CAPITULO XII.Por dar al dicho don Quadrosdado ha al emperador.. . . . . . . . . . . .—¿Por qué me tiraste, infante?¿por qué me tiras, traidor?—Perdóneme tu alteza,que no tiraba á tí, no.Rom. ant. del infante vengador.No bienhubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve conversacion.—Fernan, nada tenemos que temer.—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.—¡Fernan!—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.—¿De nada?—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.—Bien; ¿y Ferrus?—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?—Podemos verle.—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.—Eso, señor, pudiera no convenirte.—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa...imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una larguísima galería se encontraba.—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, cerrándose tras ellos la puerta.—¿Y el preso? preguntó Vadillo.—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, segun ronca tranquilamente.—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?—Mas daño debió de hacerle el miedoque vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir despues del medio dia.—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado de la violencia que con él se ha usado?—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.—Voy á advertirle que vuestras señorías...—Presto, Alvar, presto.Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño,metia sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aqui está.Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor, esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prision tu fiel Ferrus?”Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venidacá, don Villano, añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger, ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióseprecipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...—Adelante; miserable, acaba.—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las heridas que el mal enemigo me habia hecho.—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que habia de hacer contra el diablo en viéndole...—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y mejor.—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será recompensada.Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre,en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo impedido.
CAPITULO XII.Por dar al dicho don Quadrosdado ha al emperador.. . . . . . . . . . . .—¿Por qué me tiraste, infante?¿por qué me tiras, traidor?—Perdóneme tu alteza,que no tiraba á tí, no.Rom. ant. del infante vengador.
Por dar al dicho don Quadrosdado ha al emperador.. . . . . . . . . . . .—¿Por qué me tiraste, infante?¿por qué me tiras, traidor?—Perdóneme tu alteza,que no tiraba á tí, no.Rom. ant. del infante vengador.
Por dar al dicho don Quadrosdado ha al emperador.. . . . . . . . . . . .—¿Por qué me tiraste, infante?¿por qué me tiras, traidor?—Perdóneme tu alteza,que no tiraba á tí, no.Rom. ant. del infante vengador.
Por dar al dicho don Quadros
dado ha al emperador.
. . . . . . . . . . . .
—¿Por qué me tiraste, infante?
¿por qué me tiras, traidor?
—Perdóneme tu alteza,
que no tiraba á tí, no.
Rom. ant. del infante vengador.
No bienhubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve conversacion.
—Fernan, nada tenemos que temer.
—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
—¡Fernan!
—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.
—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.
—¿De nada?
—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.
—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.
—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.
—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.
—Bien; ¿y Ferrus?
—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?
—Podemos verle.
—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.
—Eso, señor, pudiera no convenirte.
—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa...imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.
A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una larguísima galería se encontraba.
—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, cerrándose tras ellos la puerta.
—¿Y el preso? preguntó Vadillo.
—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, segun ronca tranquilamente.
—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
—Mas daño debió de hacerle el miedoque vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir despues del medio dia.
—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.
—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado de la violencia que con él se ha usado?
—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...
—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
—Voy á advertirle que vuestras señorías...
—Presto, Alvar, presto.
Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño,metia sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.
—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.
—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aqui está.
Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor, esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prision tu fiel Ferrus?”
Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.
—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venidacá, don Villano, añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.
—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.
—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.
—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger, ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióseprecipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...
—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
—Adelante; miserable, acaba.
—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las heridas que el mal enemigo me habia hecho.
—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!
—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.
—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?
—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que habia de hacer contra el diablo en viéndole...
—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.
—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y mejor.
—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será recompensada.
Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre,en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo impedido.