Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese porquerÃas. Apenas se vio JuanÃn en el suelo, agarró el bastón de Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más alarmante. Villuendas se reÃa sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».
Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita pensaba seriamente en que debÃa llamarse a la Guardia Civil.
«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.
Una cosa agradaba mucho a la joven. JuanÃn no obedecÃa a nadie más que a ella. Pero la obedecÃa a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo su movimiento de ataque.
«Ya me conoce—pensaba ella—. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».
Lo más particular fue que cuando se despidió, elPitusoquerÃa irse con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?, ¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo, no le quiero yo...».
No se le cocÃa el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo aquella alhaja que su hija le habÃa comprado, un nieto. Fuera este apócrifo o verdadero, la señora querÃa conocerle y examinarle; y en cuanto tuvo Juan compañÃa, buscaron suegra y nuera un pretexto para salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta exploró otra vez el ánimo de su tÃa, esperando que se hubieran disipado sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba tan severa y suspicaz como el dÃa precedente. «A Baldomero le ha sabido esto muy mal. Dice que es preciso garantÃas... y, francamente, yo creo que has obrado muy de ligero...».
Cuando entró en la casa y vio alPituso, la severidad, lejos de disminuir, parecÃa más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y cuando Jacinta se disponÃa a oÃr denegaciones categóricas, la abuela lanzó una fuerte exclamación de alegrÃa, diciendo asÃ:
«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mÃo!, ven, ven a mis brazos».
Y lo apretó contra sà tan enérgicamente, que elPitusono pudo menos de protestar con un chillido.
«¡Hijo mÃo!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un beso a tu abuelita».
—¿Se parece?—preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se le caÃa la baba, como vulgarmente se dice.
—¡Que si se parece! —observó Barbarita tragándole con los ojos—. Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenÃa cuatro años.
Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...—agregó la señora examinando más las facciones del chico—, bien se le conoce en este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».
Y vuelta a abrazarle y a darle besos.
«Pues nada, hija —añadió después con resolución—, a casa con él».
Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero clavado...».
—¡Y usted que dudaba! —Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro. ¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que hacÃa compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.
—Bien sabÃa yo que usted cuando le viera...
—¡Dios mÃo! ¡Y las tiendas cerradas hoy!—exclamó Barbarita en tono de consternación—. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un vestidito de marinero con su gorra en que diga:Numancia. ¡Qué bien le estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el camello del Rey negro. Bien, vida mÃa, bien roto está. Ya le compraré yo a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos los colores.
Jacinta tenÃa ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que JuanÃn no querÃa estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por JuanÃn. Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo que habÃa hecho! HabÃa cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!» clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se habÃa quitado su propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito... Luego se habÃa subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la lámpara... «¡Ay, qué rico!».
«¡Cuidado que es desgracia!—repitió la señora de Santa Cruz dando un gran suspiro—, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ãngel, ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».
—Ya lo creo...—indicó Jacinta con orgullo—. Pero no; él es bueno ¿s�, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?
Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo dicho dicho: aquella misma noche hablarÃan las dos a sus respectivos maridos.
Aquel dÃa, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a decirle nada, reservándose para el dÃa siguiente. TenÃa bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron allà encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de Barbarita no tenÃan nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú, probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que dice Juan».
Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la alcoba por ver si pescaban alguna sÃlaba de lo que el padre y el hijo hablaban. Pero no se percibÃa nada. La conversación era sosegada, y a veces parecÃa que Juan se reÃa. Pero estaba de Dios que no pudieran salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del cuarto de su hijo, he aquà que se presentan en el despacho Villalonga y Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los préstamos al Tesoro que hacÃa con dinero suyo y ajeno, ganándose el ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el cuarto del DelfÃn. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que su marido le echó.
Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se interponÃa entre ella y su marido. El maldito tenÃa en aquella época la demencia delos castillos; estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque estuviese bien hecha no habÃa de servir para nada. Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese paÃs es un asombro». Luego resultaba que la talriquezaera de muros despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caÃan piedra a piedra. PonÃa los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...». CreerÃase que por la tal ventana se veÃa al Padre Eterno y a toda la Corte Celestial. «Caramba con la ventana—pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo daño el almuerzo—. Me gustarÃa de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».
Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más sustancia.
«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».
—Es escandaloso... ¡Pobre paÃs!...
Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenÃa preparada; pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelÃsima frase, dicha en tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».
Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y vinieron otros amigos que empezaron a reÃr y a bromear, tomándole el pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con seriedad si los habÃa estudiado todos sin que se le escapase alguno en la cuenta. Después la conversación recayó en la polÃtica. Jacinta estaba desesperada, y en los ratos que podÃa cambiar una palabrita con su suegra, esta ponÃale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal negocio, hija, mal negocio».
Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.
Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y ella se quedaron solos, parecÃale la casa un paraÃso; pero sus ansiedades eran tan grandes que no podÃa saborear el dulce aislamiento. ¡Solos en la alcoba! Al fin...
Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:
«Alma mÃa, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».
—Por Dios, no me digas eso —murmuró Jacinta, después de una pausa en que quiso hablar y no pudo.
—Si desde el principio hubieras hablado conmigo...—añadió el DelfÃn muy cariñoso—. Pero aquà tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su composicioncita.
Estaba la infeliz tan turbada que no sabÃa qué decir: «Ese José Izquierdo...».
—Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto; pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un novelista que se alimenta con judÃas.
—El pobre Ido es incapaz... —De engañar a sabiendas, eso sÃ. Pero no te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser suya. La concebirÃa como sospecha, como inspiración artÃstico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquà hay un negocio». Lo que es aPlatónno se le ocurre; de eso estoy seguro.
Jacinta, anonadada, querÃa defender su tema a todo trance. «JuanÃn es tu hijo, no me lo niegues» replicó llorando.
—Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mÃo!, ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que tendrÃa el mÃo si viviese.
—¡Si viviese! —Si viviese... sÃ... Ya ves cómo te canto claro. Esto quiere decir que no vive.
—No me has hablado nunca de eso —declaró severamente Jacinta—. Lo último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver, ¿fue esto lo que me dijiste?
—SÃ, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no habÃa para qué. Cuando ocurrió, hacÃa ya un año que estábamos casados; vivÃamos en la mejor armonÃa... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa. Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para mÃ. PodÃa habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sà puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mÃa, nos acostaremos, dormiremos y mañana...
«No, no, no—gritó Jacinta más bien airada que impaciente—. Ahora mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».
—Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto—dijo el DelfÃn, disponiéndose a hacerlo—. Si creerás tú que te voy a revelar algo que pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues si no fuera porque el lance es bastante triste, te dirÃa que te rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por laplancha, hija. Ahà tienes lo que las personas sacan de ser demasiado buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por la tierra sin dar un traspié a cada paso.
Se habÃa acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a JuanÃn, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo arrancado de sà por una prueba, por un argumento en que intervenÃa la aborrecida mujer aquella cuyo nombre querÃa olvidar. Lo más particular era que seguÃa queriendo alPituso, y que su cariño y su amor propio se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonarÃa ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la tuvieran por loca y ridÃcula.
«Y ahora—siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas—, despÃdete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije fue...».
—Fue que se habÃa marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.
—¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un dÃa, de repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.
—¿Yo? —SÃ, una cartita que trajeron para mÃ. La abro, me quedo asà un poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo mi sombrero y a la calle.
—¡VolvÃa a Madrid, te llamaba, te escribÃa!...—observó Jacinta, sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.
—Es decir, hacÃa que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe... «Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la resurrección de una cosa que creÃa muerta y desaparecida para siempre. «¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decÃa también: «De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz habÃa venido a Madrid con su hijo, con el mÃo: ¿por qué no decirlo claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era natural: a mÃ. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mÃ... pues sÃ, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decÃa al verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro, yo habrÃa llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si le hubiéramos salvado.
Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.
«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.
—Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabÃas nada.
—Y... —Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que habÃa en la tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos caballos empenachados, sin más compañÃa que la del hombre de Fortunata y el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo que son las casualidades, me encontré a mamá... DÃjome: «¡Qué pálido estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado hoy la pierna». En efecto, le habÃan cortado la pierna, a consecuencia de la caÃda del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrÃan sobrevenido mil disgustos, celos y cuestiones?
—Quizás no—dijo la esposa dando un gran suspiro—. Según lo que venga detrás. ¿Qué pasó después?
—Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo, yo no tenÃa otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentÃa era compasión por sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer! Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mÃa... Bueno, pues sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias, pretendÃa una plaza de contador de la depositarÃa de un pueblo. ¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y no tardé en comprender que lo que querÃa era sacarme dinero. La pobre Fortunata no me decÃa nada. Aquel bestia no le permitÃa que me viera y hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del suelo los ojos; tan aterrorizada la tenÃa. Una noche, según me contó la patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me habÃa mirado. Asà lo decÃa él... Me puedes creer, como esta es noche, que Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se habÃa desmejorado mucho de fÃsico, y en lo espiritual no habÃa ganado nada. Estaba flaca, sucia, vestÃa de pingos que olÃan mal, y la pobreza, la vida de perros y la compañÃa de aquel salvaje habÃanle quitado gran parte de sus atractivos. A los tres dÃas se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera, y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye, puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habÃan de ir inmediatamente. Y aquà paz y después gloria. Y se acabó mi cuento, niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel respetable tronco, lo que me llena de contento.
Jacinta tenÃa su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decÃa más que «¡Pobre
Pituso, pobre JuanÃn!». De repente una idea hirió su mente como un latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la convicción última que se revolvÃa furiosa en las agonÃas del vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre deplancha, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con brÃo, quizás por lo mismo que ya no tenÃa más. «Todo lo que has dicho será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y el parecido?».
Lo mismo fue oÃr esto el DelfÃn, que partirse de risa.
«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere el que los mira. Obsérvale bien ahora, examÃnale las facciones con imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujerÃa en ello».
Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan recomendada, y... la verdad... el parecido subsistÃa... aunque un poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.
«Tu mamá también le encontró un gran parecido».
—Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitÃn. También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela, no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso es falso, como novela es cursi. Si no, fÃjate en las personas que te han ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José Izquierdo, un loco de la clase de cabellerÃas; Guillermina, una loca santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada, se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rÃas; a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que no hay más remedio que atarlas.
Jacinta le sonreÃa con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin accedió a ello.
«Mañana—dijo ella—, irás conmigo a verle».
—A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!
—Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no querrÃas verle?
—Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podrÃa, que este encierro me va cargando ya.
Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo dormÃa. Ella tenÃa poco sueño y pensaba en lo que acababa de oÃr. ¡Qué cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También pensó mucho en elPituso. «Se me figura que ahora le quiero más. ¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión? No me vengan a mà con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando se rÃe... aquel entrecejo...». Y asà estuvo hasta muy tarde.
El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el dÃa estaba muy bueno, y que el enfermo podÃa salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el DelfÃn tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.
«Hola, barbián—dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas manos—. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te apures, mujer, ya vendrá el verdaderoPituso, el legÃtimo, de los propios cosecheros o de la propia tÃa Javiera».
Benigna y Ramón miraban a Jacinta.
«Vamos a ver—prosiguió el otro constituyéndose en tribunal—. Vengan ustedes aquà y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a mû.
Silencio. Lo rompió Benigna para decir:
«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».
—¿Y tú?—preguntó Juan a Ramón.
—Yo... pues digo lo mismo que Benigna.
Jacinta no sabÃa disimular su turbación.
«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monÃsimo?».
—¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien salir. Su padre fue primero empleado en elgas; después punto figurado en la casa de juego delpulpitillo.
—¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?
—¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe de estar ahora tomando aires en Ceuta.
—Eso, eso no—indicó Jacinta con rabia—. ¿También quieres tú infamar a mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?
Todos se echaron a reÃr. Consolábase ella de su desairada situación besándole y diciendo:
«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo mande. Es mÃo».
—Como que te ha costado tu dinero.
El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor, como indignado de la nota infamante que se querÃa arrojar sobre su estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que nodebÃa darle tan fuerte.
«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».
—¿Estás loca? —insinuó el DelfÃn con severidad.
—No, que estoy bien cuerda. —Vamos, ten discreción... No digo yo tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien recomendado, no lo pasarÃa mal.
—¡En el Hospicio! —exclamó Jacinta con la cara muy encendida—, ¡para que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas bazofias...!
—¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que asà se toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.
Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.
«Pero si yo también le quiero proteger—afirmó Juan apreciando los sentimientos de su mujer y disculpando su exageración—. Ha sido una suerte para él haber caÃdo en nuestras manos librándose de las de Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad, Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en la tonterÃa de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo, ¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como mi mujer, se llevara a la práctica, la vida serÃa imposible, absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonÃa del mundo, ¡pues bueno estarÃa!... a la armonÃa del mundo, que es... para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones, admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido, ¿sà o no?
—AsÃ, asà —replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las paradojas de su marido. Jacinta tenÃa idea tan alta de los talentos y de las sabias lecturas del DelfÃn, que rara vez dejaba de doblegarse ante ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios independientes que la modestia y la subordinación no le permitÃan manifestar. No habÃan transcurrido diez segundos después de aquelasÃ, asÃ, cuando se oyó una gran chillerÃa. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué habÃa de ser sino alguna barbaridad de JuanÃn! Asà lo comprendió Benigna, corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venÃa.
—¡Bien por los chicos valientes! —dijo Santa Cruz, a punto que Ramón Villuendas se despedÃa para bajar al escritorio. Jacinta corrió al comedor y a poco volvió aterrada.
«¿No sabes lo que ha hecho? HabÃa en el comedor una bandeja de arroz con leche. JuanÃn se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con leche a puñados... asÃ, asÃ, y después de hartarse, lo tira por el suelo y se limpia las manos en las cortinas».
Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar... ¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veÃais lo que estaba haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después reÃros y armar estos alborotos?».
—Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de tigre—dijo Benigna, entrando muy soliviantada—. ¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche!
Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.
«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» dÃjoles la tiita, que en alguien tenÃa que descargar su enfado.
«Tú le tienes que lavar —manifestó Benigna, sin cejar en su cólera—, tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».
—Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.
—Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los mÃos... Y nada más.
—Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.
Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.
«Bien, bien por los hombres bravos—gritó Juan en presencia de la fiera—. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».
—Te voy a matar, pillo—le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante él y conteniendo la risa—. Te has puesto bonito... verás que jabonadura te vas a llevar.
Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los brazos para contarle las grandes cochinadas que hacÃa el bruto de JuanÃn. No sólo se comÃa las velas, sino que lamÃa los platos, ydimpués... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le reprendÃa, le enseñaba la lengua, diciendohostiasy otrasisprisionesfeas, ydimpués... hacÃa una cosa muy indecente, ¡vaya!, que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a reÃr y enseñar el culito.
Santa Cruz no podÃa permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo con la mayor severidad: «¿Tienes ahà un duro? No tengo suelto». Juan se apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponÃa en la mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz cayó de su burro.
«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy dÃa de Inocentes. Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del dinero no hubiera suelto».
—Tomad—dijo Benigna a los niños—; vuestro tiito os convida a dulces.
—Para inocentadas—indicó Juan riendo—, la que nos ha querido dar mi mujer.
—A mà no—replicó Benigna—. Aquà hemos hablado mucho de esto, y la verdad, él podrÃa ser auténtico; pero la tostada del parecido no la encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de casa. Bastantes jaquecas me dan las mÃas.
Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un dÃa más. Ya decidirÃan.
Cosas muy crueles habÃa de oÃr Jacinta aquel dÃa, pero de cuanto oyó nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras que Barbarita le dijo al oÃdo:
«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, pero nada».
Era lo que le quedaba por oÃr a Jacinta.
«Pero usted... ¡por la Virgen santÃsima! también...—atreviose a decir cuando el espanto se lo permitió—, también usted creyó...».
—Es que se me pegaron tus ilusiones —replicó la suegra esforzándose en disculpar su error—. Dice Juan que es manÃa; yo lo llamo ilusión, y las ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas. Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mà y se pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos de imitación... Pues sÃ, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquÃ. Baldomero no lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo. Ven acá y verás el nacimiento que le compré.
Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el nacimiento, le dijo: «Aquà hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a las tiendas, y... aquà tienes: medias de color, un traje de punto, azul, a estilo inglés. Mira la gorra que diceNumancia. Este es un capricho que yo tenÃa. Estará saladÃsimo. Te juro que si no le veo con el letrero en la frente, voy a tener un disgusto».
Jacinta oyó y vio esto con melancolÃa.
«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del arroz con leche.
—¡Ay, Dios mÃo, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la verdad, le traerÃa a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una gran desgracia para todos que tú no nosdesalgo.
A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien.
«Pues sÃ, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados. Cuando le hablo de esto a Baldomero, se rÃe de mÃ; pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela».
—Puesto que Benigna no le quiere tener —dijo la nuera—, ni es posible tampoco tenerle aquÃ, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga pesada...
—Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las gatas paridas, escondiendo las crÃas hoy aquÃ, mañana allá.
—¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia y el frÃo, le parece muy natural que el otro pobrecito se crÃe entre ataúdes... SÃ, está fresco.
—Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria—dijo Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están concertando una travesura—. Me parece que debo empezar por comprarle una camita. ¿A ti qué te parece?
Replicó la otra que le parecÃa muy bien y se consoló mucho con esta conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales. Pero quiso su mala suerte que aquel mismo dÃa o el próximo cortase el vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para echarle el siguiente sermón:
«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.
Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez, bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes... Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no nos podremos aguantar unos a otros, y habrÃa que andar a bofetadas... Bueno, pues te decÃa, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero no vendrá a esta casa, porque serÃa indecoroso, ni a la casa de ninguna persona de la familia, porque parecerÃa tapujo».
No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre polÃtico le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de expresar lo mucho y bueno que se le ocurrÃa.
«Por consiguiente —prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera las dos manos—, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allà estará como en la gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe, quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás que no hay otro camino... Allà estará tan ricamente, bien comido, bien abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahÃ, estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».
Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentÃa menos fuerza para oponerse a las razones de aquel excelente hombre.
«SÃ; aquà donde me ves—agregó Santa Cruz con jovialidad—, yo también le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del contagio de vuestra manÃa de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara me lo dijo, estaba ella tan creÃda de que era mi nieto, que yo también me lo tragué. Verdad que exigà pruebas... pero mientras venÃan tales pruebas, perdà la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel dÃa haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni dejarme arrastrar por ella, y me decÃa: «Tengamos serenidad y no chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en confianza, salà a la calle, me reÃa solo, y sin saber lo que me hacÃa, me metà en el Bazar de la Unión y...».
Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.
«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces... veinticuatro reales».
Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a encogerlo, haciendoflin flanrepetidas veces. Jacinta se reÃa y al propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».
—Nada, querida—declaró el buen señor acusándose francamente—. Que a mà también se me fue el santo al Cielo. No lo querÃa decir. Cuando tú me saliste con que lo del nieto era una novela,flin flan, me dio la idea de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se compró para él,flin flan, que la disfrute... ¿no os parece?
—A ver, dame acá—indicó Barbarita contentÃsima, ansiosa de tañer el pueril instrumento—. ¡Ah!, calavera, asà me gastas el dinero en vicios. Dámelo... lo tocaré yo...flin flan... ¡Ay!, no sé qué tiene esto... ¡da un gusto oÃrlo! Parece que alegra toda la casa.
Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevárselo,flin flan...».
Quien manda, manda. Resolviose la cuestión delPitusoconforme a lo dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llenó una mañanita a su asilo, donde quedó instalado. Iba Jacinta a verle muy a menudo, y su suegra la acompañaba casi siempre. El niño estaban tan mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrándoles la puerta no pocas veces. En los últimos dÃas de aquel infausto año, entráronle a Jacinta melancolÃas, y no era para menos, pues el desairado y risible desenlace de la novelaPitusianahubiera abatido al más pintado. Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caÃan sobre un espÃritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la que por sà tenÃan. Porque Juan, desde que se puso bueno y tomó calle, dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los dÃas del encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza imitaba el lenguaje de la inocencia. El DelfÃn afectaba una gravedad y un seso propios de su talento y reputación; pero acentuaba tanto la postura, que parecÃa querer olvidar con una conducta sensata las chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrábase siempre afable y atento, pero frÃo, y a veces un tanto desdeñoso. Jacinta se tragaba este acÃbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la institutriz de las niñas de Casa-Muñoz, por ciertas cosillas que habÃa visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una conversación de Juan con su confidente Villalonga. Después tuvo esto por un disparate y se fijó en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo, tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha señora gastaba un lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. HabÃa, pues, un amante. A Jacinta se le puso en la cabeza que este era el DelfÃn, y andaba desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo confirmase. Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietina infantil que le entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo y tenÃa que refrenarse mucho para no irse hacia él y tirarle del pelo diciéndole:pillo... farsante, con todo lo demás que en su gresca matrimonial se acostumbra. Lo que más la atormentaba era que le querÃa más cuando él se ponÃa tan juicioso haciendo el bonitÃsimo papel de una persona que está en la sociedad para dar ejemplo de moderación y buen criterio. Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se daba aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le habÃa enseñado a conocerle, y ya se sabÃa, cuando el DelfÃn se mostraba muy decidor de frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su argumentación paradójica,picos pardosseguros.
Vinieron dÃas marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y aquella familia feliz discutÃa estos sucesos como los discutÃamos todos. ¡El 3 de Enero de 1874!... ¡El golpe de Estado de PavÃa! No se hablaba de otra cosa, ni habÃa nada mejor de qué hablar. Era grato al temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una situación como se vuelca un puchero electoral. HabÃa estado admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército habÃa salvadouna vez mása la desgraciada nación española. El consolidado habÃa llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido. La guerra y la anarquÃa no se acababan; habÃamos llegado alperÃodo álgido del incendio, como decÃa Aparisi, y pronto, muy pronto, el que tuviera una peseta la enseñarÃa como cosa rara.
Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la habÃa presenciado en los escaños rojos. Pero el representante del paÃs no aportaba por allá. Por fin se apareció el dÃa de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el recibimiento, cuando el amigo de la casa entró.
«Tocaya, buenos dÃas... ¿cómo están por aquÃ? ¿Y el monstruo, se ha levantado ya?».
Jacinta no podÃa ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatÃa en la creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le arrastraba a la infidelidad.
«Papá ha salido —dÃjole no muy risueña—. ¡Cuánto sentirá no verle a usted para que le cuente eso!... ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que se metió usted debajo de un banco».
—¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?
—No, se está vistiendo. Pase usted.
Y fue detrás de él, porque siempre que los dos amigos se encerraban, hacÃa ella los imposibles por oÃr lo que decÃan, poniendo su orejita rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esperó en el gabinete, y su tocaya entró a anunciarle.
«Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?».
—SÃ... resalao... aquà estoy.
—Pasa, danzante... ¡Dichosos los ojos...
El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención picaresca. De buena gana se esconderÃa detrás de una cortina para estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenÃa que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le habÃa dado... Pero darÃa una vueltecita, y tratarÃa de pescar algo...
«Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte».
Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en cuanto esta se marchó, el semblante del narrador inundose de malicia. Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se habÃa retirado, y volviéndose hacia el DelfÃn, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domésticos:
«¿Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? ¡Si supieras a quién he visto! ¿Nos oirá tu mujer?».
—No, hombre, pierde cuidado —replicó Juan poniéndose los botones de la pechera—. Claréate pronto.
—Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Está aquÃ.
—¿Quién? —Fortunata... Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya un cambiazo! Está guapÃsima, elegantÃsima. Chico, me quedé turulato cuando la vi.
Oyéronse los pasos de Jacinta. Cuando apareció levantando la cortina, Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: «No, hombre, no me has entendido; la sesión empezó por la tarde y se suspendió a las ocho. Durante la suspensión se trató de llegar a una inteligencia. Yo me acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... ¡jum!, malo, malo; el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas esas... ¡figúrate si estarÃan ciegos aquellos hombres!... a todas estas, fuera de las Cortes se estaba preparando la máquina para echarles la zancadilla. Zalamero y yo salÃamos y entrábamos a turno para llevar noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano, Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'. 'Vuelva usted allá. ¿Habrá votación?'.—'Creo que sÃ'. —'Tráiganos usted el resultado'».
—El resultado de la votación —indicó Santa Cruz—, fue contrario a Castelar. Di una cosa, ¿y si hubiera sido favorable?
—No se habrÃa hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te decÃa, habló Castelar...
Jacinta ponÃa mucha atención a esto; pero entró Rafaela a llamarla y tuvo que retirarse.
«Gracias a Dios que estamos solos otra vez—dijo el compinche después que la vio salir—. ¿Nos oirá?».
—¿Qué ha de oÃr?... ¡Qué medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. ¿Dónde la viste?
—Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Después me fui un rato al Real, y al salir ocurriome pasar porPragaa ver si estaba allà JoaquÃn Pez, a quien tenÃa que decir una cosa. Entro y lo primero que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme mirando como un bobo... Eran un señor y una mujer vestida con una elegancia... ¿cómo te diré?, con una elegancia improvisada. «Yo conozco esa cara», fue lo primero que se me ocurrió. Y al instante caÃ... «¡Pero si es esa condenada de Fortunata!». Por mucho que yo te diga, no puedes formarte idea de la metamorfosis... TendrÃas que verla por tus propios ojos. Está de rechupete. De fijo que ha estado en ParÃs, porque sin pasar por allà no se hacen ciertas transformaciones. Púseme todo lo cerca posible, esperando oÃrla hablar. «¿Cómo hablará?» me decÃa yo. Porque el talle y el corsé, cuando hay dentro calidad, los arreglan los modistos fácilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habÃas de verla y te quedarÃas lelo, como yo. DirÃas que su elegancia es de lance y que no tiene aire de señora... Convenido; no tiene aire de señora; ni falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de... Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordarás de aquel cuerpo sin igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y mueren en la oscuridad cuando la civilización no los busca y lospresenta. Cuántas veces lo dijimos: «¡Si este busto supiera explotarse...!». Pues ¡hala!, ya lo tienes en perfecta explotación. ¿Te acuerdas de lo que sostenÃas?... «El pueblo es la cantera. De él salen las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia, el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla»... Pues chico, ahà la tienes bien labrada... ¡Qué lÃneas tan primorosas!... Por supuesto, hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo. Comprendà que me habÃa conocido y que mis miradas la cohibÃan... ¡Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no sé qué de pueblo, cierta timidez que se combina no sé cómo con el descaro, la conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente, unida a la seguridad de esclavizar... ¡ah, bribonas!, a los que valemos más que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos más, como no sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, está queahuma. Yo pensaba en la cantidad de agua que habÃa precedido a la transformación. Pero ¡ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio para asimilarse todo lo que es del reino de latoilette. En cambio, yo apostarÃa que no ha aprendido a leer... Son asÃ; luego dicen que si las pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa. Agua, figurines, la fácil costumbre de emperejilarse; después seda, terciopelo, el sombrerito...
—¡Sombrero!—exclamó Juan en el colmo de la estupefacción.
—SÃ; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado toda la vida... ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico arriba y la lazada?... ¡Quién lo dirÃa! ¡Qué transiciones!... Lo que te digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La raza española es tremenda, chico, para la asimilación de todo lo que pertenece a la forma... ¡Pero si habÃas de verla tú...! Yo, te lo confieso, estaba pasmado, absorto, embebe...
¡Ay Dios mÃo!, entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro violentÃsimo...
«Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmerón fue admirable... pero de lo más admirable... Aún me parece que estoy viendo aquella cara dehijo del desierto, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la gallardÃa de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus filosofÃas; en buena te has metido, y ya verás la que te tenemos armada'. Habló después Castelar. ¡Qué discursazo!, ¡qué valor de hombre!, ¡cómo se crecÃa! ParecÃame que tocaba al techo. Cuando concluyó: 'A votar, a votar...'».
Jacinta volvió a salir sin decir nada. Sospechaba quizás que en su ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de volver y aproximarse cautelosa.
«Y aquel hombre... ¿quién era?» preguntó el DelfÃn que sentÃa el ardor de una curiosidad febril.
Te diré... desde que le vi, me dije: «Yo conozco esa cara». Pero no pude caer en quién era. Entró Pez y hablamos... Él también querÃa reconocerle. Nos devanábamos los sesos. Por fin caÃmos en la cuenta de que habÃamos visto a aquel sujeto dÃas antes en el despacho del director del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles encargados a Inglaterra. Tiene acento catalán, gasta bigote y perilla... cincuenta años... bastante antipático. Pues verás; como JoaquÃn y yo la mirábamos tanto, el tÃo aquel se escamaba. Ella nose timaba... parecÃa como vergonzosa... ¡y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo.
Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba con su nuera.
«Salà de estampÃa...—siguió Villalonga—a anunciar a los amigos que habÃa empezado la votación... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien, ¿y usted? Aquà estaba contando... Pues decÃa que eché a correr...».
—Hacia la calle de la Greda. —No... los amigos se habÃan trasladado a una casa de la calle de Alcalá, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy desanimados. Me asomé con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y no vi nada... «¿Pero a cuándo esperan? ¿En qué están pensando?...». Francamente, yo creà que el golpe se habÃa chafado y que PavÃa no se atrevÃa a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los cristales empañados, para mirar, y abajo no se veÃa nada. «Mi general —le dije—, yo veo una faja negra, que asà de pronto, en la oscuridad de la noche, parece un zócalo... Mire usted bien, ¿no será una fila de hombres?».—«¿Y qué hacen ahà pegados a la pared?».—«Vea usted, vea usted, el zócalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio y que ahora se desenrosca... ¿Ve usted?... la punta se extiende hacia las rampas».—«Soldados son—dijo en voz baja el general, y en el mismo instante entró Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: «La votación sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmerón, la lleva ahora Castelar... nueve votos... Pero aún falta por votar la mitad del Congreso...». Ansiedad en todas las caras... A mà me tocaba entonces ir allá, para traer el resultado final de la votación... Tras, tras... cojo mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontré a un periodista que salÃa: «La proposición lleva diez votos de ventaja. Tendremos ministerio Palanca». ¡Pobre Emilio!... Entré. En el salón estaban votando ya las filas de arriba. Eché un vistazo y salÃ. Di la vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la cinta negra enroscada en el edificio... Figueras salió por la escalerilla del reloj, y me dijo: «Usted qué cree, ¿habrá trifulca esta noche?». Y le respondÃ: «Váyase usted tranquilo, maestro, que no habrá nada...». «Me parece—dijo con socarronerÃa—que esto se lo lleva Pateta». Yo me reÃ. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor tranquilidad del mundo, que por la calle del FlorÃn habÃa tropa. «¿De veras? Visiones de usted. ¡Qué tropa ni qué niño muerto!». Yo me hacÃa de nuevas. Asomé la jeta por la puerta del reloj. «No me muevo de aqu×pensé, mirando la mesa—. Ahora veréis lo que es canela...». Estaban leyendo el resultado de la votación. LeÃan los nombres de todos los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del rincón de Fernando el Católico varios quintos mandados por un oficial, y se plantan junto a la escalera de la mesa. ParecÃan comparsas de teatro. Por la otra puerta entró un coronel viejo de la Guardia Civil.
«El coronel Iglesias—dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato—. De buena escapó el paÃs... Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted con nosotros».
—Pues ya lo creo—dijo el DelfÃn—. Hoy no le suelto; y pronto mamá, que es tarde.
Barbarita y Jacinta salieron. «¿Y Salmerón qué hizo?».
—Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los ojos y decir: ¡qué ignominia! En la mesa se armó un barullo espantoso... gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie... No distinguÃa al presidente. Los quintos inmóviles... De repente ¡pum!, sonó un tiro en el pasillo...
—Y empezó la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar de mi pensamiento... ¿DecÃas que llevaba sombrero?
—¿Quién?... ¡Ah, aquella!
—SÃ, sombrero, y de muchÃsimo gusto—dijo el compinche con tanto énfasis como si continuara narrando el suceso histórico—, y vestido azul elegantÃsimo y abrigo de terciopelo...
—¿Tú estás de guasa? Abrigo de terciopelo.
—Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caÃa tan bien... que...
Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta impulsada por fuerte racha de viento.
«El abrigo que yo llevaba... mi gabán de pieles... quiero decir, que en aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa quiero decir...».
—Cuando se metió usted debajo del banco.
—Yo no me metà debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.
—Mira, mira, querida esposa—dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el chaleco, que se quitó apenas puesto—. Mira cómo cuelga ese último botón de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.
—Venga acá—dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.
—En buen apuro me vi, camaraÃta —dijo Villalonga conteniendo la risa—. ¿Se enterarÃa? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dónde vivÃa. Toda la gente que habÃa en Praga la miraba, y ella más parecÃa corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abrió, entraron.
En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de yeso y el establecimiento de burras de leche... allÃ.
Entró Jacinta con el chaleco.
—Vamos... a ver... ¿Manda usÃa otra cosa?
—Nada más, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo y que se salió tan tranquilo... yo no lo creo.
—¿Pero miedo a qué?... Si yo estaba en el ajo... Os diré el último detalle para que os asombréis. Los cañones que puso PavÃa en las boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pasó dentro. Dos tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pájaros posados en un árbol cuando dais debajo de él dos palmadas, asà se desbandó la asamblea de la República.
—El almuerzo está en la mesa. Ya pueden ustedes venir—dijo la esposa, que salió delante de ellos muy preocupada.
—¡Estómagos, a defenderse!
Algunas palabras habÃa cogido la Delfina al vuelo que no tenÃan, a su parecer, ninguna relación con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias y el ministerio Palanca. Indudablemente habÃa moros por la costa. Era preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En la mesa versó la conversación sobre el mismo asunto, y Villalonga, después de volver a contar el caso con todos sus pelos y señales para que lo oyera D. Baldomero, añadió diferentes pormenores que daban color a la historia.
—¡Ah! Castelar tuvo golpes admirables. «¿Y la Constitución federal?...». —«La quemasteis en Cartagena».
—¡Qué bien dicho! —El único que se resistÃa a dejar el local fue DÃaz Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el salón por la puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir. Castelar se fue con dos amigos por la calle del FlorÃn, y retirose a su casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis.
Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto después de sacar los racimos. Eran las más maduras, y quizás por esto las más sabrosas.