CAPITULO XVII.Yo os repto los zamoranos,por traidores fementidos,repto á todos los muertos,y con ellos á los vivos,repto hombres y mugeres,los por nacer y nacidos,repto á todos los grandes,á los grandes y á los chicos,á las carnes y pescados,y á las aguas de los rios.Canc. de Rom.Aun nohabia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia.—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro Lopez de Ayala?—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.—¿El de las trovas que comienzanGran sosiego é mansedumbreá doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?—El mismo. Buen ingenio.—¿Y qué os dice?—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el rayo hace un año.—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. Premiaránlo bien.—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el maestre estaba malo...—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender...—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...—¡Ah! vos bohordais bien.—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero. Cobróle aficion el rey solo por eso.—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él. ¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque, sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas delais, yvirolais, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marques de Santillana.—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis que en palacio...—Oh, la verdad nunca gusta á...—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de ceremonia por laspuertas del salon. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos de sus casas.Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que procuraba él disimularla,—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?—Acábanse, señor, de recibir estas.—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, quetendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija?—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues: dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlan.—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver una cosa que no todos los dias se veía.Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y Hernan Sanchez de Palazuelos,embajadores del rey de Castilla al Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises.Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua, le sirvió de truchiman.—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios.Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion con que honras á tu vasallo.Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles.Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia, sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en unbaile de máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y venian lindamente ataviados. Aldia siguiente salieron ya varios jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de punta, ni mas ni menos que el asta de un toro.Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la muerte del maestre.—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban detenidamente sus contornos, porver si descubrian quién fuese la que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que su alteza le diese licencia para hablar.—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: ¿sabeis quién sea esta dolorida?—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su presencia te incomoda, señor, harásela salir.—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta manera.—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada dama.—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de Castilla negó justicia á nadie.—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio palacio.—¿Un crímen?—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir esto?Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular: por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus beneficios...—Nombradle, dijo el rey, nombradle.—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal sostenido disimulo, ¿quién es?—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena y á la tapada.—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los señores todos que rodeaban el trono.—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió de esa manera el suyo atropellado...—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña desconsolada.—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...?—La verdad nunca puede ser ultraje.—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...?—Juráralo si fuera menester.—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á la faz del sol. La mentira es la que se esconde.—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. ¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién soy algun dia.Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un nombre.—Guardadle, pues.—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros me rodean.—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al impostor...?—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...?—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor con inquietud. ¡En tormento!—A tiempo estais de desdeciros...—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas.—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, no hay un cortesano siquiera del poderoso reyde Castilla que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger?Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! ¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa. ¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto en la acusacion.—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si algun caballero tomaba lademanda de la acusadora, y succediendo á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora.No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado.Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la dama que va ádefender, y si sale con victoria de la prueba á hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara todavia.—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin sentido en brazos de sus dos dueñas.Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el advenedizo defensor de su acusadora.Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su bizarro valor.—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la demanda de la desconocida, fuese la que fuese.Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le conoceis?—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados.—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado mancebo.—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías.—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion que estimo calumniosa.—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella.—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama que elegís.—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona de tu confianza que elijas de mis circunstancias, yquedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero.Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas:imposible,venganza:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo acaso en la lid...?—Imposible, repuso por lo bajo tambien la tapada.—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías.—Venganza, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el lazo.—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia, y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á varios.Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y silencio siguió á esta accion determinada.—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo que don Enrique inmóvilno recogia el guante que le habia arrojado su contrario.—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu alteza una calumnia que desprecio y...—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías...—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor...—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero.—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan, alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas.Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; espero que ni los caballeros de la orden nisu santidad desaprobarán esta eleccion que recae en mi misma sangre.—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de los presentes.—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía. Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis.Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte para el combate.El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con sumarcha desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero.Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su frente.—Bien venido á lacorte.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, esverdad... ¡corte,cortefunesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la palabracorte, pronunciada por el físico, habia hecho en su imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.
CAPITULO XVII.Yo os repto los zamoranos,por traidores fementidos,repto á todos los muertos,y con ellos á los vivos,repto hombres y mugeres,los por nacer y nacidos,repto á todos los grandes,á los grandes y á los chicos,á las carnes y pescados,y á las aguas de los rios.Canc. de Rom.
Yo os repto los zamoranos,por traidores fementidos,repto á todos los muertos,y con ellos á los vivos,repto hombres y mugeres,los por nacer y nacidos,repto á todos los grandes,á los grandes y á los chicos,á las carnes y pescados,y á las aguas de los rios.Canc. de Rom.
Yo os repto los zamoranos,por traidores fementidos,repto á todos los muertos,y con ellos á los vivos,repto hombres y mugeres,los por nacer y nacidos,repto á todos los grandes,á los grandes y á los chicos,á las carnes y pescados,y á las aguas de los rios.Canc. de Rom.
Yo os repto los zamoranos,
por traidores fementidos,
repto á todos los muertos,
y con ellos á los vivos,
repto hombres y mugeres,
los por nacer y nacidos,
repto á todos los grandes,
á los grandes y á los chicos,
á las carnes y pescados,
y á las aguas de los rios.
Canc. de Rom.
Aun nohabia conciliado el sueño el poderoso rey de Castilla, cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo sabia palabra por palabra el coloquio que en el anterior capítulo dejamos descrito. A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava; tomó en consecuencia sus disposiciones para que el enviado, que precisamente habia llegado la víspera, y que él habia sabido entretener, se presentase en la corte de aquel dia, y esperó tranquilo el resultado de su artificio.
El salon principal del alcázar donde tenia corte su alteza se hallaba ya ocupado en la mañana del dia, que tan fecundo prometia ser en notables acontecimientos, por algunos caballeros jóvenes donceles del rey, por varios pages de lanza y de estribo, y por los ballesteros que guardaban las puertas como prevenia la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos de los que no acompañaban al rey á la misa, que á la sazon oía: discurrian sobre las noticias del dia.
—¿Qué novedades, dijo un jóven de gallarda apostura y de pulido arreo á otro caballero que paseaba con él á lo largo del salon, qué novedades habeis recogido para vuestra corónica, señor coronista Pedro Lopez de Ayala?
—La principal, señor don Luis de Guzman, es la que de Sevilla me escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
—¿El de las trovas que comienzanGran sosiego é mansedumbreá doña Angelina de Grecia, la princesa que ha regalado á Castilla el gran Tamorlan, del botin que cogió al turco Bayaceto?
—El mismo. Buen ingenio.
—¿Y qué os dice?
—Díceme que el ginebrino que envió á buscar su alteza á París para componer el reloj de la torre de Sevilla, hálo compuesto á las mil maravillas, y que da todas las horas como antes de haberle caido el rayo hace un año.
—Cierto que es importante, porque no habia otro reloj tan maravilloso en Castilla, ni quien supiera componer aquella enredada máquina. Premiaránlo bien.
—Merece mas de diez mil maravedís. ¿Habeis oido, señor comendador, que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
—Por la Vírgen de Atocha que eso me interesaria, porque mi tio el maestre estaba malo...
—Sabeis que si muriese, lo que Dios no quiera, podriais pretender...
—Acaso. Pues nada oí: estuve jugando á las tablas...
—¡Ah! vos bohordais bien.
—Sí, ahora que no está aqui el doncel Macías: cuando está, nadie lanza con mas tino el bohordo, ni derriba mas veces el tablero. Cobróle aficion el rey solo por eso.
—¿Y qué es de Macías? ¡Bravo trovador y buen caballero!
—Desde que está en comision del hechicero no se sabe de él. ¿Sabeis que ese hombre es el diablo, y que todo el que se le llega desaparece? Mirad ahora la condesa...
—¡Bah! como dice Rodriguez del Padron, el trovador gallego, amigo de Macías, ya se le podria hechizar á él con una buena lanza, porque, sea dicho sin ofenderle, se le entiende mas delais, yvirolais, que de achaque de encuentros. Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marques de Santillana.
—Ese sí que es mancebo de sutil ingenio. El jóven don Íñigo Mendoza gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo Alfonso Alvarez de Villasandino, y que el judío Baena... A propósito, ¿cómo lleváis vos vuestro rimado?
—Téngolo suspendido porque digo grandes verdades en él, y ya sabeis que en palacio...
—Oh, la verdad nunca gusta á...
—¡El rey...! dijo una voz que salia de las piezas inmediatas.
—¡El rey! repitieron dos farautes que entraban ya vestidos de ceremonia por laspuertas del salon. Apartáronse los caballeros, y don Enrique subió á su trono, rodeado de los principales señores de Castilla, á cada uno de los cuales seguian los caballeros y escuderos de sus casas.
Ocupaba don Enrique de Villena, como tio segundo que era de su alteza, el lugar preeminente, si se esceptúa el del físico y el del condestable Dávalos, que á uno y otro lado pisaban el primer escalon del trono. Tenia el conde á su izquierda á su primer escudero y detras al juglar, y rodeábanle varios caballeros, en cuyos pechos lucian las cruces de Calatrava, en lo cual echará de ver el lector que no se habia descuidado aquella mañana en atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables á sus miras. Vestía luto, pero su semblante mas anunciaba alegría que dolor, por mas que procuraba él disimularla,
—Chanciller, dijo don Enrique cuando se hubo sentado y saludado en derredor á sus cortesanos, ¿qué letras teneis?
—Acábanse, señor, de recibir estas.
—¡Ah! de Otordesillas, de mi esposa. Díceme doña Catalina que está próxima á su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, quetendrá Castilla que jurar un príncipe de Asturias, despues de haber jurado solemnemente á la infanta doña María mi muy amada hija?
—Pudiera ser, señor. ¿Qué mal habria en eso?
—Haced, condestable, que se dispongan tiros, y avisad á los pueblos de aqui á Otordesillas que se hagan grandes fogadas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto su alteza dé á luz un príncipe. De esta suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas despues: dispondreis que no falten atalayas. ¿Hay mas?
—Señor, desea besar los pies de tu alteza el sublime Mahomad Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlan.
—Que entre, dijo su alteza; y los cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hácia la puerta, como quien iba á ver una cosa que no todos los dias se veía.
Entró efectivamente el tártaro con áspero continente al aviso de un page de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gomez de Sotomayor y Hernan Sanchez de Palazuelos,embajadores del rey de Castilla al Tamorlan, que habian vuelto con él despues de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y diversas costumbres de paises.
Hablaba el bárbaro, y Sotomayor que en dos años que su larga embajada habia durado, habia tenido ocasion de aprender algun tanto su lengua, le sirvió de truchiman.
—El rey Tamurbec el honrado, Tabor Bermacian, mi señor, me envia á tí, rey de las ciudades y lugares de Castilla y de Leon é España. Dure tu tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El rey mi amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia que con tus embajadores le enviaste á ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, y te dé sus saludaciones. En muestra de buena amistad, envíate el rey mi señor el presente de joyas y las dos hermosas damas, que te trage, para tu harem, que al hijo de Osmin ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El Rey de los reyes ha humillado la soberbia condicion del hijo de Osmin, y hoy en una jaula de hierro sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.
—Recibo vuestra embajada, valiente Mahomad Alcagí, y no os doy respuesta, dijo don Enrique, porque quiero que tornen embajadores mios á vuestro amo y señor el muy honrado Tamurbec con mis cartas y presentes. Rui Gonzalez de Clavijo, añadió vuelto á este su camarero que entre la turba de cortesanos andaba oscurecido, quiero que vos y fray Alonso Paez de Santa María, maestro en santa teología, y Gomez de Salazar mi guarda, hagais este viage como embajadores mios.
Adelantóse entonces Rui Perez de Clavijo, y poniendo en tierra una rodilla,—Beso á tu alteza los pies, dijo, por la lisonjera distincion con que honras á tu vasallo.
Retiróse el embajador del Tamorlan, y salieron con él algunos caballeros, curiosos de preguntarle y saber las varias noticias que de tan luengas tierras y afamadas hazañas podia darles.
Entraron en seguida los embajadores del rey Cárlos de Francia, sexto de este nombre, los cuales digeron á su alteza despues de las primeras fórmulas de etiqueta, como se hallaba bastante malo el rey su amo de resultas de habérsele prendido fuego en unbaile de máscaras á una piel de salvage de que iba vestido. Aseguraron despues á los cortesanos en confianza, que lo que en Francia mas se temia no eran las resultas de este accidente, sino que corria el rumor de que el buen rey Cárlos VI estaba á punto de perder la razon, que se habia observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta, que pasaba los dias enteros sin hablar, y otras estravagancias de esta especie. Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se llamaban, que fueron la admiracion de los cortesanos, por haberse reducido ya á tan cortos límites una arma que habia empezado por no poderse usar sino en las murallas de una plaza sitiada, que se habia podido trasladar de un punto á otro despues por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya podia manejar, y disparar casi un hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique, y despachó á los embajadores, los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar alguna moda de las de su trage en la corte del rey de Castilla, pues eran muy galanos, y venian lindamente ataviados. Aldia siguiente salieron ya varios jóvenes donceles con el pantalon muy ajustado, y dos mangas perdidas recortadas como las habian visto en los embajadores: moderaron la barba que antes se dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con mas de seis pulgadas de punta, ni mas ni menos que el asta de un toro.
Presentóse en seguida de los embajadores franceses un demandadero de Calatrava, el cual anunció á su alteza la infausta noticia de la muerte del maestre.
—La sabíamos, dijo el rey, y hoy mismo le nombraré sucesor.
—Hernan Perez, dijo el de Villena dándole con el codo.
—Entiendo, señor, contestó el taimado escudero.
Apenas se habia retirado el demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salon, precedida de dos dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba completamente el rostro. Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos: examinaban detenidamente sus contornos, porver si descubrian quién fuese la que de aquella manera se presentaba. Llegóse la tapada lentamente hasta los pies del trono, y prosternóse en actitud de esperar á que su alteza le diese licencia para hablar.
—Condestable, dijo curioso y admirado don Enrique, ¿por qué no me habeis prevenido que hoy nos las habiamos de haber con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma á recibirlas dignamente: ¿sabeis quién sea esta dolorida?
—Ha burlado sin duda la vigilancia de los ballesteros; si su presencia te incomoda, señor, harásela salir.
—Es muger, condestable, y su manera de presentarse encierra algun misterio que es fuerza aclarar. Alzad, señora, prosiguió don Enrique, alzad, y declarad qué causa estraordinaria os fuerza á venir de esta manera.
—¡Justicia, señor, justicia! esclamó con doliente voz la arrodillada dama.
—Alzad y contad vuestras cuitas, repuso su alteza: nunca el rey de Castilla negó justicia á nadie.
—Señor, prosiguió la dama levantándose y mirando en derredor con notable inquietud, como si buscase á alguien que apoyase la demanda que iba á hacer, señor, un crímen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio palacio.
—¿Un crímen?
—Un crímen, y crímen destinado á quedar impune. Los poderosos que rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor los que infringen tu justicia, y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...
—Lo sabemos, dueña, dijo don Enrique, y ya hemos dado nuestras órdenes para que se descubran los autores de tan horrible atentado.
—¿Los autores, señor? Uno hay no mas, y ese no corre los campos fugitivo á esconder como debiera debajo de la tierra su insolente rostro; ese se ampara en tu misma corte. Ese nos oye.
—¿En mi corte? dijo don Enrique mirando dudoso á todas partes. Agolpáronse al oir estas palabras los cortesanos para escuchar mas de cerca á la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de cuyo semblante habia desaparecido su natural serenidad desde el momento en que habia columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos indagadores, y afectando una curiosidad hija del interes que le convenia aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.
—Hernan, dijo en voz baja á su escudero durante la pausa que siguió á las últimas palabras de la tapada, Hernan Perez, ¿qué quiere decir esto?
Hernan Perez estaba tan inquieto como el conde; por una parte creía que la tapada no podia ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz aunque disfrazada, le habia hecho un efecto singular: por otra parte no podia concebir que se diese tal paso sin su noticia.—Señor, contestó al conde, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.
—En tu corte, prosiguió la dama: él nos oye, y él recibe tus beneficios...
—Nombradle, dijo el rey, nombradle.
—Sí, añadió con voz trémula el de Villena echando el resto á su mal sostenido disimulo, ¿quién es?
—¡Vos! respondió una voz tonante, vos.
—¿Yo? preguntó don Enrique: ¿yo?
—¡Don Enrique! esclamó el rey mirando alternativamente al de Villena y á la tapada.
—¡Don Enrique! repitieron en voz confusa casi á un mismo tiempo los señores todos que rodeaban el trono.
—¡Santo cielo! esclamó el agitado conde volviéndose al rey con ademan y gesto hipócrita. ¿No me bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que la calumnia se uniese á la alevosía, y que Don Enrique de Villena se viese asi ultrajado en tu misma corte y en tu presencia misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con que me has honrado, toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar con honor quien vió de esa manera el suyo atropellado...
—Serenaos, don Enrique, dijo tranquilamente despues de un breve rato de meditacion el rey justiciero, serenaos: conservad esas distinciones que tan bien os estan, y tened presente que la calumnia se embota en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.
—¿La calumnia? repitió mirando de nuevo en derredor la dueña desconsolada.
—Dueña, dijo don Enrique entonces con entereza, ¿sabeis el nombre que habeis tomado en boca, y la persona á quien ultrajais...?
—La verdad nunca puede ser ultraje.
—¿Sabeis á ciencia cierta lo que dijísteis...?
—Juráralo si fuera menester.
—¿Qué caucion dais de vuestras palabras? ¿quién sois? ¿por qué venis tapada á acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta á la faz del sol. La mentira es la que se esconde.
—¿Quién yo soy, señor? si pudiera decirlo no viniera de este modo. ¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público? Tomad, señor dijo entonces la tapada presentando á su alteza un anillo que en el dedo traía. Ese anillo puede decir quién soy algun dia.
Tomó su alteza el anillo y examinóle detenidamente.—¿Conoceis ese anillo, Abenzarsal, ó la seña que dice esa dama?
—Señor, dijo Abenzarsal al oido de su alteza, las piedras forman un nombre.
—Guardadle, pues.
—Ademas, señor, no trato de huir; póngome bajo tu salvaguardia; sé que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusacion mil peligros me rodean.
—¿Y sabeis, incauta dueña, que la pena del Talion espera al impostor...?
—Solo sé que el crímen debe denunciarse y desenmascararse al criminal.
—¿Sabeis que si os faltan pruebas, ó un caballero que sostenga vuestra acusacion, sereis puesta en tormento y...?
—¡En tormento! dijo espantada la dama volviendo á mirar en derredor con inquietud. ¡En tormento!
—A tiempo estais de desdeciros...
—Desdecirme... esclamó la dama enlutada clavando en don Enrique los ojos, que aparecian en medio de su antifaz como los relámpagos que rasgan la negra nube en medio de una noche tempestuosa, Jamas.
—En ese caso es forzosa la muerte del delincuente ó la vuestra.
—¡Nadie, nadie! dijo entre dientes la demandante mirando á las puertas, y escuchando con la mayor ansiedad. ¿No hay un caballero, esclamó entonces con despecho volviéndose á los cortesanos todos, no hay un cortesano siquiera del poderoso reyde Castilla que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una muger?
Leve y susurrante murmullo corrió por la asamblea á esta invitacion desesperada. Pero lucian en los pechos y en los brazos de los mas caballeros jóvenes prendas del amor de sus damas: un caballero que tenia la suya no podia adoptar otra. No era ademas seguro que la acusadora no hubiese perdido el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas con el mas poderoso señor de Castilla. ¿Quién la conocia? nadie: ¿quién estaba seguro de no ser víctima del rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?—¡Oh oprobio! ¡oh mengua! ¡oh caballeros! esclamó sollozando la desairada hermosa. ¡Hé aqui la corte de don Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los hombres. No importa. Insisto en la acusacion.
—Faraute, dijo entonces su alteza, haced vuestro deber.
Adelantóse un faraute, y en la fórmula del tiempo anunció tres veces en alta voz la acusacion hecha á don Enrique de Villena; preguntó si algun caballero tomaba lademanda de la acusadora, y succediendo á sus voces sepulcral silencio, intimó á aquella que en el plazo preciso de tres dias habia de presentar un defensor ó las pruebas de su acusacion, y que cumplido el plazo sin presentarle seria puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le seria la lengua cortada y arrojada á los canes, despues de ella ajusticiada por calumniadora.
No pudo oir esta última parte de la intimacion la desolada dama sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en brazos de una de las dueñas que la habian acompañado.
Movido á lástima el rey al ver su situacion, alzóse en el trono, y puesto en pie,—Don Enrique, dijo, estoy seguro de vuestra inocencia, y el cielo en todo caso saldrá por ella. Aflíjeme sin embargo el estado de esa desgraciada, y la administracion de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública. Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un defensor, Ricos-hombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El caballero que se proclame su defensor recibirá este anillo como prenda de la dama que va ádefender, y si sale con victoria de la prueba á hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad de la acusacion, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los dias de su vida: la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros toma la demanda de la acusadora?
—¡Yo! esclamó una voz estentórea que resonó fuera de la cámara todavia.
—¡Él es! gritó con penetrante alarido la enlutada, y el esceso de la alegría, pudiendo mas en su alma que el pasado dolor, la derribó sin sentido en brazos de sus dos dueñas.
Volvieron los ojos los cortesanos á mirar quién fuese el temerario que en tan arriesgada demanda se entrometia, y don Enrique de Villena, cuya alegría se habia manifiestamente conocido por algunos instantes, dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hácia el advenedizo defensor de su acusadora.
Entraba éste ya por la cámara con ademan resuelto y pasos precipitados. Venia armado de pies á cabeza, y su sobreveste negra y su penacho del mismo color, que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecian anunciar la muerte á todo el que se opusiese á su bizarro valor.
—Yo, repitió con voz fuerte entrando. Dirigiéndose en seguida hácia el trono, arrodillóse y pidió licencia á su alteza para tomar la demanda de la desconocida, fuese la que fuese.
Mirábanse unos á otros los circunstantes, y no sabian qué pensar de las aventuras de la mañana.—Condestable, dijo el rey volviéndose á Rui Lopez Dávalos, ¿será que hoy no hayamos de conocer á ninguno de nuestros vasallos? ¿qué decís, conde de Cangas, de este defensor? ¿le conoceis?
—No responderé nunca, señor, á la acusacion de dos enmascarados.
—¿Y respondereis á la mia? preguntó alzándose la visera el denodado mancebo.
—¡Macías! esclamó el rey. ¡Macías! repitieron asombrados los mas de los que presentes estaban. Don Enrique fue el único que sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba á pronunciar palabra, ni osaba levantar los ojos del suelo, al cual se los habian hecho bajar mal su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías.
—Perdóneme tu alteza, prosiguió éste vuelto á don Enrique el Doliente, si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes á recibir tus órdenes: tu alteza conoce mi lealtad, y solo poderosísimas causas pueden habérmelo impedido.
—Sensible es á mi corazon, doncel, que cuando os veo despues de tan larga ausencia sea para declararos contrario de mi muy amado pariente el conde de Cangas y Tineo, y para defender contra él una acusacion que estimo calumniosa.
—El cielo, señor, puede solo decidir esta querella.
—Aqui, pues, teneis dijo el rey presentando á Macías el anillo de la tapada, que ya habia vuelto en sí de su desmayo, la prenda de la dama que elegís.
—Perdóneme tu alteza, esclamó la dama arrojándose en medio del rey y de Macías: permite que no reciba de mi mano ese anillo hasta el dia en que haya de verificarse el combate. Yo informaré á la persona de tu confianza que elijas de mis circunstancias, yquedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que os admito por mi campeon, aceptad este lazo, noble caballero.
Arrodillóse el mancebo, á quien palpitaba violentamente el corazon dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una banda negra que tenia por lema estas dos palabras bordadas:imposible,venganza:—¿Será posible, le dijo en voz baja, que insistais en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero, no solo acaso en la lid...?
—Imposible, repuso por lo bajo tambien la tapada.
—¿Qué teneis, pues, derecho á exigir de mí...? repuso Macías.
—Venganza, volvió á contestar la dama concluyendo de anudarle el lazo.
—Y bien, Macías, ¿teneis que pedirme alguna gracia? dijo el rey.
—Ninguna, respondió el doncel, sino que oiga tu alteza y apruebe mi desafio. Oid, ricos-hombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del poderoso rey de Castilla don Enrique III, á tí don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, tomamos por testigos á todos los aqui presentes, te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos á muerte como matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, á tí y á todos los caballeros de tu casa, á lanza ó á espada, á pie ó á caballo, mientras corra la sangre en las venas, renunciando á tu merced, como tu debes renunciar á la mia, y sobre esto Dios y la Vírgen de Atocha me ayuden. Á tí solo, ó á varios.
Al decir estas palabras arrojó Macías su guante. Gran suspension y silencio siguió á esta accion determinada.
—Conde de Cangas y Tineo, dijo el rey volviéndose á alzar en el trono y comenzando á bajar los escalones, Macías, mi doncel, ricos-hombres, caballeros, escuderos aqui presentes. Yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de Dios á mi doncel Macías y á don Enrique de Villena para que en combate singular riñan cuerpo á cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere en la lid vencido si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué haceis? añadió viendo que don Enrique inmóvilno recogia el guante que le habia arrojado su contrario.
—Espero, señor, que no permitirás que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo á cuerpo con un simple doncel de tu alteza una calumnia que desprecio y...
—Si os empeñais, contestó el rey, picado, igualaré al doncel Macías...
—No es necesario, señor, replicó Hernan Perez adelantándose á recoger la prenda abandonada; no es necesario: yo la alzaré por mi señor...
—Teneos... gritó Macías poniendo un pie en el guante: sois escudero.
—Le armaré, dijo el conde, y será vuestro igual; y en tanto, Hernan, alzad el guante por mí. Ó yo ó vos. Bastamos cualquiera de los dos para castigar la insolencia del campeon de las damas desconocidas.
Iba á responder Macías á este sarcasmo, pero el rey, volviéndose á entrambos,—Conde, dijo, espero que vos, ó un caballero en vuestro lugar, sostendreis vuestra buena fama. Os hago maestre de Calatrava; espero que ni los caballeros de la orden nisu santidad desaprobarán esta eleccion que recae en mi misma sangre.
—Señor, dijo inclinándose con mal rebozada alegría el conde, estoy pronto á aceptar esta nueva honra si los caballeros de la orden...
—¡Viva el maestre don Enrique! clamaron tumultuariamente varios de los presentes.
—Bien, señores, bien, dijo el rey, no esperaba menos de mis leales caballeros de Calatrava, Á vos, Macías, os doy un hábito de Santiago, y os cubriré yo mismo. Habeis manifestado hoy valor y cortesanía. Espero que entrareis á mi cámara en cuanto os desarmeis.
Inclinóse Macías en señal de gratitud, y el rey se retiró diciendo al condestable:—Rui, me recordareis que debo fijar el dia del combate.—Vos, Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes posteriores mias os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte para el combate.
El físico en consecuencia intimó la orden á la dama enlutada, y la encaminó con un page á su cámara. Retiróse el rey, y con sumarcha desaparecieron en pocos momentos los mas de los cortesanos.—No ha sido del todo feliz el dia, dijo Abenzarsal á don Enrique, que se retiraba con su escudero; pero no importa, son nuestros: haced por dirigir á la noche á Hernan Perez á mi cámara.—¿Habeis hecho algo? preguntó don Enrique.—Espero hacer.—Dicho esto se separaron por no dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departieron acerca de los muchos sucesos buenos y malos que habian pasado aquel dia, y acerca de quién podia ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponia salir de ellas al momento el escudero.
Entre tanto rodeaban á Macías varios caballeros, quién á darle la bien venida, quién á preguntarle nuevas de Calatrava. Entre los muchos que se le acercaban, tocóle uno en el hombro con misteriosa familiaridad.
—¡Ah! sois vos, padre mio, buen Abrahem, le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de tristeza envolvió su frente.—Bien venido á lacorte.—¡Á la corte!—Sí: á Dios, jóven osado.—Escuchad; esas palabras... me dijísteis, esverdad... ¡corte,cortefunesta! Á Dios.—¿No podeis esplicaros?—Ahora imposible: si quereis verme, al anochecer os esperaré en mi cámara.—¿Cierto, Abrahem? Esperadme.—Á Dios.—Á Dios.
Siguió el astrólogo con su aparente prisa la direccion de su cámara, y Macías, distraido, revolviendo mil confusas ideas en su imaginacion, quedó entre sus curiosos amigos, á quienes ni contestaba ya acorde, ni podia apenas atender. ¡Tal era la impresion que la palabracorte, pronunciada por el físico, habia hecho en su imaginacion!—Macías ha perdido la cabeza, iban diciendo sus amigos al despedirse de él: ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el juicio. ¡Habeis visto qué desconcierto! ¡qué distraccion! ó está enamorado, ó ha perdido el seso.