CAPITULO XV.

CAPITULO XV.¿De dónde vino este diablo?Rom. del Cid.De vueltadon Enrique en su cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...—¿Eres ya maestre, señor...?—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...—Tu antecesor.—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos deuna persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitian.—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia. Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...?—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son necesarias.—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...?—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don Enrique elDoliente, á quien su débil contestura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion, y acordaos de que es mas facil oir que adivinar.Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la indignacion del impaciente Villena.—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones, ¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana?—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle, mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero quela esperiencia me obliga, en fin, á desechar tristemente?—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese no hay espíritu en el orbe que no responda.—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozais?—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel...—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas que una prolongada impostura...?—¿Pero esas preguntas...?—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de Calatrava.—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la muerte de la condesa no es ya un enigma para...—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos...—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno.—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida.—¿Qué dices, señor?—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.—¿Y creeis que Clemente VII...?—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...—¡Qué de importantes noticias!!—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué hora vereis á su alteza?—Debo asistir á su refaccion de la noche.—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre de Calatrava ha de ser...—Don Enrique de Villena.—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey que no nos hemos visto.—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvoá Dioscórides buscando remedios á su dolencia.—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis fines...—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus dias á tener sed.—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el dia que se digne llamarme á su juicio,—En ese caso...—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...—¿Se llama?—Macías.—¿Está en Calatrava?—En el alcázar, por mi desgracia.—Prosigue, señor; la otra...—Elvira, la muger de...—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...—No: hablad ahora.—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una pasion que le domina...—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo...—Os equivocais.—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...—Proseguid.—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi esperiencia.—Díjome sin creer decirlo que amaba, yde sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...—¿Casada?—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su vida...—Adelante, Abrahem.—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte...—¡Santo Dios!—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...?—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen.—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí: quitáisme un peso horrible.—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos.—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que...—No importa. Una ocasion.—Y que Hernan Perez...—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida?Supongo que sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos erais tambien esposo y...—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.—Señor...—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden.—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.

CAPITULO XV.¿De dónde vino este diablo?Rom. del Cid.

¿De dónde vino este diablo?Rom. del Cid.

¿De dónde vino este diablo?Rom. del Cid.

¿De dónde vino este diablo?

Rom. del Cid.

De vueltadon Enrique en su cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvia en su cabeza los medios de dar á su intriga la feliz conclusion que por tanto tiempo habia deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de lo que de él podia temer. Despidió, pues, á Hernan, cuya probidad le incomodaba no poco para sus fines, y solo el juglar, de cuya aparente estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.

—Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...

—¿Eres ya maestre, señor...?

—Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragon: acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñon don Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener ademas con Urbano en este cisma de la iglesia, y la necesidad que tiene de Castilla y Aragon, unida á la influencia que él sabe que ejerzo en estos reinos, me aseguran su provision para el maestrazgo, la piedad por otra parte de don Enrique III no podrá menos de pesar en la balanza en favor mio cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...

—Tu antecesor.

—Asi lo espero, Ferrus. Tira el cordon que corresponde al cuarto del astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas habia doblado tras sí las batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos deuna persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitian.

—Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitacion el físico de su alteza Mosen Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la mañana habia acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez pálida y macilenta: brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche; y era la espresion de toda su persona, malignidad y avaricia. Su mano descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad. Su trage era un largo y ámplio balandran negro cogido con una larga correa: ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al baston pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas encubertaba su calva zolloa.

—¿En qué puedo servir al ilustre y eminente...?

—Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son necesarias.

—Sea en buen hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habeis menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser conservo? ¿quereis consultar el curso de las estrellas...?

—En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos. Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y no nos acordemos mas de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros mas humildes que cruzan sombriamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.

—¿Quereis que amolde una semejanza de cera...? Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de Madrid veréisla concluída y atravesado el pecho con punzante almarada: una lámpara arderá delante de ella; cuando gusteis, una vez pronunciado el funesto conjuro, vos mismo apagareis el resplander mortecino, y el que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible mano...

—Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creeis, por ventura, que tengo yo mi tiempo libre para oir vuestras impertinencias? ¿creeis que hablais con el imbécil don Enrique elDoliente, á quien su débil contestura arroja como una víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿creeis que he pasado años enteros sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentacion, y acordaos de que es mas facil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido corage, pero no osaba arrostrar la indignacion del impaciente Villena.

—Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, mas sosegado con el terrible efecto que en el réprobo habian hecho sus tonantes espresiones, ¿cuánto oro habeis fabricado esta mañana?

—¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! en vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...

—¿No sabeis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

—Si supiera hacer oro, señor, ¿imaginais que fraguara, para ganarle, mentiras que algun tiempo yo mismo creí, pero quela esperiencia me obliga, en fin, á desechar tristemente?

—Bien, Abrahem: ahora os poneis en la razon: ahora hablais con el conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto bolson de cuero, tomadlas: ese es el mejor conjuro: á la voz de ese no hay espíritu en el orbe que no responda.

—¿Y en qué puede serviros vuestro criado?

—Oid: ¿sabeis que os he elevado al alto favor que en la corte de don Enrique gozais?

—Con tu licencia, señor; mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del rey don Pedro el Cruel...

—¿Y os sostendriais, Abenzarsal, en ese lugar, que creeis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marques de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son mas que una prolongada impostura...?

—¿Pero esas preguntas...?

—Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son fieles cuando tienen interes en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de Calatrava.

—¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la muerte de la condesa no es ya un enigma para...

—Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos...

—En buen hora, señor; no digas mas; confieso que no la entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos en ninguna orden...

—Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os hubieran revelado nunca á vos antes que á los demas. No hay ninguno.

—¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...

—Con respecto al maestre Guzman, ese mismo Dios de Abraham que invocais tuvo á bien llevarle á mejor vida.

—¿Qué dices, señor?

—Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.

—¿Y creeis que Clemente VII...?

—Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...

—¡Qué de importantes noticias!!

—Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñon. Ahora bien, ¿á qué hora vereis á su alteza?

—Debo asistir á su refaccion de la noche.

—¿Qué mas pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Alli podeis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza las noticias que acabo de daros, y adivinidad tambien que el maestre de Calatrava ha de ser...

—Don Enrique de Villena.

—Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey que no nos hemos visto.

—Nada mas facil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del jóven rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitacion inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicacion abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la guerra de Granada, y que revuelvoá Dioscórides buscando remedios á su dolencia.

—Perfectamente. Esperad. Dos personas mas me estorban para mis fines...

—Ya sabeis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella agua clara, mas cristalina que la que envian las sierras vecinas á esta villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus dias á tener sed.

—Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazon del hombre, quemaré mis libros; viejo empedernido en el pecado, soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el dia que se digne llamarme á su juicio,

—En ese caso...

—Oid. La una persona es un doncel de Enrique Doliente, un mancebo valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...

—¿Se llama?

—Macías.

—¿Está en Calatrava?

—En el alcázar, por mi desgracia.

—Prosigue, señor; la otra...

—Elvira, la muger de...

—Tranquilizaos. Vos ignorais acaso algunas circunstancias que derraman gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...

—No: hablad ahora.

—Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una pasion que le domina...

—¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solo...

—Os equivocais.

—¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.

—Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de esa corte ciega y atrasada...

—Proseguid.

—En una ocasion halléle en mi habitacion: iba á consultarme sobre su horóscopo: examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias preguntas al parecer indiferentes; pero un jóven de veinte años mal hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi esperiencia.

—Díjome sin creer decirlo que amaba, yde sus respuestas, que yo aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...

—¿Casada?

—Mi prediccion fue vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para responderle mas claramente. Observéle entre tanto: de alli á pocos dias un ramillete cayó del pecho de una dama desde el corredor al patio de los leones de su alteza, recordareis que un caballero incógnito, armado y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su vida...

—Adelante, Abrahem.

—El ramillete era de Elvira, el caballero Macías. En la corte, y entre los que no tenian antecedente ni interes alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos dias, y se olvidó despues. De alli á poco anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguia en la corte...

—¡Santo Dios!

—El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á Elvira, y la ama como un frenético. Mas; debe de ser correspondido: la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme, le he examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre precursor de la muerte.

—¡Qué descubrimiento! ¿Y pensais que...?

—Pienso que si logramos poner en juego esa pasion, pienso que si el doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crímen.

—Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí: quitáisme un peso horrible.

—Un medio para reunirlos: una ocasion, y son perdidos.

—Un medio, una ocasion... es mas facil decirlo que...

—No importa. Una ocasion.

—Y que Hernan Perez...

—Sí: una vez impuesto Hernan Perez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...

—¡Ah! pero me haceis recordar... si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...

—Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá avenir? ¿haber de encerrar á su muger en una reclusion para toda su vida?Supongo que sabeis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos erais tambien esposo y...

—Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.

—Señor...

—En buen hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondeis de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Vírgen Santísima de Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...

—Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía pendiente, y ella y su Hijo nos ayuden.

—Amen, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla de devocion y de impudencia, de religion y de vicios que distinguia asi á los hombres vulgares como á los mas ilustrados de la época, sin que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran aquellas prácticas esteriores hijas solo de la costumbre. Amen, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo la escalera escondida, por donde habia bajado, para meditar en los medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara impaciente le esperaba.


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