CAPITULO XXI.

CAPITULO XXI.¿Cuyo es aquel caballoque allá bajo relinchó?. . . . . . . . . .¿Cuyas son aquellas armasque estan en el corredor?. . . . . . . . . .¿Cuya es aquella lanzaque desde aqui la veo yo?Canc. de Rom. Anón.Mas deuna hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza inmediata á la del astrólogo.—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!—¿Por qué, Hernando?—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Malaño para Hernando si antes de la luna nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el ingenio que la fuerza.—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un lobo he cogido al alzapie.—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido se está.—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta prediccion del astrólogo que la pasada.Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyósolo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosadormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un mismo tiempo me dominan?Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de no descubrirla.—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger cruel. Atrevióseentonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué haceis? Huid, huid ahora que os conozco.—¡Cruel! ¿por qué?—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? esteanillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.—¡Elvira!—¡Silencio!—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis que muera á vuestros pies.—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué exigís de mí?—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?—¿Yo?—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?—¿Yo?—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á leer en ellos.—Santo Dios, ¿qué decís?—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!—¿Pero Macías, delirais?—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese hidalgo.—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, ¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidmeos amo, y nada mas.—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo usais, y que esteencuentro,casualsin duda, en la habitacion del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le traspasareis.—¡Jamas! ¡Dios mio!—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el doncel con toda la amargura de la desesperacion.—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!—Si; pero esa puerta se cerrará...—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo desgraciada?—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré satisfaccion á vuestras preguntas.—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido balído de la inocente oveja.Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es esta enlutada?Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió por último, permitid que no descubra á nadie este secretoque se me ha encargado y menos á vos...—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la tapada con ánimo al parecer de descubrirla.—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.—La he de seguir, esclamó el hidalgo.—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...—¿Y con qué derecho...?—Con el de la fuerza.—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?—Yo mismo.—Sacad la espada...—¿Osado y descortés?—Sacadla.—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, ysu larga ropa crugía barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.Fin del tomo segundo.

CAPITULO XXI.¿Cuyo es aquel caballoque allá bajo relinchó?. . . . . . . . . .¿Cuyas son aquellas armasque estan en el corredor?. . . . . . . . . .¿Cuya es aquella lanzaque desde aqui la veo yo?Canc. de Rom. Anón.

¿Cuyo es aquel caballoque allá bajo relinchó?. . . . . . . . . .¿Cuyas son aquellas armasque estan en el corredor?. . . . . . . . . .¿Cuya es aquella lanzaque desde aqui la veo yo?Canc. de Rom. Anón.

¿Cuyo es aquel caballoque allá bajo relinchó?. . . . . . . . . .¿Cuyas son aquellas armasque estan en el corredor?. . . . . . . . . .¿Cuya es aquella lanzaque desde aqui la veo yo?Canc. de Rom. Anón.

¿Cuyo es aquel caballo

que allá bajo relinchó?

. . . . . . . . . .

¿Cuyas son aquellas armas

que estan en el corredor?

. . . . . . . . . .

¿Cuya es aquella lanza

que desde aqui la veo yo?

Canc. de Rom. Anón.

Mas deuna hora habia pasado desde que el intrigante viejo habia sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no habia alterado en aquel espacio el mas mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.

Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquel simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un aguzado venablo, entraron en la pieza inmediata á la del astrólogo.

—¿Con que está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?

—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. “Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare un momento.”

—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!

—¿Por qué, Hernando?

—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses perdiendo alcones en los montes de Calatrava, que asi sirven para los de Madrid como sirven los mas de los perros del rey Enrique para mi leal Bravonel.

—Asi estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.

—Voto ya, señor, que yo no tuve nunca mas constelacion que mi mano derecha, y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.

—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?

—No niego nada, pésiamí: pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Malaño para Hernando si antes de la luna nueva no habias de poderle hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.

—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede mas el ingenio que la fuerza.

—¿Y qué, no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazon. No gusto yo de ardides; pero por tí, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. Tambien yo estuve en tu tierra; alli en Galicia aprendí la montería á buitron, y mas de un lobo he cogido al alzapie.

—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza mas de ardides de montería que de intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.

—Toscos, señor, pero seguros. Aqui te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.

—No temas, Hernando, que en último apuro no ha de faltarme nunca una buena lanza, y eso es todo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquel prevenido se está.

—Como de esas veces sale la fiera de donde no se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea mas feliz esta prediccion del astrólogo que la pasada.

Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.

La luz que alumbraba la habitacion era una lámpara de que solo ardia un mechero, y ese con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solia estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caia del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyósolo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le esperaré. No habia mucho que se habia abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distraccion un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados, y creyó que su oido le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.

—¿Quién hay aqui, dijo levantándose: quién? Alguien duerme en esta habitacion, ¿será que el judío, rendido al poder del sueño...? pero Santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundia en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitacion. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, Santo Dios, por esta ocasion que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mio, que no venga nadie ahora, nadie!

La postura que el abandono de su letargo habia hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosadormida: su ropa la cubria enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el estremo de su vestido, dejaba ver el torneado y escelente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho mas perfecta la imaginacion. Reclinábase sobre la una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caida, parecia destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su estremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacia semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavia á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitacion de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimia como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la estremidad de su rostro, por la cual parecia poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco mas el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago mas prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porcion del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.

El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el mas leve ruido la dicha de su contemplacion, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez mas porcion de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.

No era, sin embargo el descanso del tierno objeto de su espectacion aquel que en la inmediacion de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algun gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moria al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendia, moviéndose con dificultad parecia querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podria atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitacion que á un mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, mas marcado pareció anunciar que iba á despertarse.—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...

—No, dijo Macías sin poderse contener por mas tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?

Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.

—Salgamos de una vez, esclamó, de esta penosa situacion. Recordó entonces que en la mañana del mismo dia habia manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la habia empeñado su palabra de no descubrirla.

—¡Horrible tormento! esclamó; pero respetaré tu voluntad, muger cruel. Atrevióseentonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.

—¡Dios mio! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué haceis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

—Callad por Dios, callad, esclamó Macías mirando á la puerta. No llameis á nadie: señora, ¿qué temeis?

—¿Quién sois? ¡ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?

—¿Tu deseo? has dicho ¿tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.

—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estais aqui? ¿qué haceis? Huid, huid ahora que os conozco.

—¡Cruel! ¿por qué?

—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

—¡No es mia! ¡Mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? esteanillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le conozco, es el mismo.

—¡Imprudente! esclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.

—¡Elvira!

—¡Silencio!

—Vos sois, vos sois: no me lo oculteis por mas tiempo, si no quereis que muera á vuestros pies.

—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hácia atras para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por mas tiempo. ¿Y qué quereis? ¿qué exigís de mí?

—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?

—Huid, pues, y no turbeis por mas tiempo mi tranquilidad.

—¿Vuestra tranquilidad? y la mia, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?

—¿Yo?

—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?

—¿Yo?

—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los mios, y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á leer en ellos.

—Santo Dios, ¿qué decís?

—¿Juzgais, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creeis que no vale tanto un hombre como una muger? ¿Imaginásteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la comprais; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!

—¿Pero Macías, delirais?

—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huia hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los dias, los larguísimos dias que encierran, cuando se pasan sin esperanza. He huido yo tambien, pero no hay un hombre mas fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Amame, ó mátame.

—Elegid, caballero, lo que gusteis, esclamó Elvira fuera de sí, y haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osais ofenderme, vos abusais de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidais que no puedo ser vuestra nunca jamas?

—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién mas dichoso entonces? pues nunca creí que vos misma os complaceriais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese hidalgo.

—¿Y si os lo digera mentiria? Le amo...

—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Llorais? Elvira, ¿llorais? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es imposible que no me ameis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Temeis? ¿mirais á todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidmeos amo, y nada mas.

—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la supercheria que conmigo usais, y que esteencuentro,casualsin duda, en la habitacion del astrólogo, merece de mi parte premio y galardon? Creedme, jóven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamas le traspasareis.

—¡Jamas! ¡Dios mio!

—Y escuchad: si quereis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamas me hableis de amor: os prohibo que os presenteis delante de mí; os prohibo que me dirijais trova ni cancion alguna; os prohibo...

—Prohibidme el vivir, cruel, y acabareis mas pronto, contestó el doncel con toda la amargura de la desesperacion.

—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.

—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...

—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem!

—Si; pero esa puerta se cerrará...

—¿Qué haceis? Teneos. ¿Quereis hacerme delincuente cuando soy solo desgraciada?

—Señor Hernan Perez, dijo á este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitacion, y daré satisfaccion á vuestras preguntas.

—Él es, señora, él es, esclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él: y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobre el sitial que detras de si tenia.

El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone mas pavor en el corazon del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en valde intentaba desconocer.

—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la habitacion como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido balído de la inocente oveja.

Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecia el ángel tutelar de la enlutada, puesto alli delante de ella para defenderla de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hácia el astrólogo, ¿quién es esta enlutada?

Fingía el judío hallarse en la mayor agitacion.—Señor, le respondió por último, permitid que no descubra á nadie este secretoque se me ha encargado y menos á vos...

—¿A mí...? Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la tapada con ánimo al parecer de descubrirla.

—¿Qué haceis, hidalgo...? preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.

Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se habia arrojado de rodillas como á implorar piedad ante el zeloso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernan Perez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oido precipitadamente,

—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.

—La he de seguir, esclamó el hidalgo.

—No, mientras esté yo aqui, repuso el doncel. Id, señora...

—¿Y con qué derecho...?

—Con el de la fuerza.

—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel...?

—Yo mismo.

—Sacad la espada...

—¿Osado y descortés?

—Sacadla.

—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no teneis razon sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...

—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.

—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo hace que lo deseaba! añadió en lo mas profundo de su corazon.

—¡Oidme! gritaba el astrólogo ¡Teneos!

Pero de alli á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando entonces hácia la puerta por donde habian salido,—¡Miserables, dijo cerrándola, os preciais de fuertes y de entendidos, y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en seguida la comunicacion que daba á la cámara de don Enrique, asió de una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte solo de su rostro, merced á su mano derecha, que interpuesta le defendia los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalon en escalon, ysu larga ropa crugía barriendo el pavimento. Parecia el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorria sus mas recónditos rincones buscando víctimas nuevas que sacrificar el dia siguiente á su insaciable furor.

Fin del tomo segundo.


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