VI

Se detuvo estremeciéndose y se ocultó el rostro entre las manos. Un sollozo sin lágrimas sacudió todo su robusto cuerpo.

En seguida dijo:

—Tío, quisiera—no puedo pensar en ello, me hace perder la razón,—me parece... que es necesario que con mis manos destruya todo lo que me rodea, que lo haga pedazos todo.

—Sin embargo, es necesario que reunas tus ideas, amigo mío—dijo el doctor,—y que me cuentes todo, punto por punto; sólo de ese modo podremos aclarar este enigma.

El silencio reinó en la habitación obscura. El anciano temblaba de pies a cabeza; veía la silueta de aquel cuerpo vigoroso destacarse negra sobre el fondo claro de la ventana; veía los movimientos del pecho que subía y bajaba alternativamente, que silbaba y gemía como un volcán; sentía el hálito ardiente de la respiración de Roberto en su rostro.

—Reúne tus ideas, amigo mío—repuso suavemente.

El joven luchaba por tomar una determinación. Al fin, volviendo a encontrar su energía, se enderezó y dijo:

—«Pues bien, tío, vas a saberlo todo... Desde el día en que Olga rechazó mi pedido tan altiva y fríamente, no me había vuelto a encontrar con ella. Sin duda continuaba yendo como antes a la granja, para ocuparse del niño y de la casa, ya entonces sabía que lo hacía por amor a Marta y no por mí, pero había como un acuerdo tácito entre nosotros para evitarnos. Ella elegía las horas en que sabía que yo estaba afuera, en los campos o en los establos, y yo no volvía a casa antes de haberla visto desaparecer detrás del portón.

»El martes tuve imperiosamente que salir para ir a los campos. Media legua más allá de la ciudad, a causa del mal estado del camino, el eje se rompe. Como no había llevado cochero y no alcanzaba a ver alma viviente, monto en el caballo con arneses y todo, y vuelvo a casa en busca de ayuda. En el patio, el mayordomo me dice que hacía rato que la señorita se había marchado. Comenzaba ya a caer la noche.

—»Muy bien, no hay ningún peligro, pienso, y entro en la casa.

»En el momento en que abro la puerta de la sala, distingo en el crepúsculo una sombra que se desliza precipitadamente hacia afuera.

—»¿Quién puede ser?—me digo.

»Y la sigo.

»En el cuarto del niño, ¿a quién encuentro? A ella, muy ocupada en correr el cerrojo de la puerta del corredor, que, como sabes, está siempre cerrada para evitar la corriente de aire. Espantado, quiero retirarme; imposible; me siento completamente paralizado. Al verme, ella se detiene, y, como sobrecogida de vergüenza, se oculta el rostro entre las manos.

»Entonces, tío, me siento atraído, voy a precipitarme hacia ella; pero me contengo a tiempo al pensar en quién es ella y quién soy yo.

»Veo que sus manos tiemblan.

—»No tienes por qué enojarte, Olga—le digo balbuciendo,—no he querido causarte un desagrado. Si estoy aquí es por casualidad; en lo sucesivo tomaré mis medidas para que no vuelvas a encontrarme.

»Entonces deja caer sus manos y me dirige una mirada tal, que me siento estremecer. Marta nunca me miró así—pienso.—Quiero hablar, pero no encuentro las palabras, tan turbado y sobrecogido estoy. Su elevada estatura se alza delante de la puerta, como si allí quisiera buscar un amparo contra mí. Yo oía su respiración oprimida. Por fin reúno todo mi valor.

—»Olga—digo,—ha sido presunción de mi parte el atreverme a tenderte la mano: sé muy bien que no soy digno de ti, te suplico desde el fondo del corazón, olvídalo, yo nunca te lo recordaré.

»Y en ese instante, tío—¿cómo pintarte lo que pasó?—déjame un instante... ¡el recuerdo!... Pero ¿para qué? seré fuerte, querido tío, voy a dominarme.

»En ese instante, ella se precipita hacia mí, me rodea con sus brazos y me cubre el rostro de besos; después, de improviso, cae con un suspiro, y allí se queda desplomada a mis pies, como herida por un rayo. Y yo, como en un sueño, la miro fijamente.

—»No es posible—me grita una voz,—es una locura; ¡tú apenas te atrevías a alzar los ojos hacia ella como hacia una divinidad, y ella es quien ahora se arroja al cuello de un hombre que no la merece!

»Tenía miedo de tocarla; sin embargo, fue necesario que la levantara, y cuando la tuve en mis brazos, se puso a sollozar amargamente, como si hubiera querido llorar hasta morir.

—»Olga, ¿por qué lloras?—le digo.—Todo queda arreglado ahora.

«Pero he ahí que yo también, gran tonto, me pongo a llorar como un niño.

—»Perdóname, Roberto—dice su voz en mi oído.—Mucho te he hecho sufrir, pero nunca más lo haré, nunca más.

—»¿Y ahora me amarás?—pregunto, pues todavía no puedo creerlo.

—»¡Oh, Roberto! ¡Roberto! ¡Te amo! ¡Oh, sí! ¡Te amo más que a todo en el mundo!—y oculta su rostro en mi hombro.

»Sí, tío, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con sus rubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una pregunta se me presenta: ¿es ésta la misma Olga que, hace ocho días, se volvía tan pálida y tan altiva, mientras que, humilde y tímido, tú implorabas su consentimiento?

»Y le digo entonces:

—»Olga, ¿cómo has podido torturarme así? ¿Acaso he cambiado en tan poco tiempo?

»La veo ponerse más blanca que el yeso que cubre la pared y su voz murmura en mi oído:

—»¡Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!

»Y una angustia nace en mí; quizás la perderé mañana como la he conquistado hoy.

—»Olga—le digo,—si eres tan inconstante en tus resoluciones, quién me responderá de que...

»Me interrumpo, pues la expresión de su rostro me impone silencio. Ella se desprende de mis brazos y se deja caer en una silla.

—»Puesto que quieres saber—me dice, fijando los ojos en el suelo, como sumida en una meditación sombría,—me ha faltado el valor, he dudado de tu amor y creído que me harías sentir que no te llevaba más que mi pobreza.

»Pero su mentira, como una llamarada, le enrojece la frente.

—»¡Olga!—exclamo.—¿Has podido pensar eso de mí? ¿No te acuerdas?...

»Y lo que le recordé fue cierta noche, en casa de su padre, cuando fui a pedir la mano de Marta y en que estuve a punto de retirarme tristemente con una negativa, pues Marta quería sacrificarse y sacrificar su dicha, para que yo pudiera elegir a otra. Y entonces, ella, Olga, en medio de la noche, había ido a buscarme y me había abierto los ojos, a mí, pobre insensato y ciego, diciéndome palabras, palabras llenas de desprecio por el dinero y que habían sonado en mis oídos como el canto de triunfo del amor. Se las repetí textualmente, pues cada una de ellas se había grabado en mi alma, inolvidable: «Así, pues, en otros tiempos te sentías llena de valor, de grandeza de alma cuando hablabas por Marta, y ahora que se trata de ti...»

»Y al gritarle esto la miraba de frente, tío. Ella se esforzaba en sonreír, y sonreía constantemente; pero esa sonrisa se heló en sus labios y de repente la vi desplomarse como una mole, sin sentido.

»Mucho trabajo me costó hacerla volver en sí, pues no quería llamar a nadie en mi ayuda. Un buen cuarto de hora permaneció tendida en el suelo, más o menos como está ahora, luego abrió los ojos y me examinó por largo rato en silencio con una expresión tan dolorosa, tan cansada y desesperada, que la angustia y la inquietud me invadieron. Después juntó las manos y me dijo en voz baja y suplicante:

—»Dame tiempo, Roberto; he presumido demasiado de mis fuerzas; es necesario que me acostumbre a esta idea.

»Pero me sentía tan embargado por mi reciente dicha, por una alegría tan loca, que creía poder obligarla por fuerza a ser ella también dichosa.

—»¡Si nos amamos, Olga—le grito,—y si nuestra querida muerta aprueba este amor, yo quisiera ver si alguien podría censurarlo! Alégrate, pues, querida niña, recupera tu valor.

»Pero ella no tenía alegría ni valor. Y sólo ahora, ahora que está muerta, comprendo claramente hasta qué punto se sentía miserable y quebrantada, allí tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente se mostraba para sí y para los demás tan altiva y estricta. Era como si algún prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte íntimo de la vida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada veía, nada quería ver. Y continuaba animándola con todas las palabras consoladoras que podía encontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra—a veces me aprobaba con un movimiento de la cabeza—y una sonrisa que expresaba tristeza y cansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribuía yo a la emoción violenta del momento y a los pesares de los últimos años; debían presentarse en su alma con una intensidad tanto más grande, cuanto que sentía apuntar para ella una nueva felicidad que iba a borrarlos para siempre.

—»Y nuestra primera visita, Olga—le digo,—será al cementerio. Cuando hayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o la malevolencia del mundo entero, no tendrán ya por qué inquietarnos.

»Ella dejó caer las manos que cubrían su rostro, y, mirándome con ojos dilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:

—»¿Al cementerio... conmigo?

—»Sí, contigo—repliqué,—y en seguida, si lo quieres.

»Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y, con voz singularmente alterada, replicó:

—»Tén paciencia hasta mañana, mañana haré lo que quieras.

—»Sí, mi niña muy amada—le digo entonces,—y de aquí a mañana desecha tus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros no la olvidaremos, ciertamente. ¿Y el común dolor que nos causa su pérdida, no debe unirnos más estrechamente para toda la vida? Su imagen no nos abandonará, ¿y no crees que ella bendeciría nuestra unión desde el fondo de su corazón, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? ¿No nos ha legado al niño para que juntos velemos por él y que nunca lo confiemos a gente extraña?

»Entonces se dejó caer de rodillas delante de la cuna en que la débil criatura dormía con el sueño de los bienaventurados y apoyó la frente sobre su cabecita.

»Así permaneció por largo rato sin que yo intentara perturbarla.

»Cuando se levantó, su rostro había vuelto a tomar esa serenidad impasible que siempre le habíamos conocido hasta entonces. Me tendió la mano diciéndome:

—»Vete, amigo mío, déjame sola.

»Y me alejé, pues quería complacerla en todo; ni siquiera la tomé en mis brazos.

»Un cuarto de hora después, la vi cruzar el patio. Yo la acechaba desde mi ventana, pero ella no volvió la cabeza.

»Al día siguiente por la mañana... tú sabes, querido tío, cómo la encontré; y en aquel instante se descargó sobre mí un rayo. Podré encanecer y envejecer, ese momento me ha quitado para siempre toda alegría; helará para siempre toda sonrisa en mis labios. Pero por lo menos podría vivir todavía; podría arrastrar todavía esta miserable existencia para que el niño no se viera privado de la mezquina parte de felicidad a que tiene derecho; pero para eso sería necesario que yo supiera una cosa, que me viera libre de un espantoso tormento; de lo contrario, es imposible. Con la mejor voluntad del mundo, es imposible; si no fuera así, me consumiría vivo. Es necesario que alguien venga, aunque sea de ultratumba, a decirme por qué ha muerto Olga.»

** *

Nuevamente el silencio reinó en la habitación obscura; no se oía más que la respiración de los dos hombres y la fuga precipitada de una rata que había acompañado el relato de Roberto con el ruido monótono de sus dientes.

El anciano sostenía una violenta lucha consigo mismo. ¿Debía acaso revelar el secreto de la vida de Olga como había ya vendido el de su muerte? ¿Pero no se trataba de una buena acción en este caso? ¿No se trataba de libertar a aquel a quien ella había amado sobre todo de las torturas en que se agitaba, ya fueran producidas por una loca idea o por una secreta conciencia de su responsabilidad? Un milagro, un favor divino, según parecía, permitían a la boca cerrada para siempre abrirse una vez más para devolver el reposo al muy amado.

El doctor exhaló un profundo suspiro: había tomado su resolución.

—¿Y si ella lo hubiera pensado, Roberto—dijo,—si hubiera pensado en contestarte desde el fondo de su tumba?

Roberto lanzó un grito y lo asió por la muñeca.

—¿Qué quieres decir con eso, tío?

—Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, si no hubieras huido ante todo rostro humano, sabrías desde hace tiempo lo que hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la mañana de su muerte, yo recibí una carta de ella...

—Tú, tío, de ella...

—¡Oh, amigo mío! Me estás rompiendo los huesos. Escúchame primero tranquilamente.

Y le contó lo que contenía la carta.

Roberto había dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos en el anciano, resplandecían en la obscuridad.

—Ese cuaderno, dámelo; ¿dónde está?

El doctor le explicó el peligro que corría el secreto de Olga y la inquietud que esto le causaba a él mismo.

—¡Espérate, voy a ir a buscarlo!—exclamó Roberto dirigiéndose hacia la puerta.

El anciano lo detuvo.

—Tu madre tiene la llave; cuida de que nada sospeche.

La puerta está rota a medias; acabaré de romperla...

—Te oirán de abajo...

—¡Están demasiado divertidos!—replicó Roberto con risa aguda.—Ven, vamos juntos.

Y por una puerta de atrás, a lo largo del corredor obscuro y de la escalera que crujía, los dos se deslizaron como dos ladrones que se hubieran introducido en la casa aprovechándose de la ceremonia.

Consiguieron abrir la puerta más fácilmente de lo que esperaban; la cerradura, ya floja, cedió como si se abriera sola.

Ambos se detuvieron en el umbral, sobrecogidos de emoción, cuando el cuarto obscuro, iluminado solamente por el fulgor dudoso de las estrellas, se abrió ante sus ojos. Toda huella de la muerta había desaparecido; sólo la cama vacía, cuyos montantes se dibujaban negros sobre la pared gris, hacía ver que la que lo ocupaba había elegido otro lecho. Un ligero perfume emanado de su ropa, un olor fino de jabón, flotaba aún en la habitación. Las mismas toallas de las cuales se había servido, todavía colgadas de la pared, formaban, al lado de la estufa de loza, una mancha blanca de fantástica apariencia.

Roberto, incapaz de tenerse en pie, se dejó caer en una silla y, a grandes bocanadas, ávidamente, como si sollozara, aspiró el perfume que llenaba el aire. Se habría dicho que así quería absorber los últimos efluvios de su amada.

Un fulgor breve, brillante, vaciló de improviso a través del cuarto, bailando por las paredes, vagando en reflejos amarillentos sobre el escritorio, e hizo brotar de la obscuridad, como un espectro agazapado, la mesa de tocador cubierta de blanco.

El doctor había encendido un fósforo y buscaba la pequeña lámpara de pantalla verde que iluminó las noches sin sueño de Olga. Todavía estaba en la mesa, en el mismo lugar en que Olga la apagó para sumirse en la noche eterna. El recipiente de vidrio estaba todavía lleno de petróleo; su dueño se había dado prisa para entregarse al descanso.

Con precaución, levantó el tubo para encender la mecha; la llama, atenuada por la pantalla, iluminó con un resplandor apacible y suave el espacio silencioso.

Entonces se acercó al estante sobre el cual se alineaban los volúmenes de lomos lucientes y dorados. Su mano buscó a tientas durante un momento por la pared y sacó algo azul en forma de rollo.

—¡Aquí está, Roberto!—exclamó triunfante.—Vámonos.

El joven meneó silenciosamente la cabeza.

El anciano insistió de nuevo y entonces Roberto dijo:

—Aquí es donde vamos a leerlo, tío; aquí, donde ella lo ha escrito.

—¿Y si alguien nos sorprendiera?—observó el doctor, atemorizado.

Roberto se encogió de hombros y con el dedo señaló el piso. En el silencio, un ruido confuso de voces subía hasta ellos, con risas moderadas, ahogadas, como lo requieren las conveniencias en una casa en que hay un muerto.

El doctor cedió de buen grado; entonces acercaron suavemente sus sillas al círculo luminoso de la lámpara, y ya no se oyó más que el silbido del viento de invierno que agitaba las peladas copas de los tilos y la voz monótona y velada del lector acompañada por el coro de invitados al velorio, que por momentos se elevaba hasta un sordo estruendo para extinguirse en seguida en un murmullo.

Perdóname, querida hermana, si evoco tu sombra que ha transfigurado la muerte, y sufre que en memoria del amor que tuviste por mí y del ardiente afecto que hacía palpitar mi corazón por ti, trate de expiar la falta que gravita pesadamente sobre mí y cuya carga tendré sin embargo que soportar hasta el fin de mi existencia. Déjame revivir una vez más todo lo que me diste de ternura y de bondad, y olvidar con este recuerdo el frío de la soledad que hiela mis miembros como un soplo exhalado de tu tumba.

¡Qué loca era y qué impía, en sentirme sola mientras tú viviste! Tu amor era la atmósfera que me envolvía, la sonrisa de tus ojos el rayo de sol que me daba la vida, y tu palabra, que consolaba y exhortaba, era esa voz divina que todos llevamos en nosotros, esa voz sublime que escuchamos sin comprenderla.

¿Y cómo te he agradecido todo eso, hermana querida? He llegado a ser una extraña para ti. Me veo reducida a pensar en ti con angustia, con tortura, y la conciencia de mi falta me hace palidecer cuando el murmurio del viento trae tu nombre a mis oídos. Entre nosotras se alza un espectro feroz, de miradas ardientes, horroroso y grotesco a la vez, con serpientes entrelazadas en sus cabellos, y que extiende hacia mí sus manos armadas de garras para separarme eternamente de ti.

Si en vez de ser un fantasma fuera un ser de carne y de sangre, si lo que he cometido fuera una falta, un crimen, lucharía contra él, lo derribaría con las últimas fuerzas de mi voluntad desfalleciente, o me dejaría ahogar por sus manos sangrientas, pero es algo inasible que se desvanece en el vacío: es un demonio que se burla de mí, un vapor que me rodea... y cuyo veneno sin embargo me mata lentamente.

Es un deseo...

Un simple deseo, ¡nada más!

¿Lo notaste? ¿Se reflejó en tus ojos moribundos? ¿Viste el espectro alzarse a tu cabecera, cuando, santa y buena criatura, exhalabas el último aliento de una existencia que no fue más que amor, a ese espectro que habían engendrado la Envidia y la Ingratitud, y que había introducido, yo, desdichada, en tu apacible interior?

Si tuviera todavía la fe del niño que balbucía, confiaría la angustia de mi alma al Dios Todopoderoso, al buen Dios—pero a nadie tengo en el Cielo ni en la tierra que pueda compadecerse de mí, a nadie más que a tu imagen transfigurada.

¡Pobre de mí! Ella también se aparta de mí, ella también se oculta llorando cuando este demonio se presenta a mi alma.

Y, sin embargo, no era muy humano lo que sentí. ¿Por qué no somos unos seres de luz, sin deseos y puros como el éter? ¿Por qué no somos más que polvo, ligados al polvo, viviendo del polvo y volviendo al polvo cuando nos desprendemos de esta gran falta que es la existencia? Es la gran falta de mi vida la que quiero contar aquí, la falta de la cual hemos sido víctimas, tú, yo y también un tercero, que es puro y bueno, y que sin embargo ha sido la causa de todo.

** *

Yo era una niña pacífica y predispuesta a la soledad.

Quien se ha visto siempre rodeado de amor y nunca ha conocido otra cosa que el amor, aprende a menudo más fácilmente que nadie, a bastarse a sí mismo; y, sin embargo, yo llevaba en el corazón una inagotable reserva de amor. Lo prodigaba a los animales, acariciando a los perros, besando a los gatos y ahogando a los gansos por cariño. Una de mis pasiones era jugar en la caballeriza. Me sentía a mi gusto en la litera elástica y flexible, entre los cascos de mis caballos predilectos, que nunca me hacían daño; o bien me trepaba al pesebre donde permanecía horas enteras mirándome en los ojos pardos de mis queridos amigos.

Pero el nicho del perro era el lugar donde mejor me hallaba. Allí me encontraba dormida con frecuencia a eso del mediodía, y no era cosa fácil sacarme del nicho, pues Nerón, que por lo demás era un perro tan bueno y tan cariñoso, enseñaba los dientes a cualquiera que franqueaba el círculo que su cadena le permitía recorrer, aun cuando éste fuera su amo.

Mi cariño se extendía hasta las plantas. Las rosas me hacían el efecto de princesas cautivas, y exhalaba quejas para que las libertaran, los girasoles eran sacerdotes revestidos con sus hábitos sacerdotales, y las dalias, jóvenes polacas con papalinas rojas. Sabía reunir así en mi derredor en el jardín a la humanidad entera, y encontraba la copia más bella que el original, pues se mantenía muy quieta cuando yo desempeñaba el papel del Destino ante ella.

La propiedad que mi padre había arrendado, antiguo feudo de un magnate polaco, estaba inmediata a la frontera prusiana, en una montaña, uno de cuyos lados descendía en suave declive por un parque inculto, hacia unos campos desnudos, mientras que el otro caía a pico en una pequeña corriente de agua, en cuya orilla opuesta se hallaba una miserable aldea polaca.

Cuando uno se colocaba al borde de la pendiente, la mirada caía sobre los ruinosos techos de bardas cuyas grietas dejaban pasar el humo; se veía claramente el movimiento de la sucia callejuela, donde los niños medio desnudos chapoteaban en los charcos cenagosos, y las mujeres permanecían perezosamente agachadas en el umbral de sus casas, mientras que los hombres cubiertos de harapos se dirigían, con la pala en el hombro, hacia el despacho de bebidas.

En verdad, nada tenía de muy seductor aquel pequeño agujero, y la chusma de cosacos de fronteras, que trotaban de acá para allá amodorrados sobre sus rocines extenuados, no era como para realzar su prestigio. Y, sin embargo, para mis ojos de niña, aquel lugar estaba cubierto de un encanto indecible, cuya sensación experimento aún, cuando me vuelvo a ver fascinada por esos cuadros maravillosos, sentada durante horas enteras en la hierba, inmóvil, contemplando de lo alto aquel hormiguero cuyas formas no eran más grandes que los hombrecillos de madera de mis cajas de juguetes.

Bajar allí me estaba prohibido, y tampoco tenía deseos de ello, desde que, en la baraúnda de un día de mercado en que mi padre me había llevado, me vi casi aplastada entre las ruedas de un carro.

Pero era muy hermoso cuando, desde arriba y muy por encima de las inmundicias y del tumulto, se sumergía la mirada en ese mundo de hormigas, que parecía tan ínfimo, que se podía, como el mismo Dios, abarcarlo de una ojeada, pero que crecía cada vez más hasta tomar proporciones gigantescas e inquietantes, a medida que se trataba de penetrarlo.

Por una rareza singular, no he conservado de esa época más que un recuerdo vago de las personas cuya vida ha estado más estrechamente asociada a la mía; sin duda porque las impresiones siguientes han borrado las primeras. Mi padre era un hombre pequeño, robusto y rechoncho, de barba y cabellos negros y cortos, calzado con altas botas lucientes y vestido de una hopalanda de basto paño verdoso. Me sonreía desde que me veía, me daba una palmadita amistosa en el cuello, o me pellizcaba los brazos, y en seguida desaparecía. Estaba siempre ocupado, el pobre papá; mientras vivió, no lo vi reposar un solo instante.

Mamá era desde aquella época muy corpulenta, comía continuamente confituras y era devota de la siesta. Pero eso no le impedía estar en activa ocupación de la noche a la mañana, aunque se arrastrara de mala gana de un lado a otro y no le gustara que anduvieran detrás de ella y la abrumaran a preguntas.

Entre la familia estaba, en aquel tiempo, el primo Roberto, a quien nuestros parientes de Prusia habían enviado para que aprendiera con papá a dirigir una granja. Era un mozo alto, de anchas espaldas y vigoroso cuello, con unas barbas rubias que me gustaba tirar cuando me ponía en sus rodillas para meterme en la cabeza el A, B, C, con gran esfuerzo de trozos de regaliz. Creo que siempre fui su buena amiga, aunque él no haya debido quererme más que a los otros discípulos, pues la cara que tenía entonces ha desaparecido en la niebla como todas las demás.

No recuerdo exactamente más que una escena: una tarde de verano Roberto había cogido a Marta por sus rubias trenzas, y riéndose y gritando corría tras de ella por el patio, por la casa y por el jardín.

—¿Qué es lo que le haces a Marta, bribonzuelo?—le gritó papá.

—Me ha hecho una travesura—respondió él, sin soltarla, mientras ella continuaba gritando.

—Cuando yo tenía tu edad, sabía vengarme de una muchacha mejor que tú—dijo riéndose papá, quien nunca desperdiciaba la ocasión de decir una broma.

—¿Y cómo se hace?—preguntó mi primo.

—¡Bah! ¡Si no lo sabes!—replicó papá.

—Se le da un beso, señor Roberto—dijo un viejo jardinero que pasaba justamente con sus regaderas.

Todavía lo veo delante de mis ojos quedarse de repente inmóvil, rojo de rubor, y dejar caer de sus manos las trenzas sin saber dónde dirigir sus miradas. Papá se moría de risa; en cuanto a Marta, se escapó a la carrera.

Cuando fui a sacudir su puerta, se había encerrado: no volvió a aparecer sino a la hora de la cena. Bajo los cabellos que le caían sobre la frente, en desorden, parecía perdida en sus pensamientos y muy intimidada.

Cuando comparo hoy el rostro pálido, flaco y resignado que me llena el alma entera, con esa cara pícara, de mejillas llenas y sonrosadas, que a veces se me aparece, resplandeciente, desde el fondo de mi pequeña infancia, me cuesta trabajo concebir que hayan realmente pertenecido a una sola y misma persona.

—¡Cómo le flotaban sobre las espaldas sus largas trenzas rubias! ¡Con qué expresión atenta de precoz ama de casa, recorrían sus ojos la extensión de la gran mesa, en torno de la cual todos juntos, condiscípulos y celadores—una galería de mandíbulas hambrientas—esperábamos impacientes la comida! ¡Y, con qué alegría extendía la mano cada uno, cuando, con una sonrisa maliciosa, ella alcanzaba los platos!

Sólo hoy comprendo qué camino doloroso tenía que recorrer, hoy que me preparo yo misma para el largo y penoso viaje al cabo del cual se abre para mí una tumba solitaria, más triste aún que la suya.

Entonces yo no era más que una niña y alzaba los ojos, sin sospechar nada, hacia la que vino a ser mi maestra, casi antes de haber abandonado ella misma los vestidos cortos.

Efectivamente, fue en aquella época cuando nuestros negocios comenzaron a declinar. Papá tenía que hacer frente a sus deudas; malas cosechas e inundaciones, tres años consecutivos, le quitaron toda esperanza de volver a levantarse, y las penas se amontonaron cada vez más sobre nuestra casa.

Hubo que economizar en nuestros gastos, todo aquello de que fuera posible privarse; las relaciones con los propietarios vecinos fueron limitadas, el personal reducido, y la anciana institutriz que había educado a Marta, y que debía terminar su tarea conmigo, tuvo también que dejarnos.

Marta, que era siete años mayor que yo, y se disponía a estrenar su primer vestido largo, tomó su lugar.

De este modo las relaciones que se establecieron entre nosotras no podían ser puramente las de hermana a hermana; ella fue la protectora y yo la protegida, hasta que cambiamos nuestros papeles.

Podía yo tener once años, cuando advertí por primera vez que Marta había cambiado singularmente de modales y de aspecto. Habría debido notarlo antes, pues tenía la costumbre de mirar en mi derredor con los ojos muy abiertos; pero en la monotonía de los días que se deslizan uno tras otro, las alteraciones que producen en torno nuestro el tiempo y las penas, se escapan fácilmente.

Pero entonces puse atención, y vi adelgazarse su rostro cada vez más, de día en día borrarse los colores de sus mejillas, y hundírsele los ojos más profundamente.

Ya no cantaba, y su risa tenía una entonación de cansancio y velada, tan particular que me hacía sufrir al oírla, y más de una vez estuve a punto de gritarle: «¡No te rías!»

Hacia la misma época, se puso enfermiza; se quejaba de dolores de cabeza, de calambres en el estómago, y le costaba trabajo ir de un lado a otro por la casa. Naturalmente, papá y mamá no podían dejar de notar su estado. Un día la envolvieron en gruesas mantas, y no obstante su resistencia, la llevaron a Prusia a consultar a un médico; éste se encogió de hombros, prescribió píldoras de hierro y aconsejó un cambio de aire.

Debía haber aconsejado algo más, que preocupaba mucho a nuestros padres, al menos a papá, pues ya hacía mucho tiempo que nada podía sacar a mamá de su apatía.

A menudo, cuando Marta, meditabunda, miraba fijamente frente a ella, él la observaba de reojo, meneaba la cabeza, exhalaba un suspiro, salía del cuarto cerrando la puerta con estrépito.

Pero cualesquiera que fuesen los sufrimientos que padecía, su trabajo no se resentía de ello; de tan lejos como la recuerde, jamás la vi un segundo desocupada. Muy niña aún, permanecía al lado del fogón con su libro de lecciones o vigilaba la lejía al mismo tiempo que hacía sus redacciones. Desde que fue mujer, agregó todos los deberes que le imponía mi instrucción a las preocupaciones sin número que da una gran casa a la que la dirige. Mamá se había retirado por completo y la dejaba ordenar y dirigir a su antojo, con tal que las compotas y otras golosinas obtuvieran su aprobación.

Yo, que era horriblemente mimada por toda la casa, tenía vergüenza de mi inacción y trataba de aliviarla en parte de sus trabajos, pero ella me rechazaba suavemente y me despedía.

—Deja, queridita—me decía acariciándome las mejillas,—eres la princesa de la familia; continúa.

Eso me ofendía. Habría soportado todo salvo que me despidiera cuando iba a ofrecerme con el corazón desbordante de ternura.

Una noche la vi llorar. Me deslicé afuera, al jardín, y sostuve un rudo combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atrevía a acercármele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoderó de mí con nuevas fuerzas: me levanté, y en camisa, como estaba, me aventuré por el corredor obscuro.

Permanecí largo rato delante de su puerta, temblando de frío y de miedo, con la mano sobre el botón. Al fin me armé de valor y entré muy suavemente en su cuarto.

La encontré arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la almohada, y parecía orar.

Me quedé inmóvil en el umbral, pues no me atrevía a perturbarla.

Al fin, se volvió y al verme se levantó estremeciéndose.

—¿Qué quieres?—balbució.

Yo me colgué de ella y mis sollozos habrían enternecido a un corazón de piedra.

—¡En nombre del Cielo, querida! ¿Qué tienes?—gritó.

No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un movimiento maternal, tomó una gruesa manta de lana, me envolvió en ella y me colocó en su regazo, aunque yo ya era más grande que ella.

—Vamos, confiésate, tesoro mío. ¿Qué ocurre?—me preguntó acariciándome las mejillas.

Reuní todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un sollozo:

—Marta, quiero ayudarte.

Siguió un largo silencio, y cuando alcé los ojos, vi vagar por sus labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tomó la cabeza entre sus manos, me besó en la frente y me dijo:

—Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero tú, me parece que tienes fiebre.

De un salto me puse en pie.

—¡Oh! ¡Haces mal, Marta!—exclamé.—No me dejaré despedir así. No estoy enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te estás consumiendo y que, cada día, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna confianza en mí, acabaré por creer que nada quieres tener de común conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.

Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.

—¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a acostarte—repitió.

—Es inútil, puedo ir sola—dije.

Entonces ella vio que era necesario acordar a la niña una palabra de explicación.

—Mira, Olga—dijo atrayéndome hacia sí,—tienes razón. Tengo muchas penas, y si tuvieras más edad y pudieras comprenderlas, seguramente serías la primera a quien se las confiaría. Pero antes es necesario que aprendas también a conocer la vida.

—¿Y en qué conoces la vida mejor que yo?—exclamé, siempre con altanería.

Ella se contentó con sonreír, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce, me dio un golpe en el corazón. Tuve un vago presentimiento, apenas perceptible, como el que se podría experimentar al ver un templo cerrado o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continuó:

—Pero de aquí allá, y para eso falta mucho todavía, debo llevar sola el peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y te amaré aún más por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme bien, tenemos mucho que estudiar mañana...

Y dicho esto, me empujó afuera.

Me quedé en el corredor, como una réproba, contemplando la puerta que acababa de cerrarse tan duramente tras de mí. Después apoyé la cabeza en la pared y lloré silenciosa y amargamente. A partir de ese día, Marta redobló su cariño y su bondad hacia mí, pero yo no quería verlo; permanecía impenetrable para ella como ella lo había sido para mí, y en mi alma se arraigó, cada vez más profundamente, el sentimiento penoso de que el mundo no necesitaba de mi amor.

Es evidente que un incidente como éste, por sí solo, no podía tener una influencia decisiva sobre mi carácter. Una niña tan joven como yo lo era entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de impresiones nuevas para que unos minutos de este género puedan producir sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesité mucho tiempo para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que nadie había en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas conmigo y que estaba reducida a mí misma y a mis libros, hasta el día en que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de los vivos.

Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi ideal.

Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.

A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando algo me desagradaba.

A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía fuerza de ley en toda la casa.

A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en particular.

Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.

En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté, mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.

Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé, otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera, con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.

Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.

Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?—dijo.—Estas no son cosas que haces todos los días.

Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me llamó y murmuró:

—Te quiero mucho, hermanita.

La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y, tomándole la cabeza con las manos, le dijo:

—¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!

Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:

—¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!

Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá entró con una carta abierta en la mano.

—Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido—dijo riéndose.—¡Adivinen cómo se llama!

Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que tenía en la mano tembló perceptiblemente.

—¿Esa ave ha venido ya alguna vez?—preguntó lentamente y en voz baja, sin alzar los ojos.

—¡Vaya si ha venido!—dijo papá sin dejar de reírse.

—Entonces, es... Roberto Hellinger—dijo.

Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir aquello.

—¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!—dijo papá amenazándola con el dedo.

Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.

Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince años.

Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.

Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.

Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas habitaciones habitualmente cerradas.

Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas, y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña, que no se sabía si era llanto.

Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se encontraba.

—Ya lo ves: preparo las camas—balbució al cabo de un instante.

—¿Para quién?—pregunté.

—¿Acaso no sabes que esperamos una visita?

—¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?—repliqué, encogiéndome ligeramente de hombros.

—¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.

—¿Y nada más?—dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto hacer la víspera a papá.

Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a la puerta.

A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había podido nacer ese amor.

Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:

—Aquí es donde se han paseado secretamente.

Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:

—Aquí es donde se han dado cita.

Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:

—Aquí es donde han cambiado dulces palabras.

El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no debiera adivinarlo.

Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que perteneciera a otro mundo.

Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.

Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas pueden tenerse en pie.

—Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir—dije;—¡Ah! ¡Si se pudiera morir con ella!»

Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las impresiones sentimentales del otoño.

—Qué odiosas son esas bromas—me dije.—Pero de mí nadie se burlará; sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de ardor y de amor por la humanidad.

—Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.

Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría la frontera.

Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión; el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca, que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi padre.

Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.

Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.

El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.

Roberto llegó al día siguiente.

En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón, Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el oído:

—Marta, creo que ahí está.

Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:

—¿De quién quieres hablar?

—¿De quién? Pues del primo, naturalmente.

—¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?

Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que había dejado caer y volvió a su tarea.

—¿Y esa es toda la alegría que sientes?—continué, encogiendo el labio con expresión despreciativa.

Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad inacostumbrada.

—¡Vete, chiquilla, te lo ruego!

Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.

En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.

«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno, con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.

—«No falta más que la yugular,»—pensé para mis adentros.

De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:

—¡Hola! ¡Buenos días, Marta!—gritó.

Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se quedó como petrificado en medio de la escalera.

—¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!—dije un poco humillada.

—¡Ya me lo decía yo!...—exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y agrietada.

—«¡Qué palurdo!»—me dije mentalmente.

Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.

—Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.

—«¿Yo, parecerme a Marta?—pensé—¿Cuándo me habré parecido a Marta?»

—Pero no—continuó,—ella no era tan alta, sus cabellos eran más claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan severos.

—¡Ah, Dios del Cielo!—me dije.—¿Acaso nunca has visto los ojos de Marta?

En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación. No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y los labios le temblaban.

—Bienvenido seas, Roberto—le dijo tímidamente por detrás, pues él se había vuelto hacia mí.

Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento, sin articular una sílaba.

Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el resultado burlaba lastimosamente mi espera.

Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.

—Sí, pero ni siquiera lo ha hecho—agregué para mis adentros.

Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos manos.

Al fin, Marta le dijo:

—¿No quieres sentarte, Roberto?

Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de un largo rato, dijo:

—¡Mucho has cambiado, Marta!

Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.

Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:

—Sí—dijo.—¡Mucho debo haber cambiado!

Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.

—¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?—concluyó por decir.

—No lo sé—replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de amargura.

—¿No podías escribírmelo?

—Pero, ¿acaso nos escribimos?

Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.

—Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...

No supo decir más.

Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!

—Tú sabes—dijo Marta,—que el enfermo es siempre el último en saber que no está bien.

—Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.

—¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?

Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.

—¡Oh, Marta!—gritaba una voz dentro de mí.—¿Por qué me has rechazado?

En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.

—Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía—dijo mirando en su derredor hasta en los rincones.

Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa estrepitosa.

Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran mi presencia.

—¿Y qué dices de nuestra Olguita?—preguntó Marta, tomándome por la mano con ademán maternal.—¿Te gusta?

—Ahora un poco más—dijo examinándome.—Antes me pareció demasiado enseñorada.

—Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida—repliqué.

—¿Y por qué no?—repuso con una sonrisa.—¿Crees que no habría habido bastante lugar para ti?

—No—dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.—Ese no es mi lugar.

Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:

—¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.

Yo iba a replicar, pero papá entró.

En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que observar; apenas si cambiaron algunas miradas.

—Más tarde, cuando nuestros padres duerman—me dije,—tratarán de escaparse.—Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la ventana, con su bordado.

—Quizá son demasiado tímidos—me dije,—y esperan que la ocasión se presente sola.—Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de atreverme a volver.

—Ahora—me dije,—él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?—le preguntará,—y ella, ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.

Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.

Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.

Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.

—¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!—pensé, y resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.

Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar me oprimía el pecho hasta ahogarme.

¿Y qué fue lo que vi?

Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes no existía.

—¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?—me preguntó Marta.

Y Roberto agregó:

—Parece que no tengo la aprobación de la señorita.

—Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos—me dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.

Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer, representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía, hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.

Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.

Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.

Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto nuevamente en nubes de humo, exclamó:

—¿Has pasado la noche llorando o bailando?

—Bailando—repliqué,—en el Brocken con otras brujas.

—No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,—dijo moviendo la cabeza.

—A preguntas necias...—repliqué.

—¡Vaya! no volveré a abrir la boca—dijo riéndose;—de lo contrario se me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he comido.

Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.

Poco me faltaba para llorar.

—He ahí, pues, mi destino—me decía:—desconocida por todo el mundo, aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.

Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse esperar.

¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él, y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía totalmente.

Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio sobre nuestro primo.

Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de improviso y me dijo:

—Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a caballo conmigo?

—¡Qué honor!—repliqué.

—No, no hay que volver a empezar en ese tono—dijo con una risa en la cual se notaba algo de enfado.—Tratemos de ser buenos camaradas por media hora, ¿quieres?

Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.

Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.

—Ves, Marta—dije para mis adentros,—así es cómo me iría con él a través del vasto mundo, si fuera su querida.

Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.

—Monta bien—pensé en seguida;—mi «hijo del rey» no sería mejor jinete.

Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre, en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.

Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:

—¿Bueno, chiquilla?

—¿Qué hay, «grande»?

—¿Regresamos?

—¡Oh, no!

No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de una satisfacción tan completa.

—Entonces, ¡al bosque de Illowo!—dijo él señalando la mancha azulada que cerraba el horizonte a lo lejos.

Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se irguió y partió dando saltos.

—¡Bravo, por la chica de quince años!—gritó él detrás de mí.

—¡Dispense, dieciséis!—repliqué, volviéndome a medias hacia él.—Por otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó nuestra camaradería!

—¡En nombre del Cielo!—dijo él riéndose.

Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.

El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua, cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a formarse inmediatamente después.

Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando, mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el bosque.

Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.

—Quiero bajar—le grité,—ven a ayudarme a echar pie a tierra.

De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.

—¿Qué quieres hacer?—me preguntó.

—Vas a verlo—dije,—pero primero suelta los caballos...

—¡No faltaba más!—dijo Roberto riéndose.—Me haces el efecto de quien quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.

E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.

—¡Suéltalos!—ordené.

Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos galopaban ya libremente en el bosque.

—¿Y ahora?—dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.—¿Te imaginas que van a dejarse coger otra vez?

—Por ti, no—respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.

Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era yo y qué pretendía.

Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.

—¡Maravilloso, chica!—dijo él, y nada más.

En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante a los que nos pintan las leyendas del Norte.

Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.

—¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!

—No seas loca, chiquilla—dijo él cerrando los ojos.—Haz como yo, vamos a dormir.

Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo sacudí fuertemente.

Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse vivamente para correr tras de mí.

Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:

—Bueno, ahora, ven.

Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.

Allí fue donde le hice entrar.

—¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica—dijo él al mismo tiempo que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían casi al nivel del agua.

—Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.

Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.

Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio cerrados, alzaba los ojos hacia mí.

De repente se me ocurrió esta idea:

«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»

Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la cara.

—¿Eres miedosa, chiquilla?—me preguntó.

Yo sacudí la cabeza.

—Entonces, ven.

—Ya estoy a tu lado.

—Ponte allí, delante de mí.

Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.

De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.

Lo miré riéndome.

—¡Cómo!... ¡Cómo!...—dijo.—¡No hay de qué reírse! Si te dejara caer...

—Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!

—No. Antes quiero que me confieses algo.

—¿Qué?

—¿Por qué no puedes sufrirme?

Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más. Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.

—Pero yo puedo sufrirte—le dije.

—¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?

—Porque soy una muchacha mal criada.

—¡Enhorabuena!—dijo él, riéndose.

Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a encontrar de pie sobre la piedra.

—Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.

Me tomó la mano y continuó:

Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad; pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?

—Tienes razón...—respondí humildemente.

Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.

—¿Por qué, pues, procedías así?

—Porque quería agradarte.

Y exhalé un profundo suspiro.

Él me miró en los ojos con asombro.

—Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza muy a plomo, que yo...

Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él, pensativo.


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