Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo, Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir, chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la inocencia, canturrea melancólicamente la tonada:En un fresco valle.Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña, de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.
—¿Qué pasa?—dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.
—¡Ha pasado por la prueba!—responde Gertrudis lanzándose a su cuello.
—¿Qué prueba?
—Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.
Martín interroga con una mirada a su hermano.
—¡Oh, nada!—dice éste con tímida sonrisa.—Era una broma... Nos bombardeábamos.
—Está bien, hijos míos, bombardeaos;—dice Martín, que continúa fumando en silencio.
Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de juegos con una mirada maliciosa y provocativa.
«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a su mujer...
Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas y silenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.
En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el césped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al escondite detrás de los montones de heno y de los setos.
Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la mirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría la calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sería un crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todo son unos niños.
Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice: «Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro en el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y cuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, sus voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.
Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van a entregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los pámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento... ¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero las tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de sus voces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se tocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestos en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oído cuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.
Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientras están cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, en seguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miran sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la canción queda inconclusa.
Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de común acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.
En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólo pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.
Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de música, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que más le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Las desesperaciones de amor, los cantos fúnebres, se alternan allí con las consideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona todo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento de sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de las poesías alemanas.
Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. En cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:
—Ve a buscar las canciones.
Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad les recorre el cuerpo.
He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña:
El conde Orsinski a su amada
En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón,Transformadas en dulce armonía,Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.
Y esta antigua romanza popular:
Enrique descansaba junto a su reciente esposa,Rica heredera de las orillas del Rin...Suena la media-noche, y a través de la cortina,Pasa de pronto una mano blanca y delicada:¿A quién vio? A su Guillermina,Que se erguía ante él envuelta en un sudario.
Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo tiempo, un delicioso éxtasis.
Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada:La bella molinera.
—¿Dónde has encontrado esto?—pregunta Gertrudis, impresionada por el título.
—Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
—¡Lee, lee, pronto!—exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
—Es demasiado triste—dice cerrando el libro.—Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
—Ven esta tarde conmigo a la presa—dice;—tengo que hacer allá. Nadie nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección aldespacho. Gertrudis hace una señal con la cabeza. Se entienden a maravilla.
Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas. Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado profundas para ser transparentes.
Se acercan en silencio a la presa.
En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran trabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño, durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas para dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentren obstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todas las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el torbellino de las aguas.
Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta la palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que durante todo ese tiempo ha estado contemplándolo sin decir nada, se lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una orilla a otra, a algunos pasos de ella.
—Vas a sentir vértigo, Gertrudis—dice Juan echando una mirada inquieta a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en la corriente.
Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada allí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno. Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que se lee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; y cuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gran suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una historia. Juan comienza.
Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.
Los viajes son la pasión del molinero...
Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con el pie en los montantes de la esclusa.
He oído murmurar un riachuelo...
Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue:
He visto brillar el techo de un molino...
En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.
¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?
En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone seria.
¡Que no tenga mil brazos para golpear!
Gertrudis hace leves signos de impaciencia.
No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...
Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.
Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...
Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la lectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta este grito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo, el ruido de las ruedas.
¡La hermosa molinera es mía!
Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede suceder?»
Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador. Gertrudis experimenta inquietud.
—¿Qué viene a hacer ese aquí?—murmura dando con el puño en la viga.
El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:
Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo,Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...
Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya bien!
Y después:
Florecillas que me dio ella,Que os pongan a todas en mi tumba.
Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero, pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:
¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena...Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?
Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo, y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle: «¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas extrañas palabras decámara de cristal azul? ¿Por qué es preciso que duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la orilla, sino en el fondo.
Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:
—¡Basta! ¡basta!
—Gertrudis, ¿qué tienes?
Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia atrás.
Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para recibirla en sus brazos.
—¡Por el amor de Dios, Gertrudis!—dice con la voz trémula, respirando con esfuerzo.
Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.
Al día siguiente dice Gertrudis:
—Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigo al agua.
—Ya habías perdido el equilibrio—dice él.
Y se estremece al recordar el terrible instante.
Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.
—Entonces habría concluido para siempre—dice la joven con un profundo suspiro.
Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.
Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona, hacer más que decir amén a todas sus locuras.
Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro, como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él, triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.
David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por la claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas incomprensibles.
Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
—Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro—murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
—¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?—dice Juan riendo.
—Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
—¿Adónde vais?—pregunta Martín alzando los ojos del libro.
—Una gallina está poniendo fuera del gallinero;—dice vivamente Gertrudis.—Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los trastos viejos.
Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría; cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan, sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.
La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo, que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas, que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.
Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho. Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como «veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».
Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir: «¡Qué aguafiestas!»
Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de alegría, que saborean en secreto.
El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está desierto.
—Voy a despedir también a las criadas—dice Gertrudis a Juan.—Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna cosa.
—¿Qué cosa?
—Ya encontraremos—dice ella riendo; se dirige a la cocina.
Al cabo de media hora reaparece:
—Ya se han marchado. Ahora estamos libres.
Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.
—Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo pasado—dijo Gertrudis suspirando.
Y, después de un momento:
—Escucha, Juan.
—¿Qué?
—¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?
—¿Por qué?
—Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...
Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.
—Contigo, es otra cosa—continúa.—Tú eres un buen muchacho, que no dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta... Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a una por la cabeza.
Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.
—¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?—pregunta Juan.
Ella se pone colorada y se levanta vivamente.
—¿A que no me pillas?—grita parapetándose detrás de la mesa.
Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.
—¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos ocurra alguna idea.
Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del mediodía lanza sus rayos ardientes.
—Abre el molino—dice Gertrudis.—Allí hace fresco.
El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra de la sala, donde reina el silencio del domingo.
—Sola, tendría miedo aquí—dice, volviéndose hacia él y mostrando con el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso en medio de la semiobscuridad.
La joven aparta los dedos y tiembla.
—¿Nunca te ha dicho nada?—susurra al cabo de un instante inclinándose hacia su oído.
El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría; respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.
Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.
El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito; Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no hay peligro, entonces todo está inmóvil.
Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y, echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una llavecita atada a un cordón de negro.
—¿Qué es esto?—pregunta en voz baja.
Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como interrogándola.
Ella hace un signo con la cabeza.
—¡Colócala en su sitio!—exclama él asustado.
La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal que brilla.
—Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí—murmura.
—¡Colócala en su sitio!—exclama él, una vez más.
La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.
—¡Esto es lo que podíamos hacer!...
Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y trata de leer en su rostro lo que piensa.
El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el presentimiento de que van a cometer una falta.
—La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.
El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!
—Y además, ¿qué mal hay en eso?—continúa la joven.—¿Por qué es él tan misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos parientes, en el mundo?
—Por eso precisamente no deberíamos engañarle.
La joven golpea la tierra con el pie.
—¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!
Y en tono enfurruñado añade:
—Vaya, no hablemos más.
Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:
—¡Qué diablo! no es la misma.
Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido, mete la llave en el ojo.
—¡Pues entra!...
Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.
—Hazla girar—dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.
Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!
—Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura—dice la joven riendo.—Tú no tienes necesidad de ver nada.
Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de luz ofuscadora.
En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante, con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida; después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.
¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las pasiones: unaHistoria de los accesos de cólera y de sus terribles consecuencias, unTratado del dominio sobre sí mismo, y una obra de Kant,El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos. Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al lado de novelas lúgubres, comoEl fin trágico de toda una familia en Elsterwerda, se encuentran:La novia de Messina, de Schiller, yJulio de Tarento, de Leisewitz.
También la teología está representada por cierto número de pequeños tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las experiencias y los pensamientos personales de Martín.
Juan deja caer las manos.
—¡Pobre, pobre hermano!—murmura, suspirando, con el corazón entristecido.
Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz baja y ansiosa:
—¿Qué significa eso?
En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras:¡Piensa en Fritz!
Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las manos y llora amargamente.
Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo es inútil, se deshace también en lágrimas.
Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared; ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.
Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.
Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.
—Ven—dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.
Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.
—Guarda primero la llave—dice él.
Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los persiguiesen.
Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros tiempos.
Se han convertido en cómplices.
¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho! Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos abiertamente.
Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea, tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.
Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños» han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.
A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho Gertrudis se arma de valor y dice:
—Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo. Dejemos dormir esa tonta historia.
—¡Si fuera tan fácil hacer como decir!—exclama él con expresión melancólica.
Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.
—En realidad es muy fácil.
Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots criminales.
No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.
Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está como embriagada; desaparece bajo las flores.
Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a abrirse.
Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.
En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.
Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en casa; pero Juan, Juan debería ir...
Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza. Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho calor; ha trabajado rudamente.
Algunos minutos después se levanta:
—Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.
—¿Adónde vas?
—Voy al río. ¿Vienes?
—Sí.
Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.
—Hoy van a bailar allá, en la aldea—dice.
—¿Querrías ir tú también, gatita?
Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.
—«Pero, como no puedo, me quedo en casa»—murmura él.
—¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?—dice ella afectando cierto despecho;—acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador, que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía? Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera existido.
—¿Qué edad tenías entonces?
Ella vacila un instante, y responde a media voz:
—Catorce años y medio.
—¡Ah! entonces...—dice él riendo.
—Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella época—replica ella vivamente.—No habrías comprometido tu dignidad haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.
—¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los tiradores.
—¿De veras?—pregunta ella con los ojos brillantes.
—Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores; necesariamente ha de ir allá.
Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:
—Pero no tengo zapatos de baile.
—Mándalos hacer.
—¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!
—Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará que me des la medida.
—Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...
Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:
—¡Atrápame!
Y huye como el viento.
Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla. Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas: la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente. Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.
Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente. El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría corriente.
—¡No había pensado en ello, Juan!—balbucea la joven implorando su perdón con los ojos.
Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo peligro, se apodera de él.
—¡Espera! ¡espera!—exclama, abriendo los brazos;—te pillaré de todos modos.
Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa el río como un puente.
—¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!
El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.
—¡Corre!—dice, lanzando un grito de alegría salvaje.
Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos, respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?
La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de Juan.
—No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo en adelante.
Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su pecho.
—Quiero volver a casa—dice Gertrudis, paseando su vista en derredor, con expresión inquieta.
Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.
Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la rosa que ha recogido.
—Huele bien—dice en tono inocente.
Ella dice que sí.
—¿Te gustan las rosas?—continúa él.
La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su mirada.
—Oye—agrega él vivamente.—¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?
Ella no responde.
—¿Porque no las merezco?
—Me lo ha prohibido él—balbucea Gertrudis.
—¡Ah! eso es otra cosa—dice Juan, desconcertado.
La conversación termina de pronto.
En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos: tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se dirige apresuradamente a la cocina.
Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.
Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado descienden lentamente sobre el suelo.
Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.
De pronto, Gertrudis se levanta.
—¿Adónde vas?—pregunta Martín.
—Al huerto—responde ella.
Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la buhardilla.
Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.
De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.
—¿Iríais de buena gana, eh?
Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una aquiescencia.
—Bueno, vamos.
Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan con vacilación; después dice meneando la cabeza.
—No tengo ganas.
—¿Qué es eso?—exclama Martín completamente atónito.—¿Desde cuándo no tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?
Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven se levanta, dice buenas noches y desaparece.
Un momento después los dos hermanos se separan.
Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen; a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.
Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el horizonte.
Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas; y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él, mudo y apasionado.
Permanece así un segundo... y desaparece.
¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.
Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto ejercerán sobre él los perfumes?
Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en las flores.
¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia! Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...
De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe en medio del cuarto.
A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.
Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos temblorosas.
No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile, para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»
La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.
Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y, cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:
—Escucha, he hecho una mala acción.
—¿Cuál?
—He roto tu vaso.
—¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?
—¿Qué quieres que sea?
—Creía que lo habías hecho a propósito—replica ella, muy indiferente en apariencia.
El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como diciendo: ¡Tenía razón, pues!
Pasan los días. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son más frías que antes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tono alegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos.
«Ha tomado a mal que la besase», se dice Juan, sin darse cuenta que él también ha cambiado.
—¿Qué es lo que tenéis, muchachos?—dice una tarde Martín, gruñendo.—¿Os duele acaso la garganta, que ya no cantáis?
Los dos guardan silencio por un instante; después, Gertrudis, medio vuelta hacia Juan, le pregunta:
—¿Quieres?
El hace una seña afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree que no responde.
—Ya lo ves, no quiere—dice, dirigiéndose a Martín.
—¿Que no quiero?—exclama el otro riendo.
—¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?—replica ella, tratando de ponerse en armonía con su alegre tono.
Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección al palomar.
—¡Qué vamos a cantar?—pregunta.
—«¡Ay! ¿cómo es posible eso?...»—propone Juan.
Ella menea la cabeza.
—Nada que hable de amor—dice con sequedad.—¡Es siempre tan estúpido!
El le dirige una mirada sorprendida.
Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza. Ataca vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas en el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tan bien.
Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares que no sean de amor.
Al fin, ella se decide:
Bello rosal florido,Cuando veo a mi amor...
comienza con una especie de grito de alegría.
El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.
Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de sus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan llevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como si un dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.
Puesto que no se puede expresar todo,Puesto que el amor es infinito,Puedes preguntar a mis ojosCuánto te quiere mi corazón...
¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?
¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudiese los miembros?
No pasa una sola hora de la nocheQue no se despierte mi corazón;Que no piense en ti,Que no piense que me has dado mil veces tu corazón...
¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan sus voces! ¡parece que quisieran besarse!
En la orilla del torrente crecen los sauces,En los valles se extiende la nieve;Querida niña, tenemos que separarnos...Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte...La separación, amada mía, es cruel...
Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza, las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto se adivina en los sonidos que se escapan de sus labios.
El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; pero sus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólica canción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en lo alto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la primera estrofa y comienzan la segunda:
Abajo, en aquel valle,El agua hace girar una ruedaQue no muele más que el amor,Toda la noche y todo el día.La rueda del molino se ha roto...
En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con la frente apoyada en la pared solloza desesperadamente.
Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos y murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez con más violencia.
Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que está pálido como un muerto, y le dice:
—¿Qué tienes?
Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y, como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado en lágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de calmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cada palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.
La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y, como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada por los sollozos:
La rueda del molino se ha roto...
—No, hija mía, no se ha roto—dice Martín, cuyos ojos se llenan de lágrimas.—No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientras nosotros vivamos.
Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante una visión.
—¿De dónde has sacado esa idea?—continúa el marido.—¿Acaso no estás tan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿No vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la mañana hasta la noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir? ¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...
Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.
No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto de espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la entrada del emparrado:
—¿Por qué cantabais cosas tan tristes?—le dice en tono rudo.—Yo mismo me sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es más que una mujer.
Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...» Después se levanta, murmura casi sin mover los labios un «buenas noches» apenas perceptible, y entra en la casa.
Martín la sigue.
Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavía levantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarse de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse precipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.
De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta. Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, por qué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para romperlo por segunda vez... No es más que un impulso de tortura infernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor, una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente, como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece obscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar. Le parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde ha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco, gime dulcemente.
De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano repercuten en el vestíbulo.
Se pone en pie de un salto, y se sienta.
La figura de Martín aparece en el emparrado.
—¡Hermano! ¡hermano!—exclama Juan.
—¿Estás ahí, muchacho?—y se deja caer sobre el banco con un suspiro ruidoso.—Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar; ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejado estar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muy desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil, como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más que reflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque no tiene... ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso. Sin embargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no quería causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que una chiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien los deberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!
Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan guarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querría demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse de su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde el fondo del corazón:
—¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!
—¿Por qué no?—balbucea el otro.
Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con la frente pensativa, y después, con expresión contrariada:
—Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.
Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a nadie, y a Martín lo menos posible.
Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor del molino de Felshammer.
El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.
La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas. Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía apacible que es propia de los convalecientes.
Tiende la mano a Juan con una sonrisa.
—¿Cómo estás?—pregunta él dulcemente.
—Bien, como ves—responde ella mostrando la tela blanca.—Ya estoy pensando en el baile.
—¿Qué baile?—pregunta él con admiración.
—¡Qué poca memoria tienes!—dice ella tratando de bromear.—El domingo próximo es la fiesta de los tiradores.
—¡Ah!... sí, es verdad.
—¿No te alegra la idea de bailar conmigo?
—Sí.
—¿Mucho?... Di, ¿mucho?
—Mucho.
Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arrugan los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y tenue.
Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candor infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile, evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro tiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la bienvenida.
El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa indulgente el parloteo de Gertrudis.
Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir. Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestido de seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no había podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitido dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente casi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántos locos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero ¿qué remedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!
Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versa sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer siempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos y sobre los sucesos de esa época feliz.
Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus bodas.
Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que, como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por completo en esas horas de fiesta.
Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los címbalos mezclan sus gruñidos sordos.
La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle; a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los dos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honor aunque la corporación hubiera tenido que disolverse!
El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradas serias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres? Entonces no son para él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago de alegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la espada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujer de su hermano.
La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, que camina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por qué mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavía con la espada.
El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A vuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que parece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud de tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente el mugido del agua.
—¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!—dice Juan.
Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de barracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.
Los parientes de los tiradores sólo pueden penetrar en ese sitio a la tarde, después de haber sido proclamado el rey de la fiesta.
Las horas, pasan y las detonaciones resuenan monótonas en la linde del bosque. Como a mediodía le llega el turno a Juan. Tira... y marra el blanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en la carabina... «Flores que dan la suerte», había dicho ella; y Martín, que estaba presente, se había sonreído como se sonríe uno ante una tontería.
Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entra en el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde sólo el eco de los disparos rueda dulcemente por el aire.
Se deja caer sobre el césped y dirige sus miradas a los pinos, cuyas finas agujas, bajo el sol del mediodía, lanzan reflejos como cuchillitos aguzados.
Entonces cierra los ojos y sueña. ¡El mundo entero le es indiferente!... ¡Qué lejos está su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujer y la pasión no han hecho en ella ningún papel, y, sin embargo, ¡qué rica y brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo un abismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas.
Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anuncia la elección del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegará Gertrudis...
Le dicen que la dignidad real ha recaído en su amigo Franz. Escucha eso como en un sueño... ¿Qué le importa? Sus miradas se dirigen sin cesar hacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres, vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje.
—¿Buscas a Gertrudis?—pregunta de improviso detrás de él la voz de Martín.
Se estremece, violentamente sacado de su ensueño.
—¿Pero qué tienes, muchacho? ¿Acaso te duele haber marrado el tiro, a estás durmiendo en pleno día?...
Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente, porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo ha sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja en su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta! El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de la cabeza un mechón de cabellos hirsutos.
—¡Mírala! ¡mírala!—exclama de repente agitando su sombrero.
Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de los Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas. En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los lados con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujer del rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.
—¡Mírala que guapa está!—dice Martín tirando a Juan de la manga.
En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo los modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con una mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta de su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.
Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra, sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.
Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a hablar, pero la voz le falta.
—¡Calma, muchacha, calma!—dice Martín, acariciando sus cabellos que caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.
Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.
¡Qué hermosa es!
Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de su cuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en el nacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre los cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondo y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza inaccesible...mujeryreinaa la vez. Y esas dos ideas, demujery dereina, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y de melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía, deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a lamujerpor delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.
¡Qué hermosa es! ¿Cómola mujerpuede ser tan hermosa?
Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras confusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile en los que sus pies no querían entrar...
—Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no es verdad?
Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda y celestes.
—Parecen muy estrechos—dice Martín meneando la cabeza con expresión inquieta.
—Lo son, en efecto—responde ella con una sonrisa.—Las puntas de los pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor, ¿no es verdad, Juan?
Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueños desvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que la lleven a su tienda.
Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendas especiales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigo para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañana siguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma la construcción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de Felshammer es la más bella de todas.