujilla!»—dijo, lanzando una blasfemia en el instante en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
«Es el color de la fiebre—pensó Svidrigailoff—. Cualquiera diría que ha bebido.»
Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta, de unacocottefrancesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen... Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban lujuria.
«¡Cómo! ¿a los cinco años?—murmuraba, preso de un verdadero espanto—. ¿Es posible?»
Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los brazos.
«¡Ah, maldita!»—exclamó con horror Svidrigailoff.
Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no estaba encendida; amanecía.
«He tenido una pesadilla.»
Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado. Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato. Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación: un instante después estaba en la calle.
Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera, veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas, con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas. Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la vista una torre.
«¡Bah!—pensó—; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un testigo.»
Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
—¿Qué quiere usted?—preguntó, siempre arrimado a la puerta.
—Nada, amigo mío; ¡buenos días!—respondió Svidrigailoff.
—Siga usted su camino.
—Voy al extranjero.
—¿Cómo al extranjero?
—A América.
—¿A América?
Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
—¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
—¿Por qué no?
—Porque éste no es sitio.
—No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di que me he ido a América.
Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
—¡Aquí no se puede hacer eso!—replicó el soldado abriendo desmesuradamente los ojos.
Svidrigailoff oprimió el gatillo.