En ciertos momentos, no obstante, yo creo... ¡Qué digo yo y cuál no es mi ceguera! Estoy en el caso del viajero que por la noche pierde pie al borde de un abismo espantoso y se ase a lo primero que encuentra. Un débil arbusto, una mata de hierba, un junco, el punto de apoyo más falso y más incierto le basta para reconciliarse con la esperanza; pero bien pronto se le escapa todo a la vez y desaparece para siempre.
15 de junio.
Ven a mi lado, Eduardo, no te fatigaré más con mis pesares; un día, una hora algunos minutos lo han cambiado todo; soy más dichoso que nunca; sólo tu presencia falta a mi felicidad.
Pero, ¿cómo contarte todo esto sin anticiparte los acontecimientos? ¡Estos últimos instantes están tan llenos de hechos y de emociones! Desde la partida de Adela, yo me había impuesto el fácil deber de substituirla en la distribución de socorros a los enfermos de la choza; oficio bien agradable, Eduardo; esas buenas gentes la han visto también y no me hablaban más que con enternecimiento.
Ayer, aniversario de un día bien doloroso, yo había ido a renovar, en la tumba de mi padre, la ceremonia de duelo, a la cual, ausente y condenado, no había podido asistir la primera vez. Latour debía reemplazarme en mi visita a los pobres; volvió pronto y en un estado de gran agitación. Había encontrado en el camino a una de las niñas de la choza que venía a buscarnos al señor de Seligny y a mí, de parte del señor de Montbreuse moribundo.
Yo no sé si te he dicho que, desde hace algunos días, el señor de Montbreuse parecía haberse retirado de la sociedad y que se había casi confinado en el castillo que posee cerca de aquí; es más propio para alojar las aves de rapiña de la comarca, cuyos viejos torreones son un lugar de cita ordinario. Su ausencia estaba justificada, no obstante, con el pretexto de la caza. Ayer, al franquear un foso sobre el cual había apoyado su escopeta, se disparó ésta y el desgraciado Montbreuse recibió toda la carga en el pecho. Un criado y algunos campesinos lo trasladaron a la cabaña del epiléptico.
Como yo aun tardaría en llegar, el señor de Seligny no quiso perder ni un momento y partió solo a ver al agonizante que, en efecto, parecía expirar, pero, la exclamación involuntaria del señor de Seligny, espantado, que profirió involuntariamente el nombre de Maugis al reconocerle, pareció despertarle por un instante del sueño de la muerte. «¡Maugis!—dijo el infeliz moviendo la cabeza con esfuerzo—; ¡que Dios me perdone!...» «¡Ay!... ¿podrá perdonarle?...»
Después quedó algún tiempo sin movimiento y sin respiración, pero los cuidados que recibió del señor de Seligny y de las gentes de la casa reanimaron un momento su vida y pareció querer hacer una revelación importante, sucediéndose sonidos inarticulados en sus labios: «Adela», dijo. «Sí, ya lo sé», contestó el señor de Seligny tratando de evitarle la dificultad de las explicaciones difíciles. «Adela—continuó Montbreuse—, la hija de Angélica...» «Ya lo sé.» «Adela, la más pura, la más virtuosa de las criaturas...» «¿Y bien?» «Adela, inocente, digna de usted, digna de él... está secuestrada por orden mía...» Maugis no pudo acabar.
No te contaré todas mis angustias de aquella noche. El criado de Montbreuse, a quien Latour había estado a punto de sorprender, informado de la muerte de su señor, ha venido esta mañana a mi casa y me lo ha confesado todo. Montbreuse había urdido esta infame traición con el pretexto de servir los intereses de Eudoxia, que probablemente era extraña a sus manejos; ella había podido creer y, por consiguiente, había tratado de probar a Adela que era una gran desgracia para ella autorizar mi amor, que yo sería más dichoso si ella se alejaba de mí y yo la olvidaba—porque se figuraban que yo la olvidaría—, que todo la obligaba, en fin, a entrar, hasta nueva orden, en un establecimiento religioso donde viviría al abrigo de mis persecuciones. La misma priora aprobó el plan e indicó la casa donde podría refugiarse. Pero éstos no eran los planes de Maugis, que adoraba a Adela desde hacía mucho tiempo y que no tomaba una parte activa en esta intriga más que para hacer una nueva víctima. A alguna distancia del castillo, el carruaje cambió de dirección y condujo a Adela al castillo por caminos extraviados; la noche estaba muy adelantada y nadie lo advirtió. Allí está cautiva Adela, bajo una triple llave de la que ese doméstico es el único depositario, porque Montbreuse, fiel a su hipocresía, afectaba aún no comunicarse con Adela más que por medio de mensajes apasionados, y que era hoy cuando, por primera vez, debía presentarse a sus ojos. A la noticia de esta visita, Adela exclamó: «¡Que ese monstruo no venga aquí, porque me encontrará muerta!» Ya ves, Eduardo, si soy dichoso y si Adela es digna de mí. Ella no había consentido en recluirse más que por deferencia a su madrina, cuya ternura y buenas intenciones no podía desconocer, y por su cariño abnegado hacia mí, que la he calumniado. ¡Olvida, olvida mis indignas sospechas!
No te extrañe que emplee todo este tiempo escribiéndote antes de que me sea devuelta. ¿Qué haría para distraer mi impaciencia mientras espero la dicha? Es preciso, antes de que me sea devuelta, que yo me ocupe de ella, y es a su abuelo—he debido respetar esas conmovedoras conveniencias—a quien corresponde sacarla de su prisión. ¡Juzga la lentitud con que transcurren los instantes esta tarde!
Pero no cerraré mi carta—un carruaje entra en la avenida. ¡Inexpresable felicidad!—¡Adela, mi padre, amigo mío, venid todos! ¡Ven, Eduardo, ven a mi lado!
LATOUR A EDUARDO DE MILLANGES
El mismo día.
Sí, señor, venga, no pierda un minuto, mi pobre amo tiene necesidad de usted. El le ha escrito su felicidad, pero no sabía... Yo he acompañado al señor Seligny al castillo. Hemos subido al piso en que se encontraba encerrada la señorita Evrard, que es el más alto de la casa. Apenas ha oído la llave girar en la cerradura, ha lanzado un grito de horror. «¡Adela, Adela!», ha dicho el señor de Seligny fuera de sí. Hemos entrado. La habitación estaba vacía. De pronto se me ocurre una idea. La ventana está abierta y me abalanzo a ella. ¡Qué cuadro, señor Eduardo! La infortunada había creído oír a Maugis. ¡Y ella había dicho que moriría si se presentaba a ella!
No hay esperanza ninguna; está muerta. ¡Pobre padre! ¡Y él sobre todo! ¡Conciba usted su desesperación!
¡Venga, venga, señor Eduardo! sólo usted quizás... Pero, ¿qué ruido es ése?... ¿será que...? ¡Ah! Dios todopoderoso, ¿qué os hemos hecho para atraer hasta ese punto vuestra cólera? ¡Ay, señor Eduardo, no venga usted!
FIN
NOTAS:[A]Es inútil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de Napoleón.[B]Este prefacio fue compuesto para la primera edición deAdela.
[A]Es inútil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de Napoleón.
[A]Es inútil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de Napoleón.
[B]Este prefacio fue compuesto para la primera edición deAdela.
[B]Este prefacio fue compuesto para la primera edición deAdela.