-XII-

Soliviantado el espíritu de Rafaela por la contradicción, extremaba su doctrina casi tanto como extremaba la suya el gallardo gaucho. Según ella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo habían degenerado y se habían depravado hasta tal punto, que jamás ellos solos hubieran podido salir del tenebroso abismo en que se habían sumido. Fue menester que vinieran los españoles y que para sacarlos de él les tendiesen la mano. Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si hubieran llegado pocos años después, las semicivilizaciones que encontraron en Méjico, en Bogotá y en el vasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera caído en el estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismo y las guerras constantes de unas tribus con otras hubieran barrido de sobre la faz de aquel inmenso continente la degradada especie humana. Los indios, por lo tanto, debían estar eternamente agradecidos a los españoles que los habían levantado de la abyección y que les habían devuelto el ser de criaturas racionales que casi habían perdido.

Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitaban la cólera de Pedro Lobo y hacían brotar de sus labios feroces discursos en contra.

Solían verificarse tales controversias después de la comida, cuando Pedro Lobo estaba convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo.

A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrión se quedaba dormido; pero cuando no se dormía, o bien cuando despertaba y veía a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos ambos y en la más encarnizada contienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre conciliador y benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de él y la mano de ella y los atraía para que se las diesen, aconsejándoles que echasen pelillos a la mar, para lo cual pronunciaba también su discurso, buscando y quizás hallando un juicioso término medio entre las dos opuestas doctrinas.

—Confesemos—decía—que los españoles fueron unos heroicos desalmados, lo peor de cada casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista, hicieron infinidad de barbaridades; pero confesemos también que los indios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos los diablos. Su ignorancia era tal que no sabían escribir ni leer, ni alumbrarse con un candil durante la noche, ni valerse de más bestias de carga que de ellos mismos, ni criar animales domésticos, ni ser pastores siquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus ídolos y estaban corroídos por la gangrena de los vicios más nefandos, y sobre todo por la afición de comerse unos a otros. Los españoles vinieron a remediar todo esto, y aunque trajeron inquisición, intolerancia religiosa, cruel codicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que se lesencomendaban, todavía puede asegurarse que trajeron más bienes que males; animales de carga para que el indio no lo fuese, animales sabrosos para que el indio se los comiese en vez de comerse a otro indio, y otras muchísimas cosas, que sería prolijo enumerar, así para bienestar del cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto a la ruina de Europa que mi amigo Lobo presiente, yo no la veo tan cercana. Por allá son listos y ya irán pasteleando y allanando dificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de máquinas, ingeniaturas y otras invenciones sutiles, coman mejor, vivan más cómodamente y luzcan trapitos de cristianar de diario. Esto no obsta para que progresemos también por aquí, sin que nuestra prosperidad nazca de la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por allá y por acá prosperemos en competencia y nos amemos como hermanos. Así pues, hija mía, tú y el Sr. D. Pedro Lobo debéis empezar por dar el ejemplo, y tú como representante de Europa y singularmente de España, y él como si fuera el propio genio de América, lejos de pelearos y de maltrataros con insultantes recriminaciones, debéis formar estrecha alianza fraternal y ser clarísimo espejo de amistad y de concordia.

Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaquín los ánimos exaltados de su gentil esposa y del fanático americano.

Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenían largos momentos y aun horas de tregua agradabilísima; se hablaban al oído sin disputarse cuando así hablaban; y solían salir juntos a caballo y dar deliciosos paseos, galopando y trotando por los fértiles y pintorescos alrededores de la ciudad, ya cuando se ponía el sol a la caída de la tarde, ya en noches apacibles de luna.

Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputas histórico-filosóficas, pero la tuvo pronto de las intimidades y de los paseos. En su dignidad, jamás quiso darse por entendido ni mostrarse quejoso, pero desistió por completo de acudir y aun de pedir nuevas citas, dado que las antiguas hubiesen sido realidad y no invención o fábula de desocupados maldicientes.

Aunque dicen que de la discusión sale la luz, fuerza es confesar aquí que no salió luz ninguna de la discusión constante que Rafaela y el gaucho tenían, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos de la casa, diputados, senadores, hombres políticos y poetas, que siempre en el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todos Magalhaens, Gonzálvez Díaz y Araujo Portoalegre, los cuales eran comensales de la casa, complaciéndose Rafaela en tratarlos y agasajarlos.

Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones cierto tinte de sabiduría y refinamiento aristocráticos.

Había educado tan bien a D. Joaquín, espoleándole para aquellos trotes, que él había ido, en su carrera desenfrenada, más allá de la meta que ella le puso. De aquí algunos percances y desengaños, que aguaron algo el contento con que D. Joaquín vivía, pero que a Rafaela no le importaron un comino.

D. Joaquín había prestado al gobierno Imperial muy notables servicios, en premio de los cuales, le habían dado la encomienda de la Rosa y hasta se habló de que acaso le darían un título, si bien el título no llegó nunca.

Para no hacer ruido y para no dar qué decir, D. Joaquín pretendió con mucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada a la emperatriz; pero la augusta señora no quiso recibirla, ya pensando en la vida que se decía que Rafaela había hecho en España y en Lisboa, ya recordando que en el gran teatro de Río la habían silbado cuando ella bailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradas entonces.

Ella rabió algo, riñó a D. Joaquín por haber andado en tales pretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvidó el desaire y se quedó tan fresca. ¿Qué necesidad tenía ella de emperatrices, cuando era en su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discreción, de la elegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o unamadameRecamier de entretrópicos?

D. Joaquín fue el que se sintió quemado del desaire, originándose de la quema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie había notado en él y que aparecieron de repente.

Hasta entonces D. Joaquín había sido despreocupadísimo, pero, con el boato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espíritu los instintos de nobleza, combinados con la afición a la poesía. En suma, D. Joaquín hizo saber a todos sus amigos que descendía nada menos que del heroico trovador Güesto Ansures, el cual machucó a un enjambre de moros con un ramo de higuera, por donde tomó el apellido de Figueredo, que D. Joaquín todavía llevaba.

Aunque Rafaela lo repugnó, D. Joaquín no quiso ceder nunca: no la obedeció contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros y cortinas de su antecámara, y pintar en sus coches, el escudo de armas de los Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cinco doncellas que Güesto Ansures había libertado, cuando las llevaban a la morería para pagar el feudo de ciento a que se obligó al rey Mauregato.

A regañadientes aguantó Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudo resistir a la tentación de reírse un poco de él. Y para ello aseguraba que, según el antiquísimo romance, que escribió Güesto Ansures, las doncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada más las hojas de higuera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellos malditos moros pudieron escaparse, huyendo a uña de caballo del machucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaquín, y se llevaron a Andalucía a una de las seis niñas gallegas, la cual vino a ser pronto la sultana favorita del Miramamolín. De esta sultana afirmaba Rafaela que descendía ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y no menos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si él tenía por apellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recóndito de su origen, había llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, que su estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale a Ben Humeya, apellido de los califas de Córdoba, estropeado y mal pronunciado por los ignorantes.

Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D. Joaquín, pero éste refutaba victoriosamente el argumento. Decía Rafaela que no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas de Castilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de las cien doncellas. Y D. Joaquín contestaba que los Vargas Machucas, en efecto, descendían también de Güesto Ansures, si bien la rama principal y legítima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucas eran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, según D. Joaquín había oído explicar a una persona muy docta en la ciencia del blasón, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimológica, Vargas o Bargas, que es como debiera escribirse, es una contracción de los vocablosBarraganayBarragania. Por fortuna, ningún caballero que tuviese el apellido de Vargas asistió jamás a la tertulia de Rafaela, y D. Joaquín pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sin promover el menor altercado.

Salva la discrepancia en que solían estar marido y mujer sobre este punto de la nobleza, don Joaquín se mostraba siempre en perfecto acuerdo con Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendo lo que ella ensalzaba y aplaudía.

Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaquín, quien siempre quería tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenido por sus quehaceres, dejaba algún día de venir o retardaba su venida, D. Joaquín iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traía consigo. Todo esto daba ocasión a no pocos chistes, que cundían por la ciudad, pero que por fortuna jamás llegaban a los oídos de don Joaquín, víctima de ellos.

Algo más de un año duró esta armonía y constante convivencia entre D. Joaquín, Rafaela y Pedro Lobo.

No hubo de ser éste tan afortunado como en otras cosas en su secreta misión política. El Brasil, más enemigo cada día del dictador Rosas, conspiró contra su poder, hizo un tratado secreto con la República Oriental del Uruguay, se concertó con el general Justo José Urquiza, gobernador de Entreríos, y suministró toda clase de recursos para el levantamiento contra el tirano.

El representante diplomático de Rosas en Río de Janeiro pidió entonces sus pasaportes. Y retirada la Legación argentina, Pedro Lobo se marchó con ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de más valer como soldado que como agente secreto.

Rafaela sintió la partida de Pedro Lobo, pero como su carácter era tan alegre, logró consolarse pronto. Pedro Lobo además no se dejaba convencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como él tenía un carácter dominante y ella también le tenía, procurando avasallar y repugnando que la avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apacibles y no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romper aquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba de cadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosa y apenas conocía el miedo, no se atrevía a intentar la ruptura. Puede, por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfacción las circunstancias políticas que, si por una parte la privaban del agradable trato de una persona de tanto mérito como Pedro Lobo, la libertaban por otra, sin rebelión ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasiones que tenía traza de yugo y de servidumbre.

Rafaela, aunque aparentó sentir, no sintió demasiado, por lo que ya queda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sintió con todo su corazón, y la lamentó y la lloró, fue D. Joaquín, que era muy tierno, pudiendo asegurarse que poseía eldon de lágrimas.

A poco de la partida del gaucho, ocurrió en Río cierta novedad, que, aun suponiendo a Rafaela muy melancólica, hubiera distraído sus melancolías.

El Sr. Gregorio Machado era el más rico propietario de todo el Brasil, dueño de muchos fondos públicos y de acciones del Banco, de magníficasfazendasen las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestas dilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interior provincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban sus posesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayores que las de D. Joaquín, con ser éste uno de los más acaudalados brasileños.

Viudo el Sr. Machado, tenía un hijo, llamado Arturo, de veintiséis años de edad y muy lindo mozo.

Arturo había estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde las mujeres son guapísimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras y de que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que saben cautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por su belleza y por otros atractivos, han llegado al pináculo de la fortuna.

Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablo doscientos mil disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó de aquella Pafos del Brasil y le envió a Olinda, donde hay también escuela de Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven Arturo.

Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar de civilizarse y conocer por experiencia hasta los más delicados perfiles y las más recientes conquistas del espíritu humano. Arturo fue, pues, a París, haciendo de París su residencia habitual y el centro de sus excursiones. Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos meses la Alemania y la Italia, y desde allí fue a solazarse, durante los veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde habíatreinta y cuarentay ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias y elegantes, más aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a los modernos Numas.

No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supo aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron extremadamente caras. A los dos años de haber estado Arturo en Europa, había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de las ninfas, cerca de 400 millones ocontosde reis.

No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque losreisdel Brasil sonfracos, y cada uno vale la mitad de unreide Portugal orei gordo. Arturo, por lo tanto, no gastó una enormidad; pero, como cadaconto de reis fracosequivale sobre poco más o menos a 2.500 francos, siempre resultó que su gasto, a pesar de las grandes riquezas del Sr. Gregorio Machado, había sido excesivo, elevándose a un millón de francos en moneda francesa.

El padre se hartó de enviar dinero, sitió por hambre a su hijo, y éste tuvo que volver a los patrios lares harto desconsolado y mohíno, pero convertido en el caballerete más elegante que había pisado el suelo del Brasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa, apellidadoCarumurúy fundador de Bahía.

Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintas esencias de las mujeres de París, volvió muy desdeñoso, encontrando a sus compatriotas feas, zafias y mal vestidas. En ninguna de ellas descubría un átomo dechic. La misma princesa de los Tupinambas, la divina Paraguassú, heroína de la epopeya nacional, si hubiera resucitado y se le hubiera presentado, le hubiera parecido un adefesio.

Cuando Rafaela se enteró de todas estas cosas, concibió el propósito de vindicar al Brasil de aquellos injustificados desdenes, volviendo por el honor de su patria adoptiva y probando a Arturito que todas las heteras parisinas no valían un pitoche comparadas con ella, y que ella las vencía en beldad, ingenio, sal y garabato.

Acudió a reforzar su patriótico intento el prurito didáctico que había en su alma y que jamás la abandonaba. Se propuso mejorar la condición de aquel extraviado mancebo, hacerle aborrecer el desorden y el despilfarro absurdo, y hacerle amar el orden y la economía.

Impulsada por tan benéficas miras, pronto atrajo Rafaela a su casa al joven Arturo; y pronto también logró que olvidase los devaneos de París y que reconociese que ella era por todos estilos más guapa que cuantas mujeres habían ido a cenar con él en elCafé Inglés, en laMaison Doréeo en loskursaalsque regocijaban y animaban, en aquellos días, las inmediaciones del Taunus y de la Selva Negra.

El poder didáctico de Rafaela jamás realizó en nadie tan rápidas y provechosas mudanzas como en el ánimo y en todo el ser de Arturo Machado.

Lassaudadesque él tenía de París, y que le hacían fastidioso a él mismo y a las demás personas, se disiparon por completo. Arturito volvió a gustar de su patria como cuando era estudiante y no había vivido aún en elcorazón y en el cerebro del mundo, como llama a París Víctor Hugo. Se hizo ordenado y económico y ni gastaba ni sabía en qué gastar su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y con su vida regular y morigerada recobró la salud, que nunca había sido muy fuerte y que habían estragado las excitaciones constantes de la existencia de calavera, para la cual no había nacido. Porque, si bien era lindo mozo, agraciado y simpático, tenía más de enclenque que de robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz. Y sólo el mal ejemplo, las perversas compañías y hasta la propia docilidad con que cedía él y dejaba que le guiasen habían sido causa de sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta conversión, se desvaneció por desgracia casi todo el atractivo de Arturito. Empezó a hallarle poco ameno, y después soso, y por último llegó a encontrarle empalagosísimo a causa de su dulzura.

Entonces sentía Rafaela grandes veleidades de plantarle; pero, como era caritativa y estimaba además como gloriosa producción de su ingenio y de la energía de su voluntad todos los progresos y mejoras de un espíritu cultivado por ella, resistía a la tentación de plantar a Arturito. Allá en sus adentros se comparaba a la vara que sostiene en el aire a una planta rastrera a fin de que no caiga al suelo y se ensucie y pudra en el fango. Temía Rafaela que Arturito cayese si le dejaba ella, y por eso no le dejaba. A menudo solía lamentar que aquel muchacho hubiera sido tan dócil y se hubiera convertido tan pronto. Lo conforme a su gusto hubiera sido una educación más larga y difícil, así porque, durando la educación, también hubiera durado el prestigio que hacia Arturito la había atraído como porque la misma tardanza en educarse y en cambiar de condición hubiera sido garantía de lo seguro y firme del cambio.

En estas cavilaciones hubiera persistido largo tiempo Rafaela sin atreverse a despedir a Arturito, a no ser porque ella tenía a veces crisis extrañas en el corazón y en la mente. Religioso fervor la dominaba. Iba a confesarse o tenía largos y piadosos coloquios con el Padre García, su director espiritual. Sus remordimientos de engañar a D. Joaquín no la mortificaban demasiado, pues, aunque ella repugnaba el engaño y nunca había engañado a nadie sino a D. Joaquín, todavía se figuraba ella que en realidad no había tal engaño. Nada disimuló ni ocultó al casarse, y su marido por lo tanto debió comprender desde luego a lo que había de atenerse. Ella le hizo confesión general anticipada. Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus culpas, pasadas y futuras. ¿Para qué, pues, molerle y atormentarle confesándoselas después una a una según iban sobreviviendo? Esto no hubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No era, pues, por D. Joaquín sino por ella misma por lo que el pecado le dolía. Le dolía el pecado porque en su anhelo de toda clase de perfección, para ella y para los otros, soñaba con una vida honrada y limpia.

Por rara coincidencia, estos sueños de limpieza y de honradez acudían en tropel a su mente, y más amenudo que nunca, desde que empezó a visitarla Juan Maury.

Sus facultades críticas y analíticas, sin poderlo remediar ella, se aplicaban a la comparación. Y comparando al joven inglés con Arturo, Arturo salía siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana estatura y estrecho de hombros. El inglés alto, sin dejar de ser bien proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia le faltasen. Era el uno moreno pálido, casi cetrino, blanco y sonrosado el otro y rubio como las candelas. Y por último, en lo tocante a las prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energía de voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba, la diferencia aparecía enorme en la mente escrutadora de Rafaela.

Empezó, pues, a tener vergüenza del afecto que Arturito le había inspirado. La compasión hacia él fue disminuyéndose casi hasta desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud más sólida, de consagrarse fielmente a D. Joaquín y de ser modelo de casadas y señora muy respetable vino a ser la constante obsesión de su alma. Aunque ella era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no sé cómo se las compuso que no halló el menor defecto en el inglesito. Todo él le pareció una perfección. Y en vez de pensar en educarle para elevarle a su altura, pensó en educarse a sí misma para subir a la altura en que le veía colocado.

Bullían todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo harto confuso. Lejos de ella el imaginarse enamorada del inglesito. El propósito de enamorarle más lejos aún. Sólo meditaba entonces virtud, abnegación y toda clase de sublimidades.

La única determinación firme que nacía de todo ello era la de despedir a Arturito, que ya le parecía insufrible.

Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida que consideraba indispensable hacer, preparaba bálsamos para curarla.

Pensó en que el término dichoso, honesto y santo de la educación que a Arturito había dado, era casarle con la más linda señorita que hubiese en Río de Janeiro, cristiana y recatadamente educada, bonita y amable y de distinguida familia, en quien Arturito hallase una compañera digna y fiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos y queridísimos nietos, que fueran el hechizo y el consuelo de su cansada senectud.

No acierto a encarecer cuánto se deleitó Rafaela al concebir este proyecto y el arte delicado y el impaciente afán con que trató de realizarle.

Rafaela, que gustaba tanto de educar a los otros, no se había descuidado en aquellos últimos años, y singularmente desde que era gran señora, en formar su corazón y su espíritu, leyendo no pocos libros, sobre todo de novelas y poesías. Según vulgarmente se dice, se había hecho bastantelicurgao marisabidilla. Con el inglesito hablaba de artes, de religión, de historia y hasta de filosofía. Arturito estaba presente a estas conversaciones, que nada tenían de misteriosas, pero no entendía palabra y no tomaba parte en ellas.

Así mientras duraban estos coloquios, como después al retraerlos a la memoria, Rafaela lo veía todo tan pulcro, tan acicalado y tan moralmente pulido y lustroso, que se desesperaba de sus amistosas relaciones con Arturito como si fuesen fea mancha en medio de tanto resplandor, nitidez y aseo. En suma, no había ya remedio; era menester borrar aquella mancha, pero sin rasgar la tela; era menester dar a Arturito su pasaporte, pero en forma de cucurucho repleto de delicadísimos confites.

Llegó por fin el día prefijado por Rafaela para tomar la cruel resolución, inevitable ya según su atormentada conciencia, de decir al pobre Arturito: hasta aquí llegó, no sigamos adelante.

D. Joaquín se había ido a lachácarapor una semana en compañía de tres o cuatro amigos.

Rafaela no recibía a sus tertulianos, pretextando frecuentes jaquecas, única enfermedad que solía alterar levemente su salud envidiable.

En las noches de jaqueca muchos tertulianos acrecentaban el mal de Rafaela, pero la visita de uno sólo podía aliviarla.

Arturito acudió, pues, aquella noche, esperando tener la satisfacción de dar el alivio mencionado. Como de costumbre, el portero negro que guardaba la puerta de la verja de hierro que rodeaba el jardín, le dio paso franco sin sonar la campana, porque estaba industriado y al corriente de todo y sabía bien su oficio.

MadameDuval, que aún sabía mejor el suyo y que tenía ojos de lince y oído de liebre, se hallaba atisbando a la hora convenida, abrió la puerta y, sin hacer ruido, introdujo al joven brasileño en el confortable y primorosoboudoirde su señora.

Lo primero que notó Arturito, con desagradable sorpresa, aunque parezca extraño y nada compasivo, fue que la Sra. de Figueredo debía de estar aquella noche muy poco atormentada por la jaqueca, porque en vez de hallarla en vaporosodeshabillé, de bata, peinada muy al descuido y recostada o casi tendida en suchaise-longue, la encontró bastante atildada y compuesta, con traje casi de ceremonia, y sentada en un sillón, como si fuese a recibir una visita de mucho cumplido.

El recibimiento correspondió al traje y aumentó la sorpresa y el disgusto del joven visitante.

Rafaela le alargó, sin duda, cariñosamente la mano, si bien con cierta tibia y lánguida indiferencia. Y luego, como él se acercase mucho, ella le rechazó con suave dignidad y casi le obligó a que se sentase en una silla frente de ella.

Después de algunas frases que entre ambos mediaron, Arturito empezó a dar sentidas quejas de recibimiento tan frío. Ella entonces, con el incontrastable imperio que tenía sobre él, le cortó la palabra, y sobre poco más o menos, pronunció las siguientes, que casi podemos calificar de discurso:

—Días ha, mi querido Arturito, que tengo la conciencia muy escrupulosa y atribulada. Es infame mi modo de proceder con D. Joaquín. Indigno pago estoy dando a sus grandes beneficios, a su entrañable afecto, a la sublime confianza que en mí tiene. Dios podrá perdonarme porque es todo misericordia; mi marido es tan bueno que también me perdonaría si supiese lo que pasa, aunque sería muy capaz de morirse de pena: yo soy quien no me perdono, quien necesita romper este lazo criminal que nos une, si he de vivir en paz y si no he de seguir aumentando las causas de mi remordimiento y de mi vergüenza. Todo se lo he confesado al Padre García, mi confesor, que es un santo, severo consigo mismo y con sus prójimos indulgente. Pero, a pesar de su indulgencia, se resiste a darme la absolución si no me aparto para siempre del mal camino. Es, pues, necesario que nuestras relaciones concluyan.

Al llegar a este punto, Arturito se puso tan enternecido que las lágrimas asomaron a sus ojos. Rafaela lo notó y siguió hablando con mayor dulzura:

—Ten valor, hijo mío. Acaso no me expresé bien, o tú no me entendiste. Yo no quiero dejar de ser tu amiga. Tú tienes y tendrás siempre preferente lugar en mi corazón. Te he querido, te quiero y te querré toda mi vida. Huérfano tú desde la infancia, no has gozado del afecto puro y santo de una madre. Yo te ofrezco hoy un amor que debe purificarse y adquirir la apariencia, si no el ser de amor maternal. No le desdeñes con perversión soberbia, seducido por amor vicioso y lleno de liviandades. Hoy que te amo yo con amistad inmaculada, entiendo que te amo más que te he amado nunca y no hago sino pensar en tu dicha. Considera que tu padre es ya muy anciano, que pronto acaso tendrá que rendir el inevitable tributo que a la naturaleza rendimos todos, y que te dejará dueño de un nombre respetadísimo en este país y de cuantiosos bienes de fortuna. ¡Cuánto se alegraría tu padre de ver, en vida, asegurada en más extenso porvenir su sucesión y en contemplar y acariciar a los legítimos y preciosos nietos que tú puedes y debes darle!

Aquí se enterneció más Arturito y pasó de las lágrimas a los sollozos. Rafaela, algo conmovida y muy piadosa, se levantó de su asiento, se llegó a él y le dio para animarle tres o cuatro blandos cogotacitos con la blanca y linda mano. Volvió luego a sentarse lejos de él y con grave autoridad le informó de que andaba buscándole novia y aun le citó los nombres y le habló de las condiciones de tres o cuatro muchachas de la ciudad en quienes ella había puesto ya la mira.

—Tú eres muy buena, muy buena, decía Arturito; pero es inútil el trabajo que estás tomando. Yo no quiero casarme. Yo sólo me casaría contigo.

—Sí... hombre del diablo—exclamó Rafaela riendo—. ¿Qué crimen meditas? ¿Quieres matar a mi excelente D. Joaquín?

—Guárdeme Dios de semejante pecado—contestó Arturito—; pero si él buenamente se muriera....

—No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear la muerte de alguien, y más aún la de una persona que tanto te quiere.

En efecto, D. Joaquín, según su constante modo de ser, había concebido por Arturito la amistad más entrañable. Bien había querido al gaucho Pedro Lobo, pero a Arturito le quería mil veces más, por lo manso y apacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio, con quien tenía, desde hacía muchos años, estrechos lazos de amistoso compañerismo.

Conoció Arturito que no debía desear la muerte de D. Joaquín y se compungió del improvisado deseo que había asaltado su corazón en un instante de descuido.

Entonces apeló a otros medios para disuadir a Rafaela de la ruptura. Le dijo que ella le sostenía y guiaba por la senda de orden y de conducta juiciosa que él había emprendido, y que, no bien ella le dejase, descarrilaría él de nuevo, y sólo Dios o el diablo sabía en qué infernales abismos podría él hundirse.

A esto replicó Rafaela, que pecar era detestable medio de prevenir el pecado; le aseguró que velaría sobre él para que no se extraviase, y reiterándole repetidas veces la seguridad y la promesa de que aún le amaba con la amistad más pura, y de que seguiría amándole siempre, se quejó de dolor de cabeza, dijo que necesitaba estar sola y hasta le empujó con maternal familiaridad para que se largase, llamando aMadameDuval, a fin de que le acompañara hasta la misma puerta del hotel. Arturito tuvo que irse muy triste y desolado.

No se le ocurrió, ni por un momento, dudar de la sinceridad de Rafaela ni de su reciente empeño de volverse santa. A todos los hombres nos ciega algo la vanidad y no acertamos a ver, en ocasiones, al rival que aparece, ni a descubrir en él mayor mérito que en nosotros, ni más seductores recursos. Y por otra parte, los diálogos entre Rafaela y Juan Maury, que Arturito había oído, y que versaban sobre historia, metafísica y otros objetos profundos, apartaban del pensamiento de Arturito toda sospecha de que los interlocutores pudieran enamorarse. Lo que es él ni con las mujeres de San Pablo, ni con las de Olinda, ni por último, con las ninfas que había tratado en París, se había engolfado nunca en tales honduras y discreteos. En París, dígase lo que se diga, no abundan las Aspasias. Al menos él no las había encontrado, o bien ellas, considerándole profano, le habían ocultado su retórica y su filosofía, guardándolas para los Pericles y los Sócrates, y luciendo, a lo más, su ingenio encalemboursmás o menos desvergonzados y burdos.

Dicho sea en honor de la verdad y en alabanza de Rafaela, su sinceridad en todo aquello era completísima. Rafaela creía en la propia contrición, en su horror al pecado y en su firme propósito de la enmienda que la movían a despedir a Arturito. Lejos, muy lejos de ella la idea de que Juan Maury diese o pudiese dar el menor impulso para aquel acto.

Si algún cálculo extraño a la contrición y al arrepentimiento era parte en la resolución que Rafaela había tomado, este cálculo la honraba, demostrando que era prudente y buena.

La noche en que Rafaela despidió a Arturito, era el 5 de Febrero de 1852. Rafaela acababa de saber, con no pequeño sobresalto, que el dictador Juan Manuel Rosas, al frente de sus parciales, había presentado la batalla en Monte Casero a los coligados que habían acudido para despojarle de la dictadura. La derrota del dictador había sido completa. Disfrazado de gaucho, se había refugiado en el barco de vapor inglésLocustay navegaba ya con rumbo a Inglaterra.

Rafaela tenía claro presentimiento de que si Pedro Lobo no había muerto en la pelea, no habría querido ni podido permanecer en territorio argentino y también se habría expatriado. Estaba además segura de su poderoso atractivo y de que él no se iría a Europa sin pasar por Río y sin venir a verla. Le creía apasionado, celoso y tal vez enterado de todo, porque nunca falta gente chismosa que se deleite en dar ciertas noticias. Derrotado y huido de su patria, Pedro Lobo debía de estar más feroz que nunca, y Rafaela temía, sino ponía en salvo a Arturito, apartándole de sí, que ocurriese a éste un lastimoso percance. Su propósito, perseverando en su plan de enmienda y santificación, era despedir también a Pedro Lobo, pero, por lo mismo, tenía mayor empeño en despedir antes a Arturo, para que ni remotamente imaginase el otro que aquel infeliz muchacho era causa de su despedida.

Rafaela no se había engañado. Dos días después de haber despedido a Arturito, supo que Pedro Lobo acababa de desembarcar en Río de Janeiro y que pretendía venir a verla.

Ausente D. Joaquín y víctima Rafaela de jaquecas continuas, Rafaela no recibía entonces ni salía de su casa.

Pedro Lobo buscó en la calle aMadameDuval, le habló, y le pidió y casi le exigió que le diese una cita con su señora.

MadameDuval se excusó como pudo, pero, cediendo a la terca insistencia del gaucho, tuvo que encargarse de una carta que éste le dio para Rafaela. Ella la recibió y la leyó con hondo disgusto, y, si no tuvo miedo, fue porque de nada le tenía.

Era, sin embargo, prudente y rehuía comprometerse escribiendo. No tenía gana tampoco de recibir al gaucho para despedirle y para tener con él una escena violenta y acaso trágica.

Se valió, pues, deMadameDuval como mensajera. La instruyó detenidamente en todo cuanto había de decir: en la resolución que había tomado de seguir nueva vida, en sus remordimientos y en su firme propósito de no reanudar con él las pasadas relaciones y de no recibirle en secreto.

Bramó de ira el gaucho al recibir el mensaje, pero disimuló la ira y hasta aparentó cierta conformidad, meditando y proyectando una venganza.

Aunque no dijo aMadameDuval que lo sabía, Pedro Lobo era sabedor de la ventura del joven Arturo. No habían faltado amigos oficiosos que le escribiesen a Buenos Aires informándole de cuanto se sabía o se presumía como evidente.

Arturito supo también la llegada de Pedro Lobo no bien éste llegó. Y si hemos de decir la verdad, allá en el fondo de su alma pacífica y humilde, se alegró entonces de que le hubiese despedido Rafaela. Así se creyó libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba fama de brutal y grosero.

Entre tanto, a fin de mostrar a Rafaela que por ella sólo había sido ordenada y juiciosa su vida; a fin de hacerle notar que se consolaba de su desdén volviendo a sus antiguas travesuras y locos deportes; y a fin acaso de que el mismo Pedro Lobo comprendiese que nada tenía él que ver con Rafaela, y que Rafaela no le importaba nada, decidió y concertó con los más alegres jóvenes de Río una regocijada partida de campo para el día siguiente, o mejor diremos para la siguiente noche. Era entonces el mes de Febrero, el más caluroso del año en aquellos climas, y sólo de noche podía disfrutarse algún fresco.

Estaba ya preparado unpick-nicken la Tejuca. Cuantos amigos quisiesen, podían ir inscribiéndose para ello en el casino y pagando después su cuota. Sólo las damas irían convidadas y sin pagar. Arturito había formado lista de ellas y dispuesto que las hubiese de todas procedencias y de todos colores: desde la alemana Catalina, apellidada por su cándida y sonrosada tez y por su dulce y buena pasta elMerengue de fresa, hasta lo que llaman en el Brasil café con leche más o menos cargado y café puro; esto es, que había tres o cuatro mulatas convidadas a la función y una negra gentilísima a quien llamaban la Venus de bronce. No faltarían tampoco dos garridas mozas, importación de las Islas Canarias, y algunas nacidas en las márgenes del Piratininga, fecundas en hermosas mujeres, una de las cuales descollaba por su aptitud y habilidad para cantar lasmodinhasmás chuscas y amorosas.

La cena había de ser espléndida, y como el fondín de la Tejuca era pobre y se prestaba mal al esplendor, y aun al regalo, se discurrió llevar de Río algunos platos fiambres, elchampagney otros buenos vinos, y a un hábil mozo de comedor que lo ordenase y dirigiese todo. Nadie más apropósito para esto que un esclavo negro de Arturo Machado, que fue el elegido. Según costumbre brasileña o por rara inclinación que allí había, los negros, cuando se bautizaban, sobre todo si se bautizaban adultos, y no eran criollos sino traídos de África, solían tomar nombres pomposos de héroes, emperadores y príncipes de la clásica antigüedad greco-latina. No ha de extrañarse, pues, que el maestresala que había de ir a la Tejuca se llamase Octaviano. Era alto y fornido, y, aunque tenía ya más de cincuenta años, parecía joven. Procedía este negro de un territorio del interior del África, cercano aunque independiente de las posesiones portuguesas. Y la gente afirmaba que en su país no era un cualquiera. Hasta que le cautivaron y le trajeron al Brasil, siendo él de edad de dieciséis años, se había criado con mucho mimo y cercado de profundo respeto, pues era hijo nada menos que del rey de losBundas. Sobre esta particularidad el lector podrá creer lo que quiera. Yo refiero lo que se decía sin detenerme en averiguaciones. Sólo añadiré que el aire majestuoso y digno de Octaviano inducía a cuantos le miraban a no tener por fabulosa su regia estirpe. Resignado estoicamente a su ineluctable servidumbre, aprendió pronto cuanto le enseñaron, porque tenía mucho despejo. Y como era tan hábil y bien mandado, el látigo o chicote jamás hirió sus espaldas. Ni era conveniente para él tan rudo y degradante castigo. Si incurría en falta, la menor reprensión bastaba. Él la sufría con modesta paciencia y luego se corregía. Mas si por acaso la reprensión era injusta, en sus ojos relampagueaba el coraje, y el reprensor, con cierta consideración temerosa, medía el alcance de sus palabras y dulcificaba y mitigaba su acritud y dureza. Aun sin notar en sus ojos el citado relámpago, se conocía cuando estaba enojado por un muy raro y singular aviso. Octaviano, que era limpísimo en su persona y que vendía salud, jamás olía mal, ni aun en la fuga de las mayores faenas; pero no bien se irritaba, era como si se abriese de súbito un pomo de concentrados aromas, esparciéndose en el aire la fragancia. Lacatinga, represada y latente en los largos períodos de placidez, se alborotaba y se desbordaba entonces, brotando por todos los poros y trascendiendo a muchos metros de distancia, como los proyectiles de una ametralladora.

Hacemos aquí tan particular y detenida mención de Octaviano por lo mucho que amaba a Arturito, de quien había tenido especial cuidado y con quien había jugado cuando niño, llevándole a paseo y a la escuela, y acompañándole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San Pablo y de Olinda. Arturito no llevó a París a Octaviano por no llamar la atención. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad de ciertos indelebles adornos que le distinguían, y que sin duda le hicieron y trajo de su país como señales de su categoría principesca. Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete, atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de sus cabellos crespos, tenía como una ristra de burujoncillos que parecían repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que sólo Dios sabe si serían expresión simbólica de la Teogonía y de la Cosmogonía de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido suficiente que sabios profundísimos empleasen más tiempo en estudiar su cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o que León de Rosny en estudiar los enmarañados códices cortesiano y troano.

Así se preparó la fiesta, que prometía ser notabilísima por todo; hasta por la singularidad del maestresala.

Todo el tiempo de la larga residencia de Pedro Lobo en Río, Arturito había estado en París y no había tenido ocasión de conocer y de tratar al gaucho. Esto no ofrecía, sin embargo, el menor inconveniente para que el gaucho fuese a la fiesta. Era unpick-nickdonde Arturito no figuraba importando más que cualquiera de los otros jóvenes brasileños y extranjeros que habían de ser de la partida, y a quienes el gaucho conocía y trataba. Deseoso de asistir a la fiesta y aun excitado a asistir por los ruegos de dichos jóvenes y con el fin de divertirse y de distraer sus penas, Pedro Lobo fue como uno de tantos.

Por lo pronto, sólo pensó en el placer que aquello podría traerle, y no formó proyecto alguno de armar escándalo y camorra. Llegó a la Tejuca a caballo, con tres o cuatro de los que eran más amigos suyos, y se hizo presentar a Arturito del modo más correcto. Arturito le acogió con la debida cortesía.

No pasó por las mientes de nadie que pudiera sobrevenir un lance entre ambos.

Al anochecer, llegaron en un ómnibus las niñas, figurando como la capitana el Merengue de fresa.

Todos la aclamaron reina de la función, así por su calidad de extranjera, como por ser la más hermosa, y, sin duda, la de más encumbrada jerarquía entre las de su oficio. Casi, casi, era una señorita. Vivía con su papá, que tenía no poco de respetable, que se ganaba la vida componiendo relojes, y que era fervoroso cristiano, aunque protestante, leyendo mucho la Biblia en sus horas de asueto. Ni se le podía acusar de excitación, connivencia o tolerancia en las transgresiones de su hija. Se oponía a ellas, pero como nada lograba con oponerse, acababa por aguantarlas, si bien con hondo dolor, para cuyo alivio apelaba a la bebida, de suerte que el ver al relojero alemán un tanto cuanto tomado del aguardiente, era indicio infalible de que Catalina no estaba en casa y andaba corriendo aventuras. Porque eso sí, ella respetaba la casa paterna y jamás allí las tenía, como no fuese con mil sigilosas precauciones y a furto del severo autor de su existencia.

Catalina, al acudir a fiesta tan numerosa y estruendosa, daba un paso atrevido e inusitado, y atropellaba un poco su decoro, y, si no su buena, su mediana fama: todo por devoción a Arturito, cuya munificencia la encantaba y seducía.

Hasta la una de la noche, aunque la animación y la alegría fueron grandes, bien se puede afirmar que en la reunión apenas hubo el menor incidente digno de censura. Al contrario, todo fue estético, artístico y literario. Las piratininganas recitaron lindamente sentidos versos de la Marilia de Dirceo; las muchachas de Canarias cantaron seguidillas y coplas de fandango; cantaronlondumslas mulatas; la negra bailó con gran primor y salero, y entonó, por último, Catalina tan afinada y primorosamente varias canciones alemanas, que por unanimidad confirmaron todos su nombramiento de reina de la fiesta. Llegó la hora de cenar, y Catalina, como tal reina, dio el brazo a Pedro Lobo para ir al salón del banquete. Ella iba a presidirle, y, por extranjero y persona de más cumplimiento y ceremonia, sentó a su derecha a Pedro Lobo, mas no sin decir a Arturito que al otro lado suyo tomase asiento en la mesa. Él no dejó de tomarle, y todos cenaron con apetito y regocijo. Hubo platos a la francesa, variosquitutesbrasileños, y Jerez, Madera,Champagney Oporto en abundancia.

De resultas de las frecuentes libaciones, hirvió la sangre, se acaloraron las cabezas, las dulces pláticas se convirtieron en confusión y bullicio, y el banquete empezó a tener carácter de orgía. Podría decirse, si la mitología clásica no hubiera pasado de moda, que un enjambre de cupidillos menores revoloteaba, cerniéndose sobre la mesa, disparaba flechas sutiles e invisibles y desasosegaba y punzaba con ellas a los galanes y a las damas.

No por eso se alteraba la paz. Todos se arreglaban, acoplaban y componían. Nadie se sentía desairado ni se mostraba descontento.

Tal era la situación general; pero había dos sujetos, que acaso habían bebido más que los otros, que estaban más acalorados y que empezaron a mirarse con malos ojos por aspirar a lo mismo.

Pedro Lobo y Arturito se empeñaron ambos en querer Merengue de fresa.

La conciliadora y benigna alemana tenía dulzura para los dos; alternativamente se inclinaba a un lado y a otro y procuraba contener y complacer a ambos. Pero por más que hizo, no logró que ninguno de ellos aceptase la simultaneidad ni el turno pacífico.

El juego terminó mal. Las cañas se volvieron lanzas. Pedro Lobo vio en aquella rivalidad, si no motivo, ocasión y pretexto para vengarse de otra rivalidad que infinitamente más le dolía. De súbito, pues, y cuando todos los concurrentes menos lo preveían, lanzó el gaucho varios feroces reniegos, se levantó de la mesa, agarró del brazo a Catalina e intentó llevársela consigo a tirones y poco menos que arrastrando. Llena de susto y lastimada por la violencia, la muchacha dio chillidos. Acudió Arturito a defenderla, pero el gaucho, más fuerte y más decidido, le dio un empellón y le apartó de sí bastante maltrecho. Todavía se lanzó sobre Arturito, decidido a darle de golpes; pero unas manos poderosas que parecían dos garras le asieron por ambos brazos, le zarandearon y sacudieron como si fuera un pelele y le derribaron por tierra con desprecio. Era el negro Octaviano que intervenía briosamente en defensa de su señor. Animado Arturito con aquel auxilio y enojado por los insultos y por la afrenta que Pedro Lobo le había hecho, prorrumpió en injurias contra él, le llamó satélite del sanguinario tirano Rosas y le calificó de derrotado y forajido. Los señores jóvenes que allí había consiguieron, no sin grande esfuerzo, separar a Octaviano de su intervención en la contienda e interponerse entre los dos principales contendientes, reteniendo sus manos y refrenando sus lenguas.

Completamente se acibaró el contento que allí reinaba. Antes de que amaneciese se expidieron en el ómnibus el Merengue de fresa y las demás niñas. Algunos caballeros se eclipsaron también. Contra Octaviano hubo una verdadera conjura, y medio por persuasión, medio por violencia, le encerraron en un cuarto para evitar que escandalizara, tratando de inculcar en su mente que por mucho que se sintiese, era ya ineludible un encuentro muy serio entre Pedro Lobo y su amo. A Pedro Lobo no le faltaron dos testigos. Con otros dos que nombró Arturito concertaron un lance, el cual, por hallarse muy embravecidos los dos contrarios, no podía menos de ser serio.

Arturito no sabía manejar el sable, ni esgrimir la espada, ni tirar a la pistola. Era menester procurar para él la menor desventaja posible, equilibrando las fuerzas y buscando iguales probabilidades de triunfo.

Se hallaron dos pistolas de arzón que, muy cargadas, habían de levantar mucho y enviar la bala harto lejos del punto de mira.

Se concertó que los combatientes se colocasen a cuarenta y cinco pasos de distancia. Al dar una palmada podrían marchar ambos, el uno contra el otro, hasta que sólo quince pasos los separasen. Durante la marcha cada uno podía tirar cuando quisiera.

No bien fue de día claro, combatientes y padrinos fueron a un sitio apartado y esquivo, a más de dos kilómetros de la fonda, a una pradera sin árboles, en medio del bosque. Todo se hizo allí como estaba concertado. Arturito, sostenido por el pundonor, disimulaba su abatimiento: conocía que el duelo era inevitable, sopena de quedar para siempre humillado, pero presentía el desenlace más triste.

El gaucho estaba muy sobre sí, ansioso de satisfacer su rabia y confiando en su destreza en las armas.

Ambos ya en el sitio y con la pistola en la mano, marcharon el uno contra el otro. Inseguro Arturito de su puntería, no quiso disparar hasta llegar a la raya que se le había marcado. El gaucho, más seguro, disparó al dar el quinto paso. Todos los testigos tenían el convencimiento, la casi seguridad de que, no sólo el tiro de Arturito, sino también el del gaucho, tan malas y tan cargadas estaban las pistolas, iban a perderse en el aire. Esperaban que terminase el lance en reconciliación, y ya que no en almuerzo, porque la cena estaba reciente y no tenían gana, en otra nueva cena aquella noche en el mejor restaurante de Río de Janeiro.

Pero el hombre propone, y no siempre Dios sino el diablo dispone. Nadie imaginó, por bien que en su sentir el gaucho tirase, que lo que ocurrió fue el resultado de su tino. Lo que ocurrió fue el resultado de la fatalidad más deplorable. La bala que disparó el gaucho penetró por la sien derecha en la cabeza del pobre joven y le dejó muerto en el acto.

Grande fue el pasmo y profunda la lástima de todos los cómplices en aquel horror. El mismo Pedro Lobo, disipada de pronto su cólera, se sintió afligido.

El caso, de común acuerdo, se ocultó o se disimuló para con el público. La fiebre amarilla hacía entonces muchas víctimas en Río. En la Tejuca no atacaba nunca aquella enfermedad, pero si alguien la traía a la Tejuca desde Río, la muerte era inevitable y rápida.

Para el público se supuso que Arturito había muerto en la Tejuca de la fiebre amarilla.

Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto había ocurrido, y su dolor fue muy hondo. Ella tendría sus defectos, pero no se puede negar que era leal y verídica, y que abominaba del embuste. Lo que había dicho a Arturito cuando le despidió era la verdad misma. Al dejar de quererle, como amante, había seguido queriéndole como si fuera su hijo: como criatura de su espíritu, ya que le había iluminado y mejorado. De aquí que la función de la Tejuca, triste prueba de la recaída del joven, abandonado por ella, bastó para afligirla; pero lo que la desoló, por no ofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estúpida y brutalmente motivada.

Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazón un inexhausto manantial de cariño. No por reflexión ni por estudiadas teorías, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filántropa. El Padre García se lo había dicho muchas veces: ¡Ay, hija mía, sí tú amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estarías ya en la tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los más enamorados serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altísimo! Lo conveniente, añadía el Padre en otra ocasión, es que tu filantropía se trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas. Considera lo encaramada y elevada que estás ya en el amor, y calcula, si puedes, hasta dónde te encumbrarías en cuanto pusieses sobre todo ello tu amor divino.

Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposición no había llegado a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apetecía.

Indudablemente, sin ninguna intención y sin oculto propósito, sin descubrir ni reconocer ella como causa de su cambio la impresión que Juan Maury le había hecho, y creyéndose impulsada por las amonestaciones y piadosos discursos del Padre García, no sólo había despedido a Arturito, sino que también se propuso no volver a recibir al gaucho y romper para siempre con él, aunque bien notaba, con cierto sentimiento entre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a Río había sido por ella.

Y como ella jamás desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechase el amor, todavía, al despedir resueltamente al gaucho por medio deMadameDuval, conservaba por él estimación y afecto. Sólo cuando supo la tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor de Pedro Lobo, su amistad y su estimación hacia él se trocaron en aborrecimiento.

La insistencia pertinaz que mostró Pedro Lobo en volver a verla, exacerbó este odio, agotó su paciencia y le hizo perder los estribos.

Ella no recibía entonces, ni salía de casa; peroMadameDuval era perseguida y detenida por Pedro Lobo, y ora por su medio, ora imprudentemente, valiéndose de un criado cualquiera, Pedro Lobo la inquietaba y la atormentaba con cartas pidiéndole, casi exigiéndole una cita.

A las cuatro primeras cartas, dos al día, nada contestó Rafaela. A la quinta, en la mañana del día tercero, Rafaela se puso fuera de sí, perdió toda su circunspección, desechó recelos, resolvió arrostrar cualquier peligro que sobreviniese y contestó al gaucho, sin rasgar el papel, aunque bien pudiera decirse, citando el antiguo romance, que le escribió:

Con tanta cólera y rabia,que donde pone la plumael delgado papel rasga.

La carta de Rafaela era como sigue:

«Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menor derecho para lo que hace, inquietándome, afligiéndome y desesperándome. Jamás prometí ni exigí a usted que me prometiera fidelidad ni constancia. No hay lazo que nos ate ni obligación que nos encadene. Libre es usted y yo también lo soy de querer a quien se nos antoje. Con plena libertad, aun después de haber arrojado de mi alma, por motivos de que no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia usted, le consagraba yo aún estimación amistosa. Esta se ha perdido también por la tremenda culpa de usted cometida hace pocos días. Ya ni amor, ni amistad, ni estimación le tengo. No diré que le odio, porque no odio a nadie, y si le odiase haría de usted excepción honrosa. Me es usted indiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones. Váyase usted de Río y déjeme en paz. Como no gusto de frases pomposas, cuyo contenido pudiera alguien poner en duda, no me meto en decir que soy una dama y que usted es un caballero: diré sólo que soy una buena mujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno para mí y que como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, y confío en que no me comprometerá usted abusando de ella; mas aunque desconfiase, de nada tendría miedo. Podría usted causarme el mayor daño y me sería menos insufrible que su empeño de reanudar relaciones. Rotas están para siempre y nada temo por mí. Temo por usted y le aconsejo que se vaya cuanto antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo más tragedia. Yo no soy vengativa, pero hay personas que lo son. Guárdese usted de ellas, y póngase en salvo.»

Así terminaba la carta, firmada sólo con la inicial R.

MadameDuval la llevó a la fonda donde el gaucho vivía, y estuvo presente a su lectura.

No bien acabó de leer, Pedro Lobo dijo furioso:

—Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galán y con él es con quien me amenaza. Yo me río. Morirá a mis manos como Arturito ha muerto.

—Sosiéguese usted—dijoMadameDuval con mucho reposo—. No es amenaza sino aviso lo que da mi señora. Ella dista mucho de tener nuevo galán. Créame usted. Hablo sinceramente. Mi señora se ha entrado por la devoción y lleva camino de ser una santa.

—¿Pues entonces quién es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo no quiero salvarme de nadie. La buscaré y nos veremos las caras.

—No se exalte usted, señor Pedro Lobo—replicó la dueña—. No hay motivo ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi señora se funda....

—¿En qué se funda?

—Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso arrebatándole su único hijo, a quien idolatraba.

—¿Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios para que me asesinen?

—Muy lejos está de creerlo, pero tal vez haya quien, sin esperar ni recibir salarios, ponga a usted asechanzas y atente contra su vida.

—¿Y quién puede ser ese guapo?

—Pues bien, señor Pedro Lobo, voy a decírselo a usted para su gobierno. No digo que sea, pero puede ser el negro Octaviano. Acusarle sería inútil y hasta peligroso porque se pondría cierto lance en conocimiento de la justicia y porque no hay prueba alguna contra Octaviano. Yo sólo sé que él es rencoroso y fuerte, que sabe disimular sus propósitos y que amaba en extremo a su niño, como él llamaba al señorito Arturo. El brío del tal negro es para aterrar a cualquiera. Todos los otros negros le reconocen como el más diestro y pujante en lacarnerada.

—¿Y qué diantre decarneradaes esa?—preguntó Pedro Lobo riendo, aunque preocupado y un tanto cuanto con la risa del conejo.

—Lacarnerada—contestóMadameDuval—, es un raro arte de esgrima que los negros aprenden y ejercen. Como tienen la cabeza más dura que hierro, hacen de ella un arma y llegan a dar topetadas feroces y a veces mortales. A menudo, ni la ley puede castigarlos por este crimen, porque una fiebre o un delirio, que también se llamacarnerada, se apodera de ellos, les quita la responsabilidad y el juicio y los impulsa a correr frenéticos por las calles y a chocar con el primero que más a propósito se les antoja, dándole a veces tan tremendo golpe en el pecho, que le causa la muerte. Ni mi señora ni yo podemos saber de fijo que Octaviano quiera emplear en usted lacarnerada; pero todo es posible, y tenga usted entendido que Octaviano no es solamente audaz, sino también precavido y astuto, por lo cual, si se proponetoparcontra usted, no le bastaría fiar en su destreza, aunque es mucho lo que en ella fía, y de seguro que habrá juramentado a varios de sus amigos y discípulos en el arte, para que si él malogra la empresa, ellos la terminen.

Al oír esta relación, Pedro Lobo no pudo aguantar más, montó en cólera y dijo a la dueña:

—Ea, basta ya, doña Duval o doña Marisápalos, y no pretenda burlarse de mí e intimidarme con mentiras o con ridiculeces. Pronto, largo de aquí, si no quiere usted que me olvide de que es mujer y... vieja.

Lo de vieja dolió en extremo aMadameDuval, porque se consideraba joven y casi lo era. Aún no había cumplido cuarenta años; gozaba de muy buena salud; si bien algo chata, no tenía mal ver, y estaba rolliza y sonrosada, y con la tez tersa y jugosa.

Al llamarla vieja, Pedro Lobo procedía con injusticia notoria y con falta bestial de galantería, pero, como estaba tan enojado, algo debemos perdonarle.

Lo que esMadameDuval no le perdonó nada. Tuvo, sí, miedo de su furia y puso pies en polvorosa. Sin embargo, al llegar a la puerta de la sala, y antes de apresurar el paso y aun de echar a correr, no pudo resistir a la tentación de imitar a los partos y de disparar huyendo la más emponzoñada flecha.

—Señor valiente—dijo—. No disimule usted su miedo con la cólera. El caso es grave. No morirá usted de cornada de burro, pero puede morir de topetada de negro. Esté sobre aviso.

Pedro Lobo quedó bramando de coraje. Hallaba ridículo que le amenazasen con lacarnerada, y más ridículo aún que él la temiese. Pedro Lobo, no obstante, la temía, aunque trataba de disipar el temor y de ocultarle a su propia conciencia.

Harto sabía él que lo de la fiebre o delirio de lacarneradano era fábula. Por otra parte ¿qué adelantaba con seguir en Río? La carta de Rafaela era feroz, pero él desistía de vengarse de ella villanamente. Y pretender o exigir de nuevo reconciliación, ya con súplicas, ya con intimidaciones, estaba convencido de que era inútil.

En Río, además, donde el Sr. Gregorio Machado era bastante querido, casi toda la gente de la sociedad miraba al gaucho con disgusto mal disimulado como a matador de un mozo que en medio de todos sus extravíos siempre había sido dulce y afable.

Pedro Lobo revolvió mil cosas en su mente, formó mil desatinados proyectos: hasta pensó en ir de mano armada a buscar a Octaviano, adelantándose a matarle antes de que él le matara; pero al cabo, después de muchos desvaríos, prevaleció la determinación más juiciosa; y, cuatro días después de la conversación que tuvo conMadameDuval, Pedro Lobo se embarcó en un vapor inglés que iba a Southampton y libró de su odiada presencia a Rafaela, aMadameDuval, al señor Gregorio Machado, a Octaviano, y a casi toda la sociedadfluminense.

Grosero y pesimista es el refrán que dice: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. El refrán, con todo, tiene por desgracia mucho de verdad. A los siete u ocho días de muerto Arturito y a los tres o cuatro de ido Pedro Lobo, nadie se acordaba ya de Arturito, salvo su padre, Octaviano, Rafaela y el Sr. D. Joaquín, que le amaba y le lloraba como a su mejor amigo. Porque D. Joaquín, cual fruto almibarado y sabroso con cáscara amarga, no bien quedó despojado por el amor y el arte de su mujer de la cáscara de usurero en que durante muchos años se había parapetado y escondido, apareció como el ser más tierno y angelical entre todos los seres humanos.

En Río se seguía la vida de costumbre, si bien muchos caballeros y la elegante juventud dorada echaban de menos la tertulia de Rafaela, la cual andaba retraída y triste, y no recibía.

Muchos jóvenes de la buena sociedad acudían con frecuencia al casino como único recurso. Nuestros amigos, o por lo menos conocidos ya del lector, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, eran de los que allí más acudían.

Hubo, a la sazón, un incidente que tiene trazas de insignificante, pero del cual importa dar cuenta ahora, porque contribuye algo a la claridad y al proceso de esta historia, quizás más verdadera que divertida.

En sus ademanes, en su conversación, en su modo de vestir, de presentarse y hasta de andar, era tan sencillo Juan Maury y carecía tanto de afectación y estudio, o los disimulaba tan bien, que las personas ordinarias no caían en la cuenta de su aristocrática y natural distinción, y sólo las personas que, si no tenían la misma distinción, eran dignas y capaces de tenerla, comprendían y estimaban en todos sus quilates la del inglesito: pero ni a unas ni a otras personas deslumbraba él ni hería o lastimaba con elegancias de relumbrón. Era todo lo contrario de lo que había sido Arturito al volver de París. La ropa, los dijes y los primores de Arturito habían excitado la admiración y la envidia. Sudandinismohabía hecho estruendosa irrupción en la mente de sus maravillados compatriotas, mientras que eldandinismode Juan Maury, casi a despecho de su poseedor, sólo se insinuaba con suave lentitud en el espíritu de la gente más delicada. Evidentemente, Juan Maury ni tenía en Río, ni hubiera tenido en parte alguna, el menor propósito de llamar la atención, y menos que por nada por adornos o perfiles que pueden comprarse en una tienda. Pero aún era muchacho y solía tener caprichos casi infantiles. Por uno, pues, había llamado la atención a pesar suyo. Nadie había reparado en que sus fracs y sus levitas tenían corte más elegante, ni que en todo lo demás de su traje había el sello de la perfección que cabe en lo humano; pero el bastón que llevaba de diario excitó la admiración e hizo el encanto de todos, porque entonces era objeto de altísima novedad, y de invención tan reciente, que tal vez no se contaría aún por todo el mundo media docena de semejantes bastones, los cuales, con el andar del tiempo, se han emplebeyecido y divulgado tanto, que ya nadie los lleva, a no ser algún cursi frenético y atrasado de moda.

El bastón de Juan Maury era un bambú como cualquiera otro. Por donde descollaba y pasmaba, era por el puño, hecho de marfil en forma de cabeza semi-humana, semi-perruna, bastante bien tallada. Los ojos eran de vidrio, imitando los naturales, y muy luminosos. La parte que figuraba el pelo estaba teñida de negro; en las mejillas había un tinte sonrosado, y en la boca vivísimo color rojo. Se tocaba un resorte o botoncito, y la figura entonces bajaba y subía los párpados, abría mucho la boca y sacaba y enseñaba una lengua muy larga y puntiaguda.

Las muecas de la cabeza esculpida, al moverse por medio del resorte de la manera ya indicada, divirtieron mucho a los jóvenes brasileños, y no pocos se apresuraron a ser presentados a Juan Maury para que les enseñara el bastón, cuyo éxito fue tan grande que le pidieron las señas de la ciudad y de la tienda donde le había comprado, y pidieron una buena remesa de ellos para Río.

Mucho distaba aún de llegar la remesa, cuando, en aquellos mismos días del lance entre Arturito y el gaucho, notó la gente que Juan Maury no llevaba ya el bastón. Le preguntaron por su paradero y él contestó que no sabía. El bastón se le había perdido. No había quedado rastro de él. Era como si la tierra se le hubiese tragado.

Tres puntos fueron los que en aquellos días se tocaron en las conversaciones en que la política o la literatura no entraban por nada. La muerte de Arturito y la pérdida del bastón, aunque pronto empezaron a olvidarse ambas cosas, y por último la aparición de la famosa contralto Rosina Stolz, que iba a estrenarse en el teatro principal, en la Semíramis de Rossini, donde ella era admirable, como actriz y como cantora, haciendo el papel de Arsaces.

Los filarmónicos, que en los ensayos la habían oído, estaban entusiasmados y referían maravillas, lo cual acrecentaba la envidiable fama que la había precedido antes de llegar de Europa y estimulaba en todas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y de oírla.

Daba mayor interés a la aparición de la Stolz en el teatro de Río, el que se había formado un terrible partido contra ella, impulsado por el sentimiento patriótico. Y no porque nadie imaginase que podía existir rivalidad entre lasmodinhasdel país y la música de los grandes maestros italianos, ni entre las indígenas y populares cantoras y unadivatan eminente y tan aplaudida en los principales teatros europeos. Todo era por culpa de un desaforado crítico francés, que no ha dejado de tener imitadores más tarde. Anticipándose a Julio Lemaître, que publicó un artículo en los periódicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fue a América, el referido crítico había dado y publicado también consejos a la Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa para ir a la conquista del Nuevo Mundo.

Muy de veras me aflige no conservar el artículo de los consejos dirigidos a la Stolz para poder copiar aquí un trocito; pero como Julio Lemaître, en caso parecido, si no idéntico, vino a decir lo propio, pondré aquí algo de lo que dijo:

«Vais—le dijo, yo supongo que dirigiéndose a la Stolz—, a mostraros a hombres de poco arte y de menos literatura, que os comprenderán mal, que os mirarán con el asombro que se mira una ternera de cinco patas, que verán en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la artista infinitamente seductora; y que no reconocerán vuestro talento sino porque les costará caro el oíros».

Para remachar el clavo con que el crítico hería el orgullo de la América latina, como ahora se dice, había en el artículo algunas amonestaciones a la artista, a fin de que no se dejase enternecer por las ardientes adoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulista calificaba de sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor, irían a ponerse de hinojos ante ella.

Este arranque de laoutrecuidanceparisina enojó en extremo a los brasileños más patriotas, faltando poco para que no le produjese a la Stolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la filarmonía pudo más en esta ocasión que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue aplaudida frenéticamente, y llevada a su casa en triunfo, con música, antorchas y faroles encendidos. Hubo, no obstante, algún poeta satírico y avinagrado, que se vengó en la Stolz de la insolencia del crítico francés, y todavía conservo yo en la memoria algo de una graciosísima sátira que le compuso, donde después de afirmar que la artista era un desecho del viejo mundo y ella también vieja, justifica irónicamente los aplausos que le han dado con razones y comparaciones como las contenidas en los siguientes versos:

Um velho poema de capa extragadaNao perde por isso o interno valor,E a veces de baixo da pranta pisadaDescóbrense ainda vestigios da flor.

Pero no adelantemos los sucesos; prescindamos de este episodio que apenas tiene relación con nuestra historia, y volvamos a la noche en que Rosina Stolz apareció en el teatro de Río por vez primera.


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