III

—Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.

—Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?

—En Zurich.

—¿Cuándo llegó usted?

—Anteayer.

—¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?

—Noté que sufría más que de costumbre.

—¿Alguna vez le propuso a usted separarse?

—Nunca.

—¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?

—La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la repugnaban.

—¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó disuadirle de sus trabajos?

—Muchas veces.

—¿De qué modo?

—Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.

—¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?

—En un tiempo.

—¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?

—¡Oh! ¡Nunca!

—¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?

—Pensamos del mismo modo.

—¿Trabajan juntos en la propaganda?

—Sí.

—¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?

—Ninguno.

—¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No mienta usted: así sabremos la verdad.

—Afirmo que nada más nos liga.

Su acento parecía sincero.

—¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?

El interrogado tardó un instante en contestar.

—No—dijo por último.

—¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?

—En mi cuarto.

—¿En su cuarto de dormir?

—En el escritorio.

—¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?

—A las once y tres cuartos.

—¿Qué hizo usted al oír el tiro?

—Acudí.

—¿Su compañera acudió después?—preguntó el juez, tratando de dar a su voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia de la pregunta.

—Acudió conmigo.

Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las sospechas?

—¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?

—La ganó en una rifa, hace tiempo.

—¿Y las cápsulas?

—Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.

—Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos e impedimentos para su nueva felicidad?

—De ella misma.

—¿Qué quiere usted decir?

—Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran elevadísimos.

—Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?

—No lo sospeché.

—¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de prever!

—Ella gozaba de su confianza; yo no.

—¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?

—No.

—Ahora vamos a oír lo que ella dice.

El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en presencia de la otra.

Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.

La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos; después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.

Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.

—¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de morir?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo... más de un año.

—¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?

—Sí.

Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada sin siquiera volverse hacia el acusado.

—¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted precisar.

—El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.

—¿Qué tiene usted que contestar a esto?—dijo con frialdad Ferpierre, volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.

—No recuerdo el hecho—respondió éste sosteniendo firmemente la mirada del juez.—He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con claridad lo que creía tener razón de temer.

—¿Todavía en los últimos tiempos—repuso el juez dirigiéndose a la mujer—hablaba de su propósito?

—No.

—¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones de quejarse?

—El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.

—¿Es cierto lo que dice?

—No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.

Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un suicidio, para salvar a su compañera de fe política?

—¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la Natzichet?

—No sé. No la veía.

—¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?

—No se...

El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada hablar libremente.

—Déjenos usted solos—dijo a Zakunine.

Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.

—Oiga usted—la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de persuasión confidencial;—nos encontramos en presencia de una grave duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda usted?

La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.

—¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.

—¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido un delito como ese?

La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:

—No.

—¿Por qué cree usted que no?

—Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente. ¡La consoló tanto de sus dolores!

—¿Qué dolores?

—La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa, aplastado por un tren.

—¿Pero después la trató mal el Príncipe?

—Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para sospechar tan horrible cosa.

—¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?

—En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera más bueno, y más suyo!..

—¿Notaba usted disputas entre ellos?

—No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le antojaba.

—¿Le engañaba con otras?

—No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que estaba ausente?

—Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Tres o cuatro meses.

—¿Cómo notó usted ese cambio?

—Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que no iba a volver nunca.

—¿Venía de Zurich?

—Creo que de Zurich.

—¿Se quedó mucho tiempo?

—Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.

—¿Cómo se explica usted tal cambio?

—No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía haber procedido mal.

—Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. ¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?

—Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:—«Qué amable es el señor Vérod, ¿no es cierto?...»—Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.

—¿Cómo era eso?

—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero aquello pasaba pronto...

—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, pero...

—¿Qué temía?

—Se temía a sí misma.

—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?

La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.

—No podría decirlo, señor.

—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a hacer aquí?

—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.

—¿Cuántas veces ha estado aquí?

—Tres o cuatro veces.

—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy íntima... que ella fuese su querida?...

—No podría decirlo. Un día...

—¿Qué?

—La vi besar la mano al señor.

—¿No oyó usted lo que decían?

—Hablaban en ruso. Yo no podía entender.

—Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?

La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía significar ignorancia como asentimiento.

—Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy justificados...—insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba todas las ideas que se le iban presentando.—¿Sabía la rusa que entre los patrones de usted había discordia?

—No podría decirlo.

—¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?

—No sé, señor.

—¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber armado su brazo?

La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD

El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles, cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida acababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad: ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa, la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba, andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo deslumbró.

¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía, gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha visto dentro de ella un mundo horrible?

Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda. Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos, atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del árido pensamiento.

Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera en algún momento estar delante de los espectáculos representados en éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no entenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le apareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? ¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había hecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. ¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las manos de la pianista interrumpieran la ejecución delLargode Bach, que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

—¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca, la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito, de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

¿Había conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso, trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo. Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores. Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración. Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana. Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente, pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa orden.

El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto. Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila tristeza, en tímido gozo!

Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su servicio, había vencido por ella el obstáculo.

Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída, derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso, hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra. Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía, por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha tremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor, que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal; su vista era el consuelo del mundo...

El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del camino, exclamando:

—¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...

Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:

—¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo lo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el mal...

Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior, lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos, contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor existía, sentía retemplarse su fe.

¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su deber era vengarla!

La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad? No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez? ¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...

Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía, que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados, había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.

Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ella misma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en la muerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón al ver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que se hubiera creído!

Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. El dolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, lo que se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlo con serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo había afrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir una obra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientemente grande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyes humanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperado hacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella misma había caído en el error por evitar que continuase consumándolo, para hacer que creyera en algo bueno. Y de ese soberbio sueño se había despertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor había sido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra de destrucción había continuado más activa que antes, y ella, que había querido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces había reconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tener fatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecía perdón, había pensado en la muerte. En ese momento se hallaba, en que las consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que el último destello de su esperanza se había apagado ya, cuando Roberto Vérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella su salvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella había visto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvación había permanecido ignorada de entrambos durante muchos días. Ninguno de los dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible, sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propia virtud. En los primeros tiempos, él se había contentado con contemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, y cuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.

Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo de montañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momento la mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizo flagelado por el viento, erizado de las olas opacas. Huía sin la menor vacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían. ¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. No había llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al ver aparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírsele el corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de las alturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.

Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera de la fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podía enviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda la noche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado. Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra el fuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración: veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.

Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, el cielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado en Milán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa como una torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de una pequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado la pequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado su adolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, donde había transcurrido parte de su juventud, donde estaban sepultados los suyos. Felices divagaciones habían ocupado su mente; pensando en los juveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habían sonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había llorado lágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.

Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasó por Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza había perdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, y delante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobre los terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercaba a la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía que confiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allí recogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que la acompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño, qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ella le había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veces había repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vida de la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ella poseía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.

Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir en un solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente, cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario, junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían ido reuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como una aureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; una mano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tules blancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.

Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual, pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, el estupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lo dejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de un relámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allí esa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro, incontenibles. Benefactora secreta, consoladora compasiva, se denunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquella lápida; en el pensamiento amoroso que la había hecho tejer aquella guirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando la compasiva mano colocaba la blanca ofrenda. Y él, temblando también, lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.

Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En los momentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de su persona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante, la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar la mirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecía que por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientos que lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo el pensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el alma de la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchado otra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»

Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes, las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. La ausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivían la misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiración que sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, un sentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar que jamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las dos criaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, la necesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban. Tomar, de rodillas, su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era lo único que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, en el momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a la inspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba a contestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿No era verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desde que sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera que había sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...

El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse en pie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazo como en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura del recuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero la ensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. El inicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, y así perdía él, una después de otra, a sus hermanas.

—¡Hermana!... ¡Hermana!...

Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eran esas: el cariño de hermana, el nombre de hermana. Todos sus otros amores habían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buen recuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdén contra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se había vanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos como si cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en el mal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno de ellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habían enfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.

Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgir dentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntima comunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, a la hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que le proporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había querido obedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para su soledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, que quiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecer su propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en una felicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de un sueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitan y multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontraba nuevas virtudes.

Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de su propio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces, no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, calló sus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.

Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdos habrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabras fraternales?

«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuando usted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosas y raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella se encarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamás he podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegría como en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de su muerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondad y hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso una parte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba. Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigo misma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a usted tan agradable...»

¡Y también ella estaba muerta!

El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobre el paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecían lápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estaban en el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos las sepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales su mano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. El cadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de las autopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora se encontraba en la iglesia.

Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en que estaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Con paso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la misma casa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban a tener la postrera reunión.

Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia el Cielo en su busca. Después de la primera carta había intentado escribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes. Y su vida había sido una continua ansiedad. Por todas partes la buscaba. Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelco en el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella una lejana semejanza. Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor se agravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cuales creía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños se repetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazón palpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, y ella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, se desvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.

Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, le impedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí, sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio del verano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído a la influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: la angustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron de improviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivía de su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo había comprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni había dudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías del sentimiento le eran desconocidos.

«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado. Estaban en la montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosas se dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en la luz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «La verdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me ha acompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía. Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Y así como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y con verdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables. El amor tiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, pero después de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, es como matarse porque se tiene que morir. Pero la vida del amor depende de una condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difunta hermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Que hubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigado demasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habría inquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en las leyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de la dicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habría temblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen. Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado con un tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina, porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia: así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocido demasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez, principalmente de parte de los hombres. Para nosotras, mujeres, el experimento es demasiado arriesgado. Y, en general, mientras más se prueba, menos se cree. Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyes para que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creer ahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, con sinceridad igual. No me hago peor de lo que soy; pero si los demás no tienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible. Este sentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana de usted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucedería entre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal. Ahora veo que aun esto nos está prohibido. Usted debe avergonzarse de mí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar la tentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, o venciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosas están fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecer y hacer daño...»

Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tan segura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; pero ella había tendido la mano hacia los montes lejanos:

«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otras permanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega el momento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es en todo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momento cree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permiten esperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz cruda le hará ver su engaño...»

Pero él no la había dejado terminar:

«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber. Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente, ¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es una criatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida lo contamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Y siendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y los mayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien. Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿no es más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta? Hubo un tiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristiana y usted misma me ha hecho volver a mis creencias. Si usted ha errado, las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora de perdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón lo ha esperado, lo espera...»

«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!

El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que su amor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otras cosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habría lastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto. La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tan límpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otro objeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras no la expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario, permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que no habría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sostenía naturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento de todo...

Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.

Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas por la luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.

Vérod se desplomó junto a la verja.

¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón! ¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!

Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y él estaba vivo?

HISTORIA DE UNA ALMA

La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba en aumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: el examen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma, demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia de cerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, no excluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca. Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, que iba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse una opinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de la violencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.

Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar una de las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna prueba moral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en el domicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con la fiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.

Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente a la adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niña al salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la había embargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre. Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; las páginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavía llenas de los recuerdos de la antigua.

«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea en torno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando la pobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazo de la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con sus pensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mí como yo me acuerdo de ellas?»

El sentimiento predominante era su adoración por su padre.

«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía no poder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a mis distracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: él dice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en las ideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuando participa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad es más sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes? Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?

»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente, mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosa de que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; me parece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo de no servir en realidad para nada...

»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Está temeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le ve el empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres y diversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, y cuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porque no puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me ha dicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito, cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches al club: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que no abandone demasiado a sus amigos por mí!...

»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hago por él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer. Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que me fastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempre estas palabras:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—A todas nos llamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre de todo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no se quejaba:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—Se fastidiaba jugando, estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sin salir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debía sufrir de alguna enfermedad la pobrecilla. Probablemente papá me cree a mí también enferma...»

En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre por su salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor que la de una hermana de caridad.

«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a mi cabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verle ir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar la mesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerlo él mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...

»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quiero sentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en la casa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por mi causa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en el espejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con la otra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente, como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera él mismo!...

»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o no como algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias y sintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele el pecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererse así!»

Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creían hermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además en su opinión el error no era tan grande como parecía:

«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la da más que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuando son buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden; mientras que mi papacito...»

Y también de este hecho encontraba una explicación:

«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos, su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuando yo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me lo da. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos de ella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Pero cuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tiene razón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, que me quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»

También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto por sí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana, entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muy numerosas y unidas le daban envidia.

«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo, los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican, mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre, puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo? Cuando me siento mal, siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase a papá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismo se lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisiera dividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariño no se dividiría: se sumaría...»

Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en su corazón había un puesto para un afecto distinto. Confesaba este sentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba la idea de que su padre pudiese leer aquel diario:

«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez en cuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creía en la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino a preguntarme si me sentía mal. Fácilmente lo tranquilicé, pero le dije que estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribir en este libro. Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito de confiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que le digo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo. Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estas memorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio, esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas las noches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado con felicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que había dicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía por qué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé a hallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no me atrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que me parece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensan necesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Por qué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir? ¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoy segura!...»

Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto con su padre, le había revelado que escribía su diario. Para fortificar la memoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri, de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando el papa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordó bien y fue a buscar su libro.

«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estaba resuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos de leerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creo que me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginas solamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome en la frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muy valiente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué que lo leyera todo; pero él no quiso.

»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora me siento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»

La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar de poesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia, siempre con motivo de libros y cosas literarias. Íntimo amigo de su padre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimas personas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a su respecto juicios muy favorables.

«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; es bueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...

»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott... Hoy he recibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...

»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la ha dejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo del duelo que Tasso describe enJerusalén libertada: el Conde ha desafiado en broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas no son ya cosas de nuestra edad!...» ¡Esta respuesta me ha disgustado tanto! ¿Entonces se cree viejo? ¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años! Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste no le ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...

»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sé dónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera de pensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiado tanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide; entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...

»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando en cuando, y él alaba mi gusto...

»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.

»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudo de la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo se ha reído!

»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas que ordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tanto cuanto enternece.

»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre su librería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me ha explicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del de las señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldica y de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.

»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, no hace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigo que le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.

»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, y yo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algún tiempo, con una elegancia exquisita. Siempre me dice, ya haciéndome ver el corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es la última palabra de Gironi. Esta es la última palabra de Vassier...» Gironi es el sastre. Vassier el fabricante de corbatas.


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