Como puede usted ver, esta colección de joyas es inacabable. Tres rubíes solamente produjeron, el año pasado, en París, la cantidad de sesenta y cinco mil libras esterlinas, mientras que algunas de las esmeraldas se han vendido por sumas enormes. Sin embargo, tan ingeniosamente arreglaron los señores Dawson y Blair las diferentes vías por las cuales colocaban las alhajas en el mercado universal, que nadie abrigó jamás la menor sospecha.
—Pero todo esto, hablando con honradez, pertenece a la Iglesia de Roma—observó Reginaldo.
—No—contestó el gran monje, hablando en inglés;—según el cardenal Sannini, Su Santidad, después de la paz con Italia, se lo regaló como prueba de consideración, y teniendo en cuenta también que, con la ocupación de Roma por las tropas italianas, sería difícil, sin excitar grandes sospechas, volver a traer al tesoro del Vaticano la gran colección de joyas.
—¡Entonces todo esto es mío!—exclamé no pudiendo todavía dar completo crédito a la verdad.
—Todo—respondió el capuchino,—salvo la parte mía, o, más bien dicho, de mi Orden, para distribuirla entre los pobres, como pago de su misión protectora aquí, y la del señor Dawson, también, junto... con alguna concesión de recompensa,—y se dio vuelta hacia Reginaldo—a vuestro amigo, aquí presente. Por lo menos, es lo que yo supongo. En cierta ocasión lo puse en guardia contra él—añadió,—pero fue debido a lo que me dijo Dawson, que no eran sino mentiras.
—Ya he jurado proceder con vuestra Orden como lo hizo Burton Blair. En cuanto a lo que se refiere a Dawson, ese es otro asunto distinto; pero mi amigo Seton no será, tenedlo por seguro, olvidado, ni vos tampoco personalmente, como fiel poseedor del secreto.
—Toda recompensa o regalo que se me pueda hacer es para mi Orden—fue la tranquila respuesta del varonil monje.—A nosotros nos está prohibido poseer dinero, pues nuestras pequeñas necesidades personales son suplidas por el padre superior, y de las riquezas de este mundo nada deseamos, salvo aquello necesario para socorrer a los pobres y aliviar a los afligidos.
—No tema usted—le dije riendo,—tendrá una suma para ese objeto.
Después, como el aire, agotado por las luces, parecía ponerse cada vez más impuro, decidimos volvernos a la celda tan hábilmente construida en la entrada de la estrecha galería exterior.
Habíamos llegado a la orilla de ese terrible abismo, donde en lo profundo rugía el agua en impetuosa corriente, y ya había yo cruzado el estrecho puente y pisado la orilla opuesta, cuando, inesperadamente, un par de brazos férreos me oprimieron en la obscuridad, y casi antes de que pudiera lanzar un grito, fui empujado con violencia hacia el borde del espantoso precipicio.
Las manos que me habían aprisionado apretábanme con dedos de acero en la garganta y brazo, y tan repentino fue el ataque, que al principio creí que era una broma de Reginaldo, pues era éste muy amigo de chanzas cuando estaba de buen humor.
—¡Dios mío!—le oí gritar un segundo después, al iluminar la oscilante luz de la linterna el rostro de mi asaltante.—¡Es Dawson!
La conciencia de la terrible realidad y el sentirme aferrado por mi peor enemigo, el cual, no hay duda, nos había seguido, pues conocía bien el paraje, despertó en mí una fuerza sobrehumana, y me empeñé en una terrible lucha de muerte con mi adversario. Antes que mis dos compañeros pudieran acudir en mi auxilio, los dos nos debatíamos, cuerpo a cuerpo, en medio de la profunda obscuridad, sobre el mismo borde del abismo, a cuyo seno era su intención arrojarme para que pereciera como los dos guardias suizos, los cuales debieron ser impelidos al fondo del precipicio por el astuto cardenal.
Comprendí su criminal designio, pero no tan pronto que no tuviera él tiempo de murmurar jadeante, lanzando un terrible juramento:
—¡Esta vez no se escapará! El golpe que le di en medio de la neblina no produjo el efecto deseado; pero aquí, una vez caído abajo, no podrá volver a meterse en mis asuntos. ¡Abajo con usted!
Sentí disminuirse mis fuerzas al hacerme retroceder unos pocos pasos más, dándonos el abrazo de muerte. En las tinieblas sentime asido por uno de mis compañeros y salvado, pero en ese mismo momento había recurrido a una vieja treta escolar, y girando súbitamente, de modo que mi adversario viniera a quedar en mi lugar, lo empujé hacia atrás, soltándome, al mismo tiempo, de sus garras.
Fue todo obra de un segundo. A la luz oscilante de la lámpara lo vi vacilar, quererse asir enloquecido del vacío, y con un espantoso grito de ira y desesperación, caer al fondo de aquel negro abismo, donde las impetuosas aguas lo arrastraran hacia regiones subterráneas, desconocidas e inexploradas.
Sin duda alguna, mi escapada de la muerte ha sido la más difícil y terrible que haya un hombre conocido, y después de aquel esfuerzo violento quedé allí parado, sin aliento, jadeante y atontado, hasta que Reginaldo me tomó de un brazo y me sacó de aquella obscura caverna, en medio de un silencio más impresionante que todas las palabras.
EL MÓVIL Y LA MORAL
A la noche siguiente nos despedimos del vigoroso monje capuchino en la plataforma de la estación de Lucca, y subimos al tren, en el cual debíamos recorrer la primera parte de nuestro viaje de vuelta a Inglaterra. El tenía que retornar en el acto a su celda de ermitaño, situada sobre el tortuoso Serchio, y seguir siendo, como lo había sido antes, el guardián silencioso del gran secreto que, de haber sido revelado, hubiera asombrado al mundo.
La ansiedad nos consumía, pues no sabíamos lo que le habría sucedido a Mabel. Sin embargo, con la conciencia de que la maligna y venenosa influencia del aventurero Dawson había desaparecido, volvimos a la patria algo más tranquilos.
Era tan rico como no lo había soñado nunca, pues en medio de mis más locas fantasías no me había imaginado semejante prodigio; sin embargo, la esperanza de que Mabel llegara a ser mi esposa, ilusión que había sido mi ideal, el verdadero deseo de mi existencia, había quedado destruida, y durante esas largas horas de viaje, melancólicas y silenciosas, mientras el coche-dormitorio del expreso avanzaba hacia el Norte atravesando las planicies de la Lombardía y luego la Suiza y la Francia, mis desesperados pensamientos estaban concentrados en ella y en su porvenir.
Un coche nos llevó directamente de Charing Cross a la calle Great Russell, donde encontré una esquela de Mabel fechada en la mansión de la plaza Grosvenor, pidiéndome fuera allí en el acto que volviéramos de nuestro viaje. Apenas me lavé y arreglé un poco, lo hice, y Carter me condujo, sin ceremonia alguna e inmediatamente, al gran salón blanco y oro que tan familiar me era.
Un momento después entró ella, encantadora y bella en su traje de luto, con una dulce sonrisa en sus labios y su mano tendida hacia mí, llena de gusto y placer al volverme a ver. Su cara me pareció que expresaba una viva ansiedad, y la palidez de sus mejillas demostraba cuán cruelmente había sido destrozado su corazón por el terror y las penas.
—Sí, Mabel, otra vez estamos de vuelta—le dije, estrechando su mano entre las mías y mirándola a los ojos.—¡He descubierto el secreto de su padre!
—¿Qué?—gritó con ansiosa sorpresa,—¿lo ha descubierto? Dígame lo que es... dígamelo—insistió sin aliento.
Primero obtuve de ella la promesa de guardar el más absoluto silencio sobre lo que le revelase, y luego le referí nuestra visita a la celda del ermitaño, el recibimiento que nos había hecho fray Antonio y nuestros descubrimientos.
Ella escuchó, con el más grande asombro, toda la historia del tesoro oculto del Vaticano, hasta que llegó el momento de describirle el atentado de Dawson contra mi vida y su trágico fin; entonces exclamó con vehemencia:
—¡Si ese hombre está muerto... realmente muerto... yo, entonces, estoy libre!
—¿Cómo? ¡Explíquese!—le dije.
—Ahora que las circunstancias se han combinado para libertarme de este modo, voy a confesarle todo—respondió después de una breve pausa. Su cara habíase puesto carmesí, y, mirando hacia la puerta, se cercioró primero de que estaba cerrada. Luego, en una voz profunda e intensa, fijando en mí sus maravillosos ojos, empezó:
—He sido víctima de un complot infame y vil, y usted podrá juzgar, cuando conozca toda la verdad, cuánto he sufrido, y si no he procedido guiada por un alto sentimiento de deber y de rectitud. Como usted verá, la conspiración fraguada contra mí no tiene igual por lo ingeniosa y realmente astuta.
Acabo de conseguir descubrir la verdad y conocer el móvil profundamente escondido detrás de todo ello.
Mi primer encuentro con Herberto Hales fue aparentemente casual y tuvo lugar en la calle Widemarsh, en Hereford. Era entonces una niña de colegio que estaba terminando mis estudios, y tan llena de ideas románticas sobre los hombres como les sucede a todas las niñas en esa edad. Lo veía a menudo, y aun cuando sabía que llevaba una vida precaria cuidando caballos de carrera, le dejé que me festejara. Al principio, lo confieso, me enamoré de él, cosa que no pasó inadvertida para Herberto Hales, y durante ese verano en Mayvill, al caer la noche, tuve muchas entrevistas secretas con él en el parque.
Hacía ya como tres meses que nos conocíamos, cuando una noche me indicó que debíamos casarnos; pero, como yo había descubierto, entretanto, que su amor por mí era sólo fingido, me negué. Noche tras noche nos seguimos viendo, pero yo firmemente rehusaba casarme con él, hasta que, en una de ellas, se dio a conocer bajo su verdadera faz, diciéndome, con gran espanto mío, que él estaba bien al tanto de la historia de la vida de mi padre, y después hizo alusión a la existencia de un hecho deshonroso en que, según él, había tomado parte. Me refirió que mi padre, con el fin de posesionarse del secreto que le dio luego la fortuna, había asesinado al marinero italiano Pensi, a bordo del «Annie Curtis», cuando se alejaron de la costa de España. Yo me negué a escuchar tan terrible acusación, pero mi sorpresa fue grande al ver que me hizo tener una entrevista con el amigo de mi padre, el tal Dawson, en la que éste declaró que él había sido testigo del hecho.
Cuando nos quedamos solos esa misma noche y nos paseábamos por una senda extraviada del parque, me manifestó claramente sus intenciones, y me impuso la obligación de aceptarlo como esposo, obligándome a que me casara secretamente, sin que mi padre lo supiera. Me amenazaba con poner en conocimiento de la policía el pretendido crimen, si no aceptaba sus condiciones.
—¡Bribón! ¡Infame!—grité indignado.
—Me hizo notar marcadamente—continuó,—cómo Dawson, el más íntimo amigo de mi padre, había sido testigo del crimen, y me encontré tan completamente perdida en sus poco escrupulosas manos, como también vi comprometida la reputación del autor de mis días, que, después de una semana de inútil resistencia, me vi obligada a aceptar las condiciones impuestas y consentir en ese odioso casamiento. Desde ese momento, aun cuando en el acto que concluyó la ceremonia nupcial, me volví a casa, quedé completamente bajo su poder, y a cada nueva exigencia tenía que darle dinero, dinero que arrancaba por medio de amenazas. Después que consiguió asegurarme como su víctima, se revelaron casi instantáneamente sus verdaderos instintos, que eran los de un hombre que vive a fuerza de sus infamias y para quien el corazón de una mujer no tiene valor alguno, y desde entonces hasta ahora, aunque el mundo creía que era soltera, y asistía como niña a todas las fiestas y reuniones del más brillante círculo de Londres, he vivido, sin embargo, constantemente presa de un terror pánico del hombre que por la ley era mi esposo.
Se calló para poder respirar y tomar aliento, y noté que hasta sus labios estaban blancos y temblaba de pies a cabeza.
—Felizmente—continuó al fin,—pudo usted salvarme; de otro modo, el complot habría tenido éxito en todos conceptos.
Hasta ayer ignoraba por completo el verdadero móvil que había existido para obligarme a este casamiento, pero, ahora que lo he descubierto, veo cuán hábil y astuta ha sido la mente que lo ingenió. Herberto me buscó desde un principio, según parece, porque había oído al anciano señor Hales hacer una observación casual sobre la misteriosa y gran fortuna de mi padre. Como era un aventurero, calculó que podía contraer enlace conmigo, teniendo en cuenta que era la única heredera de esas grandes riquezas.
Hacía un mes que nos conocíamos, cuando, inesperadamente, llegó Dawson de Italia, parando con nosotros en Mayvill, durante unos pocos días, y una tarde que andaba cazando pichones silvestres, nos vio paseando juntos por la orilla del bosque que rodea el parque.
En el acto que nos vio, trazó su diabólico plan, y al día siguiente se entregó a hacer investigaciones sobre Hales, y cuando se hubo cerciorado del carácter y condiciones del individuo, se vio con él e hizo un curioso pacto, dando por resultado que, si Dawson arreglaba los asuntos de tal manera que se efectuara un casamiento secreto entre Hales y yo, recibiría, en caso de la muerte de mi padre la suma de dos mil libras al año, en lugar de presentarse reclamando derechos en los bienes dejados a favor de su esposa.
Le hizo notar a Hales que por medio del casamiento secreto conmigo, tendría una fuente de constantes recursos, como que yo no me negaría a satisfacer sus exigencias de dinero, porque, si yo revelaba el secreto de nuestra unión para acabar de una vez con sus exigencias, él, entonces, podría ocupar en el acto su lugar verdadero como esposo legal de la hija del millonario.
Después de combinado este plan, le refirió a Hales muchos hechos ciertos sobre la vida de mi padre en el mar, con el fin de confundirme y engañarme mejor, pero agregó esa acusación falsa que yo, al verla corroborada por él, tuve la desgracia de creer, es decir, que mi padre había cometido un asesinato para obtener ese pequeño paquete de cartas con el secreto cifrado. Dawson, que rápidamente conoció la clase de hombre que era Hales, le ayudó ocultamente a tenerme bajo su poder, cosa que yo ignoraba por cierto. El móvil que tuvo para hacer este casamiento, en tan terribles circunstancias para mí, fue de largo alcance y previsión. Comprendió que, si me unía al hombre que amaba, mi esposo, a la muerte de mi padre, se preocuparía de asegurar mis derechos como heredera y cuidar de mis intereses, mientras que, siendo la esposa de Hales, yo me aterraría a la sola idea de que se pudiera saber mimésalliancematrimonial, y, como a su vez lo tenía completamente dominado por este convenio, él obtendría, al fin, el objeto que perseguía: la posesión de toda la fortuna de mi padre.
Sabía muy bien, por cierto, que siendo uno de los conocedores del secreto, el cual sabemos hoy que lo constituye el tesoro del Vaticano, era indispensable que mi padre dejara en sus manos la administración de mis bienes, y, por lo tanto, tomó todas las precauciones para asegurar, a su muerte, la completa posesión de ellos. La manera ingeniosa de que se valió para informar secretamente a Hales de ciertos datos que creía que sólo mi padre y yo conocíamos, el modo perspicaz y sutil cómo corroboró su propia invención, afirmando que mi padre era culpable de un crimen, y la reserva y sigilo con que ayudó a Hales para que se casara conmigo ejerciendo presión en mi ánimo, han sido verdaderas maravillas, según veo ahora, de una hábil conspiración infame. Yo temía, no, estaba convencida de que el terrible secreto de mi padre que conocía Hales, era una espantosa verdad, y sólo anteayer he conseguido, con la ayuda del anciano señor Hales, descubrir, en una calle del bajo de Grimsby, a un hombre de apellido Palmer, exmarinero del buque «Annie Curtis», el cual estuvo presente cuando murió el italiano. Me ha dicho que la acusación contra mi padre es absolutamente falsa; que, al contrario, fue el más bondadoso y mejor amigo de ese hombre, y que, en reconocimiento de esto, el italiano le regaló la pequeña bolsita de gamuza con las cartas cifradas. Mis recelos y temores de que el secreto había sido obtenido por medios infames, han quedado, al fin, enteramente disipados; y la mancha que pesaba sobre la memoria de mi pobre padre ha desaparecido.
—¿Y el misterio de su muerte?—le dije, asombrado de esta notable revelación de estratagemas y de engaños.
—¡Ah!—suspiró,—he cambiado de opinión. Murió de causas naturales, pero justamente en el momento en que se iba a llevar a cabo un atentado secreto contra su vida. Herberto Hales, a quien mi padre no conoció, y Dawson, se embarcaron en el mismo tren en que él partió para Manchester, y no tengo la menor duda de que tenían intención, si la oportunidad se les presentaba, de herirlo con el mismo cuchillo fatal con que más tarde se llevó a cabo el atentado contra usted. La muerte, sin embargo, les arrebató su víctima.
—Pero, ¿qué es de ese bribón que la cruel suerte le deparó como esposo?
—El Juicio Divino lo ha juzgado—fue su contestación casi mecánica.
—¡Qué!—balbucí lleno de ansiedad.—¿Ha muerto?
—La noche que usted partió de Londres tuvo una cuestión con Dawson, y otra vez el tuerto demostró su notable astucia, porque, con el fin de librarse de Hales y hacer desaparecer los hechos deshonrosos que éste conocía, parece que informó confidencialmente a la policía de un robo cometido después de las carreras en Kempton Park, hace cerca de un año y que dio por resultado la muerte del damnificado, pues para robarle una gran suma de dinero que llevaba consigo, fue gravemente herido. Dos detectives se trasladaron a las habitaciones de Hales, en la calle Lomer Seymour, como a las dos de la mañana, pero él, comprendiendo que Dawson había cumplido su amenaza, se encerró y aseguró bien las puertas. Cuando, al fin, consiguieron echar una abajo, lo encontraron tendido en el suelo, completamente muerto, con un revólver a un lado.
—¡Entonces, es usted libre, Mabel, libre para casarse conmigo!—grité, casi fuera de mí de alegría.
Ella bajó la cabeza y contestó, en una voz apenas perceptible:
—No, Gilberto, no lo merezco; soy indigna de eso. Lo he engañado.
—Lo pasado ha pasado, y está todo olvidado—exclamé, tomando su mano y agachándome hasta que mis ardientes y apasionados labios tocaron los suyos.—¡Es usted mía... sólo mía, Mabel!—grité.—Esto es, por cierto, si se atreve a depositar su porvenir en mis manos.
—¡Si me atrevo!—repitió, sonriéndose a través de las lágrimas, que llenaban sus ojos.—¿No he confiado en usted en estos cinco años? ¿No ha sido usted, acaso, mi mejor amigo desde la noche en que por primera vez nos conocimos, hasta este momento?
—¿Pero siente usted por mí, queridísima Mabel, suficiente estimación?—le pregunté, profundamente conmovido por sus palabras.—Quiero decir, ¿me ama?
—Sí, Gilberto, le amo—balbució, bajando los ojos modestamente.—Es al único hombre que he amado en toda mi vida.
Entonces la estreché contra mi pecho, y en esos momentos de éxtasis le repetí a mi amada la vieja historia de amor tantas veces referida, y que todo hombre en el mundo repite a la elegida de su corazón, a la mujer ante quien se postra en adoración.
—¿Y qué más necesito decir? Una deliciosa sensación de placer hacía palpitar mi corazón. ¡Era mía, mía para siempre! Estaba convencido de que durante todos los terribles sufrimientos por que había pasado, me había sido siempre sincera y leal. Ella, ¡pobrecita! había sido, como su padre, la inocente víctima del ingenioso aventurero Dawson y del joven bribón y sin escrúpulos que había sido su instrumento, los cuales la habían persuadido, por medio de engaños y de amenazas, a que consintiera en ese fatal casamiento, con el fin de poseer, después, toda la enorme fortuna de Blair.
La suerte, sin embargo, les fue adversa, y en vez de triunfar, su propia avaricia e ingenio les dio por resultado verse derrotados, y, al mismo tiempo, me colocó a mí en la posición que ellos habían tenido la intención de ocupar.
Mabel y yo estamos ya casados, y no hay, ciertamente, en todo Londres, una pareja tan verdaderamente feliz como nosotros.
Después de las tempestades y embates de la vida nos ha sido concedida una tranquilidad plácida y dichosa. El fiel Ford ha vuelto a nuestro lado, como mi secretario, y frecuentemente nos burlamos de Reginaldo, que ha vendido su negocio de encajes, por su profunda admiración por Dolly Dawson, la que, a pesar de ser hija de un aventurero, es una niña muy encantadora y modesta, me veo obligado a confesarlo, y estoy seguro de que será una excelente compañera para mi antiguo condiscípulo y viejo amigo.
El otro día le preguntó, con la mayor reserva, a la señora Percival, que reside con nosotros en Mayvill, si creía que Mabel tomaría a mal que él se declarara a Dolly. Se ve, pues, que sus pensamientos se encaminan, evidentemente, a las sendas matrimoniales.
El anciano Hales vive siempre en las Encrucijadas de Owston, y hace poco que vino a Londres, acompañado de su esposa, a hacernos una larga visita.
En cuanto al secreto del cardenal, hasta hoy no se ha traslucido nada, el público no lo conoce, pues está demasiado bien guardado por nosotros.
Delante de la entrada del gran depósito de las fabulosas riquezas vive aún el grave monje de barba negra, hábito desteñido y usado, fray Antonio, el amigo de los pobres de Lucca, dividiendo su vida solitaria entre la meditación y atender las necesidades de los desamparados de la fortuna de esa populosa ciudad que se levanta en el verde valle toscano.
La iglesia de Roma tiene buena memoria. Durante años ha dado toda clase de pasos, según parece, para ver de descubrir y recuperar el gran tesoro que Pío IX le dio a Sannini, su favorito. La presencia de monseñor Galli, de Rimini, su entrevista clandestina con Dolly, fue, como hemos sabido después por propia confesión de ella, para ver de cerciorarse de algunos datos concernientes a los últimos actos y movimientos de su padre, pues se había sabido que pocos meses antes había vendido en París, a un comerciante en el ramo, el histórico crucifijo de piedras preciosas usado por Clemente VIII, que fue depositado en el tesoro del Vaticano después de su muerte, el año 1665.
Muchos hombres de la City están al tanto de la gran fortuna que ha venido a mis manos, y es probable que muchos de los que lean esta historia conozcan también la blanca fachada de una de las grandes mansiones de la plaza Grosvenor; pero, ciertamente, nadie conoce los extraños hechos que por primera vez he estampado en letras de molde.
Hace como un mes que me hallaba sentado en la silenciosa y pequeña celda que tan hábilmente oculta la vasta riqueza de la cual soy hoy el único dueño y que me ha colocado entre los millonarios de Inglaterra, relatándole a fray Antonio los detalles de la trágica historia de Mabel y cuán cruelmente había sido víctima de tanta infamia, y al hacerlo, di rienda suelta a mis pensamientos, expresándome con franqueza sobre la acción cobarde del hombre que se había hundido en las profundidades del río subterráneo; pero el bondadoso monje, de rostro curtido y arrugado, levantó su mano, y, señalándome el gran crucifijo que había colgado en la pared me dijo con su voz tranquila:
—No, no, señor Greenwood. El odio ni la malicia no deben albergarse en el corazón del hombre honrado. Recordemos más bien esas palabras divinas: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» ¡Cómo nosotros perdonamos! Por lo tanto, perdonemos al inglés tuerto, al hombre que tanto mal hizo, pero que ya no existe.
FIN