LEANDRO DEL VALLE1833-1861

AQUI YACEN LOS RESTOS DEL DESGRACIADO C. SANTOS DEGOLLADO.—UN AMIGO SUYO.—SCHAFINO.

AQUI YACEN LOS RESTOS DEL DESGRACIADO C. SANTOS DEGOLLADO.—UN AMIGO SUYO.—SCHAFINO.

Los restos estuvieron expuestos en el Palacio Municipal.

El 21 se le hicieron suntuosas honras fúnebres en esta Capital.

La comitiva del entierro, en la que iba el Presidente de la República, recorrió el Portal de Mercaderes, Plateros y San Francisco.

En el centro de la Alameda, bajo una rotonda, se pronunciaron discursos.

El cadáver quedaría depositado en el Panteón de San Fernando, según la invitación del Gobierno del Distrito, que se hizo representar por el señor Pascual Miranda.

Después, á petición de la familia, los restos fueron sepultados en el Cementerio Británico, como en sagrado, para que no fuesen profanados.

El 2 de Noviembre de 1889, el señor Francisco Alatorre, empleado en la garita de la Tlaxpana y antiguo soldado del general Santos Degollado, visitó el Cementerio Británico.

Una arboleda alta y frondosa, la tierra negra y húmeda de fertilidad; la gente iba y venía por las amplias y frescas calles; en los sepulcros, cargados de adornos, ardían cirios y los deudos parecían retraerse y estar en vela; el recogimiento del dolor reinaba.

De súbito, el soldado se detiene ante un contraste: entre el rico embellecimiento artificial había un sepulcro humilde; lo señalaba el césped y un valladito de arquillos de bejuco, y un ciprés con sus ramas secas y su sombra le lloraba. Al encuentro salía un frontón en que se leía este como recuerdo de la patria:

EL GENERAL SANTOS DEGOLLADO.15 DE JUNIO DE 1861.

El soldado se decubrió y echó á volar su memoria: Morelia, Guanajuato, Jalisco, Colima, Toluca, el Monte de Las Cruces.

Y luego olvidó todo y se puso á orar por su buen jefe.

Ahí reposaba su general, el COLMENERO como le llamaban, el valiente que no hizo mal á nadie, que tuvo más patriotismo que ninguno, que fué siempre justo y honrado y cariñoso.

Lo veía con la eterna dulzura en el rostro alentar á sus soldados en las batallas, infundirles la esperanza, hacer que amasen á la patria sacrificándose y ofreciéndole la vida.

—¿Por qué aquí? ¡Ah, eres humilde hasta en la muerte!—dijo el soldado.

Diecisiete años han transcurrido.

El tiempo ha hecho más humilde el sepulcro de don Santos Degollado.

Bien decía el Archiduque Maximiliano al general Nicolás Medina, en 1864:

—¡Pobre hombre! No lo comprendió su siglo, no lo conoció su país[13].

Angel Pola.

Me viene la conformidad, luego que recuerdo que murió por su patria—Ignacia Martinez, madre de Leandro del Valle.

Me viene la conformidad, luego que recuerdo que murió por su patria—Ignacia Martinez, madre de Leandro del Valle.

En el primer año de la segunda década del siglo XIX, cuando Hidalgo desplegaba el estandarte de la independencia de México en el pueblo de Dolores, el coronel Rómulo del Valle vivía ya muy comprometido en la trama urdida para difundir la idea de nuestra emancipación de España y el derrocamiento del gobierno virreinal, que no le parecía en manera alguna digno: quería con el alma un régimen político propio y defendía su credo por todo Querétaro á la cabeza de un grupo de patriotas. Prestó servicios que debe grabar la Historia, desde 1811 hasta el triunfo de la Reforma, en que anduvo con el arma al brazo junto con don Juan Alvarez: ¡cuarentay cinco años de lucha por la autonomía nacional y la República, y en aquellos tormentosos días en que se jugaban vidas y haciendas por los principios, el todo por el todo!

Doña Ignacia Martínez, esposa de don Rómulo, con ser católica devotísima, jamás discutió, ni en el seno del hogar, los pensamientos liberales del valiente soldado y que andando la revolución heredarían sus hijos.

Leandro fué quien más llevó en la sangre estos bellos ardores de patriotismo y libertad. Venido al mundo en México y en la calle de San Agustín núm. 2, el 27 de Febrero de 1833, su padre le inculcó las ideas que tejen el indisoluble lazo entre el ciudadano y la tierra en que se nace. Recibió su instrucción primaria en una escuela de Jonacatepec, E. de Morelos, que dirigía don Francisco Saldaña, un santo profesor que cuidaba mucho de tener irreprochable conducta para no aparecer modesto con hipocresía. Muy joven, á los once años cumplidos, entraba en el Colegio Militar, carrera por la que sentía, más que curiosidad de niño, decidida vocación.

Era precisamente el año 1844, cuando Santa-Anna declaró su odio de muerte al Congreso porque le había negado facultades para imponer nuevas contribuciones y entraba de paso en la Presidencia el íntegro don José Joaquín de Herrera. Los ánimos estaban enefervescencia y la dictadura hacía sentir su peso de plomo sobre todo el país. Empezó estudiando con gran provecho la táctica de infantería y obtuvo el premio en el examen de fin de año.

Al siguiente, era sargento segundo, conforme al reglamento del Colegio, y la aprobación del consejo de profesores. Aprendió concienzudamente la táctica de caballería, Matemáticas elementales y las otras materias anexas al curso. Ahí también obtuvo el primer premio.

Intima amistad le unía á Osollo y Miramón, implacables enemigos de los liberales. Cuentan que en el Colegio, Miramón y Valle solían saludarse así:

—Mi General—hablaba Miramón con la mano derecha llevada al kepí y cuadrándose marcialmente.

—Ordene Su Alteza—decía Valle.

Y la broma juvenil tuvo que ser realidad hasta cierto punto: Leandro llegó á ser general, y Miramón Presidente de la República, todavía muy jóvenes.

El 20 de Enero de 1847 ascendió á subteniente por especial empeño de don Valentín Gómez Farías. Este fué el paso que resolvió el porvenir de Valle.

Desde entonces demostró de continuo el valor y la serenidad tan peculiares en los trances más difíciles de su vida militar. El27 de Febrero, ese día que los 3,300 mentados Polkos se pronunciaron al grito de ¡muera Gómez Furias! y ¡mueran los puros! Valle defendía el punto de Santa Clarita y por sostener á don Valentín, se batía cuerpo á cuerpo con los rebeldes, teniendo presente que el Gobierno establecido cuidaba con sus cinco sentidos de hacer frente á los Estados Unidos. Agobiado México por los odios de política y de creencia y por la irrupción de los bárbaros del Norte, casi enseñoreados del país por estar á punto de ocupar las principales ciudades, Valle se puso á las órdenes del general don Juan Alvarez, templado más su denuedo por el peligro en que pasaba la patria; y transcurrido algún tiempo, á las de don Antonio Banuet. Cuando este su querido jefe fué herido por el invasor extranjero, le llevó solícitamente á su hogar y le puso con filial cariño en los brazos de sus ancianos padres, en tanto él seguía batiendo al enemigo en el Puente Colorado.

Las revueltas tan obstinadas por aquella luctuosa época le impelían en fuerza de la índole de su carrera á entrar y salir con frecuencia del Colegio.

En 1850, á la vez que estudiaba Física y Mecánica, consagraba sus ocios á la literatura sin dejar por esto de ser uno de los alumnos más aprovechados: obtuvo como en los anteriores exámenes, el primer premio. Tangrandes esperanzas el Gobierno cifró en él, que tuvo el propósito de enviarle á París para que sellara su tan brillante carrera con mayores conocimientos teóricos en la ciencia de la guerra y más extensa práctica. La pobreza de sus padres causó en parte el fracaso de aquel viaje que fué para él un sueño dorado.

Dado su afecto por la poesía y su fama de inteligente, que resonaba entre sus condiscípulos y profesores, el 15 de Septiembre de 1851, en la celebración de la Independencia, recitó en el Teatro Nacional una composición que le valió estrepitosos aplausos por el ardor con que fué declamada y algunos atrevidos pensamientos que contenía. Por ejemplo, habla de los guerreros:

«Con denuedo marcharon á la guerra,La paz de sus hogares despreciaron,Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,Pero al sepulcro con honor bajaron.¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo lateMi ardiente corazón! ¡cómo se agita!Al recordar los triunfos, el combate,El pecho militar siempre palpita.—Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!Trocara mi existir por vuestra fama,Por dejar una página en la historia.»

«Con denuedo marcharon á la guerra,La paz de sus hogares despreciaron,Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,Pero al sepulcro con honor bajaron.¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo lateMi ardiente corazón! ¡cómo se agita!Al recordar los triunfos, el combate,El pecho militar siempre palpita.—Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!Trocara mi existir por vuestra fama,Por dejar una página en la historia.»

«Con denuedo marcharon á la guerra,La paz de sus hogares despreciaron,Sus cenizas cubrió sangrienta tierra,Pero al sepulcro con honor bajaron.¡Oh recuerdos de gloria! ¡Cómo lateMi ardiente corazón! ¡cómo se agita!Al recordar los triunfos, el combate,El pecho militar siempre palpita.—Hidalgo, Allende, valeroso Aldama,¡Cómo os envidio vuestra eterna gloria!Trocara mi existir por vuestra fama,Por dejar una página en la historia.»

El mérito es intrínseco y está en que todo lo expresa sinceramente, y más, en que realizó la promesa al pie de la letra: siempre patriota, valiente y sin abrigar un solo pensamiento impuro.

Siendo teniente de Ingenieros, el 29 de Marzo de 1853, le nombraron ayudante del Batallón de Zapadores; entonces este Cuerpo del Ejército era de lo más escogido entre la milicia, porque los que le formaban no tenían tacha en su comportamiento, valor y disciplina. Nunca antes ni después Batallón alguno de la República, no olvidando el de Supremos Poderes que intentó ser su remedo, tuvo más instruída y decente oficialidad.

El dictador Santa-Anna, á quien caía en gracia el joven militar por su apostura, su saber en la ingeniería, su conducta y su valentía, le ascendió el 1.º de Junio del mismo año á Capitán 2.º de la cuarta compañía de Zapadores.

Apoyado por sus méritos, cada día más grandes, subía á pasos de gigante el escalafón, sin dar los saltos que ahora se acostumbra, y con el previo bautizo de sangre en el campo de batalla recibido de las balas enemigas por una causa justa y patriótica. Jamás movió una influencia, de las muchas que tenía, para ascender: los grados venían á sorprenderle y no iba á buscarlos en las antesalas de los omnipotentes en política.

Un general, antes furibundo reaccionario y hoy republicano, le aconsejaba hablando de grados:

—Leandro, aproveche Ud. sus buenas amistades de arriba.

—Los medios para ascender los tenemos en nuestras manos—respondía.

Esto da la clave del por qué los conservadores eran después imperialistas y ahora casi todos estosfieles y abnegadosse han hecho del partido liberal.

En Puebla apresaron á don Rómulo por haber aparecido en público como liberal exaltado y amigo exigente de la rectitud en los actos gubernativos. Leandro al llegar á la ciudad y tener conocimiento del suceso, pidió indignado su baja al Gobernador y Comandante Militar del Estado.

—No me es posible servir á un Gobierno que no respeta al autor de mis días—manifestaba dando por fundamento de su solicitud.

El general don Juan Alvarez, satisfecho de los grandes servicios de don Rómulo durante la revolución del Plan de Ayutla, quiso que Leandro fuese Agregado á la Legación de México en los Estados Unidos; pero don Ignacio Comonfort, por causas muy ajenas á su voluntad, no pudo llevar á efecto el buen deseo de su respetable antecesor; en cambio, á poco tiempo, le envió á París para compensarlealgún tanto la eficaz ayuda que como ingeniero prestó en el sitio de Puebla el año 56.

Tan enemigo era de los títulos de nobleza, que en circunstancias serias se burlaba de ellos. Asistió á un gran baile en las Tullerías con el Ministro de México don Francisco Modesto de Olaguíbel y se hizo anunciar de los heraldos como Conde del Nopalito.

El joven militar quedó satisfecho de tan deseado viaje, visitando algunas de las principales ciudades de Europa; la falta de recursos le cerró las puertas del colegio y ya no hizo más estudios, como fué su propósito. A fines de 1857 pisaba de nuevo el suelo patrio y obtenía del mismo Comonfort el grado de Capitán 1.º de la primera compañía del Batallón de Zapadores.

En la defección de Comonfort hizo esfuerzos por rebelar á los Zapadores en Santo Domingo y por ello tuvo un serio disgusto con el jefe de la reacción, al menos así aparecía, el general José de la Parra.

Perdida la capital de la República, el 24 de Enero de 1858, de la noche á la mañana, salieron en diligencia su padre y él rumbo á Salamanca, donde se encontraba Doblado.

La víspera de su partida, para tomar parte en la guerra de Reforma, comió y tuvo una larga entrevista con el general Miguel Miramón en el restaurant de La Estrella, en la calledel Refugio, frente al portal de Agustinos, y trataron de sobornarse el uno al otro: Miramón ofrecía todo un porvenir á Valle, y éste, otro no menos lisonjero á aquél; pero ninguno cedió: cada quien tomó senda opuesta, sin perder nada esa fraternal amistad.

Miramón ya le debía la vida: se la había salvado en Puebla.

En Salamanca, á principios de Marzo, Iniestra y Leandro del Valle formaban parte del Estado Mayor de aquel general.

Cuenta el señor J. Martínez que la víspera de la batalla, en la que más que perdieron, se dispersaron sus tropas, aconteció una escena curiosa. Valle tuvo un disgusto con el español Bravo, y éste, inquieto por el juicio que aquél se había formado de su persona, le dijo:

—¿Usted ha dicho que desconfía de mí?

—Sí, señor, lo he dicho, respondió Valle.

—Podría pedir á usted una satisfacción; pero esto sería indigno entre dos jefes liberales; mañana, al frente del enemigo, el que menos avance merecerá la duda.

—Corriente.

—Convenido.

—Déme usted la mano.

Y la promesa quedó pactada.

La prueba fué decisiva, más que en Salamanca, en la carga de Calderón: Bravo hizo prodigios de valor. Leandro reunió á sus amigos y dijo á su rival:

—Señor coronel, le pido á usted perdón; yo no había sabido juzgar á usted.

A Bravo se le ahogó la voz en la garganta y no pudo más que llorar.

Este fué el origen de la inquebrantable amistad de los dos jóvenes militares.

El premio de su bizarría al resistir las fuerzas de la legalidad al mando de Doblado, á los tacubayistas de Osollo, y de igual comportamiento al querer Landa en Santa Ana Acatlán aprehender á don Benito Juárez y su Gabinete, fué ser ascendido á teniente coronel de Ingenieros.

Cuando Juárez y su Gobierno, pasado el inminente peligro que corrieron en Guadalajara, partieron rumbo á Colima para embarcarse en Manzanillo, dar vuelta por el Istmo de Panamá y salir á Veracruz, Valle estaba á las órdenes de Santos Degollado; entonces don Rómulo, con el grado de general, era el comandante militar de Colima por nombramiento que hizo el popular Degollado.

Durante los cortos días de estancia ahí, mientras se rehacían y proveían de armamento y municiones las tropas liberales para volver á emprender la campaña en el centro de Jalisco, Leandro se dedicaba con ahinco, que parecía rayar en delirio, en ejercitar á los soldados que estaban bajo su inmediato mando. Su ideal era que reinase entre todos ellos la instrucción y la subordinación y que pudiesenarrostrar en cualquier tiempo el peligro. Les predicaba siempre: «Ante el enemigo nunca contéis el número.»

La acción de Cuevitas le dió nombradía entre los que por envidia pretendían rivalizar con él. Su valentía y arrojo llegó á ser proverbial.

En el sitio que las fuerzas liberales pusieron á Guadalajara, en el mes de Octubre, él fué quien dió el primer paso para alcanzar la victoria. A iniciativa del general Refugio I. González y con asentimiento tácito de don Benito Gómez Farías, practicaron una mina de pólvora en el bastión de la calle de la Merced y se introdujeron por las casas de la manzana hasta el lugar elegido; estaban vacilantes porque creían arruinar las fincas contiguas y principalmente la en que iba á hacerse la mina, que pertenecía á la señora Ornelas de Díaz, quien profesaba hasta el fanatismo los principios liberales y tenía por santos de su devoción á Juárez, Degollado y Ocampo. Durante las perplejidades, para no perjudicarla en lo más mínimo, Leandro del Valle la hacía reflexionar:

—Señora, se va á caer su casa.

—No le hace; no importa.

—Pierde usted todo.

—Pero gana el partido puro.

La mina voló parte del bastión y cuarteó la casa de la patriota, pero no sin fruto. Unatarde, aprovechando la lista de seis, Refugio I. González, el coronel Bravo y Valle con los Mosqueteros, entraron los primeros por la brecha y comenzaron en silencio, con audacia verdaderamente temeraria, á hacerse de las posiciones del enemigo. Bravo, compitiendo en arrojo con Valle, subió á la azotea del Palacio de Gobierno, quitó del asta la bandera de la reacción que flotaba é izó su blusa roja que llevaba puesta.

Entonces Valle habló así á sus soldados:

«Esta plaza inexpugnable para esos ejércitos asalariados que sirven de ciego instrumento al gobierno que los paga, ha caído ante vosotros, soldados de discernimiento y de convicción, para quienes la pérdida de la vida importa poco con tal que triunfe la causa á que habéis consagrado vuestros esfuerzos, y que no aspiráis á otra recompensa que al placer de haber hecho la felicidad de la patria y á un recuerdo honorífico de la posteridad. Hay entre vosotros algunos más admirables todavía, que sin esperar que la historia registre sus nombres, se inmolan sin embargo gustosos en el altar de esa divinidad misteriosa que ha hecho de los sacrificios humanos la condición indispensable de los mejoramientos sociales. ¡Mártires anónimos, que fecundáis con vuestra sangre el árbol de la libertad, para que otros recojan los frutos, sin pedir salario ni gloria especial para vosotros,mi corazón se llena de ternura y de veneración al contemplar tanto patriotismo y tanta abnegación! Vosotros sois los verdaderamentegrandesy los verdaderamenteheroicos!»

Por esta acción, don Santos Degollado ascendió á Valle, sin perder su empleo de teniente coronel de ingenieros, á coronel efectivo de infantería.

Desde 1858 hasta el desconocimiento de don Santos Degollado, Leandro estuvo compartiendo con él los pocos triunfos y las muchas derrotas, acompañándole á Michoacán y siguiendo abnegado y perseverante la misma suerte que él, á quien debía su carrera y respetaba como á su padre.

Teniendo en cuenta los servicios que prestó en el valle de México, se le dió el grado de general de brigada.

En la Coronilla derrotó á Vélez y le quitó los pertrechos de guerra, y con la desventaja de que Leandro del Valle iba á la cabeza de restos de tropa mal organizada y sin instrucción.

Al ser herido el general Uraga en el ataque de Guadalajara, á mediados de 1860, la presencia de ánimo y el respeto que imponía Valle, hicieron que los soldados recuperasen la moral ante el gran peligro que los amenazaba.

El fué el que tuvo el mando de una de las brigadas que defendían el puente de Tololotlán,cuando las fuerzas reaccionarias emprendieron la retirada, después de un fuego nutrido de cañón que rompieron sobre los liberales.

El 20 de Octubre de 1860, el coronel Toro le reemplazaba en el mando de la primera brigada de la división de Jalisco y era nombrado cuartel-maestre. Estaba en el sitio de Guadalajara. Días antes, el 29 de Septiembre, en junta de generales, había reprobado la conducta de don Santos Degollado, quien envió á González Ortega copia de la carta de Mathew y las proposiciones de pacificación que le hizo. Fué uno de los que firmaron la respuesta vehemente á la comunicación del general en jefe del ejército federal.

Conociendo Zaragoza su pericia militar, le ordenó, el 26 de Octubre, el desarrollo de un plan de ataque sobre la plaza. Llevado á la práctica, el 29, en uno de tantos combates, parte del enemigo hizo el simulacro de suspender el fuego graneado y pasarse: pero apenas estuvo á quemarropa de los soldados de Valle, rompió de nuevo el fuego y éste pudo salvar arrojándose á un foso. Se encontraba en el punto de más peligro con Zaragoza en los instantes en que las fuerzas de la legalidad se apoderaban á bayoneta calada del resto de Santo Domingo. Al pedir parlamento el general Severo del Castillo, fueron los representantes de Zaragoza, Doblado y Leandrodel Valle, quienes en la entrevista rechazaron indignados los puntos de política del país que les tocaron. Las bases acordadas, y que conservaron intacta la dignidad del ejército, fueron firmadas por Zaragoza, Doblado y Valle. No habiéndolas cumplido el enemigo, Valle dirigió desde Zapotlanejo, donde estaba con la división de Jalisco, y algún botín de guerra, un comunicado á Doblado en el que se leía: «Supuesto que Castillo ha roto los convenios, debe ser batido dentro de la plaza ú obligado por la fuerza á salir de ella, á menos que no se rinda con la fuerza que lo obedece.» Castillo huyó de Guadalajara rumbo á Tepic y Zaragoza dispuso que Valle le persiguiese. Este logró dispersarle buen número de sus soldados.

En marcha el ejército para la capital de la República, iba con el general en jefe y le acompañaba á Guanajuato, Celaya, San Juan del Río, la Soledad y Arroyozarco. Aquí reunidos los ejércitos del Norte, Centro y Oriente, aceptaron la batalla en las lomas de San Miguel de Calpulalpan, que Miramón y Márquez les presentaron el 22 de Diciembre. El general Jesús González Ortega, á la cabeza de las divisiones de Zacatecas y unido á Valle, cogieron á paso veloz la retaguardia al enemigo, que se batía ya con Zaragoza, Lamadrid, Antillón, Toro y Blanco, y obtuvieron el triunfo definitivo que hizo volver los Poderesá la Capital. Antes de entrar el ejército en ésta, su amigo de infancia y compañero de colegio, Miramón, le escribía la siguiente carta: «Querido Leandro: No sería difícil que Concha necesitase de alguna persona de influjo del partido triunfante, y prefiero dirigirme á tí que á alguno de sus parientes, á fin de que hagas por ella, en nombre de nuestra antigua amistad, lo que en igual caso haría yo por tu familia. Disfruta de felicidades y manda á tu amigo.—Miguel Miramón, Diciembre 24 de 1860.—Señor general don Leandro del Valle.»

Repuesto el gobierno de la legalidad, tuvo el mando de las armas en el Distrito y seguidamente ocupó su asiento en el Congreso, como diputado por Jalisco. Las más de las sesiones tomaba parte en los debates. Fué de los de la iniciativa, á la muerte de Ocampo, para que se pusieran fuera de la ley á sus asesinos, desde Zuloaga y Márquez hasta Cobos. El 7 de Junio de 1861 pronunciaba estas textuales palabras en plena Cámara: «Hemos votado la suspensión de garantías los liberales rojos, á quienes no puede atribuirse odio á la libertad y á la Constitución, que hemos defendido con las armas en la mano.»

El día 1.º había dicho ya: «En nuestras masas hay poco espíritu público y pocas ideas.»

Y el día que México supo el asesinato de Ocampo, tuvo que ser un héroe para apaciguaral pueblo amotinado á las puertas de la prisión, que pretendía matar á Isidro Díaz y Casanova.

Iniciando en el Congreso la supresión de los tratamientos oficiales, supo la muerte de Santos Degollado, y ciego de ira, dejó escapar una palabra dura contra aquél, que originó con el general Nicolás Medina, serio altercado, que debía terminar en duelo.

—Estas charreteras me las he puesto á cañonazos—dijo exaltado Valle palmeándose los hombros.

Y quiso ser el de la revancha.

Una mañana, ¿quién de aquella época preñada de odios, no la recuerda? Leandro Valle, montando en San Pedro (un brioso caballo alazán tostado), vestido de gris, luciendo la militar botonadura dorada, fieltro negro, botas federicas, el pelo al rape, barbirraro en la punta de la barba, radiante de gloria y muy joven aún, salía de la casa número 4 del Tercer Orden de San Agustín, para marchar á la cabeza de las fuerzas que el Gobierno creía suficientes para exterminar las reaccionarias de Márquez y Zuloaga, que, después de asesinar á Ocampo en Caltengo, invadían ahora el Estado de México. A la vez, el coronel Tomás O’Horán venía deToluca para operar de acuerdo sobre el enemigo, en el Monte de las Cruces. El general José María Arteaga iba por otro lado, al mismo punto.

Turbado por tristes presentimientos, Valle se había despedido de la que pronto sería su esposa, la señora Luisa Jáuregui de Cipriani, prometiéndole la victoria. De paso en la calle real de Tacubaya, dió también el adiós á doña Ignacia.

—Tal vez no nos veamos más. ¡Quién sabe si me ahorquen, madre mía!—exclamó, echándole los brazos, mientras ella, creyente fervorosa, le colgaba al cuello un relicario de la Virgen de los Remedios.

—No, no quiero; dirán que una cosa creo y otra predico.

—Mira, Leandro, hazlo por mí.

La noche del 22, Márquez y Zuloaga tuvieron noticia en Acapulco, de que O’Horán, de Toluca, y Valle, de México, salían á combatirles, y dispusieron marchar la madrugada del 23, para darles encuentro en el Monte de las Cruces. A las diez y media de la mañana, las avanzadas de caballería de los coroneles Almancia y Juan Silva tiroteaban á las de Valle en la Maroma. Luego Márquez ordenó la carga y se empeñó sangrienta batalla bajo fuego nutrido, hasta cerca de la una de la tarde, en que Valle, en una loma, ya sitiado, y á la desbandada y muerta parte desu tropa, formó cuadro. Debilitado el flanco izquierdo de los Batallones de Moctezuma y segundo de Zacatecas, hizo en triángulo resistencia, y en zig-zag, para luchar á bayoneta calada. Al ver la irremediable, montó en San Pedro y rompió el sitio. Un piquete de la caballería le persiguió á escape y el hizo prisionero en Santa Fe. Desgarraba el cielo nublado uno que otro tiro de los dispersos en la espesura del monte, cuando Lindoro Cajiga y el coronel Jiménez Mendizábal aparecieron en el campo de la guerra, conduciendo en medio á Leandro Valle. Se aproximaba fumando un puro, con asombrosa tranquilidad, rodeado de una turba furiosa que le befaba, gritando: ¡Muera el pelón! ¡mátenlo! ¡mátenlo! Avisaron á Márquez, que se encontraba con su estado mayor y Zuloaga en una explanada, que habían cogido prisionero á Valle.

—Supongo que á éste sí lo fusilaremos—dijo Márquez á Zuloaga.

—A éste sí, porque lo hemos cogido con las armas en la mano—afirmó Zuloaga[14].

He aquí la orden de fusilamiento:

«Ejercito Nacional.—General en Jefe.—Leonardo Márquez, General en Jefe de este Ejército, ordeno que el Capitán de Ingenieros que pertenece á mi Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga[15], se encargará de pasar por las armas al traidor á la Patria don Leandro del Valle, el cual será fusilado por las espaldas, para lo cual se le dejará media hora para que se disponga, y después de haberle fusilado, que se le ponga en un paraje público para escarmiento de los traidores, para lo cual pedirá en el escuadrón de Exploradores Valle, doce hombres, al Comandante de Escuadrón D. Francisco Aldama.

«Por lo tanto, mando que le comunique esta orden á dicho capitán. Dios y orden. Cuartel general de Salazar. Junio 23 de 1861.—L. Márquez.—Al capitán de Estado Mayor, Manuel Beltrán y Puga.»

Lindoro Cajiga y Jiménez Mendizábal cargaron á la derecha del camino con el prisionero, y en un claro de monte hicieron alto. Y empezaron los preparativos del fusilamiento.Ordenaron á Valle que se apeara de San Pedro, porque lo iban á pasar por las armas. Permaneció de pie, cerca de un tronco de árbol. Una escolta de infantería esperaba la voz de mando. Al aparecer el capitán que debía ejecutarlo, Valle, desabrigándose, dijo al P. Bandera, capellán del ejército reaccionario:

—Padre, le regalo á usted mi capa.

Sus botas federicas se las dió al coronel Ismael Piña.

En este instante, Miguel Negrete se presentó á caballo.

—Señor general, yo soy el general Negrete, por cuya cabeza ha ofrecido usted mil pesos; hoy no quiero más que darle un abrazo.

—Con mucho gusto.

Se apeó Negrete y abrazó á Valle, y éste le regaló su reloj, diciéndole que como un recuerdo.

Otra voz salió del grupo, la del coronel Agustín Díaz.

—Un antiguo compañero de usted, de colegio, desea tener esa misma satisfacción.

Valle le abrió los brazos.

—Deseo escribir á mi familia—suplicó al capitán.

Y en un plieguito de papel, escribió con lápiz esta carta:

«En el Monte de las Cruces, Junio 23 de 1861.—Padre y madre queridos; hermanostodos: Voy á morir, porque esta es la suerte de la guerra, y no se hace conmigo más que lo que yo hubiera hecho en igual caso; por manera, que nada de odios, pues no es sino en justa revancha. He cumplido siempre con mi deber; hermanos chicos, cumplan ustedes, y que nuestro nombre sea honrado, como el que yo he sabido conservar hasta ahora.

«Padre y madre: A...... esa carta, á mí, un eterno recuerdo. También de tí me acuerdo, Agus[16], tú has sido mi madre también.

«A mis hermanos y amigos, adiós.»

Reinaba el silencio del respeto que produce el heroísmo.

Así que terminó, el P. Bandera le dijo:

—Confiésese usted.

—No, no me confieso.

El capellán insistió, acercándosele, cubriéndole con su manteo (comenzaba á gotear) y hablándole al oído para convencerle.

—Estamos perdiendo el tiempo, padre; ustedes tienen que hacer.

Valle se descolgó un «bejuco» de oro y el relicario que su madre le había puesto, y dijo á uno de tantos:

—Le suplico que entregue usted á la señora Ignacia Martínez, este bejuco y este relicario, que no es muy milagroso.

Sacó de sus bolsillos el dinero que tenía ylo puso en manos del capitán para que lo repartiera entre los soldados que lo iban á fusilar.

Como viera que le apuntaban por las espaldas, manifestó indignado:

—Por qué me han de fusilar por detrás, si no soy traidor.

Supo que la orden era terminante, y entonces dió las espaldas al pelotón, diciendo:

—Lo mismo da morir por delante que por detrás.

Le miraban los ojos de los fusiles, cuando volvió la cara y advirtió á uno de los soldados que se le había caído la cápsula, de su fusil.

Efectivamente, así había sucedido.

Terminada la ejecución, Márquez mandó colgar el cadáver en un árbol. Ratificaba la promesa hecha en Tacubaya, el inolvidable 11 de Abril: «Estos jóvenes de valor y de talento son los que necesitamos hacer desaparecer.»

Una bonita acción: Luis Alvarez, ayudante de Leandro Valle, se salvó porque á su padre, don Melchor Alvarez, debía toda su educación Márquez.

Sabidas las noticias del desastre en México, el general Felipe Berriozábal, dispuso en Toluca que el coronel Tomás O’Horán, al mando de un piquete de tropa, fuera á buscar el cadáver de Leandro Valle. Pendiente de un árbol del camino estaba con este letreroá los pies: «JEFE DEL COMITÉ DE SALUD PÚBLICA,» y cerca, en la misma postura, el cadáver de su ayudante Aquiles Collín[17]. Bajo éste, un perrito que le acompañó siempre en campaña, rascaba la tierra y aullaba con la mirada fija en los restos de su amo. El perrito fué á parar en poder de la señora Isabel Ochoa, esposa del general Berriozábal, que vivía en Toluca. A los cinco días desapareció, y mandado buscar, lo hallaron en el Monte de las Cruces, debajodel árbol en que suspendieron á Collín: aullaba, rascaba la tierra y miraba lastimosamente arriba. Llevado de nuevo á la familia, huyó á los pocos días; pero esta vez fué hallado muerto bajo el mismo árbol en que había estado pendiente el cadáver.

Collín ofrendó su vida á la lealtad: había escapado, pero al saber que Leandro Valle había caído prisionero, regresó al campo del combate.

—Quién es ése?—dicen que preguntó Márquez.

Collín, acercándose, contestó:

—Soy Aquiles Collín, ayudante del general Leandro Valle; supe que mi jefe había caído prisionero, y vengo á correr la misma suerte que él.

—Fusílenlo—dijo Márquez á los suyos.

El día 28 supo la señora Ignacia Martínez que el cadáver de su hijo llegaría á Mulitas, y salió á su encuentro.—«Yo estaba loca de dolor—me contaba. Lo ví venir en hombros de unos indios y escoltado por unos de á caballo. Subí á un coche y le seguí. En lagarita de Belem cedieron á mis ruegos Alcalde y el «Huero» Medina para que me dejaran verlo, diciéndome:—«Pero sólo lo va usted á ver, nada más á ver.» Destaparon la caja, ¡ah! estaba hasta en paños menores.»

Esta venerable anciana, que contaba de edad ochenta años y recibía del Gobierno cien pesos mensuales de pensión, me decía en 1893:

—«Ahí, en ese armario, tengo la camisa ensangrentada que traía Leandro; pero hace treinta y dos años que no la veo; no quiero verla. Y ya él presentía su fin. Me contaron que cuando llegó al Monte de las Cruces, dijo:—«Me huele aquí á muerte»[18].

Angel Pola.

Llena toda la época del Imperio con su recuerdo, y el de su fin trágico aun hincha de odio y venganza el corazón de los mexicanos.

Sus biógrafos no han hecho más que encabezar editoriales con su ilustre nombre, considerando muy á la ligera la Intervención y el Imperio, sin referir absolutamente nada de su nacimiento, su niñez, su educación y su entrada en el ejército. Los bien informados escriben que fué general, gobernador y que murió pasado por las armas, dándole Aguascalientes por pueblo natal, y nada más. Uno hay, para colmo es el que le da por tener autoridad de biógrafo, que ha desempolvado gacetillas y entrefilets, y todo esto así remendado lo intitula biografía del general José María Arteaga, en un libraco cuyo enorme volumen está en relación directa de la inexactitud y la carencia de datos.

El general José María Arteaga no nació enAguascalientes, como aseguran los historiadores, sino en México, el 7 de Agosto de 1827. Sus padres fueron don Manuel Arteaga, militar humilde, á quien le picaban mucho los puntos de honra, y doña Apolonia Magallanes, toda una señora entregada al trabajo y cuidado de sus hijos. Don Manuel se retiró á la ciudad de Aguascalientes y abrió una tienda de comercio al por menor, para poder pasar la vida. Hasta 1836, José María, que era el primogénito, no tuvo otro mundo que la tienda y la escuela del señor Ignacio Islas, «hombre sabio y honrado que le infundió buenas máximas y buena educación.» Entonces el gobierno dispuso que don Manuel partiese á San Luis Potosí á prestar sus servicios como militar. Al año falleció y la familia tuvo que regresar.

Desamparada y pobre, cifró sus esperanzas en José María, ya de edad de diez años, que quiso aprender el oficio de sastre en el taller de don Pedro Magallanes, hermano de su madre. Más tarde pasó á ser dependiente de la tienda de comercio del señor José Rangel. El año de 1848, al pronunciarse en Aguascalientes contra los tratados de Guadalupe el general Mariano Paredes, el licenciado Manuel Doblado y el presbítero Celedonio Domeco de Jarauta, Arteaga brincó el mostrador y formó en las filas de la Guardia Nacional, de ayudante abanderado. Su madre seopuso, intentó volverle á la tienda, movió influencias para que desistiera: todo fué infructuoso; no pudo variar la determinación de su hijo. Las tropas marcharon á Guanajuato, tomaron la plaza y al cabo de mes y tres días fueron derrotadas por las del gobierno que mandaban los generales Anastasio Bustamante y Manuel María Lombardini. Los vencidos habían dado pruebas de valor y hasta de arrojo. Arteaga dejó la bandera depositada en una iglesia y regresó disperso al hogar, donde lloraba desesperada la autora de sus días.

Deseando una vida tranquila, abre su taller de sastre y se pone á trabajar como hombre formal á quien le inquieta el porvenir. Corridos pocos meses, se une en matrimonio con la señora Jesús Ortiz, y el hijo que tienen, que hacía la felicidad de los esposos, fallece al levantar la bandera santanista en Guadalajara, en 1852, el general José López Uraga. Arteaga cierra el taller, ceba á un lado la aguja, el dedal y las tijeras, y sin decir nada á su familia, vuelve á tomar las armas y se hace soldado del llamado ejército regenerador. Se porta tan bien y tal es su temeridad en una de tantas batallas, defendiendo un fortín, que, luego de suspendidos los fuegos, Uraga le dice:—«Usted es más digno de mi espada que yo.» Y la puso en sus manos, como un regalo por su valor. El sastre era capitány había pasado por los grados de subteniente y teniente. Se proclama el plan de Ayutla en el Estado de Guerrero, y Arteaga, hecho comandante el 14 de Marzo de 1854, forma parte de la brigada del general Félix Zuloaga, á quien manda hacia el Sur el Gobierno para volver al orden á los sublevados. Y Arteaga asiste á las jornadas de Ajuchitlán, Coyuca, Alto de la Tijera y al sitio de Nusco.

Verdaderamente profesaba las mismas ideas liberales avanzadas que los que proclamaban el plan de Ayutla; pero sus deberes militares, que era tan escrupuloso en cumplirlos, le retenían al lado de Santa-Anna, sin que por esto dejara de pensar en la ocasión propicia para tomar el lugar que le correspondía en el partido republicano. A los santanistas, después de treinta y siete días de sitio en Nusco, los rindió la desnudez, el hambre y la incuria del Gobierno, entregándose á las tropas del general Juan Alvarez, previo unánime asentimiento á la determinación tomada en consejo de guerra, de obedecer al gobierno que emanase del plan proclamado.

Don Ignacio Comonfort agobió de atenciones á Arteaga y le profesó cariño de hijo, porque era intachable su comportamiento militar. Arteaga anduvo con el coronel José G. Cosío, teniente coronel Luciano Valdespino y los comandantes Prisciliano Flores y Juan José de Aranda, todos defendiendo el plan deAyutla. En la expedición que á Michoacán hizo Comonfort, casi llevó de mentor al humilde Arteaga, en quien depositaba plena confianza, porque le constaba su fidelidad y valentía.

Luego que fué teniente coronel, en Mayo de 1855, se hizo cargo de la Mayoría General de la División de Operaciones, librando reñidas batallas en Jalisco y distinguiéndose en el asalto y toma de Zapotlán. En marcha para Colima las fuerzas de Comonfort, ascendió á coronel del 3er. Ligero y regresó á Guadalajara, avanzando hacia México con el general Juan Alvarez. Al sublevarse Puebla el año de 1856, unido al Presidente de la República, hizo la campaña y levantó más su renombre de valiente en la jornada de Ocotlán y los asaltos á la ciudad de los Angeles. Amigo de Ocampo, Lerdo de Tejada y Degollado, se carteaba con éllos para saber la situación que guardaba el resto del país, porque escribía que la vida de la República era su vida.

Su buen humor de muchacho de escuela no se le amenguaba con los sufrimientos en la derrota, ni en los peligros; y ardía de cólera cuando decaía su fe en el triunfo de las ideas liberales. Derrocado Santa-Anna, partió para Aguascalientes á visitar á la autora de sus días, y le manifestó:—Aquí me tienes, ya ves dije que confiaras, que triunfaríamos y que te estrecharía en misbrazos,—¡Sí, hijo mío, sí! Dios ha querido que nos veamos; pero sólo Él sabe con cuántas lágrimas se lo he pedido. Mira: mejor te quiero ver de sastre, que no de soldado.

De vuelta de Puebla, habiendo capitulado la ciudad, lucía la banda de general de brigada. Y pasó á Comandante Militar de Querétaro, en 1857, siendo el primer Gobernador constitucional del Estado. Mil dificultades le salieron al encuentro para cubrir los egresos. Cierta ocasión, apremiado por la escasez de recursos, empeñó sus armas á fin de poder pagar á los empleados que carecían de lo más indispensable. Don Luis M. Rivera habla de su gobierno en estos términos: «Durante su permanencia en la Comandancia y en el Gobierno se distinguió multitud de ocasiones no sólo en el terreno de las armas, sino también dictando muchas medidas sabias y prudentes en bien del Estado: fundó varias escuelas públicas, arregló los archivos y estableció una biblioteca; todo lo cual fué totalmente destruído el memorable día 2 de Noviembre de 1857 en que las hordas semisalvajes de la Sierra, acaudilladas por don Tomás Mejía, asaltaron esta ciudad bizarramente defendida por el mismo señor Arteaga y el general don Longinos Rivera, quedando ambos heridos con la mayor parte de sus compañeros de armas.»

Fué tan firme en sus principios, que era capaz por éllos de sacrificar cualquiera amistady hasta su familia. Quería á don Ignacio Comonfort como á su padre y para con él tenía tales motivos de agradecimiento, que nada podía negarle sin cometer una ingratitud; pues bien: acaeció el golpe de Estado, y Arteaga, el predilecto del Presidente de la República, se indignó contra su autor; y aun se burlaba del mentado golpe, en carta particular á Comonfort, así: «¡Muy bien, muy bien! ¿Conque usted se ha pronunciado contra sí mismo? Ya me parece verlo revestido con su manto de Nuestra Señora de Guadalupe.» Y á su buena madre se anticipaba á manifestarle, para que no lo tachase de ingrato: «Todo se lo debo á don Nacho, hasta el dulce nombre de hijo; pero no retrocederé: soy liberal y defiendo la Constitución.» Entonces formó parte del ejército de la Coalición, organizado por los gobernadores de Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Jalisco y Veracruz. El 9 de Marzo de 1858 triunfaron Miramón y Osollo en Salamanca, y Arteaga vagó por Acapulco, á pesar de las ofertas repetidas de altos empleos y de fuertes sumas de dinero que le hizo Miramón. Incorporado á las tropas juaristas, fué defensor de la Constitución en Jalisco, Michoacán y Querétaro, y siempre el primero en las batallas.

Decidido el triunfo del partido liberal en Calpulalpan, tomó nuevamente las riendas del gobierno de Querétaro. Se adelantó ante elenemigo extranjero á la cabeza de soldados que le seguían por el patriotismo que ardía en sus pechos. A la vez quería vengar los asesinatos de Ocampo, Degollado y Valle. Y marchó á Veracruz. Al general Ignacio Zaragoza había ofrecido un simulacro á orillas de Orizaba, antes de partir para Acultzingo. Satisfecho del resultado, comenzó su derrotero en defensa de la patria contra las fuerzas intervencionistas. Era un hermoso día de Abril de 1862, entre once y doce de la mañana, cuando el enemigo se presentó al pie del cerro, frente á las fuerzas republicanas que estaban en las primeras cumbres. Como pretendiera avanzar, le salió al encuentro Arteaga, á la cabeza de sus soldados. En medio del tiroteo, el enemigo simuló una retirada y los cazadores de Vincennes se dispersaron, ganando la cuesta.

Visto esto por las fuerzas mexicanas, el fuego continuó y con más ímpetu por los cazadores que consiguieron herir á Arteaga en la pierna izquierda, abajo de la choquezuela, horadando la bala el peroné y la tibia. Fué conducido en el caballo del capellán Miguel de los Dolores Tebles, que éste mismo tiraba del ronzal, á las primeras cumbres de Acultzingo, donde se hallaba un piquete de tropa. Allí le lavó la herida el doctor Serdio, vendándola con una bufanda y dos pañuelos. Con la puerta de una cabaña le improvisaron unacamilla y le trajeron á México escoltado por los oficiales Gregorio Ruiz, Miguel Medina, Julián Fonseca y Román Pérez. En la cañada de Ixtapa, Leon Ugalde, José Rojo, Juan Valencia y los generales Ignacio Zaragoza y Miguel Negrete vieron al ilustre enfermo. El acto fué conmovedor.—No me llores, no me llores; al cabo no me he de morir, dijo Arteaga á Negrete, que al verle lloraba como un niño.

Arteaga llegó á México el 9 de Mayo y Juárez con sus Ministros le visitaron diariamente, estando á su cabecera el célebre doctor Rafael Lucio. Restablecido, volvió á Querétaro el 10 de Octubre de 1862 á ocupar el puesto de gobernador, en el que como siempre observó la más absoluta independencia.

Había defendido á Santos Degollado cuando estaba en el banquillo del acusado y le veían con malos ojos algunos del poder; y no sólamente hizo su defensa, sino que aun llegó á postularle para presidente de la República.

Apenas estuvo en el Estado, ascendió á general de división y le declararon benemérito de la patria. Organizó fuerzas para resistir á los franceses que hermanados con los conservadores se dirigían á Puebla. Desocupado México por el gobierno de Juárez, á causa de la capitulación de Puebla, Arteaga y los otros jefes republicanos protegieron su retirada,procurando defender á todo trance el terreno que iban invadiendo los extranjeros y los traidores, y ministrar á Juárez los recursos indispensables para el sostén y el funcionamiento regular de su administración, aunque fuese ambulante.

El 3 de Enero de 1864, habiendo Arteaga llegado á ser gobernador de Jalisco, hacía una retirada al Sur del Estado, y unas veces avanzaba y otras retrocedía hacia Michoacán y México, como general de división y en jefe del ejército del Centro, por nombramiento de don Benito hecho desde Paso del Norte. No obstante su alta posición, llevaba una vida de pobre. Su honradez fué tal siendo gobernador de Querétaro, que salió como había entrado, atenido á su sueldo de general, pagado con irregularidad. Una vez se le presentó el director de las escuelas manifestando que carecían de útiles y libros y que aquello no podía seguir así. El pagador Román Pérez, que tenía en caja doscientos veinte pesos, dió los doscientos por orden de Arteaga al director y los veinte sobrantes al correo que esperaba. Luego Arteaga, sacando un reloj de oro, dijo á su ayudante Jacinto Hernández:—Dile á Jiménez que me preste cincuenta pesos por este reloj.

Jiménez era un empeñero muy conocido de Arteaga por la frecuencia con que acudía á él, y la cantidad que ahora le pedía iba á servir para los gastos indispensables de sucasa. Otra vez, don Cenobio Díaz indujo á la señora Dolores Medina, que gozaba de influencia cerca de Arteaga, á que le pidiese un poder para denunciar y adjudicarse la casa de ejercicios, un edificio de la ciudad de Querétaro. Y contestó Arteaga:—Qué, ¿dar poder yo? qué, ¿el pueblo me ha puesto de gobernador para robar? Prefiero que mi familia muera en la miseria, y no que digan algún día, al verla con lujo: sí, está rica, porque su padre robó cuando fué gobernador del Estado.

Cuando fué herido en Acultzingo y estaba postrado en cama en la casa número 16 de la 1ª calle de la Merced, Juárez de visita le ofreció dieciseis mil pesos.—No, señor, contestó; no recibo nada: mi tropa sí los necesita; yo puedo vivir como quiera. En Michoacán, de jefe de las tropas republicanas, no se apartó de la misma línea de conducta. A mediados de 1855, huyendo del 4.º de caballería de Wenceslao Santa Cruz que los perseguía, los suyos le dieron por muerto al caer con caballo y todo en un barranco. Afortunadamente á medio declive la banda de general se le enredó en una orqueta y ahí permaneció toda la noche. Su tropa siguió hacia Tacámbaro; pero su ayudante Jacinto Hernández regresó al siguiente día, halló vivo á su general, le condujo á la Hacienda de Chopis y se agregó á la fuerza.

Una desavenencia le tenía alejado de Salazar; pero hicieron las paces en la casa de don Antonio Gutiérrez, en Tacámbaro. Y empezaron la organización de la tropa con que debían hacer frente á Méndez. Arteaga era el general en jefe y Carlos Salazar el cuartel maestre. El calendario señalaba el 20 de Septiembre. El 4 de Octubre pasaron revista á las tropas republicanas en las llanuras de las Magdalenas, al Oriente de Uruapan. El 9 se aproximaba Méndez á atacar la ciudad con 1,500 hombres. Los republicanos la desocuparon á la una de la tarde y tomaron camino para Tancítaro. Arteaga iba con parte de la tropa; las otras habían partido á distintos rumbos con sus jefes respectivos. Los mil cuatrocientos soldados de Arteaga llegaron bien.

El 12, apenas tomaban rancho, se tuvo noticia de que llegaba el enemigo, y emprendieron la retirada á Santa Ana Amatlán, llegando el 13. Sin embargo de que Méndez les pisaba los talones, ahí descansaron muy confiados, porque Pedro Tapia, con un piquete, cubría la cuesta, único camino por donde tenía que pasar el enemigo para llegar á Amatlán, y Julián Solano exploraba la retaguardia. Eran las once y media de la mañana; la tropa de Arteaga descansaba y tenía en pabellón sus armas; de repente oyóse en la plaza el grito de ¡viva el Imperio! y unos tiros.El teniente Amado Rangel[19], con cincuenta hombres, entrando por la cañada, había sorprendido á la fuerza republicana.

—¿Qué pasa, preguntó Arteaga al capitán Agapito Cruzado.—El enemigo, mi general.—¡Oh, traición infame! Solano, Pedro Tapia y sus exploradores!......—Que Dios salve á usted, mi general.

En efecto, Solano y Tapia habían sido comprados desde Uruápan en $3,000 por dos jefes imperialistas. Uno de los primeros que cogieron prisionero fué á Arteaga; dos soldados le conducían; Rangel le salió al encuentro, se apeó, clavó su lanza en tierra y sombrero en mano le dijo:—Mi general.—Rangelito, hijo, mira cómo me traen; qué figura: sin sombrero, en camisa.

Rangel dió órdenes para que trajeran lo que le faltaba al ilustre prisionero. Y le manifestó: Señor, yo mando; no se aflija usted, porque ante mí á nadie se mata; al contrario, usted dispone de todos mis elementos y de los suyos. El grueso de mis fuerzas viene muy lejos.—No, hijo; déjanos correr suerte; cumple con tu deber, que la honra no vuelve.

A las dos de la tarde entraba el resto de la tropa de Méndez, al grito de ¡viva el Imperio!

Arteaga, demudado, dijo á Rangel: Ahí vienen los tuyos.—Ya usted ve; tiempo tuvimos.—Lo que siento es que esteCapulín[20]me fusile.—Pues no, señor, no lo fusilará.

La verdad es que Amado Rangel quería pasarse á los liberales; pero éstos prefirieron conservar toda su dignidad de vencidos.

Rangel fué á encontrar á los suyos.—¡Alto! gritó á las tropas que avanzaban á escape.—¿Qué hay, Rangel? preguntó Méndez.—Que ya no corran: hemos tenido completo triunfo: Arteaga está prisionero.—¡Cómo, hombre?—Sí, señor.—¿Arteaga? ¿el general Arteaga?—Sí, señor.—Pero, ¿lo has visto?—Sí, señor.—¿Lo conoces?—Sí, señor.—Rangel, es usted capitán!, exclamó Méndez saliendo de su asombro.

Méndez, al redactar el parte oficial de la Victoria[21], prometió á Rangel, ante donGabriel Chicoy y el señor Juan Berna, que no fusilaría á ninguno de los prisioneros. El diálogo no deja de ser interesante: Señor, vengo á pedirle un favor.—¿Qué quieres, Rangel?—Nada, señor, que no fusile usted á ninguno de los prisioneros.—Lo que debes hacer es no meterte á defender á esos caballeros; lo que debías haber hecho era fusilarlosen el momento que los cogiste prisioneros, no que todo se lo dejan á uno.—Como había de hacer eso si los cogí descuidados.

Rangel dió la vuelta, y cuando iba como á diez pasos, Méndez le llamó: Rangel.—Mande usted, señor.—Vaya usted sin cuidado: nada se les hará.

Al llegar á Uruapan, Méndez recibió cartasdel general Osmont, Bazaine y Maximiliano en que le ordenaban que fusilara á todos los prisioneros. Juan Berna se oponía, haciéndole palpar la monstruosidad á Méndez; y el español Wenceslao Santa Cruz lo tentaba á que cumpliera fielmente las órdenes superiores; después de mucho cavilar, Méndez sujetó á la Corte Marcial á cinco de los principales: Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz Paracho y Juan González. Arteaga, la víspera de la ejecución, envió á su madre la siguiente carta que expurgada de erratas se publica porprimera vez: «Uruapan, 20 de Octubre de 1865.—Señora doña Apolonia Magallanes de Arteaga.—Mi adorada madre:—El 13 de Septiembre he sido hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré decapitado; ruego á usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad he seguido la carrera de las armas. Por más que he procurado auxiliar á usted, no he tenido recursos con que hacerlo, si no fué lo que en Abril le mandé; pero queda Dios que no dejará perecer á vd. y á mi hermanita layanquitaTrinidad. Porque no fuera á morirse de dolor, no le había participado la muerte de mi hermano Luis, que acaeció en Túxpan en los primeros días de Enero del año pasado. Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto á que nada de lo ajeno me he tomado, y tengo fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria. Muero como cristiano y me despido de vd., de Dolores y de toda la familia, como su más obediente hijo—Q. B. S. P.—José María Arteaga.»

El coronel Wenceslao Santa Cruz mandó el cuadro de la ejecución, el día 21, á la espalda del Parián[22]. Al ser formados para ladescarga los cinco patriotas, todos demostraron entereza. Arteaga dijo: «Muero defendiendo la integridad de mi patria, no como general, sino como ciudadano.» A los pocos días la señora Magallanes recibía un reloj, un real y otra carta del mártir, en la que le decía: «Es el único patrimonio que le dejo, defendiendo á mi patria.» El Supremo Gobierno Federal quiso honrar la memoria de Arteaga, trayendo sus restos á esta capital, para que reposaran en el Panteón de San Fernando; pero no son los verdaderos: esos reposan todavía en Uruapan; así lo asegura el único que les dió sepultura, Angel Frías, hijo natural del mártir.

Ningún fundamento parece tener esta afirmación tan rotunda, pues después del fusilamiento de Arteaga, Salazar, Villagómez y González (los indígenas de Paracho se llevaron á Díaz envuelto en una bandera), los señores Ramón Farías, Tomás Torres y Rafael Rodríguez, éste como presidente del Ayuntamiento, recogieron los cadáveres para velarlos en la capilla del Santo Sepulcro y darles sepultura en uno de los ángulos del cementerio del barrio de San Juan Evangelista. Al acordarel Supremo Gobierno la traslación de los restos de Arteaga y Salazar al Panteón de San Fernando, dos personas de las que les dieron sepultura presenciaron la exhumación, acompañadas de los doctores Manuel Reyes, Braulio Moreno y Teodoro Wenceslao Herrera. Aún tenían intactas las ropas y éllas hacían palpable la identidad[23].

Angel Pola.

Harapienta, demacrada y muerta de hambre, la hermana que le sobrevivía vagaba calle arriba y calle abajo por el barrio de la Merced, de esta Capital, sin que ninguno la diera de caridad un rincón cualquiera para dormir. La infeliz, puestas en fuga sus esperanzas por la mala suerte que iba tras élla, había tocado un último recurso: que su marido mendigase un empleo de puerta en puerta, cerca de los que consideraba sus parientes. Un día, después de llamar mucho, le abrió sus puertas don Luis Salazar, tío del General; pero élla no volvió por segunda vez, á pesar de salirle al encuentro la promesa. La muerte, más compasiva que el pariente, al ver á los esposos extenuados de hambre y frío, quiso que descansaran y se apresuró á abrirles sus lóbregas fauces.

De su frondoso árbol genealógico, que la fatalidad ha ido podando con saña implacable,no quedan sino ramas lejanas, casi ingertos, sin la savia del tronco. Hasta un renuevo, su hija Carlota, no vive ya. Ni recuerdos hay del capitán Benito Salazar, íntegro empleado de la Aduana de Matamoros, padre de Carlos.

Doña Tecla Preciado cuenta que nació el valiente republicano en Matamoros, Tamaulipas, por el año 1832, pues que de la misma edad era ella. El muchacho parecía el mismísimo demonio por sus peligrosas travesuras.—«Cree usted, me decía la señora, que de milagro vivía, porque una vez en el puerto le tiró de la cola al caballo del capitán y le dió tal coz en la frente que se la abrió. Toda la vida le duró la cicatriz.»

De ocho años vino á México y le pusieron en una escuela particular católica, porque sus padres, y más don Benito que su madre la señora Merced Ruiz de Castañeda, eran antes que todo católicos devotos. Primero que nada, Carlos debía aprender el Ripalda para que pudiese lograr la gracia, de rodillas en el confesionario; á renglón seguido, vendrían como muy secundarias una poquita de Gramática, las cuatro reglas de la Aritmética y otras unturas de materias que constituían la instrucción primaria en aquella época.

Realizado su sueño dorado (desde pequeño fué de su agrado la milicia), entró en el Colegio Militar. Miramón y Leandro Valleestudiaron con él y fueron condiscípulos y buenos amigos. La identidad de ideas políticas y religiosas de Miramón y él, dejaban pronosticar que juntos andarían la misma senda al entrar en la vida pública. El pronóstico tenía fundamento: para Carlos, ya de edad en que los años dan ideas propias y fijas, era imposible que el domingo dejara de oir misa y tuviera cubierta la cabeza al tropezar en la calle con un sacerdote: era herejía y sobrado pecado para ir al infierno.

El año 1847, días antes de la batalla de Churubusco, de cadete en el Colegio Militar, pidió permiso para luchar contra los norteamericanos bajo las órdenes de don Leonardo Márquez, el célebre general conservador y famoso imperialista. Con tal arrojo peleó,—porque arrojo más que valor era y fué siempre el suyo, originado por su mucho patriotismo,—que fué herido en una pierna. Le levantaron del campo de batalla al día siguiente de librada. Esto le valió una medalla y el ascenso á subteniente.

Durante el belicoso y despótico gobierno de Santa-Anna, el gobierno honrado de Herrera y Arista y el efímero de don Juan Bautista Ceballos y de Lombardini, no mostró en sus actos de militar, si bien tenía un grado inferior, la menor señal de su republicanismo y liberalismo, que andando los sucesos le hicieron simpático y lo allegaron numerosospartidarios, haciéndole figurar como jefe de una gran facción de Michoacán. En este tiempo pasaba por beato rematado, que arrastraba espada por deber de la carrera. Sabían sus parientes, quienes le llamaban elChinoy vivía con ellos en la casa número 4 de la calle de San Ramón, que no dejaba pasar viernes ni día primero de mes sin ir á ver á la Virgen de la Soledad y oir misa para sola ella. En medio de su religiosidad resaltaba su odio al despotismo, emanara de donde emanase. Tal vez esto fué causa de que yendo en fila cerrada al Sur para combatir el plan de Ayutla y siendo derrotado, hiciera suyas con entusiasmo, como segundo ayudante del primer batallón activo de Querétaro, todas las ideas imbíbitas en el plan y tuviese mayores bríos para sostenerlas sin ser presa del desaliento, no obstante las dificultades que parecían insuperables á sus sostenedores. Victorioso el plan de Ayutla, por el que peleó desde la toma de Nusco basta la llegada de Comonfort y Alvarez á Cuernavaca, fué por sus méritos militares comandante del Cuerpo de Tehuantepec.

Durante parte de la guerra de tres años, tuvo en México la comisión del partido republicano, unido á los señores Anastasio Zerecero, Julián Herrera, coronel Jesús Ocampo y doña Luciana Baz, de proveer de recursos á las tropas liberales que atacaban los principios reaccionarios.La desempeñó con buen éxito á pesar de los peligros de que estaba rodeado. Un día le sorprendió el mismo Miramón en persona en junta secreta con otros liberales en una casa de por las calles del Reloj.—Conque conspiras? Ahora no me lo negarás, le dijo Miramón encarándosele.—Estamos en plática pacífica de amigos.—Conque en plática, eh?, y á puertas cerradas, y todos ustedes liberales. Estás preso por ahora.

Y mientras Miramón se interiorizaba de la casa, Salazar subió en un coche que aguardaba á la puerta; y andando calles largo tiempo sin rumbo, el cochero quiso al fin saber á dónde conducía al que se había subido precipitadamente y se encontró con que ya nadie iba adentro. Salazar, corriendo el vehículo, se había apeado, no pudiendo el policía Lagarde dar con él. Y fué á incorporarse en Tlalpam al coronel Ramón Reguera (padre). La ciudadana doña Luciana Baz quedó con las otras personas desempeñando la comisión aquella. La inquietaba el paradero de Salazar: si tendría mal fin; los retrógrados eran capaces de todo, aun de cazarlo en poblado. Admiraba su valor y su persona. Solía decir á la señora Tecla Preciado, al volver las espaldas Salazar:—«Tecla, qué cuerpo el de Carlos!» Para ella no existía otro mejor formado en el mundo: todo bien hecho, en admirables proporciones; era gordo, pero noobeso, ni eran flojas las carnes; bien parado; limpia de arrugas la frente; rizado el cabello; la barba le cubría toda la mandíbula inferior; un bigotito negro que tiraba á bozo; las cejas de alita de golondrina; la mirada medio bizca y, por sobre todo, su marcialidad; ¡qué porte á la cabeza de sus soldados! Radiaba su alegría y no le importaban las circunstancias para manifestarla. Mas cuando se le despertaba el enojo, desconocía al mundo entero, olvidaba el tuteamiento de sus íntimos y al hablarles decíales con otra voz: señor, señora. Tenía el rostro encendido y era capaz de sacarle astillas á una mesa de un puñetazo. Hecho del poder el partido liberal, tuvo el grado de teniente coronel del Batallón Moctezuma, que al mando del coronel Jesús Díaz de León guarnecía la capital de la República. Después, el Moctezuma pasó á ser uno solo unido al Batallón Rifleros de San Luis. En sus filas, con el grado de teniente coronel, el 20 de Diciembre de 1861, concurrió á la batalla que tuvo lugar entre Pachuca y el Mineral del Monte. Allí se hizo acreedor á la condecoración especial que decretó el Supremo Gobierno. Al poco tiempo marchaba con el mismo cuerpo y los de Zapadores y Reforma, que formaban la descubierta del Ejército, á la Soledad, Estado de Veracruz, para resistir á las fuerzas de las tres potencias extranjerasque empezaban á invadir el territorio nacional.

Verificados los tratados de la Soledad, partió con el Batallón Rifleros de San Luis al Monte de la Cruces para combatir á Buitrón y los otros reaccionarios que acababan de asesinar á Ocampo, Degollado y Leandro Valle. Al fin de esta campaña que terminó con buen éxito, se dirigió á Puebla y peleó heróicamente contra los franceses el 5 de Mayo de 1862; mereció y obtuvo por tan brillante hecho de armas el ascenso á coronel y jefe del cuerpo mencionado. Después tomó participio directo en la defensa de Puebla, que tenían sitiada los soldados de Napoleón III; por desgracia cayó en poder de los invasores, pero logró fugarse de la cárcel y se incorporó, pasados algunos días, al Gobierno legítimo que permanecía en México.

Cuando Juárez, como Presidente de la República, fué á San Luis Potosí, le acompañó, siendo Jefe militar de la zona que comprendía Río Verde, Valle de Valles, San Ciro y otros puntos de la Sierra, que había precisión de tener en extremo vigilados. Aprovechó todos los elementos que pudo encontrar, reorganizó su cuerpo, lo instruyó, equipó y le dió el ejemplo de acatar la Ordenanza. A varios jefes comisionó para que emprendieran formal campaña contra las guerrillas de traidores que merodeaban por pequeñas poblacionesy haciendas cometiendo robos y asesinatos. Más tarde, por acuerdo del Supremo Gobierno, pasó con el Batallón Rifleros de San Luis, á las órdenes del general José López Uraga, al Estado de Michoacán. En Morelia, defendida por el general Leonardo Márquez, al dar el asalto el 18 de Diciembre de 1862, la fortuna le fué adversa, pero no perdió el valor, ni con una herida que le atravesó el pecho, ni ante los peligros de muerte sin cuento que le rodearon durante la batalla, al grado de matar uno tras otro sus caballos las balas enemigas. La retirada de sus tropas, la hizo él en camilla hasta Santa Clara del Cobre, donde, sin embargo de sus graves heridas, no cesó de seguir reorganizando las fuerzas que debían continuar combatiendo al ejército invasor. Rasgos semejantes de valor tuvo en otros días. El año 1859, estando el general Aureliano Rivera en Tlalpam, quince ó veinte de sus oficiales, Salazar á la cabeza de éllos como comandante de batallón, hicieron formal promesa de llegar á las garitas de Chapultepec, donde estaba el enemigo, y de hacerle fuego á quemarropa con pistola. Llegaron á Tacubaya, y en la cantina de la señora Mariquita Becerril, un tal Palomo y un tal Reguera, oficiales ambos que se guardaban profundo encono, hicieron en alta voz alarde de temeridad tomando la vanguardia. Cerca de las trincheras cayó herido Palomo,y Salazar, que hacía de corneta, al ver el inminente peligro que corrían, tocó retirada; y una astilla que sacó de un árbol una bala le quitó de los labios y la mano la corneta; entonces volvió en medio del fuego graneado á recocer á Palomo, le montó en su caballo y puso á salvo. En estos trances, la amistad más que el deber le obligaban. Así en los Reyes, cuando fortuitamente, sin saberlo él, del pronto, el general Porfirio Balderrain mató al mayor Guerrero, de su Estado Mayor, loco de ira é indignación se trasladó al lugar del suceso, y asiendo de la cintura al homicida, le azotó contra la pared y quiso matarle á taconazos. Tal manera de ser no quiere decir que Salazar fuese de mala índole; muy por el contrario, buenos sentimientos le animaban y lo mostró siempre con palabras y hechos. ¡Qué soldado de la Reforma y la Intervención y el Imperio no recuerda el haber visto llorar á Pueblita en las peroraciones, de Salazar! No de su gran cabeza, sino de su corazón le salía, todo lo que hablaba.


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