IX

—¿Por qué?

—¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

—¿Después que ellos admiten la existencia del delito?

—¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!

—¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él es el asesino?

—¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso desesperado!

—¡Y no ve usted que dijo la verdad!—arguyó Vérod.—¡Si esa mujer hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto realmente perdido!

Ferpierre no contestó.

Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por un falso camino.

—¡Hipótesis o presunción como todas las demás!—exclamó bruscamente, deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.

Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más. La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.

La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que el joven era quien veía con mayor claridad?

Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet. En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después, creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su suerte.

Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces, probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y habría confesado la verdad.

¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido fructuoso!

Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?

Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho, queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha tratado de salvarle, aunque en vano...»

Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad, pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»

¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía? ¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan turbada, con expresión tan sincera?

Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las inextricables dificultades del caso.

¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible? ¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación, afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?

Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era urgente.

Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles: un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:

«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»

Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja, que decía:

«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su declaración.»

Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero; que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen irresolutos para siempre.

La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a explicar todo.

No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre, después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la carta no anunciaba el suicidio.

Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.

Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.

Un telegrama de Londres para elJournal de Genèveprecisó, al día siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.

Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.

Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que no tenían importancia, decía:

«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.

»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted indulgente.

»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no espera, no.

»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que siempre me ha tenido.

»Sor Ana, ruegue usted por mí.»

ESPASMO

Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la memoria de los hombres. Los propietarios de lavilla Cyclamenshabían pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.

La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó el asunto.

Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido antes al drama de Ouchy.

El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones, demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que, después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo, ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible: después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.

Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo tardaba en concederle ese ambicionado bien.

En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido merecedora de su amor.

Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba a él?

«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a que induce a la persona amada.»

Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!

Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una perfección sobrehumana.

«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser; y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme envilecer más de lo debido su memoria.»

Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que vivía fuera de la ley.

¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese amado a ese hombre con amor puro!

Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil, perversa había sido la pasión de aquella mujer.

Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel! ¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente? El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...

Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a su memoria las proféticas palabras de un día lejano:

«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión; esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el de usted...»

Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había reconocido su propia indignidad.

Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.» ¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...

«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? ¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a rescatarse?...»

Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra pregunta, más ansiosa que las demás:

«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»

Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión aliméntala por el remordimiento?

Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién era él, que pretendía condenarlo?

¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus culpas?

De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.

No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero sin renunciar a la vida.

¿No era ese el camino?

Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! ¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: se había matado porque todo acaba en la muerte.

«Entonces, ¿nada existe, nada?...»

La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.

Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.

Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro, confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor infinito.

El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana, lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron. Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de Ouchy, las cuestas de Lausana, lavilla Cyclamens, el bosque de Comte, las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y sonriente a, la luz del sol.

Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él sentía en su interior.

Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran de improviso evocar el bien perdido.

Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.

¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?

El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.

—Roberto Vérod—decía la voz—¿no me reconoce usted?

Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un espectro.

¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?

—¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales de una rápida decadencia.

Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se desencadenaban en su alma.

—Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y después de una pausa, añadió:

—Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.

El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.

—¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...

Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.

—Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. Y me burlé de ella y la ofendí.

Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera ciego, y luego prosiguió:

—Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, también me reí de mí mismo...

Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.

Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder decirla:—¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces como las demás, lo que te place!—era algo que me colmaba de júbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.

Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...

Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra de consuelo...

El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...

¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido curarme como el amor de una criatura como esa.

Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y que hemos retirado la mano, y proferido—¡demasiado tarde!—la palabra; ante esa idea el corazón cesó de latir...

Ya ella no era mía: era de usted, y cuando adquirí esta certidumbre, comencé nuevamente a reír y a burlarme. Huí de ella, pero tuve que volver a su lado; aun cuando me mostraba arrepentido y convertido, no me pesaba la sujeción: lejos de ella no podía vivir. Así transcurrieron los últimos meses, alternando mis huidas con breves regresos. A Zurich iba para hablar de ella a otra infeliz, a Alejandra. Alejandra Natzichet ha muerto...

Vérod estaba aturdido. No, no soñaba; pero la realidad tenía todos los caracteres del sueño. El hombre que hablaba en su presencia se parecía a aquel orgulloso revolucionario como las pálidas imágenes de una pesadilla se parecen a las personas vivas. ¿Muerta la Natzichet? ¿Cómo, por qué había muerto? Hasta la hora y la luz eran poco naturales: el amarillento crepúsculo alumbraba de manera extraña la habitación, las cosas, el rostro escuálido del Príncipe.

—Confiaba mi tormento a Alejandra, ¡y Alejandra me amaba, sin que yo lo notara siquiera! La vida lo ha querido así: ¡que nuestras almas, que estos cuatro seres se hayan encontrado para sufrir un dolor inefable, y que ninguno supiera lo que el otro sufría, o lo supiera siempre demasiado tarde! Yo profesaba a Alejandra un afecto fraternal: la soledad en que se encontraba sumida, su entereza, que la hacía capaz de soportar y vencer las dificultades de la vida, me inclinaron a protegerla, a sostenerla como a una hermana, como a una hija; ¡pero ella me quiso con un afecto más ardiente! Y aunque yo me hubiera dado cuenta de su amor, ¿habría podido hacerla feliz? ¡Sólo a ella podía confiar mi pasión por la otra!...

Alejandra trató de curarme llamándome al deber de servir la causa: quise escucharla, pero en vano. La idea de reconquistar el amor que antes desdeñara, embargaba y dirigía mi vida entera. Después de haberlo desdeñado, atribuía a ese amor un precio inestimable. ¡Era justo!...

Nada de esto decía a Florencia: las veces que venía a verla, me pasaba los días temblando de descubrir que, así como había dejado de ser mía en el alma, se hubiera entregado ya a usted. Para no creer en esa horrible cosa, me decía: «¡Piensa con tanta elevación, que nunca lo hará!» Y una voz interior me contestaba: «¿Ahora crees en aquella altura moral de que antes te reías?» Sí, antes me reía. ¡Y todavía no creía en ella!

Mi confianza en que no me traicionara no se fundaba tanto en la estima en que tenía su carácter, cuanto en la imposibilidad de creer que todo hubiera terminado irremediablemente entre nosotros. Veía que mi vuelta y mi arrepentimiento la producían una ansiedad mortal, y me halagaba la esperanza de recuperarla...

¡Estar a su lado y no poder tomarle la mano! ¡Recordar lo pasado y desesperar de vivir otra vez una sola de sus horas!... ¡Tanto como pasaba por mí, y nada podía decir! La soberbia me contenía aún y también otro motivo menos mezquino. Yo me encontraba ya en la pobreza, ella era rica: ¿hablarle de mi amor, no podía ser una mentira sugerida por el cálculo?...

Un día hablé. La dije:

—Te he perdido, he querido perderte: siento que mi culpa es irreparable. ¡Pero si tú supieras lo que pasa dentro de mí! Te pido por favor que no me abandones en este momento en que todo se derrumba en torno mío. Más tarde harás lo que quieras...

Ese mismo día, el día de la tempestad había hablado usted también. Estrechada entre nuestras dos pasiones, resolvió morir. La respuesta que me dio fue:

—Nunca le abandonaré porque soy su esposa; pero acuérdese usted de que nuestro amor ha muerto.

Su acento era frío, su mirada evitaba encontrarse con la mía.

Cuando comprendí que también usted había hablado, se me ocurrió que no era sincera, pensé que me ocultaba algo. Pero lo que temía era que hubiera resuelto huir; no creía que tuviera la decisión de morir: ¡aun no la conocía!...

Pasé una noche tremenda. Ella también la pasó en vela. Cien veces, mil, quise ir a buscarla, pero su puerta me estaba vedada. Por la mañana vino Alejandra a buscarme, a llamarme, con la intuición de una catástrofe. La prometí partir, pero antes quise ver por última vez a Florencia.

Al oírme entrar en su cuarto escondió precipitadamente algo. Vi que era el arma.

Al tal punto se sentía oprimida entre nuestras dos pasiones, que quería morir para libertarse... Comprendí que yo no tenía derecho de hablar, de haberme introducido en su habitación; que debía dejarla entregada a su destino, a la libertad, a la muerte, pero no podía. La idea de que entre dos seres que habían sido el uno del otro no existiera ya nada, nada; de que yo era peor que un extraño para ella, no encontraba cabida en mi mente. Y la voz secreta me decía: «Antes, tú creías que el amor fuera el encuentro fugaz de dos caprichos, antes te reías de los lazos indisolubles...»

Yo no podía admitir que perteneciera a otro, aun cuando no fuera más que con el pensamiento. Yo, que la había traicionado, no podía admitir el ser traicionado a mi vez. Mi soberbia era ilimitada, no toleraba que alguien valiese más que yo. Y como comprendía que usted habría sabido hacerla feliz, la soberbia, el amor, los celos, todas las pasiones, todos los instintos de mi raza, de mi naturaleza, se sublevaban amenazadores.

—¡Tú me prometiste ayer—la dije con acento amargo—que no me dejarías, porque eres mi esposa, y ahora quieres matarte!...

Ella no lo negó.

—Déjame morir—fue su respuesta;—eso será mejor para todos.

En su voz había algo que no conocía: su amor por usted, el rencor de tener que abandonar la felicidad que se prometía con usted.

—¿De modo que ya no puedes tolerar mi vista? ¿Tanto te horrorizo?

La dije estas palabras, y muchas, muchas otras.

Ella me respondió únicamente:.

—¿De quién es la culpa?

—Óigame usted: este era el primer reproche que me dirigía después de tantos meses de dolor.

—Pues bien—la repliqué,—yo desapareceré: partiré hoy mismo, dentro de un momento y nunca volverás a verme. ¿Quieres morir, sin embargo?

—Sí—me dijo.

Tuve miedo de comprender, pero, no obstante, la pregunté:

—¿Por qué?

Sus palabras, nada me dijeron que yo no supiera ya.

—Porque si vivo seré suya.

¡Suya, de usted, de otro!...

Una llamarada me subió a los ojos y a la frente.

—¡Eso no es posible, no sucederá!...

Ella movió la cabeza.

—¡No digas que no!—insistí.—¡No digas que no!... Ya sé que no me amas, que me odias, que me execras; pero no me digas, que amas a otro, porque... porque...

—Le amo—dijo.

Entonces la supliqué, hasta lloré. Ella repitió:

—Le amo. No se debe mentir. Yo no sé fingir. Le amo; y porque este amor me está vedado, muero.

Yo me eché entonces a reír, la escarnecí:

—¡La persona que quiere morir no lo dice!... ¡Bien desempeñas tu papel!...

Todavía creo ver su mirada asombrada.

—¿No me cree usted? ¿No cree cuando ya me he despedido de la única persona que me llorará sinceramente?...

—¿De él?...—exclamé.

A sor Ana era a quien había escrito; pero no manifestó indignación de mi sospecha, del tono de ironía con que la expresé. Se limitó a corregirme:

—De sor Ana.

Yo repuse siempre en tono de burla:

—¿Y la salud del alma?

Al oír estas palabras se ocultó el rostro entre las manos. Yo se las tomé de repente, y traté de atraerla hacia mi pecho.

—¡No, no morirás; tú vivirás para mí, conmigo...

Ella se levantó de un salto y se echó para atrás:

—¡No me toque usted!

Yo sentí que mi inmenso amor chocaba contra un odio implacable.

—¡Bueno! ¿La causo horror?—la dije.—¡Y lo ama usted a él! Y aun cuando en realidad quisiera usted matarse, no lo haría, porque teme el juicio de su Dios. Yo quiero librarla a usted de esa pena!...

Y antes de que siquiera tuviese el tiempo de sospechar mi intención, me apoderé del arma, que tenía oculta entre varios libros.

—Ahora no se matará usted, no afrontará la ira de Dios, y podrá usted también correr en busca de nuevas caricias.

Desde ese momento ya no la reconocí. Miró en su derredor, como si se sintiera presa de una gran congoja, como si se creyera perdida, como si se viera envuelta en una tromba voraz y absorbente.

Luego me miró: sus ojos estaban iluminados por un fulgor de gozo, por una sonrisa burlona.

—¡Ah! ¿Cree usted?... ¿Hasta usted cree que yo quiero morir?... ¿Cómo lo ha creído usted?... ¡Llévese esa arma! No es la muerte la que me espera, sino la vida y el placer... ¡Váyase usted: déjeme sola: él va a venir ahora!...

Yo también miré entonces en torno mío, desconcertado: mi mano armada temblaba. Y como en mi mirada había una pregunta, ella la comprendió:

—¡Va a venir: soy suya!...

La roja llamarada me subió otra vez, más furiosa, a los ojos y a la frente.

—¡Cállese usted!—la grité.

—¡No, no quiero callarme! ¡No puedo!... ¡Le amo, soy suya!

—¡Cállese!—la ordené una vez más.

—¡No, no quiero callarme! ¡Le amo, y a ti te odio y te desprecio! ¡Tú me has hecho tanto mal, que tengo derecho de desquitarme por fin! ¡Nadie puede condenarme!...

—¡Cállate!...—la intimé por tercera vez.

—¡No, no puedo callarme! Aunque me condenen, ¿qué me importa? Todo mi ser necesita respirar la felicidad de que por fin se siente saturado. ¡Quiero gritar a todos, a todos quiero hacer ver la felicidad que me inunda el alma!...

—¡Estás loca!—grité.

—¡Sí, desde que soy tuya!

No; eso no era posible. Si hubiera sido cierto, si yo hubiera debido creerlo, yo también me hubiera vuelto loco.

—¡No es cierto! ¡No te creo!—exclamé.

Ella me contestó, atónita, riéndose:

—¿No lo crees? ¿Cómo te lo haré creer?... Escucha: si no fuera verdad, ¿yo habría querido morir? Tú me has encontrado con el arma en la mano; he escrito ya una carta de postrer adiós; iba a escribir mi testamento: después le habría escrito a él. ¿Crees que yo habría querido, habría podido dejarlo de esa manera? Sin el remordimiento de la culpa, ¿habría pensado en la muerte? ¡A no haber sido mi caída, habría continuado viviendo como hasta ahora! Deseaba morir, porque creía haber pecado; ¡pero ahora ya no, ya no, ya no!...

—¿Tú has hecho eso?

—Lo he hecho y lo volveré a hacer. Le amo, es mío, para siempre. ¿Quieres saber desde cuándo? ¿Quieres saber cómo?

—¡Cállate! ¡No me provoques!

—No, no te provoco. ¿Qué me importas tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado el derecho de entrar aquí? ¡Vete, déjame! Él me espera, te lo repito... ¿Quieres darme miedo?... ¡Ah, ah!...

Mis miradas debían ser espantosas: ¡y ella se reía e insistía!

—¡No te temo! ¿Qué puedes hacerme?

Yo prorrumpí:

—¡Matarte!

Ella abrió los brazos, alzó la cabeza, presentó el pecho.

—¡Mátame! ¡Seré suya hasta la tumba!

—¡Cállate, o te mato!

—¡Hasta la tumba! No hay uno solo de mis pensamientos, ni un latido de mi corazón, ni un movimiento de mi alma, ni una fibra de mis carnes, que no sea suya...

Yo alcé el arma. La mirada fulguraba, su voz cantaba:

—En la vida, hasta más allá de la muerte, de él solo...

El tiro partió...

Roberto Vérod había temblado durante el relato, de dolor, de horror, de compasión, de remordimiento impotente, de odio mal contenido. Al oír la última palabra dio un paso adelante, y alzando el puño gritó:

—¡Asesino!

El Príncipe sostuvo su mirada, y dijo:

—Pegue usted.

Así permanecieron los dos, frente a frente, durante un tiempo que ni uno ni otro habría podido después apreciar. Vérod volvió a dejar caer el brazo, y con voz sorda, trémula, repitió:

—¡Asesino!

—He venido para que usted cumpla justicia. Lo que usted haga será justo. Pero escúcheme usted todavía un instante. Cuando la vi caer, cuando vi su sangre brotar de su horrible herida, un rugido se escapó de mi pecho. Todavía estaba viva. Vivió para decirme sus últimas palabras. Óigalas usted:

—He mentido, para morir... Yo no podía... Gracias... Perdón...

Esas fueron, sus postreras palabras. Yo quise morir con ella. Tenía en la mano el arma, y la volví contra mí mismo; pero alguien me apretó en ese momento el brazo como con una tenaza. Alejandra estaba delante de mí:

—¡Tú tienes que vivir! ¡Debes vivir! ¡Debes salvarte! ¡Déjame hacer!...

Yo no comprendía.

Alejandra colocaba el arma junto al cadáver, estudiaba la manera de ponerla, le extrajo una cápsula.

—Se habrá matado, como lo había anunciado: todos lo creerán...

Ya se acercaban las voces, los rumores de pasos:

—Óyeme. Si sospechan, déjame contestar a mí; confirma en todo caso mis respuestas. ¡Piensa en el deber! ¡Piensa en la causa! ¡Piensa en mí, que te amo, que te quiero para mí, que sabré hacerte feliz!...

Yo no comprendía. Corrí a pedir socorro, con la esperanza que todavía estuviera viva. ¿Por qué ocultar la verdad? Decirla fue mi primer impulso. Si no la dije inmediatamente fue porque todavía no comprendía nada: no oía las preguntas que me hacían, contestaba a ellas mecánicamente, como en sueños. Pero después, cuando usted me arrojó a la cara la acusación, yo me sublevé. Todavía era esa mi condición. Mi pensamiento, mis sentimientos, obedecían ciegamente a esa clase de reacciones repentinas. Acusado por usted, me defendí. Dije todo cuanto podía decir en mi contra, reconocí haber sido yo quien la empujó a la muerte, pero negué el acto extremo. Varias veces en el curso de los interrogatorios estuvo por confesar; pero al oír el nombre de usted, al ver la dureza del juez, me contenía. De la necesidad de destrozarme, de morir, de expiar mi culpa, que me dominaba en los primeros momentos, pasé a la ansiedad de la deliberación: como una fiera aprisionada, no tuve ya otro empeño que el de romper mis cadenas, de correr en campo abierto, de ser otra vez dueño de mí mismo. Y, sin comprenderlas, confirmé las declaraciones de Alejandra; y cuando ella se acusó, cuando por fin la comprendí, cuando vi que se perdía por amor a mí, entonces, naturalmente, acepté el sacrificio... Ambos fuimos dejados en libertad, y entonces, en el momento en que me vi libre, en que la mentira triunfaba, me propuse decir la verdad. Todavía me callé durante algún tiempo, porque dentro de mí, en la prolongada noche de mi mente, el alba de un nuevo día aparecía ya. Alejandra creía velar sobre mí porque estábamos juntos, porque me hablaba. Yo no la veía, no la oía: una alma, muda e invisible, gobernaba ya mi vida...

Se interrumpió un momento, alzando los ojos al firmamento. El cielo se había calmado, los amarillos nubarrones habían desaparecido: coloraciones rosadas, y verdes, purísimas, iluminaban el occidente.

El Príncipe continuó:

—El rencor, el odio, la envidia, la concuspicencia, todas las miserias que habían formado mi vida, se me aparecieron por fin bajo su luz sombría. La sangre que yo había hecho derramar nada me había dicho aún: era necesario que yo mismo derramara la sangre de una víctima, de una mártir, para comprender la ley del amor. Todas las enseñanzas que ella me había prodigado, y yo había desdeñado y hecho objeto de risa, volvieron a mi memoria. La simiente que parecía perdida, fructificó. ¿Cree usted que Florencia haya muerto?

La voz del penitente era tan suave, que Roberto Vérod se sintió hondamente conmovido.

—Todavía vive; en todas las cosas bellas, en todas las cosas buenas: habla dentro de nosotros, y nos aconseja. Ella me ha dicho que venga a ver a usted, usted que la ha amado, que obtuvo su amor, sabrá lo que ha de hacer de mí.

Esperó a que Vérod contestase; pero como éste era incapaz de decir una palabra, el Príncipe continuó:

—Usted no puede matarme, porque recuerdo la ley del perdón que ella practicaba. Pero ¿debo yo vivir libre todavía? ¿Será suficiente mi vuelta a la fe; bastará que en todo este tiempo me haya ocupado en reparar el mal que he hecho? ¿No estoy obligado a dar al mundo una prueba de mi conversión, de los alcances de ésta? ¿Y no debo expiar para merecer verdaderamente que se me perdone?... Tengo dos caminos por delante. Puedo entregarme a la justicia de este país para pagar mi crimen aquí donde lo cometí, o la justicia de mi patria, ante la cual soy responsable de otras culpas. ¿Quiere usted decirme cuál le parece el mejor partido?

Roberto Vérod no contestó. ¿Qué podía aconsejarle? ¿Y con qué derecho?... El dolor lo embargaba hasta tal punto, que su criterio estaba completamente obscurecido.

—Pues bien: yo creo no equivocarme al seguir un ejemplo que ha sido para mí una advertencia: partiré para Rusia. Aquí tal vez se juzgaría con demasiada indulgencia mi delito, un delito originado por la pasión. Allá me espera la pena capital. Y luego, yo tengo que confesar al mundo que me he engañado. Si las leyes que gobiernan las sociedades no hacen felices a éstas, la culpa no es de los hombres que las dictaron. Otros hombres tampoco podrían dictar más que leyes humanas, esto es, defectuosas e ineficaces. Odiarse y combatirse por disciplinar de diverso modo el dolor a que la humanidad está condenada, es propósito de locos. Es preciso luchar contra la injusticia y contra el mal; pero fuera del amor no hay otra arma eficaz. Es necesario armarse, compadecerse y ayudarse. Yo quiero proclamar mi error en alta voz, quiero pedir perdón del daño que he infligido a tantos, a tantísimos...

Oculto el rostro entre las manos, se quedó en esa actitud, meditabundo, y luego, volviendo la mirada hacia Vérod, repuso:

—Y a usted, a quien tanto mal he hecho, quiero pedirle humildemente que me disculpe. Sin duda todavía es demasiado pronto para que pueda usted soportar mi vista. Pero yo sé que su corazón está lleno de bondad. Usted, que ha merecido ser amado por ella, debe ser el mejor de los hombres. Antes de dejar estos lugares, que ya no volveré a ver nunca, antes de que la expiación se cumpla, pido a usted como una gracia que me diga una palabra. Piense usted que voy a morir pronto. La última palabra pronunciada por ella fue de perdón: me pidió que la perdonara ¡yo, que la había muerto! Dígame usted que no aborrecerá mi memoria.

Roberto Vérod seguía callado; pero en ese momento no hablaba porque una emoción violenta se lo impedía.

—Muy doloroso sería para mi corazón el verse perseguido por el odio de usted. A tal punto llegó usted a ser parte de ella, que una palabra suya de bondad me sostendría en el cumplimiento del deber que me he impuesto...

Y tomando una mano del joven, le suplicó:

—Roberto, ¿me perdona usted?

Este hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

Y al ver que de los ojos de Zakunine brotaban las lágrimas, al ver el llanto de ese hombre de corazón de hierro, concluyó él también por llorar.

—El alma de Florencia está presente aquí—dijo el Príncipe.

Ya los sollozos no turbaban su voz: su llanto era tranquilo y suave.

Luego agregó:

—Sea por siempre bendita y bendecida.

El llanto de Vérod era tempestuoso.

—Roberto, ¡qué bueno es usted! ¡Gracias!... ¡Adiós!...

Diciendo esto, se inclinó a besar la mano del joven. Pero Roberto Vérod la retiró y abrió los brazos. Los dos hombres permanecieron un momento estrechamente abrazados.

El Príncipe preguntó en voz muy baja:

—Hermano, ¿me perdonas?

—Te perdono, hermano.

Desprendiéndose del brazo, se pasó Zakunine una mano por los ojos, y en seguida se alejó. En el umbral de la puerta, antes de desaparecer entre las sombras, se volvió una vez más.

—¡Adiós!

Al cabo de un mes, las hojas de publicidad estaban llenas del relato de un caso extraordinario: el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine, el nihilista feroz, el revolucionario implacable de quien nadie había tenido noticias durante tanto tiempo, había vuelto a Rusia, a Odesa, por la vía marítima: a bordo del vapor se había descubierto a los agentes de la policía para que le entregaran a la justicia. Además de haber confesado sus delitos políticos, de los cuales se arrepentía solemnemente, había revelado su crimen pasional de Suiza. Esta nueva versión del drama de Ouchy excitó enormemente la curiosidad pública, y mayor fue aún el interés cuando se supo que, por más que sobre la cabeza del Príncipe pesara la pena de muerte, una voluntad soberana, impresionada por la conversión del rebelde y del descreído, había conmutado esa sentencia por la relegación perpetua en Siberia.

Roberto Vérod continuaba en Lausana, en los lugares de los cuales no se podía ya apartar. Un día, después de haber leído esta noticia, se encontró con el juez Ferpierre. Desde el momento del proceso no había vuelto a verle y apenas lo distinguió se le acercó, agitado y ansioso, como a la única persona con quien podía hablar aún de la muerta, del culpable y de sí mismo.

Ferpierre, que lo había sabido todo por los diarios, le dijo:

—Tengo gusto en encontrar a usted. Su corazón no le engañaba: lo que usted sostuvo hasta lo último era verdad. Usted no tenía más auxiliar que su pasión, pero ésta le hizo ver con claridad completa. Florencia d'Arda no podía matarse, no podía morir voluntariamente dejándole tan triste ejemplo, sin una palabra de consuelo. Por grande que fuera la angustia de su alma, por más, que ella hubiera decidido quitarse la vida y lo hubiera anunciado, la cristiana tenía que detenerse en el último instante. Pero como tampoco podía ya vivir, dados los celos furiosos de aquel desgraciado, provocó a este mismo para que la libertara. Las apariencias me engañaron. ¡Qué cosas tan extrañas suceden en la vida!... Todos vosotros podías haber sido felices, si la casualidad no os hubiera hecho encontraros para haceros sufrir inefablemente: la Condesa, colocada entre el respeto de sí misma, de su palabra, de su fe, y el amor de usted. Usted, desesperadamente enamorado de ella y celoso de Zakunine; Zakunine, perdido por los celos que usted le inspiraba, por su tardío amor hacia ella, por su estéril remordimiento; la Natzichet, amante, taciturna, desconocida, desdeñada... ¿Qué será de ella?

Entonces Vérod se acordó de las palabras del Príncipe.

—Ha muerto.

Pero, ¿cómo, dónde y cuándo? Zakunine no lo había explicado, ni él había pensado en preguntárselo. ¿Había fallecido de muerte natural, o violentamente? ¿Se había matado, o como Alejo Petrovich, y antes que él, había vuelto a Rusia con el objeto de hacerse condenar allí? ¿Había aludido a ella el Príncipe al decir que quería seguir un ejemplo que para él era una advertencia? Nadie podía decirlo, y seguramente jamás llegaría a saberse.

—¡De qué manera tan misteriosa ha pasado por la vida!—dijo el magistrado.—Y tenía un gran corazón.

—Sí—ratificó Vérod.

—Tampoco aquel desgraciado era perverso. El Emperador ha hecho bien en conmutarle la pena: la muerte debe quedar en las manos de Dios. Viviendo el asesino, se puede esperar su redención.

—Está redimido.

Y como el juez lo interrogara con la mirada, Roberto Vérod le refirió su coloquio con Zakunine.

—Yo lo he perdonado. Conocí que la muerta quería que lo hiciera. Ella, que lo convirtió, que al morir de su mano realizó la obra de salvación a que se había consagrado cuando se unió a él, no podía querer que yo le guardara rencor. Esa alma soberbia y feroz ama ahora y se prosterna. Yo mismo, que después de haber creído, había caído nuevamente en la duda, vuelvo finalmente a la fe que ella me inspiró. Es cierto; y usted tuvo razón al maravillarse un día de mi aversión hacia él. Nuestras naturalezas eran diversas, pero ambos estábamos de acuerdo en la desesperanza de la vida. Ambos veíamos en el mundo un mecanismo inconsciente, un vago fuego de fuerzas ciegas y desbordantes. Ella nos unió en el sentimiento del bien, nos reveló el amor y la fraternidad humana. Después... nos hemos abrazado como hermanos. Su conducta, su aceptación del castigo servirán de ejemplo al mundo. Y yo estoy convencido de que debo renegar de mis desesperadas ideas de un tiempo; que debo proclamar las buenas enseñanzas que ella me inculcó...

Habían bajado hasta Ouchy. Ambos continuaron silenciosos durante un buen trecho, por la orilla del lago terso y azul, que parecía un pedazo del cielo, caído sobre la tierra.

Después habló Ferpierre:

—Hay seres como ese, venidos al mundo para convertirnos a aquello de que la vida nos hace dudar demasiado. Su corazón es como una fuente de salvación. ¡Feliz usted que la conoció, que la amó, que custodia celosamente su imperecedero recuerdo!

FIN


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