CAPITULO VIII.

CAPITULO VIII.Helo, helo por do vieneel infante vengador,caballero á la gineta,en caballo corredor.. . . . . . . . . . .iba á buscar á don Cuadros. . . . . . . . . . .el venablo le arrojó.. . . . . . . . . . .Rom. del inf. vengador.Muy avanzadaestaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El enamorado doncel habia tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se habia entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la mas profunda meditacion, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocia que el aviso urgía, pues si antes de haber descubierto Villena su plan lo tenia aplazado para el dia siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecucion de sus ideas desde el momento en que habia hecho partícipe de él al enemigo. El doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer lugar por pertenecer ála orden de caballería, queprincipalmente se daba, como se lee en Amadis de Grecia,para defender las dueñas y doncellas que tuerto reciben; orden por la cualel que la profesa debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo, como en el instituto de la de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden, en fin, por la cual se advertia á los que la recibian, como en el Doctrinal de caballeros consta al lib. 1. tít. 3., queal caballero ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo su poder de ayudarlos. Agregábase á esta principal razon otra, si bien menos generosa yobligatoria, mas fuerte acaso que todos los institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso en la habitacion de la condesa ó de su camarera.Despues de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento, fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la espedicion que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venia; endosóse un basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de pardo buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador siempre llevabaconsigo, salióse pasito de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta esterior del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero llegado alli estuvo tentado varias veces de volver á su aposento y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el¿quién va?del ballestero encargado de la guarda de aquel punto.—Un caballero que desea salir.—Atras, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del frio de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está un cristiano deseando el relevo para calentarse.No habia meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin embargo mas remedio que desistir y abandonar á la condesa á su destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habria de saberse al dia siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podia por entonces pensar en volverse á Calatrava, decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al gefe del pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño para cumplir con un deber.—Por la Vírgen de Atocha, vive Dios, esclamó observando y dejando ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas horas...—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió bostezando.—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo?—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui.—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro descubierto,—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza, pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la opaca claridad de la luna quepenetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un amante deseoso de una ocasion.Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño.Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie del provecho á que sin duda aspiraban:En el almenado alcázarduerme Zaida sin cuidado.Guarda, mora, que tus grilloste forja un conde cristiano.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.Vela tú, si Zaida duerme,ó dulce señora mia.¡Guar del conde que la acecha!que un caballero te avisa.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira.—¿Oís, discreta prima?—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...?—No he podido entender la letra...—Oigamos, que prosigue.Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun no habia vuelto enteramenteen sí de su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban.—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan desfigurada que es imposible entenderle.—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa que pudieres...—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto.—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico,que podia no gustar de que saliesen á escucharle al claro de la luna.—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran esas palabras?¡El conde, un caballero te avisa!¡Entiendo, entiendo!El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí.Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas la siguiente estrofa:¡Pluguiera á Dios que pudieselibrarse asi el caballero,que tienes, señora mia,entre tus cadenas preso...!Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la agitacion que la ofuscaban:basta, oyó decir el caballero,basta, trovador imprudente, á una voz queresonó en su oido como la campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó á prestar atencion.—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco.—¡Qué sé yo! voto á tal, ¿no le oiste por aqui? respondió otra.—Debió caer.—Y tambien debió levantarse.—O debieron levantarle; segun yo oí, no quedó muy bien parado.—Volvamos, y el diablo le lleve.—Llévele en buen hora. ¡Ah!—¿Qué es eso? ¿Os caeis?—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Héme caido.—¿Con el lodo, eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el hechicero, porque aqui ha dejado toda... su... vida.—¿Qué decís?—¿No veis cómo os habeis puesto?—¿De qué?—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabrasangre, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.Llegó elaydolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, segun todas las apariencias.—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de persona; huyamos.—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.FIN DEL TOMO PRIMERO.

CAPITULO VIII.Helo, helo por do vieneel infante vengador,caballero á la gineta,en caballo corredor.. . . . . . . . . . .iba á buscar á don Cuadros. . . . . . . . . . .el venablo le arrojó.. . . . . . . . . . .Rom. del inf. vengador.

Helo, helo por do vieneel infante vengador,caballero á la gineta,en caballo corredor.. . . . . . . . . . .iba á buscar á don Cuadros. . . . . . . . . . .el venablo le arrojó.. . . . . . . . . . .Rom. del inf. vengador.

Helo, helo por do vieneel infante vengador,caballero á la gineta,en caballo corredor.. . . . . . . . . . .iba á buscar á don Cuadros. . . . . . . . . . .el venablo le arrojó.. . . . . . . . . . .Rom. del inf. vengador.

Helo, helo por do viene

el infante vengador,

caballero á la gineta,

en caballo corredor.

. . . . . . . . . . .

iba á buscar á don Cuadros

. . . . . . . . . . .

el venablo le arrojó.

. . . . . . . . . . .

Rom. del inf. vengador.

Muy avanzadaestaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El enamorado doncel habia tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se habia entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la mas profunda meditacion, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocia que el aviso urgía, pues si antes de haber descubierto Villena su plan lo tenia aplazado para el dia siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecucion de sus ideas desde el momento en que habia hecho partícipe de él al enemigo. El doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer lugar por pertenecer ála orden de caballería, queprincipalmente se daba, como se lee en Amadis de Grecia,para defender las dueñas y doncellas que tuerto reciben; orden por la cualel que la profesa debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo, como en el instituto de la de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden, en fin, por la cual se advertia á los que la recibian, como en el Doctrinal de caballeros consta al lib. 1. tít. 3., queal caballero ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo su poder de ayudarlos. Agregábase á esta principal razon otra, si bien menos generosa yobligatoria, mas fuerte acaso que todos los institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.

Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso en la habitacion de la condesa ó de su camarera.

Despues de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento, fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la espedicion que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venia; endosóse un basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de pardo buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador siempre llevabaconsigo, salióse pasito de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta esterior del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero llegado alli estuvo tentado varias veces de volver á su aposento y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el¿quién va?del ballestero encargado de la guarda de aquel punto.

—Un caballero que desea salir.

—Atras, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del frio de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está un cristiano deseando el relevo para calentarse.

No habia meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin embargo mas remedio que desistir y abandonar á la condesa á su destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habria de saberse al dia siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podia por entonces pensar en volverse á Calatrava, decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al gefe del pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño para cumplir con un deber.

—Por la Vírgen de Atocha, vive Dios, esclamó observando y dejando ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas horas...

—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.

—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió bostezando.

—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo?

—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?

—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...

—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...

—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui.

—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.

No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro descubierto,

—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?

Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza, pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.

Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la opaca claridad de la luna quepenetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un amante deseoso de una ocasion.

Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño.

Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie del provecho á que sin duda aspiraban:

En el almenado alcázarduerme Zaida sin cuidado.Guarda, mora, que tus grilloste forja un conde cristiano.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.Vela tú, si Zaida duerme,ó dulce señora mia.¡Guar del conde que la acecha!que un caballero te avisa.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.

En el almenado alcázarduerme Zaida sin cuidado.Guarda, mora, que tus grilloste forja un conde cristiano.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.Vela tú, si Zaida duerme,ó dulce señora mia.¡Guar del conde que la acecha!que un caballero te avisa.Alza y parte, desdichada,primero que veas relumbrar su espada.

En el almenado alcázar

duerme Zaida sin cuidado.

Guarda, mora, que tus grillos

te forja un conde cristiano.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.

Vela tú, si Zaida duerme,

ó dulce señora mia.

¡Guar del conde que la acecha!

que un caballero te avisa.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.

Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira.

—¿Oís, discreta prima?

—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...?

—No he podido entender la letra...

—Oigamos, que prosigue.

Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun no habia vuelto enteramenteen sí de su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban.

—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan desfigurada que es imposible entenderle.

—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.

—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa que pudieres...

—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto.

—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.

No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico,que podia no gustar de que saliesen á escucharle al claro de la luna.

—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran esas palabras?¡El conde, un caballero te avisa!¡Entiendo, entiendo!

El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí.

Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas la siguiente estrofa:

¡Pluguiera á Dios que pudieselibrarse asi el caballero,que tienes, señora mia,entre tus cadenas preso...!

¡Pluguiera á Dios que pudieselibrarse asi el caballero,que tienes, señora mia,entre tus cadenas preso...!

¡Pluguiera á Dios que pudiese

librarse asi el caballero,

que tienes, señora mia,

entre tus cadenas preso...!

Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la agitacion que la ofuscaban:basta, oyó decir el caballero,basta, trovador imprudente, á una voz queresonó en su oido como la campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.

Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.

Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.

¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó á prestar atencion.

—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco.

—¡Qué sé yo! voto á tal, ¿no le oiste por aqui? respondió otra.

—Debió caer.

—Y tambien debió levantarse.

—O debieron levantarle; segun yo oí, no quedó muy bien parado.

—Volvamos, y el diablo le lleve.

—Llévele en buen hora. ¡Ah!

—¿Qué es eso? ¿Os caeis?

—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Héme caido.

—¿Con el lodo, eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el hechicero, porque aqui ha dejado toda... su... vida.

—¿Qué decís?

—¿No veis cómo os habeis puesto?

—¿De qué?

—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!

El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabrasangre, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.

Llegó elaydolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, segun todas las apariencias.

—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de persona; huyamos.

—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.

FIN DEL TOMO PRIMERO.


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