CAPITULO XXXIV.En una torre fue puestocon cadenas á recado.. . . . . . . . . . .La condesa entrára dentrodo está el conde aprisionado.. . . . . . . . . . .Ambos hablan en secreto,y conciertan en celado;que por librar tal personaá mas que esto era obligado.Rom. de Sepúlveda.CuandoFerrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el castillo albergue digno de él.Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un modo satisfactorio esta singularidad.Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitandolos dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion. Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion. El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la gratitud por una parte y la esperanzadel premio por otra; asi, decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado la industria delastrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte.No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible. El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas. Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicacion con los de fuera:insistió bastante ademas en la fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era la verdadera causa de aquella estravagancia.No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con uncomo gusteissiempre asomado á los labios para salir á la menor indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito,perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño,lo que mas os convenga. Y se notó que Nuño no le habia respondido elcomo gusteisde ordenanza. Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su petulante continente.No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado intento.Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y custodia; algungrupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del conde.Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio, y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos, como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo anterior dejamos dicho.Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan lastimero trance.La habitacion que por ser la mejor y lamas espaciosa se habia reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amorpropio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la fortuna.Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que habiais menester?—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus picado.—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.—Gracias, señor Rui Pero.—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo tanto á disponer...—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de los prisioneros. De otra suerte...—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion. Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. ¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han llamado al castillo dos caminantes fatigados...—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden albergue por esta noche.—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que les enseñe el camino un hombre del castillo.—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella comision.—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es encantado y nada hospitalario. Van de paso.—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible.—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; parece que el cielose derrite en agua. Seria una inhumanidad por cierto.—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo queden á la intemperie en una noche...—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue á cumplir la orden.—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun la faena que damos á nuestras copas.Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, comoun paraguas espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á medio cerrar.Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.
CAPITULO XXXIV.En una torre fue puestocon cadenas á recado.. . . . . . . . . . .La condesa entrára dentrodo está el conde aprisionado.. . . . . . . . . . .Ambos hablan en secreto,y conciertan en celado;que por librar tal personaá mas que esto era obligado.Rom. de Sepúlveda.
En una torre fue puestocon cadenas á recado.. . . . . . . . . . .La condesa entrára dentrodo está el conde aprisionado.. . . . . . . . . . .Ambos hablan en secreto,y conciertan en celado;que por librar tal personaá mas que esto era obligado.Rom. de Sepúlveda.
En una torre fue puestocon cadenas á recado.. . . . . . . . . . .La condesa entrára dentrodo está el conde aprisionado.. . . . . . . . . . .Ambos hablan en secreto,y conciertan en celado;que por librar tal personaá mas que esto era obligado.Rom. de Sepúlveda.
En una torre fue puesto
con cadenas á recado.
. . . . . . . . . . .
La condesa entrára dentro
do está el conde aprisionado.
. . . . . . . . . . .
Ambos hablan en secreto,
y conciertan en celado;
que por librar tal persona
á mas que esto era obligado.
Rom. de Sepúlveda.
CuandoFerrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el castillo albergue digno de él.
Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un modo satisfactorio esta singularidad.
Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitandolos dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion. Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion. El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la gratitud por una parte y la esperanzadel premio por otra; asi, decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.
El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado la industria delastrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte.
No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible. El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas. Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicacion con los de fuera:insistió bastante ademas en la fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era la verdadera causa de aquella estravagancia.
No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con uncomo gusteissiempre asomado á los labios para salir á la menor indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito,perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.
Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:
—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño,lo que mas os convenga. Y se notó que Nuño no le habia respondido elcomo gusteisde ordenanza. Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su petulante continente.
No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado intento.
Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y custodia; algungrupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del conde.
Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio, y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos, como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo anterior dejamos dicho.
Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan lastimero trance.
La habitacion que por ser la mejor y lamas espaciosa se habia reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.
Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amorpropio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la fortuna.
Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.
—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.
—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que habiais menester?
—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus picado.
—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.
—Gracias, señor Rui Pero.
—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?
—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...
—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo tanto á disponer...
—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de los prisioneros. De otra suerte...
—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.
—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion. Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?
—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. ¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.
—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han llamado al castillo dos caminantes fatigados...
—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.
—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden albergue por esta noche.
—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?
—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.
—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que les enseñe el camino un hombre del castillo.
—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella comision.
—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es encantado y nada hospitalario. Van de paso.
—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.
—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...
—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.
—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible.
—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; parece que el cielose derrite en agua. Seria una inhumanidad por cierto.
—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo queden á la intemperie en una noche...
—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue á cumplir la orden.
—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun la faena que damos á nuestras copas.
Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.
De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, comoun paraguas espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á medio cerrar.
Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.