Ilustración ornamentalII.
Ilustración ornamental
A
A siete leguas de Burgos encuéntrase la villa de Castrojeriz, uno de los pueblos más principales de la provincia, tanto en los tiempos a que nos referimos como en los presentes. Sus fértiles praderas, bañadas por los ríos Odra y Garbanzuela, y sus abundosos y espesos montes, ricos de todo género de caza, habían merecido la predilección del joven rey de Castilla don Fernando. Y en efecto, en este delicioso lugar, de acuerdo con su tío el infante don Juan y el conde de Lara, uno de los grandes más poderosos de aquella época, dispuso invertir, entregado a su diversión favorita, los cuatro días de término otorgados por la reina madre.
Largo tiempo hacía que intentaban el infante don Juan y el poderoso conde de Lara separar al joven e inexperto monarca de la tutela de su madre, señora tan prudentecomo desgraciada, para de ese modo tener ellos más mano en el gobierno de Castilla y León.
No creía doña María Alfonsa de Molina, a pesar de su despejado talento y natural penetración, que aquellos hombres llevasen su maldad hasta el extremo de querer arrebatarle al hijo que amaba con frenesí, y al cual hasta entonces había salvado de las asechanzas de sus encarnizados enemigos, a costa de innumerables padecimientos y de onerosos sacrificios, y conservándole la corona de su padre una y muchas veces amenazada. Pero bien pronto hubo de convencerse, en vista de que la ausencia de cuatro días se prolongaba demasiado, de que el designio de sus malos parientes era desviar al joven monarca de sus maternales caricias y de sus saludables y prudentes consejos.
Al mismo tiempo estos procuraban captarse la voluntad del rey y malquistarlo con su madre, propósito poco digno, en verdad, pero que les costó muy poco trabajo conseguir, por ser el rey demasiado niño y de suyo inconstante y voltario, aunque de bondadoso carácter. Hallábase este tan distraído con la persecución de la corza y el jabalí, que jamás se hubiese acordado de que existía para su bien una persona tan buena y entendida como doña María la Grande.
Los tibios rayos del sol poniente doraban apenas las altas y desnudas copas de los árboles, deslizando trémulos y fugitivos destellos sobre la menuda yerba. Acababa uno de esos días más brillantes y menos fríos del mes de enero. Como a cosa de una legua de Castrojeriz, una compañía de cazadores, lujosamente engalanados, turbaban con el ruido del cuerno y trompeta de caza la tranquilidad que naturaleza concede a los montes y a lasselvas. Acababa de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban a que asomase la presa para precipitarse sobre ella con el venablo aguzado y tenderla en tierra del primer golpe. Varias magníficas tiendas, con las armas de Castilla y León colocadas en la parte exterior de los tapices abiertos para penetrar en ellas, indicaban que aquel placer había durado algunos días. En una de las tiendas de peor apariencia daban vueltas dos hombres a un asador que contenía una pieza no muy grande, y cuyo lomo se iba poniendo del mismo color que entonces tenían los rayos del sol; otros aderezaban varios platos y atizaban al mismo tiempo la brasa con prisa. Dos hombres, los dos jóvenes y bien vestidos, observaban a los encargados de confeccionar las viandas que había de comer, tal vez dentro de un minuto, la regia partida. El que parecía más joven dijo a su compañero:
—¿Puedo saber, maguer sea descortesía preguntarlo, cómo no se encuentra al señor Peranzúlez en la partida de su alteza, con su amo el muy noble y egregio señor don Juan Núñez de Lara?
—Me encontraba algo indispuesto —contestó el interpelado—, y mi ilustre señor permitió me quedara aquí. Pero lo que a mí me llena de extrañeza y curiosidad es saber cómo es que habéis abandonado a vuestro augusto amo.
—De buen grado os diré, señor escudero del conde de Lara, que su alteza me ha enviado aquí para que mande activar lo que haya de yantar, pues nos vamos de este lugar tan luego como el rey y su comitiva reparen en algún tanto sus fuerzas.
—¡Cómo! —repuso el escudero del conde lleno de sorpresa—; pues ¿no dijo hoy su alteza que se prolongase un día más la partida?
—¿Y no sabéis, señor mío, que don Fernando se casa con su prima doña Constanza, hija de los reyes de Portugal?
—Lo sé, Hernando; pero también sé a punto fijo que ese enlace no se celebrará hasta dentro de unos días.
—Engañado vivís sobre este particular, Peranzúlez, que el rey se casa al momento.
—Vuestras noticias, señor paje, me han llenado de sorpresa y decididamente las creyera poco exactas si no temiese ofenderos.
—Pues tenedlas por tan ciertas como cierto es que los dos estaremos, dentro de cien años, en el seno de nuestra común madre.
—En ese caso iremos desde aquí a Burgos sin detenernos —repuso Peranzúlez deseando saber más noticias aunque le causasen sorpresa.
—Creo que tocaremos en Castrojeriz.
—¿Y sabéis el motivo porque se apresura el enlace de su alteza?
—No; solo sé que vuestro amo y el infante han recibido un pliego, bastante voluminoso por cierto, y que a consecuencia de eso salimos de Castrojeriz.
—Esa mujer nos va a dar mucho que hacer, ¡qué os parece! —dijo el escudero a ver si se espontaneaba el joven Hernando.
—Soy de vuestro mismo parecer. Figuraos —dijo el paje con el mayor sigilo— que doña María quiere llevarse al rey a su lado, y como nada puede conseguir, trata de llevárselo a la fuerza, haciendo valer sus derechos de regenta del reino y de tutora de su hijo. Ahí tenéis la razón...
—Por la que se apresura el casamiento, ¿verdad? —dijo el escudero con aire de triunfo.
—Cabalmente.
—¿No oís ruido? —dijo Peranzúlez.
—Son ellos, la partida, ¡el rey! —repuso el mozo metiendo prisa a los criados.
Con efecto: oíase en lontananza el galope de los caballos y los ladridos de la jauría.
Poco tiempo después presentose la regia partida.
Distinguíase entre los caballeros un joven de dieciséis a diecisiete a años, de rostro bondadoso, mirada dulce y aire noble y majestuoso. Adornaba la parte superior de su boca un pequeño bigote tan rubio como sus largos y rizados cabellos; su tez, de suyo blanca, estaba algo tomada del sol, consecuencia, sin duda, de la diversión a que estaba entregado desde su permanencia en Castrojeriz, pero este color hacía resaltar mucho más la blancura de sus iguales dientes. Vestía este joven, que era efectivamente el rey, jubón de terciopelo recamado de oro, cinto tachonado, calzas justas, escarcela de terciopelo y plata, birrete con pluma blanca, camisola de holanda, y un capotillo oscuro de caza completaba el traje que llevaba el adolescente rey de Castilla y León.
Apeose con ligereza del brioso corcel que montaba y penetró, seguido de sus magnates, en una tienda sencillamente alhajada, pero cuyas alfombras y tapices representaban escenas alegóricas a aquel lugar.
Don Fernando y su corte se sentaron alrededor de una mesa cubierta de asados, morcón, y de buen vino de Toro, entonces muy apreciado.
—Buen día hemos tenido hoy —dijo el rey dirigiéndose a su tío—. ¡Lástima que las circunstancias, como decís, nos obliguen a salir de Castrojeriz! En verdad, señores, que les voy tomando cariño a estos sitios.
Una persona que estaba parada en la entrada de la tienda al empezar el rey las anteriores palabras, llegó con paso mesurado a la mesa, sin ser notado de nadie.
El infante don Juan contestó a su sobrino con tono risueño.
—Eh, señor, no merece la pena la momentánea ausencia que vamos a hacer de Castrojeriz, para que tu alteza se entristezca de este modo.
—Sí, sí, tenéis razón —dijeron a una todos los caballeros.
—¿Qué, volveremos? —preguntó el rey a su tío lleno de alegría.
—Volveremos, señor, y vuestra alteza unido para siempre a la linda Constanza.
El intruso tosió fuertemente.
—Ah, padre mío —dijo don Fernando, conociendo a su confesor—, no os he visto desde esta mañana: ¿qué habéis hecho?
—Orar por tu felicidad y la de tus pueblos, mientras tu alteza se divertía en la persecución de la inocente corza y del fiero jabalí —contestó el anciano echando sobre sus hombros la capucha del hábito que vestía.
—¡Y sufres esto, señor! —exclamó el infante dando una fuerte puñada en la mesa y lanzando una torva mirada en el venerable abad de San Andrés.
—Sois, infante don Juan —repuso con la mayor mansedumbre el anciano—, poco dueño de vuestros impetuosos arranques, y si no os enojaseis os diría cómo debéis tratar otra vez a un anciano que no ha sido nunca traidor a su patria ni a su rey.
El infante se mordió los labios de despecho, y hubiera contestado a la fría impasibilidad del confesor de donFernando, si este no se levantara y repusiese al instante:
—¡Silencio!
—Señor —se apresuró a decir el abad—, pido a tu alteza mil perdones si he proferido alguna palabra que te pueda haber ofendido.
—No, ninguna, padre mío.
El anciano se acercó al rey y le besó con respeto una de sus manos. Viendo esto don Fernando, dijo conmovido:
—Bien sabéis, padre mío, que os quiero.
—¡Oh, gracias, gracias noble rey! —exclamó el abad radiante de alegría.
Y procurando herir enteramente a los irreconciliables enemigos de doña María continuó de esta suerte:
—¿Me permitirá tu alteza, ya que nunca has dudado de la lealtad de mis intenciones, darte un consejo hijo de mi experiencia y mi mucho amor que hacia ti y hacia tu augusta madre tengo?
—Si, padre mío, hablad, que con el mayor placer os escucho.
—Pues bien, señor, tenía que decirte que equivocados o torcidos consejos te arrastran irremisiblemente a un hondo precipicio que tu poca edad desconoce: ¡vuelve en ti, hijo de Sancho IV!, ¡vuelve en ti y acuérdate de lo que debes a tu desgraciada madre!
Un murmullo de desagrado reinó por algún tiempo en la tienda. El abad se apresuró a decir:
—Cesad, caballeros, que mis palabras no acusan más que a dos.
Todas las miradas se fijaron a un tiempo en el infante y el conde de Lara. Sus rostros permanecieron sin alterarse, pero sus pechos rugieron a un tiempo de cólera.
El rey se puso de pie y gritó, esforzando la voz cuanto pudo para que apareciese más varonil de lo que era en realidad:
—Mi armadura, Hernando, que vamos a partir.
En el rostro del conde y de su amigo brillaba la alegría y el triunfo.
Dejose poner el monarca, de manos de su paje favorito, la loriga y demás arreos de la armadura, y después salió de la tienda diciendo a sus cortesanos:
—A Castrojeriz, señores.
Media hora después de lo que acabamos de referir, veíanse sentados en magníficas y cómodas poltronas, disfrutando del calor que despedía un hogar de mármol blanco lleno de encendidos leños, al rey y a sus consejeros el infante y el conde. Una lluvia fuerte y obstinada, empujada por un aire que parecía querer arrancar al edificio de sus cimientos, hacía ya rato hería los oídos de los tres personajes que se calentaban sin mirarse y sin dirigirse ni una sola palabra.
Moviose don Fernando en su poltrona, que era la de en medio, y dijo a sus ministros con aire de mal humor:
—¡Por santa Polonia, que no he conocido una noche peor que esta! Ahora que yo quería marcharme cuanto antes de este maldito villorrio, se empeña el tiempo, alborotado sin duda por las brujas, en que no salga de aquí. Pero mañana, esté como quiera el tiempo, dispondréis, señor mayordomo mayor de mi casa, los preparativos necesarios para emprender sin demora la marcha a Valladolid.
—¡A Valladolid! —exclamó sorprendido el mayordomo, conde de Lara.
—Sin duda —repuso el rey acariciando su pequeño bigote.
—¿Pues no dijo ayer mismo tu alteza —insistió el conde— que tu enlace con la hija de don Dionisio se celebraría en Burgos?
—Oh, mi matrimonio, mi matrimonio se efectuará cuando mi querida madre disponga. Para el efecto quiero verla cuanto antes.
La derrota no podía ser más completa. Así lo comprendieron los dos amigos y ambos se creían perdidos si el rey volvía a poder de su buena y desinteresada madre. El conde miró a don Juan, y este dijo a su sobrino con tono doliente e hipócrita:
—He llegado a comprender, señor, que estáis descontento con nosotros.
El rey guardó silencio.
—Si es así —continuó don Juan—, dígnate decirlo para no importunar tu atención con consejos que tu alteza cree contrarios a tu causa. ¿Pueden, señor, hacer más estos tus servidores que devolverte la majestad y el poder que la desmedida ambición de tu madre te tenía usurpado? ¿Pueden haber hecho más que librarte de la vergonzosa tutela de una mujer que además de quererte arrancar la corona que ciñe tan justamente tu frente, ganada por tu padre y mi hermano don Sancho, de feliz recordación, ha malversado tus rentas y desmembrado parte de tus reinos para recompensar a los que le ayudaban en su política?[1]¿Te has visto al lado de tu desnaturalizada madre rodeado de tanto esplendor como ahora te cerca? No: pues, entonces, ¿qué quieres de nosotros? ¿Nuestra sangre? Hace ya tiempo que la hemos derramado por ti, y dispuestos estamos a derramarla de nuevo siempreque sea por tu bien y felicidad. Mira, don Fernando, si quieres ser tan buen rey como tu bisabuelo don Fernando III, tan sabio como tu abuelo don Alfonso X, mi querido padre, y tan estimado como el tuyo, sé magnánimo con todos, justiciero, humano con el vencido, desecha ese carácter irascible que a veces tienes, recompensa a los que bien te sirven y no des oído jamás a los que se entretengan en malquistarte con tus vasallos. Si sigues esta marcha, que aunque mal trazada es la de la razón y la de la justicia, serás bendecido en vida y llorado en muerte.
[1]Todo esto es histórico.
[1]Todo esto es histórico.
»Ahora voy a hacerte una revelación que tú sin duda no esperarás. ¿Has visto a ese anciano que se decía ministro de Jesucristo, y que hace poco osó insultarme ante tu augusta presencia? Pues ese hombre que ya pertenece a la muerte, ese mal sacerdote es un espía de tu madre, y el encargado por ella de desbaratar tu ya concertado enlace, enlace que, como sabes, tantas ventajas te reportan a ti y a tus reinos. Por último, señor, ese hombre es el mismo que aconseja a doña María que case a tu hermana Isabel con don Alfonso de la Cerda y que le dé en dote la corona de Castilla, quedándote solo con la de León y Galicia. ¡Se puede dar más infamia! ¡Se puede dar más maldad! ¿Hay situación más espinosa que la nuestra?
No pudo resistir más el joven e inexperto monarca. Levantose bruscamente del sillón y dijo al mismo tiempo que daba largos paseos por la estancia:
—¡A Valladolid mañana mismo, amigos míos!
Los dos amigos se miraron llenos de alegría y satisfacción.
—¡Es nuestro! —dijo el infante a media voz.
—¡Oh, sí!; pero lo malo es que mañana partimos paraValladolid, donde se halla la que puede más que nosotros.
—No tengáis miedo, señor conde, que ya haremos a ese muñeco que no salga de aquí si es necesario —repuso el infante, pasándose una mano por la frente como llamando alguna idea.
El rey se acercó a una de las ventanas que daban al patio principal del palacio y la abrió maquinalmente permaneciendo en ella largo rato. Visto esto por don Juan, dijo, poniéndose de pie:
—¿Habéis oído al rey que quiere salir mañana de madrugada para Valladolid?
—Sí.
—Pues no tarda el tiempo que se invierte en rezar un credo en daros orden para que no se hagan preparativos de viaje.
—¡Cuerpo de tal! ¿Y cómo haréis, señor?
—Oh, oh, es un secreto, ¡un secreto!
Y salió de la estancia murmurando entre dientes las palabras anteriores.
La llama de indignación que se había encendido en el pecho del joven rey, con las palabras de don Juan, fue apagada de pronto y sustituida por otra que, extendiéndose por todo su cuerpo como una chispa eléctrica, le inflamó la sangre y le hizo sentir, por primera, una afección desconocida de él, y, por otra, que le hizo palpitar el corazón violentamente y perder la razón por un momento.
Sus ojos, extraordinariamente abiertos, no los quitaba ni un instante de una mujer de singular belleza, ricamente vestida y con el cabello tendido por los hombros en forma de rizados bucles, que muellemente recostada en una banqueta de terciopelo carmesí, veíase por entre las celosías de una ventana del piso bajo.
Poco tiempo le duró al rey su halagüeña aparición, pues un hombre de larga barba y traje judaico cerró la ventana.
—¡No cerréis, Aben-Ahlamar! —exclamó don Fernando conociendo en el personaje a su físico—. ¡No cerréis, que quiero verla más tiempo, quiero contemplarla de nuevo!
Como queda dicho la ventana se cerró y el desgraciado Fernando, víctima de los hechizos de la gitana Piedad, se quedó triste y admirado.
Poco después una voz de querubín, acompañada de los acordes sones de un laúd suave y diestramente pulsado, hirió los oídos del extasiado joven.
—¡He aquí la mujer que a mí me faltaba para ser feliz! —exclamó el hijo de doña María Alfonsa, cerrando la ventana a pesar suyo; porque la lluvia y el viento, que no había cesado un momento, le azotaba demasiado el rostro.
—Mañana, señor conde de Lara, no saldremos de Castrojeriz —dijo el rey tomando posesión de la poltrona, pero en muy distinta situación su ánimo de cuando la había dejado.
—Dice bien su alteza —repuso el infante, penetrando en la estancia lleno de gozo—, porque se han puesto los caminos con la lluvia punto menos que intransitables.
—Sí, sí —replicó el monarca—, ya he visto que no ha cesado ni un solo instante. De manera que por este motivo seremos, por unos días más, vecinos de estos fieles lugareños.
No comprendiendo el conde cómo se había obrado en el rey tan súbita mudanza, pidió con la vista explicaciones a su amigo.
Este se sonrió y dijo a media voz:
—Ya no tenemos nada que temer. El rey está enamorado y el objeto de su amor es hechura y cosa mía. ¿Comprendéis, amigo mío?
—Sí, sí, perfectamente.
FIN DE LA INTRODUCCIÓN.