golpe de mano
La situación en que me hallaba no era por cierto muy favorable para entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dejé de reconocer y decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese, significaba una ventaja para mí; la de situarlo al lado opuesto del foso, separado por lo tanto del Rey. No sería culpa mía si lograba regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tenía que habérmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. ¡Ah, si hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado todo y atacado a Dechard y Bersonín antes de que sus secuaces pudieran acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me veía forzado a esperar que la llegada de mi gente llamase la atención de los que tenían las llaves, o de algunos de ellos, induciéndoles a cruzar el puente y ponerse a mi alcance. Esperé cinco minutos más que me parecieron media hora, y entonces empezó el próximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto rápidas escenas.
Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitación del Duque seguía cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se veía el reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces oí el leve rumor, apenas perceptible. Provenía del otro lado de la puerta que daba paso al puente, y no tardé en oir también el ruido de una llave cuidadosamente introducida en la cerradura. ¿Qué puerta era aquélla? Imaginábame a Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su cínica sonrisa, pero no conocía con certeza sus designios.
Pronto salí de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis amigos llegasen a la puerta del castillo y antes también de que Juan pensase en abrirla, se oyó un gran estrépito en la habitación iluminada, como si la lámpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y desapareció la luz que salía por la ventana. Al mismo tiempo partió de la habitación un grito penetrante: «¡Socorro, Miguel! ¡Socorro!;» y a estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible terror.
Presa de mortal angustia, permanecía yo en el más alto peldaño, asido al quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De repente noté que el arco de entrada era más ancho que el puente y formaba un obscuro ángulo, en el que me oculté apresuradamente. Desde allí dominaba aquella vía de comunicación entre el antiguo castillo y la construcción moderna.
Entonces resonó otro grito agudo. Se oyó después el golpe dado contra la pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que gritaba: «¡Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, ¿qué sucede?»
La respuesta fue precisamente la que yo había escrito en mi carta:
—«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»
El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados. Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su muerte era segura.
Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:
—¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!
Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.
—¡Socorro!—gritó débilmente el Duque.
Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío, y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada, sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de cabeza al agua.
Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido. Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos, murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso, golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.
Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.
Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.
—¿Qué demonios será?—preguntó una voz al otro lado de la puerta que quedaba al pie de la escalera.
—¿Te parece que lo matemos?—dijo otra voz.
—Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos un disgusto serio,—fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible placer.
Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a colgarla del gancho fijo en la pared.
—Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?—dijo Bersonín.
Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín, sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel momento?
No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano. Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose, medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y en atravesar con su espada al indefenso médico.
Después se volvió hacia mí, gritándome:
—¡Por fin!
Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal. De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.
No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:
—¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.
—¡Adelante!—le grité.—¡Un golpe con la silla!
Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.
—¡Adelante!—volví a gritar al Rey.—¡Pronto, pronto!
El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.
Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez, pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.
¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho; pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo. Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado cuanto poseía por oir la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de la puerta.
Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas, que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?
Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta. Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo acento:
—¡Ea, venid! ¡Aquí está el puente! ¡A no ser que Miguel el Negro os lo prohiba, perros, para convertirse él mismo en campeón de su dama! ¡Vén a batirte por ella, Miguel!
Si la lucha había de ser entre tres bien podía yo tomar parte en ella, por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabrí la puerta y miré.
cara a cara en el bosque
Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbró. Pero no tardé en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente estaba echado. En su más lejano extremo, un grupo de servidores del Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de sus rostros denotaba la agitación de que estaban poseídos. La verdad es que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente, espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada ésta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me indicaron desde luego que estaba ileso o cuando más levísimamente herido. Allí se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus contrarios y al Duque mismo; al paso que aquéllos, sin armas de fuego, temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablábanse en voz baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo Juan, que con un pañuelo procuraba restañar la sangre que manaba de una herida recibida en la mejilla.
Una casualidad providencial me hacía dueño de la situación. Aquellos cobardes no se atreverían conmigo más que con Ruperto; y en cuanto a éste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a dar cuenta de sus crímenes. Ignoraba hasta mi presencia allí. Sin embargo, nada de eso hice. ¿Por qué? Nunca lo he sabido. Había ya dado muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro más bien por suerte que por maña. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo. Quizás fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad, el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.
—¡Miguel! ¡Perro! ¡Vén si te atreves!—gritaba Ruperto, avanzando un paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.—¡Miguel! ¡bastardo!
La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.
—¡Muerto, Dios mío! ¡Ha muerto!
—¡Muerto!—vociferó Ruperto.—¡Ah, el golpe fue más certero de lo que yo creía!—y lanzó una carcajada triunfante.—¡Abajo esas armas, vosotros! ¡Ahora soy vuestro amo! ¡Abajo, digo!
Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.
—¡Ah, señora!—exclamó Ruperto riéndose.—¡Si sus ojos no fueran más mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a estas horas, en el infierno!
Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el arma lentamente y apuntó con calma.
Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.
Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.
En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua, veía su rizada cabeza.
Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:
—¡Alto, Ruperto!
Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra. No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.
Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio, suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.
—¿Quién va?—preguntó sobresaltado.
Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:
—¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?
Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.
—No importa—dije;—lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.
Me miró sonriéndose.
—El diablo son las mujeres...—empezó a decir, cuándo se oyó la gran campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían salir del foso.
Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.
—Mucho hubiera deseado habérmelas con usted—dijo,—pero la cosa se pone fea; y desapareció de mi vista.
En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.
Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.
Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba. Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa. El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos, pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero. Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le esperé a mi vez.
Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando la mano preguntó:
—¿Qué ha hecho usted en el castillo?
—He matado a sus tres amigos—respondí.
—¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?
—Sí.
—¿Y el Rey?
—Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.
—¡Necio!—exclamó Ruperto jovialmente.
—Otra cosa hice.
—¿Y fue?
—Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente, revólver en mano.
—¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!
—¡Apéese usted—le grité,—y luche como un hombre!
—¿En presencia de una dama?—dijo señalando a la muchacha.—¡Qué cosas tiene Vuestra Majestad!
Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó. Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:
—¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!
Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre, moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al galope.
Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus heridas.
Todavía se volvió una vez más para saludarnos con la mano, y se ocultó a nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como perverso. Y yo arrojé al suelo mi espada y supliqué a Tarlein que lo persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmontó y corriendo hacia mí me abrazó estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que recibí en la lucha con Dechard había vuelto a abrirse y la sangre corría abundante, formando roja mancha en el suelo.
—¡Pues entonces déme usted su caballo!—grité, apartándolo de mí.—Di algunos pasos hacia el caballo, tambaleándome, y caí de bruces. Tarlein se arrodilló a mi lado.
—¡Federico!—dije.
—Sí, amigo mío, amigo querido—me contestó con la dulzura de una mujer.
—¿Vive el Rey?
Sacó su pañuelo, limpió con él mis labios y me besó en la frente.
—¡Si, vive, gracias al más valiente caballero que he conocido!—contestó en voz baja.
La pobre campesina seguía allí, llorosa y sorprendida, porque me había visto en Zenda y creía que el Rey yacía pálido y ensangrentado a sus pies.
Al oir aquellas palabras de Tarlein quise gritar:
«¡Viva el Rey!» pero no pude, y recliné la cabeza en los brazos de mi amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que él interpretase mal mi silencio, volví a abrir los ojos y procuré articular aquellas palabras: «¡Viva!...» ¡Imposible! Mortalmente cansado, transido de frío, me cobijé en brazos de Tarlein, cerré los ojos y quedé desvanecido.
el prisionero y el rey
Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, según creo, por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, seguía queriendo al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aquél, cuando no su perdón, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho más el premio que con él se proponía alcanzar el Duque, la mano de su prima, la princesa Flavia.
Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje y la audacia de Ruperto. Quizás se sintió atraído por la belleza de Antonieta; quizás le bastara saber que ésta pertenecía a otro hombre y le odiaba a él. Por muchos días habían menudeado los conflictos y las discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentándose su odio, y la reyerta que yo presencié entre ellos en la habitación del Duque no fue más que una de tantas. Cuando revelé a la señora de Maubán las ofertas que me había hecho Ruperto, no se mostró admirada; ella misma había aconsejado a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me escribía rogándome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche resolvió Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionándose una llave de la habitación de Antonieta, la había sorprendido en ella. Sus gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto un golpe mortal a su señor y al precipitarse los criados en la habitación, escapó él por la ventana, como dejo referido. Ignorando la muerte del Duque, había regresado al puente para renovar el combate. No sé lo que se propondría hacer con los otros tres secuaces de Miguel y cómplices suyos, pero creo que no había formado plan alguno, porque la muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el herido, procuró restañar la sangre, pero inútilmente; y habiendo expirado el Duque poco después, oyó ella las voces de reto de Ruperto y acudió a castigarlo y vengarse. A mí no me vio hasta que me lancé al foso, en persecución de nuestro común enemigo.
En aquel instante entraron mis amigos en escena. Habían llegado al castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que no se abrió porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del Duque; es más, deseoso de disipar toda sospecha, se había distinguido muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le había valido una estocada de éste. Sarto esperó hasta cerca de las dos y media, y después, en cumplimiento de mis órdenes, había enviado a Tarlein a buscarme por las cercanías del foso. No hallándome, habían conferenciado ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se negó rotundamente a abandonarme, cualesquiera que fuesen las órdenes recibidas. Discutieron algunos minutos, cedió Sarto, envió un destacamento mandado por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el resto de la fuerza atacó furiosamente la gran puerta del castillo. Resistióles ésta unos quince minutos y cayó por fin, en el momento mismo en que Antonieta disparaba su revólver contra Ruperto. Sarto y ocho de sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitación a que llegaron fue la de Miguel, que yacía tendido en el suelo, atravesado de una estocada. Entonces lanzó Sarto el grito que yo había oído: «¡El Duque ha muerto!» y atacó a los servidores de Miguel, que aterrorizados se rindieron a discreción. Antonieta se arrojó sollozando a los pies de Sarto, a quien sólo pudo decir que me había visto lanzarme al agua desde el otro extremo del puente.
—¿Y el prisionero?—le preguntó el coronel.
Pero ella se limitó a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y sus acompañantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el cadáver de De Gautet.
Escucharon ávidamente, pero ningún rumor llegó hasta ellos desde las celdas, lo que les hizo temer que el Rey había sido asesinado por sus guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aquéllos a su vez por la «Escala de Jacob.» Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca de allí les infundía alguna esperanza (así me lo dijo el buen Tarlein); por lo que volviendo a la habitación de Miguel, en la que estaba orando Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta de la prisión que yo había cerrado tras mí al salir. Abrieron; la escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tardó en exclamar Federico: «¡La puerta está abierta! ¡Y hay luz en la celda!» Bajaron resueltamente y en la primera celda sólo hallaron el cadáver de Bersonín, lo que les impulsó a dar gracias a Dios, exclamando Sarto: «¡No hay duda! ¡Raséndil ha pasado por aquí!»
Precipitándose después en la inmediata estancia, vieron el cuerpo exánime de Dechard sobre el del médico y a pocos pasos el del Rey, tendido de espaldas, junto a su derribada silla. «¡Muerto!» exclamó Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y arrodillándose junto al Rey no tardó en descubrir que vivía y que con solícitos cuidados su salvación era segura. Le cubrieron el rostro, lo transportaron a la habitación de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y Antonieta suspendió sus preces para bañar la ensangrentada frente del Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un médico. Y Sarto, convencido más que nunca de mi reciente presencia allí y habiendo oído el relato de Antonieta, envió a Tarlein en mi busca, por foso y bosque. Federico halló primero mi caballo, tembló por mi suerte y me descubrió al fin, guiado por el grito con que yo había retado a Ruperto. Su gozo fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cariño y ansiedad por mí, desdeñó cosa tan importante como la muerte de Ruperto Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi propia mano.
Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto ocultar a todos el cautiverio de éste. Antonieta de Maubán y Juan el guardabosque (bastante malparado este último por el momento para andar en chismes) habían jurado guardar secreto; y Tarlein se había adelantado en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se había aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores del Duque. Se había verificado la sustitución, y el Rey, herido gravemente, según a todos se dijo, por los carceleros que tenían cautivo a uno de sus fieles amigos, había vencido por fin y se hallaba en la habitación de Miguel el Negro. Allí lo habían conducido, cubierto el rostro, desde su prisión subterránea y allí se había dado orden de llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. También se despachó un mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba conferenciar con el General sin pérdida de momento. Cuanto a Flavia, debía permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas instrucciones. Así había preparado Sarto las cosas mientras se reponía un tanto el Rey, después de haber escapado casi por milagro de las asechanzas de su inicuo hermano.
El ingenioso plan del astuto coronel prosperó sin tropiezo, hasta encontrar un obstáculo que a menudo trastorna los proyectos mejor combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso, cualesquiera que fuesen las órdenes del Rey, las instrucciones de Sarto y los consejos del General, Flavia se negó a permanecer en Tarlein mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la Princesa siguió de cerca al General y su escolta cuando éste se puso en camino del castillo. Así pasaron por el pueblo, donde se decía ya que habiéndose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se había visto atacado a traición; que tras una lucha desesperada habían perecido el Duque y varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, había logrado apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se comprenderá, profunda sensación; empezó a funcionar el telégrafo, pero cuando las noticias llegaron a la capital, ya se había recibido allí la orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestación hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.
Subía el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del castillo, con el General cabalgando al estribo y rogándole todavía que volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en marcha, apoyado en el brazo de Federico, y próximos ya a salir del bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender repentinamente que no debía verme ni hablar otra vez con Flavia y caí de rodillas tras unos arbustos. Pero habíamos olvidado a la joven campesina, que nos había seguido y no estaba dispuesta a perder aquella ocasión de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro; así fue que apenas nos ocultamos, salió corriendo al camino y saludando, exclamó:
—¡Señora, el Rey está allí, detrás de aquellas matas! ¿Quiere Vuestra Alteza que la guíe hasta él?
—¿Qué tontería es esa, muchacha?—dijo el General.—El Rey está en el castillo, herido.
—A que no. Herido sí, pero está allí, con el conde Federico, y no en el castillo—insistió la moza.
—¿Está en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?—preguntó Flavia sorprendida.—¿Cómo sabes que está allí?
—Lo vi persiguiendo a un caballero, señora, y pelearon hasta que llegó el conde Federico; el otro me quitó el caballo de mi padre y se escapó, pero el Rey está allí con el Conde. ¡Cómo, señora! ¿Hay acaso otro hombre como el Rey en Ruritania?
—No, hija mía—contestó Flavia dulcemente, (me lo dijeron después); y se sonrió y dio dinero a la muchacha.—Voy yo misma a ver a ese caballero—dijo haciendo ademán de bajar del coche.
Pero en aquel momento llegó Sarto al galope, procedente del castillo, y al ver a la Princesa resolvió sacar el mejor partido posible de las circunstancias y comenzó por decirle que el Rey estaba perfectamente atendido y fuera de peligro.
—¿En el castillo?—preguntó Flavia.
—¿Pues dónde había de estar, señora?—repuso el coronel inclinándose.
—Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey allí, con el conde Federico.
Sarto miró a la moza sonríendose y con expresión de incredulidad.
—Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el Rey—dijo.
—Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran hermanos—replicó la campesina, algo vacilante pero insistiendo todavía en su tema.
Sarto miró en torno. En el rostro del General se adivinaba muda interrogación. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha cunde con facilidad portentosa.
—Voy a ver quién es ese hombre—dijo Sarto.
—No, iré yo misma—exclamó la Princesa.
—Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola—murmuró Sarto.
Y ella, obedeciendo a aquella extraña indicación y notando también la súplica que se veía en el rostro del veterano, rogó al General y su séquito que esperasen allí; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a distancia, y él y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estábamos. Cuando los vi acercarse, me senté, agobiado, en el suelo y oculté la cara entre las manos. No podía mirarla. Federico se arrodilló a mi lado, puesta la mano en mi hombro.
—Hable Vuestra Alteza en voz baja—dijo Sarto al llegar con la Princesa a nuestro lado; y después oí un grito ahogado, que parecía expresar alegría y temor a la vez, y su voz que decía:
—¡Es él! ¿Estás herido, sufres?
Corrió a mi lado y con suave esfuerzo apartó mis manos, pero yo seguí con los ojos fijos en tierra.
—¡Es el Rey!—exclamó.—¿Quiere usted decirme, coronel Sarto, qué significa la broma de que hace poco pretendía usted hacerme objeto?
Nadie contestó; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo de testigos, me abrazó y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz ronca y baja:
—No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.
—Pero, ¿acaso no conozco yo a mi amado? ¡Rodolfo, amor mío!
-No es el Rey—repitió Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir un sollozo.
Entonces, al oir aquel sollozo, comprendió Flavia que había en todo aquello algo más que una chanza o una equivocación.
—¡Sí, es el Rey!—exclamó.—Es su cara; su anillo, el mío. ¡Oh, sí, es mi amor!
—Vuestro amor, señora, sí—dijo Sarto.—Pero el Rey está allí, en el castillo. Este caballero...
—¡Mírame, Rodolfo! ¡Mírame!—gritó, oprimiendo mi rostro entre sus manos.—¿Por qué permites que me atormenten así? ¡Dime, qué significa esto!
Entonces hablé, fijos mis ojos en los suyos.
—¡Dios me perdone, señora!—dije.—No soy el Rey.
Sentí en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Miró fijamente mi cara, escudriñándola, como no ha sido mirada jamás la cara de un hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el asombro, la duda, el terror. Disminuyó gradualmente la presión de sus manos; miró a Sarto, a Federico y volvió a clavar los ojos en mí; después, repentinamente, vaciló, cayó hacia adelante en mis brazos, y yo, con un grito de dolor, la estreché sobre mi pecho y besé sus labios. Sarto me tocó el brazo. Le miré, deposité suavemente el cuerpo de Flavia sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplándola, maldije al Cielo por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel dolor tan intenso, tan atroz.
¡hay algo más que amor!
Había cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser prisión del Rey en el castillo de Zenda. Había desaparecido el tubo apodado «Escala de Jacob» por Ruperto Henzar, y en la obscuridad brillaban las luces de una habitación situada al otro lado del foso. Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente lucha. Yo había pasado el día en el bosque, con Federico, después de separarme de la Princesa, a quien dejamos en compañía de Sarto. Protegido por la obscuridad, me habían conducido al castillo e instalado en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes habían muerto allí tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me había arrojado sobre un colchón inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas del foso. Juan, pálido todavía a consecuencia de su herida, me había servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponiéndose, que había visto a la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General había regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yacía en su ataúd y junto a él velaba Antonieta de Maubán. Desde mi retiro había oído el fúnebre canto y las preces de los religiosos.
Fuera circulaban extraños rumores. Decían unos que el prisionero de Zenda había muerto; otros que había desaparecido pero estaba vivo; aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien había prestado valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien sabía que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se había éste apoderado de él y arrojádolo en una mazmorra. Pero los más avisados prescindían de suposiciones y comentarios, limitándose a decir que sólo se sabría la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.
Así charló Juan hasta que lo despedí, y me quedé solo, pensando no en lo porvenir, sino, como sucede a menudo después de las grandes crisis, en los sucesos de aquellas últimas semanas, pasándoles mental revista con verdadero asombro. Allá en lo alto se oía, interrumpiendo el silencio de la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al viento o golpeando sus astas. En una de éstas, ondeaba el estandarte del Duque y sobre él la real insignia, el pabellón de Ruritania. Y nos acostumbramos tan pronto a todo, que me costó algún esfuerzo convencerme de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mío.
No tardó en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la que había sido cámara del duque Miguel.
El Rey yacía en el lecho, tendido por el médico que nosotros habíamos llevado a Tarlein y que se apresuró a decirme en voz baja que abreviase mi visita. El Rey me tendió la mano y estrechó la mía. Federico y el médico se apartaron, dirigiéndose a una de las entreabiertas ventanas.
Retiré el anillo del Rey que tenía en mi dedo y lo puse en el suyo.
—He procurado llevarlo con honra, señor—le dije.
—No puedo hablar mucho—repuso con voz débil.—He tenido una viva discusión con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo quería llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo allí a mi lado y decir a todos lo que ha hecho; quería que usted fuese mi mejor y más querido amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de guardar el secreto... si tal cosa es posible.
—Tienen razón, señor. Permítame partir Vuestra Majestad. Mi misión aquí ha terminado.
—Sí, y la ha cumplido usted como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. Cuando vuelvan a verme habré dejado crecer mi barba, sin contar que estaré desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprenderá de que el Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procuraré que no noten en mí ningún otro cambio. Usted me ha enseñado a ser Rey.
—Señor—dije,—no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra Majestad. Sólo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor aún que el mismo Duque.
Me miró con alguna extrañeza, pero no es de enfermos graves descifrar enigmas y renunció a interrogarme. Su mirada se fijó en la sortija de Flavia que yo llevaba puesta. Creí que iba a hablarme de ello, pero después de tocar distraídamente el anillo algunos instantes, dejó caer la cabeza sobre la almohada.
—No sé cuándo volveré a verle—dijo con voz apenas perceptible.
—Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad—contesté.
Cerró los ojos. Tarlein y el médico se acercaron. Besé la mano del Rey y salí con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.
Ya fuera de la habitación, noté que Federico, en lugar de dirigirse a la derecha y al puente levadizo, torció a la izquierda y sin decir palabra me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del castillo.
—¿Adónde vamos?—pregunté.
—Ella ha enviado a llamarle—respondió Tarlein sin mirarme.—Cuando haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. Allí lo esperaré.
—¿Qué desea?—dije respirando agitadamente.
Me indicó con un ademán que no podía contestar a mi pregunta.
—¿Lo sabe todo?
—Sí, todo.
Abrió una puerta, me hizo entrar impulsándome suavemente y cerró tras mí. Me hallé en una sala pequeña y lujosamente amueblada. Al principio creí hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa tenían pantallas y despedían escasa luz. Pero casi en seguida vi a una mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirigí a ella, doblé una rodilla y tomándole una mano la llevé a mis labios. No habló ni se movió. Me levanté y, a pesar de la indecisa luz, noté la palidez de sus mejillas, vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta de ello pronuncié dulcemente su nombre:
—¡Flavia!
Se estremeció ligeramente y miró en torno.
Después se lanzó hacia mí y asiéndome el brazo dijo:
—¡No estés en pie! ¡No, siéntate! Estás herido. ¡Aquí, siéntate aquí!
Me hizo sentar en el sofá y apoyó la mano en mi frente.
—¡Cómo te arde la frente!—dijo cayendo de rodillas a mi lado.
Reclinó la cabeza sobre mi pecho y la oí murmurar:
—¡Pobre amor mío! ¡Cómo te arde la frente!
Por mi parte había ido allí con el propósito de humillarme, de implorar su perdón; pero lejos de eso, lo único que dije fue:
—¡Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!
Porque el amor nos permite leer en el corazón del ser amado, porque lo que la turbaba y la hacía sentirse avergonzada, no era su amor por mí, sino el temor de que así como yo había sido fingido Rey, hubiera representado también el papel de amante y recibido sus besos burlándome interiormente de ella.
—¡Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!—repetí, y su rostro oprimió más fuertemente mi pecho.—¡Siempre, desde el primer instante en que te vi, allá en la catedral! Para mí no ha existido desde entonces más que una mujer en el mundo y jamás existirá otra. ¡Pero Dios me perdone el engaño de que te he hecho víctima!
—¡Te obligaron a ello!—dijo prontamente; y luego, alzando la frente y fijos sus ojos en los míos, añadió:
—Quizás hubiera sucedido lo mismo aun revelándome la verdad. ¡Porque mi amor eras siempre tú, no el Rey!
Y levantándose, me dio un beso.
—Me proponía confesártelo todo—dije.—Iba a hacerlo la noche del baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpió. Después... no pude, no me atreví a correr el riesgo de perderte antes... ¡antes de que llegase el momento en que por fuerza había de perderte! Adorada mía, ¿sabes que por ti pensé dejar al Rey abandonado a su suerte?
—¡Lo sé, lo sé! Y ahora...¿qué vamos a hacer ahora, Rodolfo?
La atraje hacia mí, y abrazándola la dije:
—Voy a partir esta noche!
—¡Ah, no, no!—exclamó.—¡No esta noche!
—Tengo que irme, antes de que me vean otros. ¿Y cómo quieres que me quede, alma mía, a no ser?...
—¡Si pudiera partir contigo!—murmuró.
—¡En nombre del Cielo!—exclamé bruscamente.—¡No digas eso!
—¿Por qué no? Te amo. ¡Eres tan caballero tan noble como el Rey!
Entonces falté a todos mis principios, hice traición a cuanto debía respetar. La tomé en mis brazos y le supliqué con palabras que no puedo reproducir aquí, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a arrancarla de mis brazos. Y por algún tiempo me escuchó, sorprendida y dominada. Pero cuando me miró empecé a avergonzarme de mi conducta, me faltó la voz, balbuceé algunas palabras y por fin guardé silencio.
Flavia se apartó de mí, buscando apoyo en la pared, y yo quedé humillado y tembloroso, sabiendo lo que había hecho, despreciándome a mí mismo, pero también resuelto a no desdecirme. Así permanecimos largo tiempo.
—¡Estoy loco!—dije tristemente.
—Aun loco te adoro, amor mío—contestó.
Tenía inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lágrimas que surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sofá.
—¡Hay algo más que amor!—dijo en voz baja, con dulcísimo acento.—Si el amor lo fuese todo, yo podría seguirte hasta el fin del mundo, aunque tuviese que vestir harapos, porque mi corazón te pertenece. Pero ¿no existe algo más que el amor?
No contesté. Ahora me avergüenzo de no haber asentido, de no haber facilitado sus esfuerzos con mis palabras.
Se me acercó y me puso la mano sobre el hombro, mano que torné y oprimí entre las mías.
—Bien sé—continuó,—que se habla y se escribe como si el amor lo fuese todo. Quizás lo sea para algunos. Pero si lo fuera también para ti, Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisión.
Llevé su mano a mis labios.
—¿Y la honra de la mujer, Rodolfo? ¿Ella me manda ser fiel a mi patria y a mi cuna? ¡No sé por qué Dios me ha hecho amarte; pero también sé que me ordena quedarme!
Seguí guardando silencio y ella continuó tras una pausa:
—Llevaré siempre tu anillo en mi dedo; tu corazón estará eternamente junto al mío, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo quedarme. Y quizás deba yo también hacer algo más, algo cuya sola idea es ahora para mí peor que la muerte...
Comprendí lo que quería decir y temblé. Pero no quise mostrarme menos animoso que ella. Me levanté y tomé su mano.
—Haz lo que quieras o lo que debas—dije.—Creo que a seres como tú, Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es más ligera que la tuya, porque yo también llevaré siempre tu anillo, y tu corazón estará eternamente junto al mío; pero jamás habrá en mis labios otro beso que el tuyo. ¡Dios te dé fuerza y consuelo, alma mía!
Llegó a nuestros oídos un canto solemne. Eran las preces que elevaban los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto fúnebre resonaba como un adiós tristísimo a nuestra pasada dicha, como una súplica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las mías, escuchamos las dulces y melancólicas notas.
—¡Mi Reina y mi Cielo!—dije.
—¡Mi amante y leal caballero!—respondió Flavia.—Quizá no volvamos a vernos. ¡Un beso y parte!
Le di un beso, pero se abrazó a mí, murmurando mi nombre una y cien veces. Por fin me separé de ella.
Dirigí mis rápidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico. A indicación suya, cambié de traje, y ocultando el rostro como lo había hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una pequeña estación inmediata a la frontera. Faltaba algún tiempo para la llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo. Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios; aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido. Escuché como en sueños cuanto decían, pero aquella dulce voz «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!» resonaba todavía en mis oídos, como un grito de amor y desesperación. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba lejos de allí y nos paseamos en silencio, hasta que Federico tocó mi brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces les tendí las manos.
—Hoy nos conducimos como niños—dije;—pero en días recientes nos hemos portado como hombres ¿verdad, Sarto, Federico, amigos míos?
—Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey sólidamente en su trono—repuso Sarto.
De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propósito, se descubrió, se inclinó como solía hacerlo y me besó la mano, que retiré vivamente.
—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar la corona!
El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.
—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—dijo.
Las personas que estaban en la estación, miraban con insistencia al desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en silencio, y aquella vez ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—se descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareció a su vista el tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto personaje, deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren en aquella insignificante estación; cuando en realidad no era otro que Rodolfo Raséndil, caballero inglés, segundón de buena casa; pero, en fin, hombre de no gran fortuna, posición ni rango. Profundo hubiera sido el desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi condición presente, había sido Rey por tres meses; prueba a la que se han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado mayor atención a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo aquella voz que parecía salir de las torres de Zenda, visibles todavía en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis oídos, que penetraba hasta mi corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!»
¡Todavía me parecía oirlo!
presente, pasado ¿y futuro?
Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me presenté en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con él fue notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después preguntó, dirigiéndose a mí:
—¿Qué le ha pasado a tu bigote?
—La verdad es—dije con mucho misterio,—que las circunstancias obligan a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y... Pero va creciendo que es un gusto.
—¡Hola!—exclamó Jorge.—Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha sido la hermosa Antonieta, se tratará de otra sirena.
—Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge—dije sentenciosamente.
Pero Jorge no se contentó hasta que me hubo arrancado (con gran elogio de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus puntas y ribetes de escándalo, que me había detenido todo aquel tiempo en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me favoreció Jorge con lo que él llamaba «detalles ocultos» (conocidos sólo de los diplomáticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel país. En su opinión, podía decirse a favor de Miguel el Negro mucho más de lo que el público sospechaba y también me indicó sus bien fundadas sospechas de que el misterioso prisionero de Zenda, a quien los periódicos habían dedicado no pocos sueltos, no era un hombre (y aquí tuve que hacer un esfuerzo para no reírme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de aquella dama, que ambos se disputaban.
—Quizás fuese la mismísima señora de Maubán—sugerí.
—¡No!—exclamó Jorge resueltamente.—La señora de Maubán estaba celosa de ella y para vengarse del Duque lo denunció al Rey. Y en confirmación de lo que digo, añadiré que la princesa Flavia se muestra ahora muy indiferente para con el Rey, después de haber estado con él lo más afectuosa y amante.
Llegados aquí, cambié de conversación y me libré de los informes «inspirados» de Jorge. Si los diplomáticos no han obtenido datos más exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta ocasión, no ganaron su sueldo.
Durante mi permanencia en París escribí a la señora de Maubán, pero no me atreví a visitarla. Y en contestación recibí una carta muy sentida, en la que me decía que la generosidad del Rey y su gratitud hacia mí la obligaban a guardar el más profundo secreto. También manifestaba el propósito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el campo. No sé si realizó este propósito, pero es muy probable, porque no he vuelto a verla ni oído hablar de ella. Es innegable que amaba al duque de Estrelsau; y su conducta al morir éste, demostró que ni aun conociendo el verdadero carácter de aquel hombre había cesado su estimación por él.
Me quedaba por librar una última batalla, en la que tenía la seguridad de salir completamente derrotado. ¿No regresaba del Tirol sin haber hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografía, fauna ni flora? Había malgastado mi tiempo de la manera usual, frívolamente, como diría mi cuñada; y contra veredicto basado en tales pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la cara con que me presentaría en nuestra casa de Londres, pero, en suma, no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No había hecho lo que Rosa deseaba, es verdad, pero sí lo que ella había profetizado; no había tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna clase. En cambio mi hermano había tenido la debilidad de creer y asegurar todo lo contrario.
Al regresar yo con las manos vacías, fue tal el afán de Rosa para demostrar a mi hermano su error, que se olvidó de reñirme, dedicando casi todas sus quejas al silencio que yo había guardado en mi ausencia, no dándoles la menor noticia de mi paradero.
—Hemos malgastado un tiempo precioso buscándote—dijo.
—Ya lo sé—respondí.—La mitad de nuestros embajadores han perdido el sueño por culpa mía. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero ¿a qué viene tanta ansiedad? Como si yo no me bastara...
—¡Oh, no es eso!—exclamó desdeñosamente.—Lo único que yo quería era darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una embajada, de la que tomará posesión dentro de un mes, y nos ha escrito diciendo que espera llevarte consigo.
—¿Adónde va?
—Lo han nombrado para suceder a lord Tofán en Estrelsau. No podías desear mejor destino fuera de París.
—¡Estrelsau! ¡Tate!—dije mirando a mi hermano de reojo.
—¡Oh! ¡Esono importa!—continuó Rosa impaciente.—Conque ¿vas o no?
—No, creo que no.
—¡Eres capaz de desesperar a un santo!
—No creo deber ir a Estrelsau, querida Rosa. ¿Te parece que sería... conveniente?
—¡Bah! ¿Quién se acuerda ya de esas vetustas historias?
Por toda respuesta saqué del bolsillo un retrato del rey de Ruritania. Había sido hecho un mes antes de subir al trono y llevaba toda la barba. Lo puse en manos de Rosa y le pregunté:
—Por si no has visto el retrato de Rodolfo V, ahí lo tienes. ¿Crees todavía que nadie se acordará de aquella vieja historia si me presento en la Corte de Ruritania?
Mi cuñada miró el retrato y después a mí.
—¡Cielo santo!—exclamó arrojando la fotografía sobre la mesa.
—¿Y tú qué dices, Roberto?—pregunté.
Mi hermano se dirigió a un velador, y empezó a rebuscar en un montón de periódicos, hasta dar con un número de La Ilustración. Abriéndolo, nos señaló un grabado de doble página que representaba la coronación de Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografía junto al grabado y yo me senté frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplándolos. Recordé a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje púrpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por último la esbelta figura de la Princesa. Permanecí largo tiempo absorto en mis recuerdos, hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirándome fijamente.
—La semejanza, como ves, es grande—le dije.—Creo que no debo de ir a Ruritania.
Rosa, aunque medio convencida, rehusó rendirse.
—No es más que una excusa—dijo.—Lo que hay es que no quieres tornarte el menor trabajo. ¡Cuando pienso que podrías llegar a ser Embajador!
—Pero es que no quiero ser Embajador.
—No te apures, que no llegarás a tanto.
¡Yo que había sido Rey!
Mi linda Rosa nos dejó, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un cigarrillo, volvió a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.
—La persona representada en ese grabado...—comenzó a decir.
—¿Y qué?—le interrumpí.—Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.
Roberto movió la cabeza negativamente.
—Sí; lo supongo—dijo.—Pero lo que es yo, distingo perfectamente la diferencia entre tu cara y la que esa fotografía representa.
—¿Pero no entre mi cara y la del grabado?
—La fotografía y el grabado se parecen, pero...
—¿Pero qué?
—El grabado se parece más a ti.
Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su mujer, nunca vacilaría yo en confiarle un secreto mío. Pero aquel secreto no me pertenecía y no podía revelárselo.
—Pues yo—dije resueltamente,—creo que la cara del retrato se me parece más que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no iré a Estrelsau.
—No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau—dijo mi hermano.
Y no sé si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni él ni yo aludimos jamás al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.
Desde que ocurrieron los sucesos aquí referidos, he vivido tranquilo y muy retiradamente en una casita de campo. Para mí no tienen ya interés los móviles que de ordinario atraen a hombres de mi posición y de mi edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las emociones de la política. La condesa de Burlesdón dice que no tengo remedio y mis vecinos me creen indolente, soñador y arisco. Pero soy joven, y a veces me imagino—los supersticiosos lo llamarán quizás un presentimiento,—que mi papel en esta vida no ha terminado aún; que, algún día, de una ú otra manera, volveré a participar en asuntos y sucesos de alta importancia, y tendré que oponer mi astucia a la de mis enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caña de pescar vago solitario por el bosque o las orillas del río. No sé si llegarán a convertirse en realidad, y menos aún si en tal caso tendrán por teatro el que yo me imagino; sólo sé que anhelo vivamente verme otra vez en las concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombríos muros del castillo de Zenda.
Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y recordar aquel pasado extraño e inolvidable. Presentando ante mi vista, en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey, mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el foso, la persecución por el bosque; amigos y enemigos, los que aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la vida. Y entre estos últimos, descuella el único que de ellos vive, no sé dónde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuará siendo el malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado de otros hombres. ¿Dónde, dónde está Ruperto Henzar, aquel adolescente que estuvo tan próximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su nombre, la sangre circula más rápida por mis venas y cierro maquinalmente los puños; entonces también me parece oir con más claridad aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitándome en el manejo de las armas y no quiero pensar siquiera en que algún día he de perder el vigor de la juventud.
Una vez al año interrumpo la monotonía de mi sosegada vida. Entonces voy a Dresde, donde me espera mi amigo y compañero querido, Federico de Tarlein. El año pasado lo acompañaban su bonita mujer, Elga, y un precioso y robusto niño. Esas visitas duran una semana, que Federico y yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo último, hablamos también de Flavia. Porque Federico lleva consigo a Dresde todos los años una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo, una esquela diminuta que sólo contiene estas palabras: «Rodolfo—Flavia—siempre.» Yo le envío con Federico idéntico mensaje. Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy me une a la reina de Ruritania. Porque—más noble y grande, como yo mismo le dije, por ese acto,—ha llevado el cumplimiento de su deber para con su país y su regia estirpe hasta el punto de contraer matrimonio con el Rey, conquistando para éste el amor de sus subditos, asegurando la paz y concordia del país a costa de su propio sacrificio.
Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay otros en los que me pongo a la altura de su abnegación; y entonces doy gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer más noble que existe, a la vez que la más hermosa, y por haber impedido que mi amor llegase a ser un día obstáculo insuperable para el cumplimiento de la altísima misión de Flavia.
¿Volveré a contemplar sus adoradas facciones, aquel pálido rostro y la hermosa cabellera rubia? No lo sé; sobre esto nada, me dice el hado, nada los presentimientos. No lo sé. En este mundo, probablemente—casi con seguridad,—no volveré a verla. ¿Y en otras regiones, en otra vida, de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos algún día, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si así no fuese, si nunca he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni oir sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, viviré como debe vivir el hombre a quien ella ama; y después, lo único que anhelo y pido para el más allá, es el sueño de los sueños.
FIN