XII

No hablaré de los tres años que pasé en tierras extrañas. Todas las vejaciones, todas las humillaciones que sufrí durante ese tiempo, se han grabado en mi alma con caracteres indelebles; han endurecido completamente mi corazón y me han inspirado la indiferencia y la desconfianza para con todas las criaturas humanas. He aprendido a despreciar su odio y más aun su amor; he aprendido a sonreír, cuando el dolor me desgarraba el corazón con sus garras de acero; he aprendido a llevar la frente alta, cuando habría querido, de vergüenza, ocultarla en el polvo.

Los largos días vacíos, lejos de todo afecto, que pesan como plomo sobre los hombros, la carga aplastadora de las tinieblas durante las noches sin sueño, las adulaciones dictadas por la codicia, que suenan a falso y dan náuseas, los celos de rivales cuyo mutismo obstinado irrita: todo eso he conocido.

En verdad, era duro el pan que comí en el extranjero, ¡y cuántas veces lo mojé con mis lágrimas!

El único consuelo, la única alegría que me quedaban, eran las cartas de Marta. Me escribía con frecuencia, en ciertas épocas hasta todos los días, y las más de las veces encontraba en ellas un post-scríptum de la letra desigual y atormentada de Roberto. ¡Oh, cómo me echaba sobre ellos, cómo devoraba su menor palabra!

Gracias a esas cartas, vivía con ellos, por decirlo así.

Su vida no era alegre—Dios sabe que no—pero en fin ¡era la vida! A menudo la desgracia caía sobre ellos; entonces ambos, Roberto con toda su fuerza, Marta en su debilidad, parecían dos niños sin apoyo, abandonados, y yo tenía que intervenir para ayudarlos con mis consejos y darles valor.

Al fin estuve a tal punto familiarizada con su círculo, que habría podido reconocer por su aspecto y por su voz a cada uno de sus criados, de sus amigos, de sus conocidos. Sentía por la tía Hellinger el odio más vehemente, por el viejo médico el afecto más profundo; en cuanto a la multitud indiferente de los burgueses, de miradas indiscretas y pérfidas, que computaban tan exactamente y calculaban con sus dedos la ruina de Roberto, les reservaba mi desprecio más glacial.

—¡Oh! ¡Si yo estuviera en su lugar—me decía con frecuencia rechinando los dientes, cuando Marta se lamentaba y me pintaba todo lo que tenía que sufrir en sus relaciones,—cómo les mostraría la puerta a esoslonjistasfríos y altaneros; cómo los haría arrastrarse a mis pies, en el polvo, domados con el látigo de mis sarcasmos y de mi desdén!

Pero también tomaba parte en sus pequeños goces. La veía reinar como ama en la granja, veía en su derredor a la pequeña tropa de servidores a quienes animaba la mejor voluntad, y habría querido mostrarme más bondadosa, más caritativa aun que ella lo era, ella que ocultaba una alma de ángel bajo una apariencia humana.

La veía sentada al sol en el balcón, inclinada sobre su costura; la veía gozar del descanso de mediodía bajo los frondosos tilos del jardín; la veía, mientras la voz de su marido retumbaba en el patio y junto a ella la cafetera cantaba su dulce canción; la veía, esperando que él entrase, seguir con mirada soñadora los copos de nieve que revoloteaban en el aire.

Vivía así con ellos, mientras mis días se sucedían vacíos y sin gozo, como los anillos de una cadena sin fin.

En el curso del tercer año, Marta me confió que el deseo más ardiente de Roberto iba a realizarse, que la plegaria que tan a menudo ella había rezado en el silencio de la noche, había sido oída: se sentía madre. Pero al mismo tiempo crecía en ella el temor de que su frágil y débil cuerpo no pudiera soportar la grave prueba que la esperaba. Yo compartía su esperanza y sus temores; quizá estaba aún más inquieta que ella, pues la soledad y la distancia abultaban y desfiguraban las escenas que creaba mi imaginación.

Más de una vez por la noche me desperté con la cara bañada en lágrimas, pues la había visto ya muerta en sueños. Un recuerdo de los primeros años de mi juventud me volvía a la memoria: la había encontrado un día tendida en el sofá, rígida, pálida, semejante a un cadáver, y no podía apartar esa imagen de mi pensamiento. Mientras más se acercaba el momento crítico, más me consumía la inquietud. Mi salud comenzaba a resentirse de las extravagancias de mi cerebro, y las personas extrañas entre las cuales vivía—no pronunciaré su nombre, no merece figurar en estas páginas—no existieron ya para mí sino como fantasmas.

Las últimas cartas de Marta revelaban orgullo, respiraban júbilo y esperanza. Sus temores parecían haberse disipado, nadaba ya en las delicias que le prometía la maternidad.

Después siguieron tres días en que estuve sin noticias, tres días de tortura y de fiebre; al fin llegó el telegrama de mi cuñado:

«Marta dio luz varón con felicidad. Te reclama, ven pronto.»

Con el telegrama en la mano corrí en busca de mi patrona y le pedí permiso para ausentarme por el tiempo necesario. Ella me lo negó. Inmediatamente, encolerizada, le arrojé mi dimisión a la cabeza y exigí en el acto mi libertad. Buscaron excusas: mi presencia era indispensable en ese momento, debía por lo menos rendir cuentas y entregar, según las reglas, la dirección de la casa a la persona que me reemplazaría; en resumen, me retuvieron dos días enteros bajo los pretextos más fútiles; se habría dicho que querían hacer sentir una vez más a la sirvienta que se había mostrado tan altiva, toda la ignominia de su humilde situación.

En seguida vino una noche en ferrocarril, una noche de pesado embotamiento, en el ruido ensordecedor del vagón; una mañana pasada tiritando entre baúles y cajas de sombreros, en una sala de espera desierta, cuyo olor a cerveza me daba náuseas. Después seis horas más, oprimida entre un comerciante viajero y un judío polaco, en los calientes cojines de una diligencia, y al fin surgieron ante mis ojos, en los fuegos de una tarde de otoño, las torres de la pequeña población en que los seres que me eran más caros, los únicos a quienes quería en este mundo, habían edificado su nido.

Poco faltaba para la puesta de sol cuando bajé de la diligencia; entre las ruedas, las hojas muertas revoloteaban en pequeñas trombas.

Mi corazón latía con violencia. Miré en torno mío. Creía ver adelantarse a mi encuentro la gigantesca silueta de Roberto, pero no había allí más que algunos papanatas que me miraron con los ojos muy abiertos, extrañados de esa aparición desconocida. Pregunté el camino al conductor y, contando para lo demás con las descripciones de Marta, me puse sola en marcha.

En las puertas bajas de las tiendas había grupos de personas que conversaban. Por delante de mí, algunos paseantes avanzaban tranquilamente, a pasos lentos. Al acercarme se detuvieron, me miraron de pies a cabeza como a un animal curioso y, tan pronto como les di la espalda, oí detrás de mí cuchicheos y risas ahogadas. Me invadió un calofrío al observar esa curiosidad malevolente de aldea.

Me sentí aliviada cuando vi alzarse frente a mí las torres de la puerta. Conocía muy bien esa puerta: Marta en sus cartas la llamaba lapuerta del infierno, porque tenía que pasar por ella cuando iba a la ciudad, llamada por su suegra.

Al penetrar bajo la obscura bóveda, vi de improviso el «castillo,» en medio del arco de la puerta que le formaba como una especie de marco negro.

Estaba apenas a una distancia de mil pasos. Las blancas paredes de la casa, que los rayos del sol poniente bañaban con un matiz purpúreo, surgían de entre un grupo de árboles de onduloso follaje. Los techos cubiertos de zinc relumbraban; se habría dicho que de ellos caía una cascada de agua hirviente. Las ventanas parecían lanzar llamaradas, y por encima de la techumbre se amontonaba una espesa nube, semejante a un palio formado por un torbellino de humo negro.

Me oprimí el corazón con las manos; creí que sus latidos iban a romperme el pecho, tan violenta era la impresión que experimentaba ante ese espectáculo. Durante un segundo tuve el sentimiento extraño de que debía retroceder, huir a toda prisa, sin tregua ni reposo hasta que me sintiera protegida por la distancia.

Toda mi inquietud acerca de Marta desaparecía ante esa angustia misteriosa que me oprimía la garganta hasta ahogarme. Me traté de cobarde y de insensata, y, reuniendo todas mis fuerzas, entré en el camino, donde el paso de los coches había dejado pequeños charcos, ya medio secos, que lucían como espejos. El viento que pasaba por las cimas de los álamos, hacía oír un sordo murmurio que me acompañó hasta la puerta de la granja. En el mismo instante en que la pasaba, el último rayo de sol desapareció detrás de las paredes de la casa y la sombra de los grandes tilos, que del parque se inclinaban sobre el camino, me envolvió tan bruscamente, que creí que había llegado la noche.

Viejas paredes en ruinas, cubiertas de celedonia medio marchita, salían a derecha e izquierda de una confusión de escaramujos y de espinos: eran los restos del antiguo castillo, sobre cuyos escombros se había instalado la granja. De todo aquello se exhalaba como un soplo de muerte y de putrefacción.

Dirigí una mirada medrosa al vasto patio que el crepúsculo comenzaba a envolver con un velo azulado. Al menor ruido me estremecía, me figuraba oír que la voz poderosa de Roberto me deseaba la bienvenida. El patio estaba desierto, era la hora del descanso y en él reinaba un silencio profundo. Sólo oía, por el lado de las caballerizas, el crujido particular que se hace al aguzar una guadaña. Un olor de heno recién cortado llenaba el aire con ese perfume a la vez dulce y acre que le es peculiar.

Tímida y miedosa, como una intrusa, me deslicé lentamente a lo largo de la empalizada del jardín hasta la casa, que con sus montantes de granito, sus torrecillas y sus piñones que el tiempo había cubierto de un matiz gris, parecía lanzar sobre mí una mirada sombría y amenazadora. De trecho en trecho la capa de yeso había caído y dejaba aparecer las piedras negruzcas de las paredes. Se habría creído que el tiempo, como una larga enfermedad, había cubierto de llagas ese cuerpo respetable.

La puerta de entrada estaba abierta.

Penetré en un gran vestíbulo obscuro, del que se desprendía un olor de cal y de moho. Por unas lumbreras de vidrios multicolores y cubiertas de telarañas, que, abiertas muy junto al cielo raso, parecían nidos luminosos, entraba a la sala un débil resplandor, apenas suficiente para permitir que se distinguieran en la obscuridad los grandes armarios que se alineaban a lo largo de las paredes. Una raya de luz más clara caía sobre una ancha escalera cuyas gradas gastadas descansaban en pilastras de piedra. Altas puertas de roble, arqueadas, conducían a diferentes habitaciones, pero no me atreví a acercarme a ninguna de ellas: se me figuraban las puertas de una prisión. Allí estaba todavía, con el corazón oprimido, buscando un camino, cuando la puerta de entrada se abrió bruscamente y dos grandes molosos, manchados de amarillo, se precipitaron hacia mí.

Lancé un grito. Los monstruos me saltaron encima, olfatearon mis ropas y volvieron a salir lanzando furiosos aullidos.

—¿Quién está ahí?—gritó una voz, cuyo timbre grave y poderoso había creído oír a menudo, en mis desvelos como en mis sueños.

Una sombra apareció en el umbral: era él.

Nubes rojas flotaron delante de mis ojos. Me pareció que mis pies habían echado raíces en el suelo. Respiraba con dificultad y me apoyé en el pilar de la escalera.

—¿Quién está ahí? ¡Qué diablos!—gritó otra vez, tratando en vano de ver en la obscuridad.

Toda mi arrogancia me volvió. Estaba tranquila y altiva cuando me había despedido de él algunos años antes, quería ser la misma para presentármele entonces. ¿Acaso necesitaba saber todo lo que yo había sufrido en el intervalo?

—Olga... en verdad... Olga, eres tú.

El júbilo ahogado que revelaba su voz hizo pasar en mis venas una sensación de calor y de bienestar. Creí por un instante que iba a echarme a su cuello y a llorar sobre su hombro para aliviar mi corazón, pero guardé mi reserva:

—¿No me esperabais?—pregunté, tendiéndole maquinalmente la mano.

—Pues sí, naturalmente, desde hace dos días te esperábamos por momentos; es decir que comenzábamos a creer...

Había encerrado mi mano en las suyas y trataba de verme la cara. En su actitud había una mezcla particular de cordialidad y de embarazo: parecía que trataba en vano de encontrar en mí a su antigua amiga, su antigua confidente.

—¿Cómo está Marta?—pregunté.

—Ya lo verás—respondió él;—yo en esto nada entiendo. ¡Me parece tan débil, tan frágil! Me digo que será un milagro si se salva. Pero el médico pretende que va bien, y lo que es él debe saberlo.

—¿Y el niño?—pregunté en seguida.

Rió con una ligera risa interior que llegó hasta mí en el crepúsculo.

—¡El niño, hum, el niño!...

Y en vez de concluir la frase, dio un puntapié a los molosos que de un brinco abandonaron la casa.

—Ven—dijo en seguida,—voy a llevarte.

Subimos la escalera, en silencio, sin mirarnos.

«¡Ahora eres una extraña para él!»—me dije.

Y me sentí sobrecogida de angustia, como si acabara de perder una felicidad acariciada desde mucho tiempo.

—Espera un momento—dijo él indicando con el dedo una de las puertas más próximas,—voy a decirle una palabra para prepararla; de lo contrario, podría hacerle daño la alegría.

Un instante después, me encontré sola en un largo corredor obscuro, de bóveda elevada. Muy al fondo brillaban en llamaradas de un rojo sombrío los últimos resplandores del día moribundo que arrojaba sobre las pulidas baldosas un largo surco de luz. Sonidos vagos, que recordaban la voz de un niño, herían mi oído cuando el viento se colaba bajo la bóveda.

Un leve grito de gozo llegó hasta mí, a través de la puerta, y me hizo estremecer. Una oleada de sangre ardiente invadió mi corazón; creí que iba a ahogarme. En seguida la puerta se abrió y la mano de Roberto me asió en la obscuridad: me dejé llevar sin tener conciencia de lo que hacía, y no salí de mi estupor sino en el momento en que caí de rodillas, sollozando, junto a la cama, y oculté la cara en las almohadas, mientras una mano húmeda y caliente me acariciaba la cabeza.

Una sensación que ya no conocía desde hacía años, una dulce sensación de calor, como la que se experimenta en el hogar paterno, penetraba y embriagaba mis sentidos. No osaba alzar los ojos, de miedo de que se disipara.

La mano reposaba siempre en mi cabeza como una bendición del Cielo. Un agradecimiento infinito inundó mi corazón: me apoderé de esa mano que temblaba en la mía, y posé en ella larga y tiernamente mis labios.

¿Qué haces, hermanita, qué haces?—dijo Marta con su voz cansada, ligeramente velada.

Me levanté. La vi delante de mí, pálida, con las mejillas huecas, y los ojos, donde brillaban lágrimas, profundamente hundidos en las órbitas. Estaba blanca y delicada como un copo de nieve; azules e hinchadas venas surcaban su enflaquecido cuello, y su frente, de una blancura tan transparente que parecía que una luz lo iluminara interiormente, estaba cubierta de gotas de sudor.

Había envejecido y enflaquecido mucho desde que yo no la había visto, y las crisis por las cuales acababa de pasar, no parecían ser las únicas en haber ejercido sobre ella su obra destructora; pero había conservado su sonrisa consoladora y bienhechora que servía de alivio a todos, aun cuando ella misma estuviera en el más completo abandono.

—Y ahora no te volverás a ir—dijo ella, alzando los ojos hacia mí, como si no pudiera saciarse de mirarme.—Te quedarás con nosotros, para siempre; ¡prométemelo, prométemelo inmediatamente!

Guardé silencio. La felicidad me rodeaba, abrasadora como el fuego del cielo: era para mí un sufrimiento, una tortura.

—¡Insiste tú también, Roberto!—repuso ella.

Me estremecí. Lo había olvidado totalmente y ahora su presencia hacía en mí el efecto de un reproche.

—Dame tiempo para reflexionar, espera hasta mañana—dije enderezándome.

Sentía en mí el vago presentimiento de que mi residencia en esa casa no sería de larga duración: habría sido demasiada dicha para mí, pobre infeliz a quien un destino despiadado condenaba a vivir en casa ajena.

Leí en el rostro de Marta el deseo de no lastimar mi susceptibilidad.

—Entonces hasta mañana—dijo en voz baja apretándome los dedos,—y mañana verás la falta que nos haces, comprenderás que sería necesario que fuéramos locos, para dejarte partir nuevamente. ¿No es verdad, Roberto?

—¡Seguro, con toda seguridad!—dijo él soltando una carcajada que me pareció singularmente forzada.

Era evidente que se sentía mortificado en presencia de nosotras dos. Así, pues, no tardó en tomar su gorra como para retirarse, sin decir una palabra.

—Enséñale nuestro hijo—murmuró Marta, al mismo tiempo que una sonrisa de indecible felicidad pasaba por su rostro enflaquecido.

—Ven—dijo Roberto;—el niño duerme en la habitación contigua.

Me precedió, y escurrió con gran trabajo su ancho y pesado cuerpo por la puerta entreabierta.

La cuna se alzaba allí en la luz rosada de la tarde. Entre los cojines aparecía una cabecita roja, apenas más grande que una manzana. Sus párpados arrugados estaban cerrados y tenía en la boca uno de sus puñitos, con los dedos crispados como por una convulsión.

Mis miradas se apartaron del niño y a hurtadillas se fijaron en el padre. Este había juntado las manos y contemplaba con piadosa atención a esa pequeña criatura humana. Una sonrisa indecisa, que expresaba tanto el embarazo como el júbilo, vagaba por sus labios.

Sólo en ese momento pude observarlo a mis anchas. El fulgor purpurino de la tarde caía directamente sobre su rostro y hacía resaltar claramente los pliegues y las arrugas que se habían grabado en él durante esos tres últimos años. Penas sombrías parecían asediar su frente; sus ojos habían perdido el brillo y sus labios estaban agitados por un movimiento nervioso en que creí leer a la vez una melancólica sumisión y una impotente rebeldía.

Me sentí presa de una compasión infinita; tenía ganas de tomarle las manos y decirle:

—Tén confianza en mí, soy fuerte; déjame participar de tu dolor.

Cuando alzó los ojos, tuve miedo de que hubiera notado mi mirada; me puse rápidamente de rodillas delante de la cuna y apoyé mis labios en el tierno rostro del niño que se estremeció a mi contacto, como si hubiera experimentado un dolor.

Cuando me levanté, vi que Roberto había salido del cuarto.

Marta me esperaba con los ojos brillantes de impaciencia y de inquietud: quería saber que yo admiraba a su hijo.

—¿No es verdad que es lindo?—balbució, alzando hacia mí sus débiles brazos.

Y cuando su corazón de madre estuvo saturado de orgullo, me hizo sentar a su lado en las almohadas, apoyó su cabeza en mí y concluyó casi por ponerla sobre mis rodillas.

—¡Oh! ¡Qué frescura!—murmuró.

En seguida cerró los ojos, respirando tranquila y regularmente, como si durmiera.

Enjugué con mi pañuelo el sudor que cubría su frente.

Ella me agradeció por señas y dijo:—Estoy todavía un poco débil, me parece que tuviera los miembros rotos; pero espero que mañana podré levantarme y atender a la casa.

—¡Gran Dios, qué ideas tienes!—exclamé espantada.

Ella suspiró.

—Es necesario, es necesario. No tengo derecho de reposar.

—¿Por qué no tienes derecho de reposar?

Marta no contestó, poro de repente se puso a llorar amargamente.

La calmé, besé sus mejillas y sus ojos preñados de lágrimas, y le supliqué que me abriera su corazón.

—¿No eres feliz? ¿Roberto no es bueno contigo?

—Es bueno conmigo, como el buen Dios; sin embargo no soy feliz, soy muy desdichada, hermanita, más desdichada de lo que puedo decirte.

—¿Y por qué, Dios mío?

—¡Tengo miedo!

—¿De qué?

—De hacerlo desgraciado, de no ser la mujer que le convenía.

Sentí, de improviso, que un frío glacial me invadía, como si, emanado de su cuerpo, se trasladara al mío.

—¿Ves? ¡Tú misma sientes que tengo razón!—murmuró, alzando hacia mí sus grandes ojos inquietos.

—Estás loca—dije, esforzándome por reír.

Continuaba sintiendo en todo mi cuerpo ese helado calofrío. Un vago sentimiento me decía que Marta podía muy bien no equivocarse. Pero por el momento se trataba de consolarla.

—¿Cómo puedes ser tan tonta para atormentarte así tú misma? ¿Acaso su actitud no te dice noche y día que estás en un error?

—Sé lo que sé—replicó ella, suavemente, con esa resignación altiva que es el arma de los débiles.—Y esto que te digo no data de hoy. Ese temor tiene muchos años: estaba ya en mi corazón aun antes de que fuéramos novios, y yo sabía bien lo que hacía cuando me negaba entonces a ser su mujer; ¡era el amor, sólo el amor lo que me guiaba!

—¡Marta! ¡Marta!—exclamé en tono de reproche.—Me parece que me has ocultado muchas cosas.

—Todo te lo dije en aquella época—respondió ella;—pero tú no querías creerme, querías por fuerza hacer mi felicidad; y más tarde, ¿por qué habría hablado? En el papel las cosas toman otro significado que el que se les ha querido dar; habrías concluido por ver en mis palabras un reproche a Roberto, quizá hasta a ti misma, y yo no podía dar lugar a semejante equivocación. Mi desgracia data del día en que llegamos aquí. Cuando lo vi reñir con su madre, oí que una voz me gritaba: «¡Tuya es la culpa!» Cuando de día en día lo vi ponerse más sombrío y más triste, me repetía nuevamente en el fondo del corazón: «¡Tuya es la culpa!» Durante la noche me quedaba despierta a su lado, atormentada por este pensamiento:

«¿Por qué estás tan triste y tan melancólica, por qué no sabes sino arrojarte en sus brazos llorando, y sufrir doblemente cuando lo ves sufrir?»

«¿Por qué no has aprendido a echarte a su cuello cantando, desde que vuelve a su casa y, con la sonrisa en los labios, a borrar con un beso las arrugas de su frente? Aún más, ¿por qué te faltan el orgullo y la fuerza? ¿Por qué no puedes decirle: «Refúgiate a mi lado; si tu corazón tiembla, en mí encontrarás nuevas fuerzas, velaré sobre ti y sostendré tus pasos.» He ahí lo que habrías hecho tú, hermana; no, no me contradigas. Con frecuencia me he representado la actitud que habrías tenido tú, con tu alta estatura; le habrías abierto los brazos para que pudiera refugiarse en ellos, como en un puerto donde las tempestades no se atreven a penetrar... pero, mírame—y al decir esto dirigía una mirada de lástima a su cuerpo delicado y débil, cuyos flacos contornos se delineaban bajo la cobija.—¿Ese lenguaje no sería ridículo en mi boca? Yo que casi me pierdo en sus brazos, que soy tan pequeña, tan frágil, no sirvo sino para que me protejan; proteger a los otros no es cosa mía... Mira, he reflexionado en todo eso durante largas noches, en las tinieblas, y el desaliento se ha apoderado cada vez más de mí. Por la mañana me esforzaba en reír, quería fingir la indiferencia y la alegría de un pájaro, creyendo que ese era el papel que mejor me convendría y más le agradaría; pero los cantos y la risa se ahogaban en mi garganta, y él lo notaba muy bien, pues sonreía con expresión compasiva, y yo sentía redoblar mi vergüenza.

Sin fuerzas, Marta se detuvo y ocultó el rostro en mis faldas; luego continuó:

—Y como este medio no me dio el resultado que esperaba, traté por lo menos de indemnizarlo de otra manera. Tú sabes que nunca en mi vida he tenido miedo al trabajo, pero hasta ahora jamás había tenido sobre mí una labor tan penosa como durante estos tres años. Y, cuando ya no podía más, cuando mis rodillas casi se doblaban bajo mi peso, seguía adelante, sin embargo, sostenida por este pensamiento: «Haz ver que eres por lo menos útil para algo, arréglate de modo que nunca sepa cuán poca cosa posee en realidad en tu persona...» Pero, ¿de qué sirve todo eso? Todos mis esfuerzos son enteramente inútiles. Tan pronto como vuelvo las espaldas todo se trastorna. Tiemblo sin cesar de que un día mi trabajo le parezca insuficiente.

Así se quejaba la desdichada, y yo misma tenía el corazón despedazado al ver tanto dolor.

—Escucha, tengo que hacerte una súplica—dijo ella finalmente, tomándome ambas manos:—sondea a Roberto, procura saber si está contento de mí, y después me lo dirás.

La atraje hacia mí, le prodigué mil palabras cariñosas, y traté de alejar con mis caricias el temor, la inquietud de su espíritu. Ella bebía con amor cada una de mis palabras; su rostro febricitante estaba pendiente de mis labios y de vez en cuando un débil suspiro se escapaba de su pecho.

—¡Oh! ¿Por qué no has estado siempre a mi lado?—exclamó, acariciándome las manos.

En ese momento, un nuevo pensamiento pareció desalentarla otra vez. Insistí para que hablara, pero no quería decidirse a hacerlo; al fin dijo, balbuciendo y tartamudeando:

—¡Tú harás todo mil veces mejor que yo; le enseñarás lo que habría podido tener y lo que tiene; verá qué pobre criatura soy a tu lado!

Un espanto se apoderó de mí; luego comprendí.

Había soñado en poseer un hogar, pero ese sueño se desvanecía. ¿Cómo podía permanecer en esa casa, cuando mi propia hermana se consumía de dolor y de celos por causa mía?

Marta sintió que me había hecho mal; alzando sus delgados brazos hasta mi cuello, me dijo:

—Compréndeme, Olga; no son celos los que experimento; soy tan poco celosa, que mi deseo más ardiente es que os entendáis ambos después de mi muerte, y que...

—¡Después de tu muerte!—exclamé espantada.—¡Marta, no digas eso! ¡Es un crimen!

Ella se sonrió, triste y resignada.

—Lo sé mejor que tú—dijo.—Mis fuerzas se han agotado desde hace tiempo. Ya antes, esa larga espera me había aniquilado. Por eso deseaba verte tan ardientemente, porque pensaba que muy pronto todo concluiría; antes de partir quería arreglar todo entre vosotros dos. Pero, sea como fuere, tarde o temprano tendré que pasar por eso, y quiero antes estar segura de que dejo a ambos, al niño y a él, en buenas manos.

Me estremecí y en seguida sentí que una gran laxitud me invadía. Me pareció que iba a caerme delante de la cama y a llorar, a llorar hasta rendir el alma.

En ese momento se oyeron en la habitación contigua los gritos del pequeñuelo que se había despertado y reclamaba a su nodriza. Respiré largamente y reflexioné acerca de mí misma y de los deberes que me incumbían.

—¿Oyes, Marta?—grité.—Te desesperas, y el Cielo te ha acordado la dicha más grande que puede pretender una mujer. Renacerás por tu hijo; tu vida sacará de su juventud un nuevo vigor.

Un relámpago pasó por sus ojos; luego se dejó caer suavemente y cerró los párpados, sonriéndose. Sólo el sentimiento de la maternidad podía dar alas a su esperanza.

Abrió la boca una vez más y murmuró algunas sílabas. Me incliné hacia ella y pregunté:

—¿Qué tienes, hermana querida?

—Desearía ser útil para algo en este mundo—dijo, con un suspiro.

Y con este pensamiento, se durmió.

Había cerrado ya la noche cuando Roberto penetró sigilosamente en la habitación. Yo me sobresalté: sentí de repente que me iba a ver reducida a esconderme, a huir de él hasta el fin del mundo: «¡Es necesario que no te encuentre, no te encontrará!»—me gritaba una voz interior.—Mis mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor traicionara mi emoción a pesar de la obscuridad.

Se acercó a la cama, escuchó un instante la respiración apacible de Marta y en seguida me dijo en voz baja:

—Ven, Olga. Estás cansada; tomarás algo y después irás a descansar.

Quise protestar, pues temía mucho encontrarme sola con él, pero, para no despertar a mi hermana que dormía, lo seguí sin decir una palabra.

El comedor era una vasta habitación, blanqueada, con muebles antiguos que parecían estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a negros gigantes agazapados. Bajo la araña había una mesa redonda con dos cubiertos.

—He hecho comer antes al personal de la granja—dijo Roberto, volviéndose hacia mí,—pues no he querido darte el disgusto de ver caras extrañas.

Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó la barba en su mano y fijó la mirada en el salero.

—¡Pero tú no comes!—dijo al cabo de un instante.

Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado, aun cuando el hambre me desgarrara las entrañas. Su presencia me paralizaba por completo.

Siguió un nuevo silencio.

—¿Cómo la encuentras tú?—preguntó él al fin.

—No sé—dije, violentándome para hablar,—si debo sentir alegría o inquietud.

—¿Por qué inquietud?—preguntó bruscamente.

Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.

—Marta se atormenta a sí misma.

Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que decía: «¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño desperezándose y exhaló un suspiro. Su cabellera enmarañada le caía sobre la frente y en las extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se acentuaban aún más.

Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no parecía una acusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?

—Te ama demasiado—repuse, apretando los dientes.

Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.

Él se sobresaltó y me miró un instante, con una extrañeza sincera, inclinó repetidas veces la cabeza y dijo:

—Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.

Yo habría querido en seguida pedirle perdón. Verdaderamente no merecía esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de sol: sólo en mi corazón reinaban las tinieblas.

Creí que las lágrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.

Vi que no podría contenerme por más tiempo, y me levanté bruscamente.

—Buenas noches, Roberto—dije, sin tenderle la mano.—Estoy extenuada, necesito acostarme; deja, un criado me indicará el camino. ¡Deja, te digo!

Grité esas últimas palabras como impulsada por el enojo: él se detuvo, cortado.

En la penumbra del corredor, el aire fresco me calmó muy pronto. Di algunos paseos y después fui en busca de una criada para que me indicara mi habitación.

—La señora ha arreglado todo ella misma en el cuarto y ha prohibido que lo toquen; hay también una carta para la señorita.

Cuando me quedé sola, pasé revista a la habitación. ¡Querida y excelente hermana! Había pensado en mis menores deseos, se había acordado fielmente de mis menores costumbres de otros tiempos para dar a mi aposento toda la comodidad y todo el encanto que se pueden imaginar. Nada faltaba allí, de lo que mi corazón más apreciaba antes. Sobre la cama caían cortinas de flores encarnadas, semejantes a las que habían abrigado mis primeros sueños de niña; en el borde de la ventana había geranios y artanitas que yo siempre cultivaba; adornaban las paredes algunos cuadros sobre los cuales mis miradas descansaban en otros tiempos al despertarme, y en los estantes encontré los libros en que había aprendido las primeras nociones del amor.

El drama deIfigenia, que, en aquellos días claros y sin nubes, había sido mi poema predilecto, estaba abierto sobre la mesa. ¡Oh, bondad del Cielo! ¡Cuánto tiempo hacía que lo había leído, cuánto tiempo hacía que lo evitaba temerosamente, de tal modo que la tranquila majestad de la santa sacerdotisa hacía sufrir a mi alma!

Entre las páginas del libro encontré la carta de que me había hablado la criada. Tuve un dulce presentimiento, el presentimiento de que iba a encontrar una nueva prueba de afecto inmerecido, y, rasgando el sobre, leí:

«¡Hermana muy querida!

»Cuando entres en este cuarto no podré desearte la bienvenida: estaré enferma y quizá hasta mis labios se habrán cerrado para siempre. Todo lo encontrarás como tenías la costumbre de verlo en casa; todo esto estaba preparado para ti, y te esperaba desde hace mucho tiempo. Que sea el dolor o el gozo lo que te acoja en el umbral de esta casa, descansa en paz y duérmete con el sentimiento de estar en tu casa. Esfuérzate en amar a Roberto, como él mismo te amará. Entonces todo irá bien todavía, ya sea que Dios me deje con vosotros o que me llame a Él. Tu hermana,Marta.»

Nada nuevo había en lo que allí me decía y, sin embargo, me sentí tan violentamente conmovida por esa sencilla y enternecedora prueba de su cariño, que no tuve en el primer momento más que un pensamiento: ir a arrojarme al pie de su cama, y confesarle cuán indigna era aquella a quien ofrecía el asilo de su corazón y de su techo.

Ciertamente, ya no me cabía ninguna duda. Esa fatal pasión, que yo creía haber arrancado de mi alma con todas sus raíces, se había cubierto de una nueva y frondosa vegetación; las heridas cicatrizadas desde hacía tiempo se habían vuelto a abrir con la presencia de Roberto; me parecía sentir que mi sangre ardiente se escapaba de ellas a torrentes.

Ya era inútil ocultar o disimular. Se habían acabado, desde hacía largo tiempo, ese fulgor inseguro y seductor que colora los sentimientos nacientes, y ese dulce abandono que permite la embriaguez inconsciente de la juventud; en su lugar estaban la luz brillante y cruda de un conocimiento madurado por los años, la actitud fría y rígida que impone una conducta severa.

Sí, lo amaba, lo amaba con una pasión tan ardiente, tan dolorosa como sólo el corazón retemplado en el fuego del odio y del sufrimiento puede amar. Y eso no databa de hoy, eso no databa de ayer.

Había crecido con ese amor, me había aferrado a él en la pasión secreta de mi corazón; mi ser había encontrado en él su vigor: era mi fuerza y mi debilidad, era mi vida y mi muerte.

¿Lo merecía Roberto? ¿Me comprendía? ¡Qué importaba! Nunca lo comprendería después de todo. Y luego, no era él sino yo la que tenía que conquistar un derecho a su amor. A esa hora sabía que jamás podría desterrar de mi pecho esa pasión. Se trataba de someterse a ella como uno se somete al eterno destino, pero era necesario que no se hiciera criminal: debía reinar pura en el fondo de mi corazón puro.

Y, en verdad, no me habían llamado a esa casa para labrar su desgracia.

Una gran misión, una misión sagrada me esperaba. Marta vería en breve que un genio bienhechor reinaba en torno de ella en la casa: aprendería conmigo a emplear de una manera eficaz, para la salvación de su marido muy amado, el amor que la consumía en vano. Su valor, a mi lado, iba a rehacer, su alma iba a tomar nuevas fuerzas. ¡Cómo me prometía sostenerla y consolarla en las horas de dolor y de abatimiento; cómo me violentaría para reír cuando la melancolía la envolviera con su velo sombrío! Sabría, con mis bromas alegres y vivas, disipar las nubes, devolver a las frentes su serenidad, y haría de modo que siempre brillara entre esas paredes un último rayo de sol.

Mi vida transcurriría sin deseo, feliz tan sólo de la dicha de los míos, en una abnegación discreta y resignada.

Ya no necesitaba vagar en torno de la estatua de Ifigenia, pues yo también iba a desempeñar el papel augusto y sublime de la sacerdotisa.

Este piadoso pensamiento hizo caer la agitación de mi alma, y con él me dormí.

Cuando me desperté esa primera mañana, me sentí satisfecha, casi feliz. En mí reinaba una paz casi religiosa que no conocía ya, desde hacía un número infinito de años. Sabía que en lo sucesivo no tenía por qué temer el encontrarme con él.

Marta dormía todavía. Cuando miré a la habitación por la abertura de la puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia atrás, y oí una respiración corta y oprimida.

Tranquilizada, me alejé para entrar inmediatamente en mis funciones de ama de casa.

—Ya no necesitará extenuarse en el trabajo—pensé, penetrada de una secreta alegría.

Hice, para tomar oficialmente la dirección de la casa, una inspección que duró casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no habría tardado en imponérselo.

A la hora del almuerzo me encontré con Roberto. Sentí al entrar al comedor una leve palpitación del corazón, la que desapareció tan pronto como me acordé de mi juramento de la víspera. Me le acerqué, serena, mirándolo de frente, y le extendí la mano.

—¿Marta duerme todavía?—pregunté.

Él sacudió la cabeza.

—He mandado buscar al médico—dijo.—Ha pasado una mala noche... la emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.

Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.

—¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.

Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.

Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.

—¿No te sientes bien, Marta?

Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso quería decir: Ven, siéntate a mi lado.

Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.

—Dame una frazada gruesa—murmuró,—tengo mucho frío.

Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse con su contacto.

—¿Has dormido bien?—preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no le conocía.—Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi corazón!

—¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?—continuó ella, al mismo tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de malicia.

A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de agradecimiento.

—¡Sí, bésame, bésame otra vez!—dijo ella.—Tu boca es tan bella, tan ardiente: da calor al cuerpo y al alma.

Y un nuevo calofrío la sacudió.

Un instante después entró Roberto.

—Prepárate, querida—dijo acariciando la mejilla de Marta;—el médico, nuestro tío, ha llegado.

En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios de sus antiparras.

—Entonces, ¿es ella?—dijo extendiéndome la mano.

Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin reserva.

—¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!—continuó él.—De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado, Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.

Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a derecha e izquierda sus puñitos.

—Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad—pensé mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita; ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura infinita.

—Desde ayer te has vuelto más pura y mejor—me dije mentalmente.

La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado, furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar algo.

—He alejado a Roberto—dijo.—Necesito hablar a solas con usted.

Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera humeaba todavía.

—Tengo por usted un respeto muy grande, señorita—comenzó enjugando las gotas de sudor de su frente.—Por todo lo que he oído decir, es usted una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.

—Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor—dije, sintiéndome palidecer.

—¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...

Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.

—¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!

Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así del borde de la mesa para no caer.

—¡Vamos! ¡valor, valor!—murmuró él poniéndome la mano en el hombro.—La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil despedirla.

Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no pudiera formarme una idea de sus terrores.

—¿Roberto lo sabe?

Ese fue el primer pensamiento que me vino.

El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.

—He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la mitad de la verdad.

—¿Y cuál es la verdad entera?

Y enderezándome lo miré en los ojos.

Él guardó silencio.

—¿Va a morir?

Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto a encontrar mis fuerzas.

—Doctor—dije,—si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no flaquearé: necesito una certidumbre.

—Una certidumbre, querida niña—repuso él apoderándose de mis manos,—no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en su germen, y entonces todo se habrá salvado.

—¿Qué puedo hacer por ella?—exclamé, extendiendo hacia él mis manos juntas.—¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.

Él me miró sorprendido.

¿Cómo habría podido comprenderme?

Y ahora he llegado a la parte más difícil de mi relato. Desde hace ocho días, doy vueltas en torno de estas páginas sin atreverme a tomar la pluma. Un calofrío de espanto me invade al pensar en lo que me espera.

Y, sin embargo, me hará bien el acordarme una vez más de esos tres días y esas tres noches terribles, precisamente ahora que un sentimiento más tierno, una melancolía más dulce, parecen saturar mi corazón. ¡Atrás, atrás, todo pensamiento lisonjero que me hable de dicha y de paz! Estoy destinada a vivir sola y a renunciar a los goces de este mundo, y si alguna vez lo olvido, la historia de esos tres días sabrá hacerme recordarlo...

Cuando acerqué mi silla a la cama de mi hermana para comenzar mis funciones de enfermera, la encontré dormida; pero ese no era el sueño que fortifica y prepara la convalecencia; era un sueño que pesaba sobre ella como una pesadilla y le cerraba por fuerza los párpados. Cuando su pecho se levantaba o se bajaba, se habría dicho que obedecía a una fuerza extraña que lo dilataba y lo comprimía alternativamente. Su rostro pálido, color de cera, surcado por venas azules, estaba medio hundido en las almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo cruzaban, semejantes a reptiles. Oculté mi cara entre las manos: no podía soportar ese espectáculo.

Las horas del día pasaron. Ella dormía, dormía sin pensar en despertarse.

De vez en cuando oía afuera el paso ligero de las criadas; aparte de eso, todo estaba silencioso y desierto en derredor nuestro. De Roberto, ni trazas.

A mediodía no pude dejar de preguntar por su paradero. Le habían visto por la mañana salir a los campos, seguido por sus perros. Y así, desde hacía horas, vagaba bajo la lluvia.

El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando agua, con la mirada empañada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente.

Debía haber sufrido horriblemente.

Quise acercarme a él, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me atreví. La mirada huraña y sombría que me lanzó, me decía con bastante claridad: «¿Qué quieres? Déjame solo con mi dolor.»

Había asido una de las columnas de la cama y permanecía allí, con los ojos fijos en Marta, mordiéndose los labios. Después salió, como había venido, sin decir una palabra.

Pasaron dos horas más en el silencio y la espera. Los vapores de fenol que se desprendían del plato colocado frente a mí, principiaban a darme dolor de cabeza. Apoyé la frente en los vidrios para refrescarla, siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento levantaba y hacía revolotear hasta la ventana.

Comenzaba ya a obscurecer, cuando oí de repente afuera, en el corredor, una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la enferma, dormida, se estremeció dolorosamente.

La cólera me subió a la cara. Quise correr para echar de la casa a la persona que hacía tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropecé con ella.

A la primera mirada reconocí esa cara colorada e hinchada, esos ojillos perversos. ¡Quién podía ser sinoella, la mejor de todas las tías y de todas las madres!

—¡Al fin—exclamé para mis adentros,—al fin voy a verte de frente, mis ojos en los tuyos!

—De modo que tú eres Olga—exclamó siempre en el mismo tono estridente y llorón que llenaba la casa.—¡Buenos días, mi queridita! ¡Oh! ¡Qué desgracia! ¿Entonces es verdad? ¡La noticia me ha trastornado!

—Le ruego, querida tía—le dije cruzándome de brazos,—que vaya usted a trastornarse a otra parte y no aquí, y que a la cabecera de la enferma modere usted el tono de su voz.

Ella se quedó cortada. La mirada envenenada que me lanzó entonces, no la olvidaré en mi vida.

Pero ya sabía con quién tenía que habérmelas. Por otra parte, ella recogió el guante en seguida.

—Haces muy bien, hija mía—dijo, y su voz tomó de pronto un sonido metálico, como una trompeta de guerra,—haces muy bien en atender a tu pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es inútil ahora; soy yo quien va a quedarse aquí.

«Espérate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato»—exclamé mentalmente.

E irguiéndome cuanto pude, le respondí con mi sonrisa más fría:

—Se equivoca usted, querida tía; se le ha prohibido a mi hermana de la manera más formal que la visiten personas extrañas. Le ruego, pues, que se retire a la habitación contigua.

Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habría sido capaz de estrangularme allí mismo. Pero se marchó y el buen tío, sin voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrás de ella, la siguió.

En mi triunfo solté una gran carcajada.

Pero también, ¿qué venís a hacer, almas codiciosas, en el templo del dolor? ¡Atrás!

Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.

El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al despedirse y dijo:

—Continúe usted con el fenol, toda la noche.

A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un vago encogimiento de hombros.

No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse afuera?—me preguntaba.—Casi se diría que le está prohibida la entrada.»

El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa parece entregada al reposo.

El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?

El furor de la desesperación se apoderó de mí.

Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar el paso a ese demonio amenazador.

¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado antes que aquél en el umbral de la puerta!

Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una puñalada.

Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas horas.

Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra, pero guardó silencio como antes.

Poco después de media noche salió del cuarto.

Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la esperanza.

Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean allá arriba en la inmensidad.

El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.

«¿Volverá?—me pregunté, aplicando el oído al ojo de la cerradura.—Seguramente no puede dormir.»

Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.

Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:

«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí? ¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»

Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.

Ella no se despertó. Recogida en su dolor, yacía, triste esqueleto. En sus pómulos se encendían pequeñas llamaradas. La respiración silbaba.

Por un instante sus labios se agitaron; parecía querer hablar, pero las palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.

¡Qué terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj hacía oír su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana venía el ligero quejido del viento y en el interior de la habitación resonaba el ruido de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.

Y de improviso me pareció oír, en medio del silencio, que mi sangre se agitaba y hervía dentro de mi cuerpo. Escuché con atención. Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas. «¿Por qué no circula apaciblemente como de costumbre—me pregunté,—y como lo exige mi gran resolución? ¿No he extirpado de mi corazón con todas sus raíces la idea de un crimen? ¿No lo he purificado con ayuda de mil fuegos? ¿No estoy aquí para desempeñar el papel de sacerdotisa, de sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?»

¡Y escuché nuevamente!

«Son alucinamientos»—me dije.

Pero a pesar de ello tenía miedo de todo ese movimiento y de todo ese estrépito, que parecía aumentar a cada instante. Veía que un torrente me llevaba en sus remolinos, un torrente de sangre. De él surgía una roca de puntas escarpadas. En esa roca, una palabra estaba escrita en letras de fuego, la palabra: «Asesinato.»

El ruido de pasos se dejó oír más. De un salto me paré... Roberto vino, se sentó al borde de la cama; con la mano enjugó el sudor que cubría la frente de Marta, e hizo deslizar los cabellos de ésta por entre sus dedos.

Yo lo observaba de reojo y a hurtadillas. Apenas osaba respirar. Sus ojos enrojecidos y fatigados brillaban en el fondo de las órbitas; sus labios apretados revelaban amargura e irritación. Allí estaba, petrificado en un dolor mudo. El deseo de acercarme a él me sacudió como un calofrío de fiebre. Pero, cuando quise levantarme, sentí como dos manos de hierro que pesaban sobre mis hombros y me hicieron caer de nuevo en mi asiento.

Al fin pronuncié su nombre y me sobrecogí de espanto, de tal modo que el sonido de mi propia voz me pareció extraño y lúgubre.

Él se volvió y me miró.

—Roberto—dije,—¿por qué no me hablas? Si hicieras compartir a otro el dolor que te oprime, eso te aliviaría.

Se levantó bruscamente, se me acercó y me tomó ambas manos. A ese contacto sentí que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo miré con firmeza, de frente.

—Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga—dijo él.

—¿Qué quieres decir con eso, Roberto?—balbucí.—¿Me he mostrado desatenta para contigo?

—¡Si sólo fuera desatenta!—replicó él.—Pero me has tratado como a un extraño, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.

—¡Que Dios me libre de ello!—grité deshaciéndome, pues sentía que iba a caer en sus brazos.

Y él continúa:

—Olga, si alguna vez te he hecho daño... ¿cuál, no lo sé? Pero debe de ser así, de lo contrario no me rechazarías de esa manera; tu mirada, tu actitud entera, serían menos duras para mí... Si, pues, te he hecho daño, Olga, no ha sido culpa mía; nunca he tenido sino buenas intenciones para ti. He... habría querido que siempre estuvieras aquí como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente extraña... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos amamos...

¿Para qué pronunciaría su nombre? Sentía nacer en mí una fiera alegría, me parecía que me brotaban alas; y he ahí que su nombre me hería como un latigazo. Me mordí los labios hasta que brotó la sangre. Pero a pesar de todo quise permanecer serena, quise desempeñar el papel de ángel protector.

—Roberto—dije,—te has equivocado gravemente con respecto a mí: nada he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes tener confianza en mí... ¿quieres?

Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.

—¡Te estoy tan agradecido, Olga!—dijo.—¿Por qué no había de continuar teniendo confianza en ti? Mira, desde el día en que hicimos juntos en el bosque ese paseo a caballo, ¿te acuerdas? (¡Oh, si me acordaba!) desde ese día te he querido como a una hermana, aún más que a todas mis hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ángel tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo serás todavía en el porvenir, ¿no es verdad?

Hice seña de que sí sin decir nada y me oprimí el pecho con las dos manos; en seguida, cuando él lo notó, las dejé caer, pero retrocedí tres pasos tambaleándome y fue un milagro si conseguí mantenerme en pie.

Inquieto, él se me acercó.

—Estoy cansada—dije, esforzándome por sonreír.—Ven, vamos a sentarnos, la noche es larga.

Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacudía a cada instante; sus párpados parecían cerrados, las sombras de sus pestañas descendían hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se inclinaba hacia ella, veía brillar en el fondo de las obscuras cavidades el blanco de los ojos, con un lustre de nácar pálido. Él lo notó, lo mismo que yo.

—Se diría que ya está muerta—murmuró, ocultando la cabeza entre sus manos.—Y si muere—continuó,—no será a consecuencia de su parto, no será de esa miserable fiebre; sólo yo seré la causa de su muerte.

—Por el amor de Dios, ¿qué dices?—exclamé, extendiendo hacia él mis brazos.

Él inclinó la cabeza sonriendo amargamente.

—Bien lo he visto durante estos tres años: es doble, triple mi culpa. Primero, la dejé esperar y consumirse durante siete años, dividida entre la esperanza y el desaliento, agotando así su energía y sus fuerzas, ¡y Dios sabe que no tenía muchas! Después la arrastré, débil de cuerpo, abatida de espíritu, a este infierno donde todo el mundo le era hostil, y aun más hostil que todos, la que mejor habría debido sostenerla. ¡Y yo mismo! Si hubiera dado pruebas de valor y de alegría, si hubiera velado para que su pie no tropezara con las piedras del camino, si hubiera puesto un poco de sol en su existencia, quizá habría podido vivir feliz a mi lado. Pero con frecuencia me mostraba brusco y chabacano; juraba y echaba pestes en torno de ella sin acordarme de que me bastaba alzar la voz para hacerla estremecer y que el menor pliegue que arrugaba mi frente, la hacía palidecer. ¡Ve ahí, delante de nosotros, ese cuerpo que no tiene más que el aliento, y mírame a mí, gigante rudo y tosco! Más de una vez, durante la noche, me he despertado, temblando, al pensar que quizá la había ahogado entre mis brazos. Y, finalmente, la he ahogado en realidad. Lo que me convenía era una mujer fuerte y...

Espantado se detuvo y dirigió al rostro de Marta una mirada que pedía humildemente perdón; pero yo completé su frase con el pensamiento.

Cuando Roberto salió de la habitación, un sentimiento de júbilo se apoderó de mí, una loca alegría que desencadenaba un huracán en mi cabeza, sembraba la turbación en mis sentidos y parecía querer absorberlo todo, mi orgullo, mi independencia, el respeto a mí misma.

La atmósfera del cuarto de la enferma estaba pesada y envolvía mi cabeza como un manto sofocante; los vapores de fenol me quemaban el cerebro; la respiración comenzaba a faltarme.

Corrí a la ventana y apoyando mi frente en el marco, aspiré el aire frío de la noche que penetraba en el cuarto por las rendijas.

El día apareció a través de las cortinas, un día frío y gris, sumido en la niebla. Nubes descoloridas subían pesadamente en el horizonte, y arrojaban un pálido fulgor sobre los árboles que chorreaban de humedad, y que parecían haberse despojado todavía durante la noche, de una parte de sus hojas.

¡Qué noche!

¡Y cuántas otras más terribles que esa, van a sucederle! ¡Qué fantasmas, engendrados por las tinieblas, nacidos en la angustia, van a aparecer, a favor de esas noches, en mi espíritu febricitante!

Me sentí tiritar y me retiré a un rincón: tenía miedo de mí misma.

Pasaron las horas de la mañana y poco a poco me fui calmando. El recuerdo de esa noche se borró y con él los desórdenes de la fiebre y los tormentos de la conciencia. Lo que había visto, lo que había sentido, no me parecía más que un sueño. Una laxitud aplastadora me invadió; cerré los ojos y cesé de pensar.

Luego vino un momento de felicidad. A eso de las diez, Marta abrió de improviso sus grandes ojos azules y me dirigió una mirada llena de dulzura y de bondad. Me pareció que era el ojo de Dios que se volvía hacia mí, infeliz pecadora, y que en él leía la piedad y el perdón.

Un gozo puro, un gozo santo, me inundó. Me arrojé en los brazos de mi hermana y escondí mi cara sobre su hombro.

En medio de sus dolores ella se puso a sonreír, y, posando penosamente su mano en mi cabeza, murmuró con voz apenas perceptible:

—¿Sin duda os he asustado mucho?

Sus palabras, ligeras como un soplo, me embriagaron como un canto de paz; por un instante creí que iba a quedar libre del peso que me oprimía el pecho, pero me fue imposible llorar.

—¿Cómo te encuentras?—pregunté.

—Bien, enteramente bien—respondió ella.—¡Pero la sábana me parece tan pesada!

Era la más ligera que había podido encontrar. Así se lo dije; entonces suspiró, diciendo que había que tener paciencia con ella.

Después se quedó completamente inmóvil, sin cesar de mirarme como en un sueño. Al fin inclinó la cabeza varias veces y dijo:

—Está bien así, muy bien.

—¿Qué está bien?—pregunté.

Ella se sonrió y guardó silencio.

En seguida le volvieron los dolores; se agitó, rechinó los dientes, pero no exhaló una queja.

—¿Quieres que llame a Roberto?

Ella dijo que sí por señas.

—Traedme también al niño—murmuró.

Accedí a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y la contempló por largo rato. Trató también de besarla, pero estaba demasiado débil.

Antes de que Roberto llegara, había vuelto a caer en su sueño.

Él me dirigió una mirada de reproche diciendo:

—¿Por qué no me has hecho llamar más pronto?

—Tén la seguridad de que más vale así. Tu presencia le habría causado una emoción demasiado fuerte.

—Tienes razón, como siempre—dijo él.

Y salió, sin notar felizmente el rubor que su elogio me había hecho subir a la cara.

Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupción.

A eso de la una vino el doctor; le tomó la temperatura y notó una disminución de la fiebre.

—Aumentará y disminuirá todavía más de una vez—dijo.

Tampoco compartió la alegría que nos había causado el despertar de Marta.

—No le habléis cuando vuelva en sí—agregó,—y sobre todo no la dejéis hablar. Necesita de la menor porción de sus fuerzas.

Antes de marcharse me miró largamente y meneó la cabeza con expresión inquieta. Sentí que el rubor que revela a los culpables, me invadía de improviso la cara; me parecía que su mirada penetraba hasta el fondo de mi alma...

Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el primero que me vino a la mano, y traté de leer, pero las letras bailaban delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habría dicho que mil murciélagos se recreaban en él.

Necesité mucho tiempo para descifrar tan sólo el título: leíaIfigenia. Entonces, con un brusco movimiento de espanto, arrojé el libro lejos de mí, a un rincón, como si hubiera tenido en mi mano un carbón encendido.

Al anochecer los dolores de Marta parecieron acentuarse. Repetidas veces lanzó un grito estridente, retorciéndose en convulsiones.

Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas crisis, vi de pronto junto a mí a la madre de Roberto.

Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las manos con afectación y bajar las extremidades de sus labios para simular un dolor hipócrita, me viene de repente este pensamiento:

«He aquí una que espera la muerte de Marta, que la desea.»

Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puños se crispan, poco falta para que le arroje su crimen a la cara.

Y mientras esa idea me deja inmóvil y helada, ella me toma por el brazo y trata de apartarme para colocarse a la cabecera de Marta. Quizá esperaba intimidarme con ese proceder brutal.

—Querida tía—dije, desasiendo mi brazo,—ya le he hecho notar a usted una vez, que éste es mi lugar y que nadie en el mundo me lo tomará. Le ruego, pues, encarecidamente, que limite sus visitas a las otras habitaciones.

—¡Ah! ¡Eso es lo que vamos a ver, señorita!—gritó ella con voz chillona.—Voy a preguntarle al dueño de esta casa quién tiene más autoridad aquí, si su anciana y buena madre, o esta aventurera polaca.

Y se retiró sin cesar de gritar.

Temblando de cólera, comencé a pasearme por el cuarto. Nunca me habría imaginado que esa madre abrumada por el dolor pudiera cambiarse tan brusca y completamente en una arpía. No le faltaba más que expresar abiertamente sus deseos más secretos.

—¡Oh, si fuera verdad!—exclamé, sacudida por un calofrío de horror.—¡Desear la muerte de Marta! Marta, ¿lo oyes? ¡Desear tu muerte! ¿A quién has ofendido nunca? ¿A quién has estorbado nunca? ¿Hay alguien en el mundo a quien hayas demostrado otra cosa que afecto e indulgencia?... Si eso fuera verdad, si pudiera haber, paseándose impunemente por la tierra, un ser tan infame, ¡vaya! sería como para desesperar de Dios y del destino.


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