Nota breve: en aquella época, el matrimonio civil no existía aún.
Por mí, yo podría haberme estado así siglos enteros, dando vueltas alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el viejo se deslizó dentro de la pieza con la agilidad de un hurón, gritando: «¡Vamos! ¡el pastor está esperando!...» me enfurruñé, como si eso hubiera contrariado mis intenciones.
Ofrezco el brazo a Yolanda... Ábrense de par en par las puertas.
¡Caras! ¡caras! ¡nada más que caras, pegadas unas a las otras, que me miran irónicamente como diciéndome: «¡Hanckel, te estás poniendo en ridículo!» Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio; y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que allí reina. Llegamos al altar que el viejo había fabricado artísticamente con un gran cajón cubierto por un paño rojo. Encima, hay una verdadera exposición de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se tratara de un entierro.
El buen viejo del pastor está delante de nosotros; adopta la expresión que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a comenzar sus juegos.
Ante todo, un cántico... después, la plática. Maldito si oigo una palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: «Ella va a decirno. Ella va a decirno...»
Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a decirno.
Señores, ella dijosí... Respiré entonces como un malhechor que acaba de oír su absolución.
Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bienno?»
Después de la bendición vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no hacía más que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metódico: gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Sentía un verdadero agradecimiento para todos esos imbéciles, que se acercaban a congratularme solícitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena comilona.
Faltaba uno todavía: Lotario.
Llegó entre los últimos, con la tez verdosa, la expresión hambrienta o fastidiada. Lo agarro del brazo:
—Aquí lo tienes, Yolanda—digo a ésta.—Es Lotario Pütz, hijo único de Pütz, hijo mío, casi. Dale la mano, llámale Lotario.
Y al ver que ella vacilaba, tomé sus cinco dedos y los puse entre los de Lotario. Entretanto, pensaba: «¡Qué suerte que él esté aquí!... Nos ha de ayudar más de una vez a salvar las situaciones difíciles.»
No se sonrían, señores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a ir formándose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos dos jóvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya verán.
Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de plata, un cúmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvió ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estómago. El Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me sirvieran otra.
«Tengo que ser galante con ella... cariñoso... las conveniencias lo exigen...» me decía, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la sentía temblar. «Es de hambre»; pensé. Yo también; no había comido nada todavía.
Se había puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tenía por delante, al que el tiempo había arrugado la superficie como la piel de una vieja. Su perfil... ¡Dios mío! ¡qué hermoso era ese perfil!... Y era mío... ¡Qué locura!
Bebí un gran vaso de un vino rubio, claro, que cayó gorgoteando dentro de mi estómago vacío. «De esta manera no voy a llegar nunca al grado de ternura que quiero», me dije, buscando inútilmente el Jerez con los ojos.
Entonces me sacudí:
—Come, pues, alguna cosa—le dije.
Y me sentí en la gloria por haber pronunciado esa frase.
Ella se inclinó y se introdujo la cuchara en la boca...
Después de la sopa trajeron el pescado... un salmón, si no me engaño... linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limón y alcaparras... muy delicada, en resumen. Después vino un plato de cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestión de gustos.
—Come, pues, alguna cosa—repetí a Yolanda, haciendo un corazón con los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un cumplimiento.
Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me había bebido ya dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un odre.
Traté de observar a Lotario, que había heredado de su padre un olfato especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la mesa, entre las jóvenes.
Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta descubrí un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el viejo había escondido detrás de una cortina... Substraje dos sutilmente, y, sin más demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, señores; pero, en fin, llegaba.
Después del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareció excelente... En ese momento, señores, fue cuando empezó a desprenderse del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una especie de niebla.
Entretanto, yo me había puesto ya muy galante, y barajaba los cumplimientos que era un gusto. Sí, le hacía la corte a mi novia; la llamaba «encantadora hada graciosa»; contaba aventuras de caza picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qué un hombre debe soltar siempre el cascarón antes de casarse... En una palabra, señores, estaba irresistible...
Pero la niebla bajaba cada vez más densa. Eso se ve a menudo en las montañas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que desaparecen; después las crestas y las colinas, unas tras otras...
Allí, las bujías de los candelabros fueron las primeras que se rodearon de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco iris; en seguida, todo lo que parloteaba y comía detrás de los candelabros se borró también a mis ojos.
De tiempo en tiempo veía relucir lo blanco de una pechera o el extremo de un brazo desnudo, en medio de unaobscuridad purpurina, como diría Schiller.
¡Ah, sí! ¡es cierto! Una cosa más me llamó la atención. Era mi suegro, corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las manos; se detenía junto a los que tenían la copa vacía, completamente vacía, y les decía con insistencia:
—¡Pero beba, pues! ¿Por qué no bebe?
Cuando llegó junto a mí, le pellizqué la pierna y le dije:
—¡Viejo farsante! ¡a esto es a lo que llamas hacer correr el champaña a mares!
Como ustedes ven, señores, la cosa iba poniéndose seria.
Y, de pronto, siento que mi corazón se ensancha... Es necesario que hable; sí, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un poseído.
—¡Por el amor de Dios, cállate!—me susurra mi novia... quiero decir, mi mujer.
Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar.
Después me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son exactas, fue esto, poco más o menos:
«Señoras y señores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la juventud, yo le replicaría que eso es una mentira infame... En mí puede verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un ángel... y yo, yo tengo un corazón amante... ¡sí! ¡un corazón amante es el que late aquí debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que venga... que yo le abriré mi pecho»...
Al llegar a este punto las lágrimas ahogaron mis palabras, y me asaltó una aflicción tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente, fuera de la sala...
Al despertarme me encontré sobre un canapé demasiado corto para mi talla. Estaba sepultado bajo una montaña de capuchas, de esclavinas y de chales de lana. Tenía el pescuezo torcido y las piernas acalambradas.
Eché una mirada a mi alrededor... Una bujía solitaria ardía sobre una consola, en la que se veían cepillos, peines, alfileres para los cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... ¡Ah! aquel era el tocador de las damas.
Y poco a poco fui comprendiendo lo que había pasado.
Consulté mi reloj: eran cerca de las dos... Oía a la distancia los sonidos de un piano y el rítmico rozar de los danzantes... ¡Mis bodas!
Me alisé el pelo, me ajusté la corbata, y, francamente, mi más grande satisfacción habría sido irme a tenderme en mi vieja cama y subirme la cobija hasta las orejas, en lugar de... ¡Brrr!
En fin, ¿qué hacer? Me dirigí, pues, a los salones. No me sentía abochornado en lo más mínimo, demasiado atontado y amodorrado, como estaba aún, para darme cuenta exacta de mi situación.
Al principio, nadie notó mi presencia; porque, en las salas reservadas para los hombres, el humo de los cigarros era tan compacto que a tres pasos no se distinguían sino bultos confusos... Se jugaba fuerte. Mi suegro saqueaba a sus huéspedes tan concienzudamente que, si hubiera tenido tres hijas más que casar, se habría hecho millonario. A eso llamaba él «resarcirse de los gastos de la boda».
Eché una ojeada al salón de baile.
Las madres luchaban contra el sueño; los jóvenes giraban mecánicamente, y el machacador no entreabría los ojos sino cuando había encajado un acorde fuera de su sitio... Mi hermana tenía un vaso de limonada sobre la falda y contemplaba las pepitas del limón... Era un cuadro lastimoso.
De Yolanda, ni la menor huella.
Volví a las mesas de juego y golpeé el hombro al viejo. En esos momentos estaba metiéndose a manos llenas en los bolsillos el dinero que acababa de ganar.
—¡Ah! ¡eres tú, borrachón!
—¿Dónde está Yolanda?
—¿Qué sé yo? Búscala.
Y se pone a jugar otra vez. Los demás hombres estaban incómodos, pero trataban de no hacerlo ver:
—Siéntese, pues, joven esposo—me dicen.
Me apresuré a alejarme, porque me conocía; si hubiera contestado, habría sucedido allí una desgracia.
Tomando por caminos extraviados, evité el salón de baile. No me sentía con valor para afrontar las miradas de las madres.
En el corredor humeaba una lámpara de cocina; y salía de allí un ruido de vajilla y risotadas de criadas...
¡Puf!
Llamé a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondió. Repetí el llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro.
¿Y qué es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre, mi mujer en traje de viaje (¡ya!), y las dos llorando a lágrima viva.
¡Ah, señores! no me sentí orgulloso.
Habría querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar «¡A la estación!» Tomar el primer tren y huir a América, a cualquier parte, allá donde se refugian los cajeros infieles y los hijos pródigos.
Pero era imposible.
—¡Yolanda!—dije en tono humilde y contrito.
Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre, que extiende los brazos como para protegerla.
—Yo no quiero hacerte daño, Yolanda—digo.—Lo único que quiero es pedirte perdón por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti.
Silencio prolongado. No se oyen más que suspiros.
Entonces la madre le dice:
—Tiene razón, hija mía; levántate. Es hora de partir.
Yolanda se alza lentamente, con las mejillas húmedas, los ojos enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos.
—Dale la mano a tu marido. No hay más remedio.
Perfectamente amable ese «no hay más remedio».
Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios.
—¿Ha visto a mi marido, Jorge?...—pregunta mi suegra.
Respondo que sí.
—¿Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de él?
Vuelvo a la sala del juego.
—Oye, suegro.
—Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno...
—Suegro...
—¡Treinta y tres!... ¿Qué quieres?
—Queríamos despedirnos...
—Buen viaje. Que sean felices. ¡Treinta y seis!
—¿No quieres que Yolanda?...
—¡Treinta y nueve! ¡gané!... ¡Vengan los monacos!... ¿Quién quiere jugar conmigo todavía? ¿Tú, Jorge? ¡Vamos de una vez!
Entonces me fui.
Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa, ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos azotaban el rostro.
Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega ruidosamente, y detrás de él los criados, a quienes ha dado el alerta, con lámparas y bujías.
Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos.
—Hija querida, si la bendición de un padre que te ama profundamente...
Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y salta dentro del coche.
Yo, detrás de ella... ¡En marcha!...
Estamos en marcha, pues. Las luces del patio vacilan un instante todavía con el viento, y luego la noche es negra, completa.
¡Ah señores, qué viaje!
Las ruedas cortaban los aguazales... sis... sis... sis... y la tempestad gruñía... hu... hu... hu... y las gotas de lluvia tamborileaban sobre el landó... taratatá... taratatá...
Y yo me preguntaba: «¿Por dónde voy a empezar?»
De ella, yo no veía, no oía, no sentía nada... Me parecía estar completamente solo en aquella obscuridad.
Solamente cuando cruzábamos el bosque y la luz de los faroles del carruaje, al reflejarse sobre los troncos húmedos de los árboles, enviaba cierta claridad al interior, pude distinguirla acurrucada, hundida, en el rincón opuesto al mío; se habría dicho que trataba de romper el obstáculo para tirarse a la carretera.
¡Dios mío! ¡Pobre criatura! Acababa de abandonar todo lo que hasta entonces había sido su universo, su vida... Y su porvenir era un viejo, que, hacía apenas una hora, estaba ebrio.
¡Voto a!... ¡y qué vergüenza tenía yo!
Sin embargo, es necesario que le hable:
—Yolanda...
No me responde.
—¿Me tienes miedo?
—Sí.
—¿Quieres darme la mano?
—Sí.
—¿Dónde está?
—Aquí.
Siento una cosa blanca que me roza suavemente. Me apodero de ella, la tomo, la aprieto.
¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!
Y de repente, me siento presa... de un «santo ardor» diría, si quisiera ser patético... En fin, en medio de mi aflicción, encuentro palabras hermosas, cálidas, para tranquilizarla.
—Mira, Yolanda—le digo;—tú eres ahora mi mujer. Lo que está hecho, está hecho, y tú misma lo has querido así. Pero no temas que llegue a importunarte yo con mis muecas amorosas o con mis exigencias. Tú tienes en mí un amigo verdadero, un amigopaternal, si esta palabra te inspira más confianza... porque no pienso disimular que tengo muchos más años que tú. Si estás afligida y sientes la necesidad de llorar, échate en mis brazos; en ninguna otra parte podrás descansar más tranquilamente. Refúgiate siempre en mí... aun cuando te figures que yo soy el enemigo contra el cual necesitas protección.
Estaba bien dicho, ¿no es cierto? Era porque la piedad y el buen deseo me inspiraban.
—¡Qué pobre diablo era yo! ¡Como si un poco de juventud no valiera mil veces más que la piedad más tierna!
Pero el efecto de mis palabras fue tan violento e inesperado que llegué a asustarme. De repente ella sale de su rincón y me besa locamente a través de su velo, murmurando entre sollozos:
—¡Perdóname, perdóname, querido, querido amigo!
La escena del cenador vuelve de improviso a mis ojos, recuerdo haberme sentido desconcertado entonces por una frase análoga.
—Pero ¿qué es—digo,—qué es lo que tengo que perdonarte?
Ella no responde, se acurruca otra vez en su rincón y ya no vuelve a despegar los labios... La lluvia ha cesado, pero el viento ruge por entre las junturas de la portezuela; de pronto, un relámpago... e instantáneamente un retumbo. Los caballos dan un salto hacia la zanja. Grito:
—¡Firmes las riendas, Juan!
Naturalmente, él no me oye; pero los caballos no se mueven ya, porque los puños de Juan son de hierro. Nunca he tenido un cochero mejor... El cañonazo no había sido más que una señal; luego, la cosa es por todas partes, a la derecha, a la izquierda; no se ven más que techos incendiados, haces de fuego, torres chispeantes, y el parque se ilumina con una hermosa claridad verde... En una palabra, mi viejo Ilgenstein se ha convertido en un verdadero castillo encantado.
Me estremezco de alegría al pensar que voy a mostrar a Yolanda su nueva morada bajo una gloria semejante. Y esta alegría se la debo a Lotario, a mi querido muchacho... Tal vez le debo más todavía, por que la primera impresión decide a veces de toda una existencia... ella se ha inclinado hacia la ventanilla, y, al resplandor de los fuegos, veo sus ojos animados por una curiosidad ávida, ansiosa.
—Todo esto es tuyo, hija mía—digo, buscando su mano.
Ella no me escucha; parece enteramente absorta en la belleza del espectáculo.
Y en cuando llegamos al patio de entrada, una batahola ensordecedora se alza a nuestro alrededor; gritos, detonaciones, tambores y trompetas. A derecha, a izquierda, antorchas, hachones; y vemos rostros ennegrecidos por el humo, con ojos brillantes y bocas abiertas.
—¡Hurra! ¡Viva el señor barón! ¡viva la señora baronesa! ¡Hurra!
—¡Y un pataleo! ¡y una de gorras al aire!... Los bandidos se han vuelto locos.
Entonces, pienso: «Ella verá, por lo menos, que no se ha casado con un hombre malo. Puesto que mis gentes me quieren...» Y, dispuesto a la emoción, como está uno siempre en circunstancias así, las lágrimas asoman a mis ojos.
Cuando el carruaje se detiene, reconozco a Lotario en el grupo que forman los administradores del dominio. Salto y lo estrecho entre mis brazos:
—¡Hijo mío! ¡mi querido hijo!
Habría querido besarle las manos, en mi agradecimiento.
Al hacer bajar a mi mujer del landó, veo al idiota del administrador en jefe que se apronta para echarnos un discurso sobre la lluvia y el viento.
—¡En nombre del cielo, Baumann, lo disculpo!—le digo.
Y llevo derechamente a la casa a mi joven esposa.
Allí nos esperaban los criados, con el ama de llaves a la cabeza. Hacen sus reverencias y se ríen solapadamente; pero Yolanda avanza, con los ojos fijos, por en medio de ellos.
Entonces me asalta el miedo al pensar en lo que va a pasar.
«No debería haber dejado que mi hermana se fuese», me digo; y, dirigiendo a mi alrededor miradas desconsoladas, descubro a Lotario en la puerta, en vías de irse. Corro a él, le tomo las manos y le digo:
—No hay que escabullirse ahora. Después de toda esta agitación, vamos a beber juntos alguna cosa caliente. Consientes, ¿no es verdad?
Se pone color de púrpura, pero lo llevo adonde está Yolanda, a quien están sacándole el sombrero y la capa.
—Ruégale tú también que se quede—le digo; merece bien una taza de te.
—Se lo ruego—murmura ella sin levantar los ojos.
El hace un saludo correcto y se retuerce el bigote.
Después llevo a Yolanda al comedor, a través de los aposentos brillantemente iluminados. No mira a ninguna parte, y parece no ver todos los esplendores que se han preparado para ella. Dos o tres veces vacila y se apoya fuertemente en mi brazo, y otras tantas veces me doy vuelta yo para ver si, por lo menos, está allí Lotario todavía.
¡Alabado sea Dios!... está ahí todavía.
En el comedor bulle el samovar, de acuerdo con las órdenes que di a mi hermana antes de su partida.
«Si la mandara buscar—me dije,—un coche al galope a Krakowitz, otro a Gorowen, y estaría aquí dentro de una hora.»
Pero no; viejo imbécil como soy, tendría vergüenza de confesar mi turbación... Y además, ¿no tengo aquí a Lotario, al que puedo recurrir en mi aflicción?...
Gracias a Dios, está ahí todavía.
—Siéntense, muchachos—digo, mientras me esfuerzo por adoptar un tono desenvuelto.
Señores, me parece que estoy allí todavía; el mantel blanco, con la fina porcelana de Sajonia y la vieja vajilla de plata; arriba de nuestras cabezas, la araña de cobre; y bajo su luz viva, a mi derecha,ella, pálida, rígida, con ojos entornados de sonámbula; a mi izquierda,él, con sus cabellos negros y espesos, sus mejillas morenas, su arruga sombría en la frente y sus miradas fijas en el mantel... Y, como se me ocurre la idea de que está fastidiado por ser el tercero en una noche de bodas, y temo que se quiera ir, lo tomo afectuosamente por los dos hombros y le agradezco el martirio que se ha impuesto por mí.
—Míralo bien, Yolanda—digo;—porque, como esta noche, muchas otras veces hemos de estar juntos y hemos de alegrarnos de ello.
Ella se inclina lentamente y cierra los ojos del todo... ¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!... Y la angustia me corta casi la respiración.
Entonces les grito:
—¡Un poco de alegría, hijos míos! Lotario, cuéntanos, pues, algunas de tus calaveradas. Vamos, ¿tienes cigarros?... ¿no?... Espera, voy a traerte.
Y, turbado siempre, me precipito a la pieza donde tengo mis provisiones de fumador; me parece que la punta encendida de un cigarro va a mejorar la situación.
Pero, al volver, con mi caja debajo del brazo, veo por la puerta que ha quedado abierta... ¡Ah señores! veo una cosa que me hiela la sangre en las venas...
Una vez solamente en mi vida había recibido un golpe parecido. Era entonces un joven coracero, todavía, y una noche, al entrar en casa, encuentro un telegrama con estas simples palabras: «Tu padre acaba de morir.»
¿Qué fue lo que vi, señores?
Mis dos jóvenes seguían sentados en sus sillas, tal cómo yo los había dejado; pero sus miradas aparecían fundidas, por decirlo así, una en la otra, con una expresión de ardor, de demencia, de desesperación, que yo no habría creído humanamente posible: eran dos llamas que se lanzaban una al encuentro de la otra.
¡Lucido estaba yo! ¿no es cierto?
Todavía no era ella mi mujer, y ya mi amigo, mi hijo preferido, me engañaba con ella... El adulterio se instalaba en el hogar antes mismo que el matrimonio estuviera consumado.
Todo mi porvenir: una vida de sospechas, de recelos, de tinieblas, de ridículo, de días sombríos y de noches de insomnio, se desarrolló a mis ojos, ante aquella sola mirada, como un mapa geográfico.
¿Qué hacer, señores? Lo más sencillo habría sido tomarla a ella de la mano y decirle a él:
—Es tuya, y no tengo ya derechos sobre ella.
Pero pónganse ustedes en mi lugar. Una mirada es una cosa tan impalpable, tan imposible de probar... podían negarla, riéndose... Sí... hasta podría ser también que, en realidad, yo me hubiera equivocado.
Y, mientras me hacía estas reflexiones, sus miradas seguían mezclándose, olvidados ambos de todo lo que los rodeaba.
Y, cuando entré, no bajaron siquiera los párpados, sino que los dos se volvieron hacia mí, sorprendidos y contrariados; parecían preguntarse: «¿Por qué nos perturba este viejo, este extraño?»
Tuve ganas de ponerme a chillar como un animal cuando lo degüellan. Me dominé, y ofrecí mis cigarros; pero tenía prisa por concluir, empezaba a verlo todo rojo, y dije a Lotario:
—Deberías retirarte, hijo mío; ya es hora.
El se levanta penosamente y me tiende una mano helada; hace a ella, con los talones juntos, su saludo más militar, y se dirige hacia la puerta. Entonces oigo un grito, un grito... que me atraviesa hasta la médula de los huesos... ¿Y qué es lo que veo?
Mi mujer, mi reciente esposa, se ha echado a los pies de Lotario, lo retiene por la ropa, gritando:
—¡No tienes que matarte! ¡no tienes que matarte!
Ya ven, señores... toda una catástrofe... Durante un segundo, me quedé como aplastado por el golpe; pero inmediatamente tomé al joven por el cuello:
—¡Alto, hijo mío!—dije,—¡basta de farsas!
Y, asiéndolo siempre por el cuello, lo llevo otra vez a su sitio; después, cierro las puertas y levanto a mi mujer, que solloza convulsivamente, tendida sobre el piso. Ella consigue apoderarse de mis manos y las besa, murmurando entre gemidos:
—No lo dejes salir. Quiere matarse... quiere matarse...
—¿Y por qué quieres matarte, hijo mío?—pregunto.—Si tienes sobre ella derechos más antiguos que los míos ¿por qué no los has hecho valer? ¿Por qué has engañado a tu mejor amigo?
El se aprieta la frente con los puños y no dice una palabra.
La cólera me arrebata al fin, y digo:
—¡Habla, o te pego como a un perro!
—¡Pega!—me dice;—lo tengo bien merecido...
—Merecido o no, vas a responderme.
Y entonces, en medio de las lágrimas, de los remordimientos, de las súplicas de ambos, oigo toda la bonita historia.
Algunos años antes se habían encontrado en el bosque, y desde entonces se amaban, en silencio y sin esperanza, como conviene a hijos de familias enemigas.
Los Montescos y los Capuletos...
—¿Se habían declarado ustedes su amor?
—No... pero se habían besado.
—¡Ah!... ¿y después?
Después, él se había ido de guarnición a Berlín, y ninguno de los dos había vuelto a tener noticias del otro; no se atrevían a desafiar el peligro de escribirse, y, por otra parte, ninguno conocía positivamente los sentimientos del otro.
En eso había ocurrido la muerte del viejo Pütz, y habían comenzado mis tentativas de reconciliación.
Desde el momento de mi primera aparición en Krakowitz, Yolanda había formado el proyecto de tomarme por confidente de su amor: esperaba tener así noticias de Lotario, por mi intermedio. Pero ¡ay! yo había interpretado mal sus tiernas miradas, y había tomado para mí el papel de enamorado...
El acceso de furor de su querido papá le había hecho ver que ya no tenía nada que esperar; y, en su desolación, había resuelto aprovechar el único medio de aproximarse, por lo menos, a su amado.
—No era muy bonito eso, corazón—le digo.
—¡Sufría tanto lejos de él!—me responde, como si esa explicación pudiera ser satisfactoria.
—Perfectamente... no había más que hacer. Pero tú, hijo mío, ¿por qué no te has acercado a mí y me has dicho: «Tío, yo la amo... ella me ama... de modo que déjala estar?»
—Yo no sabía si ella me amaba—responde.
—¡Cada vez más lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos... ¡Completamente!... ¿Y cuándo, pues, lo han puesto todo en claro?
—Esta tarde, mientras tú dormías.
Y me contaron la cosa: después de la comida, en un solo apretón de manos, habían sentido todo el horror de su situación, y, no encontrando otra salida, habían resuelto morir aquella misma noche.
—¡Cómo! ¿tú también?
En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rótulo.
—¿Qué hay ahí dentro?
—Ácido prúsico.
—¡Diantre! ¿Y de dónde lo has sacado?
Un joven farmacéutico, del que había recibido lecciones de baile, y al que había trastornado la cabeza, le había hecho una vez ese encantador regalo...
—¿Y te ibas a beber eso, perra?
Ella me miró con sus grandes ojos resueltos e inclinó dos o tres veces la cabeza... Comprendí muy bien, y sentí un calofrío... ¡por un poco más, aquélla habría sido una linda noche de bodas!
—Pero ahora, ¿qué voy a hacer yo con ustedes dos?
—¡Sálvanos!... ¡ayúdanos!... ¡ten piedad de nosotros!
Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como ustedes saben, señores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesión... Encontré, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado.
Juan recibió orden de enganchar; y, un cuarto de hora más tarde, llevaba a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la égida de quien debía permanecer hasta que el divorcio hubiera sido concedido; por nada del mundo quería volver ella a la casa de su padre...
Lotario me preguntó con toda candidez si no podía acompañarnos.
—¡Lárgate de aquí cuanto antes, mocoso!—le dije.
Sé mostrarme severo cuando es menester, señores...
Cuando volví a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no podía más de cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo.
Todo estaba en silencio. Antes de partir, había mandado a mi gente que se acostara. Al atravesar el vestíbulo, donde ardían las luces todavía, vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya entrada me había prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran sorpresa el día de mis bodas.
Abrí por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla ardiente, de la que se desprendían perfumes desconocidos... Colgaduras por todas partes, alfombras... una lámpara de iglesia pendía del cielo raso... y, allá, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de catafalco, con adornos dorados y un cubrepiés de seda...
¿Y allí dentro era donde habría tenido que dormir yo?
¡Brrr!... hice, cerrando la puerta y escapando tan rápidamente como me lo permitían mis cansadas piernas.
Y, una vez en mi aposento encendí mi buena y hermosa lámpara de trabajo, que me sonreía como el sol.
Ahí estaba, arrimada contra la pared, mi vieja cama estrecha, con sus montantes rojos, su jergón gris y su piel de ciervo raída... ¡Ah señores! ¡qué consuelo sentí al verla!
Me quité las ropas, tomé un buen cigarro... Me metí entre las cobijas... y me puse a leer un capítulo apasionante de la guerra francoalemana...
Y puedo asegurar a ustedes, señores, que nunca en mi vida he dormido mejor que en mi noche de bodas.
FIN