CAPITULO XXXVIII.

CAPITULO XXXVIII.Traidor sois, Payo Rodriguez,el mayor que ser podia.Yo vos haré conocerser verdad lo que decia.Entraré con vos en lidy en ella vos venceria.—Mentides, Rui Paez Viedma,Pai Rodriguez respondia.Por eso sois vos reptado,no yo que nada debia.Diéronse luego sus gages,y en el campo entrado habian.Procuran de se matarmuy cruel batalla habian.Sepúlveda,Rom.¿Pararemosaqui, si os parece? decia deteniendo su mula á la puerta de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos anteriores.—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á una fenestra. No hay posada.—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á decir la vieja.—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de Nuño.—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba del combate en este pueblo, que Dios bendiga.—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las afueras del pueblo.—Como gusteis, repuso el buen Nuño.Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada.—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez, y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al padresacristan? No, sino veníos despues con letras para el señor justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corria hácia la plaza del pueblo, ¿nos daréis razon del señor justicia mayor?—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes, y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que seguir el consejo del muchacho.—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en buen hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta haréis su comision: ¿ha de correr tanta prisa?—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre propone...—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño.Siguieron en seguida el curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado, y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su compañero.—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó á su muger, es acusado por ello.—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata...—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué. ¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de...?—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer una ligereza!—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el combate no se verificará...—¿No, eh?—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el judío... maldiga Dios á los judíos.—Amen.—Amen.—Amen.—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey Artus.—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petrimetre incrédulo de aquel tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores con la dama acusadora; hálos sorprendido el marido, y...—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona, hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por tierra en un instante el honor de una dueña!—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la repasata, y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos habemos menester...—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y encendida la quisquillosa mogigata.—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por si podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia mayor.Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala. Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á semejantes oficios debian seguirle.Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y piqueros; de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo de su alteza, y otros en varios puntos estremos de la liza.Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia celebrarse el santo sacrificio de la misa.Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala allado, vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oidas.Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda, labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas, y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages, caballeros y gentiles homes de su casa,vasallos suyos, vestidos todos de ceremonia y paz como su señor.Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de reo.Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate, que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una miradade desprecio y de ira, sentimientos que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza si su campeon no venia?Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase ya el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado á darle, solopor el hecho de haber él concebido esperanzas de presenciarla. Circunstancia que prueba que el público de Andujar en el sigloXVse parecia á los públicos de todas las épocas y paises. Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses del combate: habia contado con una diversion, porque generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversion no llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, caballero aleve y descortés que se habia ofrecido al socorro de una dama para faltar despues á su palabra y su fé; quien se indignaba contra Villena achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion del pundonoroso doncel.Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion, ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos de acudir á ver qué pretendia aquel palurdo; espúsole entonces el montero como tenia dos palabras que comunicar á su señoría al justicia mayor.Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la audiencia.—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos mios los que tengo que comunicarle.—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero de la taberna del rincon?—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho...—¡Favor al rey! gritó el faraute.—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que hablar á su señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy verificarse, y vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces de tu especie?Una carcajada del faraute, y un golpeque con la vara de su insignia dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos resonó por toda la plaza.—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor alboroto.Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de entrar en la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que preguntaba ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente obrada, y que decia en letras de plataimposible,venganza, llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que se elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.—¡Él es! ¡él es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Háse salvado el doncel!Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que tenia el mariscal.Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su indignacion.¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, “¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible actitud ya de acometer.Otro tanto hizo el recien venido, y tomóde mano de uno de sus dos pages una ponderosa lanza.El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron su debido puesto á ambos combatientes.Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de su adversario.Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no pudo contenerse por mas tiempo Elvira.—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta!quiero ser antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio, interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban.Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una voz: “Legeres aller, legeres aller, é fair son deber”, segun la fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su ventaja.El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accionque puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion del enemigo.Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido, cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza! ¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio. A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia esperado conseguir.Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el pecho, y tocándole con su maza: “¡Hé aqui, clamó en vozalta,hé aqui el juicio de Dios!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es calumniadora.Hé aqui el juicio de Dios.Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en un patíbulo.Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de armas su grida de ¡hé aqui el juicio de Dios! cuando se notó que su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir, clamó en altavoz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.”Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar confirmará tan alegre nueva.No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de Peransurez y de varios armados, sedirigió á apearse ante su alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado.Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua para quien nada tenia ya interes en el mundo.Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido, desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor, arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido el caballero por losoidos y las narices al recibir el golpe de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus facciones.—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, devorando con sus ojos las facciones del caido.¡Ah, no es él!esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda.¡No es él!y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de cariñosos besos.Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su persona, sin quitarse la visera.

CAPITULO XXXVIII.Traidor sois, Payo Rodriguez,el mayor que ser podia.Yo vos haré conocerser verdad lo que decia.Entraré con vos en lidy en ella vos venceria.—Mentides, Rui Paez Viedma,Pai Rodriguez respondia.Por eso sois vos reptado,no yo que nada debia.Diéronse luego sus gages,y en el campo entrado habian.Procuran de se matarmuy cruel batalla habian.Sepúlveda,Rom.

Traidor sois, Payo Rodriguez,el mayor que ser podia.Yo vos haré conocerser verdad lo que decia.Entraré con vos en lidy en ella vos venceria.—Mentides, Rui Paez Viedma,Pai Rodriguez respondia.Por eso sois vos reptado,no yo que nada debia.Diéronse luego sus gages,y en el campo entrado habian.Procuran de se matarmuy cruel batalla habian.Sepúlveda,Rom.

Traidor sois, Payo Rodriguez,el mayor que ser podia.Yo vos haré conocerser verdad lo que decia.Entraré con vos en lidy en ella vos venceria.—Mentides, Rui Paez Viedma,Pai Rodriguez respondia.Por eso sois vos reptado,no yo que nada debia.Diéronse luego sus gages,y en el campo entrado habian.Procuran de se matarmuy cruel batalla habian.Sepúlveda,Rom.

Traidor sois, Payo Rodriguez,

el mayor que ser podia.

Yo vos haré conocer

ser verdad lo que decia.

Entraré con vos en lid

y en ella vos venceria.

—Mentides, Rui Paez Viedma,

Pai Rodriguez respondia.

Por eso sois vos reptado,

no yo que nada debia.

Diéronse luego sus gages,

y en el campo entrado habian.

Procuran de se matar

muy cruel batalla habian.

Sepúlveda,Rom.

¿Pararemosaqui, si os parece? decia deteniendo su mula á la puerta de la hospedería de Andujar un hombre de quien ya hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos anteriores.

—Como gusteis, repuso su compañero de viaje, á quien solo por su muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.

—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!

—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salia del endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á una fenestra. No hay posada.

—Como gusteis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...

—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á decir la vieja.

—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.

—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.

—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de Nuño.

—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!

—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba del combate en este pueblo, que Dios bendiga.

—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?

—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las afueras del pueblo.

—Como gusteis, repuso el buen Nuño.

Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada.

—Hé aqui lo que yo digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransurez, y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un dia entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre San Francisco, que no fue poca fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al padresacristan? No, sino veníos despues con letras para el señor justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corria hácia la plaza del pueblo, ¿nos daréis razon del señor justicia mayor?

—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hácia palacio; la corte va á salir al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros al señor justicia mayor, que ha de estar alli, dijo el muchacho, y siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez mas por todas partes, y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba mas recurso que seguir el consejo del muchacho.

—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si alli le podemos dar alcance, sea en buen hora; sino tenga Peransurez paciencia, y acabada la fiesta haréis su comision: ¿ha de correr tanta prisa?

—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre propone...

—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño.Siguieron en seguida el curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.

Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo; en una estremidad un cadalso se hallaba levantado, y ricamente entapizado de paños negros; en él debian sentarse los jueces del campo. Hácia el comedio de uno de los lados un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debia servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque dos garitas, semejantes á las que se construyen en el dia para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debian dar desde ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.

Al rededor del palenque, y donde habian dejado lugar para ello las bocas calles, habian arrimado los habitantes carros y carretas para ver mas cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos mas altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á otras en los mas bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su compañero.

—¿Habeis oido decir por qué es el duelo? preguntaban unos.

—Sí; respondian otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó á su muger, es acusado por ello.

—Bien hecho: no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.

—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata...

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué. ¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de...?

—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer una ligereza!

—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.

—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el combate no se verificará...

—¿No, eh?

—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.

—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.

—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el judío... maldiga Dios á los judíos.

—Amen.

—Amen.

—Amen.

—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le tienen en una redoma mas larga que la cigüeña de la torre, donde ha de estar cuarenta dias para convertirse luego en cuervo como el rey Artus.

—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petrimetre incrédulo de aquel tiempo. ¡Buena está la invencion de la redoma! El hecho de verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores con la dama acusadora; hálos sorprendido el marido, y...

—¡Jesus! ¡Jesus! Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los barbilampiños de estos tiempos, esclamó una dueña quintañona, hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito que parecia mas reservado que el que tenia la palabra. ¡Hé aqui por tierra en un instante el honor de una dueña!

—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que habia recibido la repasata, y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos habemos menester...

—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y encendida la quisquillosa mogigata.

—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos hácia acá; continuó, y veamos de dar la vuelta á la plaza, por si podemos llegar á dar esas letras que traeis al señor justicia mayor.

Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del combate. Venia detras de las trompetas un rey de armas y dos farautes. Seguian ministriles con instrumentos músicos, y varios ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar fé de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su alteza, que fueron el muy buen condestable don Rui Lopez Dávalos y el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro Lopez de Ayala. Detras el justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga, vestido como los demas de gala y ceremonia cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso revestido de paño negro, en el cual se colocó segun la preeminencia de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su confesor fray Juan Enriquez, y de varias dignidades de palacio que á semejantes oficios debian seguirle.

Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el campo, y fueron treinta buenos escuderos con mas ballesteros y piqueros; de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo de su alteza, y otros en varios puntos estremos de la liza.

Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hácia el estremo enfrente de los jueces, donde habian hecho levantar estos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debia celebrarse el santo sacrificio de la misa.

Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazon revestidos de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y custodiada por cuatro archeros una muger jóven cubierta de un velo negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que habia deslumbrado tantas veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado por la contínua afliccion; sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala allado, vestido de gala, el pagecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba tambien, y que la dirigia de cuando en cuando palabras de consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oidas.

Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba rico jubon de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla de buitron; una jaqueta de raja recamada de oro le cubria apenas el jubon; cinto tachonado de que pendia una rica limosnera; zapatos de seda negros abiertos y acuchillados; un camison riquísimo de holanda, labrado, le volvia sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que pendia un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.

Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas, y la caldera de rico-home, y le seguian escuderos, donceles pages, caballeros y gentiles homes de su casa,vasallos suyos, vestidos todos de ceremonia y paz como su señor.

Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de su alteza, y detras de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya al palenque un hombre vestido con un capoton de seda encarnada, y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una afilada cuchilla declaraban aun á los que mas de lejos le veían que era Mateo Sanchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador, ó de reo.

Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo mas fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y farautes dar una grida ó pregon anunciando el combate, que iba á verificarse en comprobacion del juicio de Dios á falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.

Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernan Perez de Vadillo: seguíanle dos pages con las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venia ginete en un soberbio alazan encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, y bordados de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapertas de celada, y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traia Hernan Perez vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete italianas: llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba en contradiccion con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba rayos de sus ojos, y parecia medir con la vista el espacio del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su corage. Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una miradade desprecio y de ira, sentimientos que se confundian en la espresion de su semblante, hácia la víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.

Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron los farautes por pregon al campeon del acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.

Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio succedió, sin embargo, al segundo y tercer pregon.

Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo: no se podia distinguir si le daba las gracias por la ausencia de su campeon, que de ninguna manera hubiera deseado ver entonces alli, ó si lloraba la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza si su campeon no venia?

Dos largas horas pasaron en tan cruel espectativa. Impacientábase ya el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como si fuese aquella una funcion que estuviese ya su alteza obligado á darle, solopor el hecho de haber él concebido esperanzas de presenciarla. Circunstancia que prueba que el público de Andujar en el sigloXVse parecia á los públicos de todas las épocas y paises. Habia consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses del combate: habia contado con una diversion, porque generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversion no llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento y desaprobacion; quien hablaba contra Macías, caballero aleve y descortés que se habia ofrecido al socorro de una dama para faltar despues á su palabra y su fé; quien se indignaba contra Villena achacando á sus cobardes maleficios la desaparicion del pundonoroso doncel.

Habian ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador de las letras, que segun sus propias espresiones le habia confiado Peransurez para el justicia mayor: ora sirviéndose de la persuasion, ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al palenque. Atraido un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos de acudir á ver qué pretendia aquel palurdo; espúsole entonces el montero como tenia dos palabras que comunicar á su señoría al justicia mayor.

Miróle de alto abajo el faraute, y como le vió tan mal parado,—No es ocasion, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la audiencia.

—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos mios los que tengo que comunicarle.

—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá él con su señoría, sino es alguna querella contra el tabernero de la taberna del rincon?

—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho...

—¡Favor al rey! gritó el faraute.

—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes tú, jabalí del soto mas que faraute, que lo que tengo que hablar á su señoría interesa acaso al mismo combate que debia hoy verificarse, y vale de seguro mas que tú, y todas las bestias feroces de tu especie?

Una carcajada del faraute, y un golpeque con la vara de su insignia dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos resonó por toda la plaza.

—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo mas de veinte curiosos de los que hasta entonces se habian entretenido con la disputa del faraute y del montero. A esta interrupcion inesperada se volvieron las cabezas de todos hácia el parage donde sonaba el mayor alboroto.

Un caballero bien montado y armado de todas armas acaba de entrar en la liza, y dirigiéndose hácia el mariscal del campo, que preguntaba ya á su alteza si habia de procederse á la ejecucion de la acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.

Traia el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, y mas que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente obrada, y que decia en letras de plataimposible,venganza, llamaron la atencion general.—¡Él es! gritó una voz penetrante que se elevó hasta las nubes desde el cadalso de la acusadora.—¡Él es! ¡él es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.

—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Háse salvado el doncel!

Proseguia, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: llegó éste al tablado de los jueces, y despues de una corta esplicacion, pareció que éstos habian decidido acerca de la duda que tenia el mariscal.

Grande fue el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aun su indignacion.

¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? Conocióse su turbacion en toda la plaza, y hubo de parecer buen agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.

El rostro de Hernan Perez por el contrario brilló de un resplandor singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, “¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!” Dió en seguida media vuelta á su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible actitud ya de acometer.

Otro tanto hizo el recien venido, y tomóde mano de uno de sus dos pages una ponderosa lanza.

El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron su debido puesto á ambos combatientes.

Dirigiéndose en seguida Hernan Perez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hácia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró á fé de cristiano y de caballero, por su alma y por la vida que iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, ni hechizos, ni piastron, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de su adversario.

Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no pudo contenerse por mas tiempo Elvira.

—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta!quiero ser antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!

Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.

Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio, interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban.

Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una voz: “Legeres aller, legeres aller, é fair son deber”, segun la fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.

Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su ventaja.

El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accionque puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion del enemigo.

Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido, cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza! ¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio. A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia esperado conseguir.

Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el pecho, y tocándole con su maza: “¡Hé aqui, clamó en vozalta,hé aqui el juicio de Dios!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es calumniadora.Hé aqui el juicio de Dios.

Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en un patíbulo.

Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de armas su grida de ¡hé aqui el juicio de Dios! cuando se notó que su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir, clamó en altavoz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.”

Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!

—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar confirmará tan alegre nueva.

No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.

—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!

Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de Peransurez y de varios armados, sedirigió á apearse ante su alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado.

Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua para quien nada tenia ya interes en el mundo.

Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido, desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor, arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido el caballero por losoidos y las narices al recibir el golpe de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus facciones.

—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, devorando con sus ojos las facciones del caido.¡Ah, no es él!esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda.¡No es él!y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de cariñosos besos.

Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su persona, sin quitarse la visera.


Back to IndexNext