Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña procesión.
En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del populacho, caminabaun hombre á quien llevaban casi arrastrando de una gruesa cadena que tenía atada al cuello.
Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.
Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de fruta á la cara.
Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.
Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquelexcomulgado.
—Haremos una jaula—dijo el carpintero Hernando de Torres que se encontraba allí.
—Sí, una jaula—dijeron todos.
Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad increíble, ayudado de muchos.
Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes jaulas formadas de vigas.
—¿Para quién es esa otra?—preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba cerca de la de Salazar.
—Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero—contestó Hernando de Torres.
—Tienes razón.
Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una cadena.
Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en arrojar piedras y cieno á Salazar.
Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de la expiación.
Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.
Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.
Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.
Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y asíes que no quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias, Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.
Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de 1527.
Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses estuvo encadenado y enjaulado.
Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.
Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y gobernadores que el rey enviaba.
Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.
Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.
Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en Jalisco.
Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la conquista.
Vicente Riva Palacio.
En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera. Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se dirigió al hombre gordo.
—¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó al Puerto de Palos?
—Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y se puso á registrar el horizonte.A los cinco minutos justos se volvió á sentar en la barca y le dijo al piloto:—Adelante, Antón, porque no tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.
—¿Qué horas son?—preguntó el piloto.
—Las cinco,—contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.
—Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.
La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la superficie de las aguas.
Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al piloto le dijo:
—Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?
—Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo, lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto, ya soplará recio y muydichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan llegar á los arrecifes.
—¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?
—Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros borrasca desecha. Mirad.
El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.
—Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol, ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo con una bota de tinto, en vez de exponerseá que los pescados se cenen el vientre de vuesa merced.
—Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes. Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.
—Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su oficio.
—No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.
Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol, combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio;el viento irregular soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.
—Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,—dijo el piloto.
—Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo. Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la tempestad que había estallado al entrar en el puerto.
En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas, moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro, despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro, el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse y á hacercrujir los débiles tablados que entonces formaban el embarcadero.
La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua, ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la embarcación.
Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil pedazos.
La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos.Don Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.
El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.
No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así, en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y el personaje distinguido á quien buscaba.
—Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la cámara.
Nuestro hombre gordo, bien relacionadopor una parte con todas las autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular palabra ni moverse en algunos minutos.
Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.
Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.
—Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa, mi persona y mis servicios.
El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena, de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el corazón, y después le acarició suavemente la frente.
—Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en tierra recobrarásus sentidos, porque el olor de un barco no es el más á propósito......
—Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de hablar con......
—El Lic. Vena, Visitador de México.
—Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría dispondrá lo que hacer se debe.
En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más deshecha tormenta.
El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á losempleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.
Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo, y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.
—Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si pienso más en ella me volveré loca.
El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar. Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo al través de la luz.
—No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La América nos ha recibido conuna tormenta, y yo no puedo ver estas playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me cierre el corazón.
—Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.
—Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......
—¿Estar con tu marido, acaso?—repuso violentamente el Licenciado.
—Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama, pero no perdona.
Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.
—Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.
—¿Traes tus cartas y tus provisiones?—le preguntó Beatriz.
—Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?
Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. Enmenos de media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos á la sala á recibir á la concurrencia.
Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.
Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz, en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.
Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una suculenta mesa.
Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas yprovisionesdel Rey, muy importantes y secretas, había llegado á Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.
En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.
En cuanto á la Audiencia, era otra cosa.Los Oidores quizá no tenían tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y protección del personaje.
Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir susprovisionespara darles cumplimiento.
El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no había traído lasprovisiones, porque el Virrey Velasco que estaba para llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los vasallos de S. M.
La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á susestrados, le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando cuenta é instruyendo de todos losnegocios graves que había pendientes, procurando inspirarle una resolución favorable.
Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en lavisitale llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con independencia el resto de la vida.
Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México; pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.
Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á losestradosde la Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.
Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero temblor se observóen sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y él tuvo tiempo de reponerse.
—Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar al Virrey y á tomar lascartas y provisionesque me traerá, para que podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.
Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le tenían enteramente de su parte.
El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su casa y entró buscando á Beatriz.
—¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?—le preguntó Beatriz.
—Más me valiera haber muerto,—contestó el Licenciado.—Corremos un gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.
Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar violentamente el correo á Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo que había.
Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que á su salida de España la Corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así ese Lic. Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que el no traía para tal personaje cartas niprovisionesalgunas.
Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como ellos, burlados y robados por un miserable!
El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fué víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló á los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.
Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de marcharse al Lic. Vena y á la linda Sevillana, y los trajo á buen recaudo á México. El licenciado fué encerrado en la cárcel; la dama en unacasa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les habían regalado, devolviéndose á sus dueños.
En breves días se instruyó la causa, y el Lic. Vena fué condenado á diez años de galeras, y á recibir antes cuatrocientos azotes.
** *
La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó á ver la entrada solemne de la noble é interesante pareja, llenó las calles y los balcones para presenciar la cruel ejecución.
Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.
El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena,por embaidor, por embaidor.
Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de complacencia.
Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.
El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado. Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.
** *
La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.
Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando gemidos tan dolorosos que partían el corazón.
Manuel Payno.
En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempouna ventanilla se abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas barbas del que tocaba.
—¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este convento, y qué quiere?—preguntó desde adentro el lego portero con visible mal humor.
—Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.
—Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío é inmenso monasterio.
—No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español, no hay que dormirse ni que perder tiempo.
Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa del moribundo y penado caballero.
Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las velas y retirar á todas las rezanderas.
—Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,—dijo Fr. Domingo acercándose á la cama del enfermo.
—¿Traéis los Santos Oleos?—respondió el enfermo con una voz trabajosa.
—No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......
—Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del infierno. Bendita sea su divina misericordia.
—Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa, arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y se acercó lo más posible al confesor.
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—¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?—preguntó el enfermo después de haber confesado sus culpas.
—Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios perdona los más grandes pecados.
—¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco que Dios me ha dado en esta tierra?
—Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los ojos de Dios.
—Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.
—No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de Dios, que es infinita,—interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid, depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.
El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en voz muy baja.
—¡¡Jesús!!—exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del sillón; ¿y todo ello es verdad?
—Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la presencia de Dios.
—Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.
—¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así como un hereje, sin esperanza ninguna?—dijo el enfermo con las lágrimas en los ojos......
—Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una condición. Elpadre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras. Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo, pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado, sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.
Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia, avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había vuelto loco.
Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.
—No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.
En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la víctima y al verdugo. El granTonatiuthabía muerto desbarrancado en Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala; el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta años, y sus hijos y deudos eran los que se disputabanlos honores, el mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].
En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante, que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya tradición era respetada de los indios mexicanos.
Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescasde la juventud, su figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y respetable imagen.
El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran sus amigos, cada uno de los cuales llevabasu servidumbre, y el conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy, según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y benévolos lectores.
Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo, estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de fuertes colores, testimonio todavíapatente de la industria y civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.
En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés, hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años, hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un corpezuelo de unatela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de terciopelo negro.
Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo, observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.
—¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?
—Precisamente nos han dicho......
—Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no es verdad?
—Me habían dicho que uno solo,—interrumpió Alonso.
—Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre. Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y que......
—Realesson todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de Avila, yrealeslas hemos de volver de tal manera, que las majestadesrealesqueden asombradas de lo que aquí va á pasar.
—Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando la puerta;—y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:—Sentáos y evitemos las ceremonias,pues que todos somos hermanos, y por tal tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.
Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se sentaron á departir con la mayor confianza.
—¿Sabes, Marqués—dijo Alonso—que tengo un gran cuidado? es decir, de los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi espada.
—¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?—preguntó el Marqués.
—Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la conjuración.
—Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso; mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal manera que ni se acuerda del asunto.
—Y la audiencia, ¿sabrá algo?—preguntó el hijo de Doña Marina.
—Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor Ceynos, cuandolo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está pasando, interrumpió D. Luis Cortés.
—Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,—exclamó D. Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á estocadas con esos viejos pergaminos.
—Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos, porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.
—No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo tienen de pasar esas fiestas del bautismo.
—En primer lugar, contestó el Marqués...
En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían favor.
Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos hasta la calle deMartín de Aberraza, donde ya reñían furiosamente los dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de Cervantes, Juan Valdivieso,Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.
Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las que aun falta que contar.
El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al reyde España en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se llamaban del Estado.
La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa. El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en las esquinas y almenas en las azoteas.
La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y enla esquina frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el bautismo de los dos gemelos.
El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su mujer, y echó la agua á los gemelos el deán DonJuan Chico de Molina. Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las armas.
La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados, liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y sorprendido con festividades que antes no sehabían visto y que no se volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad, los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria, favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible los arrebatara repentinamente por los aires.
Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus trozos de toro asado.
El comedor era un salón que tenía más deveinticinco varas de largo y siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la pared, casi hasta el labrado artesón.
Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D. Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando entró éste.
—Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que estaba ya puesta y aderezada.
—Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.
—Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez,que esta vajilla con ser de tierra no es menos curiosa que la de plata.
El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona, y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa en que debía sentarse el Marqués del Valle.
Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.
—Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.—Todos los caballeros que hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas del palacio.
Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y casi al instante fuéentrando al comedor el emperador Moctezuma, los reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los reyes y nobleza mexicana.
Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió un grito diciendo: «¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras Señorías!»
Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las conversaciones no tuvieron freno.
—No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.
—Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.
—¿Todos son de los nuestros?—preguntó D. Luis de Castilla.
Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la familia del Marqués.
—¿Por fin se ha convenido en algún plan?—interrogó Nuño de Chávez.
—Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de México.
Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:—Es todo una chanza, un juego, una diversión de mis amigos....
—Veamos el plan, dijeron varios.
—Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que aquí va á decirse.
Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su espada.
Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á hablar:
—Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas veneran la memoria del conquistadory aman al Marqués; la juventud y la nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la dependencia de España? Hagámonosseñores de la tierraque nuestros padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes, oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos. ¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!
Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón, y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con estrepitosos aplausos.
—Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.—Se está construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los oidores, y matándolos echaremos sus cadáveresal canal ó á la plaza. Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D. Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.
Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus frentes ya ardorosas por el licor.
—¿Tendremos miedo?—preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con los convidados.
La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y retirados del centro de la ciudad?
El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabezadel Marqués, diciéndole:¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra Señoría!
—Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la cabeza, la llenó de vino y bebió.
—A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.
El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y formaron una rica y costosaEncamisadarecorriendo y alborotando la ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose conalcancías, que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.
De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué, un ligero calosfrío.
Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una encomienda.
Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores, que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia, que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el mercado y la Universidad.
—Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas, despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.
—Todos los fieles vasallos de S. M. hemospresenciado el escándalo de los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente somos impotentes y estamos odiados.
—No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.
—Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así, y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de Villanueva.
—Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero repetimos, ¿cómo hacerlo?
—Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo contrario, un día ú otro seremos asesinados.
—Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.
—Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.
—Lo sabemos.
—Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.
—Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta audacia.
—Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.
—¿Teneis gente dispuesta?—preguntó Villalobos.
—Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del Marqués: no nos faltarán.
—Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo mucho.
Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la celada que se le tendía,ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.
Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.
Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:—Mandad lo que deba hacerse.
El doctor Ceynos se volvió resueltamente al Marqués, y le dijo con voz amenazadora: «Dáos preso por el Rey.»
—¿Por qué tengo de ser preso?—contestó D. Martín levantándose de su asiento y mirando á las puertas.
—Por traidor á S. M., replicó Ceynos.
—¡Mentís!—interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano á su estoque;—yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.
Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y fiera en el Marqués, é hizo seña á los soldados que se acercasen.
El Marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte, entregó sus armas. Un momento, dijo, y estoy á vuestras órdenes. Retiróse á un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una plegaria. Fué la promesa que hizo, si escapaba con vida,de dar de comer á un número de presos ese mismo día de cada año. El Marqués fué llevado á una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por Ceynos.
A la misma hora fueron aprehendidos D. Martín y D. Luis Cortés y todos los convidados alegres á quienes hemos conocido en el magnífico comedor de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal, el Deán Chico de Molina, que fué reducido á una estrecha prisión en la Torre del Arzobispado.