CAPITULO X.

CAPITULO X.Mate el conde á la condesa,que nadie no lo sabria,y eche fama que ella es muertade un cierto mal que tenia.Rom. del conde Alarcos.CuandoFernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos:prometió el page indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ellase prevenian, y que tan singular interes por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su generosidad.Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no daba noticias de su persona.Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no,no suena nada, añadia despues de un momento de inútil espectacion.—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...—De muchacho.—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.—Seria algun criado que pasaba.Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogacion de su señora.—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun?—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...—¡María!—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle al leon el jugar con la inocente y crédula oveja?Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion, habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismodeseo y su amor al conde, se entregaba mas facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabezay rostro, á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas motivo para temer algun nuevo peligro.—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecia.—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de la condesa, quien suponia queel hecho era imposible, en vista de que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último estremopor un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.

CAPITULO X.Mate el conde á la condesa,que nadie no lo sabria,y eche fama que ella es muertade un cierto mal que tenia.Rom. del conde Alarcos.

Mate el conde á la condesa,que nadie no lo sabria,y eche fama que ella es muertade un cierto mal que tenia.Rom. del conde Alarcos.

Mate el conde á la condesa,que nadie no lo sabria,y eche fama que ella es muertade un cierto mal que tenia.Rom. del conde Alarcos.

Mate el conde á la condesa,

que nadie no lo sabria,

y eche fama que ella es muerta

de un cierto mal que tenia.

Rom. del conde Alarcos.

CuandoFernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.

El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.

Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.

No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos:prometió el page indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.

Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.

Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ellase prevenian, y que tan singular interes por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su generosidad.

Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no daba noticias de su persona.

Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.

—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.

—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no,no suena nada, añadia despues de un momento de inútil espectacion.

—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.

—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...

—De muchacho.

—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.

—Seria algun criado que pasaba.

Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.

Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.

Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.

—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?

Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.

—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?

—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.

—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogacion de su señora.

—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun?

—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...

—¡María!

—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle al leon el jugar con la inocente y crédula oveja?Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.

Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion, habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:

—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.

Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismodeseo y su amor al conde, se entregaba mas facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.

Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.

Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabezay rostro, á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.

Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas motivo para temer algun nuevo peligro.

—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...

No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.

—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.

—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecia.

—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.

En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.

Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.

Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.

—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.

No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de la condesa, quien suponia queel hecho era imposible, en vista de que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.

No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último estremopor un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.

Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.


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