CAPITULO XXVII.

CAPITULO XXVII.Eres muger finalmente.Rom. de Zaide á Zaida.Jaime, decia una mañana Elvira á su page, que sentado á sus pies la miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores; Jaime, ¿te habló hoy Fernan Perez á tí?—¿A mí? prima mia, ya sabeis que no soy santo de su devocion; siempre que me ve hablando con vos mas de lo regular, hay motivo bastante ya para que tenga mala cara un dia entero. Sin embargo, nunca le hice mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Con que si no os ha hablado, lo que es á mí...—¡Ah! tampoco: no sé qué secreta melancolía le devora desde la noche...—Sí, aquella noche en que...—No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que dí... si llegó á cerciorarse de que era yo...—Pudiera ser; pero me parece que tiene alguna cosa mas.—¿Qué cosa?—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo.—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte...?—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso...Elvira me ama, decia antes de ayer cuando yo le encontré distraido,me ama tanto como yo á ella,es imposible:no era culpable...—¿Eso decia?—Eso le oí...—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices...—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...—¿De alguno?—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el mismo caballero, y que sus heridas...—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que sabes cuán inocente soy...—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es verdad, prima?Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un profundo silencio, indicio de la mayor distraccion.—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte, á mí me da lástima.—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar así...—¿Qué amigo?—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.—¿Qué dices, Jaime?—Lo que oís: solo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías está asi porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él mas, y sin embargo váme bien de salud. A pesar de eso todos dicen que está enamorado.—¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!—Un caballero tan aventajado, tan...—Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad!—Bien, prima, bien: no os aflijais. En confianza... añadió sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengais cuidado... en confianza, se me figura que no estais vos mejor que él...Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente la mano del pagecillo, que continuó...—Yo os aseguro que si le viérais... y le hablárais...—Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle, ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya.—¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama...—Porque es mi voluntad, page. Callad.—Pero haceos cargo de que si está enamorado, segun dicen, ¿cómo puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuérais tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagais el cariño de los que os quieren bien, os dejaré yo de querer...—No hay remedio, Dios mio, no hay remedio, esclamó Elvira desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir hablar sino de él. Si no quereis, Dios mio, mi perdicion, empezad por apartar su imágen de mis ojos, su recuerdo de mis oidos. Yo os lo pido, y os lo pido de corazon. No quiero sucumbir, no quiero.—Ved, prima mia, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos á mí.—Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el mundo todavia: no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y meditabundo al pagecillo, que no veía muy claro todavia qué peligro podria haber en crecer como todos habian crecido antes que él, retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, que cada vez se oían mas cerca.Apenas habia desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.—Tampoco, dijo, tampoco está aqui.—¿Adónde vais, señor? preguntó el page, asombrado del desorden que reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?—¿Jaime, eres tú? Pues bien: he de verla.—¿Habeis de verla? ¿á quién?—¿A quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra?—¿Estais loco?—Sí lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla, no mas verla, ¿Dónde está?—¡Desdichado! ¿Y Hernan Perez, señor?—¡Ah! Hernan Perez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la rivera. Me he perdido de propósito por encontrarla.—¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que haceis?—¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre lareconvencion, siempre el deber, y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, page, que estoy obligado á hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa!—¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible.—¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura no está?—Estar... respondió con algun embarazo el page, eso... Mirad: está; pero si quereis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser lo mismo.—¿Por qué?—Porque está mala. ¡Ah! Señor, si la viérais... tened compasion...—¡Compasion! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué dolencia...?—Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora...—¿Llora? ¿Sufre?—Ya veis, pues, que es imposible.—Ahora mas que nunca la he de ver.—¿Qué hablais? Yo creía que con deciros...—¡Ah! con que me engañas, page... ¿no es cierto cuanto me dices...?—Como el evangelio, señor caballero;pero... en una palabra, díjome no ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño ella viene...—¿Ella? ¿Elvira?—Salid, pues: ved que no gustará...—¡Que salga! No, page, no.—Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengais! Yo no pude hacer mas, dijo el page encogiendo los hombros al ver que Macías, apartándole con brazo poderoso, se dirigia hácia donde sonaba el ruido de los pasos.—¿Qué altercado es ese, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios! añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecia implorar el perdon de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia, señor, y qué osadía! ¿Qué haceis? ¿Vos en mi habitacion?—Sí, bien mio, respondió Macías. Vana es ya la porfia: inútil la resistencia; yo os amo, Elvira.—¡Ah! ¿qué intentais? Alzad, señor, volveos.—¿Adónde quereis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo enteroestá para mí donde estais vos. No hay mas allá.—¡Silencio! Si mi esposo...—Elvira, no temais...—Salid. Os lo ruego, os lo mando.—¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á accion tan aventurada, cuando me espuse y os espuse á vos misma á los riesgos de esta entrevista, fue para volverme despues de lograda?—Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...—Perded cuidado, prima mia... respondió Jaime.—Corre, sí: si le vieses venir...—Jaime os probará su fidelidad.Dicho esto, salió el inteligente pagecillo, bien resuelto á ejercer la mas activa vigilancia para evitar qué la locura imprudente del doncel acarrease á su prima mas funestas consecuencias que la de haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar en aquel momento. Macías dirigió al page que desaparecia, una mirada en que se podia leer claramente una larga accion de gracias al cielo, que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasion de vencer el desden de la señora de sus pensamientos.—¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oid mis ruegos por piedad. Idos. Soy muger, y os lo ruego. A vuestras plantas si quereis...—¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira. Oidme. Un momento no mas. Oidme, y partiré. Tres años, señora, hace que os ví la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, como nadie amó jamas: igual tiempo callé. Mil veces fue á escaparse de mis labios la palabra fatal: mil veces la sofoqué: la inmensidad de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazon. Mis ojos, sin embargo, os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. ¿Por qué los vuestros me respondieron? Calláran ellos, y muriera yo callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabeis, señora. Mi amor es obra vuestra.—¿Mia? ¡Ah! ¡sed, doncel, mas generoso!—¿Pedisme generosidad? ¿La usásteis vos conmigo? ¿Vos me pedis virtudes? Pedidme amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, y nada mas. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crímen, soy un monstruo.—¡Silencio!—¿Por qué? ¿Pensais que la naturaleza ha podido imprimir con caractéres de fuego en el corazon del hombre un sentimiento sublime, un sentimiento de vida, eterno, inestinguible, para que se avergüence de él? ¡Ah! No la hagais injuria semejante. Cuando lanzó la muger al mundo,la amarás, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes son inmutables. Su voz mas poderosa que la voz reunida de todos los hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo callé...—¿Pero podeis ignorar, Macías, que mi estado...?—¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazon por qué latió en mi pecho con violencia cuando os ví por la vez primera. Preguntadle por qué no adivinó que lazos indisolubles y horribles os habian enlazado á otro hombre. Nada inquirió. Yo os ví, y él os amó. ¿Por qué, cuando dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso tambien de vuestra hermosura? Si solo para un hombre habeis nacido, ¿por qué os dió el cielo belleza para rendir á ciento?—Vos delirais, Macías.—Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis acciones, si en mis palabras echais de menos por ventura la razon, vos la teneis sin duda, que vos me la robásteis. Vuestros son tambien mi locura y mi delirio.—Falso es, Macías, lo que hablais; es falso. Ni vos me amais ahora, ni me amásteis jamas. ¿Dónde aprendísteis á amar de esta manera? Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los mios, estan diciendo á todo el mundo: ¡Yo la amo! Corro al campo á buscar la tranquilidad que en vano me pide mi corazon en la ciudad, y alli Macías, alli donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, es mi esposo, es cosa mia, y haceis gala de decir á las gentes con vuestras fatídicas miradas:Porque ella es suya le aborrezco. ¿Y por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué haceis vos que él no haya hecho, y antes, doncel? ¿Gustais de mí decís? Tambien él lo decia. ¿Puede ser en él crímen el amarme, y en vos...?—Crímen, sí, crímen imperdonable, que solo con mi sangre ó con la suya...—Basta ya, temerario. ¿Y vos me amais,doncel? ¡Y vos me lo decís! Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en vuestro corazon como debiera sin duelo alguno, y ¿vos le provocais y osais contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre, no pronuncie el mio al mismo tiempo. ¿Por qué esa union fatal? Vuestra imprudencia acaso...—¡Mi imprudencia!—Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber llenado de luto mi corazon, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de lágrimas inagotables, ¿osais aun, á riesgo de ser hallado, traspasar el dintel de mi puerta, osais comprometer mi vida... mi honor...?—¿Yo, Elvira? ¡Maldicion sobre mí!—¿Eso es, decidme, lo que debia yo prometerme de ese amor tan decantado? ¡Ah! Macías, si os amára, ¡cuán infeliz seria!—¡Si me amára!—¡Cuán infeliz! Vos mismo habeis cavado entre los dos un abismo insondable...—Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos hundirémos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz trémula y agitada, la tempestad, que anuncian tus palabras, son señales harto ciertas que descubren el volcan inmenso que arde en tu corazon. Si fui imprudente, lo confieso tu tuviste la culpa: ¿Por qué no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasagero, de esos que es dado al hombre disimular, de esos que no se asoman á los ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de esos que pasan y se acaban, y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el rayo el corazon donde cae; que rompe y aniquila la existencia; y que es tan facil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es facil encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra.—Macías, ¡por piedad!—No: sufre ahora, que yo sufrí tambien, y sin consuelo, sin indemnizacion, sin premio. Una vez no mas te hablo en la vida, pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso jamas existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los dos. Basta.—¿Qué escucho? ¿adónde quereis llevarme?—Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu presencia. Solo nosotros hablarémos de nosotros. El leon alli no contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las fieras se aman tambien, y no se cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento solo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mio.—Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel, vos os dejais llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteais...—¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si nuestros ojos se tutean?—¡Ea! partid, dejadme; añadió Elvira con una emocion dificil de esplicar. Por la última vez dejadme.—Decidme que me amais, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que he de volver á veros, que he de volver á hablaros...—Soltad; es imposible.—Amadme, Elvira: ¡por piedad!—¡Nunca! ¡jamas! os aborrezco.—¿Me aborreceis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate? ¡Fernan Perez!—¿Qué haceis?—Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernan Perez!—¡Teneos! Macías. Bien: yo...—Acaba, acaba.—Yo os... imposible, jamas. Os aborrezco.—¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos. Huyamos. Los amantes son solo, Elvira, los esposos... inútil es la lucha...—No, no, Macías: hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es primero. ¡Santo Dios! esclamó prosternándose la desdichada Elvira, ¡dadme fuerza y virtud! Sola no basto á resistir.—¿Qué escucho? ¡Es mia, es mia!Macías estrechaba sobre su corazon á la infeliz Elvira, que exánime y sin sentido no oponia á su loco arrebato mas resistencia que la pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.—Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oidos de Macías y de Elvira. Él viene, repitió de alli á un momento. Asi resonó en el corazon del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva consigo el tierno objeto de sus ansias.—¿Viene, Jaime...? preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mio! Salid, señor, salid. ¿Veis á qué estremidad me reduce vuestra imprudencia?—Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aun, decidme una palabra sola de consuelo.—¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor agitacion.—Ved que no es tiempo ya, repitió el pagecillo mirando por entre los coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.—¡Mi honor, mi honor, Macías! esclamó Elvira.—Hablad, pues...—Bien: sí, lo que gusteis diré, pero ocultaos.—Solo por tí...—¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro. Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hácia la puerta por donde debia tardar muy poco en entrar el hidalgo: impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.—¡Dios mio! esclamó Elvira. ¡Perdon, perdon! Vos veis, Señor, mi inocencia desde los cielos. ¡Dadme valor para la amarga prueba que me falta!No bien habia acabado de decir estas palabras, y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habian agolpado á sus ojos, rogó al pagecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la de un amigo ademas para no revelar ante los perspicaces ojos de su marido la terrible emocion que dominaba en su pecho. Poco despues entró Fernan Perez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la prosecucion del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.

CAPITULO XXVII.Eres muger finalmente.Rom. de Zaide á Zaida.

Eres muger finalmente.Rom. de Zaide á Zaida.

Eres muger finalmente.Rom. de Zaide á Zaida.

Eres muger finalmente.

Rom. de Zaide á Zaida.

Jaime, decia una mañana Elvira á su page, que sentado á sus pies la miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores; Jaime, ¿te habló hoy Fernan Perez á tí?

—¿A mí? prima mia, ya sabeis que no soy santo de su devocion; siempre que me ve hablando con vos mas de lo regular, hay motivo bastante ya para que tenga mala cara un dia entero. Sin embargo, nunca le hice mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Con que si no os ha hablado, lo que es á mí...

—¡Ah! tampoco: no sé qué secreta melancolía le devora desde la noche...

—Sí, aquella noche en que...

—No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que dí... si llegó á cerciorarse de que era yo...

—Pudiera ser; pero me parece que tiene alguna cosa mas.

—¿Qué cosa?

—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo.

—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte...?

—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso...Elvira me ama, decia antes de ayer cuando yo le encontré distraido,me ama tanto como yo á ella,es imposible:no era culpable...

—¿Eso decia?

—Eso le oí...

—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices...

—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...

—¿De alguno?

—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.

—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?

—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el mismo caballero, y que sus heridas...

—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que sabes cuán inocente soy...

—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es verdad, prima?

Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un profundo silencio, indicio de la mayor distraccion.

—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte, á mí me da lástima.

—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.

—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar así...

—¿Qué amigo?

—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.

—¿Qué dices, Jaime?

—Lo que oís: solo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías está asi porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él mas, y sin embargo váme bien de salud. A pesar de eso todos dicen que está enamorado.

—¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!

—Un caballero tan aventajado, tan...

—Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad!

—Bien, prima, bien: no os aflijais. En confianza... añadió sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengais cuidado... en confianza, se me figura que no estais vos mejor que él...

Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente la mano del pagecillo, que continuó...

—Yo os aseguro que si le viérais... y le hablárais...

—Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle, ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya.

—¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama...

—Porque es mi voluntad, page. Callad.

—Pero haceos cargo de que si está enamorado, segun dicen, ¿cómo puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuérais tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagais el cariño de los que os quieren bien, os dejaré yo de querer...

—No hay remedio, Dios mio, no hay remedio, esclamó Elvira desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir hablar sino de él. Si no quereis, Dios mio, mi perdicion, empezad por apartar su imágen de mis ojos, su recuerdo de mis oidos. Yo os lo pido, y os lo pido de corazon. No quiero sucumbir, no quiero.

—Ved, prima mia, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos á mí.

—Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el mundo todavia: no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.

Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y meditabundo al pagecillo, que no veía muy claro todavia qué peligro podria haber en crecer como todos habian crecido antes que él, retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, que cada vez se oían mas cerca.

Apenas habia desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.

—Tampoco, dijo, tampoco está aqui.

—¿Adónde vais, señor? preguntó el page, asombrado del desorden que reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?

—¿Jaime, eres tú? Pues bien: he de verla.

—¿Habeis de verla? ¿á quién?

—¿A quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra?

—¿Estais loco?

—Sí lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla, no mas verla, ¿Dónde está?

—¡Desdichado! ¿Y Hernan Perez, señor?

—¡Ah! Hernan Perez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la rivera. Me he perdido de propósito por encontrarla.

—¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que haceis?

—¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre lareconvencion, siempre el deber, y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, page, que estoy obligado á hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa!

—¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible.

—¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura no está?

—Estar... respondió con algun embarazo el page, eso... Mirad: está; pero si quereis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque está mala. ¡Ah! Señor, si la viérais... tened compasion...

—¡Compasion! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué dolencia...?

—Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora...

—¿Llora? ¿Sufre?

—Ya veis, pues, que es imposible.

—Ahora mas que nunca la he de ver.

—¿Qué hablais? Yo creía que con deciros...

—¡Ah! con que me engañas, page... ¿no es cierto cuanto me dices...?

—Como el evangelio, señor caballero;pero... en una palabra, díjome no ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño ella viene...

—¿Ella? ¿Elvira?

—Salid, pues: ved que no gustará...

—¡Que salga! No, page, no.

—Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengais! Yo no pude hacer mas, dijo el page encogiendo los hombros al ver que Macías, apartándole con brazo poderoso, se dirigia hácia donde sonaba el ruido de los pasos.

—¿Qué altercado es ese, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios! añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecia implorar el perdon de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia, señor, y qué osadía! ¿Qué haceis? ¿Vos en mi habitacion?

—Sí, bien mio, respondió Macías. Vana es ya la porfia: inútil la resistencia; yo os amo, Elvira.

—¡Ah! ¿qué intentais? Alzad, señor, volveos.

—¿Adónde quereis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo enteroestá para mí donde estais vos. No hay mas allá.

—¡Silencio! Si mi esposo...

—Elvira, no temais...

—Salid. Os lo ruego, os lo mando.

—¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á accion tan aventurada, cuando me espuse y os espuse á vos misma á los riesgos de esta entrevista, fue para volverme despues de lograda?

—Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...

—Perded cuidado, prima mia... respondió Jaime.

—Corre, sí: si le vieses venir...

—Jaime os probará su fidelidad.

Dicho esto, salió el inteligente pagecillo, bien resuelto á ejercer la mas activa vigilancia para evitar qué la locura imprudente del doncel acarrease á su prima mas funestas consecuencias que la de haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar en aquel momento. Macías dirigió al page que desaparecia, una mirada en que se podia leer claramente una larga accion de gracias al cielo, que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasion de vencer el desden de la señora de sus pensamientos.

—¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oid mis ruegos por piedad. Idos. Soy muger, y os lo ruego. A vuestras plantas si quereis...

—¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira. Oidme. Un momento no mas. Oidme, y partiré. Tres años, señora, hace que os ví la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, como nadie amó jamas: igual tiempo callé. Mil veces fue á escaparse de mis labios la palabra fatal: mil veces la sofoqué: la inmensidad de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazon. Mis ojos, sin embargo, os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. ¿Por qué los vuestros me respondieron? Calláran ellos, y muriera yo callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabeis, señora. Mi amor es obra vuestra.

—¿Mia? ¡Ah! ¡sed, doncel, mas generoso!

—¿Pedisme generosidad? ¿La usásteis vos conmigo? ¿Vos me pedis virtudes? Pedidme amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, y nada mas. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crímen, soy un monstruo.

—¡Silencio!

—¿Por qué? ¿Pensais que la naturaleza ha podido imprimir con caractéres de fuego en el corazon del hombre un sentimiento sublime, un sentimiento de vida, eterno, inestinguible, para que se avergüence de él? ¡Ah! No la hagais injuria semejante. Cuando lanzó la muger al mundo,la amarás, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes son inmutables. Su voz mas poderosa que la voz reunida de todos los hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo callé...

—¿Pero podeis ignorar, Macías, que mi estado...?

—¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazon por qué latió en mi pecho con violencia cuando os ví por la vez primera. Preguntadle por qué no adivinó que lazos indisolubles y horribles os habian enlazado á otro hombre. Nada inquirió. Yo os ví, y él os amó. ¿Por qué, cuando dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso tambien de vuestra hermosura? Si solo para un hombre habeis nacido, ¿por qué os dió el cielo belleza para rendir á ciento?

—Vos delirais, Macías.

—Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis acciones, si en mis palabras echais de menos por ventura la razon, vos la teneis sin duda, que vos me la robásteis. Vuestros son tambien mi locura y mi delirio.

—Falso es, Macías, lo que hablais; es falso. Ni vos me amais ahora, ni me amásteis jamas. ¿Dónde aprendísteis á amar de esta manera? Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los mios, estan diciendo á todo el mundo: ¡Yo la amo! Corro al campo á buscar la tranquilidad que en vano me pide mi corazon en la ciudad, y alli Macías, alli donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, es mi esposo, es cosa mia, y haceis gala de decir á las gentes con vuestras fatídicas miradas:Porque ella es suya le aborrezco. ¿Y por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué haceis vos que él no haya hecho, y antes, doncel? ¿Gustais de mí decís? Tambien él lo decia. ¿Puede ser en él crímen el amarme, y en vos...?

—Crímen, sí, crímen imperdonable, que solo con mi sangre ó con la suya...

—Basta ya, temerario. ¿Y vos me amais,doncel? ¡Y vos me lo decís! Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en vuestro corazon como debiera sin duelo alguno, y ¿vos le provocais y osais contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre, no pronuncie el mio al mismo tiempo. ¿Por qué esa union fatal? Vuestra imprudencia acaso...

—¡Mi imprudencia!

—Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber llenado de luto mi corazon, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de lágrimas inagotables, ¿osais aun, á riesgo de ser hallado, traspasar el dintel de mi puerta, osais comprometer mi vida... mi honor...?

—¿Yo, Elvira? ¡Maldicion sobre mí!

—¿Eso es, decidme, lo que debia yo prometerme de ese amor tan decantado? ¡Ah! Macías, si os amára, ¡cuán infeliz seria!

—¡Si me amára!

—¡Cuán infeliz! Vos mismo habeis cavado entre los dos un abismo insondable...

—Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos hundirémos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz trémula y agitada, la tempestad, que anuncian tus palabras, son señales harto ciertas que descubren el volcan inmenso que arde en tu corazon. Si fui imprudente, lo confieso tu tuviste la culpa: ¿Por qué no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasagero, de esos que es dado al hombre disimular, de esos que no se asoman á los ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de esos que pasan y se acaban, y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el rayo el corazon donde cae; que rompe y aniquila la existencia; y que es tan facil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es facil encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra.

—Macías, ¡por piedad!

—No: sufre ahora, que yo sufrí tambien, y sin consuelo, sin indemnizacion, sin premio. Una vez no mas te hablo en la vida, pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso jamas existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los dos. Basta.

—¿Qué escucho? ¿adónde quereis llevarme?

—Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu presencia. Solo nosotros hablarémos de nosotros. El leon alli no contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las fieras se aman tambien, y no se cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento solo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mio.

—Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel, vos os dejais llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteais...

—¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si nuestros ojos se tutean?

—¡Ea! partid, dejadme; añadió Elvira con una emocion dificil de esplicar. Por la última vez dejadme.

—Decidme que me amais, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que he de volver á veros, que he de volver á hablaros...

—Soltad; es imposible.

—Amadme, Elvira: ¡por piedad!

—¡Nunca! ¡jamas! os aborrezco.

—¿Me aborreceis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate? ¡Fernan Perez!

—¿Qué haceis?

—Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernan Perez!

—¡Teneos! Macías. Bien: yo...

—Acaba, acaba.

—Yo os... imposible, jamas. Os aborrezco.

—¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos. Huyamos. Los amantes son solo, Elvira, los esposos... inútil es la lucha...

—No, no, Macías: hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es primero. ¡Santo Dios! esclamó prosternándose la desdichada Elvira, ¡dadme fuerza y virtud! Sola no basto á resistir.

—¿Qué escucho? ¡Es mia, es mia!

Macías estrechaba sobre su corazon á la infeliz Elvira, que exánime y sin sentido no oponia á su loco arrebato mas resistencia que la pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.

—Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oidos de Macías y de Elvira. Él viene, repitió de alli á un momento. Asi resonó en el corazon del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva consigo el tierno objeto de sus ansias.

—¿Viene, Jaime...? preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mio! Salid, señor, salid. ¿Veis á qué estremidad me reduce vuestra imprudencia?

—Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aun, decidme una palabra sola de consuelo.

—¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor agitacion.

—Ved que no es tiempo ya, repitió el pagecillo mirando por entre los coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.

—¡Mi honor, mi honor, Macías! esclamó Elvira.

—Hablad, pues...

—Bien: sí, lo que gusteis diré, pero ocultaos.

—Solo por tí...

—¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro. Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.

Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hácia la puerta por donde debia tardar muy poco en entrar el hidalgo: impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.

—¡Dios mio! esclamó Elvira. ¡Perdon, perdon! Vos veis, Señor, mi inocencia desde los cielos. ¡Dadme valor para la amarga prueba que me falta!

No bien habia acabado de decir estas palabras, y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habian agolpado á sus ojos, rogó al pagecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y la de un amigo ademas para no revelar ante los perspicaces ojos de su marido la terrible emocion que dominaba en su pecho. Poco despues entró Fernan Perez. El lector nos perdonará si dejamos para otro capítulo la prosecucion del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.


Back to IndexNext