** *
¿Quién fué culpable de aquella sorpresa? ¿cómo pudo Méndez haber llegado hasta Santa Ana Amatlán, sin ser sentido por las fuerzas del general Arteaga, sin ser detenido por el coronel Solano y por el comandante Tapia, que habían quedado con dos cuerpos de caballería cubriendo el camino y en observación de los movimientos de los imperialistas? Misterioshan sido y son éstos para mí, á pesar del empeño que tomé para saber la verdad.
Arteaga, Salazar y muchos de los que con ellos iban en aquella desgraciada expedición, creyeron que Solano y Tapia se habían puesto de acuerdo con Méndez; pero esto me parece imposible, porque Solano era un joven honrado y patriota, á quien se habían encargado comisiones peligrosas, y siempre había correspondido perfectamente á la confianza de sus jefes; y Tapia, por sí solo, nada hubiera podido hacer aún cuando hubiera querido traicionar.
A pesar de todo, algo habría podido averiguarse si en aquellos días no hubiera muerto Solano de fiebre en el pueblo de Tancítaro; y como sucede en las guerras de insurrección, la muerte de un jefe produce, necesariamente, la desorganización más completa, y luego la dispersión de las fuerzas que manda, sobre todo si son, como aconteció entonces, tropas levantadas y organizadas por el mismo jefe, y merced á sus esfuerzos y á sus simpatías personales.
A Tapia no lo volví á ver más.
** *
Treinta y cinco fueron los prisioneros hechos por Méndez en Amatlán, inclusos los dos generales, y todos ellos, aun algunos heridos,pasaron el resto de la tarde y la noche del día de la sorpresa, encerrados en un cuarto, frente á cuyas ventanas las músicas de los vencedores tocaban alegres sonatas, celebrando aquella poco costosa victoria.
Al día siguiente se emprendió la marcha de regreso para Uruápam, y á los treinta y cinco prisioneros se les entregaron quince caballos para que pudieran caminar.
Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se le dió en efecto.
Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le habían dado.
El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.
Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.
Seis días duró aquella terrible peregrinación,durante la cual el cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de Octubre.
Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros, ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.
Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.
Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos, sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las primeras víctimas.
Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el temor, y una nubede tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados que ya no esperaban sino su turno para morir.
** *
En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.
Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus mismos oficiales.
Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.
** *
Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.
Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin recriminaciones, con un valor heróico.
Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.
El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última y suprema hora de su vida.
Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.
Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.
Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.
Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitiómarchar al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.
Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.
Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.
Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.
Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un grande influjo en el porvenir.
Dios es justo.
Vicente Riva Palacio.
6 de Julio de 1832.
19 de Junio de 1867.
Aquella fecha fué el día en que nació Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria. Esta, en la que murió.
La ciudad de Viena, Schònbrum, fué su cuna; la de Querétaro, Cerro de las Campanas, fué su tumba.
Su nacimiento tuvo el esplendor grandioso de un regio alumbramiento. A su muerte, un golpe eléctrico tocó todos los corazones, para no dejar esa memoria, en el reposo del olvido. La luz de la existencia no se extinguió en las tinieblas de su último día. Al morir acabó el hombre, para dejar al dominio de todo el mundo la vida del príncipe, la del político infortunado.
¡Insondable es el destino del hombre!
Al nacer, los plácemes se multiplican y se anuncia una esperanza de felicidad.
El que nace despierta toda la fe del porvenir.
Un príncipe que viene al mundo, es la alegría de la familia, es la ilusión dorada de una dinastía; puede ser el genio benéfico de un pueblo, de una sociedad entera. El contento se generaliza, y las demostraciones de júbilo resuenan en el extenso ámbito de una monarquía. Los más lisonjeros ensueños de los padres encuentran la entusiasta predicción de los amigos, de los partidarios, de los adictos, y el horizonte de la vida, se dilata más allá de donde en el curso natural de la existencia se puede pasar.
El príncipe, al nacer, parece que lleva un destino que cumplir: inmortalizar con sus hechos un nombre que ya suena como gloriosa herencia que en la sucesión de los siglos han conquistado sus antepasados. Esperanza de gloria. Esperanza de inmortal nombre. Esperanza de los amigos y de la patria; ella y ellos hacen votos porque el príncipe esté predestinado para encumbrar los altos intereses de la nación; y así lo quieren; porque también quisieran que el que nace para gobernar, fuese un conjunto de las más grandes virtudes. El valor, la generosidad, el genio, la más elevada educación, la ciencia y el amor á la humanidad, debieran ser inseparables compañeros de los que se creen con título para mandar.
La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres públicos,puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien, es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder, independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud más digna del reconocimiento público.
¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos concebidos!
Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en ese destino.
Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César, Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel, Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensadcon detenimiento en el trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.
No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de moral. ¿La encontraréis siempre? No.
¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?
¿Y el propósito de hacer mal?
¿Y la conciencia de sus faltas?
¿Y la depravación de sus miras?
¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega de sus deseos, y el abominablearranque de un corazón vengativo? ¿Lo encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.
Pero ¿adónde vamos?
¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?
Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia, inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.
En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la muerte por la ley.
A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más tarde á purificar doctrinas que ensu desarrollo detienen el espíritu progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible, con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia irrealizable.
** *
¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de innegable verdad las causas de un gran drama político!
¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?
¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero de una gloria secular?
¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas, quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica nobleza de Austria y el pueblo de esta República?
México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas servían de bandera de libertady de apoyo del Gobierno. Eran nada, porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.
El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos, secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento; porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible, asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de los pueblos del Sur.
Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores operaciones;y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos, ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la corona de España.
Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su poder nacional.
Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan notable fué este virreinato por tres siglos.
En los años pasados después de la independencia, la educación ha cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á 1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado por los fueros de la libertad.
Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe Maximiliano aceptó lo que, obra de loshombres, parecía altamente glorioso en sus fines al archiduque de Austria.
** *
Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21 de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.
El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado, permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán, ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de 1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía crear la división enlos invasores, y permitir, además, que se viese con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían cada una de las partes que formaron la convención.
Había en lo íntimo, en lo secreto de las instrucciones reservadas que traían los tres representantes, algo contradictorio que no podía llevarlos á una inteligencia fácil, á un acuerdo seguro.
Los representantes de España é Inglaterra vacilaron, los de Francia traían una consigna que cumplir, Napoleón III quería un rey para este suelo virgen. El príncipe que debía ceñir la corona, sería acaso dudoso; pero la resolución estaba tomada. México sería una monarquía.
Aun es un misterio si la voluntad enérgica del Conde de Reus rompió la convención, llevando tras esta resuelta conducta el acuerdo del representante de Inglaterra; ó si instrucciones superiores prepararon el rompimiento que dejó al ejército francés solo en este suelo para llevar adelante las órdenes de su gobierno, que ejecutaba por su cuenta y riesgo, la más aventurada, peligrosa y estéril de cuantas intervenciones se registran en los siglos de la historia política del mundo.
La República supo con asombro que, rotas las estipulaciones del tratado de la Soledad, avanzaban en son de guerra los franceses al mando del general Laurencez, y ligeros encuentrosen las Cumbres de Aculcingo, obligaron á las tropas de la República, al mando en jefe del general Zaragoza, á resistir el choque del ejército francés en la ciudad de Puebla.
El 5 de Mayo de 1862, á las once, comenzó la acción sobre el Cerro de Guadalupe, y á las tres retrocedieron las fuerzas francesas, llevando ya en su retirada á Orizaba, la convicción profunda de que la misión que debían cumplir era algo más peligrosa que un paseo militar.
México ha recogido en la memoria de esa jornada, la de un día de gloria nacional que solemniza en su aniversario, como la de una segunda independencia. El recuerdo del 5 de Mayo fué la bandera de la República en sus días de prueba y de desgracia. Los nombres de los generales Zaragoza, Mejía, Díaz, Berriozábal, Negrete y otros, han tenido desde entonces un lugar de preferencia en el corazón de un pueblo que se apasiona por la superioridad del valor en el cumplimiento del deber.
Después de algunos meses, grandes refuerzos llegaron al ejército francés mandado ya por el general Forey, y se emprendió un nuevo golpe sobre la ciudad de Puebla, la que sucumbió el 17 de Mayo de 1863, obligada por un sitio de más de sesenta días. El hambre puso término á ese sitio, rindiéndose laplaza, después de romper el ejército mexicano sus armas y clavado su artillería.
** *
Hoy que Francia sufre, y los peligros y el sufrimiento fanatizan el amor patrio, habrá comprendido Napoleón III, capitulando en Sedán, todo el inmenso placer que habría en la victoria, toda la inmensa pena de las derrotas, todas las inexplicables amarguras de una capitulación, y todas las desgracias de conflictos entre pueblos que derraman su sangre, gastan sus tesoros, aniquilan sus elementos de vida en luchas que excitan las malas pasiones, en cuyo desenfreno todo lo pervierten, á pesar de la buena índole de las masas. México, joven, nacida en este siglo á la vida nacional, ha sido mártir por los celos extraños de su propia infancia. Nacida y codiciada, independiente y dividida, su escuela ha sido la guerra interior y exterior. Francia en el apogeo de sus días, con su gobierno de veinte años, su rico tesoro, sus preparativos de guerra, y teniendo por capital la ciudad de París, centro del mundo, donde se encontraban bienestar y dicha, porque había algo de magia en aquella gran ciudad para que el viajero de todo el mundo, á pesar de la diversidad de sus hábitos y costumbres, encontrara allí la asimilación de lo queera la patria, ha sido el objeto de todas las miradas; era el baluarte poderoso donde por el hambre podrían sucumbir hombres que, héroes en el combate, grandes en su patriótica desesperación, tenían la sentencia de su destino en una triste capitulación, después de ese sitio de titanes que será el asombro de los tiempos modernos. El siglo XIX en sus transformaciones políticas, en su marcha poderosa á los fines de la democracia, y en su grandeza universal, necesitaba para ser inolvidable, el gigantesco sitio que oprimió á la ciudad del orbe. Frente al poder del dinero, de la ciencia y del progreso, se presenta la guerra, la muerte, la destrucción, el sitio y el hambre.
Francia y Prusia en gigantesco duelo, es víctima la primera, en medio de su grandeza, y vencedora la segunda, provocada al duelo. París se enloquece en su desgracia y enarbola la bandera de guerra civil. París, antes resplandeciente de prosperidad y lustre, da muerte á su propia vida devorando á sus propios hijos, arrojando, á semejanza del suicida, elementos corrosivos á sus entrañas, para morir en el fuego, la destrucción, el aniquilamiento y la desesperación.
París, reina de las ciudades modernas, sociedad poderosa para imprimir movimiento á las ciencias y á las artes, centro privilegiado del orbe donde la historia ha grabado susfechas gloriosas con monumentos que recuerdan guerras, gobiernos, luchas, victorias, triunfo de la idea y del arte; ciudad que llora hoy los más grandes infortunios que la más negra imaginación no podía alcanzar; arrojad de vuestro seno los elementos de esa vida cenagosa á que la corrupción levantara altares, y Dios permitirá que de ese huracán espantoso de pasiones desencadenadas, de ese fuego que destruyó la materia y el espíritu, brote la libertad pura y santa, que haga á los pueblos hermanos en el progreso y émulos sólo en el trabajo.
¡Pobre Francia! ¡cuánto atormentan los terribles golpes de la adversidad sobre las masas de un pueblo! ¡Cuántas víctimas inocentes que no merecen el castigo de esas grandes desgracias!
México ha sufrido los males del incesante anhelo de otras naciones para intervenirla. Francia llora hoy la ardiente pasión del imperio, para imponer su intervención á otras naciones. México pobre, debil, joven y desheredada por sus propias y extrañas guerras, debe á la constancia de sus hijos y á su fe, la restauración de la República. Su ejemplo lo ha invocado Francia, no sólo como lección adversa de su política, sino como bandera de guerra por su nacionalidad. Reciba nuestros votos por una paz duradera que afiance en esa poderosa nación la libertad. Ella será fecundatambién para una gran parte del mundo que, por la lectura, por la tradición, por la costumbre de imitar y por los hábitos de educación, está dispuesta á aceptar la política de Francia, que tiene, por su grandeza nacional, un poder mágico, casi irresistible, de propaganda y de asimilación política.
¡Cómo cambia el poder de las naciones constituídas al abrigo de un poder personal! En 1863, Francia Imperial enviaba algo menos que el sobrante de sus legiones á esta tierra víctima de sus disensiones civiles; y hoy la República Mexicana envía los votos de muchos de sus hijos al pueblo francés, por su pronta y sólida libertad. ¡Ojalá y ellos se cumplan! ¡Ojalá y el año de 1871, Francia regenerada y libre, sea también la Francia de la paz y la prosperidad!
** *
La tarde del 31 de Mayo de 1863 salió de esta ciudad el Sr. Presidente D. Benito Juárez. Ese día tuvo lugar la clausura de la Cámara, y más bien que una solemnidad, fué una lúgubre ceremonia. Era el adiós de amigos que se dispersaban: fué la triste asistencia oficial de un día de duelo para la patria. Tras de ese día todo era desconocido. El único pensamiento de aquellas horas, era partir de la ciudad que debían ocupar las fuerzasfrancesas como fruto de su triunfante expedición sobre Puebla.
La noche arrojaba sobre el alma de esta gran ciudad una melancolía abrumadora. La agonía de una época, el término de un orden de cosas, el misterio del día siguiente, daban un tinte sombrío á todas las fisonomías. ¡Toda la noche fué de movimiento de salida! ¡Cuántas lágrimas derramadas en ese día de luto! Una despedida sin saber el día del regreso, tiene algo de semejante á la muerte.
¿Cuándo volverán los que hoy salen?
Sólo Dios puede saberlo......
Esa pregunta del corazón y esta respuesta de la cabeza, daban á tan triste despedida una amargura que es fácil sentir y difícil explicar.
Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el interior del país. El Presidente de la República, al partir, había renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su cumpleaños.
Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.
En la dispersión de los poderes públicos,México quedaba sólo al abrigo de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria, supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al Ayuntamiento de México y su digno Presidente.
** *
El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar! ¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.
La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte del infortunado Archiduque de Austria.
Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos, envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los grandes sucesos de América.
El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por la idea de la gran política, estaba sinembargo preparado para todo lo que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra regada por muchos años con la sangre mexicana.
Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de un círculo reducido de hombres.
Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo donde sepultara su trono.
Hasta donde se hayan realizado esas profecías, la historia contemporánea puede ya apreciarlo.
** *
Maximiliano llegó á la capital de la República el 12 de Junio de 1864. Pasados los primeros días, llamó en lo privado á algunos hombres del partido liberal, y presentándoles un programa extenso sobre las bases de independencia nacional, libertad y consolidación de las conquistas de la Reforma, obtuvo de algunos su participio en la formación del gobierno.
El programa podía condensarse en estas palabras:
Difundir la enseñanza á costa de los más grandes sacrificios, promover toda mejora material, alentando la colonización en masas y la inmigración de ricos capitalistas, afianzar las conquistas obtenidas por la República en favor de la libertad, y encaminar ésta á su aceptación por todos los partidos.
Difícil era la reconciliación de las clases y de los corazones. Ese milagro político no podía ser el instantáneo fruto de un programa. Sólo el tiempo y la libertad práctica unen á los hombres divididos en política por opiniones encontradas.
Francia gastaba, entretanto, algunos millones en el apoyo de su aventura; pero el cansancio en una empresa toda de peligros, no tardó en expresar palabras de arrepentimientoy de abandono. La versatilidad del Imperio francés en los actos que llamaba de alta política, era una presunción de que pondría término á sacrificios que no podían tener compensación.
El Príncipe Maximiliano luchaba con todo esfuerzo por nacionalizar su gobierno, y su programa democrático, á su juicio, en lo compatible con la forma monárquica, está consignado en seis tomos de decretos.
Por un corto período, la fortuna sonrió á la monarquía. Las fuerzas de la República habían perdido los grandes centros de las poblaciones, y el Sr. Presidente D. Benito Juárez, y su ministerio compuesto de los Sres. Lerdo, Iglesias y Mejía, se habían refugiado en Paso del Norte, pequeña aldea en los confines de la República, á orillas del Río Bravo. Su fe era su bandera, su constancia la base del porvenir.
Algunos jefes de inquebrantable energía sostuvieron siempre la guerra; entre ellos el ilustre general D. Vicente Riva Palacio, por cuyo encargo escribimos esta sencilla historia.
El país estuvo por un período sometido á la sorpresa de los grandes sucesos; pero la impresión fué pasajera, y las armas de la República acudieron á combates repetidos que despertaban en la Nación la fe del porvenir.
Cuernavaca era la residencia del Archiduqueel mes de Junio de 1866, cuando recibió las noticias definitivas sobre la conducta de Napoleón III. Había resuelto retirar sus tropas y los recursos pecuniarios con que apoyaba al imperio mexicano. Este dejaría de percibir los quinientos mil pesos de que todos los mesen disponía á cargo del tesoro francés.
Tan grave noticia tenía altamente preocupado al Príncipe, quien con su triste fisonomía reveló á la Princesa Carlota el pesar de alguna nueva desgracia. La mala posición á que se veía reducido el ensayo de monarquía en México, despertó en el espíritu de los dos príncipes la idea de enviar un comisionado, un embajador especial al Emperador Napoleón, para exigirle francas explicaciones, resoluciones firmes sobre sus compromisos para con el naciente y agitado imperio de México y muy particularmente para con el mismo Archiduque de Austria, antes de partir de Miramar. ¿Quién podrá desempeñar esta misión importante? decía Maximiliano. ¿A quién escuchará Napoleón? ¿Quién podrá hacerle oir todos los deberes que tiene que cumplir? ¿Quién podrá hacerle comprender las consecuencias de su falta, si niega hoy lo que antes tenía ofrecido?
Se trajeron á la memoria diversos nombres de personas á quienes el Emperador de Francia en otro tiempo recibía de buena voluntad;pero que en la situación á que habían llegado las cosas, con probable seguridad, casi con evidencia, serían desairadas.
En un momento de ese silencio que impone la perplejidad de ciertas circunstancias, dijo la Princesa Carlota: «Yo tengo un embajador fiel á todos sus compromisos políticos, resuelto á todos los sacrificios, y que se hará escuchar de grado ó por fuerza. Ante su resolución no habrá obstáculos.»
«¿Quién puede reunir, dijo Maximiliano, todas esas virtudes de adhesión, y además las facilidades de llegar oportunamente cerca de Napoleón para contrariar resoluciones tomadas acaso de una manera irrevocable?»
«Yo, contestó la Princesa Carlota, y tal vez sólo yo pueda lograr que se modifique lo que respecto de México se tiene ya acordado.»
El Archiduque meditó sobre este pensamiento, lo encontró oportuno, y presentándole solo en oposición dificultades de viaje, recordó que estaba próximo el 6 de Junio, que era el día de su cumpleaños, y que según la tradicional costumbre de su casa, la Emperatriz recibía y hacía todos los honores en la solemnidad de ese día.
Los proyectos de conveniencia que se combaten con accidentes de fácil solución, están aceptados. Así sucedió con el viaje de la Emperatriz. El movimiento de la casa era luego el testimonio vivo de la resolución tomada.El Emperador y la Emperatriz regresaron á México, y el seis de Junio, después de las solemnidades de la mañana, se hicieron los preparativos para el viaje á Europa.
** *
El día ocho salió para Veracruz la Princesa Carlota, emprendiendo, con el valor digno de un hombre, una empresa que era superior al empeño de las más grandes habilidades diplomáticas.
Francia, en la historia de su último imperio, y la del Vaticano en la de sus días de prueba, tendrán que consagrar algunas líneas á la infortunada y virtuosa Princesa Carlota Amalia visitando en 1866, víctima ya de un principio de enajenación mental, á Napoleón III y á Pío IX.
En su ciencia y brillante educación no alcanzó todos los peligros de la intervención en la República mexicana. La historia de todas las intervenciones es la del suplicio de los pueblos, la del peligro de la independencia, la del sacrificio de la autonomía, y muchas veces el de los actores mejor intencionados. Los años que corren de este siglo daban ya abundante materia para demostrarlo sin necesidad de las sangrientas peripecias del gran drama en que tan sentido se presenta el fin de Maximiliano, vencido, y la vida congojosade la Princesa Carlota, que es la personificación del pensamiento monárquico en la rectitud de su intención y en la gloria de la fundación; pero también en el extravío de su juicio, por confiar su suerte á una protección extraña, y en el sufrimiento de su pesar profundo. Figura histórica, pasajera en su vida real, transformada por su dolor en una existencia sombría y melancólica, que conservando en su memoria las negras páginas de su martirio, sin el orden que imprime el juicio, tiene grabado como en álbum fotográfico el período de su vida en México. La memoria, el corazón y el entendimiento funcionan en la demencia, siempre con el pasado á la vista; pero las páginas de ese gran libro se desencuadernan, se confunden y mezclan, para hacer de la vida un repertorio donde la memoria, sin orden y armonía, sin concierto ni exactitud, renueva del tiempo feliz de la razón lo que más hirió el conjunto de las facultades. La historia del viaje de la Princesa Carlota, si llega á escribirse, podrá dar alguna luz sobre la materia, y fijará también el verdadero período de su enajenación mental. Maximiliano aparece, según la tradición, vivo en la adoración de la Princesa su esposa; pero en el altar de sus rezos derrama lágrimas que como flores deposita en la tumba de una memoria. Tal vez junta en un solo punto, á semejanza de visión extraña, dos ideas de viday muerte como el que ve en medio de una tempestad lanzarse á pique una nave sin socorro posible.
** *
El mes de Noviembre de 1866 todo anunciaba la retirada del príncipe y la del ejército francés. El primero marchó á Orizaba, y laNovara, que lo trajo lleno de entusiasmo y de esperanzas, debía también conducirlo, atormentado por el mal éxito de su empresa, á su antigua residencia de Miramar. Lo esperaba en Veracruz para partir.
El príncipe estaba de choque con el ejército francés, que abandonaba su obra.
Aun las relaciones de cortesía se habían cortado. El mariscal Bazaine y el general Castelnau habían concertado la retirada del ejército francés; y el voto unánime y sincero de los mexicanos era que jamás otra intervención pisara este suelo privilegiado, que sólo necesitaba para su prosperidad la unión de sus hijos. El imperio francés recibía una lección severa. Los gobiernos que no miden las cuestiones exteriores más que por la fuerza física, sacrificando la justicia, se suicidan, porque preparan ellos su propio sacrificio. Francia, arrebatada por el poder militar, sintió todo el peso de sus desgracias en la condenación universal de su política, en el triunfode la oposición y en la aceptación tácita de la doctrina Monroe.
Libre Maximiliano de los compromisos de la intervención, llamó á Orizaba su Consejo, y sometió á su examen la resolución de su viaje. La duda atormentaba su vida, y necesitaba una resolución. Creía llegado el momento en que el hombre público debe pertenecer todo á su causa, á sus principios, á sus partidarios.
Muchos atribuyen á diversos miembros del Consejo, y muy particularmente á las inspiraciones del jóven general Miramón, el regreso á México. Nosotros no participamos por completo de esa opinión. Causas de otro género fueron las que ocasionaron esa resolución. A la llegada del paquete francés á Veracruz, en Noviembre, recibió el príncipe multitud de telegramas combinados en cifras. ¿Qué traían de Europa esos telegramas? No se ha sabido; pero el hecho es que al día siguiente se dieron las órdenes de regreso, y fué gratificado el jefe de la oficina del telégrafo con quinientos pesos, entregados en monedas de oro.
Desde ese momento cambió la fisonomía del príncipe. Su vida tomó la animación de quien tiene un gran propósito que cumplir. Aislado por su propia voluntad los días anteriores, incomunicado con los demás, vagando como un sonámbulo por los cercanos camposde Orizaba, volvió á la vida cuando resolvió morir ó vencer, jugando la existencia hasta perecer en la demanda.
El 25 de Diciembre de 1866 salió para esta ciudad el Archiduque, con el propósito de dar vida al ministerio conservador que había formado antes de partir para Orizaba.
Reciente la historia del gobierno del Imperio, no es posible tocarla en el reducido espacio de que se puede disponer al ocuparse sólo de la muerte del príncipe que fué elevado al trono. La historia de esa sombra de gobierno monárquico no puede aún escribirse; porque las lecciones que de ella se derivan, se pierden cuando todavía están vivos los sentimientos de una lucha y de una restauración en un corto período de tristezas y alegrías, de esperanzas y decepciones, de tragedias políticas, de piedad y de rigor, de templanza y de exceso, de virtud y de vicio, de persecución y de amnistía, de gemidos y de bendiciones, de duelo y de vida.
Los siete años de 63 á 70, son el gran libro de una historia rápida y complexa, que á semejanza de la de los náufragos, estará llena de vida en la narración misma de la agonía. Ella entrañará lecciones saludables para un pueblo que, al sacudir el yugo de la fuerza extraña, ha proclamado la libertad de todos sus hermanos.
Esa historia la conocerán siempre aún losniños y las mujeres; porque es la historia de los sentimientos populares y el fin de las disensiones religiosas en la política militante. Las pasiones todas tomaron parte, todas se mezclaron. El entusiasmo y el dolor se tocaban á cada paso como resultado de esos resortes del corazón, que apasionado en una lucha de hombres contendientes, son tan fieles y cumplidos como la personificación de un deber sagrado, tan resueltos como una virtud heroica, y tan firmes como ciegos por la fe, tan adictos á su causa como á la de su Dios, su religión y su patria. Por esto creían muchos pelear, y aun los seres inculpables en ese conflicto aterrador tributaban un culto á la exaltación de sus propias pasiones, como la expresión de la conciencia recta, como el eco de la conciencia nacional.
Los más grandes errores toman en política las proporciones de un deber, y á la pasión que se llama patriotismo, virtud facticia muchas veces por su origen, pero sincera por el tiempo, sólo se le puede desarmar con la frialdad de la razón, la luz de la justicia y la generosidad de los sentimientos.
Este período era el punto más grave en la escala de las disensiones de los partidos; pero también debía ser el término de las profundas divisiones.
La confirmación que el Príncipe Maximiliano imprimió á las conquistas de la libertad,á los hechos consumados, y á los principios de la revolución por la reforma religiosa, puso el sello á cuestiones que antes fueron el abismo de odios y de sangre entre los partidos.
Los peligros de una existencia precaria para el porvenir de nuestra patria, amenazada siempre por los elementos intestinos y conflictos internacionales, ¿no abrirá el corazón mexicano á sentimientos de unión, único vínculo de poder nacional?
Estos eran los pensamientos de esa época, en que al través de un corto período, todos veían como indefectible la restauración de la República.
Entretanto, las fuerzas organizadas bajo la dirección de los Generales Díaz, Escobedo, Corona y Riva Palacio, marchaban sobre las ciudades de Puebla, México, Guadalajara, Toluca y Querétaro, donde los más caracterizados jefes del partido militar, ligado en sus últimos días á la suerte del archiduque de Austria, hacían grandes aprestos de resistencia. Ingrata la suerte al príncipe, los franceses se retiraron, dejando sin más apoyo á su protegido, que la fuerza mexicana y algunos escuadrones de alemanes al servicio del Archiduque, mandados por dos valientes jefes y el joven coronel Kevenüller.
Todos los prodigios de valor habrían sido estériles contra el país levantado en masaproclamando la restauración de la República. Una á una fueron cayendo las ciudades en poder de las armas republicanas.
Querétaro era el lugar que absorbía la atención del gobierno, porque un fuerte ejército que mandaba en persona el archiduque Maximiliano era compuesto en su mayor parte de jefes de un valor á prueba, de una decisión enérgica. Bastaba que entre ese grupo estuviesen los generales Miramón y Mejía, para comprender que la lucha sería sangrienta, desesperada, heroica.
Dos meses de sitio en que hubo combates dignos de una memoria especial en la historia general del país, pusieron término á la lucha desigual entre sitiados y sitiadores. Estos tuvieron abundantes recursos que les enviaban de todo el país, abierto á su poder, mientras que en la ciudad faltaban los elementos necesarios para la vida.
Toda crisis política tiene su término, que es principio y fin de goces y sufrimientos. La ocupación de una plaza sitiada es una página de doble vista: para unos todo es vida, animación, alegría, gloria, poder, porvenir, lisonjas, plácemes, felicitación; para otros es un negro abismo.
La ciudad de Querétaro el 15 de Mayo de 1867, que fué ocupada por las fuerzas de la República al mando del general Escobedo, era para muchos un cementerio donde másque por la muerte misma, tenía el alma de la población una tristeza aterradora, porque era la tumba de mil esperanzas, el sepulcro de una época. Pudiera ser la de personas queridas......... y el misterio del porvenir arrojaba sobre el corazón sus negras sombras, que sólo disipa el curso de los acontecimientos elocuentes en su lenguaje, mudo para vaticinar el futuro, y poderoso para abrir el horizonte.
Al derrumbarse el imperio y caer el monarca en manos de los sostenedores de la República, la vida se contaba por minutos, y todos los que se deslizaban en la sucesión de las primeras horas, depositaban una esperanza de salvación.
Prisionero Maximiliano en el cerro de las Campanas, después de salir del convento de la Cruz, fué conducido á Querétaro por el general D. Vicente Riva Palacio. Las altas consideraciones con que este jefe lo distinguió, quiso corresponderlas el archiduque con alguna demostración, y dirigiéndose al general Riva Palacio, le dijo: «Permitidme, señor general, que os ofrezca al entrar á mi prisión mi caballo ensillado: recibidlo como una memoria de este día.»
** *
Una celda del convento de Capuchinas de Querétaro fué la prisión del príncipe Maximiliano. Humilde como todas las habitaciones de quienes hacen solemne voto de pobreza, aquella celda tenía que ser histórica. Edificada para recibir en su seno los suspiros religiosos de alguna alma que, rompiendo los vínculos de la tierra, sólo miraba en la eternidad la esperanza de su dicha, recogía hoy á un hombre que en su destino adverso tenía que mirar siempre al cielo como única fuente de donde podía venir al alma la luz, ó siquiera de ella un débil rayo sobre la obscuridad en que va la vida, que en todo su poder, en su pleno vigor, por todas partes tiene la imagen de la muerte, por todas partes la presencia de la agonía, que en todos los momentos oye la última hora que suena en el reloj de la conciencia.
Aquella celda, santificada tal vez años atrás por la vida pura de una mujer santa, iba á ser la capilla donde depositara sus últimas oraciones el descendiente de muchos reyes, el hermano del emperador de Austria, el hijo del archiduque Francisco Carlos José.
Querétaro era todo un cuartel militar. Vencedores y vencidos ocupaban la plaza. Unos como guardianes y otros como prisioneros.
El Presidente de la República, desde San Luis Potosí, que era la residencia del Gobierno, dió orden el 21 de Mayo, por conducto del Ministerio de la Guerra, al general Escobedo, de abrir un proceso al archiduque de Austria y á los generales D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía. Seis días se tomó el Ministerio para dictar una resolución, que quiso fuera hija de una profunda meditación, para que no estuviese sujeta á los vaivenes de lo impensado.
El príncipe Maximiliano quiso que el Sr. D. Mariano Riva Palacio y nosotros fuésemos sus defensores, y así lo manifestó en el siguiente telegrama: