El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO I.Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear,mi cama las duras peñas,mi dormir siempre velar.Cancionero general.Antesde enseñar el primer cabo de nuestra narracion fidedigna, no nos parece inútil advertir á aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atencion, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos á enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros á épocas distantes y á siglos remotos, para vivir, digámoslo asi, en otro orden de sociedad ennada semejante á este que en el sigloXIXmarca la adelantada civilizacion de la culta Europa. Tiempos felices, ó infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la facil comunicacion entre los hombres de apartados paises, ni la seguridad individual que en el dia casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y esquisitas necesidades ficticias satisfechas podian apartar de la imaginacion del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta peregrinacion, que nos conduce á término mas estable y bienaventurado.Mis arreos son las armas,mi descanso es pelearpodian repetir con sobrada razon nuestros antepasados de cuatro ó cinco siglos: nuestra nacion, como las demas de Europa, no presentaba á la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendian á equilibrarse, pero que la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el granmilagro de la civilizacion, se encontraban con estraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras esteriores, de rencillas, de desafios, y á veces de crímenes, que con nuestras estremadas instituciones mal en la actualidad se conformarian.Una incomprensible mezcla de religion y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdia demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que espendia sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devocion, ó descubria de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El caballero que volvia de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redencion, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la iglesia habia depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, á imitacion del hombre Dios, el perdon de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organizacion irascible, que á gala tenia; á la menor sombra de pretendida ofensa corria lanza en ristre á partir el sol del palenque, y á abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando á un tiempo por una inesplicable contradiccion el nombre santo de Dios, y el nombre profano de la dama por quien moria.En vano la religion se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debia dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran tambien los cristianos, y habia quien matando dos de aquellos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su espantoso error.Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el facil manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridon, la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido y llevado á un estremo peligroso; y para las mugeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeon mas esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato solo para con el caballero no amado, eran la educacion del siglo. Dios y mi dama, decia el caballero; Dios y mi caballero, decia la dama.En medio del furor de guerrear que debia animar á todos en aquella época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las huestes, armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la ponderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos á autorizar trances de rebelion del soberbio rico-hombre contra la magestad de su rey y señor natural.Un corto número de espíritus mas pusilánimes, ó acaso mas calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza literaria griega y romana que de las ruinas del Partenion y del Capitolio, habian podido salvar en medio de la devastacion desoladora de la irrupcion de los bárbaros, algunas primitivas comunidades monásticas. El estudio todo que se hacia en los claustros estaba reducido, y debia estarlo, á la ciencia eclesiástica, la única que podia y debia salvar, como efectivamente salvó á la Europa de su total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios debian reservarse para otros tiempos, y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacian á la literatura todo el servicio que podian hacerla. Otros espíritus no obstante se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirian era solo el medio criminal de grangearse una consideracion y una fortuna aun mas criminales todavía. Afectando la ciencia de los astros ó una misteriosa comunicacion con el mundo de los espíritus, sabian abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y masónicamente, como un pérfido talisman que ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles é ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados, la palanca poderosa con que movian y removian á su placer cuantos obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar.A esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas del Norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios como los bárbaros de la fria Noruega y las cultas ruinas de la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esta sociedad vamos á trasladar á nuestros lectores.No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror á desentrañar las costumbres de tan inesplicable época; lejos de nosotros esta idea; tambien se ofrecen enella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros dias. El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religion y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la supersticion, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo apartado; si no son prendas todas las mas adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas, y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacia tan necesarias como deslumbradoras.El carácter empero mas verdaderamente distintivo de la época, era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros súbditos; una escala descendiente y ascendiente que constituía á los pecheros vasallos de vasallos, y á los reyes señores de señores, era el principal obstáculo que impedia al poder ejercer á la vez su influencia igual y equitativa por toda la estension de sus dominios, el pechero doblemente súbdito tenia dobles obligaciones (mas bien que contraidas impuestas) para con sudueño inmediato, y para con el señor natural de todos. Por otra parte era de notar el poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperacion voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado á mendigar los hombres de armas, que solo podian proporcionarle para las jornadas los ricos-homes que los sostenian á sus espensas, y por consiguiente á su devocion, y que desigualaban á placer la fuerza recíproca de los partidos con la mas leve inclinacion de su parte; el señorío absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la contínua reconquista contra moros les debia el rey y la patria; y la remision sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la nacion, que no habia especie de ambicion ni pasion frenética de que no se dejasen torpemente arrastrar.Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que pasaba lo que vamos á contar, hacia ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, habia subido á ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caida de caballo. Y apenas habian bastado estos trece años para reparar los daños que su menor edad habia acarreado á Castilla desvalida.El cisma duraba en la Iglesia desde la eleccion tumultuosa del arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, despues de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales en cónclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de Francia trataba de influir en la eleccion del cardenal de Génova, ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de Oliveros, y por parte de madrecon los condes de Boloña, parientes de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el lugar del cónclave, despues de forzar las cerraduras, segun en nuestras leyendas se refiere, clamaron: “Papa romano queremos, ó á lo menos italiano,” de cuya infraccion notable y sacrílega resultó la eleccion del arzobispo, que se coronó el dia de Pascua de Resurreccion. Varios cardenales empero refugiándose en el lugar de Anania, y despues en Fundí, proclamaron la invalidez de la eleccion forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal de Génova, que tomó nombre de Clemente VII, y estableció la silla de su iglesia en Aviñon. Urbano y Clemente habian enviado entrambos al rey de Castilla, á la sazon Enrique II, sus mensageros, asi como los habia enviado en apoyo del último Cárlos V, rey de Francia; la corte de Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar en materia tan delicada á sus varones mas famosos. Posteriormente, en el año 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallándose en Medina del Campo, y despues de haber reunido y consultado á sus prelados, ricos-hombresy doctores, se decidió por Roberto de Génova, negando la obediencia alintruso apostático Bartolomé, como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió á Clemente VII, prestándole homenage como á único papa verdadero. Mas adelante murió en su palacio de Aviñon el papa Clemente VII, á 26 de Setiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la union de la Iglesia, se propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos evangelios renunciar el papazgo inmediatamente despues de nombrados, si asi fuese necesario, y en el caso de que se ciñese á hacer otro tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma á la eleccion válida y conforme de uno solo. Fue elegido, pues, en Aviñon el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nacion, y rico-hombre de los de Luna; negóse al principio á admitir la triple corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió enteramente á las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le envió á Juan duque de Berry y á Felipe duque de Borgoña sus tios, para que renunciase conforme habiajurado. Esto dió lugar á contínuos debates, que se hallaban en pie todavía en el tiempo á que nos referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto Francia, Castilla, Navarra y Aragon y por el papa romano el emperador, la Inglaterra y la Italia.Con respecto á Portugal, Castilla seguia defendiendo, aunque débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo habia casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente le perteneciera por su boda con doña Beatriz, hija y única heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo de aquellos en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo independiente, habia dado una popularidad estraordinaria al maestre de Avís; ayudado de ella se propasó á quitar la vida al conde de Oren en el mismo palacio de la regenta, y permitió á sus partidarios la muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse rey en Coimbra con el dictado de Juan I despues de la resignacion de regenta de la viuda Leonor, y reclusion de esta por nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras crónicas contemporáneas.Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos á su hijo y sucesor Enrique III, le habia legado tambien las dudas que acerca de tan delicada contienda en su propio corazon albergaba. En la época de nuestra narracion era tan débil ya la guerra que se sostenia contra Portugal, que mas parecia efectos de una obstinacion irrealizable, que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existia entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las contínuas treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra se ratificaban.Enrique III, al subir al trono á los catorce años para dar fin á la anarquía que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, habia ratificado las ligas hechas por su padre con Cárlos VI de Francia y con los reyes de Aragon y de Navarra; y solo con el rey moro de Granada sostenia una guerra muy semejante en su lentitud y en sus largas treguas á la de Portugal.Tal era tambien el estado político de Castilla en la época de nuestra historia caballeresca, á que daremos principio desde luego sin detenernos mas tiempo en digresiones preparatorias, de poco interes acaso para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la particular inteligencia de los hechos que á su vista tratamos de esponer sencilla y brevemente.Con respecto á la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente desenterrado; asi que, el lector perdiera su tiempo si tratase de irle á buscar comprobantes en ningun libro antiguo ni moderno: respondemos sin embargo de que si no hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos á contar, y esta reflexion debe bastar tanto mas para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no nos atreveriamos á sacar tantas líneas de verdad, ó por lo menos de verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras páginas, tan fidedignas como útiles y agradables.
El doncel de Don Enrique el DolienteCAPITULO I.Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear,mi cama las duras peñas,mi dormir siempre velar.Cancionero general.
El doncel de Don Enrique el Doliente
Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear,mi cama las duras peñas,mi dormir siempre velar.Cancionero general.
Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear,mi cama las duras peñas,mi dormir siempre velar.Cancionero general.
Mis arreos son las armas,
mi descanso es pelear,
mi cama las duras peñas,
mi dormir siempre velar.
Cancionero general.
Antesde enseñar el primer cabo de nuestra narracion fidedigna, no nos parece inútil advertir á aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atencion, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos á enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros á épocas distantes y á siglos remotos, para vivir, digámoslo asi, en otro orden de sociedad ennada semejante á este que en el sigloXIXmarca la adelantada civilizacion de la culta Europa. Tiempos felices, ó infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la facil comunicacion entre los hombres de apartados paises, ni la seguridad individual que en el dia casi nos garantizan nuestras ilustradas legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y esquisitas necesidades ficticias satisfechas podian apartar de la imaginacion del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta peregrinacion, que nos conduce á término mas estable y bienaventurado.
Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear
Mis arreos son las armas,mi descanso es pelear
Mis arreos son las armas,
mi descanso es pelear
podian repetir con sobrada razon nuestros antepasados de cuatro ó cinco siglos: nuestra nacion, como las demas de Europa, no presentaba á la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendian á equilibrarse, pero que la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el granmilagro de la civilizacion, se encontraban con estraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras esteriores, de rencillas, de desafios, y á veces de crímenes, que con nuestras estremadas instituciones mal en la actualidad se conformarian.
Una incomprensible mezcla de religion y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdia demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que espendia sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su devocion, ó descubria de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El caballero que volvia de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redencion, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la iglesia habia depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, á imitacion del hombre Dios, el perdon de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las muestras de su organizacion irascible, que á gala tenia; á la menor sombra de pretendida ofensa corria lanza en ristre á partir el sol del palenque, y á abrir una ancha fuente de sangre humana en el pecho de su adversario, invocando á un tiempo por una inesplicable contradiccion el nombre santo de Dios, y el nombre profano de la dama por quien moria.
En vano la religion se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debia dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran tambien los cristianos, y habia quien matando dos de aquellos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su espantoso error.Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.
Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el facil manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridon, la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido y llevado á un estremo peligroso; y para las mugeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeon mas esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato solo para con el caballero no amado, eran la educacion del siglo. Dios y mi dama, decia el caballero; Dios y mi caballero, decia la dama.
En medio del furor de guerrear que debia animar á todos en aquella época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las huestes, armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la ponderosa espada de Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos á autorizar trances de rebelion del soberbio rico-hombre contra la magestad de su rey y señor natural.
Un corto número de espíritus mas pusilánimes, ó acaso mas calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza literaria griega y romana que de las ruinas del Partenion y del Capitolio, habian podido salvar en medio de la devastacion desoladora de la irrupcion de los bárbaros, algunas primitivas comunidades monásticas. El estudio todo que se hacia en los claustros estaba reducido, y debia estarlo, á la ciencia eclesiástica, la única que podia y debia salvar, como efectivamente salvó á la Europa de su total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios debian reservarse para otros tiempos, y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacian á la literatura todo el servicio que podian hacerla. Otros espíritus no obstante se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirian era solo el medio criminal de grangearse una consideracion y una fortuna aun mas criminales todavía. Afectando la ciencia de los astros ó una misteriosa comunicacion con el mundo de los espíritus, sabian abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y masónicamente, como un pérfido talisman que ejerciendo al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles é ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados, la palanca poderosa con que movian y removian á su placer cuantos obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar.
A esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas del Norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios como los bárbaros de la fria Noruega y las cultas ruinas de la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esta sociedad vamos á trasladar á nuestros lectores.
No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror á desentrañar las costumbres de tan inesplicable época; lejos de nosotros esta idea; tambien se ofrecen enella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros dias. El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religion y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la supersticion, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo apartado; si no son prendas todas las mas adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas, y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacia tan necesarias como deslumbradoras.
El carácter empero mas verdaderamente distintivo de la época, era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros súbditos; una escala descendiente y ascendiente que constituía á los pecheros vasallos de vasallos, y á los reyes señores de señores, era el principal obstáculo que impedia al poder ejercer á la vez su influencia igual y equitativa por toda la estension de sus dominios, el pechero doblemente súbdito tenia dobles obligaciones (mas bien que contraidas impuestas) para con sudueño inmediato, y para con el señor natural de todos. Por otra parte era de notar el poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperacion voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado á mendigar los hombres de armas, que solo podian proporcionarle para las jornadas los ricos-homes que los sostenian á sus espensas, y por consiguiente á su devocion, y que desigualaban á placer la fuerza recíproca de los partidos con la mas leve inclinacion de su parte; el señorío absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la contínua reconquista contra moros les debia el rey y la patria; y la remision sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de los primeros hombres de la nacion, que no habia especie de ambicion ni pasion frenética de que no se dejasen torpemente arrastrar.
Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que pasaba lo que vamos á contar, hacia ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, habia subido á ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caida de caballo. Y apenas habian bastado estos trece años para reparar los daños que su menor edad habia acarreado á Castilla desvalida.
El cisma duraba en la Iglesia desde la eleccion tumultuosa del arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, despues de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales en cónclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de Francia trataba de influir en la eleccion del cardenal de Génova, ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de Oliveros, y por parte de madrecon los condes de Boloña, parientes de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el lugar del cónclave, despues de forzar las cerraduras, segun en nuestras leyendas se refiere, clamaron: “Papa romano queremos, ó á lo menos italiano,” de cuya infraccion notable y sacrílega resultó la eleccion del arzobispo, que se coronó el dia de Pascua de Resurreccion. Varios cardenales empero refugiándose en el lugar de Anania, y despues en Fundí, proclamaron la invalidez de la eleccion forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal de Génova, que tomó nombre de Clemente VII, y estableció la silla de su iglesia en Aviñon. Urbano y Clemente habian enviado entrambos al rey de Castilla, á la sazon Enrique II, sus mensageros, asi como los habia enviado en apoyo del último Cárlos V, rey de Francia; la corte de Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar en materia tan delicada á sus varones mas famosos. Posteriormente, en el año 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallándose en Medina del Campo, y despues de haber reunido y consultado á sus prelados, ricos-hombresy doctores, se decidió por Roberto de Génova, negando la obediencia alintruso apostático Bartolomé, como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió á Clemente VII, prestándole homenage como á único papa verdadero. Mas adelante murió en su palacio de Aviñon el papa Clemente VII, á 26 de Setiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la union de la Iglesia, se propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos evangelios renunciar el papazgo inmediatamente despues de nombrados, si asi fuese necesario, y en el caso de que se ciñese á hacer otro tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma á la eleccion válida y conforme de uno solo. Fue elegido, pues, en Aviñon el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nacion, y rico-hombre de los de Luna; negóse al principio á admitir la triple corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió enteramente á las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le envió á Juan duque de Berry y á Felipe duque de Borgoña sus tios, para que renunciase conforme habiajurado. Esto dió lugar á contínuos debates, que se hallaban en pie todavía en el tiempo á que nos referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto Francia, Castilla, Navarra y Aragon y por el papa romano el emperador, la Inglaterra y la Italia.
Con respecto á Portugal, Castilla seguia defendiendo, aunque débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo habia casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente le perteneciera por su boda con doña Beatriz, hija y única heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo de aquellos en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo independiente, habia dado una popularidad estraordinaria al maestre de Avís; ayudado de ella se propasó á quitar la vida al conde de Oren en el mismo palacio de la regenta, y permitió á sus partidarios la muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse rey en Coimbra con el dictado de Juan I despues de la resignacion de regenta de la viuda Leonor, y reclusion de esta por nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras crónicas contemporáneas.
Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos á su hijo y sucesor Enrique III, le habia legado tambien las dudas que acerca de tan delicada contienda en su propio corazon albergaba. En la época de nuestra narracion era tan débil ya la guerra que se sostenia contra Portugal, que mas parecia efectos de una obstinacion irrealizable, que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existia entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las contínuas treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra se ratificaban.
Enrique III, al subir al trono á los catorce años para dar fin á la anarquía que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, habia ratificado las ligas hechas por su padre con Cárlos VI de Francia y con los reyes de Aragon y de Navarra; y solo con el rey moro de Granada sostenia una guerra muy semejante en su lentitud y en sus largas treguas á la de Portugal.
Tal era tambien el estado político de Castilla en la época de nuestra historia caballeresca, á que daremos principio desde luego sin detenernos mas tiempo en digresiones preparatorias, de poco interes acaso para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la particular inteligencia de los hechos que á su vista tratamos de esponer sencilla y brevemente.
Con respecto á la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente desenterrado; asi que, el lector perdiera su tiempo si tratase de irle á buscar comprobantes en ningun libro antiguo ni moderno: respondemos sin embargo de que si no hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos á contar, y esta reflexion debe bastar tanto mas para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no nos atreveriamos á sacar tantas líneas de verdad, ó por lo menos de verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras páginas, tan fidedignas como útiles y agradables.