Aquella noche se fueron a Variedades, que está a dos pasos del Ave-MarÃa. Otra ventaja de aquel barrio sobre Chamberà es que se puede ir de noche a ver una piececita o a pasar un rato en cualquier café, sin hacer caminatas de media legua, ni usar el tranvÃa. A Fortunata no le gustaba ir al teatro ni presentarse en público. SentÃa inexplicable miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocÃan, figurábase que la conocÃan todos, y que de cada boca salÃa un comentario acerca de ella. Por desgracia, asunto no faltaba. Pero si la miraban los hombres, era para admirarla, y si cuchicheaban luego, rara vez decÃan algo fundado en un conocimiento verdadero de la realidad. Otro motivo del terror que el teatro y los sitios públicos le inspiraban era encontrarcaras conocidas, y este recelo la tenÃa como azorada y sobre ascuas durante la función.
En la casa se hallaba muy bien. HabÃa tenido seguramente en su vida temporadas de mayor felicidad, pero no de tan blando sosiego. HabÃa visto dÃas, los menos, eso sÃ, en que brillaba echando chispas el sol del alma, seguidos de otros en que se apagaba casi por completo; pero nunca vio una tan inalterable y mansa corriente de dÃas tibios, iguales, de penumbra dulce y reparadora. Llevábase muy bien con doña Lupe, y con su marido le pasaba lo más extraño que imaginar pudiera. No digamos que le querÃa, según su concepto y definición del querer; pero le habÃa tomado un cierto cariño como de hermana o hermano. No era ni podÃa ser el hombre por quien la mujer da su vida, encontrando espiritual goce en este sacrificio; era simplemente un ser cuya conservación y bienestar deseaba. Y asà como se supone y casi se entrevé una tierra lejana cuando se va navegando a la aventura, asà entreveÃa ella la contingencia de quererle con amor más firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando a no desear nunca otra mejor. En vez de rehuir las obligaciones de su casa, Fortunata hacÃa por extenderlas y aumentarlas, conociendo que el trabajo le ayudaba a sostenerse en aquel equilibrio, sin balances de dicha, pero también sin penas, el corazón adormecido y aplanado, como bajó la acción de un bálsamo emoliente. Acordábase de los dos casos que le habÃa presentado el bueno de Feijoo, y pensaba si ocurrirÃa lo que ella tuvo por más inverosÃmil, esto es, que se realizara el primero. ¿LlegarÃa a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto desabrido del amor sin apetecer otro más dulzón y menos sano?...
Maximiliano, en cambio, no podÃa vencer su inquietud. Ningún motivo tenÃa para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente correcta. Doña Lupe y él convinieron en que jamás Fortunata saldrÃa sola a la calle, y esto se cumplÃa al pie de la letra. Pero ni con tales seguridades acababa de tranquilizarse. Deseaba ardientemente tener hijos, por dos motivos: primero, para echarle a su cara mitad un lazo más y ligaduras nuevas; segundo, para que la maternidad desgastase un poco aquella hermosura espléndida que cada dÃa deslumbraba más. La desproporción entre las estaturas de uno y otro, y entre el conjunto de su apariencia personal, mortificaba tanto al pobre chico, que hacÃa esfuerzos imposibles y a veces ridÃculos para amenguar aquella falta de armonÃa. Encargábase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir bien y en atender a ciertos perfiles de que sólo se ocupan losdandys. Desgraciadamente, aunque Fortunata apenas se componÃa, la desproporción era siempre muy visible. Pero Maxi veÃa con gozo que su esposa se cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdén las modas, y se alegraba por dos razones también: porque asà se igualarÃan algo los dos consorteso harÃan más juego, y porque asà la mirarÃan menos los extraños.
Desde la restauración de su legalidad doméstica habÃa abandonalo por completo las lecturas filosóficas, reverdeciendo en su alma el mal curado dolor de su afrenta y los odios vengativos. Aquel ascetismo y aquelver a Dios en sÃfueron nada más que obra fugaz de la tristeza, o quizás de las circunstancias, y existÃan en su mente como esas lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los apuros del examen. Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del lado de la quÃmica y de la farmacia, y se dedicó a esto con verdadero ardor, deseando aprender. DecÃale doña Lupe que inventase algún especÃfico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino y nuevo pasase por prodigioso hallazgo; pero él se resistÃa porque lo consideraba impropio de la ciencia. TÃa y sobrino tenÃan sobre esto altercados muy vivos... «¡Como si fuera un crimen idear cualquier clase de pÃldoras, cápsulas o grajeas, y allá te va un nombre!...». «CápsulashipoquitropÃticas vegetales... oanimales, lo mismo da... del Doctor RubÃn...infalibles... contra cualquier cosa... contra la tisis... o el moquillo de los perros... Lo que importa esdescubriralgo y plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato... Eres un mandria. Si no inventas tú un especÃfico, al fin tendré que inventarlo yo... Fortunata, dile que invente, hija, convéncele... Podéis ganar rÃos de oro».
Pocas veces veÃa Fortunata al señor de Feijoo, que iba a la casa de visita, ceremoniosamente, y se estaba allà como una hora, charlando más con la señora de Jáuregui que con la de RubÃn. El simpático viejo parecÃa contento; pero los achaques le pesaban cada dÃa más, y ya en Abril no salÃa a la calle sino acompañado de un criado. En una de sus visitas habló a solas con su amiga, en términos tan paternales que a ella le faltó poco para llorar. Todo iba bien, perfectamente bien, y ya se habrÃa convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos. A Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera por qué. Pero lo más particular era que a la misma Fortunata, al mes de aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de D. Evaristo. Su gratitud y afecto hacia él eran siempre los mismos; pero no podÃa menos de considerar la presencia de su antiguo protector en la casa como una monstruosidad. «¿Será verdad—pensaba—, como me ha dicho él, que de estas barbaridades increÃbles está llena la vida humana?... ¡Qué cosas hay, pero qué cosas!... Un mundo que se ve, y otro que está debajo, escondido... Y lo de dentro gobierna a lo de fuera... pues... claro... no anda la muestra del reloj, sino la máquina que no se ve».
Al anochecer entró doña Lupe, después de haberse limpiado el lodo de las suelas en el felpudo del vecino. «Oye una cosa—dijo a Fortunata, quitándose el manto—. He sabido esta tarde que Mauricia se está muriendo. ¡Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de Mira el RÃo». Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por Cándido Samaniego. Doña Guillermina habÃa sacado del Hospital a Mauricia, trasladándola a casa de la hermana de esta, y la asistÃa el médico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de señoras. La infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que parecÃa otra, curada de sus maldades y arrepentidaen toda la extensión de la palabra, diciendo que se querÃa morir lo más católicamente posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan fervientes que partÃan el corazón. «Te digo que si esto es verdad, habrá que alquilar balcones para verla morir. Mañana nos vamos allá».
Doña Lupe no iba a ver a Mauricia por pura caridad. Tiempo hacÃa que Guillermina la fascinaba, más por el señorÃo que por la virtud, y ya que la gran fundadora iba a hacer patente su santidad, teniendo por corte a las damas más encopetadas, en lugar accesible a doña Lupe, ¿por qué no habÃa esta de intentar meter la jeta? Pues qué, ¿no era ella tambiéndama? Sobre estos particulares habló largamente con Casta Moreno, que algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de RubÃn, y la viuda de Samaniego se hacÃa lenguas de Guillermina, conceptuándola sobrenatural. ¡Y era pariente suya, lejana, por los Morenos! El amor propio y el orgullo inflaban a doña Lupe cuando se consideraba mangoneando en cosas de beneficencia elegante a las órdenes de la ilustre fundadora. Una contra tendrÃa esto si llegaba a realizarse, y era que no habÃa más remedio que dar algo deguano.
A la mañana siguiente, vistiéndose para salir, pensó mi doña Lupe si deberÃa ponerse el abrigo de terciopelo. Pero pronto cayó en la cuenta de que era un disparate. Sobre que se le mojarÃa, porque el dÃa estaba lluvioso, no era propio aquel regio atavÃo del lugar, personas y ocasión de la visita. Tiempo tenÃa de darse pisto con el abrigo, la capota y otras prendas. Encargó a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella se puso algo más apañadita, de modo que resultase siempre la conveniente distancia.
Al entrar en la calle de Mira el RÃo, encontraron a Severiana, a quien doña Lupe habÃa visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina, tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doña Lupe la interrogó, y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de introductora, guiándolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su capacidad y arreglo bien podÃa pasar por lujosa en semejante vecindad. VivÃa en compañÃa con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un comandante, y la casa respondÃa a esta situación comanditaria, pues constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la calle. Entre la puerta y la sala primera habÃa un pasillo, en el cual se veÃa la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando Guillermina, comprendiendo el fin próximo de Mauricia, indujo a Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa, la señora viuda del comandante cedió su cuarto para tan benéfico objeto, trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues, instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tenÃa su cama en la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, el cuadrito de losdos corazones amantes, el de laNumanciaen mar de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y en fin, las laminotas que recientemente habÃan sido adquiridas en el Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y representaban asuntos que nada tenÃan de español, por cierto, las batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos de Horacio Vernet y el barón Gros. ¿Quién no ha visto elNapoleón en Eylau, yen Jena, elBonaparte en Arcola, laapoteosis de Austerlitzy laDespedida de Fontainebleau?
Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habÃan cortado el pelo dÃas antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil romano se habÃa acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que parecÃa obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caÃda o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogÃan media cara; el superciliar salÃa como una visera; los ojos, hermosos y ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas negras formaban una sola lÃnea recta. La frente era espaciosa, con un mechón de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia aquella expuesta en las paredes: era elNapoleón en Santa Helena.
Cuando doña Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato, como si tardara en reconocerlas. Después las nombró. ¡Qué voz! Siempre fue ronca la voz de Mauricia; pero habÃa bajado ya a lo más grave del diapasón. «¡Dios mÃo!—se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla—, ¡si parece un hombre...!». Doña Lupe, en tanto, sentándose en una de las sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la ocasión, añadiendo: «Eso para que aprendas... y tengas formalidad.
A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento».
Mauricia se volvió para Fortunata, que se habÃa sentado junto a la cabecera; la miró mucho, sin decir nada; después clavó sus ojos en el techo, rezongando: «SÃ... bien mala he sido, bien re-mala...». Y vuelta otra vez hacia su amiga, le dirigió estas palabras:
«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el dÃa que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y jabón, mucha escoba y mucho estropajo...».
Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podÃa ofenderse. A doña Lupe le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo de qué venÃa el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué ocuparse? Verdad que su sobrina polÃtica no habÃa sido un modelo; pero ya estaba corregida y no habÃa que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación.
—Gracias a la madre de los pobres—declaró Severiana, que estaba en pie arreglando la cama—, no le falta nada. ¡Qué señora esa!
—¡Una santa!—exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico—. No le dé usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...
—Pero esta se ha cerrado a no comer—dijo la hermana mirándola—, y sin comer no viven más que los camaleones.
—Pero ayunas, ¿de verdad?....
—Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana, para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de cepa, y por la noche otro dedito...
—¿Pero de veras le dais... esa perdición?—preguntó alarmadÃsima doña Lupe.
—Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello deal revés te lo digo.
—¡Qué cosas!... ¿Y no te comerÃas tú—le propuso Fortunata—, un muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?
Sólo de oÃr hablar de comida se ponÃa peor Mauricia. Le temblaban mucho las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su respiración muy difÃcil, y quejándose de irresistible calor. Hallándose presentes la de Jáuregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo... «Bebe un poco de agua» le dijo Fortunata incorporándose. Pero aquello pasó, y la infeliz volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada palabra.
«Ayer me trajeron a la niña... ¡qué guapa y qué señorita está!...».
—¿Pero no la tienes contigo?—preguntó la de RubÃn.
—No, señora. Si está en el colegio...—replicó Severiana—; interna en el colegio de señoritas de doña Visitación.
—SÃ... más vale que esté... allá...desapartadade mÃ. Ayer... ¡qué pena!... no me conoció... ¡Tanto tiempo sin verme!... me tenÃa miedo... ¡pobrecita de mi alma!... miedo, asà como se dice... Ni que su madre fuera el coco...
En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doña Guillermina, que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doña Lupe y Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los mendigos. Doña Lupe creyó que no la reconocerÃa, pues sólo se habÃan hablado una vez en la función del Asilo; pero sà la reconoció, y aun la nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen memoria felicÃsima de nombres y fisonomÃas, y soldado con quien hablan una vez, no se les despinta. «Mi sobrina» dijo la viuda presentándola, y Guillermina la miró sonriendo. «No me es desconocida su cara... la he visto en las Micaelas... Por muchos años». En seguida dirigiose a Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. «¿Y qué tal te encuentras hoy? ¿ComerÃas algo?... Nada, este chubasco te pasará pronto. Mañana recibirás a Dios. ¿Cómo va esa conciencia? Buen limpión te vamos a dar. Eso te conviene más que nada. Yo te querÃa coger por mi cuenta y hacerte confesar, porque diciéndole tú misma al Señor lo buena pieza que eres, el Señor te darÃa su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volverá el padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que aún tendrás algunas heces que sacar, ¿eh?».
Mauricia se sonreÃa, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que sÃ.
—Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio se agarra de cualquier cosa—dijo la santa, acariciándole la barba—. Con que ya sabes... mañana tenemos aquà gran fiesta... ¿Te parece? Viene a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecerá a ti que no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se tendrá por qué.
La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decÃa estas cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oÃan. Severiana soltaba dos lagrimones. Fortunata sentÃa en su alma tanta admiración por aquella mujer, que le habrÃa besado la orla del vestido. «Luego dicen que ya no hay gente buena en el mundo—pensaba—. ¿Pues y esta?... ¡Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!». Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que habÃa entre ella y la ilustre señora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna podÃa acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera muchas obras de caridad, las dos almas no llegarÃan jamás a verse próximas.
La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponÃa, dictó a Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba. «Aquà pondrás la mesilla que está en la otra sala, y se hará el altar. Yo te mandaré un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se pueda...».
Luego pasó a la sala, seguida de doña Lupe, que querÃa meter baza a todo trance: «Tendremos sumo gusto en venir mañana. Aprecio mucho a Mauricia, que a no ser por el maldito vicio, serÃa una buena mujer, trabajadora, fiel... Y dÃgame usted: de noche habrá que velarla. Yo no tendrÃa inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina...».
—Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Póngase usted de acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y ayuda sujetarla.
—Verdaderamente—manifestó doña Lupe con adulación—; los ejemplos que usted da, señora, hacen que todas las demás seamos mejores de lo que serÃamos si usted no existiera.
La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se echó a reÃr, agradeciendo la flor, pero no queriéndola tomar.
«¡Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendrÃa bien que alguien me los diese a mÃ. ¡Ay, hija! Estoy para que me enseñen, no para enseñar».
—¿Usted qué ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.
—Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. ¡Sabe Dios las misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a mÃ.
—¡Yo!... ¡Jesús! No digo que no tenga yo también algunas buenas obras en mi cuentecita del cielo; ¡pero compararme con usted...! Calle por Dios, señora.
—En fin, no es cosa de que nos pongamos a reñir por quién peca menos... ¿le parece a usted?—dijo la fundadora, uniendo la cortesÃa a la modestia, y permitiéndose el caracterÃstico guiñar de ojos, un tanto picaresco—. Mi lema es este: «haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, y Dios verá».
—Eso mismo pienso yo...—Conque, usted me dispensará... tengo mucho que hacer. Hasta mañana; no faltar...
Entre tanto, la de RubÃn estaba sola con la enferma, porque Severiana se fue a la cocina. Le arregló las almohadas, y después ambas se estuvieron mirando. Fortunata pensaba en la simpatÃa inexplicable que aquella mujer le habÃa inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. ¿SerÃa tal simpatÃa un parentesco de perversidad? EjercÃa sobre ella una atracción querenciosa, y como le dijera algún concepto lisonjero a su corazón, sentÃalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada por sobrenatural labio. Mil veces analizó la joven este poder fascinador de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. ¡Cosas del espÃritu, que no las entiende más que Dios!
Mauricia parecÃa melancólica y sosegada. «¡Qué señora esa!—exclamó Fortunata—. ¿Habrá nacido de madre como nosotras?».
—Apuesto a que no—replicó la Dura—. ¡Qué mujer!... El dÃa que me quiso sacar de esos indinos protestantes, me entró el toque y la insulté... ¡Qué mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo, porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas, siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de términos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran niña bonita...
No has visto otra. ¡Miaque traerme aquà y cuidarme como me cuida!, ¡re...! No sé cómo hablar... ¡Miaque esto que hace conmigo!... Es prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza... Figúrate lo que suponemos nosotras al compás de ella... ¡nosotras que hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para descalzarle el zapato. Pues déjate que venga la otra... también aquella es de la piel de Cristo...
—¿Quién?—La amiguita, la que protege a mi niña...
Fortunata vio delante de sÃ, súbitamente, una oscura niebla que se le iba encima... El corazón le dio un salto... «Jacinta—dijo—; pues qué, ¿también viene aquà esa?».
—Ayer estuvo... Ella misma traÃa mi niña. Mira; créetelo porque te lo digo yo: cuando entrópaicÃaque entraba una luz en el cuarto.
Fortunata sentÃa ganas de echar a correr.
«¿Pero todavÃa le tienes tirria?... ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que bien lo merece. Te quitó tu hombre; pero ella no tenÃa culpa. ¡Qué roña!... ¡ay!, se me escapó. Palabra fea, vuélvete para adentro; no, quédate fuera... Pues chica, no seas pava... ¿crees tú, que el mejor dÃa no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una, y yo te digo que tu señor volverá contigo.
Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te diré que a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada... Estas casadas ricas, como viven contantismoregalo, no quieren a sus maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y que reparta muchas caridades».
Fortunata no decÃa nada. La enferma se inclinó hacia ella, y dándose unos aires evangélicos, en el tono que podrÃa emplear un pastor de almas, le amonestó asÃ: «Arrepiéntete, chica, y no lo dejes para luego. Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale deentre ti, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, noajumarse, no decir mentiras; pero en el querer, ¡aire, aire!, y caiga el que caiga. Siempre y cuando lo hagas asÃ, tu miajita de cielo no te la quita nadie».
Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entró doña Lupe dándole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenÃan que ir a otra parte antes de regresar a casa. Despidiéronse con promesa de volver al dÃa siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de quien dijo la de Jáuregui: «Es una mujer esa que electriza; y cuando se la trata, sin querer se vuelve una también algo santa... Cincuenta y tres reales me debÃa Mauricia.
Yo, de todas maneras, se los habÃa perdonado; pero ahora, créelo, me alegrarÃa de que me debiera lo menos doscientos, para perdonárselos también».
Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios, ya estaba allà la fundadora. «Pero Severiana, ¿en qué estás pensando?—fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo—. Quita de aquà esta artesa. ¡Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabón...».
—Señorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que las dos láminas de Napoleón que caen al lado del altar deben quitarse, porque era muy protestante,masónicoy...
—Déjate de tonterÃas... ¿Y cómo está esta pájara hoy? ¿Qué tal, hija?
Aquel dÃa estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas, respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.
Enterose la dama minuciosamente de cómo habÃa pasado la noche, de quiénes se quedaron a velarla, de lo que habÃa dicho el médico en la visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor habÃa mandado que se le diera doble dosis dela nuez cómica, seguir con las cucharadas por la noche, las papeletitas por el dÃa, y a sus horas el Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oÃr esto, empezaba a poner su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto con la cama habÃan puesto la mesa, que debÃa ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que creÃa necesarios para suspender la decoración proyectada.
«No clavetee usted más, por Dios... Parece que va a derribar la casa... Y que el ruido la molestará... ¿Pero qué van a poner ustedes ah�».
La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que habÃan sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos usos. Con aquella tela se forrarÃa la pared, formando la bandera española, y en el centro se pondrÃa una lámina del Cristo del Gran Poder, propiedad de la portera. «No me parece mal—dijo Guillermina, sacando del estuche sus anteojos y calándoselos—. A ver, Juan Antonio, si se luce usted. ¿Y flores, no tenemos?».
«De trapo... verá usted—replicó Severiana llevando a la señora a su alcoba y mostrándole un montón de flores de papel dorado, tul y talco extendidas sobre la cama. HabÃa también allà cintas de cigarros, y esas rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San Isidro. «Esto es muy feo—opinó la santa—, ¿pero no hay naturales, o siquiera ramaje?».
—Sà señora... El vecino del 6, que es no sé qué de la Villa, me ha prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondrá Juan Antonio por arriba haciendo cenefas...
—Buscar algún bonito tiesto debonibus, hija; no se os ocurre nada—dijo Guillermina, volviendo a la sala—, y en las ramas verdes atáis flores de trapo, y resulta muy bonito—. Vaya, Juan Antonio, no más clavazón; ya están bien sujetas las cortinas. Ahora, cuélgueme usted la Virgen de las Angustias debajo del Señor, y a los lados...
La comandanta entró trayendo un cuadrote que representaba a PÃo IX echando la bendición a las tropas españolas en Gaeta. Para hacer juego, propuso Juan Antonio poner al otro lado laNumancia. Guillermina vaciló en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guiño resolvieron la duda. «Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar es de Dios».
Salió luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba barrida aún, llamó a la portera. «¿Pero usted en qué está pensando? ¿No le han dicho que hoy viene el Señor a esta casa? ¡Y está ese portal que da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la cogeré yo. Qué, ¿se cree usted que no lo hago como lo digo?».
La portera vio que doña Guillermina se quitaba el manto... «No, señorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya verá lo que tarda esta granujerÃa en volver a ensuciarlo».
—Pues lo vuelve usted a barrer. Bajó la señora al patio, donde habÃa entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos jugando a los toros. «Eh, niños, hoy es preciso que tengamos mucha formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la escalera. Estas eneas y juncos que habéis esparcido en el patio, me los vais a recoger y entregárselos a su dueño».
Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se habÃa establecido un sillero que hacÃa fondos de junco y tenÃa montones de ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar, los otros sin teñir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este industrial loschavalesde la vecindad, que bonitamente le robaban los juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les dijo:
«Ya veis, gateras, lo quevusdice la señorita. Quevusestéis quietos, quevusestéis callados, que si no,vusllevará a todos a la cárcel».
—Tiene razón el maestro Curtis—dijo la fundadora, poniendo la cara más severa que le fue posible—. A la cárcel van atados codo con codo, si no se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el...
La interrumpió un sacerdote anciano que entró y fue derecho hacia ella. Era el Padre Nones. «Buenos dÃas, maestra. Ya está usted en planta, oficiando de capitana generala».
—Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de enseñar a esta gente la buena crianza, vendrÃa usted luego con el SantÃsimo y tendrÃa que entrar pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.
—¿Y qué importa?—observó Nones riendo.
—Claro que no importa; pero ¿por qué no hemos de tener limpieza y decoro delante del Señor, siquiera por estimación de nosotros mismos? Se limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando viene el... Pero cállese usted hombre, por amor de Dios—esto se lo decÃa al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que al fin parecÃa querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgañitarse...
«Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos—dijo la santa sacando su portamonedas—.
Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aquà fandangos. ¿Me entiende?».
Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre Nones: «Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la última pasadita. Paréceme que no está muy bien dispuesta. La encuentro peor de la enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos. ¡Qué ideas tan extrañas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy ya de la casa hasta que se acabe todo».
Subió Nones, y la dama, después de recomendar al sillero y a otros vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a subir también; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban. Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerÃan los testigos de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya de bien trajeado y limpio. Visto por detrás, parecÃa otra persona; mas de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a sà mismo. El que le acompañaba era un infeliz músico, habitante en el segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo primero que se notaba en él era la gran bufanda que le envolvÃa el cuello subiendo en sus vueltas hasta más arriba de las orejas, y descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galón, y de la bufanda para abajo toda la ropa era de purÃsimo verano, y además adelgazada por el uso. Temblaba de frÃo, y con el brazo derecho oprimÃa los aros broncÃneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.
«Este amigo—dijo Ido, en son de presentación—, este amigo mÃo... un italiano, señora... se llama el señor de Leopardi, un artista desgraciado. Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se pondrá en la escalera cuando pase el SantÃsimo y tocará la marcha real...».
El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose a la gorra la temblorosa mano.
«¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave MarÃa PurÃsima—exclamó Guillermina con benevolencia—. Déjese usted de marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar. Caballeros, aquÃ, y durante la ceremonia, mientras menos música, mejor».
Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observación de la señora no se ocultó lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que se fuera a su cuarto, que tocara allà el trombón todo lo que quisiese y por fin que... «Yo veré si encuentro por ahà unos pantalones».
Subió al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de mujeres que allà estaban peinándose. «A las doce... que no vea yo aquà estos corrillos, ¿estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los lleve allá... Y todos estos pingajos que aquà veo colgados, están ahora demás».
«¿Sirven estos ramos de caracoles?» dijo la del guarda de consumos, mostrándolos en la puerta de su casa.
—Ya lo creo. Llévalos. Y tú, Rita, recógete esas melenas, mujer, que pareces una cómica. Es preciso que estéis todas muy decentes.
La mujer del sereno se disponÃa a encender el farol de su marido y a ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si valÃa el quinqué de petróleo. A las niñas que debÃan salir al portal con velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la que tenÃa botas nuevas se las calzaba; la que no, salÃa como estaba, con las alpargatas llenas de agujeros. «No se quiere lujo, sino decencia» repetÃa Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los vecinos y vecinas de la casa. Cuando volvÃa al cuarto de Severiana, encontró al Padre Nones que salÃa. «Le he enderezado las ideas, maestra; ahora está bien preparada—le dijo el clérigo que, por su alta estatura, tenÃa que encorvarse para hablar con ella—. Voy a la iglesia. Dentro de tres cuartos de hora estamos aquû.
Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan Antonio habÃa claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy simpático, y asà lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de gran habilidad, habÃa hecho para rifarla. Era de cuadros de malla, combinados con otros cuadros depeluchecarmesÃ. Encima se puso un paño de altar traÃdo de la parroquia, que tenÃa un hermoso encaje. Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista, y en su arte, con paciencia y engrudo, hacÃa maravillas. Se colocaron los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al enemigo.
Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto. Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de él. Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvÃa, entró con ella en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar, que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la admiración que producÃa el bronce en los circunstantes, y después salió a dar órdenes a Estupiñá. «Vaya usted a la parroquia para que acompañe al SantÃsimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir aquû.
En esto, ya habÃan entrado Fortunata y su tÃa, ambas de negro, muy decentes, y mientras la de Jáuregui metÃa su cucharada en el corro de Guillermina, la otra pasó a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida, sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, respondÃa con la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan sólo la tercera parte de los vocablos que emplear solÃa, y aún no se le quitaban los escrúpulos, sospechando que tuviese en algún eco infernal las voces más comunes. Lo que Fortunata le oyó claramente fue esto: «¡Ay, qué gusto salvarse!»...
Pero al punto frunció Mauricia el ceño. Le habÃa entrado la sospecha de que la palabragustofuese mala. Comunicó estos temores a su amiga, quien la tranquilizó sonriendo, y por fin le dijo que siendo su intención limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer algún término sucio. Creyolo asà la enferma; pero no las tenÃa todas consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor. En un momento que cogió a Fortunata sola, le dijo temblorosa: «Arrepiéntete de todo, chica, pero de todo... Somos muy malas... tú no sabes bien lo malas que somos».
Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emoción teatral que acompaña a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se cabÃa, y todos los chicos del barrio se habÃan dado cita allÃ, cual si creyeran que sin ellos no podÃa tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina recorrÃa toda lacarrera, desde la puerta del cuarto de Severiana hasta la de la calle, dando órdenes, inspeccionando el público y mandando que se pusieran en última fila las individualidades de uno y otro sexo que no tenÃan buen ver. HabÃa venido de la parroquia un hombre asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo.
En la parte del corredor que habÃa de recorrer el Viático, mandó que se pusieran las niñas que lucÃan pañuelo de talle, y como no tuvieran velas, ordenó que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un edecán de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal, se habÃa puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, yla canción de la Lola; que esto era una irreverencia y no se podÃa consentir. A lo que replicó la santa que no debÃan ocuparse de lo que pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el apetito que algunos sentÃan de ponerse a bailar, bajó al portal y habló con el de Orden Público que allà estaba. Todos los individuos de este cuerpo que conocÃan a Guillermina, la obedecÃan como al mismo gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y trinos se oÃan después perdidos y revueltos, como si alguien estuviera barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo.
Llegó el momento hermoso y solemne. OÃase desde arriba el rumor popular; y luego, en el seno de aquel silencio que cayó súbitamente sobre la casa como una nube, la campanilla vibrante marcó el paso de la comitiva del Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantÃsima luz, que reflejaba en el talco de las flores. HabÃa sido entornada la ventana, y todos de rodillas esperaban. EltilÃnsonaba cada vez más cerca; se le sentÃa subir la escalera entre un traqueteo de pasos; después llegaba a la puerta; vibraba más fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los latines que venÃa murmurando el acólito. Apareció por fin el Padre Nones, tan alto que parecÃa llegaba al techo, un poco encorvado, la cabeza blanca como el vellón del Cordero Pascual, llevando agasajado el porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el altar y allà estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al sacerdote y lo que entre manos traÃa. Guillermina se le puso al lado y acercó su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa susurró al oÃdo de la enferma, como secreto de ángeles, estas palabras: «Abre la boca». El cura dijo: «Corpus Domini Nostri, etc.» y todo quedó en silencio, y los párpados de Mauricia se abatieron, proyectando sobre las ojeras la sombra de sus largas pestañas.
Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sintió que bajaba, que salÃa y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oÃa más eltilÃn, Guillermina, cesando de rezar, acercó su cara a la de Mauricia y empezó a darle besos. Todas las demás, lloriqueando, la felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la enferma se afectaba mucho, y podrÃa resultarle algún retroceso peligroso. Mas por efecto de la excitación, Mauricia no sentÃa dolor ni molestia alguna; estaba como bajo la acción de fortÃsimo anestésico, de los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no habÃa vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.
También mandó Guillermina despejar la habitación y que se apagaran las luces. Entre la mucha gente que habÃa entrado, veÃanse dos mujeres muy bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado rematado enquiquiriquÃcon peina de bolas, el calzado de la más perfecta hechura y ajuste. ParecÃan deseosas de hablar a Mauricia; pero no se atrevÃan a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvió darles el quién vive. «Señoras mÃas—les dijo—, ¿qué bueno traen ustedes por aquÃ? Si han venido por devoción, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear, siento tener que decirles que tomen la puerta y que aquà no hacen falta para nada».
Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos momentos antes se habÃan oÃdo en el propio sitio. Todas las que presenciaron laindirectaque les echó la señora, la celebraron mucho, diciéndole doña Lupe al pasar a la sala: «Vaya unas despachaderas que tiene usted, amiga mÃa. Eso se llama carácter».
—Una de ellas—dijo Severiana—, esPepa la Lagarta... mujer de historia, ¿sabe?... la que dicen mató a su marido con una aguja de coser serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y no se los puede sacar... ¿Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado costeó, en San Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que habÃa que ver...
—¿Novena?—SÃ, porque sanara elClavelero, un chulito que tiene muy guapÃn, el cual recibió un achuchón en la plaza de Leganés... como que le entró el pitón por salva la parte... Pues elClavelerosanó. ¿Y eso...? Vea usted, señora, ¡qué cosas hace la Virgen!
—Ella se sabrá lo que le conviene, tonta.
Poco después se retiró Guillermina. La casa volvió a tomar su aspecto ordinario. La comandanta y doña Lupe estaban en la sala hablando de la rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no habÃa dormido nada la noche anterior. Doña Fuensanta, deseosa de mostrar a la señora de Jáuregui sus habilidades, la invitó a pasar a la casa inmediata. Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo desilusionada, pues habÃa creÃdo que Guillermina iba siempre a sus visitas benéficas con un regimiento de señoras. «¿Pero dónde están esasdamas distinguidasde que hablan los periódicos? Por lo que voy viendo, aquà no viene másdamaque yo».
Viendo Fortunata que Mauricia se dormÃa profundamente, salió a la sala. No habÃa nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los cristales, y allà estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su abstracción. Al volverse, se quedó atónita, viendo a Jacinta que, detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quién estaba allÃ. TraÃa de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin pizca de afectación de elegancia. Avanzó hacia Fortunata; interrogándola con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podÃa olvidar. SentÃa la de RubÃn una gran turbación, mezcla increÃble de cortedad de genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, después como la cera. Debió Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acertó a responderle. La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrás, dijo: «Se ha quedado dormida».
Volviéndose hacia ella, otra vez le echó Jacinta aquella mirada y aquella sonrisa que la asesinaban. «En ese caso, esperaremos un poco», indicó en voz casi imperceptible, sentándose en una de las sillas de paja. Fortunata no sabÃa qué hacer. No tuvo valor para marcharse, y se sentó en el sofá. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar en su asiento, porque la silla estaba inválida, y se pasó al sofá. Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenÃa en pie delante de sÃ, cogiéndola de las manos. Observó la de RubÃn el trajecito azul de Adoración, sus botas, todo su decente atavÃo, y en aquella inspección fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna vez. «¡Oh, si tú supieras al lado de quién estás!» pensaba Fortunata, y aquà su temor se desvanecÃa un tanto, para dejar revivir la ira. «Si yo te dijera ahora quién soy, padecerÃas quizás más de lo que yo padezco». Adoración querÃa decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a la de RubÃn se sonreÃa con esa ingenuidad que indica ganas de trabar conversación. Comprendiolo la otra, diciendo para sÃ: «No, pues yo no he de buscarte la lengua». La niña, aquel dato vivo de la bondad de la Delfina, no podÃa menos de determinar en Fortunata un pensamiento distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de envenenar la admiración: «¡Oh!, sÃ, señora—pensaba—. Ya sabemos que tiene usted un sin fin de perfecciones. ¿A qué cacarearlo tanto...? Poco falta para que lo canten los ciegos. Si estuviéramos como usted, entre personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y teniendo todas las necesidades satisfechas, serÃamos lo mismo. SÃ, señora; yo serÃa lo que es usted si estuviera donde usted está... Vaya, que el mérito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde que me engañóaquel, y entonces verÃamos las perfecciones que nos sacaba la mona esta».
Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un comentario que con los ojos ponÃa a la tonterÃa o pueril gracia que Adoración acababa de decirle. Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba con la presencia de la niña. Acordose de que Jacinta habÃa querido recoger a otro niño, creyéndolo hijo de su marido... «¡Y mÃo...! ¡creyéndolo el mÃo!». Desde la altura de esta idea, se despeñó en un verdadero abismo de confusiones y contradicciones... ¿HabrÃa hecho ella lo mismo? «Vamos, que no... que sÃ... que no, y otra vez que sÃ...». ¡Y si elPitusono hubiera sido una falsificación de Izquierdo; si en aquel instante, en vez de mirar allà a la niña de Mauricia, viera a su pobre JuanÃn...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que para contenerse evocó su coraje, tocando el registro de los agravios, segura de que le sacarÃan del laberinto en que estaba. «Porque tú me quitaste lo que era mÃo... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te pondrÃas donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandÃsima ladrona...». No siguió, porque Jacinta, no pudiendo resistir más las ganas de entablar conversación, la miró otra vez y le hizo esta preguntita: «¿Qué tal estuvo la Comunión? Y Mauricia, ¿qué tal?...». He aquà a la prójima otra vez turbada y sin saber lo que le pasaba. «Muy bien... pero muy bien... Mauricia contenta...».
Agradeció mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue corriendo Adoración. «Chitito—le dijo su tÃa, entrando pasito a paso—. No hagas ruido, que tu mamá está dormida. Tiempo hace que no ha cogido un sueño tan largo. ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado todo tan bien, que daba gusto».
Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba sentada, examinó con curiosidad a la esposa deaquel, fijándose detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le parecÃa propio venir de sombrero; pero por lo demás, no habÃa nada que criticar. El abrigo era perfecto. La de RubÃn hizo propósito de encargarse el suyo exactamente igual. Y la falda, ¡qué elegante! ¿Dónde se encontrarÃa aquella tela? Seguramente era de ParÃs.
Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entró corriendo, y Jacinta miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvió a la sala, la señorita dijo: «Yo no entro. Pase usted con la pequeña. Yo me quedo aquû. A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades, Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de Jacinta a presentarse con la niña. Era un sentimiento de modestia y delicadeza. QuerÃa sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situación como madre.
«¿Será por eso por lo que no quiere entrar?—se preguntó mirándola de espaldas—. ¡Qué remilgos estos! Cuando digo que me cargan a mà estas perfecciones... ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sà entro».
Severiana se acercó a la cama, llevando de la mano a la chiquilla. «Mira, mira lo que te traigo... ¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la que estuvo antes?».
Mauricia le echó los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco asustada, la nena besó también a su madre, sin efusión de cariño, y como besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la maestra. «¡Ay, qué mala he sido!—exclamó la enferma, también sin efusión, como quien cumple un trámite...—. Niña de mi alma, bien haces en querer a la señorita más que a mÃ, porque yo he sido más mala que arrancada, ¡re...!». Atravesósele el vocablo, y ella hizo como que escupÃa algo. Luego revolvió a todos lados sus miradas anhelantes, diciendo: «Severiana, o tú, o cualquiera, ¡si quisierais darme!...».
Doña Lupe y la comandanta habÃan entrado también. «¿Qué tal, Mauricia? Hoy es para ti dÃa feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. ¡Oh, qué maja está!».
Pero la Dura tenÃa todo su ser embargado por la ardentÃsima ansiedad fÃsica que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. «¡Cómo lo miras, bribona!—pensó la escéptica y observadora doña Lupe—. Esa es la EucaristÃa que a ti te gusta, el Pajarete...». Y viéndoselo tomar, decÃa la muy picarona: «Eso, saboréate bien, y relámete. No lo hacÃas asà cuando recibÃas a Dios...».
Después deltrinquis, Mauricia pareció como si resucitara, y su cara resplandecÃa de animación y contento. Entonces sà demostró que en el fondo de su ser existÃan instintos y sentimientos maternales; entonces sà que abrazó y besó con efusión tiernÃsima a la hija que habÃa llevado en sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un sÃncope, quitáronle de los brazos a la nena. «SÃ, que te lleven, que te quiten de mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que cuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tu madre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que salvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la señorita que conmigo en el Cielo... Y nada más».
Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, que tuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podÃa prolongarse. Mauricia seguÃa dando besos al aire y diciendo cosas que enternecÃan a las demás... «SÃ, s×pensó doña Lupe, que también estaba conmovida—. ¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberÃas!».
Fortunata no aguardó al fin de la escena. SentÃa en su interior un trastorno tan grande, que una de dos, o rompÃa en llanto o reventaba. Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó a llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».
Muchas lágrimas habÃa derramado cuando sintió el ruido del coche de Jacinta que partÃa, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedÃa de la comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de la colcha, y hacÃa una seña a su sobrina indicándole que era hora de retirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, y salieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto habÃa impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.
En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunata fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole su mujer lo que habÃa visto aquel dÃa, recordando con feliz memoria todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda serÃan más provechosos a su espÃritu que los saraos, bullangas y diversiones.
A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe la solemnidad conmovedora del acto de aquel dÃa. Discutiose si debÃan volver por la noche a la calle de Mira el RÃo o irse a Variedades a ver una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones teatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella aplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañarÃa y que irÃa a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quede a velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocÃa el pan hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación. Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decÃa con deliciosa modestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el menor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y hasta dos y tres. De modo que...».
Las nueve serÃa, cuando los tres entraban por el portal de la casa de corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a la escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que los granujas de la vecindad habÃan pegado fuego a un montón de paja que en mitad del patio habÃa, y después robaron al maestro Curtis todas las eneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron ajugar al Viático, el cual juego consistÃa en formarse de dos en dos, llevando los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamenteechando latinesal son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de cornetas que tocaban todos. La diversión consistÃa en romper filas inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas más atrevidas que se podrÃan imaginar, y hasta vueltas de carnero, poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a ver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas y expresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenÃan los padres que tal sacrilegio consentÃan.
Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estaba sola, retirose Maxi, diciendo que volverÃa a las once. Estaba aquella noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecÃa haberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas que ardÃan. La memoria no debÃa de estar muy firme, porque cuando su amiga le dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana» replicó: «¡Lo de esta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos al techo, parecÃa entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las ideas como si fueran moscas. Más presente que la administración del Sacramento tenÃa elpasocon su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes alaJacinta?—preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado y poniéndole la mano en el hombro...—. ¿Habló contigo?... Tú eres una sosona y no tienes genio... Si a mà me llega a pasar lo que te ha pasado a ti con esa pastelera; si el hombre mÃo me lo quita una mona golosa, y se me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolÃticas... la trinco por el moño y asÃ, asÃ, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...». Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacÃa contorsiones violentas, se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata, llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted! Está diciendo mil disparates... por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme, aguardiente...».
«A mà no me puede nadie—gritó la infeliz con frenesÃ, los ojos desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querÃan sujetar—. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina laprotestanta... Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara. ¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú que tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha entrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judÃa, con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemÃn de peinetas... verás qué recorrido te doy... asÃ, asÃ, y te arranco la nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin no eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salÃan, sino rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de los vigorosos que la contenÃan, sus dedos se agarraron con rabia epiléptica a lo que encontraban, y querÃan deshacer y rasgar la sábana y la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso profundÃsimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se parecÃa.
La señora de RubÃn estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenido esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera el médico la aplacarÃa dándole esos pinchacitos que llamanyeciones... ¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de los accesos veÃalos Severiana con relativa calma, como los que se acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clÃnicas. A poco de tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que debÃa arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa encima.
Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueños retazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban en lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, y con voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquÃ?... ¡qué gusto me da verte! De todas las personas que veo aquÃ, la que me gusta más eres tú. Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señor cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muy re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo, si quiere...».
A Fortunata no se le ocurrÃa nada que responder a estos disparates.
«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado en esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Pero déjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote lo que te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormà pensando que me morÃa y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos... ¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo,mismamentele he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se acuerden de las amarguras que has pasado».
Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunata echó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto a Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña. Es un serafÃn esa mujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de una nube con un velo blanco... Estaba allÃ,entremediode aquellos grandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por mi niña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, bien sabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste alguna patochada? HarÃas mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica, perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y otra. MÃrame a mÃ, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, y he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doña Malvina laprotestantay a todo el género mundano... ¡re...! Párate boca que ya ibas a soltarlo... Pues sÃ, perdonar; créetelo porque yo te lo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarás tú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por la santidad que tengo entre mÃ, te digo que si el marido de la señorita se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...».
Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se armonizaba mal con la santidad de que hacÃa gala su amiga.
—Me parece—le dijo—, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de reprender... porque ya ves... quien manda manda, y está dispuesto que no sean las cosas asÃ.
—¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Esto que te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener una idea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el SantÃsimo me dirá que tengo razón...
Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose una brusca sacudida en su espÃritu, y tomándole la mano a su querida amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror:
«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?».
—¿Pues qué duda tiene?—replicó la otra tranquilizándola—Dicen que aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar... figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar...
—¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!—repitió Mauricia con voz patética.
—Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los perdona cuando una se arrepiente de verdad.
—¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado?
—Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila.
—Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un hombre que no quieres... ¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, y vente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque te quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo.
—No lo digas mucho—balbució Fortunata conmovidÃsima, acariciando a su amiga—. Bien podrÃa ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en este mundo... no sé... valdrÃa más... ¡Ay, qué desgraciada soy!
—¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lo juro por estas cruces, es que te mueras.
Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenÃa una gallarda disputa con Severiana. «Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo me quedo esta noche para que usted descanse un poco».—«Señora, no lo consiento. Hay vecinas que se quieren quedar».—«¡Vecinas!... Aviada está la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...! Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una por otra».—«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».—«Repito que me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. No me cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija, hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable usted de gratitud que es ridÃculo hacer tanto aspaviento por lo que no vale tres cominos».
La viuda de Jáuregui no hacÃa gran sacrificio, y su determinación estaba calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que Guillermina pensaba echar un guante al dÃa siguiente para atender a las apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe pensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no va conmigo, porque en todo el dÃa de mañana no aparezco por aquÃ, ni a media legua a la redonda».
Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto habÃa que hacer, advirtiéndole que la llamase si ocurrÃa algo extraordinario. Otra vecina se quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo cortesÃas aunque se encontrase en visita.
A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la noche toledana que habrÃa pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello. Cumplidas las sabias órdenes que habÃa dado la directora de la casa, Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra, indicándole algunas cosas que debÃa tomar, separose de ella en la plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el RÃo. Encontró a su tÃa en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las bromas.
«¡Bien por las valentÃas!...—le dijo Fortunata—. ¿Y qué tal se ha portado la enferma?».
—No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No me ha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La maldita parecÃa que lo hacÃa a propósito y por vengarse de lo muy derecha que la he obligado a andar cuando me corrÃa mantones... Figúrate; en un puro delirio hasta que Dios amaneció. JurarÃa que todo el aguardiente que ha bebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba, ya se revolvÃa, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como aspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decÃa: «MÃrenlo, mÃrenlo; allà está». ¡A mà me daba un miedo...! PreferÃa oÃrla gritar... Créete que me horripilaba cuando le veÃa señalar a la luz y al altarito.
Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y a renglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de la delirante.
«Y se ponÃa asÃ: 'Allà está, mÃrenlo... elseñorde Sor Natividad... La bribona lo tiene preso... Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quién es elseñor... con retintÃn, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija, el SantÃsimo... Y seguÃa: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo al pozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira tú si tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salve esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su baúl, o qué sé yo qué. Verás: soltaba una risa que a mà me ponÃa los pelos de punta, y decÃa muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu cara blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh, qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada las quiero... Me gustas... ¡te comerÃa! No me digas que no te coja, porque te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin, hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque me arderÃa la boca».
Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo quedaba, y conseguido esto al fin, acabó asÃ: «Con estos disparates sacrÃlegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago revuelto, y deseando que el dÃa llegara».
—Me lo figuraba—dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo que habÃa dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase.
«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurrÃa que no sabrÃais desenvolveros y que la mona se declararÃa en cantón, haciendo lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido. Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de heroÃsmo; pero algo es algo...».
Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto de Severiana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemes que merecÃa. «¡Oh, qué buena es usted!—le dijo la santa, estrechándole las manos—. ¡Quedarse aquà cuidando a esta pobre...! No, no diga usted que esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casa para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que no lo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que los donativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas... porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veo que su modestia se ofende, amiga mÃa, y no quiero sacarle a usted los colores a la cara. Gracias, gracias».
Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a sacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, la obligación me llama a mi choza...».
—SÃ, s×le dijo Guillermina—. La obligación antes que nada. Hasta luego.
Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tÃa le dijo: «Tú te quedarás aquà un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mÃ. Es bastante. Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sé cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por ti y otro por mÃ; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos más. Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro paredes...».