☞Temblad, de cometer el más leve atentado.Temblad, si no respetáis las autoridades y las leyes. Ytemblad, si no desistís de ese loco empeño de cautivar la libertad de los pueblos, mientras exista.—Juan Facundo Quiroga.—San Juan, septiembre 7 de 1831.{347}
Mi estimado señor:
Tengo el gusto, para satisfacer a su pedido, de enviarle un ejemplar de laVida de Facundo Quiroga, reputado generalmente como el escrito más peculiar mío.
En cuanto a lenguaje, revisó esta última edición el hablista habanero Mantilla[40], hallando poco que corregir de los anteriores, y, según dijo, llamándole la atención la ocurrencia frecuente de locuciones anticuadas, pero castizas, que atribuía a mucha lectura de autores castellanos antiguos.
No siendo ésta la verdad, indiquele como causa que habiéndome{348}criado en una provincia apartada y formándome sin estudios ordenados, la lengua de los conquistadores había debido conservarse allí más tiempo sin alteraciones sensibles, lo que corroboraba yo con muchos hechos, y aceptaba él como plausible, bien así como los ingleses insulares de hoy han hallado en Norteamérica locuciones que atraía Johnson y no conserva Webster en su Diccionario.
La corrección de pruebas de misViajesla hizo don Juan M. Gutiérrez, de la Academia de la Lengua; y don Andrés Bello, igualmente académico, que gustaba mucho deRecuerdos de provinciacomo lenguaje y como recuerdos de costumbres americanas, rechazaba por infundadas muchas de las correcciones de Villergas que la echaba de hablista y que encontró en la Habana a quienparleren achaque de lengua castellana; pues es hoy un hecho conquistado que los mejores hablistas modernos son americanos, hecho reconocido por la Academia misma, acaso porque necesitan más estudios de la lengua los que viven fuera del centro que la vivifica, y están más influídos por los elementos extranjeros y extraños a su origen, que tienden a incorporársele.
Es lo más breve que puedo decirle para su dirección en el uso que quiera hacer de mis escritos, agradeciéndole cordialmente su buen deseo.
Tengo con este motivo el gusto de suscribirme su afectísimo amigo
D. F. Sarmiento.
Buenos Aires, agosto 12 de 1881.
Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que no se había escrito nada hasta el presente, al coordinar entre sí sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.
Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero, y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud intachable de que responderán los documentos públicos que sobre ellos existen.
Quizá haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refundirla en un plan nuevo, desnudándola de toda digresión accidental, y apoyándola en numerosos documentos oficiales, a que sólo hago ahora una ligera referencia.
1845
{350}
On ne tue point les idées.Fortoul.
On ne tue point les idées.Fortoul.
A los hombres se les degüella; a las ideas, no.
A los hombres se les degüella; a las ideas, no.
A fines del año 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón estas palabras:
On ne tue point les idées.
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, «¡y bien!—dijeron—, ¿qué significa esto?»...
Significaba simplemente que venía a Chile donde la libertad brillaba aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su Prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en Chile, saben si he cumplido aquella protesta.{351}
«Je demande à l'historien l'amour de l'humanité ou de la liberté; sa justice impartiale ne doit être impassible. Il faut au contraire, qu'il souhaite, qu'il espérè, qu'il souffre, ou soit heureux de ce qu'il raconte.»Villemain,Cours de Littérature.
«Je demande à l'historien l'amour de l'humanité ou de la liberté; sa justice impartiale ne doit être impassible. Il faut au contraire, qu'il souhaite, qu'il espérè, qu'il souffre, ou soit heureux de ce qu'il raconte.»
Villemain,Cours de Littérature.
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aun después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: «¡No!; ¡no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!» ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fué reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos{352}Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título de grande que le prodigan sus cortesanos? Sí; grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las almas generosas que en quince años de lid sangrienta, no han desesperado de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá; al fin, que lo resuelva; y la Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.
Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que están pegados.
La República Argentina es hoy la sección hispanoamericana, que, en sus manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atención de las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al centro en que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la distancia. Sus más hábiles políticos{353}no han alcanzado a comprender nada de lo que sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ardientes que se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho: es un volcán subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la América: pronto se extinguirá; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de haber dado una solución tan fácil como exacta de los fenómenos sociales que sólo han visto en grupo y superficialmente. A la América del Sur en general, y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros, octantes y brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo vastísimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia, y revelase a la Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la vida de las diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos.
Hubiérase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que despedaza a aquella República; hubiéranse clasificado distintamente los elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su parte a la configuración del terreno y a los hábitos que ella engendra; su parte a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional, íntima plebeya que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo político; su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolución{354}de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas inferiores de la sociedad.
Este estudio que nosotros no estamos aún en estado de hacer, por nuestra falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por observadores competentes, habría revelado a los ojos atónitos de la Europa un mundo nuevo en política, una lucha ingenua, franca y primitiva entre los últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos. Entonces se habría podido aclarar un poco el problema de la España, esa rezagada de Europa que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo y separada del Africa bárbara por un angosto estrecho, está balanceándose entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática; ora constitucionalista declarada, ora despótica impudente; maldiciendo sus cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos, y pidiendo a gritos que le impongan el yugo, que parece ser su condición y su modo de existir. ¡Qué! El problema de la España europea, ¿no podría resolverse examinando minuciosamente la España americana, como por la educación y hábitos de los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres? ¡Qué! ¿No significa nada para la historia ni la filosofía esta eterna lucha de los pueblos hispanoamericanos, esa falta supina de capacidad política e industrial que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin objeto preciso, sin que sepan por qué no pueden conseguir un día de reposo, ni qué mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que los arrastra mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su maléfica influencia? ¿No{355}valía la pena de saber por qué en el Paraguay, tierra desmontada por la manosabiade jesuitismo, unsabioeducado en las aulas de la antigua Universidad de Córdoba, abre una nueva página de la historia de las aberraciones del espíritu humano, encierra a un pueblo en sus límites de bosques primitivos, y borrando las sendas que conducen a esta China recóndita, se oculta y esconde durante treinta años su presa en las profundidades del continente americano, y sin dejarle lanzar un solo grito, hasta que muerto él mismo por la edad y la quieta fatiga de estar inmóvil pisando un pueblo sumiso, éste puede al fin, con voz extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por sus inmediaciones: ¡vivo aún!, ¡pero cuánto he sufrido!,¡quantum mutatus ob illo!¡Qué transformación ha sufrido el Paraguay; qué cardenales y llagas ha dejado el yugo sobre su cuello que no oponía resistencia! ¿No merece estudio el espectáculo de la República Argentina que, después de veinte años de convulsión interna, de ensayos de organización de todo género, produce al fin del fondo de sus entrañas, de lo íntimo de su corazón, al mismo doctor Francia en la persona de Rosas, pero más grande, más desenvuelto y más hostil, si se puede, a las ideas, costumbres y civilización de los pueblos europeos? ¿No se descubre en él el mismo rencor contra el elemento extranjero, la misma idea de la autoridad del Gobierno, la misma insolencia para desafiar la reprobación del mundo, con más su originalidad salvaje, su carácter fríamente feroz y su voluntad incontrastable, hasta el sacrificio de la patria, como Sagunto y Numancia; hasta adjurar el porvenir y el rango de nación culta, como la España de Felipe II y de Torquemada? ¿Es éste un capricho accidental, una desviación momentánea causada por la aparición en la escena de un{356}genio poderoso, bien así como los planetas se salen de su órbita regular, atraídos por la aproximación de algún otro, pero sin sustraerse del todo a la atracción de su centro de rotación, que luego asume la preponderancia y les hace entrar en la carrera ordinaria? M. Guizot ha dicho desde la tribuna francesa: «hay en América dos partidos: el partido europeo y el partido americano; éste es el más fuerte»; y cuando le avisan que los franceses han tomado las armas en Montevideo, y han asociado su porvenir, su vida y su bienestar al triunfo del partido europeo civilizado, se contenta con añadir: «Los franceses son muy entremetidos, y comprometen a su nación con los demás gobiernos.» ¡Bendito sea Dios! M. Guizot, el historiador de lacivilizacióneuropea, el que ha deslindado los elementos nuevos que modificaron la civilización romana, y que ha penetrado en el enmarañado laberinto de la Edad Media, para mostrar cómo la nación francesa ha sido el crisol en que se ha estado elaborando, mezclando y refundiendo el espíritu moderno; M. Guizot, ministro del rey de Francia, da por toda solución a esta manifestación de simpatías profundas entre los franceses y los enemigos de Rosas: «¡son muy entremetidos los franceses!» Los otros pueblos americanos, que, indiferentes e impasibles, miran esta lucha y estas alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo que venga a prestarle su apoyo, exclaman a su vez llenos de indignación: «¡Estos argentinos son muy amigos de los europeos!» Y el tirano de la República Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase, añadiendo: «¡traidores a la causa americana!» ¡Cierto!, dicen todos; ¡traidores!; ésta es la palabra. ¡Cierto!, decimos nosotros; ¡traidores a la causa americana, española, absolutista, bárbara! ¿No habéis oído la palabra{357}salvajeque anda revoloteando sobre nuestras cabezas?
De eso se trata: de ser o no sersalvaje. Rosas, según esto, no es un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad. Es, por el contrario, una manifestación social; es una fórmula de una manera de ser de un pueblo. ¿Para qué os obstináis en combatirlo, pues, si es fatal, forzoso, natural y lógico? ¡Dios mío! ¡Para qué lo combatís!... ¿Acaso porque la empresa es ardua, es por eso absurda? ¿Acaso porque el mal principio triunfa se le ha de abandonar resignadamente el terreno? ¿Acaso la civilización y la libertad son débiles hoy en el mundo porque la Italia gima bajo el peso de todos los despotismos, porque la Polonia ande errante sobre la tierra mendigando un poco de pan y un poco de libertad? ¡Por qué lo combatís!... ¿Acaso no estamos vivos los que después de tantos desastres sobrevivimos aún; o hemos perdido nuestra conciencia de lo justo y del porvenir de la patria, porque hemos perdido algunas batallas?, ¡Qué!, ¿se quedan también las ideas entre los despojos de los combates? ¿Somos dueños de hacer otra cosa que lo que hacemos, ni más ni menos como Rosas no puede dejar de ser lo que es? ¿No hay nada de providencial en estas luchas de los pueblos? ¿Concedióse jamás el triunfo a quien no sabe perseverar? Por otra parte, ¿hemos de abandonar un suelo de los más privilegiados de la América a las devastaciones de la barbarie, mantener cien ríos navegables abandonados a las aves acuáticas que están en quieta posesión de surcarlos ellas solas desdeab initio?
¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos a la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como las arenas del mar? ¿Hemos de dejar, ilusorios y vanos, los sueños de desenvolvimiento,{358}de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los pronósticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las necesidades de la humanidad? Después de la Europa, ¿hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América muchos pueblos que estén como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como el líquido en un vaso? ¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coacción? ¡Oh! ¡Este porvenir no se renuncia así no más! No se renuncia porque un ejército de 20.000 hombres guarde la entrada de la patria; los soldados mueren en los combates; desertan o cambian de bandera. No se renuncia porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados años; la fortuna es ciega, y un día que no acierte a encontrar a su favorito entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates, ¡adiós, tirano!; ¡adiós, tiranía! No se renuncia porque todas las brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido más en un momento de extravío en el ánimo de masas inexpertas; las convulsiones políticas traen también la experiencia y la luz, y es ley de la humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso, triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hábitos ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por el mal; egoístas que sacan de él su provecho; indiferentes que lo ven sin interesarse; tímidos que no se atreven a combatirlo; corrompidos, en fin, que conociéndolo se{359}entregan a él por inclinación al mal, por depravación; siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente. No se renuncia porque los demás pueblos americanos no puedan prestarnos su ayuda; porque los Gobiernos no ven de lejos sino el brillo del poder organizado, y no distinguen en la obscuridad humilde y desamparada de las revoluciones los elementos grandes que están forcejeando para desenvolverse; porque la oposición pretendida liberal abjure de sus principios, imponga silencio a su conciencia, y por aplastar bajo su pie un insecto que importuna, huelle la noble planta a que ese insecto se apegaba. No se renuncia porque los pueblos en masa nos den la espalda a causa de que nuestras miserias y nuestras grandezas están demasiado lejos de su vista para que alcancen a conmoverlos. ¡No!; no se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades. ¡Las dificultades se vencen; las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas!
Desde Chile, nosotros nada podemos dara los que perseveranen la lucha bajo todos los rigores de las privaciones, y con la cuchilla exterminadora, que, como la espada de Damocles, pende a todas horas sobre sus cabezas. ¡Nada!, excepto ideas, excepto consuelos, excepto estímulos; arma ninguna nos es dado llevar a los combatientes, si no es la que laPrensa librede Chile suministra a todos los hombres libres. ¡La Prensa!, ¡la Prensa! He aquí, tirano, el enemigo que sofocaste entre nosotros. He aquí el vellocino de oro que tratamos de conquistar. He aquí cómo la Prensa de Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile y Corrientes, va a turbar tu sueño en medio del silencio sepulcral de tus víctimas; he aquí que te has visto compelido{360}a robar el don de lenguas para paliar el mal, don que sólo fué dado para predicar el bien. He aquí que desciendes a justificarte, y que vas por todos los pueblos europeos y americanos mendigando una pluma venal y fratricida, para que por medio de la Prensa defienda al que la ha encadenado! ¿Por qué no permites en tu patria la discusión que mantienes en todos los otros pueblos? ¿Para qué, pues, tantos millares de víctimas sacrificadas por el puñal; para qué tantas batallas, si al cabo habías de concluir por la pacífica discusión de la Prensa?
El que haya leído las páginas que preceden, creerá que es mi ánimo trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie que han deshonrado el nombre de don Juan Manuel Rosas. Que se tranquilicen los que abriguen ese temor. Aún no se ha formado la última página de esta biografía inmoral; aún no está llena la medida; los días de su héroe no han sido contados aún. Por otra parte, las pasiones que subleva entre sus enemigos, son demasiado rencorosas aún para que pudieran ellos mismos poner fe en su imparcialidad o en su justicia.
Es de otro personaje de quien debo ocuparme. Facundo Quiroga es el caudillo cuyos hechos quiero consignar en el papel. Diez años ha que la tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y emponzoñada debiera mostrarse la calumnia que fuera a cavar los sepulcros en busca de víctimas. ¿Quién lanzó la balaoficialque detuvo su carrera? ¿Partió de Buenos Aires o de Córdoba? La historia explicará este arcano. Facundo Quiroga es, empero, el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil de la República Argentina; es la figura más americana que la revolución presenta. Facundo Quiroga enlaza y eslabona todos los elementos de desorden que hasta antes de su aparición estaban{361}agitándose aisladamente en cada provincia; él hace de la guerra local la guerra nacional argentina, y presenta triunfante, al fin de diez años de trabajos, de devastación y de combates, el resultado de que sólo supo aprovecharse el que lo asesinó. He creído explicar la revolución argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular.
He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos los detalles que han podido suministrarme hombres que lo conocieron en su infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto con sus ojos unos hechos, oído otros, y tenido conocimiento exacto de una época o de una situación particular. Aún espero más datos de los que poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me escapan, ruego a los que las adviertan que me las comuniquen; porque en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria atención, porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son vulgaridades que no merecerían entrar sino episódicamente en el dominio de la historia. Pero Facundo, en relación con la fisonomía de la naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión de la República Argentina; Facundo, expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo, en fin, siendo lo que fué, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación{362}de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia. Alejandro es la pintura, el reflejo de la Grecia guerrera, literaria, política y artística; de la Grecia excéptica, filosófica y emprendedora, que se derrama por sobre el Asia para extender la esfera de su acción civilizadora.
Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida interior del pueblo argentino, para comprender su ideal, su personificación.
Sin estos antecedentes, nadie comprenderá a Facundo Quiroga, como nadie, a mi juicio, ha comprendido todavía al inmortal Bolívar, por la incompetencia de los biógrafos que han trazado el cuadro de su vida. En laEnciclopedia Nuevahe leído un brillante trabajo sobre el general Bolívar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda la justicia que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta biografía, como en todas las otras que de él se han escrito, he visto al general europeo, los mariscales del Imperio, un Napoleón menos colosal; pero no he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento de las masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la América.
Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida bárbara, americana pura, y de ahí partió el gran Bolívar; de aquel barro hizo su glorioso edificio. ¿Cómo es, pues, que su biografía lo asemeja a cualquier general europeo de esclarecidas prendas? Es que las preocupaciones clásicas europeas del escritor desfiguran al héroe, a quien quitan elponchopara presentarlo desde el primer día con el frac, ni más ni{363}menos como los litógrafos de Buenos Aires han pintado a Facundo con casaca de solapas, creyendo impropia su chaqueta, que nunca abandonó. Bien; han hecho un general, pero Facundo desaparece. La guerra de Bolívar pueden estudiarla en Francia en la de loschouanes; Bolívar es un Charette de más anchas dimensiones. Si los españoles hubieran penetrado en la República Argentina el año 11, acaso nuestro Bolívar habría sido Artigas, si este caudillo hubiese sido, como aquél, tan pródigamente dotado por la naturaleza y la educación.
La manera de tratar la historia de Bolívar de los escritores europeos y americanos, conviene a San Martín y a otros de su clase. San Martín no fué caudillo popular; era realmente un general. Habíase educado en Europa y llegó a América, donde el Gobierno era el revolucionario, y pudo formar a sus anchas el ejército europeo, disciplinarlo y dar batallas regulares, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre Chile es una conquista en regla, como la de Italia por Napoleón. Pero si San Martín hubiese tenido que encabezarmontoneras, ser vencido aquí, para ir a reunir un grupo de llaneros por allá, lo habrían colgado a su segunda tentativa.
El drama de Bolívar se compone, pues, de otros elementos de los que hasta hoy conocemos; es preciso poner antes las decoraciones y los trajes americanos, para mostrar en seguida el personaje. Bolívar es todavía un cuento forjado sobre datos ciertos; Bolívar, el verdadero Bolívar, no lo conoce aún el mundo, y es muy probable que cuando lo traduzcan a su idioma natal, aparezca más sorprendente y más grande aún.
Razones de este género me han movido a dividir este precipitado trabajo en dos partes: la una, en que trazo el{364}terreno, el paisaje, el teatro sobre que va a representarse la escena; la otra, en que aparece el personaje, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar; de manera que la primera está ya revelando a la segunda, sin necesidad de comentarios ni explicaciones.
Señor don Valentín Alsina:
Conságrole, mi caro amigo, estas páginas que vuelven a ver la luz pública, menos por lo que ellas valen, que por el conato de usted de amenguar con sus notas los muchos lunares que afeaban la primera edición. Ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas, elFacundoadoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento, sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propósitos de acción inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a la discusión, lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenas llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos Aires, a las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas populares, un mito como su héroe.
He usado con parsimonia de sus preciosas notas, guardando{365}las más sustanciales para tiempos mejores y más meditados trabajos, temeroso de que por retocar obra tan informe, desapareciese su fisonomía primitiva y la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada concepción.
Este libro, como tantos otros que la lucha de la libertad ha hecho nacer, irá bien pronto a confundirse en el fárrago inmenso de materiales, de cuyo caos discordante saldrá un día, depurado de todo resabio, la historia de nuestra patria, el drama más fecundo en lecciones, más rico en peripecias y más vivaz que la dura y penosa transformación americana ha presentado. ¡Feliz yo si, como lo deseo, puedo un día consagrarme con éxito a tarea tan grande! Echaría al fuego entonces, de buena gana, cuantas páginas precipitadas he dejado escapar en el combate en que usted y tantos otros valientes escritores han cogido los más frescos lauros, hiriendo de más cerca, y con armas mejor templadas, al poderoso tirano de nuestra patria.
He suprimido la introducción como inútil, y los dos capítulos últimos como ociosos hoy, recordando una indicación de usted en 1846 en Montevideo, en que me insinuaba que el libro estaba terminado en la muerte de Quiroga[41].
Tengo una ambición literaria, mi caro amigo, y a satisfacerla consagro muchas vigilias, investigaciones prolijas y estudios meditados. Facundo murió corporalmente en Barranca-Yaco; pero su nombre en la Historia podía escaparse y sobrevivir algunos años, sin castigo ejemplar como{366}era merecido. La justicia de la Historia ha caído ya sobre él, y el reposo de su tumba guárdanlo la supresión de su nombre y el desprecio de los pueblos. Sería agraviar a la Historia escribir la vida de Rosas, y humillar a nuestra patria recordarla, después de rehabilitarla, las degradaciones por que ha pasado. Pero hay otros pueblos y otros hombres que no deben quedar sin humillación y sin ser aleccionados. ¡Oh! La Francia, tan justamente erguida por su suficiencia en las ciencias históricas, políticas y sociales; la Inglaterra, tan contemplativa de sus intereses comerciales; aquellos políticos de todos los países, aquellos escritores que se precian de entendidos, si un pobre narrador americano se presentase ante ellos con un libro, para mostrarles, como Dios muestra las cosas que llamamos evidentes, que se han prosternado ante un fantasma, que han contemporizado con una sombra impotente, que han acatado un montón de basura, llamando a la estupidez, energía; a la ceguedad, talento; virtud, a la crápula, e intriga y diplomacia, a los más groseros ardides; si pudiera hacerse esto, como es posible hacerlo, con unción en las palabras, con intachable imparcialidad en la jurisprudencia de los hechos, con exposición lucida y animada, con elevación de sentimientos y con conocimiento profundo de los intereses de los pueblos y presentimiento, fundado en deducción lógica, de los bienes que sofocaron con sus errores y de los males que desarrollaron en nuestro país e hicieron desbordar sobre otros... ¿no siente usted que el que tal hiciera podría presentarse en Europa con su libro en la mano, y decir a la Francia y a la Inglaterra, a la Monarquía y a la República, a Palmerston y a Guizot, a Luis Felipe y a Luis Napoleón, alTimesy a laPresse: ¡leed, miserables, y humillaos! ¡He ahí vuestro hombre!, y hacer efectivo aquel{367}ecce homo, tan mal señalado por los poderosos, al desprecio y al asco de los pueblos?
La historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime y la más triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que de ella han sido víctimas, como para las naciones, Gobiernos y políticos europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos interesados.
Los hechos están ahí consignados, clasificados, probados, documentados; fáltales, empero, el hilo que ha de ligarlos en un solo hecho, el soplo de vida que ha de hacerlos enderezarse todos a un tiempo a la vista del espectador y convertirlos en cuadro vivo, con primeros planos palpables y lontananzas necesarias; fáltales el colorido que dan al paisaje los rayos del sol de la patria; fáltales la evidencia que trae la estadística que cuenta las cifras, que impone silencio a los fraseadores presuntuosos y hace enmudecer a los poderosos impudentes. Fáltame para intentarlo interrogar el suelo y visitar los lugares de la escena, oír las revelaciones de los cómplices, las deposiciones de las víctimas, los recuerdos de los ancianos, las doloridas narraciones de las madres que ven con el corazón; fáltame escuchar el eco confuso del pueblo, que ha visto y no ha comprendido, que ha sido verdugo y víctima, testigo y actor; falta la madurez del hecho cumplido y el paso de una época a otra, el cambio de los destinos de la nación, para volver con fruto los ojos hacia atrás, haciendo de la historia ejemplo y no venganza.
Imagínese usted, mi caro amigo, si codiciando para mí este tesoro prestaré grande atención a los defectos e inexactitudes de la vida de Juan Facundo Quiroga ni de nada de cuanto he abandonado a la publicidad. Hay una justicia{368}ejemplar que hacer y una gloria que adquirir como escritor argentino; fustigar al mundo y humillar la soberbia de los grandes de la tierra, llámense sabios o gobiernos. Si fuera rico fundara un premio Montyon para aquél que lo consiguiera.
Envíole, pues, elFacundosin otras atenuaciones, y hágalo que continúe la obra de rehabilitación de lo justo y de lo digno que tuvo en mira al principio. Tenemos lo que Dios concede a los que sufren: años por delante y esperanza; tengo yo un átomo de lo que a usted y a Rosas, a la virtud y al crimen, concede a veces: perseverancia. Perseveremos, amigo; muramos, usted ahí, yo acá; pero que ningún acto, ninguna palabra nuestra revele que tenemos la conciencia de nuestra debilidad y de que nos amenazan para hoy o para mañana tribulaciones y peligros.
Queda de usted su afectísimo amigo,
Domingo F. Sarmiento.
Yungay, 7 de abril de 1851.
NOTAS:[1]ElFacundoha sido traducido total, o casi totalmente, al francés, por M. A. Giroud, alférez de la Armada francesa; al alemán, por Juan Eduardo Wapœus, profesor de la Universidad de Gotinga; al inglés, por la señora de Horacio Mann, y al italiano, por el señor Fontana de Philipps. Cuando Sarmiento fué a París en 1847, llevó este libro como carta de introducción, y M. de Mazade escribió sobre él una entusiasta reseña en laRevue des deux Mondes. Sobre este episodio, Sarmiento ha contado pormenores hilarantes en susViajes. En el tomo XLVI de lasObras Completashay un artículo especialmente dedicado alFacundopor su autor.[2]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 320.[3]La primera edición delFacundose publicó en 1845 (Chile); la segunda en 1851; la tercera en New York en 1868, corregidas las pruebas por el «hablista» habanero Mantilla; la cuarta el año 1874, por Hachette, en París—al ascender Sarmiento a la Presidencia de la República—. Esta es una de las ediciones más cuidadosas, lo mismo que la de 1886, publicada por Belín Sarmiento en el tomo VII de lasObras Completas. Yo no he visto la de 1868, pero Belín Sarmiento asegura que nada ha variado en ella el texto de la anterior, de suerte que las correcciones del «hablista» Mantilla—de quien habló Sarmiento—, fueron sólo correcciones de imprenta. La de 1851, lo mismo que la primera, seguían la ortografía reformada que el autor preconizara en Chile por entonces; pero como no persistió en ella al volver a su país, me ha parecido que en este caso debía seguir el texto de lasObras Completas, que es el de la edición príncipe, con la única variante de la ortografía, que Sarmiento aceptó en vida; pues las primeras ediciones siguieron la ortografía chilena de entonces, de a cual Sarmiento fué promotor.[4]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)[5]Idem, íd., íd.[6]Se refiere a la época de 1845, cuando Sarmiento y Vicente Fidel López fraternizaban en Chile como proscriptos argentinos, dados ambos a la Prensa y a la enseñanza.[7]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)[8]Obras Completas; tomo VII, pág. 6.[9]Idem, íd., íd., pág. 16.[10]Sarmiento escribe aún desde el destierro, en 1851, o sea poco antes de Caseros.[11]Obras Completas; tomo VII, pág. 16.[12]No siendo ésta una edición crítica, tampoco me he considerado en el deber de glosar su texto. Debo tan sólo recordar que el doctor David Peña es autor de un novedoso libro sobre el general donJuan Facundo Quiroga(edición Coni, Buenos Aires, 1906), en el cual se nos presenta un Quiroga caucásico y urbano. Quizá este general vestido de levita, que frecuentaba con don Braulio Costa y el general Mansilla las tertulias aristocráticas de Buenos Aires, difiera tanto del modelo real como el Tigre de los Llanos, sediento de sangre, que Sarmiento nos ha pintado. Dada la compleja psicología del hombre superior—aunque éste sea un genio del mal—, es posible también que Facundo haya tenido la extraña complejidad de ambos tipos. No olvidemos, además, que Quiroga pudo ser un hombre amable o ingenuo en la intimidad, y transfigurarse en el desierto y la guerra. Mis dos abuelas me han referido la tradición del terror que las montoneras de Facundo dejaron en Santiago y en Tucumán; pero se me ocurre que una leyenda igualmente siniestra habrá de unirse en ciertas familias belgas al nombre del general von der Goltz, militar diplomático a quien veían sonreír gentilmente nuestras damas del Centenario... Las inexactitudes o exageraciones delFacundohan sido señaladas también por Guerra en suBiografía de Sarmiento, sobre todo en el capítulo VI.[13]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 84. La tumba de Quiroga a que este pasaje se refiere, es, en efecto, uno de los más conmovedores y bellos monumentos de la Recoleta más notable hoy que el fúnebre solar ha sido colmado de una sórdida marmolería, costosa y vulgar, como sus glorias burguesas...[14]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 293. Ese artículo se publicó enEl Nacionaldel 7 de noviembre de 1878.[15]En la edición de 1874 (París, Hachete, cuarta edición castellana), el libro comprendía ya las tres biografías ovidasde Quiroga, Aldao y el Chacho, como aparece en el volumen VII de lasObras Completas. La agregación de laVida del Chachoobedece a los mismos propósitos que las dos anteriores; pero en ese caso, ya la doctrina asume todo un carácter de alegato en un caso que le era demasiado personal. Nosotros no damos aquí sino laVida de Facundo, pues forma parte del paisaje descripto y de la doctrina esquematizada en esos términos: «Civilización y barbarie».[16]Obras completas; tomo XLVI, pág. 321.[17]Life of Napoleon Buonaparte; tomo II, cap. I.[18]El año 1826, durante una residencia de un año en la Sierra de San Luis, enseñé a leer a seis jóvenes de familias pudientes, el menor de los cuales tenía veintidós años.[19]El general Mansilla decía en la Sala, durante el bloqueo francés: «¿y qué nos han de hacer esos europeos que no saben galoparse una noche?»; y la inmensa barra plebeya ahogó la voz del orador con el estrépito de los aplausos.[20]Echeverría,La Cautiva.[21]Domínguez.[22]No es fuera de propósito recordar aquí las semejanzas notables que representan los argentinos con los árabes. En Argel, en Orán, en Máscara y en los aduares del desierto vi siempre a los árabes reunidos en cafés, por estarles completamente prohibido el uso de los licores, apiñados en derredor del cantor, generalmente dos, que se acompañan de la vihuela a dúo, recitando canciones nacionales plañideras como nuestros tristes. La rienda de los árabes es tejida de cuero y con azotera como las nuestras; el freno de que usamos es el freno árabe, y muchas de nuestras costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la Andalucía. De las fisonomías no se hable: algunos árabes he conocido que jurara haberlos visto en mi país. (Nota de la edición de 1850.)[23]El doctor don Manuel Ignacio Castro Barros, canónigo de la catedral de Córdoba.[24]Detalles sobre el sistema y organización de este establecimiento de educación pública, se encuentran enEducación Popular, trabajo especial consagrado a la materia y fruto del viaje a Europa y Estados Unidos hecho por encargo del Gobierno de Chile.—El Autor.—(Véase tomo XII de lasObras de Sarmiento.)[25]Después de escrito lo que precede, he recibido de persona fidedigna la aseveración de haber el mismo Quiroga contado en Tucumán, ante señoras que viven aún, la historia del incendio de la casa. Toda duda desaparece ante deposiciones de este género. Más tarde he obtenido la narración circunstanciada de un testigo presencial y compañero de infancia de Facundo Quiroga, que le vió a éste dar a su padre una bofetada y huirse; pero estos detalles contristan sin aleccionar, y es deber impuesto por el decoro apartarlos de la vista.[26]Registro oficial de la provincia de San Juan:«A consecuencia de la presente ley, el gobierno de la provincia ha estipulado con S. E. el señor general don Juan Facundo Quiroga los artículos siguientes, conforme a su nota de 13 de septiembre de 1833:»1.º Que abonará al Excmo. Gobierno de Buenos Aires la cantidad que ha invertido en dichas haciendas.»2.º Que suplirá cinco mil pesos a la provincia sin pensión de rédito, para la urgencia en que se halla de abonar la tropa que tiene en campaña, dando tres mil pesos al contado, y el resto del producto del ganado, a cuyo pago quedará afecto exclusivamente al ramo de degolladuras.»3.º Que se le ha de permitir abastecer por si solo, dando al pueblo a cinco reales la arroba de carne, que hoy se halla a seis de mala calidad, y a tres al Estado, sin aumentar el precio corriente de la gordura.»4.º Que se le ha de dar libre el ramo de degolladura desde el 18 del presente hasta el 10 de enero inclusive, y pastos de cuenta del Estado al precio de dos reales al mes por cabeza, que abonará desde 1.º de octubre próximo.—San Juan, septiembre 13 de 1833.—Ruiz.—Vicente Atienzo.»[27]El señor Alberdi me suministra este dato tomado en su viaje a Italia.[28]Puede verse esta cinta en la botonadura de los domésticos de la Legación Argentina. El enviado y losatachéshan tenido pudor de ostentar el retrato.—(Nota de la edición de 1845.)[29]Estos sacerdotes fueron el cura Villafañe, de la provincia de Tucumán, de setenta y seis años de edad.Dos curas Frías, perseguidos, de Santiago del Estero, establecidos en la campaña de Tucumán, el uno de sesenta y cuatro años y el otro de sesenta y seis.El canónigo Cabrera, de la catedral de Córdoba, de sesenta años. Los cuatro fueron conducidos a Buenos Aires y degollados en Santos Lugares, previas las profanaciones referidas.[30]Tengo estos hechos de don Domingo de Oro, quien estaba por entonces al lado de López, y servía de padrino a Rosas, muy desvalido para con aquél en aquellos momentos.[31]El éxito final no ha justificado tan halagüeñas esperanzas; la industria de la seda languidece hoy en Mendoza, y desaparecerá por falta de fomento.—(Nota de la edición de 1851.)[32]Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la ropa; quiere decir que todavía faltan muchas dificultades que vencer.[33]Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumán, etc.[34]Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado después que la expedición aseguró la frontera, alejando a los bárbaros indómitos y sometiendo muchas tribus, que han formado una barrera que pone a cubierto las estancias de las incursiones de aquéllos, y que, a merced de estas ventajas obtenidas, la población ha podido extenderse hacia el Sur. La geografía hizo también importantes conquistas, descubriendo territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas dudas. El general Pacheco hizo un reconocimiento del río Negro, donde Rosas se hizo adjudicar la isla de Choelechoel, y la división de Mendoza descubrió todo el curso del río Salado hasta su desagüe en la laguna de Yauquenes. Pero un Gobierno inteligente habría asegurado de esta vez para siempre las fronteras del sur de Buenos Aires. El Río Colorado, navegable desde poco más abajo de Cobu-Sebu, cuarenta leguas distante de Concepción, donde lo atravesó don Luis de la Cruz, ofrece en todo su curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una frontera a poca costa impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del Monte en que desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las inmediaciones de la laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la sierra de la Ventana hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Bahía Blanca, habrían permitido la población del espacio de territorio inmenso que media entre este último punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra del Tandil, límite de la población de Buenos Aires al Sur. Para completar este sistema de ocupación, requeríase, además, establecer colonias agrícolas en Bahía Blanca y en la embocadura del río Colorado, de manera que sirviesen de mercado para la exportación de los productos de los países circunvecinos; pues careciendo de puertos toda la costa intermediaria hasta Buenos Aires, los productos de las estancias más avanzadas al Sur se pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos, cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.La navegación y población de Río Colorado adentro traería, a más de los productos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes poco numerosos que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar el territorio al sur del Colorado.Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los bárbaros han invadido desde la época de la expedición al Sur, y despoblado toda la campaña de Córdoba y de San Luis; la primera hasta San José del Morro, que está en la misma latitud que la ciudad. Ambas provincias viven desde entonces en continua alarma, con tropas constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de los gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los salvajes. La cría de ganado está casi extinguida, y los estancieros apresuran su extinción para librarse al fin de las exacciones de los gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por otro.Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe a los Gobiernos de la frontera emprender expedición alguna contra los indios, dejando que invadan periódicamente el país y asolen más de doscientas leguas de frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como debía hacerlo en la tan decantada expedición al Sur, cuyos resultados fueron efímeros, dejando subsistente el mal, que ha tomado después mayor agravación que antes.—(Nota de la edición de 1851.)[35]En la causa criminal seguida contra los cómplices en la muerte de Quiroga, el reo Cabanillas declaró en un momento de efusión, de rodillas, en presencia del doctor Maza—degollado por los agentes de Rosas—, que él no se había propuesto sino salvar a Quiroga; que el 24 de diciembre había escrito a un amigo de éste, un francés, que le hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San Pedro, donde él estaba aguardándole con veinticinco hombres para asesinarlo por orden de su Gobierno; que Toribio Junco—un gaucho de quien Santos Pérez decía: «Hay otro más valiente que yo: es Toribio Junco»—había dicho al mismo Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de Santos Pérez, empezó a acecharlo, hasta que un día lo encontró arrodillado en la capilla de la Virgen de Tulumba, con los ojos arrasados de lágrimas; que preguntándole la causa de su quebranto, le dijo: «Estoy pidiéndole a la Virgen me ilumine sobre si debo matar a Quiroga, según me lo ordenan; pues me presentan este acto como convenido entre los gobernadores López de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires, único medio de salvar la República.—(Nota de la edición de 1851.)[36]Tuve estos detalles del malogrado doctor Piñero, muerto en 1846 en Chile, pariente del doctor Ortiz, compañero de viaje de Quiroga desde Buenos Aires hasta Córdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder citar sino los muertos, en apoyo de la verdad.—(Nota de la edición de 1851.)[37]Histoire de Venise; tomo II, lib. VII, pág. 84.[38]Chronique du moyen âge.[39]Histoire de París; tomo III, pág. 176.[40]Es decir, corrigió las pruebas de la edición de 1868; pues al hacer esta reimpresión y comparar esa edición con la de 1845, no hemos encontrado otra diferencia que la que resulta de la mejor corrección de pruebas.—El Editorde lasObras Completas.[41]Ambos capítulos los reproducimos en esta edición, así como lo fueron en la de París de 1874 y en la edición de lasObras Completas.
[1]ElFacundoha sido traducido total, o casi totalmente, al francés, por M. A. Giroud, alférez de la Armada francesa; al alemán, por Juan Eduardo Wapœus, profesor de la Universidad de Gotinga; al inglés, por la señora de Horacio Mann, y al italiano, por el señor Fontana de Philipps. Cuando Sarmiento fué a París en 1847, llevó este libro como carta de introducción, y M. de Mazade escribió sobre él una entusiasta reseña en laRevue des deux Mondes. Sobre este episodio, Sarmiento ha contado pormenores hilarantes en susViajes. En el tomo XLVI de lasObras Completashay un artículo especialmente dedicado alFacundopor su autor.
[1]ElFacundoha sido traducido total, o casi totalmente, al francés, por M. A. Giroud, alférez de la Armada francesa; al alemán, por Juan Eduardo Wapœus, profesor de la Universidad de Gotinga; al inglés, por la señora de Horacio Mann, y al italiano, por el señor Fontana de Philipps. Cuando Sarmiento fué a París en 1847, llevó este libro como carta de introducción, y M. de Mazade escribió sobre él una entusiasta reseña en laRevue des deux Mondes. Sobre este episodio, Sarmiento ha contado pormenores hilarantes en susViajes. En el tomo XLVI de lasObras Completashay un artículo especialmente dedicado alFacundopor su autor.
[2]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 320.
[2]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 320.
[3]La primera edición delFacundose publicó en 1845 (Chile); la segunda en 1851; la tercera en New York en 1868, corregidas las pruebas por el «hablista» habanero Mantilla; la cuarta el año 1874, por Hachette, en París—al ascender Sarmiento a la Presidencia de la República—. Esta es una de las ediciones más cuidadosas, lo mismo que la de 1886, publicada por Belín Sarmiento en el tomo VII de lasObras Completas. Yo no he visto la de 1868, pero Belín Sarmiento asegura que nada ha variado en ella el texto de la anterior, de suerte que las correcciones del «hablista» Mantilla—de quien habló Sarmiento—, fueron sólo correcciones de imprenta. La de 1851, lo mismo que la primera, seguían la ortografía reformada que el autor preconizara en Chile por entonces; pero como no persistió en ella al volver a su país, me ha parecido que en este caso debía seguir el texto de lasObras Completas, que es el de la edición príncipe, con la única variante de la ortografía, que Sarmiento aceptó en vida; pues las primeras ediciones siguieron la ortografía chilena de entonces, de a cual Sarmiento fué promotor.
[3]La primera edición delFacundose publicó en 1845 (Chile); la segunda en 1851; la tercera en New York en 1868, corregidas las pruebas por el «hablista» habanero Mantilla; la cuarta el año 1874, por Hachette, en París—al ascender Sarmiento a la Presidencia de la República—. Esta es una de las ediciones más cuidadosas, lo mismo que la de 1886, publicada por Belín Sarmiento en el tomo VII de lasObras Completas. Yo no he visto la de 1868, pero Belín Sarmiento asegura que nada ha variado en ella el texto de la anterior, de suerte que las correcciones del «hablista» Mantilla—de quien habló Sarmiento—, fueron sólo correcciones de imprenta. La de 1851, lo mismo que la primera, seguían la ortografía reformada que el autor preconizara en Chile por entonces; pero como no persistió en ella al volver a su país, me ha parecido que en este caso debía seguir el texto de lasObras Completas, que es el de la edición príncipe, con la única variante de la ortografía, que Sarmiento aceptó en vida; pues las primeras ediciones siguieron la ortografía chilena de entonces, de a cual Sarmiento fué promotor.
[4]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)
[4]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)
[5]Idem, íd., íd.
[5]Idem, íd., íd.
[6]Se refiere a la época de 1845, cuando Sarmiento y Vicente Fidel López fraternizaban en Chile como proscriptos argentinos, dados ambos a la Prensa y a la enseñanza.
[6]Se refiere a la época de 1845, cuando Sarmiento y Vicente Fidel López fraternizaban en Chile como proscriptos argentinos, dados ambos a la Prensa y a la enseñanza.
[7]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)
[7]Páginas literarias.(Obras; tomo XLVI, pág. 322.)
[8]Obras Completas; tomo VII, pág. 6.
[8]Obras Completas; tomo VII, pág. 6.
[9]Idem, íd., íd., pág. 16.
[9]Idem, íd., íd., pág. 16.
[10]Sarmiento escribe aún desde el destierro, en 1851, o sea poco antes de Caseros.
[10]Sarmiento escribe aún desde el destierro, en 1851, o sea poco antes de Caseros.
[11]Obras Completas; tomo VII, pág. 16.
[11]Obras Completas; tomo VII, pág. 16.
[12]No siendo ésta una edición crítica, tampoco me he considerado en el deber de glosar su texto. Debo tan sólo recordar que el doctor David Peña es autor de un novedoso libro sobre el general donJuan Facundo Quiroga(edición Coni, Buenos Aires, 1906), en el cual se nos presenta un Quiroga caucásico y urbano. Quizá este general vestido de levita, que frecuentaba con don Braulio Costa y el general Mansilla las tertulias aristocráticas de Buenos Aires, difiera tanto del modelo real como el Tigre de los Llanos, sediento de sangre, que Sarmiento nos ha pintado. Dada la compleja psicología del hombre superior—aunque éste sea un genio del mal—, es posible también que Facundo haya tenido la extraña complejidad de ambos tipos. No olvidemos, además, que Quiroga pudo ser un hombre amable o ingenuo en la intimidad, y transfigurarse en el desierto y la guerra. Mis dos abuelas me han referido la tradición del terror que las montoneras de Facundo dejaron en Santiago y en Tucumán; pero se me ocurre que una leyenda igualmente siniestra habrá de unirse en ciertas familias belgas al nombre del general von der Goltz, militar diplomático a quien veían sonreír gentilmente nuestras damas del Centenario... Las inexactitudes o exageraciones delFacundohan sido señaladas también por Guerra en suBiografía de Sarmiento, sobre todo en el capítulo VI.
[12]No siendo ésta una edición crítica, tampoco me he considerado en el deber de glosar su texto. Debo tan sólo recordar que el doctor David Peña es autor de un novedoso libro sobre el general donJuan Facundo Quiroga(edición Coni, Buenos Aires, 1906), en el cual se nos presenta un Quiroga caucásico y urbano. Quizá este general vestido de levita, que frecuentaba con don Braulio Costa y el general Mansilla las tertulias aristocráticas de Buenos Aires, difiera tanto del modelo real como el Tigre de los Llanos, sediento de sangre, que Sarmiento nos ha pintado. Dada la compleja psicología del hombre superior—aunque éste sea un genio del mal—, es posible también que Facundo haya tenido la extraña complejidad de ambos tipos. No olvidemos, además, que Quiroga pudo ser un hombre amable o ingenuo en la intimidad, y transfigurarse en el desierto y la guerra. Mis dos abuelas me han referido la tradición del terror que las montoneras de Facundo dejaron en Santiago y en Tucumán; pero se me ocurre que una leyenda igualmente siniestra habrá de unirse en ciertas familias belgas al nombre del general von der Goltz, militar diplomático a quien veían sonreír gentilmente nuestras damas del Centenario... Las inexactitudes o exageraciones delFacundohan sido señaladas también por Guerra en suBiografía de Sarmiento, sobre todo en el capítulo VI.
[13]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 84. La tumba de Quiroga a que este pasaje se refiere, es, en efecto, uno de los más conmovedores y bellos monumentos de la Recoleta más notable hoy que el fúnebre solar ha sido colmado de una sórdida marmolería, costosa y vulgar, como sus glorias burguesas...
[13]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 84. La tumba de Quiroga a que este pasaje se refiere, es, en efecto, uno de los más conmovedores y bellos monumentos de la Recoleta más notable hoy que el fúnebre solar ha sido colmado de una sórdida marmolería, costosa y vulgar, como sus glorias burguesas...
[14]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 293. Ese artículo se publicó enEl Nacionaldel 7 de noviembre de 1878.
[14]Obras Completas; tomo XLVI, pág. 293. Ese artículo se publicó enEl Nacionaldel 7 de noviembre de 1878.
[15]En la edición de 1874 (París, Hachete, cuarta edición castellana), el libro comprendía ya las tres biografías ovidasde Quiroga, Aldao y el Chacho, como aparece en el volumen VII de lasObras Completas. La agregación de laVida del Chachoobedece a los mismos propósitos que las dos anteriores; pero en ese caso, ya la doctrina asume todo un carácter de alegato en un caso que le era demasiado personal. Nosotros no damos aquí sino laVida de Facundo, pues forma parte del paisaje descripto y de la doctrina esquematizada en esos términos: «Civilización y barbarie».
[15]En la edición de 1874 (París, Hachete, cuarta edición castellana), el libro comprendía ya las tres biografías ovidasde Quiroga, Aldao y el Chacho, como aparece en el volumen VII de lasObras Completas. La agregación de laVida del Chachoobedece a los mismos propósitos que las dos anteriores; pero en ese caso, ya la doctrina asume todo un carácter de alegato en un caso que le era demasiado personal. Nosotros no damos aquí sino laVida de Facundo, pues forma parte del paisaje descripto y de la doctrina esquematizada en esos términos: «Civilización y barbarie».
[16]Obras completas; tomo XLVI, pág. 321.
[16]Obras completas; tomo XLVI, pág. 321.
[17]Life of Napoleon Buonaparte; tomo II, cap. I.
[17]Life of Napoleon Buonaparte; tomo II, cap. I.
[18]El año 1826, durante una residencia de un año en la Sierra de San Luis, enseñé a leer a seis jóvenes de familias pudientes, el menor de los cuales tenía veintidós años.
[18]El año 1826, durante una residencia de un año en la Sierra de San Luis, enseñé a leer a seis jóvenes de familias pudientes, el menor de los cuales tenía veintidós años.
[19]El general Mansilla decía en la Sala, durante el bloqueo francés: «¿y qué nos han de hacer esos europeos que no saben galoparse una noche?»; y la inmensa barra plebeya ahogó la voz del orador con el estrépito de los aplausos.
[19]El general Mansilla decía en la Sala, durante el bloqueo francés: «¿y qué nos han de hacer esos europeos que no saben galoparse una noche?»; y la inmensa barra plebeya ahogó la voz del orador con el estrépito de los aplausos.
[20]Echeverría,La Cautiva.
[20]Echeverría,La Cautiva.
[21]Domínguez.
[21]Domínguez.
[22]No es fuera de propósito recordar aquí las semejanzas notables que representan los argentinos con los árabes. En Argel, en Orán, en Máscara y en los aduares del desierto vi siempre a los árabes reunidos en cafés, por estarles completamente prohibido el uso de los licores, apiñados en derredor del cantor, generalmente dos, que se acompañan de la vihuela a dúo, recitando canciones nacionales plañideras como nuestros tristes. La rienda de los árabes es tejida de cuero y con azotera como las nuestras; el freno de que usamos es el freno árabe, y muchas de nuestras costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la Andalucía. De las fisonomías no se hable: algunos árabes he conocido que jurara haberlos visto en mi país. (Nota de la edición de 1850.)
[22]No es fuera de propósito recordar aquí las semejanzas notables que representan los argentinos con los árabes. En Argel, en Orán, en Máscara y en los aduares del desierto vi siempre a los árabes reunidos en cafés, por estarles completamente prohibido el uso de los licores, apiñados en derredor del cantor, generalmente dos, que se acompañan de la vihuela a dúo, recitando canciones nacionales plañideras como nuestros tristes. La rienda de los árabes es tejida de cuero y con azotera como las nuestras; el freno de que usamos es el freno árabe, y muchas de nuestras costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la Andalucía. De las fisonomías no se hable: algunos árabes he conocido que jurara haberlos visto en mi país. (Nota de la edición de 1850.)
[23]El doctor don Manuel Ignacio Castro Barros, canónigo de la catedral de Córdoba.
[23]El doctor don Manuel Ignacio Castro Barros, canónigo de la catedral de Córdoba.
[24]Detalles sobre el sistema y organización de este establecimiento de educación pública, se encuentran enEducación Popular, trabajo especial consagrado a la materia y fruto del viaje a Europa y Estados Unidos hecho por encargo del Gobierno de Chile.—El Autor.—(Véase tomo XII de lasObras de Sarmiento.)
[24]Detalles sobre el sistema y organización de este establecimiento de educación pública, se encuentran enEducación Popular, trabajo especial consagrado a la materia y fruto del viaje a Europa y Estados Unidos hecho por encargo del Gobierno de Chile.—El Autor.—(Véase tomo XII de lasObras de Sarmiento.)
[25]Después de escrito lo que precede, he recibido de persona fidedigna la aseveración de haber el mismo Quiroga contado en Tucumán, ante señoras que viven aún, la historia del incendio de la casa. Toda duda desaparece ante deposiciones de este género. Más tarde he obtenido la narración circunstanciada de un testigo presencial y compañero de infancia de Facundo Quiroga, que le vió a éste dar a su padre una bofetada y huirse; pero estos detalles contristan sin aleccionar, y es deber impuesto por el decoro apartarlos de la vista.
[25]Después de escrito lo que precede, he recibido de persona fidedigna la aseveración de haber el mismo Quiroga contado en Tucumán, ante señoras que viven aún, la historia del incendio de la casa. Toda duda desaparece ante deposiciones de este género. Más tarde he obtenido la narración circunstanciada de un testigo presencial y compañero de infancia de Facundo Quiroga, que le vió a éste dar a su padre una bofetada y huirse; pero estos detalles contristan sin aleccionar, y es deber impuesto por el decoro apartarlos de la vista.
[26]Registro oficial de la provincia de San Juan:«A consecuencia de la presente ley, el gobierno de la provincia ha estipulado con S. E. el señor general don Juan Facundo Quiroga los artículos siguientes, conforme a su nota de 13 de septiembre de 1833:»1.º Que abonará al Excmo. Gobierno de Buenos Aires la cantidad que ha invertido en dichas haciendas.»2.º Que suplirá cinco mil pesos a la provincia sin pensión de rédito, para la urgencia en que se halla de abonar la tropa que tiene en campaña, dando tres mil pesos al contado, y el resto del producto del ganado, a cuyo pago quedará afecto exclusivamente al ramo de degolladuras.»3.º Que se le ha de permitir abastecer por si solo, dando al pueblo a cinco reales la arroba de carne, que hoy se halla a seis de mala calidad, y a tres al Estado, sin aumentar el precio corriente de la gordura.»4.º Que se le ha de dar libre el ramo de degolladura desde el 18 del presente hasta el 10 de enero inclusive, y pastos de cuenta del Estado al precio de dos reales al mes por cabeza, que abonará desde 1.º de octubre próximo.—San Juan, septiembre 13 de 1833.—Ruiz.—Vicente Atienzo.»
[26]Registro oficial de la provincia de San Juan:
«A consecuencia de la presente ley, el gobierno de la provincia ha estipulado con S. E. el señor general don Juan Facundo Quiroga los artículos siguientes, conforme a su nota de 13 de septiembre de 1833:
»1.º Que abonará al Excmo. Gobierno de Buenos Aires la cantidad que ha invertido en dichas haciendas.
»2.º Que suplirá cinco mil pesos a la provincia sin pensión de rédito, para la urgencia en que se halla de abonar la tropa que tiene en campaña, dando tres mil pesos al contado, y el resto del producto del ganado, a cuyo pago quedará afecto exclusivamente al ramo de degolladuras.
»3.º Que se le ha de permitir abastecer por si solo, dando al pueblo a cinco reales la arroba de carne, que hoy se halla a seis de mala calidad, y a tres al Estado, sin aumentar el precio corriente de la gordura.
»4.º Que se le ha de dar libre el ramo de degolladura desde el 18 del presente hasta el 10 de enero inclusive, y pastos de cuenta del Estado al precio de dos reales al mes por cabeza, que abonará desde 1.º de octubre próximo.—San Juan, septiembre 13 de 1833.—Ruiz.—Vicente Atienzo.»
[27]El señor Alberdi me suministra este dato tomado en su viaje a Italia.
[27]El señor Alberdi me suministra este dato tomado en su viaje a Italia.
[28]Puede verse esta cinta en la botonadura de los domésticos de la Legación Argentina. El enviado y losatachéshan tenido pudor de ostentar el retrato.—(Nota de la edición de 1845.)
[28]Puede verse esta cinta en la botonadura de los domésticos de la Legación Argentina. El enviado y losatachéshan tenido pudor de ostentar el retrato.—(Nota de la edición de 1845.)
[29]Estos sacerdotes fueron el cura Villafañe, de la provincia de Tucumán, de setenta y seis años de edad.Dos curas Frías, perseguidos, de Santiago del Estero, establecidos en la campaña de Tucumán, el uno de sesenta y cuatro años y el otro de sesenta y seis.El canónigo Cabrera, de la catedral de Córdoba, de sesenta años. Los cuatro fueron conducidos a Buenos Aires y degollados en Santos Lugares, previas las profanaciones referidas.
[29]Estos sacerdotes fueron el cura Villafañe, de la provincia de Tucumán, de setenta y seis años de edad.
Dos curas Frías, perseguidos, de Santiago del Estero, establecidos en la campaña de Tucumán, el uno de sesenta y cuatro años y el otro de sesenta y seis.
El canónigo Cabrera, de la catedral de Córdoba, de sesenta años. Los cuatro fueron conducidos a Buenos Aires y degollados en Santos Lugares, previas las profanaciones referidas.
[30]Tengo estos hechos de don Domingo de Oro, quien estaba por entonces al lado de López, y servía de padrino a Rosas, muy desvalido para con aquél en aquellos momentos.
[30]Tengo estos hechos de don Domingo de Oro, quien estaba por entonces al lado de López, y servía de padrino a Rosas, muy desvalido para con aquél en aquellos momentos.
[31]El éxito final no ha justificado tan halagüeñas esperanzas; la industria de la seda languidece hoy en Mendoza, y desaparecerá por falta de fomento.—(Nota de la edición de 1851.)
[31]El éxito final no ha justificado tan halagüeñas esperanzas; la industria de la seda languidece hoy en Mendoza, y desaparecerá por falta de fomento.—(Nota de la edición de 1851.)
[32]Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la ropa; quiere decir que todavía faltan muchas dificultades que vencer.
[32]Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la ropa; quiere decir que todavía faltan muchas dificultades que vencer.
[33]Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumán, etc.
[33]Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumán, etc.
[34]Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado después que la expedición aseguró la frontera, alejando a los bárbaros indómitos y sometiendo muchas tribus, que han formado una barrera que pone a cubierto las estancias de las incursiones de aquéllos, y que, a merced de estas ventajas obtenidas, la población ha podido extenderse hacia el Sur. La geografía hizo también importantes conquistas, descubriendo territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas dudas. El general Pacheco hizo un reconocimiento del río Negro, donde Rosas se hizo adjudicar la isla de Choelechoel, y la división de Mendoza descubrió todo el curso del río Salado hasta su desagüe en la laguna de Yauquenes. Pero un Gobierno inteligente habría asegurado de esta vez para siempre las fronteras del sur de Buenos Aires. El Río Colorado, navegable desde poco más abajo de Cobu-Sebu, cuarenta leguas distante de Concepción, donde lo atravesó don Luis de la Cruz, ofrece en todo su curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una frontera a poca costa impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del Monte en que desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las inmediaciones de la laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la sierra de la Ventana hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Bahía Blanca, habrían permitido la población del espacio de territorio inmenso que media entre este último punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra del Tandil, límite de la población de Buenos Aires al Sur. Para completar este sistema de ocupación, requeríase, además, establecer colonias agrícolas en Bahía Blanca y en la embocadura del río Colorado, de manera que sirviesen de mercado para la exportación de los productos de los países circunvecinos; pues careciendo de puertos toda la costa intermediaria hasta Buenos Aires, los productos de las estancias más avanzadas al Sur se pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos, cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.La navegación y población de Río Colorado adentro traería, a más de los productos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes poco numerosos que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar el territorio al sur del Colorado.Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los bárbaros han invadido desde la época de la expedición al Sur, y despoblado toda la campaña de Córdoba y de San Luis; la primera hasta San José del Morro, que está en la misma latitud que la ciudad. Ambas provincias viven desde entonces en continua alarma, con tropas constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de los gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los salvajes. La cría de ganado está casi extinguida, y los estancieros apresuran su extinción para librarse al fin de las exacciones de los gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por otro.Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe a los Gobiernos de la frontera emprender expedición alguna contra los indios, dejando que invadan periódicamente el país y asolen más de doscientas leguas de frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como debía hacerlo en la tan decantada expedición al Sur, cuyos resultados fueron efímeros, dejando subsistente el mal, que ha tomado después mayor agravación que antes.—(Nota de la edición de 1851.)
[34]Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado después que la expedición aseguró la frontera, alejando a los bárbaros indómitos y sometiendo muchas tribus, que han formado una barrera que pone a cubierto las estancias de las incursiones de aquéllos, y que, a merced de estas ventajas obtenidas, la población ha podido extenderse hacia el Sur. La geografía hizo también importantes conquistas, descubriendo territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas dudas. El general Pacheco hizo un reconocimiento del río Negro, donde Rosas se hizo adjudicar la isla de Choelechoel, y la división de Mendoza descubrió todo el curso del río Salado hasta su desagüe en la laguna de Yauquenes. Pero un Gobierno inteligente habría asegurado de esta vez para siempre las fronteras del sur de Buenos Aires. El Río Colorado, navegable desde poco más abajo de Cobu-Sebu, cuarenta leguas distante de Concepción, donde lo atravesó don Luis de la Cruz, ofrece en todo su curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlántico, una frontera a poca costa impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del Monte en que desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las inmediaciones de la laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la sierra de la Ventana hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Bahía Blanca, habrían permitido la población del espacio de territorio inmenso que media entre este último punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra del Tandil, límite de la población de Buenos Aires al Sur. Para completar este sistema de ocupación, requeríase, además, establecer colonias agrícolas en Bahía Blanca y en la embocadura del río Colorado, de manera que sirviesen de mercado para la exportación de los productos de los países circunvecinos; pues careciendo de puertos toda la costa intermediaria hasta Buenos Aires, los productos de las estancias más avanzadas al Sur se pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos, cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.
La navegación y población de Río Colorado adentro traería, a más de los productos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes poco numerosos que quedarían cortados hacia el Norte, haciéndolos buscar el territorio al sur del Colorado.
Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los bárbaros han invadido desde la época de la expedición al Sur, y despoblado toda la campaña de Córdoba y de San Luis; la primera hasta San José del Morro, que está en la misma latitud que la ciudad. Ambas provincias viven desde entonces en continua alarma, con tropas constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredación de los gobernantes, hace una plaga más ruinosa que las incursiones de los salvajes. La cría de ganado está casi extinguida, y los estancieros apresuran su extinción para librarse al fin de las exacciones de los gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por otro.
Por un sistema de política inexplicable, Rosas prohibe a los Gobiernos de la frontera emprender expedición alguna contra los indios, dejando que invadan periódicamente el país y asolen más de doscientas leguas de frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como debía hacerlo en la tan decantada expedición al Sur, cuyos resultados fueron efímeros, dejando subsistente el mal, que ha tomado después mayor agravación que antes.—(Nota de la edición de 1851.)
[35]En la causa criminal seguida contra los cómplices en la muerte de Quiroga, el reo Cabanillas declaró en un momento de efusión, de rodillas, en presencia del doctor Maza—degollado por los agentes de Rosas—, que él no se había propuesto sino salvar a Quiroga; que el 24 de diciembre había escrito a un amigo de éste, un francés, que le hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San Pedro, donde él estaba aguardándole con veinticinco hombres para asesinarlo por orden de su Gobierno; que Toribio Junco—un gaucho de quien Santos Pérez decía: «Hay otro más valiente que yo: es Toribio Junco»—había dicho al mismo Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de Santos Pérez, empezó a acecharlo, hasta que un día lo encontró arrodillado en la capilla de la Virgen de Tulumba, con los ojos arrasados de lágrimas; que preguntándole la causa de su quebranto, le dijo: «Estoy pidiéndole a la Virgen me ilumine sobre si debo matar a Quiroga, según me lo ordenan; pues me presentan este acto como convenido entre los gobernadores López de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires, único medio de salvar la República.—(Nota de la edición de 1851.)
[35]En la causa criminal seguida contra los cómplices en la muerte de Quiroga, el reo Cabanillas declaró en un momento de efusión, de rodillas, en presencia del doctor Maza—degollado por los agentes de Rosas—, que él no se había propuesto sino salvar a Quiroga; que el 24 de diciembre había escrito a un amigo de éste, un francés, que le hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San Pedro, donde él estaba aguardándole con veinticinco hombres para asesinarlo por orden de su Gobierno; que Toribio Junco—un gaucho de quien Santos Pérez decía: «Hay otro más valiente que yo: es Toribio Junco»—había dicho al mismo Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de Santos Pérez, empezó a acecharlo, hasta que un día lo encontró arrodillado en la capilla de la Virgen de Tulumba, con los ojos arrasados de lágrimas; que preguntándole la causa de su quebranto, le dijo: «Estoy pidiéndole a la Virgen me ilumine sobre si debo matar a Quiroga, según me lo ordenan; pues me presentan este acto como convenido entre los gobernadores López de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires, único medio de salvar la República.—(Nota de la edición de 1851.)
[36]Tuve estos detalles del malogrado doctor Piñero, muerto en 1846 en Chile, pariente del doctor Ortiz, compañero de viaje de Quiroga desde Buenos Aires hasta Córdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder citar sino los muertos, en apoyo de la verdad.—(Nota de la edición de 1851.)
[36]Tuve estos detalles del malogrado doctor Piñero, muerto en 1846 en Chile, pariente del doctor Ortiz, compañero de viaje de Quiroga desde Buenos Aires hasta Córdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder citar sino los muertos, en apoyo de la verdad.—(Nota de la edición de 1851.)
[37]Histoire de Venise; tomo II, lib. VII, pág. 84.
[37]Histoire de Venise; tomo II, lib. VII, pág. 84.
[38]Chronique du moyen âge.
[38]Chronique du moyen âge.
[39]Histoire de París; tomo III, pág. 176.
[39]Histoire de París; tomo III, pág. 176.
[40]Es decir, corrigió las pruebas de la edición de 1868; pues al hacer esta reimpresión y comparar esa edición con la de 1845, no hemos encontrado otra diferencia que la que resulta de la mejor corrección de pruebas.—El Editorde lasObras Completas.
[40]Es decir, corrigió las pruebas de la edición de 1868; pues al hacer esta reimpresión y comparar esa edición con la de 1845, no hemos encontrado otra diferencia que la que resulta de la mejor corrección de pruebas.—El Editorde lasObras Completas.
[41]Ambos capítulos los reproducimos en esta edición, así como lo fueron en la de París de 1874 y en la edición de lasObras Completas.
[41]Ambos capítulos los reproducimos en esta edición, así como lo fueron en la de París de 1874 y en la edición de lasObras Completas.