CANADA

CANADA

El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la cascada bajo un punto de vista nuevo.Beautiful! Beautiful!decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos y de otras industrias. ¿Se imagina usted—me decía—que pueden usarse motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita? Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías a Europa o a Nueva York.Beautiful! Beautiful!añadía, extasiado en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creoque los yankees están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y pueblan los bosques.

Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques todavía despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, sin poderse uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por aquellas soledades desamparadas, se pasa a uno deStages, diligencias que remiendan intervalos sin rieles, y en Queenston va a alojarse a bordo del vapor que espera el tren para descender el Ontario, tocando en Oswego, boca del canal que liga este lago con el canal que une el Ontario con el Hudson. Van Buren, el expresidente, promoviendo la abertura de este canal auxiliar, dió valor a unos terrenos que poseía en las inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento de egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo sistema de comunicaciones acuáticas de que he hablado en otro lugar.

El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y las mozas envueltas en cachemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque. El paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en aquellos inimitables cuadros delUltimo Mohicano. Ya he dicho aVd.que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto. Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón un sentimiento extraño, que no había experimentado ni en París. Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre,hacerme yankee, y ver si podría arrimar a la cascada alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica de qué?... Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había visto en algunas aldeas de España,Fábrica de fósforos. ¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más en ello.

Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un punto que se llama Thousand Islands, las mil islas, que no son menos las que están aglomeradas en un corto espacio. La escena fluvial más bella que la Europa presenta es el Rin desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había recorrido hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por Utrecht va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí por La Haya se desciende a Rotterdam para tomar el Escalda, que conduce a Amberes y a Bruselas. Embellecen el Rin las tradiciones alemanas, los castillos feudales que aún coronan las alturas; las ciudades renanas que ostentan la estatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia. Fluye el río silencioso por entre quebradas sañudas y obscuras, sale a explayadas que espacian la vista y enseñan las agujas de las iglesias de las aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y casi rastreros por los faldeos de las circunvecinas montañas. Más allá, y aproximándose a la Holanda, el terreno baja, el río se ensancha, los molinos de viento se suceden a los castillejos, y los ciénagos holandeses requieren los canales que surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques que oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, superior en el nivel.

En el San Lorenzo, la naturaleza, desnuda de todo atavío de arte humano, se presenta a luchar con toda comparación posible. Aquí la escena se dilata hasta donde la vista alcanza, sin encontrar, sin embargo, objeto que introduzca la monotonía.El pasaje por entre las mil islas es un sueño de hadas. Era el otoño, y los árboles de la flora americana estaban ya matizados de colores de ópalo, amarillo y púrpura, que tanto codician los pintores para las escenas rústicas. Hay la encina norteamericana y otros árboles que se tiñen de rojo puro, y tan subido que desde leguas atraen la mirada por su extrañeza. De este ropaje estaban vestidas las islas, grandes algunas como para contener una aldea, y tan pequeñas otras que parecían una canastilla de flores flotando sobre las aguas. El San Lorenzo vuelve a hacer rápidos saltos de distancia en distancia, lo que da a sus aguas cristalinas un blanco esmaltado y sin espuma, por estar a mucha profundidad las rocas que quiebran el agua. La corriente del río se presenta, entonces, como un ancho reguero de plata, accidentado por aquellas cucas islas que traen al espectador alborotado, cambiando la escena a cada paso, agrupándose en formas y en cadencias caprichosas, descubriendo nuevos horizontes a cada paso, hasta no entenderse en el laberinto que forman. Cuando el vapor va a entrar en los rápidos, el maquinista detiene el motor, la corriente de aquel canal de molino arrebata el buque, y el piloto con mano firme lo endilga por entre los escollos y remansos que se forman en aquella catarata continua. No sé si me han engañado; sesenta millas hacemos, díjonos el piloto, mirando sin pestañear un pasaje difícil que teníamos por delante. El tren expreso entre Manchester y Liverpool hacía también 60 millas. Llégase a Kingston, ciudad del Alto Canadá, cómpranse manzanas por hacer alguna cosa, y la noche mediante, llégase a Montreal, la ciudad francesa de esta parte de las colonias británicas.

El hotel Donegana, espacioso como nuestros claustros y arreglado en todo como los grandes hoteles norteamericanos, acoge al pasajero derrengado y mal traído, a merced de vagones,stagescomplementarios y vapores. Elhong-hongno falta para triturarle al infeliz los nervios, si se obstina en dormir una hora más.

¡Montreal, qué joya para figurar en impresiones de viaje! Dumas ignora el tesoro que hay allí sepultado a sólo diez u once días de vapor de Francia. Es la ciudad más adelantada del mundo en cuanto a la aplicación y generalización de los medios más perfectos de construcción civil. Las casas son de piedra de cantería o ladrillo. Las techumbres están cubiertas de un manto de zinc, lo que da a la ciudad un aspecto reluciente. El pavimento de las calles todas es de palo a pique como el que se ha ensayado en París en frente de la Opera Cómica, y construído bajo el mismo principio, y las aceras son de tablones atravesados y montados sobre barrotes que permiten al agua escurrirse por debajo. Bajo este respecto Montreal es la ciudad más altamente civilizada que existe en el globo; pero hay un aspecto moral por donde es una curiosidad fósil digna de observación.

Sábese que el Alto y Bajo Canadá fué cedido a la Inglaterra por Luis XIV, al fin de las desastrosas guerras que amargaron el ocaso de sus días e hicieron pagar caro a la Francia el orgullo de sus reyes y la arrogancia de sus ejércitos; triste y merecido fin que tienen esos triunfos con que la fortuna engalana los primeros pasos de la vida de los tiranos. La vejez trae sus arrugas, la conciencia sus remordimientos, y el cansancio y la extenuación de los pueblos la debilidad que da reparación a los ofendidos. Con Napoleón repitióse el mismo cuento y con nuestro imbécil se reproducirá el mismo hecho, muy a expensas nuestras.

¡Vuelvo siempre a mis carneros! La población francesa de Montreal lloró, como Cartago condenada a la destrucción, el día en que se le anunció que había sido tratada como mercancía, entregada cual vil rebaño a la odiada Inglaterra. Pero, el llorar y el mesarse los cabellos en nada cambiaba la situación que la madre patria les hacía, y hubieron de resignarse a su suerte desamparada. Desde entonces se rompió el vínculo que los ligaba a la madre patria y no oyeron hablar más de la Francia. Sus revoluciones posteriores, la república, el imperio, la restauración y la casi restauración, han pasadosin que el vulgo sepa de tan grandes sucesos, sino de oídas, aquello más notable; pero sin sucesión, sin formar ya parte de la historia nacional.

Los libros franceses dejaron de penetrar en la colonia inglesa, y todo progreso en las ideas, toda novedad literaria o filosófica dejó para los infelices de ser continuación y consecuencia de aquel movimiento de ideas que comenzó en el reinado de Luis XIV y continuó con Rousseau, Voltaire y el siglo XVIII. Para los franceses de Montreal, pues, la Francia, la única Francia posible, es la Francia del gran rey con su corte de Versalles, su etiqueta y su lujo asiático; los únicos poetas, Corneille y Racine; las únicas glorias militares, las del gran Condé, Catinant, Villars y Turena. El canadiense es ceremonioso como un cortesano antiguo, y tan quisquilloso en punto a hidalguía, que la genealogía de las familias es allí espejo que no ha de empañar ni por el contacto mácula alguna. Viviendo bajo la dominación inglesa de un siglo a esta parte, las madres no enseñan a sus hijas el inglés, para ponerlas en la imposibilidad de oír a los odiosos opresores de su raza; cuando en las calles se pregunta a los paseantes algo en inglés, puede desfilar toda la población por delante, sin que haya una persona de origen francés que se dé por entendida de lo que se le pregunta. Hablad en francés y entonces las miradas se vuelven de todas partes, los semblantes sonríen y la buena voluntad y el deseod’être agréablevese pintado en la blanda ondulación de cada músculo. “¡Ah! ¡señor, me decía un joven, con voz conmovida, viene usted de Francia; qué feliz esVd.! ¡Oh, la Francia, nuestra patria! ¡Si supiera ella lo que ha hecho, entregándonos a los ingleses! Ya se ha arrepentido, ¿no es así? Porque ni aun en sus reproches querrían ofender a este tipo de la nacionalidad de su raza.

La religión se ha hecho un arma de oposición a los dominadores, y el catolicismo una trinchera adonde se ha acogido toda la vida de este pueblo desmembrado. El catolicismo cuan estable es en sus dogmas, ha marchado, sin embargo, con los siglos, y afectando nuevas formas, para adaptarse alas nuevas instituciones. Si queréis volver una página de un siglo de su historia y verlo tal cual era, después de salido de la Edad Media, id a Montreal y lo encontraréis en todo su primitivo candor, lleno de savia y de fuerza y concentrando en sí, como en España en tiempos de la reina Isabel, el patriotismo, el poder, y la fuente del heroísmo. Hacia la base del monte que da nominación a la ciudad, se levanta una hermosa casilla de ladrillo rodeada de árboles y colocada en una pequeña elevación del terreno que la hace más pintoresca. Esta casa, que me había llamado la atención, tiene tapiadas las puertas y está abandonada. Preguntando a un canadiense el motivo de lo que veía, “¡Que no sabe! me dijo, la casa del Judío. Y bien.—Del alma en pena,le revenant. Un judío (si esta apelación no es, como lo sospecho, todavía una muestra del viejo catolicismo) un judío era el dueño de esa casa. Una noche, tarde de la noche, oyóse un tiro. Al día siguiente los vecinos lo encontraron muerto, suicidado. Sus compatriotas quisieron ocupar la casa; pero el alma del condenado volvía a su habitación todas las noches, revolvía papeles, oíanse gemidos y ruidos de cadenas. En vano han querido después habitar la casa; esto hace ya veinte años, algunos vecinos pobres han intentado ocuparla. El alma del condenado vuelve; las luces se apagan solas, y comienzan los gemidos y el ruido de cadenas. La autoridad ha mandado al fin amurallar las puertas, por miedo que la casa se convierta en guarida de ladrones”.

Yo escuchaba maravillado este cuento, que me traía a la memoria escenas de mi infancia, oyendo horripilado historias de ánimas y aparecidos, y miraba a mi hombre de hito en hito para ver si creía realmente lo que me estaba contando, y si no concluía como algunos clérigos en Roma que le enseñan a uno la mesa con tres patas en que almorzaba Jesucristo con San Pedro y San Juan, y que concluyen por reírse de la conseja cuando uno les pone cierta cara. Esta vez, empero, había en la voz y en lo profundo de los ojos del narrador tal convicción, que mostrar duda siquiera habría sidodesmoralizarlo, porque la sencillez de su espíritu, la sanción dada por todos, aun por la autoridad, a esta tradición, no le habrían dejado sospechar que hubiera ningún ser racional que dudase de la posibilidad de tales sucesos.

Sobrevino el domingo y me dirigí a la catedral para visitarla. Jamás había podido imaginarme espectáculo más imponente. Habíame enfriado Roma con su Semana Santa y sus ceremonias. San Pedro es en esos días, como siempre, un suntuoso desierto. Los romanos preguntan: ¿Ha estadoVd.en San Pedro? ¿Ha visto al Papa?—Ellos no van nunca a la gran basílica y pocas veces a las demás iglesias. Si en Roma sucede eso, imagínese lo que sucederá en Francia, España y el resto de la Italia. No recuerdo dónde he encontrado en diversas iglesias tres sacerdotes que decían misa sin un solo oyente o alguna vieja mendiga por todo acompañamiento.

En la gótica catedral de Montreal había ese domingo de quince a veinte mil almas oyendo la misa mayor. La población católica no se desobliga del precepto, sino oyendo la misa episcopal, pontificada con una pompa sencilla, servida por setenta y dos acólitos, monacillos y oficiantes que pude contar por los bonetes en forma de conos truncados y altos de una tercia que llevaban los oficiantes. No ofreciendo suficiente espacio el pavimento de la catedral para tanto concurso, se han adaptado a las naves exteriores dos anchas galerías salientes que hacen dos corridas de palcos por ambos lados de la iglesia; y las cuatro y el piso estaban llenos. Predicaba a la sazón el cura la plática doctrinal; un profundo silencio reinaba en aquella inmensa congregación, y una señora que me veía de pie, con los ojos y con la mano me invitaba cortésmente a tomar asiento a su lado, en las lunetas de madera que cubren toda la superficie del vasto edificio, más ancho que la catedral de Santiago. Esto que veía entonces, sucedía siempre y las acomodaciones de la iglesia me lo decían demasiado.

Al día siguiente encontré en las calles larga procesión de niños en dos filas y precedido por una cruz con paño llevadapor un clérigo, que se dirigían a la iglesia cantando en coro las alabanzas, seguidos del cura y sotacuras, a oír la misa diaria, antes de entrar a las clases. El cura, como fué práctica en los antiguos tiempos, es el maestro de escuela de la parroquia, y los sotacuras son sus ayudantes si es numerosa. Adoctrínalos con amor en todas las creencias; fortifícalos contra toda innovación peligrosa y contra toda tibieza que pueda dar entrada en sus almas al odiado protestantismo de sus amos. Así el catolicismo se ha endurecido y reconcentrado para hacer frente a la destitución de la raza y del idioma, y se apega a las añejas prácticas y aun a las supersticiones más frívolas por no dar su brazo a torcer. Todo esto es santo, bello, tierno, patriótico y ortodoxo, sin duda. Pero, ¡ah, que está de Dios que no ha de haber cosa cumplida en este mundo! Los católicos de Montreal poseen y cultivan una ignorancia desesperante. Alejados de la administración, porque temen contaminarse si aceptan empleos, viven ajenos de todo movimiento de la vida pública. Al lado de los yankees, gobernados por la Inglaterra, no poseen ninguna industria, cultivan mal la tierra, y la pobreza, la obscuridad, la nulidad y la miseria los viene cercenando y estrechando de todas partes. Hoy vende una familia patricia su casa que compra un comerciante inglés, y mañana sus hijos están en la indigencia, y como no tienen ni instrucción ni habilidad manual, concluyen sus nietos por ser mozos de cordel o domésticos. Calcúlase que en un siglo más habrá desaparecido este pueblo, incapaz de vivir en la sociedad actual y obstinado por patriotismo en perpetuar un modo de ser que lo aniquila lentamente.

Los ingleses, en tanto, se desenvuelven por el comercio, por el ejercicio del poder, por la inmigración y por la vida británica, tan llena de expansión y actividad. Agitan los ingleses la separación de la metrópoli y maldicen el día que vencieron a Montgomery, que les traía la independencia.

Montreal es un emporio de las peleterías del Norte, y los almacenes están llenos de la variedad infinita de produccionesque forman este ramo. Después de haber visto aquella ciudad encantadora y que bajo las formas más modernas encierra la población más vieja, hube de dirigirme a Quebec, donde quería examinar una caserna que el gobierno inglés había establecido para recepción de inmigrantes irlandeses. Dáseles allí ración y ocupación diaria hasta que se les destina a los terrenos que se han señalado para las nuevas plantaciones. A veces creo que no debemos pensar en cosas nuevas, sino buscar dónde está ya realizada la idea que nos embarga. Traía desde Alemania el pensamiento de estas grandes hospederías, para acoger inmigrantes en nuestros países, y hablándole de ello a Astaburuaga en Nueva York, indicóme la existencia de ésta. Al tomar pasaje en San Lázaro abajo, vínome el remordimiento de aquella prodigalidad de dinero con que iba haciendo mis viajes, cual si fuera un príncipe ruso. Siete pesos debía costarme de ida y vuelta la excursión a Quebec, duplicado de Montreal, ciudad menos bella y pueblo menos virgen que el que había visto. ¡Siete pesos! Tomé un vapor para atravesar el San Lorenzo con asiento en el ferrocarril de la Pradera, que lleva a orillas del lago Champlain, camino de Nueva York, tomando a lo largo el larguísimo lago, viendo aproximarse las costas, alejarse o cruzarse puntas de tierra entrantes y ensenadas, variándose el panorama con una movilidad infinita, hasta que llega a Whitehall, donde se toma pasaje por un canal que conduce a Troya, desde donde el camino de hierro lleva a Boston, fin de mi excursión por este lado. Reasumamos la parte económica del viaje. De Búfalo a la cascada, camino de hierro, 1 peso, 22 millas. De Niágara Falls a Lewiston, camino de hierro,stage, 6 pesos, 31 millas. Lago Ontario a Montreal, vapor, 10 pesos. De Montreal a la Prairie, vapor y ferrocarril, 1 peso. De la Prairie, Lago Champlain a Whitehall, 1 peso; diligencia a Troya, 3 pesos; ferrocarril a Greenbush, 3 pesos.


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