EL ARTE AMERICANO

EL ARTE AMERICANO

A quince millas de distancia de Wáshington está Mount-Vernon, la morada y la tumba de aquel grande hombre que la humanidad entera ha aceptado como un santo, grande por la virtud y el más grande de los hombres por haber puesto la piedra angular al edificio de la nación única del mundo que ve claro su porvenir y cuyo porvenir es el bello ideal de la grandeza de las naciones modernas. Tomo una descripción que encuentro a mano del santuario yankee, de aquella Santa Caaba, de plácido recuerdo: “Después de haber cabalgado un corto espacio por medio de bosques, que de vez en cuando se abren en oasis de culturas aisladas, mi amigo me señaló una piedra hundida en el terreno al lado del camino, que, según me dijo, marcaba el principio de la quinta de Mount-Vernon. Todavía marchamos dos millas antes de ver la puerta y la morada del portero. Después de haber entrado, recorrimos una distancia de cerca de media milla; y el camino de carruajes seguía atravesando un terreno muy variado y sombreado por árboles grandes en toda la lozanía de los bosques. Cruzamos un torrente, pasamos un arroyo, sintiéndonos tan en medio de la naturaleza primitiva que la vista de la casa y el huerto que la rodea casi hizo sobre mi ánimo el efecto de un encuentro inesperado. La aproximación a la casa se hace por el frente del oeste. La puerta del gran patio da a una extensa habitación en lacual entramos. No fué el hábito, sino un sentimiento más y más profundo, el que me hizo quitar el sombrero de la cabeza y marchar con precaución como si pisara una tierra sagrada... Las piezas de la casa son espaciosas y campea cierta elegancia en su acomodo; pero el conjunto es notable por su extrema simplicidad. Todo cuanto la mirada abraza parece respirar la santidad de aquellas reliquias públicas, y todas las cosas se conservan casi en el mismo estado en que Wáshington las dejó. Todo americano, y principalmente, los jóvenes que visitan este lugar, experimentan una fuerte impresión que durará toda su vida... A cierta distancia de la casa, en un lugar retirado, está la tumba nueva de la familia, compuesta de una simple estructura de ladrillo con una puerta de hierro, por entre cuyas rejas se divisan dos sarcófagos de mármol blanco, el uno al costado del otro, los cuales contienen los restos de Wáshington y de su mujer. La antigua tumba de familia en que estaba colocado al principio, estuvo en una situación más pintoresca, sobre una colina dominando el panorama de Potomack; pero la presente está más retirada, lo que fué una razón para determinar los deseos del hombre modesto”.

¡Cuánto arte no se descubre en la colocación de esta tumba, cuánta grandeza en su obscuridad, y cuán americano y nacional es aquel acompañamiento de bosques primitivos, torrentes agrestes y arroyuelos en el estado de naturaleza! Esta es la artística morada de Wáshington, el plantador norteamericano, el genio de la democracia apenas posesionada de la naturaleza inculta. Adriano estaba bien en la que hoy es el castillo San Angelo; Rafael en la Rotonda de Agripa, que él puso sobre pilares en San Pedro; Napoleón bajo la cúpula de los Inválidos; pero los manes de Wáshington habrían vagado largo tiempo en rededor de su sepulcro si le hubiese faltado la perspectiva y la sombra de los árboles seculares de los bosques, rodeandoel asilo doméstico y combinando la naturaleza inculta con el fruto del trabajo personal del norteamericano.

Y, sin embargo, Wáshington, el héroe de la independencia norteamericana, el fundador del pueblo trabajador y positivo, estaba destinado, también, a inspirar el sentimiento de las bellas artes a los hijos de los puritanos, y volver a esta familia, descarriada por preocupaciones religiosas, el camino en que la humanidad ha marchado siempre, desde el fetiche informe que adora en su infancia, hasta las Pirámides de Egipto, el Coliseo romano, el Partenón, o el moderno San Pedro. Las ruinas de Palenque, las esculturas encontradas por Stephen en Centro América, como las estatuas de Miguel Angel o las pinturas de Rafael, son todas páginas de un mismo libro, que señalan el día en que cada nación tuvo conciencia de sí misma y perpetuando la memoria de lo pasado o endureciendo en piedra o en bronce una idea, empezó a mirarse viva en las edades futuras, legando a las venideras generaciones monumentos, estatuas y obras públicas que demandan siglos de elaboración. A veces me ocurre la idea de que tanto hicieron los egipcios trabajar a los hebreos cautivos en la construcción de pirámides y otros monumentos, que cuando aquella chusma se sublevó y tomó el desierto, juró no permitir que en la tierra de promisión que iban buscando, se levantasen monumentos ni se erigiesen estatuas, acordándose, sin duda, de los palos que les habían dado los sobrestantes egipcios. ¿Cómo explicarse de otro modo el horror a los templos y a las imágenes que muestra Moisés, el discípulo de los sacerdotes egipcios? El arte es la realización del hombre, es el hombre mismo, puesto que, no siendo, al parecer, necesario a su existencia, como lo muestran los demás animales, es, sin embargo, la preocupación más constante desde la vida salvaje hasta el pináculo de la civilización. Tengo para mí que Roma ha muerto sofocada por los monumentos, queéste es el fin de las grandes ciudades de la historia y que París ha de acabar por fin por cuajar su suelo de monumentos públicos, de manera que al final de los siglos la población se acoja a las catacumbas, que minan el suelo, por no haber espacio para ella sobre la superficie de la tierra. Cuando se dice que los primeros cristianos se ocultaban en las catacumbas de Roma, huyendo de la persecución, me parece que se toma un hecho por otro. La exploración de aquellas inmensas cavernas y perforaciones muestra hoy al arqueólogo los restos de tres siglos de arte cristiano primitivo, lo que prueba que durante tres siglos y hasta la destrucción de la ciudad monumental por Atila, la plebe romana vivió alojada en las catacumbas, donde tenía sus templos, plazas subterráneas, mercados y cementerios. Es ridículo pensar que en una ciudad vivan escondidos durante tres siglos cientos de miles de habitantes, que a cada momento necesitan ponerse en contacto con el exterior, para proveer a sus necesidades.

Mahoma y los protestantes no deben citarse en materia de bellas artes como una nueva aberración de la naturaleza humana, puesto que la obra de estas dos reacciones en contra no son más que recrudescencias de la ojeriza de Moisés contra las pirámides, a causa del mal trato dado a los hebreos; gato escaldado, en materia de asentar piedras.

Los norteamericanos creen que no tienen vocación artística, y afectan desdeñar las producciones del arte, como fruto de sociedades viejas y corrompidas por el lujo. Yo he creído, sin embargo, sorprender el sentimiento profundo, exquisito, de lo bello y de lo grande de este pueblo que marcha de carrera en busca del bienestar material, y va dejando a su paso incompletas todas sus obras y a medio hacer. ¿Qué no entra por nada en el sentimiento del bello ideal, la beldad moral? ¿Qué pueblo del mundo ha sentido más hondamente esta necesidad de confort, de decencia, de holgura, de bienestar, de cultura de la inteligencia?¿Qué pueblo ha sentido más horror por el espectáculo de lo feo, la pobreza, la ignorancia, la borrachera, la degradación física y moral, que es como la corteza y la primera apariencia de las sociedades europeas? En Roma, de entre los monumentos y las basílicas se alargan manos muy cuidadas pidiendo limosna.

No hablaré de los hoteles, bancos, iglesias, embarcaderos y acueductos que en toda la Unión asumen formas monumentales; mucho menos de las columnas, obeliscos de cierta grandeza y elevación que en honor de Wáshington y de Franklin se alzan en Boston, Filadelfia y Nueva York. Todas estas son muestras, o más bien, productos artísticos, pero que no revelan el sentimiento norteamericano del arte. Los europeos emigrados ahora dos siglos, o emigrando actualmente, comunican por fuerza y como necesidad de existencia los medios artísticos que poseen. Pero no es este el arte americano, pues que no doy este nombre sino a la manifestación de aquella constante y seguida aspiración de un pueblo en prosecución de una idea nacional, que existe y se revela en cada hombre, por generaciones sucesivas. Llamóle arte, no a los grados de civilización de los diversos pueblos, sino al genio, al carácter nacional en cuanto reviste formas tangibles y afecta su historia. ¿Cuál era el arte romano? Sin duda que no se dará este nombre a los diversos órdenes de arquitectura, a la estatuaria y demás decoraciones, cuyas formas habían adoptado de los griegos, imitándolas, entremezclándolas, y adaptándolas a sus trabajos. Llamo arte romano a aquel sentimiento grandioso que hacía concebir las Termas, el Coliseo, la tumba de Adriano, los acueductos de Segovia y el anfiteatro de Nimes; al espíritu monumental y dominador de la tierra y de los obstáculos que ella oponía a la continuidad y facilidad de dilatación y permanencia de la grande y perseverante idea artística romana, la incorporación de la tierra conocida bajo eldominio de sus leyes, y la adopción de los cultos, de las civilizaciones y de las costumbres de todos los pueblos. Una revolución interna, la elevación de la plebe, y otra externa, la incorporación de los bárbaros, destruyeron la obra romana, como una plétora a que no pudo resistir aquel cuerpo que tenía que digerir un mundo de un golpe.

Acaso los yankees están amenazados de sucumbir bajo el peso de una elaboración interna tan amenazante como la de la plebe romana. Todos tiemblan hoy porque aquel coloso de una civilización tan completa y tan vasta no vaya a morir en las convulsiones que le prepara la emancipación de la raza negra; incidente de una magnitud amenazante, y sin embargo, tan extraño a la civilización norteamericana en su esencia, como sería extraño a las leyes internas de nuestro globo el que un cometa de los millares que andan errantes por el espacio, se estrellase contra él un día y lo hiciese periclitar.

¿Dónde está, pues, el genio artístico americano? No lejos del Capitolio de Washington en una casita modesta, sobre un bufete de madera de pino sin barnizar, mostráronnos a mí y a mi amigo Astaburuaga, quien me conducía a aquel retrete, un modelo de un monumento que debía erigirse a la memoria del héroe norteamericano. La construcción se compone de un gran edificio de formas jónicas de cuyo centro se eleva una aguja. Según la escala que tiene al pie el diseño, mide en alto todo él, dos metros más que la pirámide de Cheops en Egipto. La arquitectura es una combinación, más o menos feliz, de formas y géneros conocidos, herencia de todos los pueblos civilizados. Lo que en aquel monumento hay del genio yankee es la altura, es decir, el sentimiento nacional de sobrepasar en osadía a la especie humana entera, a todas las civilizaciones y a todos los siglos. Dos metros más alto que el monumento más alto construído por los hombres, he aquí el sentimiento de lo grande, de losin rival que caracteriza a aquel pueblo; sentimiento que ha preludiado o seguido a las más grandes épocas que ha alcanzado alguna porción del género humano. A este mismo sentimiento obedeció el pueblo que construyó las pirámides; ese mismo sentimiento aconsejó hacer del monte Athos una estatua de Alejandro, cuya mano tendría las fuentes naturales del río; ese sentimiento, en fin, inspiró la idea del coliseo de Nerón, el coliseo su vecino, y ese sentimiento dirigió la construcción de San Pedro en Roma, el camino del Simplón, etc., etc.

La idea de elevar aquel monumento a Washington, ha sido acogida en la Unión con entusiasmo febril, nada más que porque respondía a la aspiración nacional de sobreponerse a las demás naciones[8]. Vese este espíritu en la arquitectura naval. El buque que no mide dos mil quinientas toneladas no merece llamar la atención ni engreir al pueblo como un trofeo de su gloria. ¿Qué dijera Colón que atravesó el océano en carabelas de ochenta toneladas, si viera flotar sobre las aguas aquellos monstruos que pueden esconder en su seno cincuenta mil quintales de nieve o de granito, porque granito canteado y nieve, son dos mercaderías de exportación de que los norteamericanos hacen un comercio de algunos millones?... Hace cosa de diez años que atormenta a los yankees la idea de atravesar el continente americano con un camino de hierro desde Nueva York hasta el Oregon, uniendo el Atlántico con el Pacífico, e interponiéndose ellos entre la Europa y el Asia, de manera de pasarles con la derecha a los ingleses lo que con la izquierda hubiesen cogido en lascostas de la China y del Japón[9]. No han inventado, sin duda, los americanos ni el camino de hierro, ni el buque, ni el orden jónico; pero suyas son las colosales aplicaciones y los perfeccionamientos que introducen diariamente en su construcción; pues si no han podido mejorar los órdenes arquitectónicos, algo de un carácter nacional les han añadido a los conocidos, como la estatua de Franklin sosteniendo el pararrayos en el pináculo de las cúpulas, como ya lo he indicado antes, y la mazorca de maiz como coronación y remate, en lugar del piñón antiguo. El embarcadero de los caminos de hierro, el viaducto, el puente, el hotel y otras construcciones, que reclaman las necesidades de nuestra época, pueden dar en los Estados Unidos formas arquitectónicas desconocidas en los siglos pasados y que estereotipen un carácter peculiar a cada clase de monumento.

La parte económica del monumento de Washington revela otro de los signos del genio artístico de los yankees. Levántase aquella obra colosal, por medio de una suscripción popular de solo algunas monedas de cobre por individuo. Así cada año la nación en masa trae a los pies de la estatua del grande hombre, tipo del bello ideal nacional, un tributo espontáneo de gratitud y alabanza; y en este punto pueden darse por vencidas todas las naciones de la tierra. Todos los monumentos del mundo están amasados con lágrimas e iniquidades; y el mismo San Pedro de Roma, no esgloriam Deila que enarra, sino la perversidad y las extorsiones de sus ministros. Roma contiene hoy en monumentos, como ahora dos mil años, la sangre y los despojos de la tierra. Versalles, el Escorial, el Arco de l’Etoile, todos los monumentos del mundo protestancontra el despotismo de quien fueron antojo y vanidosa ostentación. Pero el monumento de Washington es tan puro, como la idea inmortal que representa. Las generaciones pueden sucederse embelleciéndolo de año en año por siglos enteros, sin que una idea triste acongoje el ánimo del espectador más complacido que asombrado. Veinte millones de ciudadanos felices hoy, mañana ciento, consagran una ínfima parte de su trabajo a solemnizar el más noble y el más grande de los recuerdos históricos, la personificación de la dignidad moral más alta que se haya ofrecido a la especie humana. ¿Qué es Napoleón mirado desde esa altura? El último y el más sublime de los bandidos que han asolado la tierra y cubiértola de cadáveres, para poner su orgullo en lucha con la obra de la perfección social que destruyó con la república. ¿Qué es Washington sepultado al lado de su mujer en un obscuro y solitario rincón de la casa que habitó? El genio de la humanidad moderna, el principio de una era que asoma, y que ya deja marcado al mundo el camino de justicia, de igualdad y de trabajo laborioso que seguirá.

Deben decorar el interior del monumento de Washington, piedras e inscripciones enviadas por todos los Estados de la Unión, las ciudades y las corporaciones, y sociedades científicas, filantrópicas, y aun industriales[10]. Aquel sistema de contribución popular y espontánea para la realización de un pensamiento nacional, constituye, a mi juicio, la muestra más clara de la existencia de un sentimiento artístico nacional. No sé si hay en Europa pueblos que en masa se apasionen por la realización de una idea, si no son los franceses de cierta clase, y lo que ha hecho en la edad media el catolicismo, por medio de las corporaciones de artesanos. Pero en los Estados Unidos, si este sentimiento no está del todo desenvuelto en la masade la nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano de la edad media, está en germen apenas, y toma cada día formas más aparentes. No hay ciudad de alguna importancia que no tenga en los Estados Unidos su rudimento de museo, en que están bárbaramente mezcladas obras de arte, curiosidades traídas por los navegantes, objetos de historia natural, y aun representaciones grotescas de escenas ocurridas en los mares u otros puntos y que han preocupado al público. Esas colecciones se enseñan al curioso por una retribución, y aquella retribución forma un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, embellecer y completar las colecciones para excitar más y más la curiosidad. Durante mi permanencia en Nueva York, estaba en exhibición una bellísima estatua en mármol de Carrara, ejecutada en Roma por Poper, joven artista norteamericano de rara habilidad. La estatua representaba una cautiva georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, acaso, la vez primera que los puritanos veían expuesta una de esas bellas desnudeces femeniles con que tanto se familiariza uno, ennobleciéndose el pudor, en los museos de Italia y de Francia. Los primeros días hubo grande escándalo; pero concluyeron al fin las gazmoñas por levantar los ojos y habituarse a contemplar la beldad artística en aquel espejo de mármol. El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el camino de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los ojos rudos del pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, cuchicheos y admiraciones de los espectadores, sendos pesos fuertes; por manera que el artista obtuvo en recompensa de su talento, más de lo que Canova u Horace Vernet obtuvieron nunca por sus más afamadoscapi d’opera. Estas costumbres y esta ovación popular prometen al arte americano estímulos más poderosos, gloria más retumbante que la que los reyes de la tierra han podido conceder jamás, gastando en fomentar las bellas artes rentas que no son suyas, y que arrancan para sus placeres el sudor de los pueblos. No es esta unaparadoja; hase comprobado ya que los gastos que hacen por suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos y aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el gobierno inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el día en que los grandes artistas europeos vengan tras del lucro a pasear por los Estados Unidos sus obras maestras, recogiendo pesos a millares mientras el gusto nacional se educa, y más tarde codiciando la ovación que al talento haga un pueblo, juez competente ya en materia de arte. Las cantatrices y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es aquella ambulancia del arte en Norte América, que no hace muchos años hubo un teatro magnífico, construído sobre un buque que iba dando funciones a ambas márgenes de un río, a medida que llegaba a una villa o ciudad de consideración.

Tienen los norteamericanos costumbres públicas y privadas que se prestarían al desarrollo de las artes. La vida afanosa que llevan y la excitación de los negocios los fuerza a viajar continuamente, mostrando cierta necesidad de emociones, de ver y de agitarse, que los lleva en romería a la cascada del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la costa. Esta parte antigua de la Unión ejerce sobre la población del interior una grande influencia moral, como que allí está el centro del movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y como todas las familias del interior son originarias de los antiguos Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria primitiva, embelleciendo los recuerdos, la carencia de los goces a que los padres estuvieron habituados.

Washington, la capital nominal de la Unión, aprovechará, sin duda, en un porvenir próximo, de estas disposiciones del espíritu nacional, si el Capitolio, el Museo de Inventos y el monumento elevado a Washington, hubiesen de ser acompañados por otras atracciones que hiciesen al fin de la capital un centro de espectáculos que muevan la curiosidad de losviajeros y despierten el nacionalismo. Residencia de los Senadores, ministros y altos funcionarios, como asimismo, de los representantes de las otras naciones, Washington podría embellecer sus veladas con la ópera, y las artes dramáticas y coreográficas, si las ideas religiosas no opusiesen a ello fuertes obstáculos.

Añádase a esto que el sentimiento de unidad, de centralización, y de dirección, lucha con desventaja contra la energía individual y local, base de la organización política de aquel país, y resultado del espíritu protestante. No conozco hecho en contrario, si no es elBoardde Educación de Massachusetts, que ha logrado al fin sobreponerse a las resistencias y espontaneidad local en materia de enseñanza, imprimiendo una impulsión científica y sistemada a la educación general del Estado. ¿Podría extender esta influencia sobre toda la Unión, partiendo de un centro único y oficial? Si tal sucediera, lo que es obra del tiempo, diríase que se obraba una revolución radical en la vida de aquel pueblo. El movimiento de mejora y sistema en la educación primaria principió en Boston, Nueva York, Maine y los demás Estados, hasta los del Oeste, pusiéronse luego en movimiento; pero, cada uno de por sí, adoptando variantes y aplicaciones, según lo aconsejaba la dirección impresa a la opinión. Es posible que aquellos Estados lleguen a tener al fin una legislación idéntica, sin ser por eso común, ni ligada a un centro general. La civilización y el poder de los individuos es igual a la suma de los individuos que la componen; pero no es esa suma, representada por el Estado, como nos lo dictan nuestras ideas latinas en materia de gobierno. La estadística, los monumentos, todo se hace por agregaciones parciales; y tal es la idea de la negación de la personalidad del Estado, que después de una guerra se venden en pública subasta los buques, los fusiles y los cañones que sirvieron para hacer efectiva la fuerza nacional.

En despecho de todo esto, los americanos han tenido la pretensión de honrar un arte nacional, llamando tal a los productosartísticos salidos de ingenios americanos. Idea mezquina para nación tan cosmopolita, y emigrada de los antiguos pueblos europeos. Los norteamericanos debieran, como nación, emprender la conquista de los monumentos de las artes de Europa. A cada momento se anuncia en Venecia, en Génova y en Florencia la venta de Museos particulares que cuentan Ticianos, Españolettos, Carrachos y aun Rafaeles. Los franceses han saqueado la España de Murillos, Zurbaranes y Velázquez, y aun la Irlanda se ha enriquecido de bellezas artísticas, mientras que los cónsules bárbaros de Norte América no sienten siquiera la tentación de Marcelo al ver las estatuas de Corinto. Cien mil pesos anuales destinados a la adquisición de las obras de los maestros antiguos y modernos, echarían en los Estados Unidos la base del futuro arte americano. En Francia, cuán adelantada es aquella nación en las bellas artes, pues lo es más que la Italia, siéntese la necesidad de trasportar en copia al menos todos los grandes modelos del arte extranjero. Washington debiera enseñar las imitaciones perfectas y como para servir de escuela, de la Rotunda de Agripa, del Partenon de Atenas, de la Catedral de Ruan, como modelo del gótico, y de media docena más de edificios célebres. Así se convertiría en capital artística aquella aldea buena para nada y rebelde al tiempo y al progreso, que agranda y embellece a vista de ojo todas las ciudades americanas; pues Washington, no siendo centro comercial ni naciendo el movimiento político de su seno, adonde viene, por el contrario, desde afuera, está condenada a no ser nunca gran cosa, si no se apodera del único principio orgánico que ella puede centralizar, que es la impulsión artística y la concentración monumental que trae a la nación a un centro común de vanidad, de gloria y de veneración.

Hay ya un establecimiento en Washington, que atrae las miradas de toda la nación, el cual es visitado diariamente como escuela nacional. La Oficina de Patentes encierra en un museo de modelos la historia de los progresos que las artes industrialeshan hecho desde su creación. Trece mil quinientas veinte y tres patentes por invenciones y mejoras se habían otorgado hasta 1844, perteneciendo al año de 1843 quinientas treinta y una. En este ramo de la actividad inteligente del país han procedido, como debieran proceder en todo lo que tiene relación con la cultura, a saber: importando primero, plagiando, saqueando a las otras naciones para enriquecer de datos su espíritu, y obrar después. Los resultados no se han hecho aguardar. De un extracto del informe sobre exportación de máquinas hecho en 1841 ante la Cámara de los Comunes en Inglaterra resulta que preguntado el informante si la Inglaterra debe de una manera notable a los extranjeros invenciones en maquinaria, fué respondido: “podría decir que la mayor parte de los nuevos inventos últimamente introducidos en las fábricas de este país, vienen de afuera; pero necesito hacer comprender que no son mejoras en máquinas, sino inventos enteramente nuevos. Hay ciertamente muchos perfeccionamientos emanados de este país, pero temo que la mayoría de las invenciones realmente nuevas, esto es, ideas nuevas enteramente en la aplicación de ciertos procedimientos, por máquinas nuevas, o por medios nuevos, traen su origen de fuera, y principalmente, deAmérica.”

Esta confesión de la Inglaterra de su esterilidad en la maquinaria, y de la invasora fecundidad de su joven rival, es el grito lúgubre de los náufragos que saben que no hay socorro posible. Norte América invade hoy al mundo, no ya con productos e inventos, sino con ingenieros, artífices y maquinistas que van a enseñar las artes de producir mucho a poca costa, osarlo todo y realizar maravillas.

He insistido en aquel extraño atraso artístico, fruto de preocupaciones heredadas, porque, no sólo en las artes útiles, sino en los trabajos de la inteligencia, los norteamericanos empiezan a tomar una posición propia. Conoce usted a Cooper, a Washington Irving, a Prescott, a Bancroff y Sparks, como historiadores de primer orden de las cosas americanas, osandoalgunos de ellos emprender la aclaración de algunos episodios de la historia europea; pero aun es más grande el número de escritores de renombre que han tratado las cuestiones especulativas de filosofía, economía, política y teología. Baste decir que en doce años hasta 1842, se han publicado ciento seis obras originales sobre biografía; ciento dieciocho sobre geografía e historia americana; noventa y una sobre lo mismo con respecto a otros países; diez y nueve de filosofía; ciento tres de poesías; y ciento quince novelas, mientras que casi en el mismo tiempo trescientas ochenta y dos obras originales americanas habían sido reimpresas en Inglaterra, y aceptadas por aquel público mismo que veinte años antes preguntaba por boca de una revista: ¿quién lee libros americanos? Oradores y estadistas como Everett, Webster, Calloum, Clay, los poseen iguales solo en la Francia y la Inglaterra, siendo de notar que el brillo en los trabajos históricos y en la elocuencia empieza a ser como en Francia, escalón que conduce al poder y la influencia sobre la opinión pública. Los viajeros, los naturalistas, arqueólogos de cosas americanas, geólogos y astrónomos que emprenden enriquecer, y aun rehacer la ciencia, abundan comparativamente, mostrando por los resultados que obtienen en sus trabajos, que están mucho más adelantados que lo que la Europa hubiera creido, a no tener a cada momento que aceptarlos.

Diráme usted que toda esta reseña de los progresos intelectuales de los americanos no tiene nada de común con Washington, la desierta capital; pero, ¿dónde colocar estas reminiscencias y cómo darles cuerpo y unidad si no se inventa un centro a que referirlas?

Mi permanencia en Washington se prolongó de un día más sobre el tiempo convenido con Arcos, pues nos habíamos dado cita últimamente en Harrisburg en elUnited-States-Hotel, que yo había señalado como punto de reunión.

Hube de regresarme a Baltimore y de allí tomar el ferrocarril que conduce a aquella cuidad; y no bien hube llegadoa la posta, empecé a inquirirme delUnited-States-Hotel. ¡Cuál fué mi sorpresa al saber que en Harrisburg no había hotel con aquel nombre! Como en toda ciudad norteamericana hay uno que lo lleva, yo había dado a mi futuro compañero de viaje cita al que suponía debía haber en Harrisburg. Con trabajo pude indagar el paradero de Arcos, que había dejado escrito en el libro del hotel de la posta, estas lacónicas palabras, dirigidas a mí: “Le aguardo en Chamberburg.” Asaz mohino y cariacontecido por este contratiempo me dirigí a Chamberburg, donde, después de recorrer las posadas con inquietud creciente, nadie supo darme noticia de la persona por quien preguntaba, tanto más cuanto que hablando Arcos el inglés con una rara perfección, y gangoseándolo por travesura cuando se dirigía a norteamericanos, nadie, ni los mismos que habían hablado con él, me daba noticia del joven español por quien yo preguntaba en un inglés que hacía estremecer las fibras a los pobres yankees. Entreteníame aún la esperanza de que estuviese en los alrededores cazando, pues en nuestro programa de viaje entraba una expedición campestre en los Montes Alleghanies. Al fin supe que había dejado en la posta una esquela, en que me repetía lo de Harrisburg: “Lo aguardo en Pittsburg”.¡Malheureux!exclamé yo acongojado. ¡Cincuenta leguas de Chamberburg a Pittsburg, los Alleghanies de por medio, diez pesos de pasaje en la diligencia, y no cuento sino con tres o cuatro en el bolsillo, suficientes apenas para pagar el hotel en que estoy alojado! Supe, pidiendo detalles circunstanciados sobre la indiscreta partida de mi intangible precursor, que no habiendo en el saco de heno que lleva encima para proveer a los caballos, y que allí debía viajar dos días y dos noches, impulsado a tanto sacrificio por la inquietud juvenil de una sabandija incapaz de aguardar en un lugar ocho horas, que era la diferencia de tren a tren que nos llevábamos en el camino de hierro. Heme aquí, pues, en el corazón de los Estados Unidos, como quien dice tierra adentro, sin un medio, haciéndome entender a duras penas y rodeado de aquellas carasimpasibles y heladas de los americanos. ¡Qué susto y qué aflicciones pasé en Chamberburg! A cada momento llamaba al dueño del hotel y de palabra y por escrito le exponía mi situación.—Un joven que va adelante lleva mi dinero, sin saber que no traigo el necesario para los gastos de camino. Me piden diez pesos de pasaje en la posta y no tengo sino cuatro para pagar el hotel. Pero tengo algunos objetos de valor intrínseco en mi maleta y quiero que la posta los retenga hasta que haya cubierto mi pasaje en Pittsburg.—El posadero, al oir esta lamentable historia, se encogía de hombros por toda respuesta. Contaba mis cuitas al maestre de posta y se quedaba mirándome como si no le hubiese dicho nada. Dos días de continuo suplicio y de desesperación habían pasado ya, y lo peor era que no había asiento en la diligencia, por venir todos contratados desde Filadelfia, como complemento del camino de hierro que termina allí. Al fin me sugirieron escribir a Arcos por el telégrafo eléctrico, lo que hice en cuarenta palabras por valor de cuatro reales, y en los términos más sentidos. No obstante aquel laconismo telegráfico, “no sea usted animal”... era la introducción de mi misiva, y le contaba lo que por su indiscreción me sucedía.—¿Dónde está el sujeto a quien se dirige?—En elUnited-States-Hotel, contesté yo, dudando ahora si en Pittsburg habría un hotel de aquel nombre; y para no darme un nuevo chasco, indiqué que se le buscase en todos los hoteles más aparentes de la ciudad.

Tardaba la respuesta a mi impaciencia y a mi miedo de no dar con aquel calavera, y no despegaba los ojos de la maquinita que con golpecitos redoblados indicaba a cada momento el paso de misivas a otros puntos, y que no se anotaban allí, por no venir precedidas de la palabra Chamberburg y la señal preventiva y convencional para llamar la atención del oficinista. Voy a preguntar, me dijo; y tocando a su vez su aparato, se sucedieron golpecillos, con cuya mayor o menor duración trazaba el punzón magnetizado a cincuenta leguas la pregunta que se hacía desde Chamberburg.—¿Qué hay del joven Arcosque se mandó buscar?... Y un momento después... señal de atención a Chamberburg... Contestan, me dijo el oficinista, acercándose al aparato; y el punzón de Chamberburg trazaba sus puntos sobre tira de papel que el cilindro va desarrollando poco a poco. ¡Qué hubiera dado por leer yo mismo aquellos carácteres que consisten en puntos y líneas, obrados por la presión en la superficie blanca del papel. Concluída la operación, tomó la tira de papel y leyó: “No se le encuentra en ninguna parte. Se ha mandado de nuevo a buscarlo”.—Dos horas después nueva interrogación, nuevo martirio de aguardar un sí o un no de que dependía el sosiego o la desesperación, y nuevo y definitivo... no hay tal individuo...!

Quedé punto menos que si me hubiese caído un rayo. Entonces, interesándose en mi suerte y haciendo conjeturas el hostelero, nombró a Filadelfia. ¡Cómo Filadelfia! le interrumpí yo; es en Pittsburg donde está Arcos y donde han debido buscarlo.—Acabaremos, me respondió; como es en Filadelfia donde se paga la diligencia, el oficinista del telégrafo ha creído que es allí donde usted recomienda que le tomen pasaje;but no matter, voy a corregir el error; y dirigiéndose a la puerta se detuvo, y señalando a la oficina me dijo: ya cerraron, hasta mañana a las ocho... Las grandes pasiones del ánimo no pueden desahogarse sino en el idioma patrio, y aunque el inglés tiene un pasablegoddampara casos especiales, preferí el español que es tan rotundo y sonoro para lanzar un ahullido de rabia. Los yankees están poco habituados a las manifestaciones de las pasiones meridionales, y el huésped, oyéndome maldecir con excitación profunda en idioma extraño, me miró espantado; y haciéndome seña con la mano, como para que me detuviera un momento antes de morderlos a todos o suicidarme, salió corriendo a la calle, en busca sin duda de algún alguacil para que me aprehendiese. ¡Esto sólo me faltaba ya! y aquella idea me volvió repentinamente la compostura que en mi aflicción había perdido por un momento. Minutos después volvió a entrar acompañado de un sujeto que traía lapluma a la oreja y que con frialdad me preguntó en inglés primero, en francés en seguida, y luego alguna palabra en español, la causa de mi turbación, de que lo había instruído el posadero. Contéle en breves palabras lo que me pasaba, indiquéle mi procedencia y destino, suplicándole intercediese en la posta para que se tomase mi reloj y otros objetos en rehenes hasta haber satisfecho en Pittsburg el pasaje. El individuo aquel me escuchó sin que un músculo de su fisonomía impasible se moviese, y cuando hube acabado de hablar, me dijo en francés:—Señor, lo único que puedo hacer... (¡Qué introducción! me dije yo para mi coleto y tragando saliva...) lo único que puedo hacer es pagar el hotel y el pasaje de usted hasta Pittsburg, a condición de que llegado usted a aquella ciudad, haga abonar en elMerchants-Manufactory-bank, en cuenta de Lesley y Cía. de Chamberburg, la cantidad que usted crea necesario anticiparle aquí.—Tuve necesidad de tomar una larga aspiración de aire para responderle: pero, señor, gracias; pero usted no me conoce, y si puedo darle alguna garantía...—No vale la pena; personas en la situación de usted, señor, no engañan nunca; y diciendo estas palabras se despidió de mí hasta más tarde. Comíme en seguida un real de manzanas, pues que hambre era lo que había despertado la serie de emociones por que había pasado durante tres días. Aproveché la tarde en recorrer la ciudad y alrededores; necesitaba caminar, agitar mis miembros para creerme y sentirme dueño de mí mismo. En la primera noche se me apareció mi ángel custodio, cargado de libros; traíame un tomo de Quevedo, otro del Tasso en italiano y uno o dos mamotretos en francés para que me distrajese. Consagróme algunos momentos hablando alternativamente en español y en francés; díjome que conocía el latín y el griego, inquirióse sobre algunos detalles de mi viaje y me deseó buena noche al retirarse.

Al siguiente día volvió y me dió cuatro billetes de a cinco pesos, no obstante mi empeño de devolverle uno por innecesario; y como ya se retirase, regresó diciéndome casi ruborizado:Usted me perdone señor, pero se me ha quedado otro billete en el bolsillo que ruego a usted agregue a los anteriores. Este hombre había excedido más de la suma que yo había indicado, porque en resumidas cuentas yo solo necesitaba diez pesos. Comprendí el sentimiento delicado que lo impulsaba e hice una débil resistencia a recibirlo, aceptándolo con cordialidad. La diligencia partió al fin, y yo volví a mi estado de quietud de ánimo ordinario, complaciéndome de haber tenido ocasión, aunque tan penosa para mí, de dar lugar a manifestación tan noble y simpática como aquella del caballero Lesley. La noche sobrevino, apareció la luna plácida en el horizonte, y la diligencia empezó a remontar, pausadamente, los montes Alleghanies. Cuando habíamos llegado a la parte más elevada, bajaron algunos pasajeros, y una voz de mujer dijo en francés dentro de la diligencia: bajen a ver el paisaje que es bellísimo. Aprovécheme de la indicación, descendí tras los otros, y pude gozar en efecto de uno de los espectáculos más bellos y apacibles de la naturaleza. Los montes Alleghanies están cubiertos hasta la cima de una frondosa y espesa vegetación; las copas de los árboles de las lomadas inferiores, iluminadas de lo alto por los rayos de la luna, presentaban el aspecto de un mar nebuloso y azulado, que por el cambio continuo del espectador iba desarrollando sus olas silenciosas y obscuras, sintiéndose, sin embargo, aquella excitación que causa en el ánimo la vista de objetos que se conocen y comprenden, pero que no pueden discernirse bien, porque el órgano no alcanza o la luz es incierta y vagorosa.

Al llegar a una posada, después de habernos recogido a nuestro vehículo, la misma voz dijo, siempre en francés: aquí se desciende a tomar algo, porque marcharemos toda la noche sin parar. Bajé yo, en consecuencia, y presentándose a la puerta una señora, ofrecíla la mano para que se apoyase. Volvimos a poco a tomar nuestros asientos, continuóse el viaje, y empezaba a sentir somnolencia, cuando la misma voz de antes, y que era la señora aquella, me dijo con timidez:creo, señor, que usted se ha visto en algunas dificultades.—¡Yo! No, señora, contestéle perentoriamente, y la conversación terminó ahí; pero mientras yo recapacitaba sobre esta pregunta, la señora añadió con visibles muestras de turbación: Usted me dispense, señor, si le he hecho una pregunta indiscreta, pero esta mañana en Chamberburg, me hallaba por casualidad en una pieza, desde donde no pude dejar de oír lo que contaba usted a un caballero.—En efecto, señora, pero usted supo, sin duda, que todo quedó allanado.—¿Y qué piensa usted hacer, señor, si no encontrase a su compañero en Pittsburg?—Me asusta usted, señora, con su pregunta. No he pensado en ello, y tiemblo de sospechar que tal cosa sea posible. Me volvería a Nueva York o a Wáshington donde tengo conocidos.—¿Y por qué no continuaría su viaje adelante?—¿Cómo he de engolfarme en un país desconocido, señora, sin fondos?—Le decía a usted esto, porque mi casa está cinco leguas más acá de Nueva Orleans, y deseaba ofrecérsela a usted. Desde allí puede usted tomar noticia de su amigo; y si no lo encontrase, escribir a su país y aguardar a que le manden lo que necesita.—La noble acción de Mr. Lesley había, según lo visto, sido contagiosa. Aquella señora lo había oído todo, y quería a su vez completar la obra. Esta reflexión me vino antes, tocado como estaba por el buen proceder, de otra a que, su sexo podría haber dado pretexto; la señora me dijo en seguida, acaso para responder a la posibilidad de una sospecha, que hacía seis semanas que acababa de perder a su marido, y que iba a poner orden en los negocios de su casa de Orleans. Acompañábala una hijita de nueve años y ambas vestían de luto completo. Era la madre, pues, y no la mujer, la que ofrecía el asilo doméstico a un desconocido que debía también tener madre; y obedeciendo a esta idea que santificaba la oferta y la aceptación, traté en adelante a la señora con menos reserva, seguro, sin embargo, de que no llegaría el caso por ella previsto.

Llegamos a Pittsburg, y la señora me hizo prevenir quepartía por un vapor y que si aceptaba su ofrecimiento fuese a tomar pasaje en el mismo vapor. Salí a buscar a Arcos en elUnited-States-Hotel; porque ¿dónde había de encontrarlo sino allí? Afortunadamente para mí había en efecto en Pittsburg un hotel de los Estados Unidos, donde encontré a mi Arcos, que a la sazón escribía en los diarios un aviso, previniéndome su paradero y justificándose de lo que ya empezaba a sentir por mi demora, que había sido una niñería. Venía dispuesto a reconvenirlo amigable, pero seriamente; mas, me puso una cara tan cómicamente angustiada al verme, que hube de soltar la risa y tenderle la mano. Salimos juntos inmediatamente, y contándole mi historia en el camino nos dirigimos al vaporMartha Wáshington, en que había tomado pasaje la señora, a fin de darla las gracias y prevenirla de mi hallazgo, para que no partiese con el temor de que quedase yo aislado. En efecto, no bien hube puesto el pie en la espaciosa cámara del buque, cuando del extremo opuesto, levantóse la señora que había estado en acecho aguardándome, y dirigiéndose hacia mí con disimulo, fingió darme la mano, para pasarme ocultamente un bolsillo de oro. Presentéle sin aceptarlo la buena pieza que me acompañaba y que había ocasionado todas aquellas tragedias, y ambos la dimos un millón de gracias por su solicitud; y como si la ingratitud fuera la recompensa de tan desinteresado proceder, he olvidado su nombre, habiéndonos separado en Cincinnati para no volvernos a ver más.

[8]El monumento está ya en vías de ejecución y asombrosamente avanzado, según lo anuncian los diarios. En 1842 ni los cimientos estaban indicados aún, pues la presteza de la ejecución es otra de las condiciones del arte yankee.—Nota del autor, 1850.

[9]Esta idea es muy anterior a la adquisición de California, y la de ponerse en contacto con la China y la India, como de los secretos móviles populares de la guerra de Méjico, que les trajo aquella conquista.—Nota del autor.

[10]California ha mandado ya sus cuarzos entremezclados de oro.


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