CAPITULO XXIV.Todo le parece pocorespecto de aquel agravio;al cielo pide justicia,á la tierra pide campo,al viejo padre licencia,y á la honra esfuerzo y brazo.Rom. del Cid.Despuesdel mal éxito que habia tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de enmedio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á estos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.En realidad solo podian temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusacion quedaba pendiente, porque las medidas que habian tomado para asegurar el maestrazgo habian sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis Guzman gran número de castillos y lugares de la orden, podia contar el maestre sin embargo con la mayorparte. Estaban por el Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda, y otras villas del Maestrazgo, con mas infinitos castillos, en los cuales habia puesto ya alcaides á su devocion. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavia del maestre anterior, no se habian apresurado á prestarle el homenage debido, sino que habian respondido tanto á él como á su alteza que convocarian el capítulo para elegir y nombrar segun los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la eleccion de su alteza hubiese recaido en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometia que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serian conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no habia creido oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunion del capítulo, porque se prometia acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y solo don Luis de Guzman era el que no perdonaba medio de llevar á cabocuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesion el de Villena. No fue tan bien recibida esta mocion de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convenido ademas de que el cielo habia designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra eleccion, y asi, fue su decision que el capítulo se reuniria en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que mas por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de succeder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Mas de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y supersticion vivian especulando con la pública ignorancia le habia lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues,pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulacion de sus parciales se habia adelantado á poner á su disposicion.Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusacion de Elvira habia dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposicion de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalia singularmente: afianzóse mas en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de alli á poco su alteza mismo quiso, como lo habia prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, que con toda la solemnidad, que de tal padrino podia esperarse, se verificó en la iglesia de la Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistian á la sazoná la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguia siempre por todas partes, desde que por primera vez habia visto á Elvira, y en particular desde que la esplicacion desgraciada que habia tenido en la cámara del judío no habia podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasion. El doncel desde aquella funesta noche no habia vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando solo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasion de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba mas en su corazon, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernan Perez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servia empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginacion?Entre tanto se restablecia diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aun le quedaba, y la ausencia del doncel, si no habian bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros zelos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazon de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvia á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido ademas imposible olvidarle del todo. En la corte ningun caballero hacia mas papel que Macías: era raro el dia que no tenia que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetian. Ya habia abordado en la plaza con tal primor, que habia dejado atras á los mejores jugadores de tablas: ya habia compuesto una trova ó una chanzon tan tierna, tan melancólica, que no habia dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco, instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo,La vihuela de arco fas dulses de bailadas,adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzon, donde los demas no veían mas que una brillante poesía, Elvira no podia menos de leer un billete amoroso? Parecia que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella, como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginacion solia estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solia asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aun, la miraba absorto y enternecido; “Elvira, le decia, da tregua á tu afliccion: todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas solo pueden contribuir á afligirme.” Volvia en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmin, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una esplicacion en que él nopodia hacer todavia el papel de acusador, guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece mas que á uno.Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad.—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan temerario arrojo á una recaida peligrosa.—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas indelebles y duraderas?—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agovian á tu escudero.—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: “No ha lugar á pactos entre nosotros, pues no eres caballero.” Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñélos deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...?—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me digistes, señor...—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que podeis, fiado en la justicia de mi causa...—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez? Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no teneis alguna otra causa que os mueva...—Señor...—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...? Hablad...—Acaso las hay. No lo niego.—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto que tuviéseis zelos...?—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir...?—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento...—¿Vos solo? si supiera...—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin embargo...?—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...—¿Qué es faltar, Vadillo?—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.—Entonces, pues, ¿qué ofensa...?—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura.Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambicion.
CAPITULO XXIV.Todo le parece pocorespecto de aquel agravio;al cielo pide justicia,á la tierra pide campo,al viejo padre licencia,y á la honra esfuerzo y brazo.Rom. del Cid.
Todo le parece pocorespecto de aquel agravio;al cielo pide justicia,á la tierra pide campo,al viejo padre licencia,y á la honra esfuerzo y brazo.Rom. del Cid.
Todo le parece pocorespecto de aquel agravio;al cielo pide justicia,á la tierra pide campo,al viejo padre licencia,y á la honra esfuerzo y brazo.Rom. del Cid.
Todo le parece poco
respecto de aquel agravio;
al cielo pide justicia,
á la tierra pide campo,
al viejo padre licencia,
y á la honra esfuerzo y brazo.
Rom. del Cid.
Despuesdel mal éxito que habia tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de enmedio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á estos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.
En realidad solo podian temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusacion quedaba pendiente, porque las medidas que habian tomado para asegurar el maestrazgo habian sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis Guzman gran número de castillos y lugares de la orden, podia contar el maestre sin embargo con la mayorparte. Estaban por el Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda, y otras villas del Maestrazgo, con mas infinitos castillos, en los cuales habia puesto ya alcaides á su devocion. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavia del maestre anterior, no se habian apresurado á prestarle el homenage debido, sino que habian respondido tanto á él como á su alteza que convocarian el capítulo para elegir y nombrar segun los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la eleccion de su alteza hubiese recaido en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometia que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serian conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no habia creido oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunion del capítulo, porque se prometia acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y solo don Luis de Guzman era el que no perdonaba medio de llevar á cabocuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesion el de Villena. No fue tan bien recibida esta mocion de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convenido ademas de que el cielo habia designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra eleccion, y asi, fue su decision que el capítulo se reuniria en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que mas por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de succeder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Mas de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y supersticion vivian especulando con la pública ignorancia le habia lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues,pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulacion de sus parciales se habia adelantado á poner á su disposicion.
Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusacion de Elvira habia dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposicion de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalia singularmente: afianzóse mas en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de alli á poco su alteza mismo quiso, como lo habia prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, que con toda la solemnidad, que de tal padrino podia esperarse, se verificó en la iglesia de la Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistian á la sazoná la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguia siempre por todas partes, desde que por primera vez habia visto á Elvira, y en particular desde que la esplicacion desgraciada que habia tenido en la cámara del judío no habia podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasion. El doncel desde aquella funesta noche no habia vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando solo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasion de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba mas en su corazon, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernan Perez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servia empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginacion?
Entre tanto se restablecia diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aun le quedaba, y la ausencia del doncel, si no habian bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros zelos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazon de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvia á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido ademas imposible olvidarle del todo. En la corte ningun caballero hacia mas papel que Macías: era raro el dia que no tenia que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetian. Ya habia abordado en la plaza con tal primor, que habia dejado atras á los mejores jugadores de tablas: ya habia compuesto una trova ó una chanzon tan tierna, tan melancólica, que no habia dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco, instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo,
La vihuela de arco fas dulses de bailadas,adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.
La vihuela de arco fas dulses de bailadas,adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.
La vihuela de arco fas dulses de bailadas,
adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,
voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,
á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.
¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzon, donde los demas no veían mas que una brillante poesía, Elvira no podia menos de leer un billete amoroso? Parecia que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella, como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginacion solia estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solia asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aun, la miraba absorto y enternecido; “Elvira, le decia, da tregua á tu afliccion: todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas solo pueden contribuir á afligirme.” Volvia en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmin, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.
En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una esplicacion en que él nopodia hacer todavia el papel de acusador, guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece mas que á uno.
Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad.
—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan temerario arrojo á una recaida peligrosa.
—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.
—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas indelebles y duraderas?
—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agovian á tu escudero.
—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.
—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.
—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.
—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: “No ha lugar á pactos entre nosotros, pues no eres caballero.” Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñélos deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.
—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.
—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...
—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...?
—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me digistes, señor...
—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que podeis, fiado en la justicia de mi causa...
—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.
—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez? Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no teneis alguna otra causa que os mueva...
—Señor...
—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...? Hablad...
—Acaso las hay. No lo niego.
—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto que tuviéseis zelos...?
—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir...?
—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento...
—¿Vos solo? si supiera...
—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin embargo...?
—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...
—¿Qué es faltar, Vadillo?
—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!
—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...
—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.
—Entonces, pues, ¿qué ofensa...?
—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.
—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura.
Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambicion.