ACTO CUARTO

En el acto cuarto, el autor nos lleva otra vez a los Estados del Emperador. El recuerdo de lo que ha visto ha promovido en Fausto nuevos e inusitados pensamientos, y con ellos anda preocupado, cuando Mefistófeles, que vuelve más solícito que nunca al servicio de su compañero, le anuncia que el Emperador pasa grandes apuros porque su reino es presa de la anarquía más espantosa. Las ciudades se han enguerrado unas contra otras; los señores feudales luchan también entre sí; los plebeyos se sublevan contra los nobles; hasta los obispos cuestionan con el cabildo o con las parroquias. Fausto se apiada del Emperador, y Mefistófeles vuelve a comprometerse a salvarlo, apelando otra vez a los encantamientos y las hechicerías.

Hétenos ya en el campo de batalla, donde el poder diabólico de Mefistófeles ha congregado a los Espíritus para combatir a favor del Emperador. Ya las tropas que habían permanecido fieles cedían y se retiraban ante el empuje del enemigo; ya el Antiemperador miraba próximo el triunfo; pero las formidables legiones del infierno, evocadas por Mefistófeles, cambian el éxito de la guerra y dan el triunfo al legítimo soberano. Vuelven a la obediencia los vasallos, restablécese la paz en las provincias alteradas, y el príncipe, aconsejado por el arzobispo, se arrepiente de haber aceptado la ayuda de las fuerzas infernales, y tranquiliza su conciencia con el donativo de extensos territorios a favor de la Iglesia.

La unidad de tiempo no es, en verdad, la regla que más haya seguido Goethe en su admirable tragedia. El quinto acto de la segunda parte, en el cual se resume todo el concepto de la obra, nos presenta el cuadro de Fausto envejecido. ¿Por qué vicisitudes ha pasado desde que obtuvo del Emperador, en pago de su salvación, vastos dominios? ¿Cómo el inquieto e insaciable Doctor procuró satisfacer el ardiente deseo que lo empuja siempre en busca de tentadoras novedades? Han pasado muchos años en el intervalo del cuarto al quinto acto. Encontramos a Fausto señor poderoso de tierras y lugares, domador audaz de las enemigas fuerzas de la Naturaleza, ocupado en robar a la playa del mar las estériles landas para que las fecunde la mano del hombre y sean fuente de bienestar y prosperidad. Parece, pues, que haya encontrado por fin un objeto digno de la preclara inteligencia que Dios le concedió; pero el amarguísimo recuerdo de su vida, llena de errores, de culpas y de crímenes, lo martiriza y no le deja momento de reposo. Está convencido de que la inteligencia humana no puede traspasar los límites que se le pusieron, y reconoce que la actividad del espíritu tiene en el mundo campo bastante extenso, sin empeñarse en la vana averiguación de los misterios de la Naturaleza. Pero ha comprado demasiado caro el conocimiento de esta gran verdad, para que pueda vivir tranquilo y sereno. Recibe con indiferencia y con fruncida frente las mercaderías que de lejanas tierras le traen sus buques para aumentar su riqueza y poderío; no le entusiasma el espectáculo de los bosques, de los prados, de las aldeas, que por obra suya surgen de aquellas dunas infructíferas, que azotaban poco antes las marinasolas; y fijando continuamente la mirada en la pobre cabaña y la modesta alameda de tilos, que no le pertenecen, desea poseerlos como el objeto más precioso, y no descansa hasta que las llamas destruyen aquel asilo de paz. En el incendio mueren los míseros habitantes de aquel tugurio, y este es el último crimen del formidable señor. Cuatro viejas, fantasmas pavorosos, se aproximan en las altas horas de la noche al castillo de Fausto: son el Hambre, la Deuda, la Miseria y la Zozobra. No pueden entrar las tres primeras en aquel alcázar; pero penetra la última, y no dejará a Fausto hasta el sepulcro. Esta escena, por la sobriedad de sus terribles tintas, rivaliza con las más hermosas de Shakespeare, y anuncia la catástrofe de la tragedia. El anciano magnate queda ciego, y percibe enel fondo del alma una luz nueva, que le ilumina la mente; un último esfuerzo de la voluntad le impulsa para apresurar la realización del propósito que hace muchos años perseguía, y complaciéndose en la esperanza de vivir en un Estado libre entre hombres libres, cumple el voto de su alma, y pide al fugaz momento que se detenga. Esta es su última palabra: Fausto muere; su alma inmortal, arrebatada por los ángeles a las abiertas fauces del infierno, sube ansiosa al cielo, donde le aguarda entre coros paradisíacos el alma hermosa de Margarita.

La escena de la ascensión de Fausto parece que el autor la haya ideado para borrar las tristes impresiones que se reciben en el transcurso de la tragedia. Mefistófeles ha desaparecido para siempre, arrojado por los ángeles en la extraña lucha que sigue a la muerte del viejo Doctor, y con Mefistófeles desaparece también la sarcástica ironía, en que está impregnado todo el libro. Estamos en otro ambiente, en el que suenan armonías dulcísimas e himnos celestiales, a los que se une la conmovedora plegaria de Margarita intercediendo por el alma de su amado. El amor, que fue burlado en el mundo, obtiene de este modo el premio en el cielo, y resplandece en torno de él una poesía verdaderamente sublime.


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